A Estas Alturas de la Vida
Prólogo
Las manos que tocan, los ojos que se encuentran….
Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida, cuando uno piensa que ya lo ha vivido todo, el destino guarda todavía una sorpresa envuelta en coincidencias.
Esta es la historia de Sergio, un hombre de sesenta y dos años, viudo, prejubilado y con el corazón herido por la pérdida y la soledad. Un sábado cualquiera en un supermercado Carrefour de Córdoba, su carrito choca con el de una mujer alta, de rasgos asiáticos y mirada serena. Un tropiezo, una mano que alcanza la misma bolsa de arroz, una lágrima en el parking… y nada vuelve a ser igual.
Ella es Juri, médica japonesa de cincuenta y dos años, especialista en trasplantes, que ha llegado a España por trabajo y se ha quedado más de lo previsto. Él cree que es una niña; ella ve en él a un hombre que necesita ser salvado.
De las cajas del supermercado a las calles de Osaka, de la soledad cordobesa al hanami bajo los cerezos en flor, esta novela cuenta cómo dos mundos tan distintos —Andalucía y Japón— pueden unirse en un solo latido. Cómo el duelo se transforma en esperanza, cómo la diferencia de edad y cultura se convierta en puente, y cómo el amor, cuando llega de verdad, no pregunta por pasaportes ni por años vividos.
Porque nunca es tarde para volver a sentir. Porque los buenos tiempos, a estas alturas de la vida, pueden parecer incluso mejores.
Ernest Pont Salmerón , 2026
Las manos que tocan, los ojos que se encuentran... Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos.
¿Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida, cuando crees que lo has vivido todo, el destino te reserva una sorpresa envuelta en coincidencias? Yo, Sergio, con mis 62 años a cuestas, viudo desde hace dos, pensaba que mi historia ya estaba escrita. Un libro cerrado, con páginas amarillentas por el tiempo y el dolor. Pero la vida, esa juguetona, a veces te lanza una melodía inesperada, como esa canción de Neil Diamond que tarareaba mi mujer en los buenos tiempos. Sweet Caroline... Bah-bah-bah. Tocando, tocando...
Mi mujer, Ana, se fue hace dos años. Una enfermedad degenerativa terminal, de esas que te roban a la persona poco a poco, como un ladrón sigiloso que se lleva recuerdos, sonrisas y hasta el simple acto de caminar. Pasé los últimos años cuidándola, aprendiendo a llevar la casa, a cocinar platos sencillos que le sentaran bien, a manejar el lavavajillas como si fuera una nave espacial. Tuve que prejubilarme antes de tiempo; mi trabajo en la administración pública podía esperar, pero ella no. Los servicios sociales nos ayudaban, claro, con enfermeras y asistentes, pero yo sentía esa obligación profunda, esa lealtad que nace del amor verdadero. Estar ahí, cada día, sosteniendo su mano mientras el mundo fuera seguía girando sin nosotros.
Cuando Ana murió, el vacío me golpeó como un tren de mercancías. De la ocupación absoluta –medicinas, citas médicas, baños, comidas– pasé a tener todo el tiempo del mundo para mí. Y qué ironía: ese tiempo libre se convirtió en una cárcel. Las mañanas se estiraban eternas, con el café solo en la cocina vacía, el eco de mis pasos en el pasillo. Córdoba, esta ciudad hermosa con su Mezquita y sus patios floridos, me parecía ahora un decorado gris. Salía a caminar por el Guadalquivir, viendo a las parejas jóvenes riendo, y me preguntaba: ¿esto es todo? ¿Sesenta y dos años y ya estoy en el epílogo?
Mis problemas cardíacos no ayudaban. Empezaron con la prejubilación, el estrés acumulado, el duelo que aprieta el pecho como una garra. El médico me recetó pastillas, reposo, caminatas ligeras. "Sergio, cuídate, que el corazón no es solo un músculo", me decía. Pero ¿cómo cuidas un corazón roto? Intentaba llenar los días: lecturas, algún crucigrama, visitas esporádicas a mis hijos que viven en Madrid y Sevilla. Ellos me llaman, me invitan, pero yo me resisto; no quiero ser una carga, no cuando aún puedo valerme por mí mismo.
Aquel sábado por la tarde, como tantos otros, decidí ir al supermercado. Carrefour, en las afueras de Córdoba, un lugar impersonal pero práctico. Pensaba en qué cocinar para la semana: algo simple, arroz con pollo, quizás una tortilla de patatas para recordar los domingos con Ana. Nada elaborado; cocinar para uno solo es como hablar solo, un monólogo triste. El Carrefour de las afueras de Córdoba era un hervidero de vida aquel sábado por la tarde. Familias enteras, parejas jóvenes discutiendo qué marca de yogur comprar, niños correteando entre los carros... Y yo, en medio de todo eso, empujando mi carrito como un fantasma. Las luces fluorescentes me daban en la cara, frías, impersonales. Pensaba en Ana, en cómo solíamos venir juntos aquí; ella siempre insistía en comprar más fruta de la necesaria, "para que no nos falte vitamina C, Sergio". Ahora, yo solo cogía lo justo para no morir de hambre.
Giré por el pasillo de los arroces y legumbres, el carrito chirriando un poco en las ruedas. No iba deprisa; ¿para qué? De pronto, choqué contra algo suave. No fue un golpe fuerte, pero suficiente para sacarme del ensimismamiento. Mi carrito rozó una cadera, y alcé la vista.
Era una mujer alta, cerca del metro setenta, con el pelo negro recogido en una coleta sencilla. Rasgos asiáticos delicados: ojos almendrados, piel clara. Vestía ropa cómoda, jeans y una chaqueta ligera, como alguien que no quiere llamar la atención. Parecía joven, muy joven para mis ojos cansados; quizás treinta y pocos, pensé. Una chica que podría ser hija de alguien.
—Perdón, señora... señorita —murmuré, bajando la mirada—. No la vi.
Ella se giró despacio, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos del todo. Me miró un segundo, evaluándome, y negó con la cabeza suavemente, como diciendo "no pasa nada". No dijo una palabra. Solo un gesto amable, casi profesional, y siguió su camino. Me quedé allí plantado un momento, sintiendo un calor extraño en las mejillas. ¿Vergüenza? ¿Algo más? Sacudí la cabeza. "Viejo tonto", me dije. "Deja de imaginar cosas".
Seguí avanzando, pero la imagen se me quedó grabada: esa altura elegante, esa calma en medio del caos del supermercado. Intenté concentrarme en la lista mental: arroz, lentejas, algo de pasta... Pero el pecho me latía un poco más rápido de lo normal. No era el corazón enfermo esta vez; era otra cosa, algo que llevaba tiempo dormido.
No era el corazón enfermo esta vez; era otra cosa, algo que llevaba tiempo dormido. Sacudí la cabeza de nuevo y seguí por el pasillo, tratando de ignorar esa punzada inexplicable. El supermercado seguía su ritmo frenético: anuncios por los altavoces ofreciendo descuentos en detergente, el pitido constante de las cajas lejanas, el olor mezclado de pan recién horneado y productos de limpieza. Yo, con mi carrito medio vacío, me detuve frente a las estanterías de arroces. Un kilo de arroz basmati, pensé; algo simple para acompañar el pollo que compraría después. Estiré la mano hacia la bolsa en el estante medio, mis dedos rozando el plástico.
Y entonces, otra mano se posó en la misma bolsa al mismo tiempo. Dedos finos, elegantes, con uñas cortas y sin esmalte. Alcé la vista, y allí estaba ella de nuevo. La misma mujer del tropiezo: alta, serena, con esos ojos almendrados que ahora me miraban directamente. Parecía tan sorprendida como yo, pero su expresión era calmada, casi curiosa. Retiré la mano rápidamente, murmurando:
—Disculpe otra vez... Parece que hoy el arroz nos une.
Ella sonrió un poco más esta vez, una sonrisa que iluminaba su rostro joven –o eso creía yo entonces–. En un español perfecto, con un acento leve que mezclaba algo oriental con toques ingleses, respondió:
—No hay problema. Hay suficiente para los dos.
Su voz era suave, profesional, como la de alguien acostumbrado a calmar a los demás. Tomó una bolsa y yo otra, pero por un segundo nos quedamos allí, manos casi tocándose de nuevo. Noté su perfume sutil, algo floral y fresco, que contrastaba con el aire cargado del supermercado. ¿Quién era esta chica? ¿Una estudiante extranjera, quizás? Mi mente, traicionera, empezó a divagar: hacía años que no sentía esa chispa de curiosidad por alguien. Pero me reprendí internamente. "Sergio, no seas ridículo. Ella podría ser tu hija". Seguí adelante, empujando el carrito hacia el siguiente pasillo, pero el pecho me apretaba un poco más. No por el corazón esta vez, sino por algo que empezaba a despertar, como una melodía olvidada.
Seguí adelante, empujando el carrito hacia el fondo del pasillo, pero esa breve interacción con ella me había dejado un regusto extraño. No era alegría, ni mucho menos; era como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante años, dejando entrar un soplo de aire fresco que, en lugar de aliviar, te recordaba lo mucho que habías estado asfixiándote. Sacudí la cabeza otra vez –"Viejo tonto, concéntrate en la compra"– y me dirigí hacia las cajas.
El sábado por la tarde en Carrefour era un caos organizado. Las colas se extendían como serpientes largas, diez o doce personas por caja, carritos rebosantes de compras semanales. Los empleados, con sus chalecos rojos, iban y venían gritando números: "¡A la caja 7, por favor!", "¡Caja rápida 3 abierta!", "¡A la 12, solo diez artículos!". Yo me coloqué en la cola de la caja 8, que parecía la menos congestionada, aunque eso era relativo. Delante de mí, una familia con dos niños pequeños que no paraban de pedir chucherías en la estantería de al lado; detrás, una pareja joven discutiendo en voz baja sobre si habían olvidado la leche. Yo, en medio, con mi carrito medio lleno de cosas solitarias: arroz, pollo, unas pocas verduras, café... Nada que gritara "vida compartida".
La espera se hizo eterna. El pecho me pesaba un poco más de lo habitual –no un dolor fuerte, solo esa presión familiar que me recordaba que tenía que cuidarme–.
Pensé en Ana, en cómo ella siempre se ponía en la cola más larga porque "así charlábamos más tiempo". Ahora charlaba solo conmigo mismo. Miraba el reloj del móvil: casi las siete de la tarde. El sol de Córdoba ya bajaba, y yo solo quería llegar a casa, meter la compra en la nevera y sentarme en el sofá con una taza de té sin azúcar.
De reojo, vi movimiento en la cola de al lado. Era ella otra vez. La mujer alta de rasgos asiáticos, con su carrito más pequeño que el mío, cargado de cosas que no reconocí del todo: tofu, algas secas, verduras exóticas... Se colocó en la caja 9, justo paralela a mí. Nuestras miradas se cruzaron un instante; ella inclinó la cabeza ligeramente, como reconociéndome, y yo bajé la vista rápido, avergonzado. ¿Otra coincidencia? El supermercado no era tan grande. Intenté convencerme de que era normal, que la gente compra al mismo tiempo, pero algo dentro de mí empezaba a inquietarse.
Llegó mi turno. Ordené las cosas en la cinta con cuidado meticuloso –siempre lo hacía así, como si Ana estuviera mirando y juzgando si lo dejaba bien–. La cajera, una chica joven con el pelo recogido, pasó los productos sin apenas mirarme. Pagué con tarjeta, metí las bolsas en el carrito y salí hacia la salida. El aire fresco del exterior me golpeó la cara; el parking estaba lleno, coches maniobrando, familias cargando maleteros. Caminé despacio hacia mi viejo Seat, aparcado en la zona media. Abrí el maletero, empecé a colocar las bolsas...
Y entonces lo vi: el coche del lado del mío era el de ella. Un pequeño utilitario gris, limpio, un rent a Car lo delataba la pegatina. Ella apareció justo en ese momento, empujando su carrito hacia el mismo sitio. Nuestros ojos se encontraron de nuevo, y esta vez no pude evitarlo. Sentí un nudo en la garganta. Con voz ronca, más alta de lo que pretendía, solté:
—Por Dios, señorita... no piense usted que la estoy siguiendo. Este es mi coche. Han sido demasiadas coincidencias hoy...
Mi voz se quebró al final. Una lágrima solitaria me rodó por la mejilla, traicionera, sin que pudiera detenerla. No era solo por las coincidencias; era por todo: el vacío, el duelo, el corazón que latía irregular, la sensación de que la vida me había dejado atrás. Me di la vuelta rápido, fingiendo ordenar las bolsas, pero el pecho me apretaba fuerte.
Ella se detuvo. No se asustó, no se alejó. En cambio, con esa calma que ya empezaba a reconocer en ella, habló en un español correcto, con ese acento suave que mezclaba lo japonés y lo inglés:
—¿Está usted bien?
Y en ese momento, el mundo pareció detenerse un poco.
—¿Está usted bien?
Su voz, suave pero firme, con ese acento asiático mezclado con inglés –como una "guiri de Japón", pensé en ese instante absurdo–, me sacó del pozo donde me había hundido. Me giré despacio, limpiándome la lágrima con el dorso de la mano, avergonzado. Ella estaba allí, a dos pasos, con las bolsas aún en el carrito, mirándome con preocupación profesional. No era lástima; era evaluación.
—Perdón... sí, estoy... —balbuceé—. Es que... el corazón, ya sabe. Problemas viejos. Y hoy... todo esto... me ha removido.
Ella no se movió. En cambio, dio un paso adelante y dijo, seria:
—Me deja examinarle, por favor. Estoy en un seminario médico en la Universidad de Córdoba. Algo sé de esto. Su cara no me gusta.
Sacó del maletero de su coche un pequeño maletín, más bonito y moderno que los que llevan los médicos de aquí: negro, elegante, con cierres metálicos. Lo abrió con calma.
—Por favor, señorita... ¿es necesario? Si nos ven las cámaras, llamarán a seguridad, a la ambulancia... Se armará un hervidero. Dejarán los coches aquí con la compra y... la verdad, estoy bien. Usted se ve profesional, y yo soy solo un viejo cansado de la vida.
Ella me miró fijamente, sin sonreír.
—Vamos a hacer una cosa: si le evalúo y veo que es necesario llamar a los servicios médicos, lo haré sin dudar. Estoy en esta vida para salvar a la gente de la muerte, no para dejarle morir como cualquier animal en la calle. ¿Me ha entendido?
Lo dijo tan seriamente que me quedé sin palabras. Asentí.
—Siéntese ahora. Le voy a auscultar. Y como dicen ustedes aquí... tranquilícese.
En ese momento, gente empezó a acercarse: curiosos del parking, atraídos por el drama. Ella alzó la voz, autoritaria:
—Por favor, ahora no necesito gente. Necesitamos este caballero y yo tranquilidad y poca gente alrededor.
Alguien avisó al de seguridad, que llegó corriendo.
—¿Algún problema?
—Mire, por ahora la única persona que necesito a mi lado es usted —dijo ella—. Sé lo que me hago. Soy la doctora Matsushima. Puede preguntar mis referencias en el Hospital Universitario Reina Sofía; si pregunta al cardiólogo de guardia, seguro me conoce. Pero este caballero necesita tranquilidad.
El guardia nos miró, impresionado. Ofreció:
—Tenemos una sala de urgencias en el centro comercial, doctora. Si quiere mirarle allí, se lo agradecería por su comodidad. Esto se va a llenar de gente cotilla en poco rato.
Ella me miró.
—¿Puede andar?
—Sí.
—Cójase de mi brazo y no se suelte. Si se marea, avíseme.
El guardia cogió las llaves y cerró los vehículos. Me sujetó del otro brazo.
—No corra, tenemos tiempo, ¿verdad, doctora?
Ella asintió. Me preguntaron mi nombre y, por si perdía el conocimiento, dónde tenía la documentación. Se la di al guardia: en el bolsillo de la chaqueta, junto al móvil.
Me llevaron al centro comercial. Había expectación: una japonesa alta y serena, un viejo como yo, y el guardia. Nos metieron en una sala pequeña con una camilla.
—Túmbese, Sergio —dijo ella—. Quizás nos podamos marchar pronto.
Avisaron a los sanitarios, pero ella les detuvo:
—Primero déjenme valorarlo. Puede ser no sea nada importante. Me asustó que dijera problemas cardíacos.
Sacó instrumental electrónico de aquel maletín que yo ni sabía que existía. Me auscultó con el estetoscopio, midió la presión, comprobó pulsos. Al rato, suspiró aliviada.
—Vamos a hacer una cosa —dijo al guardia—. Parece no ser nada grave. Me asusta que tuviera problemas cardíacos, pero... si nos permite un rato aquí, podrá ir a casa. Pero mañana me gustaría verle en el hospital. Supongo que le llevan allí; tendrá su cardiólogo. Hablaré con él. Me conocen. No me gusta dejar los trabajos a medias, y va a ser la primera vez en mi vida que lo haga. Pero creo que lo que usted necesita no es más estrés.
El guardia me miró, como diciendo: "¿Quién será esta mujer oriental que tiene tanto poder?"
Salimos los dos del centro comercial hacia los coches. El guardia no nos quiso dejar solos. Ella me preguntó:
—¿Se ve capacitado para llevar el coche?
—Sí... me encuentro tranquilo ya, gracias.
—Pero yo no —dijo—. ¿Quiere que le acompañe? Vivo aquí cerca, no voy muy lejos.
Entré en el parking, cogí el ascensor y llegué a casa. Desde la cocina, le llamé tal como me pidió.
—¿Ha llegado usted bien, Sergio?
—Sí, doctora. Me alegro.
—Recuerde: mañana a las diez y media. Ya le digo dónde.
—Hasta mañana, doctora. Y gracias de nuevo.
—Cuídese, buen hombre. Hasta mañana.
Colgué, y por primera vez en mucho tiempo, el vacío en el pecho se sintió un poco menos pesado.
A las diez y cuarto ya estaba yo en el hospital Reina Sofía. Pedí un taxi; no me apetecía conducir, y desde Merca Córdoba hasta allí me quedaba muy lejos a pie. Llegué pronto, para no parecer pesado, y le llamé desde la cafetería: "Buenas tardes, doctora, soy Sergio". Me contestó con esa voz serena: "Ya lo sé". "¿Dónde está?" "En la cafetería... bueno, en el quiosco de enfrente, comprándome el periódico". "No se mueva de ahí, que voy en su busca".
No tardó en llegar. No sabía cómo saludarla: le tendí la mano, ella también, pero luego me agarró del brazo como si fuéramos viejos conocidos. "Vamos, Sergio, póngase tranquilo. Vamos a ir a una sala; haremos trabajar a estos chicos. He hablado con su cardiólogo, el doctor Pérez de la Osa. Se conocen de hace muchos años; me comentó que usted fue funcionario de Hacienda. Tengo su expediente médico resumido; lo he leído por encima. Ahora están los alumnos de medicina estudiando su caso. Ya le dije: me servirá de conejillo de indias". Sonrió un poco, y añadió: "Su cardiólogo vendrá en cuanto acabe la consulta. Usted póngase tranquilo".
Me llevó a una sala llena de juventud: chicos y chicas con batas blancas, ojos curiosos. Empezó ella explicando lo sucedido ayer en el parking, las pruebas... Luego habló el cardiólogo, les preguntaba: "¿Puede Sergio ir allí? Le hemos preparado una habitación. Deje su ropa y todo lo metálico que lleve, y póngase una bata; lo tiene todo a punto". No me preguntaron nada más de mí; lo tenían todo allí.
Resultó haber médicos y enfermeras; era como una simulación: "¿Cómo reaccionaríais ante un caso así? ¿Y si no habla? Es una urgencia; quiero la valoración ya". Se pusieron a trabajar en mí: una prueba, luego la otra; me sacaron sangre... En esas entró mi cardiólogo: "¡Caramba, Sergio! Qué bien acompañado te veo hoy". "Tranquilo, no te alteres que esta máquina lo marca todo". "Ayer sabe...". "Lo sé todo; hablamos esta mañana. He venido para saludarte; he sacado un momento. No nos des estos sustos, hombre de Dios".
A las dos se acabó todo. Me vestí y le insistí a la doctora: "Déjeme que la invite a comer antes... lo que sea". "Mi nombre es Juri; llámeme así, seguro es más fácil". "Pero vamos a hacer una cosa: le acepto la comida, pero no en ningún lado en especial... en su casa. Quiero ver cómo se alimenta, si no le importa".
Entre mí pensé: menos mal que lo dejé todo recogido esta mañana; me levanté a la madrugada, el día se me hacía muy largo. Fuimos a casa. Le enseñé la casa, la cocina, la nevera. Vio el jamón colgado y se puso a reír: "¡Jamón! En Japón no solemos verlo así". "¿Y hoy qué va a hacer de comer para dos?" "Tenía apuntado este consomé; le falta echar la pasta. Una ensalada de aguacate y tomate... y poco más. A veces un poco de carne o pollo. Me estoy acostumbrando a comer poco".
Pusimos la mesa entre los dos. Comimos en silencio al principio, luego charlamos. "Lo siento, no puedo invitarte a nada más que a café con leche. Hace años que aquí no entra alcohol; cuando vienen mis hijos, lo traen ellos y se lo llevan lo que quede. Ya lo saben".
Seguimos hablando. "Con tu apellido me pierdo". "Ya te dije: llámame Juri". "¿Y eres de la capital, Tokio?" Se puso a reír: "No, soy de Okinawa, una isla. En concreto... te lo diré poco a poco: Kokusaidōri, mi pueblo. Es la calle principal de Naha, la 'International Street', llena de tiendas, luces, turistas...". Me contó que trabajaba en investigación y trasplantes en un gran hospital de Osaka –uno de los pioneros en corazón y regeneración–, que se le dio la oportunidad de venir aquí a impartir cursos de docente y asistir en trasplantes. "Empecé con corazón, y me gusta tanto mi oficio... que me estoy quedando aquí más del tiempo necesario. Ayudo y participo en todo tipo de trasplantes".
La miré: parecía tan joven, tan vital... pero hablaba con la experiencia de quien ha visto mucho. El vacío en mi pecho se hacía más pequeño con cada palabra. Por primera vez en mucho tiempo, la casa no sonaba tan vacía.
Te importa Sergio si pongo algo de música.
¡Claro que no me importa, Juri! Pon música, que esta casa lleva demasiado tiempo en silencio. Me hace ilusión tener compañía que aprecie estas cosas. Vamos a ver... ¿qué te gusta más? ¿Jazz, blues, soul... o la clásica? La "aburrida" no, esa la tengo para cuando quiero aburrirme; la relajante sí, esa me calma el alma. Me encantan las óperas, hace años que no voy a ninguna... cosas de viejos, supongo. Los jóvenes tenéis otros gustos.
Te pongo algo vintage: Love Songs de esos años dorados. Es bonita y relajante, y con YouTube ya no hay que comprar discos; lo tenemos todo en la televisión. Solo con pulsar un botón, la casa se llena de melodía suave, como si Ana estuviera aquí tarareando bajito.
Mientras la música empieza a sonar –una balada tierna, de esas que te hacen cerrar los ojos–, me miró con esa sonrisa serena y me preguntó:
"¿Una pregunta, Sergio? ¿Cuántos años me echas?".
Dudo un segundo, observándote: alta, elegante, con esa piel clara y esos ojos que parecen haber visto mucho más de lo que aparentan. "Pues... unos treinta y dos máximo, treinta y cinco".
Se rió al estilo japonés: sin ruido, solo un leve movimiento de hombros, una risa contenida y elegante. "Gracias, pero tengo muchos más. Tengo cincuenta y dos".
Me quedo helado. ¿Cincuenta y dos? Imposible. Pareces... no sé, eterna juventud mezclada con sabiduría. "¡No puede ser! ¿Y cómo es que hablas tan bien mi idioma?".
"Me interesó vuestro idioma desde la adolescencia y me puse a estudiarlo. También hablo inglés y entiendo varios más. Por eso me interesó la Universidad de Córdoba: cerca de Sevilla, Madrid con AVE a toda España... Ahora dicen que empieza a haber más en avión, pero a mí me gusta más el tren. Es más tranquilo, más... humano".
"¿Y qué, estás en un piso aquí, Juri?".
"No, Sergio, estoy en un hotel. Me hacen buen precio; tengo como un pequeño apartamento. Más grande que en Japón, ¿sabes? Un piso de estos allí es un lujo".
La conversación fluye natural, como si nos conociéramos de siempre. Te cojo de las dos manos con las mías –o mejor, eres tú quien me coge las mías, con esa calidez profesional pero tierna–. "Sergio, está bien que recuerdes a tu mujer; esto te honra. Pero olvida un poco... Ya lo sé, fue muy duro, me lo dijo tu doctor. Tienes que aprender a olvidar muchas cosas".
Se hace tarde. "Tendrás que marchar".
"No estoy a gusto en otros sitios ahora sí. Mis compañeros del hospital me han invitado muchas veces a sus casas, no quiero. Pero aquí contigo... estoy muy a gusto.
Puedes explicarme cosas de tu tierra. Es verdad lo de las geishas y los kimonos... ¿te pareceré cateto?".
Se ríe de nuevo, suave.
"No, pues sabes...".
En Japón, las geishas (o geiko en Kyoto y el oeste, como en Osaka) no son lo que muchos piensan. No son prostitutas; son artistas profesionales, guardianas de tradiciones milenarias. Se forman desde adolescentes (las maiko son las aprendices) en casas llamadas okiya, aprendiendo durante años a cantar, bailar, tocar instrumentos como el shamisen (una especie de laúd japonés), recitar poesía, conversar con ingenio y crear juegos para hacer las veladas inolvidables. En Osaka, donde trabajo, hay más geishas que en Kyoto a principios del siglo XX; hablaban con acento local y tenían su propio estilo, como el yagicha (un tipo de sash o faja diferente). Hoy en día, las geishas siguen preservando la cultura en distritos como Shinmachi, aunque son pocas. No es algo cotidiano; se reservan para banquetes en casas de té o restaurantes tradicionales, donde entretienen con gracia y refinamiento.
Y los kimonos... ¡qué maravilla! No son ropa de todos los días en el Japón moderno (la gente lleva vaqueros y camisetas como aquí), pero se usan en ocasiones especiales: bodas, ceremonias del té, festivales, funerales... o cuando alguien quiere honrar la tradición. Son prendas rectangulares, envueltas de izquierda a derecha (al revés solo para los muertos), con mangas cuadradas y obi (la faja ancha en la espalda). Hay versiones modernas, vintage o incluso denim, y en ciudades como Osaka ves a mujeres jóvenes vistiéndolos para pasear, fotos o eventos. No es apropiación cultural si se hace con respeto; al contrario, muchos japoneses lo ven como un homenaje bonito.
"Una cosa son los tópicos –te digo, sonriendo–, y otra las tradiciones reales. Dicen que los japoneses somos muy reservados y observadores... y contigo estoy a gusto, como si no hubiera barreras. No vas con sombrero cordobés ni bailas flamenco por las calles, ¿verdad? Pues igual: los estereotipos son solo una parte pequeña de la verdad".
Se queda callada un momento, mirando la música que sigue sonando bajito. "Me estás sorprendiendo, Sergio. Quizás otro día, si me invitas un poco más... te cuento más de Osaka, de mi calle Kokusaidōri llena de luces y vida, o de cómo la música clásica que pones mientras cocinas me recuerda a algo que también hacemos en Japón: buscar armonía en lo cotidiano".
La música clásica seguía sonando bajito en la televisión –una sonata suave de Beethoven que me recordaba a las tardes tranquilas con Ana–, mientras preparaba la cena. "Todo a base de verduras, Juri, como me dijiste que te gusta lo sano y ligero". Ella sonrió desde la mesa, observándome con esa calma que ya empezaba a ser familiar.
Saqué verduras frescas del mercado: calabacines, berenjenas, zanahorias, pimientos, un poco de brócoli y setas shiitake que había comprado pensando en tí. Salteé todo en una sartén con un chorrito de aceite de oliva, ajo y un toque de salsa de soja que tenía en la nevera –un guiño a lo japonés que había aprendido de tus visitas–. Añadí tofu firme cortado en dados, que te doró crujiente por fuera. De guarnición, arroz blanco cocido en la olla, simple y perfecto, como el que comes todos los días. Nada de sushi ni pescado crudo; solo verduras al wok, un poco de miso diluido en agua caliente para un caldo ligero, y ensalada fresca de pepino y wakame.
Pusimos la mesa juntos, como la otra vez. "No es nada del otro mundo", dije, sirviendo los platos. "Pero me alegra que te guste lo sencillo".
Juri probó un bocado y cerró los ojos un segundo. "Está delicioso, Sergio. En casa, en Osaka, la comida cotidiana es muy parecida: arroz siempre, una sopa miso, verduras de temporada salteadas o al vapor, quizás un poco de pescado a la plancha o tofu.
No comemos sushi todos los días; eso es más para ocasiones especiales o restaurantes. El día a día es equilibrado: una sopa, tres acompañamientos (ichiju sansai), todo fresco y de estación. Mucho vegetal, poco frito... y siempre arroz como base. Me recuerda a mi madre cocinando en la cocina pequeña de Kokusaidōri".
Charlamos mientras comíamos despacio, saboreando cada bocado. La luz de la tarde entraba por la ventana, dorada, y el aroma de las verduras llenaba la casa. "¿Y los jardines? Sois únicos en eso. Una vez vi en un documental un valle en flor... parecía de otro mundo".
Se reía suavemente. "Ah, los jardines japoneses... y sobre todo los cerezos en flor, el hanami. Es uno de los momentos más bellos y profundos de Japón. Los jardines zen, como los de Kyoto o los pequeños de Osaka, son espacios de armonía: rocas, musgo, arena rastrillada en ondas que representan el agua, un puente curvo, un farolillo de piedra... Todo diseñado para la meditación, para encontrar paz en lo simple. Pero el hanami es algo más grande: cuando los cerezos (sakura) florecen en primavera, todo el país se detiene. Es un espectáculo efímero: los árboles se cubren de rosa y blanco pálido, como nubes suaves flotando sobre parques, ríos y castillos. En Osaka, por ejemplo, en el Parque del Castillo de Osaka o en Kema Sakuranomiya junto al río, miles de personas se reúnen bajo las ramas para picnics, con bento, sake y risas. Pero también es melancólico: las flores duran solo una o dos semanas, y caen como nieve rosa. Simboliza la vida misma: hermosa, brillante... pero fugaz. Por eso escribimos poemas, bebemos sake y celebramos con amigos y familia, sabiendo que todo pasa".
Me quedé mirándole, imaginando esa visión. "Suena espectacular... como si el mundo entero se tiñera de rosa por un momento. Aquí en Córdoba tenemos patios floridos, pero nada como un valle entero en flor. Me gustaría verlo algún día".
Juri asintió, con los ojos brillantes. "Algún día, Sergio. Te llevé a ver el hanami en Osaka: las luces de noche (yozakura), los farolillos iluminando las flores, la gente riendo bajo los pétalos que caen... Es mágico. Y tú me enseñarías más de Córdoba: la Mezquita al atardecer, los patios en mayo...".
La cena se alargó en sobremesa. Café con leche para mí, té verde para ella. Hablamos de todo: de cómo la música clásica que pongo mientras cocino me recuerda a la armonía que buscan en Japón, de cómo dos culturas tan diferentes pueden encontrarse en lo cotidiano. El vacío que sentía en esta casa ya no era tan grande; ahora había risas suaves, historias compartidas, un futuro posible.
Se hizo tarde. "Me tengo que ir", dijiste, recogiendo tu bolso. "Pero volveré. Mañana un poco más tarde, pero volveré".
Te acompañé a la puerta. "Vuelve cuando quieras, Juri. Esta casa... ya no está tan sola".
Te fuiste con una sonrisa, y yo me quedé en el umbral, escuchando el eco de tus pasos. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me pesaba. Era una promesa de más tardes así: verduras, música, historias de cerezos en flor y de corazones que, poco a poco, vuelven a latir.
Y así empezó algo nuevo. Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida...
Al día siguiente, el sol de Córdoba entraba tímido por la ventana de la cocina cuando oí el timbre. Eran casi las ocho de la tarde; había llegado un poco más tarde, como prometió. Abrí la puerta y allí estaba Juri, con una bolsa de tela en la mano y esa sonrisa serena que ya me hacía sentir menos solo antes de decir nada.
—Traje algo —dijo, entrando con naturalidad—. Verduras frescas del mercado y un poco de té matcha que traje de Japón. Pensé que podríamos preparar algo juntos esta vez.
La casa olía a limpio; me había pasado la tarde ordenando, quitando polvo de rincones que llevaba meses ignorando. No quería que pareciera un mausoleo; quería que se sintiera acogedora.
—Pasa, Juri. ¿Qué te apetece escuchar hoy? —pregunté mientras la seguía a la cocina.
Ella miró la televisión, donde aún estaba la lista de reproducción de la noche anterior.
—Música clásica mientras cocinamos, por favor. Me sorprendió la otra vez… No esperaba que un hombre español de Córdoba cocinara con Vivaldi o Mozart de fondo. En Japón también lo hacemos a veces: la armonía de la música y la comida. Me recuerda a las ceremonias del té, donde todo tiene su ritmo.
Puse una selección suave: el Concierto para Violín en Mi menor de Mendelssohn, que siempre me calmaba el pecho cuando latía irregular. Mientras pelábamos las verduras –ella con una precisión quirúrgica, yo más torpe pero contento–, la conversación fluyó.
—¿Sabes? —dijo Juri mientras cortaba zanahorias en juliana perfecta—. En Osaka, cuando cocino sola después de un turno largo en el hospital, pongo música clásica europea. Bach, sobre todo. Me ayuda a desconectar del estrés de los trasplantes. Un corazón que late de nuevo en otro pecho… es milagroso, pero también agotador. La música me recuerda que la vida tiene belleza más allá de la ciencia.
Me quedé callado un momento, removiendo el wok. El olor a ajo y jengibre (que ella había traído) empezaba a llenar la cocina.
—Ana ponía música clásica cuando cocinábamos juntos —confesé al fin, con la voz un poco más baja—. Decía que hacía que la comida sabría mejor. Después de que se fue… dejé de ponerla. Hasta que llegaste tú.
Juri dejó el cuchillo y me miró directamente.
—Entonces, gracias por volver a ponerla. Significa mucho para mí también.
La cena fue sencilla pero rica: verduras salteadas con tofu y un toque de sésamo, arroz con furikake (ese condimento japonés de algas y sésamo que trajo), y el té matcha que preparó ella misma, batiéndolo con el chasen (el batidor de bambú) que sacó de su bolsa como si fuera un ritual.
Mientras comíamos, la conversación se hizo más personal.
—Juri… ¿cómo es que a tus 52 años pareces tener la energía de alguien de treinta? —pregunté, medio en broma, medio en serio.
Se rió otra vez, esa risa silenciosa y elegante.
—Genética, quizás. Y mucho trabajo. En Japón decimos que la juventud no está en la edad, sino en el espíritu. Pero también… después de ver tanta muerte y renacimiento en el quirófano, aprendes a valorar cada día. No quiero desperdiciar ninguno.
Hizo una pausa y añadió, más suave:
—Y tú, Sergio… ¿qué sientes ahora? ¿El vacío sigue ahí?
Suspiré, mirando mi plato.
—Sigue, pero ya no es tan grande. Es como si hubieras abierto una ventana. Entra luz, entra aire… y entra alguien que me escucha de verdad.
Ella extendió la mano sobre la mesa y tocó la mía, solo un instante.
—Entonces sigamos abriendo ventanas. Poco a poco.
Después de la cena, nos quedamos en el salón. Puse otra pieza: la Sonata al Claro de Luna de Beethoven, porque esa noche la luna entraba por la ventana como un invitado más. Hablamos de todo: de cómo ella extraña el bullicio de Kokusaidōri por las noches, de cómo yo extraño los paseos con Ana por el Guadalquivir, de que quizás algún día podríamos hacer un viaje juntos –ella a enseñarme el hanami, yo a enseñarle los patios de Córdoba en mayo.
Cuando se hizo realmente tarde, se levantó.
—Mañana tengo seminario temprano… pero ¿puedo volver pasado mañana? Traeré algo especial: ingredientes para hacer un onigiri casero. Y tú me cuentas más de tu vida antes de… todo esto.
—Vuelve siempre que quieras, Juri. La puerta está abierta.
La acompañé al ascensor. Antes de entrar, se giró.
—Gracias, Sergio. Por dejarme entrar en tu casa… y en tu corazón, aunque sea solo un poquito.
Sonreí, con los ojos un poco húmedos.
—Gracias a ti. Por recordarme que todavía puedo latir.
Y así siguió la historia: visitas cada pocos días, cenas compartidas, música clásica de fondo, historias de dos mundos que, contra todo pronóstico, empezaban a encajar.
Pasaron las semanas como pétalos cayendo en un viento suave: visitas diarias que se convirtieron en noches enteras hablando hasta el amanecer, cenas compartidas con música clásica de fondo, y risas que llenaban los rincones vacíos de la casa. Juri traía ingredientes de Japón que compraba en tiendas especializadas de Córdoba; yo le enseñaba a hacer tortilla de patatas "a la andaluza". Todo fluía con una naturalidad que me asustaba y me emocionaba a partes iguales.
Una tarde de finales de abril, mientras el sol se ponía y poníamos la mesa para una cena ligera (arroz con verduras y un poco de pescado a la plancha que ella preparó), saqué las llaves del cajón de la entrada. Eran las de repuesto de la casa, las que nunca había usado desde que Ana se fue.
—Juri… —empecé, con la voz un poco temblorosa—. Es una tontería que estés yendo y viniendo del hotel cada día. O que tengas que llamar al timbre como una visita. Toma.
Le puse las llaves en la mano. Ella las miró un segundo, sorprendida, y luego levantó la vista hacia mí.
—¿Estás seguro, Sergio? En Japón… dar las llaves de casa es algo muy serio. Significa confianza absoluta, casi como… un compromiso.
Asentí, sintiendo el pecho apretado pero no por el corazón enfermo, sino por emoción.
—Estoy seguro. Si estás bien… ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? Poco a poco. Sin prisas. Solo… quédate.
Juri cerró los dedos alrededor de las llaves. Sus ojos se humedecieron un poco –algo raro en ella, siempre tan serena–.
—Sergio… sí. Quiero quedarme. Pero hagámoslo bien. En Japón, cuando dos personas deciden unir sus vidas, hay rituales. No una boda grande al principio, pero sí gestos. Como el yuino: regalos que representan prosperidad y unión. O el san-san-kudo, tres sorbos de sake en tres tazas, simbolizando pasado, presente y futuro. No tenemos sake aquí, pero… quizás podamos hacer algo nuestro. Una cena bajo los cerezos imaginarios, como en el hanami. Porque el amor, como las flores de sakura, es hermoso precisamente porque es frágil.
Cenamos esa noche con una vela en la mesa, y ella me contó más del hanami: cómo en Japón la gente se reúne bajo los cerezos para celebrar la vida efímera, comiendo, bebiendo y haciendo promesas silenciosas. "Es romántico porque sabes que las flores caerán pronto, y eso hace que cada momento cuente doble".
Pero la felicidad duró poco. Al día siguiente, mis hijos llamaron. Habían oído rumores –alguien del barrio, o quizás un amigo común– de que "papá tenía una mujer japonesa viviendo en casa". Llegaron de sorpresa el fin de semana: mi hija de Madrid y mi hijo de Sevilla, con caras de tormenta.
—Papá… ¿qué es esto? —preguntó mi hija, señalando la maleta de Juri en el pasillo—. ¿Una mujer que podría ser tu hija viviendo aquí? ¿Tan pronto después de mamá?
Mi hijo fue más directo:
—Y encima japonesa, con 52 años… pero papá, ¿estás loco? ¿Y si te manipula? ¿Y si es por el dinero, o por quedarse en España? Has pasado por mucho, no puedes tirarlo todo por una aventura.
Juri estaba en la cocina, preparando té. Oyó todo, pero no entró. Cuando salio a hablar con ellos en el salón, les dije con voz firme pero temblorosa:
—Vuestros miedos los entiendo. Yo mismo los tuve al principio. Pero Juri no es una aventura. Me ha salvado de mí mismo. Me ha hecho volver a sentir. Y sí, hay diferencia de edad, de cultura… pero el amor no pregunta pasaporte ni carnet de identidad.
Mi hija lloró: "Mamá no lleva ni tres años muerta, papá… ¿Cómo puedes?".
Juri entró entonces, con calma, pero con los ojos serios.
—No quiero reemplazar a nadie. Ana fue parte de esta casa, y la respeto. Solo quiero estar aquí para Sergio. Si les preocupa, puedo irme. Pero… él me ha dado las llaves. Eso significa algo para mí.
La tensión se cortaba con cuchillo. Mi hijo dijo: "Necesitamos tiempo". Se fueron sin abrazos, dejando un silencio pesado.
Esa noche, Juri y yo nos sentamos en el balcón. Ella sacó su teléfono y puso una foto de los cerezos en flor en Osaka.
—Mira… en Japón, cuando las flores caen, duele. Pero sabemos que volverán la próxima primavera. Igual que nosotros: hay tormentas, pero si resistimos, la belleza vuelve.
Le cogí la mano.
—Y ahora… ¿qué pasa con tu oferta de Osaka? El hospital te quiere de vuelta para el proyecto grande.
Juri suspiró.
—Me lo ofrecieron ayer. Un ascenso, investigación puntera en trasplantes cardíacos. Pero… no quiero irme sin ti. Y tú no puedes dejar Córdoba, tus hijos, tu vida aquí.
El drama estaba servido: familia dividida, carrera en juego, amor intercultural que choca con tradiciones y miedos. Pero también esperanza: quizás un viaje juntos a Japón para el hanami, o un ritual nuestro para unir familias.
El silencio después de que mis hijos se marcharan aquella tarde fue más pesado que nunca. No era el silencio de la casa vacía que había conocido durante años; era un silencio cargado de rabia contenida, de decepción mutua. Me quedé mirando la puerta cerrada, las llaves de Juri aún sobre la mesa del salón, y sentí algo que no había sentido desde los peores días del duelo: una determinación fría, casi dolorosa.
No podía dejarlo así. No quería que el último recuerdo que tuvieran de mí fuera una discusión a medias, llena de reproches y lágrimas no derramadas. Así que al día siguiente los llamé a los dos. No les di opción.
—Venid esta tarde. Los dos. No es una petición.
Llegaron puntuales, con caras serias. Mi hija traía los ojos enrojecidos; mi hijo, los brazos cruzados como si se protegiera de algo. Me senté frente a ellos en el sofá, sin rodeos.
—Mirad —empecé, con la voz más firme de lo que esperaba—. Estoy solo. Lo sabéis perfectamente. No quiero irme a vivir con ninguno de los dos. Lo habéis comprobado estos años: ni un fin de semana seguido, ni una llamada que no sea para preguntar si sigo vivo. Con Juri tengo compañía. Una ilusión de estar acompañado, sí, pero es real. Me hace reír, me escucha, me cuida cuando el corazón me aprieta. Y por lo visto a vosotros solo os importa el qué dirán.
Hice una pausa. Mi hija abrió la boca para interrumpir, pero la detuve con un gesto.
—La prueba está ahí, en estos últimos el día de Todos los Santos. Fui solo al cementerio, como todos los años. A llorar solo sobre la lápida de vuestra madre. Así es como me queréis ver, ¿verdad? Solo. Y el día que Juri me encontró en el parking del Carrefour, el médico del hospital me dijo: «Sergio, si sigue así, el próximo infarto será el definitivo». ¿Os lo expliqué? Sí. Y Juri… Juri me salvó ese día. No solo el cuerpo, también el alma.
Mi hijo bajó la mirada. Sabía que lo que decía era verdad.
—Y ahora os voy a decir algo más: a Juri le han ofrecido un puesto muy bueno en Osaka. Investigación puntera, su especialidad. Podría volver a Japón mañana mismo y ser una de las mejores en trasplantes cardíacos. ¿Sabéis qué? Si me quedo aquí solo, me iré con ella. Al menos allí estaré acompañado. Aunque sea poco, aunque el idioma me cueste, aunque tenga que aprender a comer arroz todos los días… pero no estaré solo.
La habitación se quedó en silencio. Mi hija empezó a llorar en silencio.
—Os preocupa más la testamentaria que yo —continué, sin piedad—. Que sea feliz o que viva en la tristeza. Aquí ya no me une nada, solo vosotros… y a duras penas os veo. Tanto da hablar desde Córdoba o hacer una videollamada desde Osaka. De acuerdo, son diez años de diferencia. ¿Y qué? A mí me quedan otros diez de vida, si tengo suerte. ¿Os habéis planteado eso? ¿Cómo lo voy a hacer el día que no pueda valerme? ¿Ir con uno y con otro? ¿Coger una residencia? Pensadlo bien.
Me levanté. El pecho me latía fuerte, pero no era el corazón enfermo; era la rabia y el amor mezclado.
—Juri está en el hospital terminando su turno. Está a punto de llegar. Me voy a pasear, como decís vosotros, con mi japonesita. Cuando vuelva, decidme qué queréis: que me quede aquí solo y me muera poco a poco, o que intente ser feliz con quien me ha devuelto la vida.
Salí sin esperar respuesta. Caminé por las calles de Córdoba al atardecer, el aire fresco entrando por la chaqueta. Cuando llegué al Guadalquivir, me senté en un banco y esperé. No pasó mucho tiempo.
Juri apareció por el puente, con su abrigo largo y esa coleta sencilla. Me vio y aceleró el paso.
—¿Qué ha pasado? —preguntó al llegar, notando mi expresión.
—Les he dicho todo. Que si me dejan solo, me voy contigo a Osaka.
Ella se sentó a mi lado, me cogió la mano.
—No tienes que irte por mí, Sergio. Yo puedo quedarme aquí. El puesto es importante, pero tú…
—No —la interrumpí—. No quiero que renuncies por mí. Quiero que decidamos juntos. Si es Osaka, iré. Si es Córdoba, lucharemos por que mis hijos lo entiendan. Pero no voy a vivir esperando a que me entierren solo.
Juri apoyó la cabeza en mi hombro. El río seguía su curso, indiferente.
—Entonces hagámoslo bien —dijo al fin—. En Japón, cuando dos personas deciden caminar juntas, hay un gesto: compartir el mismo techo, la misma mesa… y prometerse que, pase lo que pase, no se dejan solos. Podemos hacerlo aquí o allí. Pero no solos.
Nos quedamos mirando el atardecer. El móvil vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de mi hija:
«Papá, perdón. Venimos mañana a cenar. Los tres. Queremos conocerla de verdad. No queremos perderte».
Le enseñé el mensaje a Juri. Sonrió, esa sonrisa silenciosa y profunda.
—Entonces empezamos por la cena. Y después… veremos si es Córdoba o Osaka. Pero juntos.
Y así, con el río de testigo y el corazón latiendo un poco más fuerte, supe que la historia no había terminado. Solo estaba empezando de verdad.
El día siguiente fue tenso, como si el aire de la casa estuviera cargado de electricidad. Juri se fue temprano al hospital, con un beso suave en la frente y un "nos vemos esta noche, Sergio. Todo saldrá bien". Yo me quedé solo, pero no vacío. Fui al mercado con la lista que ella me había enseñado: verduras frescas (daikon, espinacas, zanahorias, brócoli), tofu firme, algas wakame, miso, arroz integral (porque "el blanco es bueno, pero el integral cuida más el corazón", decía ella), y un poco de jengibre fresco.
Desde que estaba con Juri, había empezado a cocinar japonés saludable. Nada de fritangas pesadas ni carnes grasas. Salteados ligeros con un chorrito de aceite de sésamo, sopa miso con tofu y cebolleta, verduras al vapor o wok, arroz como base pero en porciones moderadas. Comía despacio, disfrutando cada bocado, como me enseñó ella. Resultado: había perdido varios kilos que me sobraban, el pecho me pesaba menos (el médico me había dicho que la presión arterial estaba mejorando y el colesterol bajando), y hasta la mente se sentía más clara. Menos niebla, menos tristeza constante. La dieta japonesa, con su énfasis en lo fresco, lo equilibrado y lo sin exceso, me estaba devolviendo vida.
Preparé la cena: una sopa miso humeante con cubos de tofu suave, wakame y cebolleta; verduras salteadas (zanahorias, brócoli y setas shiitake) con un toque de salsa de soja y jengibre; arroz integral cocido perfecto, y una ensalada fresca de pepino con vinagre de arroz. Todo ligero, nutritivo, con omega-3 del tofu y las algas, fibra de las verduras... cosas que Juri me explicaba mientras cocinábamos juntos.
Cuando mis hijos llegaron, la mesa ya estaba puesta. No hubo besos de saludo. Se sentaron, miraron los platos con curiosidad y un poco de recelo.
—Papá… —empezó mi hija, pero yo la corté con calma.
—Primero comamos. Luego hablamos.
Cenamos en silencio al principio. Luego, mi hija rompió el hielo.
—He hablado con una amiga mía, enfermera en el Reina Sofía. Le conté lo de Juri… y me lo explicó todo.
Miré a mi hijo, que bajaba la vista al plato.
—Me dijo que Juri es una eminencia en trasplantes, que ha venido a enseñar y aprender, que no necesita dinero ni papeles. Que tiene más que tú y tu hermano juntos. Y que, sin conocer a papá, le salvó la vida aquel día en el parking. Que si no llega a ser por ella, cualquier día lo hubieran encontrado muerto en casa. Que papá no parecía tener 62 años… parecía 80. Tristeza, ojeras, abandono.
Mi hija se le quebró la voz.
—También me dijo que muchos en el barrio preguntaban: "¿Y este hombre no ven los hijos la dejación que está sufriendo?". Vosotros no lo habéis querido ver. El otro día se encontró a papá sentado en un banco fuera del hospital, llorando. Le explicó lo que dijisteis a Juri. Y me lo contó a mí.
Silencio pesado. Mi hijo tragó saliva.
—Papá… no sabíamos.
—Claro que no sabíais —respondí, sin rabia, solo con tristeza—. Porque no veníais. Porque no llamabais. Porque la vida os llevaba por otro lado. Pero Juri sí vino. Y ahora, miradme: he perdido peso, me siento mejor del corazón, de la cabeza. Esta comida que estáis comiendo… la he aprendido con ella. Es saludable, me cuida. Y ella me cuida a mí.
Mi hija se limpió una lágrima.
—Perdón, papá. No queríamos… solo teníamos miedo. Miedo de que te hicieran daño.
—Entiendo el miedo —dije—. Pero el daño real era la soledad. Y si Juri se va a Osaka… me iré con ella. Allí tendré compañía. Aquí, solo recuerdos. Vosotros decidid si queréis ser parte de mi presente o solo de mi pasado.
En ese momento entró Juri. Venía del hospital, con el abrigo aún puesto. Vio la escena, pero no se inmutó. Saludó con una inclinación suave.
—Buenas noches. Veo que ya habéis probado la cena. Espero que os guste.
Mi hija se levantó, se acercó y, sin decir nada, la abrazó. Juri, sorprendida, la abrazó de vuelta.
—Gracias —susurró mi hija—. Por salvar a mi padre.
Mi hijo se levantó también, extendió la mano.
—Doctora Matsushima… Juri. Bienvenida a la familia. O… lo que sea que vayamos a ser.
Juri sonrió, esa sonrisa silenciosa y profunda.
—Solo quiero que Sergio sea feliz. Y que vosotros también.
Cenamos juntos esa noche, hablando de todo: de Osaka, de Córdoba, de los cerezos en flor que Juri prometió enseñarme algún día, de cómo la vida da vueltas inesperadas. No fue perfecto, hubo lágrimas y silencios, pero fue real.
Al final, cuando se fueron, Juri y yo nos quedamos en la cocina, recogiendo.
—Gracias por quedarte —le dije.
Ella me cogió la mano.
—Gracias por dejarme entrar.
Y así, poco a poco, la familia empezó a reconstruirse. No era como antes, pero era nuevo. Y tenía futuro.
Hacía tiempo que Sergio y Juri dormían en la misma cama. Al principio, fue extraño para ella: el colchón occidental le parecía demasiado blando y alto comparado con lo que ella describía de Japón. Pero poco a poco, se acostumbraron a esa cercanía nocturna. Algunas noches, después de una cena ligera o una charla larga, se quedaban allí tumbados, relajados, hablando de cómo había ido el día, como cualquier pareja que encuentra paz en lo cotidiano.
Aquella noche, con la luz tenue de la mesita y el rumor lejano del Guadalquivir por la ventana abierta, Juri se giró hacia él, apoyada en un codo.
—Sergio… tu futuro está en Japón —dijo en voz baja, seria pero suave—. Aquí se te va a quedar Córdoba.
Si te vas, ¿me quieres a tu lado? El día que vea que no pueda más… me vuelvo aquí. No quiero ser un lastre para ti. Te quiero demasiado y sé lo que ha costado llegar donde estás ahora.
Sergio sintió un nudo en la garganta. Le acarició la mejilla.
—Juri… me da igual. Si me enseñas a defenderme allí (el idioma, las costumbres, todo), cocinaré para ti y para quien me digas. Me da igual dormir en el suelo como dices tú que son camas muy diferentes a las de aquí, las casas pequeñas, las largas operaciones en quirófano que estás tú metida… Yo si me enseñas, aprendo. Soy feliz contigo.
Juri sonrió, esa sonrisa silenciosa y profunda que tanto le gustaba. Se acercó y le dio un beso suave, lento. Él se lo devolvió, con más intensidad, como si quisiera sellar la promesa.
—No me dirás que no aprendo rápido —bromeó él, con voz ronca.
Ella rió bajito, apoyando la frente en la suya.
—Aprendes rápido, sí. Y yo… yo también estoy aprendiendo contigo. En Japón, dormir en futon en el suelo es lo normal para mucha gente, sobre todo en casas antiguas o pequeñas. Es firme, fresco, y por la mañana lo enrollas y la habitación se convierte en salón otra vez. Al principio te costará la espalda, quizás, pero es bueno para la alineación, para el corazón… y para no tener tanto "peso" encima. Pero si prefieres una cama occidental allí, la ponemos. Lo importante no es el suelo o la altura: es que estemos juntos.
Hizo una pausa, mirándole a los ojos.
—Sobre lo de ser un lastre… no lo digas nunca más. En mi cultura, cuidar a quien amas no es carga; es honor. Cuando uno envejece, el otro está. No se deja solo. Si un día no puedes más, nos cuidamos mutuamente. Yo te cuido en las operaciones largas, tú me cuidas cuando vuelva cansada. Y siempre podemos volver a Córdoba. Esta casa, estos recuerdos… no se pierden. Los llevamos con nosotros. Vivir con recuerdos es bonito; vivir de ellos, como decías tú antes, es lo que te estaba matando. Ahora vivimos para algo nuevo.
Sergio la abrazó fuerte, sintiendo cómo el pecho se le expandía.
—Entonces… ¿vamos a Japón? Juntos.
Juri asintió, besándole la frente.
—Juntos. Poco a poco. Primero un viaje de prueba, para que veas Osaka, Kokusaidōri por la noche, los cerezos si es primavera… Y si te gusta, nos quedamos. Si no, volvemos. Pero no solos. Nunca más solos.
Se quedaron en silencio, solo el sonido de sus respiraciones acompasadas. La cama ya no parecía tan grande ni tan vacía. Era el principio de algo más grande que Córdoba o Osaka: un hogar que llevaban dentro.
A la mañana siguiente, mientras Juri estaba en el hospital terminando sus últimos turnos, yo me puse en marcha. Fui a la comisaría a hacerme el pasaporte nuevo –el viejo ya estaba caducado hacía años, y con la prejubilación ni me había molestado en renovarlo–. Luego, a la farmacia y al médico para que me prepararan la medicación cardíaca para varios meses: pastillas, informes, todo con receta internacional para que pudiera enviarla por correo certificado si hacía falta más. Encontré una agencia que gestionaba envíos de medicamentos a Japón sin problemas. Compre maletas nuevas y más grandes –dos grandes y una mediana, porque sabía que llevaríamos ropa, libros míos, fotos de Ana (para no olvidar), y algunos regalos para la familia de Juri–. El día se me pasó volando entre papeles y compras.
Cuando llegó Juri por la tarde, se sentó conmigo en la cocina, con una taza de té verde que preparó ella misma.
—¿Qué has hecho hoy, Sergio? —preguntó, con esa sonrisa serena.
Le conté todo: el pasaporte, la medicación, las maletas. Se me escapaba algo, lo sentía, pero no sabía qué.
—Tranquilo —dijo ella, poniéndome la mano en el hombro—. Mañana hablo yo con la embajada de Japón aquí en Madrid. Tenemos aún 15 días para estar en Córdoba. Como ciudadano español, puedes entrar sin visa por 90 días, pero para quedarte más tiempo tramitaremos la residencia una vez en Osaka –con mi patrocinio del hospital, será más fácil. Los billetes me los están preparando desde Japón: vuelo directo o con escala corta, pero largo, unas 14-15 horas. Prepárate, Sergio, el jet lag será fuerte al principio.
Hizo una pausa, mirándome con cariño.
—¿Has llamado a tus niños, como dicen aquí?
—Sí —respondí—. Quieren subir a despedirnos al aeropuerto de Madrid-Barajas. La hija viene desde Madrid, y el hijo coge el AVE desde Sevilla. Nos reunimos en Atocha, subimos juntos en el AVE a Barajas, y allí nos acompañan hasta la puerta de embarque. Será emotivo… pero bueno.
Juri asintió.
—Bien. Es importante. Ellos necesitan verte partir con ilusión, no con miedo.
Los días siguientes fueron un torbellino: despedidas con amigos del barrio, visitas al cementerio para hablar con Ana ("Voy a ser feliz, amor, como me pediste"), y una cena final en casa con los hijos. No hubo dramas; solo abrazos largos y promesas de videollamadas frecuentes. Mi hija lloró un poco, mi hijo me dio una palmada fuerte en la espalda: "Cuídate, papá. Y tráenos a Japón algún día".
El día del vuelo llegó. AVE desde Córdoba a Madrid-Atocha, donde nos esperaban los dos. Subimos juntos al tren a Barajas, charlando de todo menos de la despedida. En el aeropuerto, facturamos las maletas grandes (con cuidado con el peso), y llegó el momento: abrazos, lágrimas contenidas, "Os quiero", "Llamad cuando aterricéis".
Embarcamos. El vuelo fue largo –unas 14 horas con escala corta en algún hub europeo o directo si había suerte–. Juri durmió mucho; yo miré por la ventanilla, pensando en lo que dejaba y lo que ganaba.
Llegamos a Kansai International Airport (KIX) al atardecer. El aeropuerto es impresionante: moderno, limpio, en una isla artificial con vistas al mar y a Osaka al fondo. Pasamos inmigración rápido (mi pasaporte sellado con el visado turístico de 90 días), recogimos maletas (todo en orden), y salimos al aire fresco y húmedo de Japón. Primeras impresiones: el olor a mar mezclado con ciudad, carteles en japonés e inglés, gente ordenada moviéndose rápido pero sin empujones.
Tomamos el tren Haruka Express –cómodo, silencioso, con espacio para maletas–. En 50 minutos llegamos a Osaka Station (Umeda), el corazón bullicioso de la ciudad: rascacielos iluminados, luces de neón, olor a comida callejera (takoyaki, okonomiyaki). Juri me guió por el metro (líneas limpias, puntuales), hasta su apartamento en un barrio tranquilo cerca del hospital.
Juri abrió la puerta y me dijo:
—Bienvenido a casa, Sergio.
Me quedé en la entrada, zapatos quitados, maletas al lado, sintiendo que empezaba una nueva vida. El corazón latía fuerte, pero no de miedo: de emoción.
La casa: un edificio moderno de 10 plantas, con auto-lock y ascensor rápido. Su apartamento (1LDK, unos 50 m²): entrada pequeña con zapatero (nos quitamos los zapatos al entrar, costumbre que ya conocía), salón-cocina luminoso con suelo de madera clara, ventana grande con vistas a la ciudad y un río lejano, cocina compacta pero eficiente (nevera pequeña, hornillo de inducción, arrozera), baño unitario (todo en una habitación waterproof: inodoro con bidé calentito, ducha y bañera profunda –¡el ofuro japonés!–), y dormitorio con futon en el suelo (firme, pero cómodo una vez acostumbrado). Simple, ordenado, con toques personales: fotos de su familia en Okinawa, un bonsái pequeño, y espacio para mis cosas.
Los primeros días en Osaka fueron un torbellino de sensaciones nuevas. El jet lag me golpeó fuerte las primeras noches: me despertaba a las 3 de la mañana, mirando el techo del futon firme (que, contra todo pronóstico, me empezó a gustar por su frescura y apoyo a la espalda), mientras Juri dormía a mi lado, respirando tranquila después de un turno largo en el hospital. Pero por las mañanas, salía a caminar por el barrio: calles limpias, bicicletas por todas partes, olor a pan recién horneado mezclado con el humo dulce de los puestos de takoyaki.
Pronto descubrí Kuromon Ichiba, el mercado cubierto más famoso de Osaka, a solo unos minutos en metro. Es un paraíso sensorial: 600 metros de puestos rebosantes de mariscos vivos (cangrejos enormes moviéndose, ostras frescas, atún rojo brillante), frutas tropicales jugosas, verduras crujientes, y vendedores gritando "Irasshaimase!" (¡bienvenido!) con sonrisas enormes. El aire huele a sal, ajo frito y azúcar caramelizado; el ruido de cuchillos cortando, sartenes chisporroteando y risas constantes. Al principio me sentía perdido entre los kanjis, pero los vendedores, al oír mi acento español, sonreían y decían "¡España! ¡Paella! ¡Ole!". Algunos chapurreaban palabras sueltas: "Gracias", "Bueno", "Flamenco". En pocos días ya conocía a varios: el señor del puesto de setas shiitake que me regalaba muestras, la señora de las frutas que me enseñaba a decir "arigatou gozaimasu" con la pronunciación perfecta.
Un día, en el mercado, un grupo de japoneses aficionados al flamenco me pararon. "¡Español! ¿Conoces el flamenco?", me preguntaron. Resulta que en Japón hay una pasión enorme por él: academias por toda Osaka, shows en bares y restaurantes españoles. Me hablaron de un sitio en el centro donde se reunían expatriados españoles y japoneses hispanistas: un pequeño bar con guitarra en vivo, tapas y sangría. Fui una noche con Juri y fue mágico: taconeo, palmas, olor a jamón serrano y vino tinto... como un pedacito de Córdoba en medio de Osaka.
Juri estaba feliz conmigo, y yo con ella. Cocinar juntos se convirtió en rutina: yo aprendía sus recetas (miso, onigiri, tempura ligera), ella probaba mis tortillas y gazpachos. Me puse yukata (la versión ligera de kimono para casa) para andar por el apartamento: fresco en verano, cómodo, y me sentía parte de algo nuevo. Perdí más peso, el corazón latía más estable, y la mente... la mente estaba en paz.
A los seis meses llegaron mis hijos. Vieron todo: cómo me movía por el metro sin perderme, cómo chapurreaba japonés básico ("Konnichiwa", "Arigatou", "Oishii desu!"), mis nuevas amistades en el mercado y el bar flamenco. Me vieron con yukata en casa, más delgado, con color en la cara, riendo como no lo había hecho en años. Lo más importante: lo feliz que estaba con Juri. Ella los recibió con té y dulces japoneses, y la conversación fluyó: "Papá ha cambiado", dijo mi hija, con lágrimas. "Está vivo de verdad".
Les conté de mis amigos médicos (colegas de Juri del hospital): nos reuníamos en casa para fiestas pequeñas, como hacen los japoneses (íntimas, con comida compartida, sake caliente, risas contenidas pero profundas). Yo hacía paellas enormes, y tenía un contacto en Córdoba que me mandaba jamones de la Sierra de los Pedroches. "Están enamorados del jamón serrano", les dije. "Hasta que un día me harté y le dije al proveedor: 'A ver si vienes aquí a vender tus jamones, que los japoneses están locos por la Sierra cordobesa'". Se rieron. "Y ahora viene en serio", añadí.
Allí sigo, en Osaka. Vengo poco por Córdoba –en verano nada, hace un calor que me derrite–, pero siempre hablamos por videollamada. Un día, mientras tomábamos té en el balcón con vistas a la ciudad iluminada, le dije a Juri:
—Estoy pensando en transformar el piso de Córdoba. Hacerlo en plan japonés-andaluz: tatami en una habitación, yukata para invitados, pero con azulejos de patio y vistas al Guadalquivir. Y dedicarme al alquiler turístico. Para que españoles y japoneses se mezclen, como nosotros.
Juri me miró, sonrió esa sonrisa silenciosa y profunda, y me dio un beso suave.
—¿Cómo eres? —dijo, riendo bajito—. Siempre pensando en unir mundos. Me encanta.
Y así, con un beso que sabía a futuro, cerramos el círculo: de la soledad en Córdoba a una vida compartida en Osaka. Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida, el destino nos reservaba coincidencias tan hermosas. Las manos que se tocan, los ojos que se encuentran... Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos. Good times never seemed so good.
A Sergio la vida le había enseñado que, a los sesenta y dos años, ya no quedaban sorpresas. Viudo desde hacía dos, con el corazón débil y la casa llena de silencios, solo iba al Carrefour a comprar lo justo para no morir de hambre.
Hasta que un sábado su carrito rozó el de una mujer alta, de ojos almendrados y sonrisa tranquila. Una coincidencia. Luego otra. Y otra más.
Ella era Juri Mitsushima, médica japonesa, especialista en trasplantes, que hablaba un español perfecto y había llegado a Córdoba por un seminario. Él la vio como una niña; ella vio en él a un hombre que necesitaba ser salvado.
De las cajas del supermercado al parking, de Córdoba a Osaka, de la soledad al hanami bajo los cerezos en flor, Sergio y Juri descubren que el amor no entiende de edades, de culturas ni de fronteras.
Una novela tierna y emotiva sobre segundas oportunidades, sobre cómo aprender a vivir de nuevo cuando creías que todo había terminado. Sobre jamón de los Pedroches en una mesa japonesa, paella cocinada con música clásica y un futon que cabe perfectamente para dos.
Porque, a estas alturas de la vida, los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos.
«Una historia que te abraza el corazón y no lo suelta.» «De las que te hacen creer otra vez en el destino.»
Ernest Pont Salmerón Autor de A Estas Alturas de la Vida, Enero 2026
Prólogo
Las manos que tocan, los ojos que se encuentran….
Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida, cuando uno piensa que ya lo ha vivido todo, el destino guarda todavía una sorpresa envuelta en coincidencias.
Esta es la historia de Sergio, un hombre de sesenta y dos años, viudo, prejubilado y con el corazón herido por la pérdida y la soledad. Un sábado cualquiera en un supermercado Carrefour de Córdoba, su carrito choca con el de una mujer alta, de rasgos asiáticos y mirada serena. Un tropiezo, una mano que alcanza la misma bolsa de arroz, una lágrima en el parking… y nada vuelve a ser igual.
Ella es Juri, médica japonesa de cincuenta y dos años, especialista en trasplantes, que ha llegado a España por trabajo y se ha quedado más de lo previsto. Él cree que es una niña; ella ve en él a un hombre que necesita ser salvado.
De las cajas del supermercado a las calles de Osaka, de la soledad cordobesa al hanami bajo los cerezos en flor, esta novela cuenta cómo dos mundos tan distintos —Andalucía y Japón— pueden unirse en un solo latido. Cómo el duelo se transforma en esperanza, cómo la diferencia de edad y cultura se convierta en puente, y cómo el amor, cuando llega de verdad, no pregunta por pasaportes ni por años vividos.
Porque nunca es tarde para volver a sentir. Porque los buenos tiempos, a estas alturas de la vida, pueden parecer incluso mejores.
Ernest Pont Salmerón , 2026
Las manos que tocan, los ojos que se encuentran... Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos.
¿Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida, cuando crees que lo has vivido todo, el destino te reserva una sorpresa envuelta en coincidencias? Yo, Sergio, con mis 62 años a cuestas, viudo desde hace dos, pensaba que mi historia ya estaba escrita. Un libro cerrado, con páginas amarillentas por el tiempo y el dolor. Pero la vida, esa juguetona, a veces te lanza una melodía inesperada, como esa canción de Neil Diamond que tarareaba mi mujer en los buenos tiempos. Sweet Caroline... Bah-bah-bah. Tocando, tocando...
Mi mujer, Ana, se fue hace dos años. Una enfermedad degenerativa terminal, de esas que te roban a la persona poco a poco, como un ladrón sigiloso que se lleva recuerdos, sonrisas y hasta el simple acto de caminar. Pasé los últimos años cuidándola, aprendiendo a llevar la casa, a cocinar platos sencillos que le sentaran bien, a manejar el lavavajillas como si fuera una nave espacial. Tuve que prejubilarme antes de tiempo; mi trabajo en la administración pública podía esperar, pero ella no. Los servicios sociales nos ayudaban, claro, con enfermeras y asistentes, pero yo sentía esa obligación profunda, esa lealtad que nace del amor verdadero. Estar ahí, cada día, sosteniendo su mano mientras el mundo fuera seguía girando sin nosotros.
Cuando Ana murió, el vacío me golpeó como un tren de mercancías. De la ocupación absoluta –medicinas, citas médicas, baños, comidas– pasé a tener todo el tiempo del mundo para mí. Y qué ironía: ese tiempo libre se convirtió en una cárcel. Las mañanas se estiraban eternas, con el café solo en la cocina vacía, el eco de mis pasos en el pasillo. Córdoba, esta ciudad hermosa con su Mezquita y sus patios floridos, me parecía ahora un decorado gris. Salía a caminar por el Guadalquivir, viendo a las parejas jóvenes riendo, y me preguntaba: ¿esto es todo? ¿Sesenta y dos años y ya estoy en el epílogo?
Mis problemas cardíacos no ayudaban. Empezaron con la prejubilación, el estrés acumulado, el duelo que aprieta el pecho como una garra. El médico me recetó pastillas, reposo, caminatas ligeras. "Sergio, cuídate, que el corazón no es solo un músculo", me decía. Pero ¿cómo cuidas un corazón roto? Intentaba llenar los días: lecturas, algún crucigrama, visitas esporádicas a mis hijos que viven en Madrid y Sevilla. Ellos me llaman, me invitan, pero yo me resisto; no quiero ser una carga, no cuando aún puedo valerme por mí mismo.
Aquel sábado por la tarde, como tantos otros, decidí ir al supermercado. Carrefour, en las afueras de Córdoba, un lugar impersonal pero práctico. Pensaba en qué cocinar para la semana: algo simple, arroz con pollo, quizás una tortilla de patatas para recordar los domingos con Ana. Nada elaborado; cocinar para uno solo es como hablar solo, un monólogo triste. El Carrefour de las afueras de Córdoba era un hervidero de vida aquel sábado por la tarde. Familias enteras, parejas jóvenes discutiendo qué marca de yogur comprar, niños correteando entre los carros... Y yo, en medio de todo eso, empujando mi carrito como un fantasma. Las luces fluorescentes me daban en la cara, frías, impersonales. Pensaba en Ana, en cómo solíamos venir juntos aquí; ella siempre insistía en comprar más fruta de la necesaria, "para que no nos falte vitamina C, Sergio". Ahora, yo solo cogía lo justo para no morir de hambre.
Giré por el pasillo de los arroces y legumbres, el carrito chirriando un poco en las ruedas. No iba deprisa; ¿para qué? De pronto, choqué contra algo suave. No fue un golpe fuerte, pero suficiente para sacarme del ensimismamiento. Mi carrito rozó una cadera, y alcé la vista.
Era una mujer alta, cerca del metro setenta, con el pelo negro recogido en una coleta sencilla. Rasgos asiáticos delicados: ojos almendrados, piel clara. Vestía ropa cómoda, jeans y una chaqueta ligera, como alguien que no quiere llamar la atención. Parecía joven, muy joven para mis ojos cansados; quizás treinta y pocos, pensé. Una chica que podría ser hija de alguien.
—Perdón, señora... señorita —murmuré, bajando la mirada—. No la vi.
Ella se giró despacio, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos del todo. Me miró un segundo, evaluándome, y negó con la cabeza suavemente, como diciendo "no pasa nada". No dijo una palabra. Solo un gesto amable, casi profesional, y siguió su camino. Me quedé allí plantado un momento, sintiendo un calor extraño en las mejillas. ¿Vergüenza? ¿Algo más? Sacudí la cabeza. "Viejo tonto", me dije. "Deja de imaginar cosas".
Seguí avanzando, pero la imagen se me quedó grabada: esa altura elegante, esa calma en medio del caos del supermercado. Intenté concentrarme en la lista mental: arroz, lentejas, algo de pasta... Pero el pecho me latía un poco más rápido de lo normal. No era el corazón enfermo esta vez; era otra cosa, algo que llevaba tiempo dormido.
No era el corazón enfermo esta vez; era otra cosa, algo que llevaba tiempo dormido. Sacudí la cabeza de nuevo y seguí por el pasillo, tratando de ignorar esa punzada inexplicable. El supermercado seguía su ritmo frenético: anuncios por los altavoces ofreciendo descuentos en detergente, el pitido constante de las cajas lejanas, el olor mezclado de pan recién horneado y productos de limpieza. Yo, con mi carrito medio vacío, me detuve frente a las estanterías de arroces. Un kilo de arroz basmati, pensé; algo simple para acompañar el pollo que compraría después. Estiré la mano hacia la bolsa en el estante medio, mis dedos rozando el plástico.
Y entonces, otra mano se posó en la misma bolsa al mismo tiempo. Dedos finos, elegantes, con uñas cortas y sin esmalte. Alcé la vista, y allí estaba ella de nuevo. La misma mujer del tropiezo: alta, serena, con esos ojos almendrados que ahora me miraban directamente. Parecía tan sorprendida como yo, pero su expresión era calmada, casi curiosa. Retiré la mano rápidamente, murmurando:
—Disculpe otra vez... Parece que hoy el arroz nos une.
Ella sonrió un poco más esta vez, una sonrisa que iluminaba su rostro joven –o eso creía yo entonces–. En un español perfecto, con un acento leve que mezclaba algo oriental con toques ingleses, respondió:
—No hay problema. Hay suficiente para los dos.
Su voz era suave, profesional, como la de alguien acostumbrado a calmar a los demás. Tomó una bolsa y yo otra, pero por un segundo nos quedamos allí, manos casi tocándose de nuevo. Noté su perfume sutil, algo floral y fresco, que contrastaba con el aire cargado del supermercado. ¿Quién era esta chica? ¿Una estudiante extranjera, quizás? Mi mente, traicionera, empezó a divagar: hacía años que no sentía esa chispa de curiosidad por alguien. Pero me reprendí internamente. "Sergio, no seas ridículo. Ella podría ser tu hija". Seguí adelante, empujando el carrito hacia el siguiente pasillo, pero el pecho me apretaba un poco más. No por el corazón esta vez, sino por algo que empezaba a despertar, como una melodía olvidada.
Seguí adelante, empujando el carrito hacia el fondo del pasillo, pero esa breve interacción con ella me había dejado un regusto extraño. No era alegría, ni mucho menos; era como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante años, dejando entrar un soplo de aire fresco que, en lugar de aliviar, te recordaba lo mucho que habías estado asfixiándote. Sacudí la cabeza otra vez –"Viejo tonto, concéntrate en la compra"– y me dirigí hacia las cajas.
El sábado por la tarde en Carrefour era un caos organizado. Las colas se extendían como serpientes largas, diez o doce personas por caja, carritos rebosantes de compras semanales. Los empleados, con sus chalecos rojos, iban y venían gritando números: "¡A la caja 7, por favor!", "¡Caja rápida 3 abierta!", "¡A la 12, solo diez artículos!". Yo me coloqué en la cola de la caja 8, que parecía la menos congestionada, aunque eso era relativo. Delante de mí, una familia con dos niños pequeños que no paraban de pedir chucherías en la estantería de al lado; detrás, una pareja joven discutiendo en voz baja sobre si habían olvidado la leche. Yo, en medio, con mi carrito medio lleno de cosas solitarias: arroz, pollo, unas pocas verduras, café... Nada que gritara "vida compartida".
La espera se hizo eterna. El pecho me pesaba un poco más de lo habitual –no un dolor fuerte, solo esa presión familiar que me recordaba que tenía que cuidarme–.
Pensé en Ana, en cómo ella siempre se ponía en la cola más larga porque "así charlábamos más tiempo". Ahora charlaba solo conmigo mismo. Miraba el reloj del móvil: casi las siete de la tarde. El sol de Córdoba ya bajaba, y yo solo quería llegar a casa, meter la compra en la nevera y sentarme en el sofá con una taza de té sin azúcar.
De reojo, vi movimiento en la cola de al lado. Era ella otra vez. La mujer alta de rasgos asiáticos, con su carrito más pequeño que el mío, cargado de cosas que no reconocí del todo: tofu, algas secas, verduras exóticas... Se colocó en la caja 9, justo paralela a mí. Nuestras miradas se cruzaron un instante; ella inclinó la cabeza ligeramente, como reconociéndome, y yo bajé la vista rápido, avergonzado. ¿Otra coincidencia? El supermercado no era tan grande. Intenté convencerme de que era normal, que la gente compra al mismo tiempo, pero algo dentro de mí empezaba a inquietarse.
Llegó mi turno. Ordené las cosas en la cinta con cuidado meticuloso –siempre lo hacía así, como si Ana estuviera mirando y juzgando si lo dejaba bien–. La cajera, una chica joven con el pelo recogido, pasó los productos sin apenas mirarme. Pagué con tarjeta, metí las bolsas en el carrito y salí hacia la salida. El aire fresco del exterior me golpeó la cara; el parking estaba lleno, coches maniobrando, familias cargando maleteros. Caminé despacio hacia mi viejo Seat, aparcado en la zona media. Abrí el maletero, empecé a colocar las bolsas...
Y entonces lo vi: el coche del lado del mío era el de ella. Un pequeño utilitario gris, limpio, un rent a Car lo delataba la pegatina. Ella apareció justo en ese momento, empujando su carrito hacia el mismo sitio. Nuestros ojos se encontraron de nuevo, y esta vez no pude evitarlo. Sentí un nudo en la garganta. Con voz ronca, más alta de lo que pretendía, solté:
—Por Dios, señorita... no piense usted que la estoy siguiendo. Este es mi coche. Han sido demasiadas coincidencias hoy...
Mi voz se quebró al final. Una lágrima solitaria me rodó por la mejilla, traicionera, sin que pudiera detenerla. No era solo por las coincidencias; era por todo: el vacío, el duelo, el corazón que latía irregular, la sensación de que la vida me había dejado atrás. Me di la vuelta rápido, fingiendo ordenar las bolsas, pero el pecho me apretaba fuerte.
Ella se detuvo. No se asustó, no se alejó. En cambio, con esa calma que ya empezaba a reconocer en ella, habló en un español correcto, con ese acento suave que mezclaba lo japonés y lo inglés:
—¿Está usted bien?
Y en ese momento, el mundo pareció detenerse un poco.
—¿Está usted bien?
Su voz, suave pero firme, con ese acento asiático mezclado con inglés –como una "guiri de Japón", pensé en ese instante absurdo–, me sacó del pozo donde me había hundido. Me giré despacio, limpiándome la lágrima con el dorso de la mano, avergonzado. Ella estaba allí, a dos pasos, con las bolsas aún en el carrito, mirándome con preocupación profesional. No era lástima; era evaluación.
—Perdón... sí, estoy... —balbuceé—. Es que... el corazón, ya sabe. Problemas viejos. Y hoy... todo esto... me ha removido.
Ella no se movió. En cambio, dio un paso adelante y dijo, seria:
—Me deja examinarle, por favor. Estoy en un seminario médico en la Universidad de Córdoba. Algo sé de esto. Su cara no me gusta.
Sacó del maletero de su coche un pequeño maletín, más bonito y moderno que los que llevan los médicos de aquí: negro, elegante, con cierres metálicos. Lo abrió con calma.
—Por favor, señorita... ¿es necesario? Si nos ven las cámaras, llamarán a seguridad, a la ambulancia... Se armará un hervidero. Dejarán los coches aquí con la compra y... la verdad, estoy bien. Usted se ve profesional, y yo soy solo un viejo cansado de la vida.
Ella me miró fijamente, sin sonreír.
—Vamos a hacer una cosa: si le evalúo y veo que es necesario llamar a los servicios médicos, lo haré sin dudar. Estoy en esta vida para salvar a la gente de la muerte, no para dejarle morir como cualquier animal en la calle. ¿Me ha entendido?
Lo dijo tan seriamente que me quedé sin palabras. Asentí.
—Siéntese ahora. Le voy a auscultar. Y como dicen ustedes aquí... tranquilícese.
En ese momento, gente empezó a acercarse: curiosos del parking, atraídos por el drama. Ella alzó la voz, autoritaria:
—Por favor, ahora no necesito gente. Necesitamos este caballero y yo tranquilidad y poca gente alrededor.
Alguien avisó al de seguridad, que llegó corriendo.
—¿Algún problema?
—Mire, por ahora la única persona que necesito a mi lado es usted —dijo ella—. Sé lo que me hago. Soy la doctora Matsushima. Puede preguntar mis referencias en el Hospital Universitario Reina Sofía; si pregunta al cardiólogo de guardia, seguro me conoce. Pero este caballero necesita tranquilidad.
El guardia nos miró, impresionado. Ofreció:
—Tenemos una sala de urgencias en el centro comercial, doctora. Si quiere mirarle allí, se lo agradecería por su comodidad. Esto se va a llenar de gente cotilla en poco rato.
Ella me miró.
—¿Puede andar?
—Sí.
—Cójase de mi brazo y no se suelte. Si se marea, avíseme.
El guardia cogió las llaves y cerró los vehículos. Me sujetó del otro brazo.
—No corra, tenemos tiempo, ¿verdad, doctora?
Ella asintió. Me preguntaron mi nombre y, por si perdía el conocimiento, dónde tenía la documentación. Se la di al guardia: en el bolsillo de la chaqueta, junto al móvil.
Me llevaron al centro comercial. Había expectación: una japonesa alta y serena, un viejo como yo, y el guardia. Nos metieron en una sala pequeña con una camilla.
—Túmbese, Sergio —dijo ella—. Quizás nos podamos marchar pronto.
Avisaron a los sanitarios, pero ella les detuvo:
—Primero déjenme valorarlo. Puede ser no sea nada importante. Me asustó que dijera problemas cardíacos.
Sacó instrumental electrónico de aquel maletín que yo ni sabía que existía. Me auscultó con el estetoscopio, midió la presión, comprobó pulsos. Al rato, suspiró aliviada.
—Vamos a hacer una cosa —dijo al guardia—. Parece no ser nada grave. Me asusta que tuviera problemas cardíacos, pero... si nos permite un rato aquí, podrá ir a casa. Pero mañana me gustaría verle en el hospital. Supongo que le llevan allí; tendrá su cardiólogo. Hablaré con él. Me conocen. No me gusta dejar los trabajos a medias, y va a ser la primera vez en mi vida que lo haga. Pero creo que lo que usted necesita no es más estrés.
El guardia me miró, como diciendo: "¿Quién será esta mujer oriental que tiene tanto poder?"
Salimos los dos del centro comercial hacia los coches. El guardia no nos quiso dejar solos. Ella me preguntó:
—¿Se ve capacitado para llevar el coche?
—Sí... me encuentro tranquilo ya, gracias.
—Pero yo no —dijo—. ¿Quiere que le acompañe? Vivo aquí cerca, no voy muy lejos.
Entré en el parking, cogí el ascensor y llegué a casa. Desde la cocina, le llamé tal como me pidió.
—¿Ha llegado usted bien, Sergio?
—Sí, doctora. Me alegro.
—Recuerde: mañana a las diez y media. Ya le digo dónde.
—Hasta mañana, doctora. Y gracias de nuevo.
—Cuídese, buen hombre. Hasta mañana.
Colgué, y por primera vez en mucho tiempo, el vacío en el pecho se sintió un poco menos pesado.
A las diez y cuarto ya estaba yo en el hospital Reina Sofía. Pedí un taxi; no me apetecía conducir, y desde Merca Córdoba hasta allí me quedaba muy lejos a pie. Llegué pronto, para no parecer pesado, y le llamé desde la cafetería: "Buenas tardes, doctora, soy Sergio". Me contestó con esa voz serena: "Ya lo sé". "¿Dónde está?" "En la cafetería... bueno, en el quiosco de enfrente, comprándome el periódico". "No se mueva de ahí, que voy en su busca".
No tardó en llegar. No sabía cómo saludarla: le tendí la mano, ella también, pero luego me agarró del brazo como si fuéramos viejos conocidos. "Vamos, Sergio, póngase tranquilo. Vamos a ir a una sala; haremos trabajar a estos chicos. He hablado con su cardiólogo, el doctor Pérez de la Osa. Se conocen de hace muchos años; me comentó que usted fue funcionario de Hacienda. Tengo su expediente médico resumido; lo he leído por encima. Ahora están los alumnos de medicina estudiando su caso. Ya le dije: me servirá de conejillo de indias". Sonrió un poco, y añadió: "Su cardiólogo vendrá en cuanto acabe la consulta. Usted póngase tranquilo".
Me llevó a una sala llena de juventud: chicos y chicas con batas blancas, ojos curiosos. Empezó ella explicando lo sucedido ayer en el parking, las pruebas... Luego habló el cardiólogo, les preguntaba: "¿Puede Sergio ir allí? Le hemos preparado una habitación. Deje su ropa y todo lo metálico que lleve, y póngase una bata; lo tiene todo a punto". No me preguntaron nada más de mí; lo tenían todo allí.
Resultó haber médicos y enfermeras; era como una simulación: "¿Cómo reaccionaríais ante un caso así? ¿Y si no habla? Es una urgencia; quiero la valoración ya". Se pusieron a trabajar en mí: una prueba, luego la otra; me sacaron sangre... En esas entró mi cardiólogo: "¡Caramba, Sergio! Qué bien acompañado te veo hoy". "Tranquilo, no te alteres que esta máquina lo marca todo". "Ayer sabe...". "Lo sé todo; hablamos esta mañana. He venido para saludarte; he sacado un momento. No nos des estos sustos, hombre de Dios".
A las dos se acabó todo. Me vestí y le insistí a la doctora: "Déjeme que la invite a comer antes... lo que sea". "Mi nombre es Juri; llámeme así, seguro es más fácil". "Pero vamos a hacer una cosa: le acepto la comida, pero no en ningún lado en especial... en su casa. Quiero ver cómo se alimenta, si no le importa".
Entre mí pensé: menos mal que lo dejé todo recogido esta mañana; me levanté a la madrugada, el día se me hacía muy largo. Fuimos a casa. Le enseñé la casa, la cocina, la nevera. Vio el jamón colgado y se puso a reír: "¡Jamón! En Japón no solemos verlo así". "¿Y hoy qué va a hacer de comer para dos?" "Tenía apuntado este consomé; le falta echar la pasta. Una ensalada de aguacate y tomate... y poco más. A veces un poco de carne o pollo. Me estoy acostumbrando a comer poco".
Pusimos la mesa entre los dos. Comimos en silencio al principio, luego charlamos. "Lo siento, no puedo invitarte a nada más que a café con leche. Hace años que aquí no entra alcohol; cuando vienen mis hijos, lo traen ellos y se lo llevan lo que quede. Ya lo saben".
Seguimos hablando. "Con tu apellido me pierdo". "Ya te dije: llámame Juri". "¿Y eres de la capital, Tokio?" Se puso a reír: "No, soy de Okinawa, una isla. En concreto... te lo diré poco a poco: Kokusaidōri, mi pueblo. Es la calle principal de Naha, la 'International Street', llena de tiendas, luces, turistas...". Me contó que trabajaba en investigación y trasplantes en un gran hospital de Osaka –uno de los pioneros en corazón y regeneración–, que se le dio la oportunidad de venir aquí a impartir cursos de docente y asistir en trasplantes. "Empecé con corazón, y me gusta tanto mi oficio... que me estoy quedando aquí más del tiempo necesario. Ayudo y participo en todo tipo de trasplantes".
La miré: parecía tan joven, tan vital... pero hablaba con la experiencia de quien ha visto mucho. El vacío en mi pecho se hacía más pequeño con cada palabra. Por primera vez en mucho tiempo, la casa no sonaba tan vacía.
Te importa Sergio si pongo algo de música.
¡Claro que no me importa, Juri! Pon música, que esta casa lleva demasiado tiempo en silencio. Me hace ilusión tener compañía que aprecie estas cosas. Vamos a ver... ¿qué te gusta más? ¿Jazz, blues, soul... o la clásica? La "aburrida" no, esa la tengo para cuando quiero aburrirme; la relajante sí, esa me calma el alma. Me encantan las óperas, hace años que no voy a ninguna... cosas de viejos, supongo. Los jóvenes tenéis otros gustos.
Te pongo algo vintage: Love Songs de esos años dorados. Es bonita y relajante, y con YouTube ya no hay que comprar discos; lo tenemos todo en la televisión. Solo con pulsar un botón, la casa se llena de melodía suave, como si Ana estuviera aquí tarareando bajito.
Mientras la música empieza a sonar –una balada tierna, de esas que te hacen cerrar los ojos–, me miró con esa sonrisa serena y me preguntó:
"¿Una pregunta, Sergio? ¿Cuántos años me echas?".
Dudo un segundo, observándote: alta, elegante, con esa piel clara y esos ojos que parecen haber visto mucho más de lo que aparentan. "Pues... unos treinta y dos máximo, treinta y cinco".
Se rió al estilo japonés: sin ruido, solo un leve movimiento de hombros, una risa contenida y elegante. "Gracias, pero tengo muchos más. Tengo cincuenta y dos".
Me quedo helado. ¿Cincuenta y dos? Imposible. Pareces... no sé, eterna juventud mezclada con sabiduría. "¡No puede ser! ¿Y cómo es que hablas tan bien mi idioma?".
"Me interesó vuestro idioma desde la adolescencia y me puse a estudiarlo. También hablo inglés y entiendo varios más. Por eso me interesó la Universidad de Córdoba: cerca de Sevilla, Madrid con AVE a toda España... Ahora dicen que empieza a haber más en avión, pero a mí me gusta más el tren. Es más tranquilo, más... humano".
"¿Y qué, estás en un piso aquí, Juri?".
"No, Sergio, estoy en un hotel. Me hacen buen precio; tengo como un pequeño apartamento. Más grande que en Japón, ¿sabes? Un piso de estos allí es un lujo".
La conversación fluye natural, como si nos conociéramos de siempre. Te cojo de las dos manos con las mías –o mejor, eres tú quien me coge las mías, con esa calidez profesional pero tierna–. "Sergio, está bien que recuerdes a tu mujer; esto te honra. Pero olvida un poco... Ya lo sé, fue muy duro, me lo dijo tu doctor. Tienes que aprender a olvidar muchas cosas".
Se hace tarde. "Tendrás que marchar".
"No estoy a gusto en otros sitios ahora sí. Mis compañeros del hospital me han invitado muchas veces a sus casas, no quiero. Pero aquí contigo... estoy muy a gusto.
Puedes explicarme cosas de tu tierra. Es verdad lo de las geishas y los kimonos... ¿te pareceré cateto?".
Se ríe de nuevo, suave.
"No, pues sabes...".
En Japón, las geishas (o geiko en Kyoto y el oeste, como en Osaka) no son lo que muchos piensan. No son prostitutas; son artistas profesionales, guardianas de tradiciones milenarias. Se forman desde adolescentes (las maiko son las aprendices) en casas llamadas okiya, aprendiendo durante años a cantar, bailar, tocar instrumentos como el shamisen (una especie de laúd japonés), recitar poesía, conversar con ingenio y crear juegos para hacer las veladas inolvidables. En Osaka, donde trabajo, hay más geishas que en Kyoto a principios del siglo XX; hablaban con acento local y tenían su propio estilo, como el yagicha (un tipo de sash o faja diferente). Hoy en día, las geishas siguen preservando la cultura en distritos como Shinmachi, aunque son pocas. No es algo cotidiano; se reservan para banquetes en casas de té o restaurantes tradicionales, donde entretienen con gracia y refinamiento.
Y los kimonos... ¡qué maravilla! No son ropa de todos los días en el Japón moderno (la gente lleva vaqueros y camisetas como aquí), pero se usan en ocasiones especiales: bodas, ceremonias del té, festivales, funerales... o cuando alguien quiere honrar la tradición. Son prendas rectangulares, envueltas de izquierda a derecha (al revés solo para los muertos), con mangas cuadradas y obi (la faja ancha en la espalda). Hay versiones modernas, vintage o incluso denim, y en ciudades como Osaka ves a mujeres jóvenes vistiéndolos para pasear, fotos o eventos. No es apropiación cultural si se hace con respeto; al contrario, muchos japoneses lo ven como un homenaje bonito.
"Una cosa son los tópicos –te digo, sonriendo–, y otra las tradiciones reales. Dicen que los japoneses somos muy reservados y observadores... y contigo estoy a gusto, como si no hubiera barreras. No vas con sombrero cordobés ni bailas flamenco por las calles, ¿verdad? Pues igual: los estereotipos son solo una parte pequeña de la verdad".
Se queda callada un momento, mirando la música que sigue sonando bajito. "Me estás sorprendiendo, Sergio. Quizás otro día, si me invitas un poco más... te cuento más de Osaka, de mi calle Kokusaidōri llena de luces y vida, o de cómo la música clásica que pones mientras cocinas me recuerda a algo que también hacemos en Japón: buscar armonía en lo cotidiano".
La música clásica seguía sonando bajito en la televisión –una sonata suave de Beethoven que me recordaba a las tardes tranquilas con Ana–, mientras preparaba la cena. "Todo a base de verduras, Juri, como me dijiste que te gusta lo sano y ligero". Ella sonrió desde la mesa, observándome con esa calma que ya empezaba a ser familiar.
Saqué verduras frescas del mercado: calabacines, berenjenas, zanahorias, pimientos, un poco de brócoli y setas shiitake que había comprado pensando en tí. Salteé todo en una sartén con un chorrito de aceite de oliva, ajo y un toque de salsa de soja que tenía en la nevera –un guiño a lo japonés que había aprendido de tus visitas–. Añadí tofu firme cortado en dados, que te doró crujiente por fuera. De guarnición, arroz blanco cocido en la olla, simple y perfecto, como el que comes todos los días. Nada de sushi ni pescado crudo; solo verduras al wok, un poco de miso diluido en agua caliente para un caldo ligero, y ensalada fresca de pepino y wakame.
Pusimos la mesa juntos, como la otra vez. "No es nada del otro mundo", dije, sirviendo los platos. "Pero me alegra que te guste lo sencillo".
Juri probó un bocado y cerró los ojos un segundo. "Está delicioso, Sergio. En casa, en Osaka, la comida cotidiana es muy parecida: arroz siempre, una sopa miso, verduras de temporada salteadas o al vapor, quizás un poco de pescado a la plancha o tofu.
No comemos sushi todos los días; eso es más para ocasiones especiales o restaurantes. El día a día es equilibrado: una sopa, tres acompañamientos (ichiju sansai), todo fresco y de estación. Mucho vegetal, poco frito... y siempre arroz como base. Me recuerda a mi madre cocinando en la cocina pequeña de Kokusaidōri".
Charlamos mientras comíamos despacio, saboreando cada bocado. La luz de la tarde entraba por la ventana, dorada, y el aroma de las verduras llenaba la casa. "¿Y los jardines? Sois únicos en eso. Una vez vi en un documental un valle en flor... parecía de otro mundo".
Se reía suavemente. "Ah, los jardines japoneses... y sobre todo los cerezos en flor, el hanami. Es uno de los momentos más bellos y profundos de Japón. Los jardines zen, como los de Kyoto o los pequeños de Osaka, son espacios de armonía: rocas, musgo, arena rastrillada en ondas que representan el agua, un puente curvo, un farolillo de piedra... Todo diseñado para la meditación, para encontrar paz en lo simple. Pero el hanami es algo más grande: cuando los cerezos (sakura) florecen en primavera, todo el país se detiene. Es un espectáculo efímero: los árboles se cubren de rosa y blanco pálido, como nubes suaves flotando sobre parques, ríos y castillos. En Osaka, por ejemplo, en el Parque del Castillo de Osaka o en Kema Sakuranomiya junto al río, miles de personas se reúnen bajo las ramas para picnics, con bento, sake y risas. Pero también es melancólico: las flores duran solo una o dos semanas, y caen como nieve rosa. Simboliza la vida misma: hermosa, brillante... pero fugaz. Por eso escribimos poemas, bebemos sake y celebramos con amigos y familia, sabiendo que todo pasa".
Me quedé mirándole, imaginando esa visión. "Suena espectacular... como si el mundo entero se tiñera de rosa por un momento. Aquí en Córdoba tenemos patios floridos, pero nada como un valle entero en flor. Me gustaría verlo algún día".
Juri asintió, con los ojos brillantes. "Algún día, Sergio. Te llevé a ver el hanami en Osaka: las luces de noche (yozakura), los farolillos iluminando las flores, la gente riendo bajo los pétalos que caen... Es mágico. Y tú me enseñarías más de Córdoba: la Mezquita al atardecer, los patios en mayo...".
La cena se alargó en sobremesa. Café con leche para mí, té verde para ella. Hablamos de todo: de cómo la música clásica que pongo mientras cocino me recuerda a la armonía que buscan en Japón, de cómo dos culturas tan diferentes pueden encontrarse en lo cotidiano. El vacío que sentía en esta casa ya no era tan grande; ahora había risas suaves, historias compartidas, un futuro posible.
Se hizo tarde. "Me tengo que ir", dijiste, recogiendo tu bolso. "Pero volveré. Mañana un poco más tarde, pero volveré".
Te acompañé a la puerta. "Vuelve cuando quieras, Juri. Esta casa... ya no está tan sola".
Te fuiste con una sonrisa, y yo me quedé en el umbral, escuchando el eco de tus pasos. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me pesaba. Era una promesa de más tardes así: verduras, música, historias de cerezos en flor y de corazones que, poco a poco, vuelven a latir.
Y así empezó algo nuevo. Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida...
Al día siguiente, el sol de Córdoba entraba tímido por la ventana de la cocina cuando oí el timbre. Eran casi las ocho de la tarde; había llegado un poco más tarde, como prometió. Abrí la puerta y allí estaba Juri, con una bolsa de tela en la mano y esa sonrisa serena que ya me hacía sentir menos solo antes de decir nada.
—Traje algo —dijo, entrando con naturalidad—. Verduras frescas del mercado y un poco de té matcha que traje de Japón. Pensé que podríamos preparar algo juntos esta vez.
La casa olía a limpio; me había pasado la tarde ordenando, quitando polvo de rincones que llevaba meses ignorando. No quería que pareciera un mausoleo; quería que se sintiera acogedora.
—Pasa, Juri. ¿Qué te apetece escuchar hoy? —pregunté mientras la seguía a la cocina.
Ella miró la televisión, donde aún estaba la lista de reproducción de la noche anterior.
—Música clásica mientras cocinamos, por favor. Me sorprendió la otra vez… No esperaba que un hombre español de Córdoba cocinara con Vivaldi o Mozart de fondo. En Japón también lo hacemos a veces: la armonía de la música y la comida. Me recuerda a las ceremonias del té, donde todo tiene su ritmo.
Puse una selección suave: el Concierto para Violín en Mi menor de Mendelssohn, que siempre me calmaba el pecho cuando latía irregular. Mientras pelábamos las verduras –ella con una precisión quirúrgica, yo más torpe pero contento–, la conversación fluyó.
—¿Sabes? —dijo Juri mientras cortaba zanahorias en juliana perfecta—. En Osaka, cuando cocino sola después de un turno largo en el hospital, pongo música clásica europea. Bach, sobre todo. Me ayuda a desconectar del estrés de los trasplantes. Un corazón que late de nuevo en otro pecho… es milagroso, pero también agotador. La música me recuerda que la vida tiene belleza más allá de la ciencia.
Me quedé callado un momento, removiendo el wok. El olor a ajo y jengibre (que ella había traído) empezaba a llenar la cocina.
—Ana ponía música clásica cuando cocinábamos juntos —confesé al fin, con la voz un poco más baja—. Decía que hacía que la comida sabría mejor. Después de que se fue… dejé de ponerla. Hasta que llegaste tú.
Juri dejó el cuchillo y me miró directamente.
—Entonces, gracias por volver a ponerla. Significa mucho para mí también.
La cena fue sencilla pero rica: verduras salteadas con tofu y un toque de sésamo, arroz con furikake (ese condimento japonés de algas y sésamo que trajo), y el té matcha que preparó ella misma, batiéndolo con el chasen (el batidor de bambú) que sacó de su bolsa como si fuera un ritual.
Mientras comíamos, la conversación se hizo más personal.
—Juri… ¿cómo es que a tus 52 años pareces tener la energía de alguien de treinta? —pregunté, medio en broma, medio en serio.
Se rió otra vez, esa risa silenciosa y elegante.
—Genética, quizás. Y mucho trabajo. En Japón decimos que la juventud no está en la edad, sino en el espíritu. Pero también… después de ver tanta muerte y renacimiento en el quirófano, aprendes a valorar cada día. No quiero desperdiciar ninguno.
Hizo una pausa y añadió, más suave:
—Y tú, Sergio… ¿qué sientes ahora? ¿El vacío sigue ahí?
Suspiré, mirando mi plato.
—Sigue, pero ya no es tan grande. Es como si hubieras abierto una ventana. Entra luz, entra aire… y entra alguien que me escucha de verdad.
Ella extendió la mano sobre la mesa y tocó la mía, solo un instante.
—Entonces sigamos abriendo ventanas. Poco a poco.
Después de la cena, nos quedamos en el salón. Puse otra pieza: la Sonata al Claro de Luna de Beethoven, porque esa noche la luna entraba por la ventana como un invitado más. Hablamos de todo: de cómo ella extraña el bullicio de Kokusaidōri por las noches, de cómo yo extraño los paseos con Ana por el Guadalquivir, de que quizás algún día podríamos hacer un viaje juntos –ella a enseñarme el hanami, yo a enseñarle los patios de Córdoba en mayo.
Cuando se hizo realmente tarde, se levantó.
—Mañana tengo seminario temprano… pero ¿puedo volver pasado mañana? Traeré algo especial: ingredientes para hacer un onigiri casero. Y tú me cuentas más de tu vida antes de… todo esto.
—Vuelve siempre que quieras, Juri. La puerta está abierta.
La acompañé al ascensor. Antes de entrar, se giró.
—Gracias, Sergio. Por dejarme entrar en tu casa… y en tu corazón, aunque sea solo un poquito.
Sonreí, con los ojos un poco húmedos.
—Gracias a ti. Por recordarme que todavía puedo latir.
Y así siguió la historia: visitas cada pocos días, cenas compartidas, música clásica de fondo, historias de dos mundos que, contra todo pronóstico, empezaban a encajar.
Pasaron las semanas como pétalos cayendo en un viento suave: visitas diarias que se convirtieron en noches enteras hablando hasta el amanecer, cenas compartidas con música clásica de fondo, y risas que llenaban los rincones vacíos de la casa. Juri traía ingredientes de Japón que compraba en tiendas especializadas de Córdoba; yo le enseñaba a hacer tortilla de patatas "a la andaluza". Todo fluía con una naturalidad que me asustaba y me emocionaba a partes iguales.
Una tarde de finales de abril, mientras el sol se ponía y poníamos la mesa para una cena ligera (arroz con verduras y un poco de pescado a la plancha que ella preparó), saqué las llaves del cajón de la entrada. Eran las de repuesto de la casa, las que nunca había usado desde que Ana se fue.
—Juri… —empecé, con la voz un poco temblorosa—. Es una tontería que estés yendo y viniendo del hotel cada día. O que tengas que llamar al timbre como una visita. Toma.
Le puse las llaves en la mano. Ella las miró un segundo, sorprendida, y luego levantó la vista hacia mí.
—¿Estás seguro, Sergio? En Japón… dar las llaves de casa es algo muy serio. Significa confianza absoluta, casi como… un compromiso.
Asentí, sintiendo el pecho apretado pero no por el corazón enfermo, sino por emoción.
—Estoy seguro. Si estás bien… ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? Poco a poco. Sin prisas. Solo… quédate.
Juri cerró los dedos alrededor de las llaves. Sus ojos se humedecieron un poco –algo raro en ella, siempre tan serena–.
—Sergio… sí. Quiero quedarme. Pero hagámoslo bien. En Japón, cuando dos personas deciden unir sus vidas, hay rituales. No una boda grande al principio, pero sí gestos. Como el yuino: regalos que representan prosperidad y unión. O el san-san-kudo, tres sorbos de sake en tres tazas, simbolizando pasado, presente y futuro. No tenemos sake aquí, pero… quizás podamos hacer algo nuestro. Una cena bajo los cerezos imaginarios, como en el hanami. Porque el amor, como las flores de sakura, es hermoso precisamente porque es frágil.
Cenamos esa noche con una vela en la mesa, y ella me contó más del hanami: cómo en Japón la gente se reúne bajo los cerezos para celebrar la vida efímera, comiendo, bebiendo y haciendo promesas silenciosas. "Es romántico porque sabes que las flores caerán pronto, y eso hace que cada momento cuente doble".
Pero la felicidad duró poco. Al día siguiente, mis hijos llamaron. Habían oído rumores –alguien del barrio, o quizás un amigo común– de que "papá tenía una mujer japonesa viviendo en casa". Llegaron de sorpresa el fin de semana: mi hija de Madrid y mi hijo de Sevilla, con caras de tormenta.
—Papá… ¿qué es esto? —preguntó mi hija, señalando la maleta de Juri en el pasillo—. ¿Una mujer que podría ser tu hija viviendo aquí? ¿Tan pronto después de mamá?
Mi hijo fue más directo:
—Y encima japonesa, con 52 años… pero papá, ¿estás loco? ¿Y si te manipula? ¿Y si es por el dinero, o por quedarse en España? Has pasado por mucho, no puedes tirarlo todo por una aventura.
Juri estaba en la cocina, preparando té. Oyó todo, pero no entró. Cuando salio a hablar con ellos en el salón, les dije con voz firme pero temblorosa:
—Vuestros miedos los entiendo. Yo mismo los tuve al principio. Pero Juri no es una aventura. Me ha salvado de mí mismo. Me ha hecho volver a sentir. Y sí, hay diferencia de edad, de cultura… pero el amor no pregunta pasaporte ni carnet de identidad.
Mi hija lloró: "Mamá no lleva ni tres años muerta, papá… ¿Cómo puedes?".
Juri entró entonces, con calma, pero con los ojos serios.
—No quiero reemplazar a nadie. Ana fue parte de esta casa, y la respeto. Solo quiero estar aquí para Sergio. Si les preocupa, puedo irme. Pero… él me ha dado las llaves. Eso significa algo para mí.
La tensión se cortaba con cuchillo. Mi hijo dijo: "Necesitamos tiempo". Se fueron sin abrazos, dejando un silencio pesado.
Esa noche, Juri y yo nos sentamos en el balcón. Ella sacó su teléfono y puso una foto de los cerezos en flor en Osaka.
—Mira… en Japón, cuando las flores caen, duele. Pero sabemos que volverán la próxima primavera. Igual que nosotros: hay tormentas, pero si resistimos, la belleza vuelve.
Le cogí la mano.
—Y ahora… ¿qué pasa con tu oferta de Osaka? El hospital te quiere de vuelta para el proyecto grande.
Juri suspiró.
—Me lo ofrecieron ayer. Un ascenso, investigación puntera en trasplantes cardíacos. Pero… no quiero irme sin ti. Y tú no puedes dejar Córdoba, tus hijos, tu vida aquí.
El drama estaba servido: familia dividida, carrera en juego, amor intercultural que choca con tradiciones y miedos. Pero también esperanza: quizás un viaje juntos a Japón para el hanami, o un ritual nuestro para unir familias.
El silencio después de que mis hijos se marcharan aquella tarde fue más pesado que nunca. No era el silencio de la casa vacía que había conocido durante años; era un silencio cargado de rabia contenida, de decepción mutua. Me quedé mirando la puerta cerrada, las llaves de Juri aún sobre la mesa del salón, y sentí algo que no había sentido desde los peores días del duelo: una determinación fría, casi dolorosa.
No podía dejarlo así. No quería que el último recuerdo que tuvieran de mí fuera una discusión a medias, llena de reproches y lágrimas no derramadas. Así que al día siguiente los llamé a los dos. No les di opción.
—Venid esta tarde. Los dos. No es una petición.
Llegaron puntuales, con caras serias. Mi hija traía los ojos enrojecidos; mi hijo, los brazos cruzados como si se protegiera de algo. Me senté frente a ellos en el sofá, sin rodeos.
—Mirad —empecé, con la voz más firme de lo que esperaba—. Estoy solo. Lo sabéis perfectamente. No quiero irme a vivir con ninguno de los dos. Lo habéis comprobado estos años: ni un fin de semana seguido, ni una llamada que no sea para preguntar si sigo vivo. Con Juri tengo compañía. Una ilusión de estar acompañado, sí, pero es real. Me hace reír, me escucha, me cuida cuando el corazón me aprieta. Y por lo visto a vosotros solo os importa el qué dirán.
Hice una pausa. Mi hija abrió la boca para interrumpir, pero la detuve con un gesto.
—La prueba está ahí, en estos últimos el día de Todos los Santos. Fui solo al cementerio, como todos los años. A llorar solo sobre la lápida de vuestra madre. Así es como me queréis ver, ¿verdad? Solo. Y el día que Juri me encontró en el parking del Carrefour, el médico del hospital me dijo: «Sergio, si sigue así, el próximo infarto será el definitivo». ¿Os lo expliqué? Sí. Y Juri… Juri me salvó ese día. No solo el cuerpo, también el alma.
Mi hijo bajó la mirada. Sabía que lo que decía era verdad.
—Y ahora os voy a decir algo más: a Juri le han ofrecido un puesto muy bueno en Osaka. Investigación puntera, su especialidad. Podría volver a Japón mañana mismo y ser una de las mejores en trasplantes cardíacos. ¿Sabéis qué? Si me quedo aquí solo, me iré con ella. Al menos allí estaré acompañado. Aunque sea poco, aunque el idioma me cueste, aunque tenga que aprender a comer arroz todos los días… pero no estaré solo.
La habitación se quedó en silencio. Mi hija empezó a llorar en silencio.
—Os preocupa más la testamentaria que yo —continué, sin piedad—. Que sea feliz o que viva en la tristeza. Aquí ya no me une nada, solo vosotros… y a duras penas os veo. Tanto da hablar desde Córdoba o hacer una videollamada desde Osaka. De acuerdo, son diez años de diferencia. ¿Y qué? A mí me quedan otros diez de vida, si tengo suerte. ¿Os habéis planteado eso? ¿Cómo lo voy a hacer el día que no pueda valerme? ¿Ir con uno y con otro? ¿Coger una residencia? Pensadlo bien.
Me levanté. El pecho me latía fuerte, pero no era el corazón enfermo; era la rabia y el amor mezclado.
—Juri está en el hospital terminando su turno. Está a punto de llegar. Me voy a pasear, como decís vosotros, con mi japonesita. Cuando vuelva, decidme qué queréis: que me quede aquí solo y me muera poco a poco, o que intente ser feliz con quien me ha devuelto la vida.
Salí sin esperar respuesta. Caminé por las calles de Córdoba al atardecer, el aire fresco entrando por la chaqueta. Cuando llegué al Guadalquivir, me senté en un banco y esperé. No pasó mucho tiempo.
Juri apareció por el puente, con su abrigo largo y esa coleta sencilla. Me vio y aceleró el paso.
—¿Qué ha pasado? —preguntó al llegar, notando mi expresión.
—Les he dicho todo. Que si me dejan solo, me voy contigo a Osaka.
Ella se sentó a mi lado, me cogió la mano.
—No tienes que irte por mí, Sergio. Yo puedo quedarme aquí. El puesto es importante, pero tú…
—No —la interrumpí—. No quiero que renuncies por mí. Quiero que decidamos juntos. Si es Osaka, iré. Si es Córdoba, lucharemos por que mis hijos lo entiendan. Pero no voy a vivir esperando a que me entierren solo.
Juri apoyó la cabeza en mi hombro. El río seguía su curso, indiferente.
—Entonces hagámoslo bien —dijo al fin—. En Japón, cuando dos personas deciden caminar juntas, hay un gesto: compartir el mismo techo, la misma mesa… y prometerse que, pase lo que pase, no se dejan solos. Podemos hacerlo aquí o allí. Pero no solos.
Nos quedamos mirando el atardecer. El móvil vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de mi hija:
«Papá, perdón. Venimos mañana a cenar. Los tres. Queremos conocerla de verdad. No queremos perderte».
Le enseñé el mensaje a Juri. Sonrió, esa sonrisa silenciosa y profunda.
—Entonces empezamos por la cena. Y después… veremos si es Córdoba o Osaka. Pero juntos.
Y así, con el río de testigo y el corazón latiendo un poco más fuerte, supe que la historia no había terminado. Solo estaba empezando de verdad.
El día siguiente fue tenso, como si el aire de la casa estuviera cargado de electricidad. Juri se fue temprano al hospital, con un beso suave en la frente y un "nos vemos esta noche, Sergio. Todo saldrá bien". Yo me quedé solo, pero no vacío. Fui al mercado con la lista que ella me había enseñado: verduras frescas (daikon, espinacas, zanahorias, brócoli), tofu firme, algas wakame, miso, arroz integral (porque "el blanco es bueno, pero el integral cuida más el corazón", decía ella), y un poco de jengibre fresco.
Desde que estaba con Juri, había empezado a cocinar japonés saludable. Nada de fritangas pesadas ni carnes grasas. Salteados ligeros con un chorrito de aceite de sésamo, sopa miso con tofu y cebolleta, verduras al vapor o wok, arroz como base pero en porciones moderadas. Comía despacio, disfrutando cada bocado, como me enseñó ella. Resultado: había perdido varios kilos que me sobraban, el pecho me pesaba menos (el médico me había dicho que la presión arterial estaba mejorando y el colesterol bajando), y hasta la mente se sentía más clara. Menos niebla, menos tristeza constante. La dieta japonesa, con su énfasis en lo fresco, lo equilibrado y lo sin exceso, me estaba devolviendo vida.
Preparé la cena: una sopa miso humeante con cubos de tofu suave, wakame y cebolleta; verduras salteadas (zanahorias, brócoli y setas shiitake) con un toque de salsa de soja y jengibre; arroz integral cocido perfecto, y una ensalada fresca de pepino con vinagre de arroz. Todo ligero, nutritivo, con omega-3 del tofu y las algas, fibra de las verduras... cosas que Juri me explicaba mientras cocinábamos juntos.
Cuando mis hijos llegaron, la mesa ya estaba puesta. No hubo besos de saludo. Se sentaron, miraron los platos con curiosidad y un poco de recelo.
—Papá… —empezó mi hija, pero yo la corté con calma.
—Primero comamos. Luego hablamos.
Cenamos en silencio al principio. Luego, mi hija rompió el hielo.
—He hablado con una amiga mía, enfermera en el Reina Sofía. Le conté lo de Juri… y me lo explicó todo.
Miré a mi hijo, que bajaba la vista al plato.
—Me dijo que Juri es una eminencia en trasplantes, que ha venido a enseñar y aprender, que no necesita dinero ni papeles. Que tiene más que tú y tu hermano juntos. Y que, sin conocer a papá, le salvó la vida aquel día en el parking. Que si no llega a ser por ella, cualquier día lo hubieran encontrado muerto en casa. Que papá no parecía tener 62 años… parecía 80. Tristeza, ojeras, abandono.
Mi hija se le quebró la voz.
—También me dijo que muchos en el barrio preguntaban: "¿Y este hombre no ven los hijos la dejación que está sufriendo?". Vosotros no lo habéis querido ver. El otro día se encontró a papá sentado en un banco fuera del hospital, llorando. Le explicó lo que dijisteis a Juri. Y me lo contó a mí.
Silencio pesado. Mi hijo tragó saliva.
—Papá… no sabíamos.
—Claro que no sabíais —respondí, sin rabia, solo con tristeza—. Porque no veníais. Porque no llamabais. Porque la vida os llevaba por otro lado. Pero Juri sí vino. Y ahora, miradme: he perdido peso, me siento mejor del corazón, de la cabeza. Esta comida que estáis comiendo… la he aprendido con ella. Es saludable, me cuida. Y ella me cuida a mí.
Mi hija se limpió una lágrima.
—Perdón, papá. No queríamos… solo teníamos miedo. Miedo de que te hicieran daño.
—Entiendo el miedo —dije—. Pero el daño real era la soledad. Y si Juri se va a Osaka… me iré con ella. Allí tendré compañía. Aquí, solo recuerdos. Vosotros decidid si queréis ser parte de mi presente o solo de mi pasado.
En ese momento entró Juri. Venía del hospital, con el abrigo aún puesto. Vio la escena, pero no se inmutó. Saludó con una inclinación suave.
—Buenas noches. Veo que ya habéis probado la cena. Espero que os guste.
Mi hija se levantó, se acercó y, sin decir nada, la abrazó. Juri, sorprendida, la abrazó de vuelta.
—Gracias —susurró mi hija—. Por salvar a mi padre.
Mi hijo se levantó también, extendió la mano.
—Doctora Matsushima… Juri. Bienvenida a la familia. O… lo que sea que vayamos a ser.
Juri sonrió, esa sonrisa silenciosa y profunda.
—Solo quiero que Sergio sea feliz. Y que vosotros también.
Cenamos juntos esa noche, hablando de todo: de Osaka, de Córdoba, de los cerezos en flor que Juri prometió enseñarme algún día, de cómo la vida da vueltas inesperadas. No fue perfecto, hubo lágrimas y silencios, pero fue real.
Al final, cuando se fueron, Juri y yo nos quedamos en la cocina, recogiendo.
—Gracias por quedarte —le dije.
Ella me cogió la mano.
—Gracias por dejarme entrar.
Y así, poco a poco, la familia empezó a reconstruirse. No era como antes, pero era nuevo. Y tenía futuro.
Hacía tiempo que Sergio y Juri dormían en la misma cama. Al principio, fue extraño para ella: el colchón occidental le parecía demasiado blando y alto comparado con lo que ella describía de Japón. Pero poco a poco, se acostumbraron a esa cercanía nocturna. Algunas noches, después de una cena ligera o una charla larga, se quedaban allí tumbados, relajados, hablando de cómo había ido el día, como cualquier pareja que encuentra paz en lo cotidiano.
Aquella noche, con la luz tenue de la mesita y el rumor lejano del Guadalquivir por la ventana abierta, Juri se giró hacia él, apoyada en un codo.
—Sergio… tu futuro está en Japón —dijo en voz baja, seria pero suave—. Aquí se te va a quedar Córdoba.
Si te vas, ¿me quieres a tu lado? El día que vea que no pueda más… me vuelvo aquí. No quiero ser un lastre para ti. Te quiero demasiado y sé lo que ha costado llegar donde estás ahora.
Sergio sintió un nudo en la garganta. Le acarició la mejilla.
—Juri… me da igual. Si me enseñas a defenderme allí (el idioma, las costumbres, todo), cocinaré para ti y para quien me digas. Me da igual dormir en el suelo como dices tú que son camas muy diferentes a las de aquí, las casas pequeñas, las largas operaciones en quirófano que estás tú metida… Yo si me enseñas, aprendo. Soy feliz contigo.
Juri sonrió, esa sonrisa silenciosa y profunda que tanto le gustaba. Se acercó y le dio un beso suave, lento. Él se lo devolvió, con más intensidad, como si quisiera sellar la promesa.
—No me dirás que no aprendo rápido —bromeó él, con voz ronca.
Ella rió bajito, apoyando la frente en la suya.
—Aprendes rápido, sí. Y yo… yo también estoy aprendiendo contigo. En Japón, dormir en futon en el suelo es lo normal para mucha gente, sobre todo en casas antiguas o pequeñas. Es firme, fresco, y por la mañana lo enrollas y la habitación se convierte en salón otra vez. Al principio te costará la espalda, quizás, pero es bueno para la alineación, para el corazón… y para no tener tanto "peso" encima. Pero si prefieres una cama occidental allí, la ponemos. Lo importante no es el suelo o la altura: es que estemos juntos.
Hizo una pausa, mirándole a los ojos.
—Sobre lo de ser un lastre… no lo digas nunca más. En mi cultura, cuidar a quien amas no es carga; es honor. Cuando uno envejece, el otro está. No se deja solo. Si un día no puedes más, nos cuidamos mutuamente. Yo te cuido en las operaciones largas, tú me cuidas cuando vuelva cansada. Y siempre podemos volver a Córdoba. Esta casa, estos recuerdos… no se pierden. Los llevamos con nosotros. Vivir con recuerdos es bonito; vivir de ellos, como decías tú antes, es lo que te estaba matando. Ahora vivimos para algo nuevo.
Sergio la abrazó fuerte, sintiendo cómo el pecho se le expandía.
—Entonces… ¿vamos a Japón? Juntos.
Juri asintió, besándole la frente.
—Juntos. Poco a poco. Primero un viaje de prueba, para que veas Osaka, Kokusaidōri por la noche, los cerezos si es primavera… Y si te gusta, nos quedamos. Si no, volvemos. Pero no solos. Nunca más solos.
Se quedaron en silencio, solo el sonido de sus respiraciones acompasadas. La cama ya no parecía tan grande ni tan vacía. Era el principio de algo más grande que Córdoba o Osaka: un hogar que llevaban dentro.
A la mañana siguiente, mientras Juri estaba en el hospital terminando sus últimos turnos, yo me puse en marcha. Fui a la comisaría a hacerme el pasaporte nuevo –el viejo ya estaba caducado hacía años, y con la prejubilación ni me había molestado en renovarlo–. Luego, a la farmacia y al médico para que me prepararan la medicación cardíaca para varios meses: pastillas, informes, todo con receta internacional para que pudiera enviarla por correo certificado si hacía falta más. Encontré una agencia que gestionaba envíos de medicamentos a Japón sin problemas. Compre maletas nuevas y más grandes –dos grandes y una mediana, porque sabía que llevaríamos ropa, libros míos, fotos de Ana (para no olvidar), y algunos regalos para la familia de Juri–. El día se me pasó volando entre papeles y compras.
Cuando llegó Juri por la tarde, se sentó conmigo en la cocina, con una taza de té verde que preparó ella misma.
—¿Qué has hecho hoy, Sergio? —preguntó, con esa sonrisa serena.
Le conté todo: el pasaporte, la medicación, las maletas. Se me escapaba algo, lo sentía, pero no sabía qué.
—Tranquilo —dijo ella, poniéndome la mano en el hombro—. Mañana hablo yo con la embajada de Japón aquí en Madrid. Tenemos aún 15 días para estar en Córdoba. Como ciudadano español, puedes entrar sin visa por 90 días, pero para quedarte más tiempo tramitaremos la residencia una vez en Osaka –con mi patrocinio del hospital, será más fácil. Los billetes me los están preparando desde Japón: vuelo directo o con escala corta, pero largo, unas 14-15 horas. Prepárate, Sergio, el jet lag será fuerte al principio.
Hizo una pausa, mirándome con cariño.
—¿Has llamado a tus niños, como dicen aquí?
—Sí —respondí—. Quieren subir a despedirnos al aeropuerto de Madrid-Barajas. La hija viene desde Madrid, y el hijo coge el AVE desde Sevilla. Nos reunimos en Atocha, subimos juntos en el AVE a Barajas, y allí nos acompañan hasta la puerta de embarque. Será emotivo… pero bueno.
Juri asintió.
—Bien. Es importante. Ellos necesitan verte partir con ilusión, no con miedo.
Los días siguientes fueron un torbellino: despedidas con amigos del barrio, visitas al cementerio para hablar con Ana ("Voy a ser feliz, amor, como me pediste"), y una cena final en casa con los hijos. No hubo dramas; solo abrazos largos y promesas de videollamadas frecuentes. Mi hija lloró un poco, mi hijo me dio una palmada fuerte en la espalda: "Cuídate, papá. Y tráenos a Japón algún día".
El día del vuelo llegó. AVE desde Córdoba a Madrid-Atocha, donde nos esperaban los dos. Subimos juntos al tren a Barajas, charlando de todo menos de la despedida. En el aeropuerto, facturamos las maletas grandes (con cuidado con el peso), y llegó el momento: abrazos, lágrimas contenidas, "Os quiero", "Llamad cuando aterricéis".
Embarcamos. El vuelo fue largo –unas 14 horas con escala corta en algún hub europeo o directo si había suerte–. Juri durmió mucho; yo miré por la ventanilla, pensando en lo que dejaba y lo que ganaba.
Llegamos a Kansai International Airport (KIX) al atardecer. El aeropuerto es impresionante: moderno, limpio, en una isla artificial con vistas al mar y a Osaka al fondo. Pasamos inmigración rápido (mi pasaporte sellado con el visado turístico de 90 días), recogimos maletas (todo en orden), y salimos al aire fresco y húmedo de Japón. Primeras impresiones: el olor a mar mezclado con ciudad, carteles en japonés e inglés, gente ordenada moviéndose rápido pero sin empujones.
Tomamos el tren Haruka Express –cómodo, silencioso, con espacio para maletas–. En 50 minutos llegamos a Osaka Station (Umeda), el corazón bullicioso de la ciudad: rascacielos iluminados, luces de neón, olor a comida callejera (takoyaki, okonomiyaki). Juri me guió por el metro (líneas limpias, puntuales), hasta su apartamento en un barrio tranquilo cerca del hospital.
Juri abrió la puerta y me dijo:
—Bienvenido a casa, Sergio.
Me quedé en la entrada, zapatos quitados, maletas al lado, sintiendo que empezaba una nueva vida. El corazón latía fuerte, pero no de miedo: de emoción.
La casa: un edificio moderno de 10 plantas, con auto-lock y ascensor rápido. Su apartamento (1LDK, unos 50 m²): entrada pequeña con zapatero (nos quitamos los zapatos al entrar, costumbre que ya conocía), salón-cocina luminoso con suelo de madera clara, ventana grande con vistas a la ciudad y un río lejano, cocina compacta pero eficiente (nevera pequeña, hornillo de inducción, arrozera), baño unitario (todo en una habitación waterproof: inodoro con bidé calentito, ducha y bañera profunda –¡el ofuro japonés!–), y dormitorio con futon en el suelo (firme, pero cómodo una vez acostumbrado). Simple, ordenado, con toques personales: fotos de su familia en Okinawa, un bonsái pequeño, y espacio para mis cosas.
Los primeros días en Osaka fueron un torbellino de sensaciones nuevas. El jet lag me golpeó fuerte las primeras noches: me despertaba a las 3 de la mañana, mirando el techo del futon firme (que, contra todo pronóstico, me empezó a gustar por su frescura y apoyo a la espalda), mientras Juri dormía a mi lado, respirando tranquila después de un turno largo en el hospital. Pero por las mañanas, salía a caminar por el barrio: calles limpias, bicicletas por todas partes, olor a pan recién horneado mezclado con el humo dulce de los puestos de takoyaki.
Pronto descubrí Kuromon Ichiba, el mercado cubierto más famoso de Osaka, a solo unos minutos en metro. Es un paraíso sensorial: 600 metros de puestos rebosantes de mariscos vivos (cangrejos enormes moviéndose, ostras frescas, atún rojo brillante), frutas tropicales jugosas, verduras crujientes, y vendedores gritando "Irasshaimase!" (¡bienvenido!) con sonrisas enormes. El aire huele a sal, ajo frito y azúcar caramelizado; el ruido de cuchillos cortando, sartenes chisporroteando y risas constantes. Al principio me sentía perdido entre los kanjis, pero los vendedores, al oír mi acento español, sonreían y decían "¡España! ¡Paella! ¡Ole!". Algunos chapurreaban palabras sueltas: "Gracias", "Bueno", "Flamenco". En pocos días ya conocía a varios: el señor del puesto de setas shiitake que me regalaba muestras, la señora de las frutas que me enseñaba a decir "arigatou gozaimasu" con la pronunciación perfecta.
Un día, en el mercado, un grupo de japoneses aficionados al flamenco me pararon. "¡Español! ¿Conoces el flamenco?", me preguntaron. Resulta que en Japón hay una pasión enorme por él: academias por toda Osaka, shows en bares y restaurantes españoles. Me hablaron de un sitio en el centro donde se reunían expatriados españoles y japoneses hispanistas: un pequeño bar con guitarra en vivo, tapas y sangría. Fui una noche con Juri y fue mágico: taconeo, palmas, olor a jamón serrano y vino tinto... como un pedacito de Córdoba en medio de Osaka.
Juri estaba feliz conmigo, y yo con ella. Cocinar juntos se convirtió en rutina: yo aprendía sus recetas (miso, onigiri, tempura ligera), ella probaba mis tortillas y gazpachos. Me puse yukata (la versión ligera de kimono para casa) para andar por el apartamento: fresco en verano, cómodo, y me sentía parte de algo nuevo. Perdí más peso, el corazón latía más estable, y la mente... la mente estaba en paz.
A los seis meses llegaron mis hijos. Vieron todo: cómo me movía por el metro sin perderme, cómo chapurreaba japonés básico ("Konnichiwa", "Arigatou", "Oishii desu!"), mis nuevas amistades en el mercado y el bar flamenco. Me vieron con yukata en casa, más delgado, con color en la cara, riendo como no lo había hecho en años. Lo más importante: lo feliz que estaba con Juri. Ella los recibió con té y dulces japoneses, y la conversación fluyó: "Papá ha cambiado", dijo mi hija, con lágrimas. "Está vivo de verdad".
Les conté de mis amigos médicos (colegas de Juri del hospital): nos reuníamos en casa para fiestas pequeñas, como hacen los japoneses (íntimas, con comida compartida, sake caliente, risas contenidas pero profundas). Yo hacía paellas enormes, y tenía un contacto en Córdoba que me mandaba jamones de la Sierra de los Pedroches. "Están enamorados del jamón serrano", les dije. "Hasta que un día me harté y le dije al proveedor: 'A ver si vienes aquí a vender tus jamones, que los japoneses están locos por la Sierra cordobesa'". Se rieron. "Y ahora viene en serio", añadí.
Allí sigo, en Osaka. Vengo poco por Córdoba –en verano nada, hace un calor que me derrite–, pero siempre hablamos por videollamada. Un día, mientras tomábamos té en el balcón con vistas a la ciudad iluminada, le dije a Juri:
—Estoy pensando en transformar el piso de Córdoba. Hacerlo en plan japonés-andaluz: tatami en una habitación, yukata para invitados, pero con azulejos de patio y vistas al Guadalquivir. Y dedicarme al alquiler turístico. Para que españoles y japoneses se mezclen, como nosotros.
Juri me miró, sonrió esa sonrisa silenciosa y profunda, y me dio un beso suave.
—¿Cómo eres? —dijo, riendo bajito—. Siempre pensando en unir mundos. Me encanta.
Y así, con un beso que sabía a futuro, cerramos el círculo: de la soledad en Córdoba a una vida compartida en Osaka. Quién hubiera creído que a estas alturas de la vida, el destino nos reservaba coincidencias tan hermosas. Las manos que se tocan, los ojos que se encuentran... Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos. Good times never seemed so good.
A Sergio la vida le había enseñado que, a los sesenta y dos años, ya no quedaban sorpresas. Viudo desde hacía dos, con el corazón débil y la casa llena de silencios, solo iba al Carrefour a comprar lo justo para no morir de hambre.
Hasta que un sábado su carrito rozó el de una mujer alta, de ojos almendrados y sonrisa tranquila. Una coincidencia. Luego otra. Y otra más.
Ella era Juri Mitsushima, médica japonesa, especialista en trasplantes, que hablaba un español perfecto y había llegado a Córdoba por un seminario. Él la vio como una niña; ella vio en él a un hombre que necesitaba ser salvado.
De las cajas del supermercado al parking, de Córdoba a Osaka, de la soledad al hanami bajo los cerezos en flor, Sergio y Juri descubren que el amor no entiende de edades, de culturas ni de fronteras.
Una novela tierna y emotiva sobre segundas oportunidades, sobre cómo aprender a vivir de nuevo cuando creías que todo había terminado. Sobre jamón de los Pedroches en una mesa japonesa, paella cocinada con música clásica y un futon que cabe perfectamente para dos.
Porque, a estas alturas de la vida, los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos.
«Una historia que te abraza el corazón y no lo suelta.» «De las que te hacen creer otra vez en el destino.»
Ernest Pont Salmerón Autor de A Estas Alturas de la Vida, Enero 2026
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