Azahar y sables

 



















Prólogo



Sevilla no es solo una ciudad: es un latido que se cuela por las rendijas de las persianas, un aroma a azahar que se pega a la piel y no se va nunca, un eco de saetas que resuena incluso cuando calla. En sus calles estrechas del Barrio de Santa Cruz, en el rumor del Guadalquivir y en la mirada serena de la Macarena, las historias de amor nacen como por casualidad y se clavan como un pecado dulce del que nadie quiere absolverse.

Esta es la historia de Jimena y Octavio. Ella, sevillana de pura cepa, guía del Alcázar, bailaora de corazón y devota hasta los huesos. Él, capitán de la Armada, piloto de helicópteros, hijo de militar y de una madre que lleva la mantilla con orgullo en Semana Santa y en el Rocío.

Se encontraron detrás de una pantalla, en una app que prometía poco y dio todo. Una curiosidad fugaz que se convirtió en deseo, en entrega, en miedo, en accidente, en coma, en dos niñas llamadas Macarena y Rocío nacidas la misma noche que el Niño Dios.

Lo que empezó como una cita sin muchas ganas acabó siendo un amor con olor a azahar y brillo de sables. Una historia que Sevilla escribió con sus propias manos: con pétalos en la puerta de la basílica, con túneles de honor en la iglesia, con paellas bajo el porche y con dos abuelas que lloran de felicidad cada vez que miran a sus nietas.

Porque a veces el destino no avisa. A veces solo desliza un perfil en la pantalla y dice: “Míralo bien. Este va a cambiarte la vida”.























Jimena Ruiz es sevillana de pura cepa, nacida y criada en el laberinto blanco y perfumado del Barrio de Santa Cruz. Las callejuelas estrechas, con sus casas encaladas y balcones rebosantes de geranios y jazmines, parecían susurrar secretos de siglos: amores furtivos en portales, promesas rotas bajo faroles antiguos, saetas que rasgaban la noche de Semana Santa. A sus 28 años, Jimena trabajaba como guía turística en el Real Alcázar, ese palacio de patios mudéjares y fuentes que murmuraban donde sultanes y reyes habían amado y sufrido. Cada día contaba a turistas la misma historia: cómo los jardines olían a naranjo en primavera, cómo la Giralda vigilaba la ciudad como un centinela eterno. Pero al caer la tarde, cuando los visitantes se marchaban, Jimena se quedaba sola con sus propios silencios.

En el amor era cautelosa, casi desconfiada. Había sufrido un desengaño profundo años atrás: un novio que se fue a Madrid persiguiendo sueños corporativos, dejándola con promesas vacías y un corazón magullado. Desde entonces, sabía —o creía saber— que ese hombre ideal no existía. El que la llevara del brazo sin avergonzarse de su pasión por el flamenco, el que la mirara bailar en una peña de Triana con orgullo en vez de celos, el que la acompañara a la Feria de Abril vestida de gitana o, si Dios quería, al Rocío en romería, con fe y alegría verdadera. Soñaba con un amor romántico, profundo, de los que duran más allá de una noche. Pero la realidad le había enseñado a conformarse con chispas fugaces.

Por eso, en las noches de insomnio —cuando el rumor lejano de una guitarra flamenca entraba por la ventana abierta—, se refugiaba en una app de citas. No buscaba compromiso eterno, solo esa chispa que la hiciera sentir viva de nuevo: un mensaje ingenioso, una risa compartida en la pantalla, quizás un encuentro breve que le recordara que aún podía desear y ser deseada. Su perfil era sencillo: una foto bailando sevillanas en la Feria, otra en el Alcázar con el pelo suelto, y una bio que decía: "Sevillana de corazón. Busco quien sepa apreciar un buen baile y un mejor silencio. Sin promesas que no se cumplan".



Octavio Serrano era hijo único, madrileño de nacimiento pero con el alma partida entre dos mundos. Su padre, el coronel Álvaro Serrano de la Vega, del Ejército del Aire, y su madre, Isabel Campos de la Torre, habían marcado su infancia con la disciplina militar y los traslados constantes. Conocía media España por los destinos: bases en Zaragoza, en Albacete, en Sevilla cuando su padre era capitán. Precisamente en Sevilla, de niño, Octavio había vivido los años más felices. La ciudad le fascinaba: el ambiente cálido, la Semana Santa con sus procesiones solemnes, la Feria con sus casetas y risas hasta el amanecer. Su madre, devota católica y gran enamorada de Andalucía, se ponía mantilla negra en Jueves Santo y caminaba con devoción tras las hermandades. "Allí sí que se puede llevar mantilla con orgullo", le decía a Octavio. "En Madrid no se vive esta fe, esta alegría".

A los 32 años, Octavio era capitán en la Armada, destinado en la Base Naval de Rota como piloto de helicópteros. La base, construida en los años 50 bajo los Pactos de Madrid, era un enclave estratégico compartido con Estados Unidos: buques, aviones, submarinos, un pedazo de territorio donde la bandera española ondeaba junto a la estrellada. Él volaba misiones de vigilancia, entrenamiento, rescate; la disciplina lo había moldeado desde pequeño, pero debajo de la barba recortada y la mirada pensativa latía un alma romántica que nadie veía.

Había sufrido un desengaño amoroso en Madrid: una relación seria que se rompió cuando volvió de una misión larga y la encontró con otro. Desde entonces, repetía como un mantra: "Ninguna mujer es fiel. Ya no quedan como mi madre. Eso es imposible, no existe". Su madre, devota de la Virgen del Rocío, le insistía: "Tienes que casarte, hijo. Tu padre pasa a la reserva pronto y nosotros sin nietos". Los amigos de Sevilla le invitaban cada año a la Romería del Rocío: el camino a pie o a caballo, la aldea de El Rocío llena de carretas, simpecados, rezos y alegría desbordante en honor a la Blanca Paloma. Octavio vivía esa romería con fe sincera, recordando cómo de chico acompañaba a sus padres. Soñaba en secreto con llevar un día a "la mujer de su vida" del brazo por ese camino, con una señora de su casa, católica, devota, alegre.

Pero en Madrid no se vivía esa fe tan pura; y en Rota, entre militares y rutinas, el amor parecía un lujo lejano.

Sin ilusión, casi por inercia, Octavio se descargó la misma app. Su perfil era austero: una foto en uniforme (sin insignias, por discreción), otra en la playa de Rota al atardecer, y una bio escueta: "Buscando algo real en un mundo de apariencias. Piloto, sevillano de corazón adoptivo. Si sabes lo que es la lealtad, escríbeme".



Pasaron días. Jimena abrió la app una noche después de un día agotador en el Alcázar. El perfil de Octavio apareció en sus sugerencias: madrileño, pero con fotos que gritaban Sevilla —el Guadalquivir, una caseta de Feria de fondo—. Se quedó mirando la pantalla. "Piloto... militar... ¿otro que viene y se va?", pensó. Pero algo en su mirada pensativa la detuvo. No escribió. Cerró la app.

Octavio, en su apartamento en Rota, vio el perfil de Jimena una tarde libre. La foto bailando sevillanas le removió recuerdos de infancia: su madre en la Feria, el olor a azahar. "Sevillana pura... pero ¿para qué? Al final todas se van". Se quedó mirando el botón de "enviar mensaje" durante minutos. No pulsó. La app se cerró.

Pasaron tres días más. Ambos entraban y salían, veían el perfil del otro en "vistos recientemente", sentían la curiosidad picar como un jazmín en la piel. Jimena pensaba: "Parece de los que entienden lo que es una romería de verdad". Octavio: "Baila como si el mundo fuera suyo... pero no durará".

Al cuarto día, Jimena, con una copa de manzanilla en la mano y el eco de una saeta lejana, escribió el primer mensaje:

Jimena: ¿Qué trae a un piloto de helicópteros a mirar perfiles sevillanos? ¿Misión secreta o nostalgia?

Octavio tardó dos horas en responder, pero cuando lo hizo, el corazón le latió más fuerte que en cualquier maniobra:

Octavio: Nostalgia, sobre todo. Sevilla me marcó de chico. Y tú... pareces saber lo que es llevar la ciudad en la sangre. ¿Bailas de verdad o solo para la foto?

Y así empezó. Mensajes que fluían como el río, hablando de la Giralda al amanecer, de la Romería del Rocío que ambos amaban (ella como devota local, él como recuerdo de infancia), de la Feria, del flamenco. La curiosidad creció. La pantalla se llenó de promesas tácitas. Hasta que uno de los dos —quizás ella, quizás él— dijo: "Vernos. Solo por ver si esto es real".

Y Sevilla, con su magia eterna, los esperaba.



Los mensajes siguieron fluyendo durante la semana. Al principio, cortos y cautelosos; luego, más largos, más personales. Hablaban de Sevilla como si la ciudad fuera una tercera persona en la conversación: el olor a azahar en primavera, el repique de campanas en la Giralda, la alegría desbordante de la Feria. Jimena le contaba anécdotas de su trabajo en el Alcázar; Octavio, de vuelos sobre la costa gaditana, de cómo el mar desde un helicóptero parecía un espejo infinito.

Un jueves por la noche, Jimena escribió sin desgana, pero con un nudo en el estómago:

Jimena: Sabes dónde te digo: la Basílica de la Macarena, en la Plaza de la Esperanza Macarena. Este domingo al mediodía. El primero que llegue espera al otro. Si aún tienes interés...

Octavio: Sé dónde está. Este domingo no tengo servicio, me va perfecto. Si no, no perdemos nada.

Jimena: Un desengaño más no viene de aquí.

Octavio: ¿Has tenido muchos?

Jimena: Uno solo. Y me hizo mucho daño. ¿Y tú? ¿Un amor en cada puerto, verdad?

Octavio: Ya lo sabrás cuando nos veamos. Quedamos así, ¿verdad?

Jimena: Sí. Este es mi número de móvil: [número]. Por si acaso.

Octavio: Este es el mío. Ya lo sabes.

Llegó el domingo. Octavio fue puntual, como un militar que sabe que la disciplina empieza por uno mismo. Llegó a las 11:45 a la Plaza de la Esperanza Macarena, con el sol de febrero calentando las piedras. La basílica se erguía imponente, con su fachada neobarroca y el bullicio de fieles entrando para la misa de mediodía. Esperó de pie, mirando el reloj cada dos minutos. A las 12:05, sacó el móvil.

Octavio (mensaje): Ya estoy aquí. ¿Te falta mucho?

Sin respuesta. Vibró el teléfono en el bolsillo de Jimena, pero ella estaba dentro, en el banco del fondo, con los ojos fijos en el altar. "Esto no se debe hacer en misa", pensó, y lo dejó vibrar.

A las 12:15, otro mensaje, más impaciente, más subido de tono:

Octavio: Son las doce ya. Está bien tu puntualidad. Si no querías la cita, no hagas perder el tiempo a la gente.

Jimena lo leyó al salir de un momento de silencio. Le dolió el tono. Contestó con calma, pero firme:

Jimena: Estoy es la santa misa. Lo que estoy haciendo ahora me pierde el respeto. Si eres católico, entra. Estoy en el banco del fondo. Y si no, te esperas. Yo sí voy a misa. No la dejo.

Octavio leyó el mensaje y sintió un golpe de vergüenza mezclada con admiración. Guardó el móvil, se santiguó y entró. La basílica estaba llena de luz tamizada por vitrales, el aroma a incienso y cera. La vio al fondo: sola, erguida, viviendo la fe con una concentración que le recordó a su madre en la Romería del Rocío. Se acercó en silencio, se puso detrás en la fila de la comunión. Recibió la hostia consagrada, la siguió y se arrodilló a su lado. Oraron en silencio. Ella notó una presencia cálida, pero no giró la cabeza hasta que acabó la misa.

Se levantó para marchar. Una voz a su lado, grave y suave:

—¿Jimena, verdad?

Ella se volvió. Allí estaba: alto, apuesto, con barba recortada y ojos que parecían haber visto tormentas y regresado. Se quedó impresionada.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Un rato. Me puse detrás tuyo. Si me dices que ibas a misa, la escucho contigo. Y rezo contigo.

—¿Conoces esto?

—Sí. Mi madre es gran devota de Nuestra Señora de la Macarena y de la Virgen del Rocío. Llega de un viaje y está aquí dando gracias por haber llegado.

Salieron juntos a la plaza. Jimena le gustó cómo la miraba: bonita, ojos verdes como la copla, alta, buen tipo, rubia con el pelo recogido en un moño sencillo. Octavio sintió que algo encajaba.

—Te invito a comer —dijo él—. Así nos conocemos mejor.

Quería impresionarla, así que mencionó uno de esos restaurantes caros del centro.

—No, porque no puedo pagar —respondió ella—. Mejor uno sencillo.

Le llevó andando a su barrio, Santa Cruz, sin decirle que vivía allí. Caminaron hablando, el sol de mediodía calentando las callejuelas blancas.

—¿Qué buscas? —preguntó él.

Ella, a la defensiva: —¿Y tú?

Octavio se paró, la miró a los ojos y fue sincero, con tono casi autoritario:

—Te voy a ser sincero. Busco alguien que comparta mis sentimientos, que tenga paciencia en la espera si salgo de misiones. Quiero que esté cuando vuelva, que no me encuentre solo. No quiero pasar por lo mismo. Para eso, ni empezar. Que sea católica, que me pueda casar por la Iglesia y hacer feliz a mi madre. Que me lleve del brazo en la iglesia, que pueda cuidarla ella. En la salud y en la enfermedad. Soy capitán de la Armada, llevo helicópteros. Comprende mi situación. Y resumiendo: una mujer que no existe. Una mujer de las de antes, que sepa cocinar, llevar una casa y disfrutar. ¿Qué más quieres saber?

Ahora le tocó a ella. Con voz temblorosa:

—Un hombre que no me abandone. Que me lleve del brazo por la ribera del Guadalquivir, que no se avergüence de mí. Que le guste el flamenco y venga a verme bailar. Que me acompañe al Rocío, por el camino me cuide y no se ría de mí.

Le saltaron lágrimas. Octavio las vio brillar.

—Busco mi príncipe azul —siguió—. Y como tú dices, no existe. Y no quiero hacerte perder el tiempo.

Sacó un pañuelo del bolsillo, la miró a los ojos y le secó las lágrimas con delicadeza.

—Te había entrado algo en el ojo. Tenía que quitártelo.

No se lo pidió: le dio un beso suave en la mejilla.

—Gracias —susurró ella.

—¿Qué? ¿Te gusta lo que ves?

—Lo que veo y lo poco que llevo vivido contigo hasta ahora... Perdona mi insolencia antes. No es común encontrar a una chica joven y bonita como tú en misa. Eso lo cuento y no se me creen.

Se miraron un segundo eterno. El barrio de Santa Cruz parecía contener la respiración. Caminaron hacia un bar de tapas sencillo, donde pidieron montaditos y tinto de verano. La conversación fluyó: risas sobre la impaciencia de él, complicidad sobre la devoción compartida, promesas tácitas de no herirse.

Pero en el fondo, ambos sabían: esto podía ser el principio de algo grande... o el preludio de otro desengaño. Sevilla, con su magia, decidiría.



Siguieron paseando hacia el corazón del Barrio de Santa Cruz, donde las calles se estrechan como confidencias y el sol de febrero se filtra entre los balcones en rayos dorados. El aire olía a azahar reciente y a piedra antigua calentada.

—Esto lo conocerás, ¿verdad? —preguntó Jimena, señalando las paredes encaladas y los geranios que colgaban como cascadas rojas.

—Sí, un poco. Corría por aquí de chico. Algunos buenos amigos de mis padres viven todavía en estas calles.

—En este barrio nos conocemos todos —dijo ella con una sonrisa—. Mira, ves aquel balcón con geranios blancos...

—Sí.

—Es el mío. Vivo aquí. Trabajo como guía turística en el Real Alcázar, y me gusta este barrio cuando huele a azahar. Es como si la ciudad te abrazara.



En ese momento pasó un matrimonio mayor, cogidos del brazo, con paso lento pero firme. La mujer miró a Jimena y luego a Octavio, y se le iluminó la cara.

—Jimena, ¡qué mozo más bien plantado te has buscado!

De golpe, el marido se giró, entrecerró los ojos y exclamó:

—¿Tú no eres Octavio, hijo del coronel Álvaro Serrano?

—Sí, señor, para servirle —respondió Octavio con naturalidad militar.

—No te acuerdas de mí, pero somos amigos de tus padres. Te he reconocido por una foto que nos enseñó tu madre en el Rocío.

La mujer, emocionada, intervino:

—¿Es el hijo de Isabel y de Álvaro? ¡Qué gracia! La semana pasada estuvimos todos juntos en la casa de la Aldea del Rocío. Pues Octavio, vas con una muy buena niña. No la dejes escapar: es hija de Antonio y María.

El marido, intrigado, preguntó:

—¿Quién dices que es la chiquilla?

—José Manuel, a sus padres los conoces. Antonio el contratista, el de nuestra cofradía.

—Caramba, ya sé quién es.

Jimena se puso roja como un tomate. El matrimonio se despidió con risas.

—Venga, a dar el paseo, que nosotros estorbamos, José Manuel.

Octavio se volvió hacia ella, conteniendo la risa.

—Pues ya sabes quién soy yo.

Se echó a reír.

—Pues sí, te quedaba alguna duda y ya la has resuelto. Y de ti ahora espérate, que me van a llamar al móvil y no van a tardar.

—¿Por qué lo dices?

—Medio Sevilla sabe que estoy aquí contigo. Incluidos mis padres, que están en Madrid.

Jimena se rio, incrédula.

—No será para tanto.

—Vamos a este bar. Es de mi primo, nos va a salir muy barato el convite.

En ese instante vibró el móvil de Octavio. Miró la pantalla y le dijo a Jimena:

—Mi madre. ¿Qué te dije?

Puso el manos libres sin dudar.

—¿Madre?

—Sí, hijo. Me acaban de llamar de Sevilla. Me han dicho que vas con muy buena compañía. Ya era hora de que salieras de aquel cuchitril de Rota. Dile que se ponga, quiero oír su voz.

—Madre, que acabo de conocerla...

—Que se ponga te he dicho, Álvaro, qué hijo más raro tenemos.

—Madre, le está oyendo usted...

—Niña, ponte al teléfono, que este no quiere que hable contigo.

Octavio hizo una mueca de resignación y le pasó el móvil a Jimena.

—Niña, ¿cómo te llamas?

—Jimena, para servirle, señora.

—Así que eres del barrio de Santa Cruz...

—Sí, de siempre.

—Entonces tengo que conocer a tus padres. Hazme un favor: cuida de mi niño, que ya le han roto el corazón una vez.

— Madre, por Dios, que te estoy oyendo...

—Jimena, hija, que me riñe. Un beso, y cuando vuelva a Sevilla quiero conocerte. Dile a mi hijo que se ponga.

Octavio recuperó el teléfono.

— Me han dicho que es mu guapa.

—Sí, madre.

—Venga, seguid con el paseo. Cuídate, hija.

Jimena no sabía dónde meterse. Cuando colgó, le dijo a Octavio:

—Me gusta el respeto que tienes a tu madre.

—¿Qué te dije? Que llamarían.

—Y qué crees, a mi padre que le conocen hasta los gatos. Le están llamando. Madre mía, qué semanita me espera.

—¿Que has venido solo por un día?

—Sí, tengo una semana de fiesta. Luego vuelvo a Rota a última hora... si no me mandas de paseo.

Le salió del alma. Jimena le dio una palmada juguetona en el brazo.

—Toma por el detalle del pañuelo.

Y le dio un beso en la mejilla, suave, agradecido.

Se estaba nublando. Caían unas gotas gruesas, de esas que anuncian tormenta andaluza. Estaban cerca de casa de Jimena.

—Vamos a mi casa. Nos vamos a mojar. Estaremos más tranquilos... que ya han revolucionado el barrio verme contigo.

—¿De verdad? —preguntó él, con una sonrisa incrédula.

—Sí. Estoy muy a gusto contigo. ¿Y tú conmigo?

—Encantado. De verdad. Te puedo decir una cosa: eres la mujer que estoy buscando. Te gustan las mismas cosas que a mí.

Subieron al tercer piso sin ascensor. El edificio era antiguo, con escaleras de mármol desgastado y azulejos sevillanos en las paredes.



El piso de Jimena era pequeño pero acogedor: paredes blancas, fotos de familia en la Feria y en el Rocío, un balcón con geranios blancos que ahora se mecían con la lluvia, un cuadro de la Macarena en la entrada.

—Siéntate. Perdona el desorden. Voy a traer un poco de manzanilla y algo para picar. Si llego a saber que iba a estar tan a gusto, hubiera preparado algo mejor.

La tarde pasó sin que se dieran cuenta. Sentados en el sofá, con la lluvia golpeando los cristales del balcón, hablaron de todo: del trabajo de ella guiando por los patios del Alcázar, de las misiones de él en helicóptero sobre el mar, de sus padres (Antonio y María Ruiz, el contratista de la cofradía; Álvaro e Isabel, el coronel y la devota), de recuerdos de infancia en Sevilla. Él le contó cómo de pequeño corría por esas mismas calles con los hijos de los amigos de sus padres; ella le habló de las noches bailando sevillanas en peñas ocultas, de cómo la Semana Santa la emocionaba hasta las lágrimas.

La manzanilla se acabó. La conversación se volvió más íntima, más lenta. Las miradas se sostenían más tiempo. La lluvia arreció fuera, pero dentro había un calor que nada tenía que ver con el tiempo.

Octavio se acercó un poco más.

—No quiero que esta tarde acabe.

Jimena sonrió, con los ojos brillantes.

—Pues que no acabe.

Y en ese momento, sin palabras que sobraran, se besaron. Un beso despacio al principio, como quien prueba un terreno conocido pero nuevo. Luego más profundo, más urgente. La curiosidad de la pantalla se había convertido en carne y fuego, justo como habían soñado.

La tarde se convirtió en noche. Y la noche, en esa entrega que ambos llevaban tanto tiempo esperando: exigente, apresurada, pero también tierna. Se amaron como si el mundo se acabara esa noche en el Barrio de Santa Cruz, con la lluvia de testigo y el aroma a azahar colándose por el balcón abierto.

Al amanecer, se despidieron con labios hinchados, ojos cargados de sueños imposibles y corazones en carne viva. Pero esta vez, algo era diferente. El barrio los había reconocido. Sus familias ya sabían. Sevilla los había unido, y quizás, solo quizás, no los dejaría separarse tan fácilmente.



Octavio bajó a Rota esa misma noche, con el sabor del beso de Jimena todavía en los labios y el eco de la lluvia en Santa Cruz resonando en la cabeza. Apenas llegó a su apartamento en la base —un piso funcional, austero, con vistas al mar que nunca miraba— le mandó un mensaje:

— Se ha puesto enfermo un compañero. Tengo servicio toda la semana, pero libro el jueves. ¿Nos podemos ver?

La respuesta de Jimena llegó casi al instante, como si hubiera estado esperando el móvil con la mano.

—Sí, me gustaría. Mucho.

Pasaron los días pegados al móvil. Cuando Octavio libraba —en los breves descansos entre simulacros, vuelos de entrenamiento y guardias nocturnas—, hablaban de todo: de cómo olía el mar en Rota al amanecer, de las anécdotas más graciosas de turistas despistados en el Alcázar, de canciones flamencas que les ponían la piel de gallina, de sueños que se contaban sin vergüenza. Ya le decía “cariño” en los mensajes de buenas noches, y ella le respondía con corazones y emojis de azahar. Soñaban con los ojos abiertos, como si la distancia fuera solo un inconveniente temporal.

El miércoles por la noche, Octavio no aguantó más:

—Cariño, ¿nos podemos ver mañana?

— Sí. ¿Cuántos días tienes?

— Seis. ¿Por qué lo preguntas?

—Si subes ropa… ¿te quieres quedar aquí en casa?

Octavio leyó el mensaje tres veces. Sonrió como un niño.

—Por mí, bien. Vamos a quedar en Dos Hermanas, en la estación de tren. Voy a hablar con mi padre y dejas el coche en la nave. Allí estará seguro.

—Perfecto. Te espero mañana.

Al día siguiente, Jimena llegó temprano a la estación de Dos Hermanas. Llevaba un vestido ligero de flores, el pelo suelto y una sonrisa nerviosa. Miraba el reloj cada dos minutos. De pronto apareció un Mercedes deportivo negro, brillante, con las lunas tintadas. Se paró frente a ella. La ventanilla bajó.

— ¿Subes o lo vas a mirar?

Jimena abrió los ojos como platos.

—Nene, ¡qué pedazo de coche! Me has dejado sorprendida.

Octavio se rio, bajando para abrirle la puerta.

—Un capricho. Gano bien y soy hijo único. Mis padres me dan en cuenta gotas todos los caprichos que quiero.

Dejaron el coche en la nave industrial que Antonio tenía en las afueras de Sevilla. El padre de Jimena ya estaba allí, con las manos en los bolsillos y esa mirada de padre que todo lo ve.

—Papá, dejamos el coche aquí. Dinos dónde.

—Allí estará. Que ni lo van a rayar ni nada.

Octavio se bajó, se acercó y extendió la mano.

—¿Usted es Antonio, verdad?

—Sí. Tú eres hijo de la señora Isabel y el coronel. Conozco a tus padres.

Se dieron la mano con fuerza. Antonio miró a su hija y luego a Octavio.

—Niña, ¿y cómo os habéis conocido?

—Papá, por Dios, qué pregunta…

—No será por el móvil, que estas armas las carga el diablo.

—Papá, se acabó.

Octavio se estaba riendo por lo bajo, conteniendo la carcajada.

—Saca la maleta que nos vamos —dijo Jimena, y dio un grito fuerte hacia su padre—: ¡A mi casa! Sabes qué quiere decir eso, papá: que no quiero visitas inoportunas.

—Qué rara eres, hija.

—Bueno, hijo, pasadlo bien.

Antonio les guiñó un ojo y se marchó silbando.

Llegaron al piso de Jimena en Santa Cruz. Esta vez lo había preparado todo: la mesa con mantel de lino, una botella de manzanilla fría, jamón, queso, aceitunas, un ramo de flores frescas en el balcón. La casa olía a limpio y a azahar.

Octavio dejó la maleta en la entrada y se quedó mirando.

—Yo que quería llevarte a cenar…

Jimena se acercó, le quitó la chaqueta con delicadeza y la colgó.

—Hoy cenamos aquí. Mañana ya veremos. Siéntate. Te he preparado algo sencillo, pero con cariño.

Se sentaron en el sofá. La tarde caía lenta sobre el barrio. Octavio la miró fijamente.

—Seis días enteros contigo… No me lo creo.

—Pues créetelo —dijo ella, sirviéndole una copa—. Y no pienses en Rota, ni en misiones, ni en nada. Solo en nosotros.

Brindaron. El cristal tintineó. Bebieron. Y entonces, sin más preámbulos, se besaron. Esta vez no hubo prisa de primeros encuentros: fue un beso lento, profundo, de los que saben que hay tiempo por delante. Las manos buscaron piel bajo la ropa, la manzanilla se olvidó en la mesa, la cena esperó.

La noche se hizo larga y dulce. Se amaron en la cama de Jimena, con las ventanas abiertas al balcón y el rumor lejano de Sevilla de fondo. Despacio al principio, recordando cada caricia del primer día; luego exigentes, apresurados, como si quisieran recuperar el tiempo perdido en mensajes. Se durmieron abrazados, con el corazón latiendo al unísono.

A la mañana siguiente, Octavio se despertó con el sol filtrándose por las persianas. Jimena ya estaba en la cocina, preparando café y tostadas con tomate y aceite.

—Buenos días, capitán.

—Buenos días, guía del Alcázar.

Se besaron de nuevo, esta vez con sabor a café y promesas.

—¿Qué hacemos hoy? —preguntó él.

—Lo que tú quieras. Pero esta semana… esta semana es nuestra. Nada de despedidas todavía.

Y así empezó: seis días que se sintieron como una vida entera. Paseos por el Guadalquivir al atardecer, bailes improvisados en el salón al son de una guitarra en YouTube, visitas al Rocío en coche solo para ver la ermita vacía y rezar juntos, cenas en bares de tapas donde todos los conocían ya como “la pareja”, noches de lluvia y mantas en el sofá hablando de futuro.

Pero al fondo, ambos sabían que el jueves siguiente llegaría la vuelta a Rota. Y que, aunque el amor había echado raíces profundas en Santa Cruz, la vida militar y la distancia seguían allí, esperando.



Jimena llegó a casa después de un día agotador en el Alcázar. Los turistas habían sido más pesados de lo habitual, preguntando lo mismo una y otra vez sobre los patios mudéjares y la historia de los reyes. Se quitó los zapatos en la entrada, encendió la televisión para que llenara el silencio y se puso a preparar algo sencillo: una ensalada, un poco de jamón, una copa de manzanilla fría. La voz del presentador de las noticias locales cortó el aire como un cuchillo.

«Accidente grave en la Base Naval de Rota. Un helicóptero de la Armada se ha estrellado en el mar durante un ejercicio de entrenamiento rutinario. Según las primeras informaciones, hay un piloto y un tripulante fallecidos, y heridos de consideración: dos tripulantes más y otro piloto. Las autoridades han activado el protocolo de emergencia y el hospital militar de San Carlos ha recibido a los heridos…»

Le dio un vuelco el corazón. El mando se le cayó de la mano. Rota. Helicóptero. Piloto. Octavio.

No pensó. Marcó el número de su padre con dedos temblorosos.

—Papá, por favor, bájame a Rota. Ha habido un accidente de helicóptero. Hay muertos y heridos.

Antonio no hizo preguntas innecesarias.

—Espérate en casa, hija. Que voy y nos vamos ya.

Bajó a toda velocidad por la A-4, llegando en menos de una hora. Jimena subió al coche sin decir palabra, con los ojos fijos en la carretera.

Cuando llegaron a la entrada de la base, el guardia de la garita la miró extrañado. Ella, alterada, casi gritando:

—Tengo que ver a Octavio Serrano. Capitán Octavio Serrano. Por favor.

El guardia llamó por radio: «Hay una loca aquí preguntando por el capitán Serrano».

En ese momento, un coche militar se acercó desde dentro. La puerta se abrió. Un hombre alto, en uniforme de faena, se bajó y se cuadró ante el guardia antes de dirigirse directamente a ella.

—Tú serás Jimena, ¿verdad? Octavio me ha hablado últimamente mucho de ti. Súbete. Este señor seguro es tu padre, ¿verdad?

Jimena asintió, con la voz rota.

—Quiero saber cómo está mi Octavio. ¿Dónde está?

—Antonio, me hago cargo yo de Jimena. Vuelva usted a casa, será lo mejor. Ya me entiende.

Se volvió hacia Jimena.

—Sube a mi coche. Sin mí no vas a poder entrar. Por cierto, soy Rodrigo, compañero de Octavio.

Jimena se quedó mirándolo un segundo.

—El otro día le llamaste por teléfono estando en casa. Le hiciste una broma y se rió.

Rodrigo sonrió con tristeza.

—Sí. Últimamente me habla mucho de ti. Un segundo, me dejas hacer una llamada.

Marcó.

—Dolores, voy al hospital de San Carlos. Me esperas allí. Voy con Jimena.

Colgó y miró a Jimena.

—¿Qué pasa? ¿Está mal? ¿Mi Octavio dónde está? ¿Cómo está?

—Dolores es mi mujer. Tiene entrada al hospital militar, por eso vamos contigo. Si no, no te dejan entrar. Han hablado de muertos… Tranquila, ahora no tardaremos nada. Llegamos y Dolores te acompaña. Ella es enfermera de allí. La conocí en el hospital, tenemos dos niños. También sabe de ti. Nos lo contó el otro día cenando en casa. Dice que Octavio es el tío más afortunado y feliz del mundo.

Jimena no dejó de llorar en todo el trayecto. Las lágrimas caian silenciosas, sin sollozos, como si su cuerpo ya no tuviera fuerzas para más ruido.

Llegaron al Hospital Militar de San Carlos. Dolores esperaba en la puerta: una mujer de unos cuarenta años, con bata blanca y mirada serena. Le dio un beso a su marido y otros dos a Jimena.

—Tranquila, cielo. Ahora lo que menos tienes que hacer es llorar.

Bajaron a la UVI. Allí estaba Octavio: entubado, vías puestas, inconsciente, conectado a monitores que pitaban con ritmo constante. Jimena se derrumbó. Rompió a llorar como una niña pequeña, las rodillas le fallaron. Dolores la sostuvo.

—No llores más, mi amor. No llores. Ahora toca cuidarlo, y tú eres la mejor para estar con él.

—Pero no me puedo quedar aquí… Me van a echar…

Dolores, que era jefa de enfermería en esa planta, negó con la cabeza. Trajo una silla, la colocó al lado de la cama, del lado sin gotero.

—No quiero que le falte nada, por favor —les dijo a las otras enfermeras.

Jimena se sentó. Le cogió la mano libre, la que no tenía vías. Se la besó una y otra vez. Se levantó, le miró la cara magullada, le acarició la frente con cuidado. Una enfermera entró.

—Si ves esto así normal, sino nos avisas, ¿vale?

Jimena asintió, sin voz.

No supo cuánto tiempo pasó. Horas. Quizás toda la tarde. Entraron el coronel Álvaro y doña Isabel. Los vio y volvió a llorar. Isabel se acercó primero, le agarró las manos con fuerza.

—Mi niña, tenemos que ser fuertes ahora. No nos podemos venir abajo, mi vida.

Jimena sollozaba.

—Ahora ve fuera. Están tus padres. Nos han esperado en el aeropuerto y nos han bajado. Te han traído ropa. Todos sabemos que no te vas a mover de aquí, ni nosotros tampoco. Ve con ellos y recoge la pequeña maleta que ha hecho tu madre. Te la guardarán en recepción. Álvaro ya se ha ocupado de esto. Y dame un beso, lo necesito. Y más si viene de ti.

Jimena le dio un beso, se echó a llorar otra vez. Le explicó lo de la enfermera, que había que estar pendiente. Le dio un beso también al coronel.

Volvió a la habitación. Isabel la miró con ternura.

—Si pasa algo, mi niña, llámanos. Nos vamos al hotel. Tus padres nos estarán esperando para llevarnos. Nunca pensé que mi hijo encontrara esta joya de mujer y de familia.

Se sentó de nuevo. De la maleta sacó un rosario que Octavio le había regalado el día del Rocío. Lo ató entre sus dos manos entrelazadas con las de él. El coronel lo vio, se acercó y le dio un beso en la frente. No dijo nada.

Jimena susurró:

—Me lo regaló Octavio el otro día. Lo llevo siempre conmigo. Me dijo que me protegería… Y yo no quiero protección. La quiero para él.

Lloraron los tres en silencio.

—Mi niña, te quiero. Tienes un gran corazón —dijo Isabel.

Volvieron más tarde. Era ya de noche.

—¿No has comido nada, verdad?

—No tengo hambre. Solo quiero estar con él.

Le daba besos en la mano, en los dedos, en la palma.

—¿No les sabe mal, verdad? Que esté aquí con él… ¿No les molestará?

Isabel la miró con los ojos brillantes.

—Como vuelvas a decir esto te cruzo la cara de un guantazo.

Jimena sonrió entre lágrimas.

—Sé que hace poco le conozco… Pero le quiero mucho. Es todo un caballero. Un hombre que me lleva de la mano, se ríe cuando le bailo flamenco, me acompaña a misa, y es muy familiar. Quiero que sea el padre de mis hijos. Es muy grande su hijo.

—Niña, basta ya, que no quiero llorar más. Y yo sé que tú vas a ser la madre de sus hijos. Lo sé y se acabó.

Las primeras horas eran las principales para salir del coma. Y Octavio allí estaba: inmóvil, respirando con ayuda de máquinas, pero vivo. Jimena no se movió de la silla. El rosario entre sus manos y las de él. El pitido constante del monitor como un latido compartido. La noche se hizo larga, pero Sevilla, Rota y el amor que habían construido en tan poco tiempo velaban por ellos.



Octavio seguía allí inerte, con el pecho subiendo y bajando al ritmo mecánico del respirador. Jimena no se apartaba de su lado: le hablaba en voz baja, le contaba anécdotas del Alcázar que él ya conocía de memoria, le ponía música suave de guitarra flamenca en el móvil con el volumen mínimo. Isabel la observaba desde el otro lado de la cama, con los ojos enrojecidos pero serenos.

—Estarás cansada, mi niña. Ve al hotel, te darán la llave de nuestra habitación y te aseas allí.

Jimena negó con la cabeza, sin soltar la mano de Octavio.

—Me han dado permiso para asearme. Me han dejado un cuarto de baño aquí en la planta, toallas, jabón… Se están portando muy bien conmigo. Sabes, Isabel… ¿te puedo tutear?

Isabel sonrió con ternura.

—No es que quiera que me tutees: te lo ordeno.

—Dolores, la mujer de Rodrigo, se está portando muy bien conmigo. Parecerá una tontería, pero se lo he explicado a Octavio. Me pareció verle una sonrisa… pero sé que es mi ilusión. Quiero volver a tenerlo entre mis brazos, besarle hasta que me agote, pasear del brazo junto a él por la Alameda de Hércules… Se lo digo todo el rato, Isabel. Quiero que despierte. Lo deseo con toda el alma. Tengo un susto muy grande encima, un disgusto que no me deja respirar.

—Tranquila. Confía en Dios, en los médicos… y en él. Mi niño es fuerte.

Estaban allí las dos, una junto a la otra, hombro con hombro. Álvaro iba y venía por el pasillo, fingiendo calma, pero las manos le temblaban cuando se las metía en los bolsillos. De pronto, Jimena miró al coronel, que acababa de entrar.

—Jimena, tus padres hoy me han llamado interesándose por Octavio… y por ti. Que comas, dicen que eres una cabezota.

—Mi coronel, no puedo. No me entraría nada. Y si yo tengo que enfermar para que Octavio se cure… así lo haré. Le quiero. Le amo. Es un todo para mí.

Se acercaban las 60 horas del coma. Jimena, con la voz rota, soltó aquello mirando a Álvaro:

—Si tengo que enfermar yo para que él se cure…

Y de golpe, como si las palabras hubieran tocado un interruptor invisible, las máquinas empezaron a pitar como locas. Alarmas, pitidos acelerados, luces parpadeando. Entró Dolores corriendo, con el estetoscopio al cuello.

—¿Qué habéis hecho? —preguntó, pero al ver los monitores se le iluminó la cara—. Lloro, Jimena… ¿Es malo? He sido yo…

—¿Malo dice? Ha, chiquilla, que le has despertado del coma. Ahora sí, abandonad esto los tres. Tenemos trabajo nosotros. Pronto ya le veréis.

Jimena se quedó paralizada. Isabel la abrazó fuerte.

—Ven, mi niña, abrázame. Álvaro, tú en medio, como tiene que ser.

Cada uno en una mejilla le dieron un beso. Salieron al pasillo, temblando de esperanza.

Pasaron las horas. Nadie les decía nada concreto. Llamaron los padres de Jimena. Isabel puso el altavoz.

—Ven, hija, ponte. Son tus padres.

Hablaron un rato los tres juntos. Eran las doce de la mañana cuando llegaron a San Fernando: los dos hombres solos por un lado, hablando flojito en voz baja; las tres mujeres solas en un rincón del sofá de la sala de espera, abrazadas, con Jimena en medio como una niña pequeña.

Sobre las cinco salió un médico. Se cuadró ante el coronel.

—Mi coronel, ahora van a subir a Octavio a la planta, a una habitación. Le podrán ver allí. Está un poco sedado, pero seguro que les quiere ver. Por cierto… ¿quién es Jimena?

—Soy yo. ¿Por qué?

—Prepárate, que quiere darte una bronca, dice él.

Todos se echaron a reír, nerviosos, liberados. Isabel soltó:

—Este es mi hijo. Será cascarrabias.

Les avisaron que ya podían subir. Entraron los padres de Octavio junto a la cama; los de Jimena detrás. Octavio abrió los ojos despacio, la voz agotada pero clara.

—¿Dónde está Jimena?

—Escondida detrás —dijo Isabel con una sonrisa—. Ven, hija, no te escondas más.

Jimena se acercó, temblando. Octavio la miró fijamente, con esa mirada pensativa que tanto le gustaba.

—Mi amor… come, que ya estoy bien. No me voy a decidir por ningún nombre de niña: ni Rocío ni Macarena… porque quiero dos niñas. Una para tu madre y otra para la mía.

Hizo una pausa, respirando hondo.

—Estoy agotado… pero ¿quieres casarte conmigo? Y como le dijiste a mi madre… ¿quieres ser la perfecta madre de mis hijos?

Jimena rompió a llorar. Se abrazó a él con cuidado, sin tocar cables ni vías.

—Sí, mi amor. Sí, sí y sí.

Todo el mundo lloró en aquella habitación, pero no de tristeza: de felicidad pura, de alivio inmenso. Lágrimas que caían como lluvia de mayo en Sevilla.

Se quedaron a solas un rato. Los padres marcharon al hotel. Entraron Rodrigo y Dolores.

—¿Qué pasa? ¿Que no sabías cómo hacer llorar a esta niña? —bromeó Rodrigo.

—No es lo que contaste, Octavio. Es mejor —dijo Dolores, guiñándole un ojo.

Octavio miró a sus amigos.

—Tenemos un problema. Ella y yo…

—¿Cuál problema, Octavio? —preguntaron preocupados.

—Que nos vamos a casar… y necesitamos padrinos. ¿Queréis ser tales padrinos? No es idea mía, ya lo sabéis. Aquí tienes a la culpable de ir de gala, Rodrigo, con lo que te gusta a ti.

Dolores, que estaba al lado de Jimena, le cogió la mano y le dio un beso.

—¿Te lo has pensado bien, cielo?

—Sí. ¿Quién mejor que vosotros?

Pasaron los días. Le dieron el alta del hospital. Jimena habló con los padres de Octavio:

—Quiero que esté conmigo en casa. Les prometo que le cuidaré.

Isabel sonrió.

—Ya lo hemos hablado. Tu santa madre dice que nos marchemos con ellos al chalet, que no volvamos a Madrid aún. Y ya lo sabíamos: querríais estar juntos, y nosotros cuatro cerca de vosotros.



Y fueron a Sevilla, al Barrio de Santa Cruz. Los dos solos en el piso de Jimena. Las madres, con la excusa de “traer comida”, venían cada día dos veces desde las afueras: con tapers de potaje, de albóndigas, de tortilla de patatas; a la tarde, la cena; y si les faltaba algo, no salieran a comprar que pasaban ellas por el supermercado.

Octavio se recuperaba despacio: caminaba por el salón apoyado en Jimena, se sentaban en el balcón a ver atardecer sobre los tejados rojos, planeaban la boda en voz baja. Ella le bailaba sevillanas en el salón, él aplaudía con la mano sana y le decía:

—Eres mi Macarena particular.

Y Jimena respondía:

—Y tú mi capitán. Para siempre.

La vida, después del susto, volvía a oler a azahar. Y Sevilla, testigo silencioso, parecía sonreírles desde cada esquina.



Estaban a solas los dos. El sol ya se había escondido detrás de los tejados del Barrio de Santa Cruz, dejando la habitación bañada en una luz violeta que entraba por el balcón entreabierto. El aroma a azahar se colaba con la brisa fresca de la noche. No esperaban más visitas; el día acababa, y con él, cualquier excusa para no entregarse por completo.

Jimena se levantó del sofá con una sonrisa traviesa. Llevaba una falda larga de volantes negros y rojos, de las que usaba para bailar en las peñas. Puso una canción suave de Paco de Lucía en el altavoz, y empezó a moverse despacio, como si el ritmo le naciera de los pies. Los brazos en alto, las manos girando, el cuerpo ondulando con esa gracia sevillana que Octavio no podía dejar de mirar. Él, aún débil pero con los ojos brillantes, se sentó en la silla de la alcoba —esa vieja butaca tapizada que había pertenecido a la abuela de Jimena— y la observaba en silencio, como si fuera el único espectador de un espectáculo privado.

Ella bailó hacia él, girando, acercándose, alejándose, hasta que en un momento de la letra se detuvo frente a Octavio. Se sentó despacio en su regazo, las piernas a ambos lados, la falda cayendo como una cascada alrededor de los dos. Le miró a los ojos, muy cerca, y susurró:

—No sabes lo feliz que estoy de haberte conocido. Te amo.

Y empezó a besarlo. Besos suaves al principio, como si quisiera saborear cada segundo. Luego más profundos, más urgentes, las manos enredadas en su pelo, en su nuca, en su espalda. Octavio respondió con la misma hambre contenida, las manos subiendo por sus muslos bajo la falda, sintiendo la piel cálida y temblorosa. La cosa fue a más, sin palabras, solo respiraciones entrecortadas y suspiros que se mezclaban con la guitarra que aún sonaba bajito.

Se levantaron sin separarse, tropezando un poco hacia la cama. La ropa cayó al suelo como pétalos. Se tumbaron, se buscaron, se encontraron. Hicieron el amor despacio al principio, explorando cada rincón como si fuera la primera vez, recordando cada caricia del pasado. Luego más intenso, más entregado, hasta que los cuerpos se perdieron en un ritmo que no obedecía a nada más que al deseo mutuo. Se amaron hasta que el cansancio los venció, hasta que el placer los dejó agotados, temblando, abrazados en un nudo de piernas y brazos. Se durmieron así, desnudos, con la sábana apenas cubriéndolos a medias, caras de felicidad absoluta, respiraciones sincronizadas.

A la mañana siguiente —casi mediodía— llegaron las madres con los tapers habituales. Llamaron, no contestaron. Se miraron extrañadas.

—Qué raro —dijo María.

Isabel sacó la llave que les habían dado “por si acaso”.



Abrieron la puerta de la alcoba con cuidado. Allí estaban los dos, acurrucados, desnudos bajo la sábana revuelta, con caras de paz absoluta, como si el mundo se hubiera detenido en esa cama.

María susurró:

—Isabel, mejor será que nos vayamos…

—Sí, sí…

En ese instante, como lo más natural del mundo, Jimena abrió los ojos. Las vio y sonrió sin vergüenza.

—Buenos días, mamás. Se nos han pegado las sábanas.

Se enroscó en la sábana, dejando a Octavio con el edredón, se levantó y fue a cada una de ellas. Les dio un beso en la mejilla.

—No marchéis aún. Voy al baño, visto a Octavio y ahora vuelvo.

Se volvió, las miró y añadió con picardía:

—Es que no se puede bailar flamenco con un público así… después pasa lo que pasa.

María abrió los ojos como platos.

—Niñaaaaa, ¡que te doy un guantazo, eh! Que soy tu madre e Isabel tu suegra. ¡Un poco de respeto!

Desde la alcoba, Octavio soltó un débil pero feliz:

—Oléeeee.

Las madres se miraron, se echaron a reír y salieron al salón a preparar café, murmurando entre dientes: “Estos dos van a acabar con nosotras de un susto”.

Pasaron los días. Octavio mejoraba a ojos vista: caminaba sin ayuda, recuperaba fuerzas, y cada noche —o cada tarde, o cada madrugada— hacían el amor a diario. Era como si quisieran recuperar el tiempo perdido en el hospital, como si cada caricia fuera una promesa de futuro. Jimena se pasaba los días sin pensar en nada más: en él, en ellos, en esa burbuja de Santa Cruz que olía a hogar.

Hasta que un día, ya con un mes y medio en casa, le dio un mareo repentino. Estaba en la cocina preparando café; todo se volvió negro, las piernas le fallaron. Octavio la sostuvo justo a tiempo, la tumbó en el suelo y empezó a darle aire con una revista, preocupado.

Llegaron las madres. Las vieron así: Jimena pálida en el suelo, Octavio arrodillado a su lado.

—Vamos al médico —dijeron al unísono.

Avisaron a los hombres. Dos taxis: uno con Jimena y Octavio al Hospital Virgen del Rocío, el otro con los padres. En urgencias todo fue rápido: la examinaron, analíticas de sangre, ecografía. Llamaron:

—¿Quién es Octavio? Pasa, que quiere verte primero a ti.

Tardaron en salir. Cuando lo hicieron, los dos juntos, con caras serias pero ojos brillantes.

—¿Vamos al chalet los seis? Tenemos que hablar con vosotros.

Los padres intrigados. En el coche de empresa de Antonio —lleno de herramientas de obra— iban los hombres delante; en el taxi, las madres a cada lado y Jimena en medio.

Llegaron al chalet en las afueras. Les dijeron:

—Sentaos.

Los cuatro se sentaron en el sofá. Octavio y Jimena de pie, mirándolos a la cara.



Isabel levantó la voz, enérgica:

—A ver, ¿qué pasa? Tanto misterio.

Octavio respiró hondo.

—Madre, a ver… a todos los presentes: nos vamos a casar.

Todos a la vez:

—Esto ya lo sabemos.

—Si, pero pronto.

Octavio miró a Jimena con una sonrisa.

—Ahora tú, cariño. Suelta la bomba… que a mí me matan.

Jimena tragó saliva, pero sonrió.

—Mamás, papás… vais a ser abuelos. Por eso tanta premura en casarnos. Lo queríamos haber hecho de otra manera más formal… pero ha sido así.

Isabel y María se levantaron de golpe.

—¿Sabéis lo que habéis hecho, par de desgraciados? —dijo Isabel.

María añadió:

—Eso, eso…

Los hombres se miraron desde el rincón, como queriendo decir: “Si se escapa un guantazo aquí, no nos dan”.

Octavio y Jimena con miedo en los ojos.

Pero entonces Isabel y María se echaron a reír, se abrazaron a Jimena y empezaron a darle consejos a la vez:

—Prepárate, que no te vamos a dejar en paz.

—Come bien, nada de mareos.

—Ahora a cuidarte el doble.

Isabel fue a su hijo, le cogió la cara con las dos manos.

—Octavio, ven.

—Dígame, madre.

Le dio un beso en la frente.

—Gracias, hijo. Gracias.

Y todos volvieron a llorar, pero esta vez de alegría desbordante. El chalet se llenó de planes: boda en la Macarena o en el Rocío, nombres de niñas (Rocío o Macarena seguían en la lista), cuna en Santa Cruz, bautizo en la cofradía… Sevilla entera parecía conspirar para que esa familia creciera.

Y en medio de todo, Jimena y Octavio se miraron, se cogieron de la mano y supieron que, después de la pantalla, del encuentro fugaz, del susto en Rota y de las noches en vela, habían encontrado lo que buscaban: un amor que no era efímero, sino eterno.

Estaban ya en el chalet de las afueras de Sevilla, ese lugar amplio con jardín, piscina y porche que se había convertido en el cuartel general de la familia. La habitación que daba a la piscina —la más alejada, la más tranquila— la habían preparado las dos madres con mimo: cama grande recién estrenada, sábanas blancas de algodón egipcio, un crucifijo pequeño en la cabecera y un ramo de flores frescas en la mesita. Todo olía a hogar nuevo.

Cuando llegaron esa tarde con lo justo de ropa del piso de Santa Cruz, hubo besos apresurados en la puerta, “te amo” susurrados al oído, manos que no querían soltarse. Octavio y Jimena entraron en la habitación como si el mundo se quedara fuera. Apenas cerraron la puerta, volvieron a encontrarse: besos largos, caricias suaves, risas contenidas. Se tumbaron en la cama nueva, se desnudaron con calma y se amaron despacio, con la ternura de quien sabe que tiene tiempo por delante. Después se quedaron abrazados, hablando en voz baja de nombres de niñas, de cómo sería la boda, de lo afortunados que eran.

Al día siguiente, hablando en el porche con las madres, surgió la idea.

—Tenemos que avisar a Dolores y Rodrigo —dijo Jimena—. Les prometimos que serían los padrinos. Quiero que vengan mañana, que se lo digamos en persona. Y que los niños vengan también.

María se puso en modo organizador inmediato.

—Pues preparamos una paella grande, de las que sabe hacer Antonio. Eso se le da muy bien.

Isabel sonrió con nostalgia.

—Aún me acuerdo de la que hizo en la hermandad del Rocío. Éramos gente y estaba riquísima.

María añadió:

—Que se traigan bañador para los niños. Al menos alguien aproveche el charco este que está muerto de risa. Hacemos la comida y todo allí fuera, ¿qué os parece?

Isabel asintió.

—Bajo el porche. Es el mejor sitio.

Al día siguiente llegaron Dolores, Rodrigo y los niños. Les mandaron la ubicación por WhatsApp y no tuvieron pérdida. Llegaron a media mañana. Jimena, con la barriguita ya visible pero aún discreta, los recibió con abrazos. Antes de que empezara nada, se los llevó aparte.

—Tenemos que contaros algo… Nos vamos a casar. Y queremos que seáis los testigos.

Dolores le cogió las dos manos, se le llenaron los ojos de lágrimas y empezó a darle besos.

—Ay, mi niña… Claro que sí. Claro que sí.

Rodrigo le dio una palmada cariñosa a Octavio.

—Vas a ir de gala, capitán. Te lo dije.

El día anterior lo habían preparado todo: bebida, una barbacoa por si se echaba la noche, mesas bajo el porche. Los hombres salieron a comprar pan a un obrador cercano que conocían bien. Todos colaboraron en la paella: cortar verduras para el sofrito , remover el arroz, los niños correteando por el jardín persiguiendo mariposas.

Llegó la hora de la comida. Álvaro se levantó con la copa en la mano.

—Ahora estamos todos los implicados. Tenemos que acordar una fecha, un lugar y hablar con el párroco.

Hizo una pausa y miró a los novios.

—Soy sincero: bonito es el Rocío, como decís, pero por logística es un poco inviable. Antonio y yo echando números esta mañana… nos acercamos a los 500 invitados o más. Esto no es una boda, es un evento social. Gente de la Armada, familia y conocidos de Madrid, por nuestra parte. Por la vuestra, Antonio, familia y poco más. Pero tenemos a la gente de cofradía, los del camino del Rocío…

Antonio tomó el relevo.

—Hemos pasado esta mañana camino del obrador por un cortijo que reformé hace tiempo. Hemos hablado con el dueño. Nos monta carpas, mesas, iluminación… todo. Eso sí, una fecha en primavera, que no sea verano que es matador y tú, mi vida —miró a Jimena—, no te puede venir bien ese calor. O la aplazamos y hacemos boda y bautizo juntos.

Hizo una pausa.

—Se lo hemos contado también al padre Damián. Se puso contentísimo. Dijo: «Decidme la fecha que organizo a la gente del coro y una misa con guitarra flamenca y órgano. Tiene una ilusión que no le cabe en el cuerpo». Se lo hemos dicho a vuestras madres y han aceptado. Ahora es cosa vuestra.

Jimena miró a Octavio.

—Papá, es una pasada… pero no dará tiempo, ¿verdad, amor?

Octavio asintió.

—Tienes razón. Trajes de gala, sables en alto, verdad mi coronel. Habrá que invitar algún yankee amigo nuestro, pilotos con sus familias… Creo que aun con todo nos quedamos cortos con quinientos.

Dolores, que estaba acariciando la barriga de Jimena, apuntó:

—Imaginaros que nace el día de Nochebuena. Menudo día. Los turrones en el hospital… me veo comiendo.

Todo el mundo se echó a reír.

Decidieron: 14 de marzo del año siguiente. Antes de Semana Santa, sin Feria, sin Rocío. Perfecto para organizar.

Todo fue reuniones y preparativos. Dolores y Rodrigo colaboraron en todo: listas de invitados, flores, detalles. Octavio recibió el alta definitiva y volvió al cuartel. Los mandos, compañeros y la tropa más allegada le recibieron con aplausos. Cuando no estaba de guardia, subía y bajaba a diario desde Sevilla. La boda se convirtió en un proyecto colectivo.

Llegó el invierno. Ya se habían instalado en el chalet. El coronel e Isabel pasaban más tiempo en Sevilla que en Madrid.

—Se me hace más ameno —decía Álvaro—. Preparar la boda, ir con mi consuegro a visitar obras, ver proyectos en la oficina…

Jimena cada día estaba más pesada. La barriga crecía, las piernas se hinchaban, pero sonreía siempre. Llegó la Navidad.

En la cena de Nochebuena, con la mesa llena de mariscos, pavo, turrones y villancicos de fondo, Jimena rompió aguas. Un charco bajo la silla. Las madres se miraron alarmadas.

—No quisimos saber nada del ginecólogo ya os dijimos

—dijo María—. Ni sexo ni nada…

—Que el bebé estuviera bien ya está.

Isabel añadió:

—¿Y ahora qué ropa le compramos por vuestra cabezonería?

Tú cada día con la barriga más grande… nos pilla el toro seguro.

Se puso de parto en plena Nochebuena. El parto fue largo. Octavio entró con ella al paritorio y no salía. Las madres y los padres esperaban fuera, paseando por los pasillos del Virgen del Rocío, rezando, mirando el reloj. Amaneció un nuevo día.

A media mañana salió Octavio. Traía una sonrisa enorme, los ojos rojos de emoción y cansancio.

Todos a la vez:

—¿Niño o niña?

Octavio, con mucha sorna:

—Niñas. Una para ti y otra para ti. Dos.

Poco más y se desmayan de la impresión.

—¿Una Macarena y una Rocío? —preguntó Isabel con la voz temblorosa.

Octavio asintió.

—Tu hija está agotada, María, pero ilusionada. Me ha dicho que tiene ganas de veros las caras.

Entraron en la habitación. Jimena estaba pálida pero radiante. Las niñas, limpias, envueltas en mantitas, dormían en las cunitas al lado. Todos se pusieron a llorar.

En ese momento entraron Dolores y Rodrigo por la puerta.

—Felicidades. Traía ropa de mis hijos. Se lo he dicho a Rodrigo: cogemos más. Pues he hecho corta. Aprovechadla. Te subiré más.

Se echaron a reír entre lágrimas.

Trajeron a las niñas limpitas y arregladas y las pusieron encima de la madre. Eran preciosas: pelo oscuro, piel suave, caritas redondas y tranquilas.

Entró el padre Damián con su estola y su sonrisa.

—Me viene al pelo. Tengo a las tres juntas.

Les dio un beso en la frente a cada una —a Jimena y a las dos niñas—, les hizo la señal de la cruz. Fue muy bonito y emotivo.

—Tardaré poco —dijo—. Tengo una misa a las doce. Pero volveré. Estas niñas nacen con un don: han nacido la misma noche que nuestro Señor.

Salió con paso ligero. La habitación se llenó de un silencio feliz, de respiraciones suaves, de amor inmenso.

Octavio se sentó al borde de la cama, cogió la mano de Jimena y besó la frente de sus hijas.

—Macarena y Rocío —susurró—. Bienvenidas a casa.

Y Jimena, agotada pero luminosa, respondió:

—Bienvenidos todos a nuestra familia.

Sevilla, esa ciudad de saetas y azahar, había cumplido. El amor que empezó detrás de una pantalla, que sobrevivió a un accidente y a un susto inmenso, ahora se multiplicaba por dos. Y todos los presentes sabían que, pasara lo que pasara, este era solo el principio de una historia muy larga y muy bonita.



Era el 14 de marzo . La primavera andaluza había llegado con esa luz limpia que solo Sevilla sabe regalar: el cielo azul intenso, los naranjos a punto de florecer, el aire tibio que olía a jazmín y a promesas cumplidas. La Basílica de María Santísima de la Esperanza Macarena estaba vestida de gala para la ocasión. Fuera, la Plaza de la Esperanza Macarena bullía de gente: familiares, amigos de la cofradía, devotos que se habían enterado y no quisieron perderse el espectáculo, compañeros de la Armada venidos desde Rota y Madrid, algunos en uniforme de gala, otros ya en traje civil pero con la mirada orgullosa de quien ha compartido misiones y risas.

La misa fue un milagro de fusión. El padre Damián, con su estola bordada y esa sonrisa que parecía llevar el Rocío dentro, ofició una ceremonia mitad rociera, mitad solemne de gala militar. El órgano de la basílica resonaba grave y majestuoso en los momentos litúrgicos, pero cuando entraba la guitarra española —tocada por un maestro de Triana que había sido amigo de la infancia de Jimena— el templo se llenaba de un duende que hacía vibrar las vidrieras. El coro rociero, con sus voces blancas y roncas mezcladas, cantaba saetas suaves y palmas contenidas que se convertían en aplausos respetuosos al final de cada estrofa.

El momento más inesperado y emotivo llegó cuando un piloto estadounidense de la base de Rota —un gran amigo de Octavio, alto, rubio, con acento texano y una voz de barítono profunda— subió al atril. Vestido de uniforme, con el pecho lleno de condecoraciones, interpretó el “Hallelujah” de Leonard Cohen. No fue una versión cualquiera: la cantó con una lentitud casi religiosa, acompañándose solo de la guitarra española que había pedido prestada. Cada “Hallelujah” salía como un rezo, como un agradecimiento por haber sobrevivido, por el amor encontrado, por las niñas que dormían en brazos de sus abuelas en el primer banco. Cuando terminó, el silencio fue absoluto durante unos segundos eternos. Luego estalló un aplauso que retumbó en las naves, lágrimas en muchos ojos, incluido el del coronel Álvaro, que disimulaba secándose con el dorso de la mano.

Después de la comunión llegó el bautizo. Las niñas —Macarena e Isabel Rocío, como habían decidido al final— fueron presentadas al altar envueltas en mantillas blancas bordadas a mano por las abuelas. El agua bendita cayó sobre sus frentes diminutas mientras el padre Damián pronunciaba las palabras con voz temblorosa de emoción. Todo fue silencio respetuoso; solo se oía el leve llanto de una de las pequeñas y el eco de las gotas en la pila. Firmaron los padrinos —Rodrigo y Dolores— con traje de gala al lado del altar: él con sable al cinto, ella con mantilla negra y mantón de Manila. Cuando terminó, el sacerdote sonrió y dijo:

—Estas niñas nacieron la misma noche que nuestro Señor. Hoy renacen en la Iglesia. Que la Virgen de la Macarena y la Blanca Paloma las protejan siempre.

Al salir, el túnel de sables se formó desde el altar hasta la puerta. Oficiales de la Armada, con uniformes impecables y sables en alto, crearon un pasillo de honor. Octavio y Jimena caminaron despacio bajo él, cogidos de la mano, con las niñas en brazos. Afuera, la gente de la cofradía había organizado todo: coches de caballos para los padrinos y testigos, pétalos de rosa y clavel que llovieron desde los balcones y desde las manos de cientos de personas. En la puerta de la basílica, bajo el sol de marzo, Octavio y Jimena se dieron un beso largo, profundo, de esos que cierran un capítulo y abren una vida entera. Luego besaron a las niñas en la frente, se las pasaron a las abuelas —Isabel y María, orgullosas, con lágrimas que no ocultaban— y la multitud empezó a cantar. Primero una saeta improvisada, luego palmas, luego un “Viva la Macarena” que se convirtió en un coro espontáneo. Las abuelas, con las nietas en brazos, rompieron a llorar de felicidad pura mientras la gente les cantaba a ellas y a las pequeñas.

Autobuses esperaban para llevar a todos al cortijo. Los militares de Rota y Madrid —muchos compañeros del coronel, algunos con uniforme, otros ya cambiados— llenaron los asientos. En el cortijo, el dueño había montado carpas blancas enormes, mesas largas bajo olivos centenarios, una zona para damas con guardarropía y espejos, y otra para caballeros donde los que quisieran podían cambiarse a ropa más cómoda. Barra libre, flamenco en directo —cantaor, bailaora, guitarrista y cajón—, discoteca después con luces bajas y música que iba de sevillanas a reggaetón suave. Los niños correteaban, los mayores bailaban, los militares contaban anécdotas de misiones con copas en la mano.

Pero Octavio y Jimena marcharon antes. Las niñas necesitaban dormir. Volvieron al chalet en uno de los coches de caballos que habían quedado libres. Las acostaron en su habitación, con las cunitas juntas, vigiladas por una lamparita de la Virgen. Las abuelas —Isabel y María— se quedaron con ellas, junto a algunas amigas de Sevilla y Madrid que también eran abuelas ya. Todas se sentaron en el porche con infusiones y mantas, hablando bajito, riendo de las ocurrencias de las pequeñas.

Abajo, en la piscina iluminada por luces suaves, los maridos tuvieron su propia fiesta tranquila: copas, cigarros, conversaciones de hombres que habían visto mucho mundo pero que ahora solo querían estar cerca de sus familias. Octavio y Jimena se unieron un rato, descalzos, con los pies en el borde de la piscina, mirando las estrellas.

—¿Te acuerdas de cuando nos vimos por primera vez en la Macarena? —preguntó él.

—Cómo olvidarlo. Llegaste tarde y cabreado porque pensabas que te había dejado plantado.

—Y tú estabas rezando. Pensé: “Esta mujer es de las que no existen”.

Jimena apoyó la cabeza en su hombro.

—Y ahora somos cuatro. Y dentro de unos años, quién sabe…

Octavio la besó en la sien.

—Lo que empezó como una cita sin muchas ganas acabó siendo la historia más bonita que podía imaginarme.

Si algún día vais a la Basílica de la Macarena un domingo por la mañana, mirad hacia el banco del fondo. Puede que veáis a un matrimonio joven con dos niñas pequeñas —una rubita con ojos verdes como los de su madre, otra morenita con la mirada pensativa de su padre—. Ellas llevan mantillas diminutas, él la mano en la cintura de ella, y todos rezan con esa paz que solo tienen quienes han pasado por el fuego y han salido más fuertes.

Porque Sevilla, con su Virgen de la Esperanza y su Blanca Paloma, sabe unir lo que parece imposible. Y a veces, una curiosidad detrás de una pantalla se convierte en un amor para toda la vida… y un poquito más.



Fin

























































Azahar y sables Ernest Pont Salmerón, Febrero  2026



Una curiosidad digital. Una noche en Santa Cruz. Un accidente en Rota que casi lo rompe todo. Y dos niñas que nacen en Nochebuena para recordarnos que los milagros no piden permiso.

Jimena Ruiz baila flamenco como si el mundo le perteneciera y reza con la misma pasión. Octavio Serrano vuela helicópteros sobre el mar y lleva el uniforme con la misma disciplina que usa para amar.

De una app a la Basílica de la Macarena, de un coma a un túnel de sables, de una cita sin expectativas a una familia de cuatro.

Una novela que huele a jazmín, a incienso y a mar. Una historia de amor que Sevilla escribió con letra flamenca y firma militar.

Porque hay amores que empiezan en una pantalla y terminan bendecidos por la Virgen y por dos niñas que llevan sus nombres.

«Lo que fue una cita sin ganas acabó siendo la historia más bonita que podía imaginarme.»




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