Donde por fin fuimos hogar
Prólogo
Hay personas que pasan la vida cumpliendo, sin hacer
ruido.
Trabajan, cuidan, esperan.
No piden nada, no exigen, no
reclaman su turno. Creen —porque así se lo enseñaron— que la
vida es eso: levantarse cada mañana, hacer lo que toca y volver a
acostarse con la conciencia tranquila.
Jorge fue uno de esos hombres.
Creció aprendiendo que el campo no entiende de lamentos, que la tierra devuelve solo lo que se le da, y que el amor, si llega, llega… y si no, se guarda en silencio. Durante años vivió rodeado de cosas sólidas —la casa heredada, el tractor, las fincas, los amigos de siempre—, pero con un hueco que nadie veía y que él mismo aprendió a no nombrar.
Pensó que ya estaba todo escrito.
Que el tiempo de las
ilusiones había pasado.
Que lo suyo era seguir, sin más.
Pero la vida, cuando parece agotada, a veces sorprende.
A veces llega en forma de una conversación sin importancia.
De
una risa compartida.
De una mujer que trae consigo otra manera de
mirar el mundo.
De una familia que no estaba en los planes y que,
sin embargo, encaja como si siempre hubiera estado ahí.
Esta no es una historia de grandes gestas ni de héroes
extraordinarios.
Es la historia de cómo, sin darse cuenta, un
hombre vuelve a sentir.
De cómo una casa cerrada durante años
vuelve a ser hogar.
De cómo el amor, cuando es verdadero, no
entiende de edades, ni de pasados, ni de miedos.
Porque hay vidas que no empiezan al nacer,
sino el día en que
alguien nos mira
y decide quedarse.
El protagonista no busca el amor.
Vive convencido de que ya
pasó su tiempo, de que ciertas cosas —las importantes— solo
ocurren una vez. Ha amado, sí, pero fue un amor que desgastó más
de lo que dio. Desde entonces, se conforma con la calma, con la
rutina bien aprendida, con no esperar nada.
Un día cualquiera, sin anuncio ni épica, se cruza con unos
ojos.
No
hay gestos exagerados ni palabras memorables. Solo una mirada que se
detiene un segundo más de lo correcto. En ese silencio sucede algo
extraño: se reconoce.
No al otro… a sí mismo.
No es deseo inmediato, ni promesa, ni ilusión juvenil.
Es la
sensación serena —casi antigua— de haber sido esperado.
No fue un flechazo, ni un temblor repentino.
Fue más bien una
quietud.
Una pausa inexplicable en medio de un día corriente, cuando sus ojos se encontraron y algo en su interior se movió con una familiaridad desconcertante. No supo qué era, pero lo reconoció. Como se reconocen las casas de la infancia al doblar una esquina, aunque hayan pasado los años.
Había vivido creyendo que el amor, cuando llega, arrasa. Que deja huella, sí, pero también vacío. Por eso aprendió a mantenerse entero, a no entregarse del todo, a no esperar a nadie.
Sin embargo, en aquella mirada no había consumo ni
urgencia.
Había calor.
Un calor tranquilo, como el de una lámpara encendida al anochecer, que no deslumbra pero acompaña. Y por primera vez entendió que quizá el amor verdadero no viene a desnudarte por dentro, sino a devolverte aquello que creías perdido.
Tal vez no se estaban encontrando.
Tal vez llevaban toda la
vida buscándose.
Ya rozaba la cincuentena. Me faltaban apenas unos meses y, para entonces, estaba cansado de desengaños.
En esta vida solo pensé en trabajar. Trabajar para asegurarme un futuro que nunca llegó a parecerme presente. Económicamente no me faltaba nada, pero mi mundo era estrecho, repetido, casi hermético.
Los hombres de mi edad, solteros como yo —y algunos casados—, encontraban distracción en los burdeles, buscando allí una cercanía pagada que duraba lo que duraba el reloj. Yo los acompañé alguna vez, más por inercia que por deseo, y siempre regresé a casa con la sensación de haber estado en un lugar donde el alma no entra.
A veces recordaba mi juventud. Aquella primera novia. Éramos casi unos críos. Cuando volví del servicio militar, ella ya tenía otro amor. No hubo reproches; solo la certeza temprana de que el tiempo no espera a nadie.
Después estuvo Carmen. Fue ella quien volvió a conquistar mi corazón… y quien terminó por romperlo del todo. Años de noviazgo, de planes contenidos, de promesas implícitas. Hasta que un día me dijo que el amor se había acabado, que yo no cumplía sus expectativas. Tenía entonces treinta y tres años.
Siempre creí que cuando el amor llegaba era para siempre.
Pero
no fue así.
Y con los años aprendí a no esperar demasiado de
nadie, ni siquiera de mí mismo.
Aquel día cogí el tractor oscuro, como cada mañana. La nevera llevaba algo fresco; nunca alcohol. La bolsa isotérmica estaba preparada desde la noche anterior. La rutina no deja espacio a la improvisación cuando uno vive solo.
En el pueblo y en la comarca, las mujeres no quieren a un agricultor. Saben que es una vida sacrificada, muchas horas fuera de casa, demasiada soledad. A algunas les pesa eso; otras, en cambio, huelen la cartera desde lejos.
Las extranjeras siempre me dieron desconfianza. Había visto demasiados casos de desamor rápido y ruinas lentas. Historias que empezaban con promesas y acababan con campos vendidos y hombres vacíos.
La rutina seguía. Al volver a casa, la soledad se hacía más espesa. Mis padres ya no estaban y, con los años, cada vez me costaba más cruzar la puerta. Había abandono, lo reconozco. Pero, siendo sincero, la cocina, el baño y mi habitación eran todo mi mundo entre aquellas cuatro paredes.
Un día me encontré con Salvador, el vecino. Le invité a tomar una cerveza en casa. Nos sentamos en la cocina. Saqué un poco de embutido de la nevera y dos cervezas bien frías, de esas que lloran al abrirse.
En un momento dado me miró fijamente y dijo:
—Jorge, ¿no
has pensado en traerte una mujer para echar horas aquí en casa? Te
la tendría limpia, te haría la comida… Tendrías compañía.
Dicen que cada día tienes más mal genio, que estás muy borde.
Hizo una pausa y añadió, casi en voz baja:
—También dicen
que vas al burdel solo a pagar la consumición, que nunca te han
visto entrar a un reservado. ¿Qué te pasa? Hace años que no se te
ve con ninguna mujer.
Le di un trago a la cerveza antes de contestar.
—Nada,
Salvador. Tú me conoces bien. Pagar por sexo ni me va ni me viene.
Lo miré con media sonrisa cansada.
—Y quizá tengas razón.
A ti te la concedo, porque eres buena gente. Pero a ese grupo de
cotillas con pitorro , no.
Llegaron las lluvias y al campo ya era imposible ir.
Tres días
seguidos. Demasiados para alguien acostumbrado a levantarse con la
primera luz.
Decidí ir a hacer la compra, pero no al supermercado del pueblo. Allí me hinchan la cabeza. Preferí ir al de la ciudad, aunque quedara lejos. Me daba igual el trayecto; lo que quería era no hablar con nadie.
Quizá Salvador tuviera razón. Iba vestido, sí, pero sin planchar, sin gusto. Con los años me había acostumbrado a la ropa de trabajo: no hay que cuidarla, no importa si sale manchada de la lavadora; siempre vendrá otra igual. Ya solo me sentía cómodo así.
Fue entonces cuando me los encontré. Salvador y su mujer, Lola.
Lola me miró de arriba abajo sin disimulo.
—Por Dios, Jorge…
pareces un mendigo. Tienes que salir más, comprarte ropa. No sé qué
vas a hacer con el dinero. Ahora no puedes trabajar y aún te dejas
más.
—Pocas ilusiones me quedan ya, Lola —le dije sin ganas.
—Pues por eso mismo —respondió—. Date un gusto. Apúntate a un viaje, pero lejos. Cambia de aires. Vete a Cuba, distráete de una vez.
—Me estás tentando —le contesté, medio en serio.
Salvador intervino:
—Mira, igual me meto donde no debo, pero
lo que te dice Lola es verdad. Y seguro que ella te ayuda a
prepararlo todo.
—Y de paso —añadió ella— te arreglas. Te cortas el pelo y con esa barba o la arreglas o te afeitas. Me da pena verte a veces… pareces un oso.
—Dejad que lo piense —dije—. Igual tenéis razón.
Ese mismo día pasé por delante de una agencia de viajes. Me paré. Miré los carteles. No entré, pero algo se quedó rondándome la cabeza.
El fin de semana decidí subir a Madrid. Despejarme. Comprar ropa. Salir un poco de mi mundo.
No soy ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Con suerte encontraría algo distinto a lo de siempre. Fui al barbero, me dejó más o menos apañado, y aquel día busqué ropa cómoda para el viaje. Hasta me entretuve en planchar.
Entonces llamaron a la puerta.
—¡Jorge, abre! —era Salvador.
—Ahora voy.
Entró y me miró con gesto serio.
—Pero ¿qué desastre
estás haciendo, muchacho? Vas a quemar la ropa. Ya te digo yo que
necesitas a alguien a tu lado.
Sacó el móvil.
—Espera, llamo a Lola, que te arregle este
desaguisado.
No tardó en llegar.
—¿Que estás planchando? Déjame ver…
¿y esto con esto dónde vas, criatura?
—A Madrid, Lola. A comprarme ropa y despejarme. No sé si uno o
más días, pero por algo hay que empezar.
Hice una pausa y
añadí:
—Y se me está ocurriendo una idea… ¿por qué no
venís conmigo y me ayudas a comprar ropa? Os hago caso. Ya he pasado
por el barbero.
—Si me lo hubieras dicho —refunfuñó—, te llevo a mi peluquera. Pablo ya está mayor y no tiene gusto.
—Pues venid conmigo —insistí—. De paso le hacemos kilómetros al coche, que no lo saco de la cochera.
Lola se lo pensó un segundo.
—Mira, los niños no vienen.
Mañana vamos los tres juntos, aquí al lado, y te compras ropa
nueva. Y si quieres, por la tarde venimos a casa, comemos juntos y
salimos hacia Madrid.
Me miró sonriendo.
—¿Qué te parece?
Por primera vez en mucho tiempo, no supe qué contestar…
y
eso, sin saberlo, ya era un comienzo.
Compramos ropa nueva.
—Jorge, vamos a comer —dijo Lola—.
Ponte esto para el viaje.
Sin esperar respuesta, empezó a doblar
el resto de la ropa con cuidado.
—Y todo esto lo voy a meter en
una maleta, bien doblado y sin arrugas. Que tengas una muda decente.
Que los hombres sois muy guarros.
Salvador y yo nos miramos y sonreímos en silencio. Sabíamos que no admitía réplica.
Salí vestido como hacía tiempo que no lo hacía: bien afeitado, arreglado. Lola y Salvador también iban compuestos para el viaje. Parecíamos otra cosa, casi gente con planes.
En la carretera nos encontramos con obras. El tráfico se volvió lento y la tarde empezó a caer. Se hacía tarde para llegar a Madrid.
—Vamos a parar —dijo Lola señalando un hostal—. Si tiene habitaciones, nos quedamos a dormir aquí. El viaje se hace pesado.
—Yo quería llevaros a un hotel, que estuvierais como señores —respondí.
—Hazle caso a Lola —intervino Salvador—. Además, seguro que aquí el coche estará más tranquilo.
Entramos en el hostal. Pedimos si podían darnos de cenar y, si era posible, una habitación. Pregunté también por algún sitio donde dejar el coche, que no quedara a la vista.
La dueña, una mujer mayor, de esas que inspiran confianza nada
más hablar, me pidió los DNI.
—Entren al comedor y escojan
mesa —dijo—. Y usted, acompáñeme, que tengo una cochera donde
antes metíamos los tractores.
Me llevó hasta allí. Aparqué donde me indicó.
—Entre
usted tranquilo —añadió—. Coja las maletas y se las guardo yo.
Luego les enseño las habitaciones. Los DNI ya me los dará después.
Ahora cenen sin prisa. Violeta les tomará nota.
Volví al comedor. Salvador y Lola ya estaban sentados.
—Oye —me dijo Lola en cuanto llegué—, ha sido un acierto
parar aquí. Qué atención, y qué pinta tiene la comida.
Bajó
un poco la voz.
—Es comida casera, de la de toda la vida. Y ha
venido una muchacha mulata, muy agradable y atenta, a tomar nota nada
más llegar. Le he dicho que atendiera antes las otras mesas porque
tú no estabas.
Asentí.
—Le he dicho a la señora lo de las maletas y las
habitaciones —les comenté—, pero primero cenaremos tranquilos.
Nos acomodamos. Afuera la noche caía despacio. Dentro, por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa por terminar el día.
Llegó la muchacha a tomar nota de la cena. Apenas la miré, la
verdad sea dicha.
—Tenemos tres platos de menú —dijo con voz
suave—. ¿Qué desean?
Me giré hacia Lola.
—Pide tú, Lola. Yo soy un desastre para
estas cosas.
—Tranquilo, Jorge —respondió—. Llevas mucho tiempo solo y es normal. Y tampoco se trata de atiborrarse.
Levantó la vista hacia la chica.
—Mira, niña: tres sopas,
un poco de pollo a la brasa, vino de la casa y gaseosa.
—Perfecto, señora. Se lo traigo enseguida. Y gracias por lo de “niña”.
Volvió con la sopera y tres platos.
—Les dejo esto aquí
para que se sirvan al gusto.
A Lola aquello le encantó.
—¿Ves, Jorge? Esto sí es un
detalle que se está perdiendo. Anda, trae el plato.
Cenamos sin prisas. Luego el segundo, y finalmente unos postres sencillos, pero bien hechos.
Al terminar, la muchacha se acercó.
—Si me dan un poco de
tiempo, por favor, acabo el comedor y les enseño las habitaciones.
Al rato volvió. Pasamos por recepción y cogimos las maletas. Ella iba delante. Fue entonces cuando me fijé: tenía un andar precioso… y un trasero que quitaba el hipo.
Lola lo notó. Guiñó un ojo a Salvador y dijo en voz
baja:
—¿Ves, Jorge? Mereció la pena parar aquí.
La muchacha se giró para indicarnos el pasillo. Entonces le vi la cara con calma. Era preciosa. Educada. Pensé, no sin prejuicio, que sería raro que alguien así no hubiera acabado en algún burdel de carretera.
—¿Van de entierro a la capital? —preguntó con naturalidad—. La gente de su edad, así de arreglada, suele parar aquí para eso.
—¡No, mujer! —saltó Lola—. Venimos de compras. Este campeón se ha quedado sin ropa. Y la que tiene, mejor que la guarde para subirse al tractor. Es nuestro vecino, muy buen hombre.
—Pues a pocos kilómetros de aquí han abierto un outlet —dijo ella—. Está bien de precio y la ropa es modernita. A usted le va a gustar, señora. Yo siempre salgo con algo, aunque vaya solo a mirar.
Nos reímos los tres.
—¿Está muy lejos? —pregunté—. Igual nos quedamos aquí y salimos desde aquí de compras y a la capital.
Se miraron entre ellos.
—Pues no es mala idea —dijo Lola—.
Es tranquilo como el pueblo y estamos cerca de todo.
—Ahora vean las habitaciones —añadió la muchacha.
—Con baño y todo —dije—. Qué lujo.
—Mi nombre es Violeta —nos dijo—. Si necesitan algo, díganmelo. Aún me queda media hora de turno.
Dormimos cada uno en su habitación. Aquella noche, no sé si por el cansancio o por estar en otro sitio, dormí como un lirón. Tanto, que por la mañana Salvador tuvo que llamar a la puerta.
—¿Jorge, estás bien?
—Sí, ahora me levanto.
Me duché rápido. Bajé con el pelo mojado. El comedor ya estaba casi recogido. Lola y Salvador me esperaban.
—Nosotros ya hemos desayunado —dijo Lola—. ¿Qué te ha pasado, chiquillo?
—En casa no duermo —respondí—. Aquí he dormido del tirón. Si no llega a ser por Salvador, sigo en la cama.
En ese momento apareció Violeta.
—¿Va a desayunar? Le he
guardado unos dulces. ¿Un café con leche?
—Sí, por favor.
Me trajo más dulces de los que podía comer.
—¿Dónde vas
con tanto?
—Si no los quiere, compártalos —dijo—. Es para no tirarlos.
Desayunamos entre los tres.
Hablé con la señora de recepción.
—Quizá no volvamos a
comer. Vamos de compras. ¿Le abono algo ahora?
—No hace falta. Ya cuando se marchen.
Violeta apareció vestida de calle. Estaba preciosa.
—Isabel,
voy hasta el centro comercial. Volveré en el primer autobús.
—Tómate el día libre, hija —le dijo la mujer.
—¿Dónde vas? —le dije yo—. Es una tontería pagar autobús. Te acercamos nosotros. Y así nos indicas dónde está el outlet.
—Yo voy allí —respondió—. Es muy grande, hay de todo. Si no es molestia, me voy con ustedes.
—Mejor —dijo Lola—. Así no voy sola detrás y tengo con quién hablar.
Se sentaron las dos atrás. Empezó el viaje.
Lola no tardó en preguntar:
—Violeta, ¿cuánto tiempo
llevas aquí?
—Casi tres años. Los mismos que llevo con la señora Isabel. Un compatriota camionero me consiguió el trabajo. Allí las cosas están muy mal.
—¿Y qué hacías allí?
—Era enfermera en el hospital de La Habana —dijo sacando el móvil—. Esta soy yo. Mucha gente cree que si eres de allí te ganas la vida de jinetera.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Prostituta —respondió con calma—. Yo estaba casada. Me
divorcié. No tuve hijos, por suerte. Tenía treinta y seis años
cuando vine con visado de turista… y me quedé.
Hizo una
pausa.
—Ahora, con casi cuarenta, quiero quedarme aquí. Allí
no hay futuro. Aquí hay libertad. Y eso es muy bonito.
—Pues te vienes con nosotros a comprarle ropa a este cabezón —dijo Lola—. ¿Verdad, Jorge?
—Sí —respondí—. Me está gustando escucharos.
—¿Son familia? —preguntó Violeta.
—No, hija —dijo Lola—. Vecinos de toda la vida. Jorge se quedó solo, no sale del campo, y se estaba dejando. El otro día le hice romper la baraja.
—Yo había quedado con una amiga —dijo Violeta—, pero no puede venir. Si me aceptan, me quedo con ustedes.
—Mejor —respondió Lola—. Así nos enseñas todo.
—¿Este coche es tuyo? —preguntó Violeta—. Es muy cómodo.
—Un capricho —dije.
—Para tenerlo en el garaje y limpiarlo más que la casa —remató Lola.
Nos reímos todos.
—Aparca allí —me dijo Violeta—. Hay seguridad cerca y aquí no hay robos. En el subterráneo roban más. No está justo al lado, pero damos un paseo.
—Cógeme del brazo —añadió en voz baja—. Que estos van a pasar por la zona de herramientas y, si te fijas, se les van los ojos.
Lola y ella se echaron a reír.
—¿De qué os reís las dos? —preguntó Salvador.
—Tú a lo tuyo —le respondió Lola—, que te vas a perder las palas y los picos.
—Es allí —dije yo al ver el conjunto de tiendas—. Es enorme.
—Ya verás —respondió Violeta—. Hay de todo: desde ropa interior hasta trajes de las grandes marcas.
Entramos. Yo no sabía dónde mirar.
—Has visto qué chaqueta más guapa —dijo Lola.
Violeta me puso la mano en el brazo.
—Tú mira primero,
Jorge. Y vosotros igual. Si no, acabáis comprando compulsivamente.
Primero mirar, luego comprar.
—Un momento —interrumpió Lola—. Trajes de hombre. Tenemos
una boda el mes que viene.
Miró a Violeta.
—¿Sabes algo?
—Claro —respondió—. Acérquense, pruébenselos sin prisa. Hay tiempo.
—Ven —le dijo Lola a Salvador, tirando de él de la mano—. Que te vista yo. Camisa blanca primero, y luego vemos trajes.
Me quedé con Violeta mirando escaparates.
—¿Tú no vas a la boda? —me preguntó.
—Yo soy el raro del pueblo —respondí—. Me tienen harto. Si
no fuera por ellos dos, no hablaría con nadie. Todo son
críticas.
Hice una pausa.
—No me gusta el puticlub, nunca me
he acostado con ninguna chica, y por eso ahora dicen que soy gay. Yo
hago campo, casa y una cerveza con chorizo con Salvador. Esta es mi
vida.
—¿No te gusta el pueblo? —preguntó.
—Sí… y no. Me he criado allí. Las tierras están allí. Todo gira en torno a eso: campo o casa. Y cuando sales, siempre lo mismo.
—No creas que la mía es mejor —dijo ella—. Trabajo y vivo allí. Se portan muy bien conmigo, de verdad, pero en mis horas libres… en la habitación… se me hunde el mundo. Eso solo lo entiende quien lo sufre.
—Eso lo dirás tú —le respondí—. Yo tengo una casa grande para mí solo. Cocina con chimenea, la habitación de mis padres al lado, el baño junto a la mía. Cuatro paredes. O eso, o el tractor y el campo. Allí al menos no pienso.
Lola gritó desde lejos:
—¡Violeta, ven un momento!
—Dígame, Lola.
—¿Qué opinas? ¿Le quedaría bien esto a Jorge?
—Con aquello de allí estaría guapo y todo —dijo Violeta.
—¡Jorge! —ordenó Lola—. Ya lo has oído. Al probador.
Así se nos fue la mañana. Compramos, probamos, reímos. Comimos allí mismo y casi llenamos el maletero de ropa.
Me di cuenta de que Violeta no había comprado nada.
—¿No te
llevas nada?
—No.
—Pues ya estás eligiendo algo —le dije—, o te compro ese paraguas tan horrible.
—Aprovéchate —dijo Lola—. Este se gasta menos que un
comunista en catecismos, pero hoy está eufórico. Y hacía años que
no lo veía así.
La miró seria.
—Coge dos o tres vestidos.
Los que quieras. Nos estás haciendo felices a los tres.
Violeta entró al probador. Salió con un vestido que realzaba el color de su piel, sencillo y elegante.
—¿Cómo me ven?
—Preciosa —dijimos los tres a la vez.
—Guapísima —añadió Lola—. Salvador, trae una fregona, que a Jorge se le cae la baba.
Las risas llenaron la tienda.
—Este me gusta —dijo Violeta—. El otro ya caerá otro día.
Cogí los dos vestidos y fui a caja.
—Ya está. Y si vuelves,
será otro día.
—Gracias —dijo ella, bajando la voz.
—No se las merece —añadió con una sonrisa tímida.
Yo no supe qué contestar.
Pero supe, sin decirlo, que algo
había cambiado.
Salimos hacia el hostal. Lola quería ver a Salvador con la ropa nueva y le preguntó a Violeta:
—¿No tendrás alfileres? Así le recojo los bajos del pantalón y dejo el trabajo hecho.
—Un momento, Lola —respondió—. Aquí tienes.
Desde la recepción, Isabel se reía.
—En un día te los has
ganado, bribona.
—¿Quieres tomar algo? —le dije a Violeta—. Te invito.
—No sé… bueno, una tónica.
—Ahora vuelvo.
Traje la tónica para ella y una cerveza para mí. Nos sentamos un poco apartados.
—¿Has visto qué bonito está el cielo, Jorge?
—Sí. Estas tonalidades me gustan mucho.
—¿Has visto alguna vez un ocaso en el mar?
—No… ¿qué es eso?
—Cuando el sol se va metiendo en el mar poco a poco —explicó—. El cielo se vuelve rojo, luego más oscuro, y parece que el mar se lo traga. En Cádiz es precioso. Me recuerda a La Habana. Estuve allí unos días hace tiempo. Bajé en autobús y no hacía más que mirar por la ventana, viendo paisajes distintos.
—Yo vivo en Jaén, en un pueblo rodeado de olivos.
—Parecen un tablero de ajedrez —dijo sonriendo.
Hubo una pausa.
—¿Cuándo vais a marchar? —preguntó.
—No lo sé. Prisa no tengo. Y menos ahora. Estoy muy a gusto aquí… hablando contigo.
El silencio se quedó entre nosotros un buen rato.
—A veces el silencio es bonito, ¿verdad? —dije—. Y más cuando estás acompañado. Tiene su magia. Parece que se digan cosas sin hablar.
—Tienes razón —respondió—. Pero eres muy mayor, Jorge.
—Tengo cincuenta años, Violeta. Ya soy un viejo.
—Para nada. Lo que pasa es que te has dejado. Y eso envejece antes. ¿Por qué no te has casado? No se te ve mala gente.
—Mujeres casaderas había pocas —respondí—. Las que
quedaban no querían campo o iban a por las tierras. Además, cuidé
de mis padres y del campo hasta hace unos años. Prioricé eso.
Hice
una pausa.
—Los años que estuve interno en Córdoba estudiando
fui feliz. Y ahora… no estoy amargado ni decepcionado de la vida. Y
tú transmites paz. Mucha paz.
En ese momento apareció Lola:
—Ojo, que este te lleva a
trabajar a los olivos.
—Lola, una cerveza —dijo Violeta.
—Gracias, Salvador —respondió ella cuando se la trajo—. Venga, Jorge, vamos a echarla.
Lola me miró con intención.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Dime, cielo.
—¿Es verdad lo que cuenta Jorge?
—Sí —respondió Lola—. Con sus puntos y sus comas. Hoy, gracias a ti, está pletórico, como cuando era joven.
—Dice que tiene cincuenta años y habla como un viejo —continuó—. Se ha encerrado en su mundo, y no había quien lo sacara. Pero tú le has devuelto el brillo a los ojos.
Miró a Violeta con picardía.
—¿Quieres hacerle feliz? Dime
que te dé su número y mándale algo. Lo que sea. Una foto de Cuba,
un atardecer en el mar… justo de lo que hablabais.
—Jorge, ¿tienes móvil? —preguntó Violeta.
—Sí.
—Dame tu número, que te mando eso de lo que hemos hablado.
—Me gustaría.
—Mira, Violeta —intervino Lola—, se compró este pedazo de coche y solo va del pueblo al de al lado. Mírale los kilómetros. Y le hice cortar el pelo porque parecía un oso.
—Este es mi número —dije—. Como nadie me lo pide, no me lo sé de memoria. Cópialo.
—A ver, trae —dijo ella—. Voy a hacer una cosa: te guardo el
mío.
Sonrió.
—Jorge, hijo, este móvil es de los
Picapiedra.
—¿Por qué lo dices?
—Ven, mira el mío.
Lola se levantó.
—Os dejo a los dos. Me voy con Salvador y
así le enseñas a este zoquete.
—¿Ves, Jorge? —dijo Violeta—. Esto es WhatsApp. Sirve para comunicarte con la gente.
—He oído hablar de eso… pero para mí es mucho.
—Cuando quieras te enseño —respondió—. Eso sí, tendrás que comprarte uno mejor. El mío ya es viejo, pero me sirve.
Guardó su número.
—Ya está. Cuando yo te llame, te saldrá
mi nombre en la pantalla. Así no tendrás excusa para no contestar.
—Gracias —le dije—. Eso has hecho por mí.
—Y ahora te dejo —añadió—, que voy a ayudar en la cocina.
Se levantó y se fue despacio.
Yo me quedé allí, con el móvil en la mano, mirando cómo se
alejaba…
y entendí que, sin darme cuenta, algo había empezado.
Nos sentamos a cenar en el comedor. Violeta se había cambiado de ropa y era ella quien servía las cenas. Nosotros comimos sin prisa, como se hacía antes, saboreando el momento.
—¿Cuándo marcháis a Jaén? —preguntó Violeta mirando a Lola.
—Como mucho pasado mañana —respondió ella—, aunque si es mañana, mejor.
—Tienes razón —dije yo—. Mañana, después de comer, marcharemos.
A la mañana siguiente llegó la hora de partir. Violeta vino a despedirse de nosotros.
—Si no te importa, Jorge, te llamaré para saber si habéis llegado bien.
—Gracias. Y me debes una lección de móvil —le dije sonriendo—. ¿Sabes una cosa? Si me esperas, volveré con uno nuevo, de esos que dices tú.
A Lola se le empañaron los ojos.
Violeta se acercó y le dio un beso.
—Cuídate, Lola. Y cuídame a este, que vale un imperio.
—En casa de este no —respondió Lola con una sonrisa triste—, que es una leonera. Pero en la mía tienes tu casa.
Llamé a Violeta para decirle que habíamos llegado bien.
—Ya lo sabía —me respondió—. Me lo dijo Lola por WhatsApp. Y no quiero saber que vuelves a tener mal genio o que estés triste, que voy y te tiro de las orejas.
Aquella misma tarde decidí que tenía que arreglar la casa. Ya era hora de darle un meneíto. Se lo comenté a Lola, y ella, como siempre, sentenció:
—Te vendría bien ayuda femenina para las reformas. Los hombres no tenéis gusto para muchas cosas de la casa.
Luego lo supe todo. La muy condenada se wasapeaba con Violeta a diario. Se contaban sus cosas, se tenían al corriente de todo… y encima me caía la bronca a mí.
—Hoy te has pasado.
—A ver si te va a pasar algo con el
tractor.
—Afeítate, que pareces un preso.
—Ve con Lola a
la peluquería y que te quiten esos pelos.
Yo no caía. No le daba importancia.
Un día fui a ver a Lola y se lo solté:
—Lola, esta chica es bruja. Sabe demasiadas cosas de mí y no sé cómo.
—Ven a casa, zoquete —me dijo—, y verás por qué sabe tanto.
Al principio solo nos mandábamos mensajes, hasta que un día hicimos una videollamada. Desde entonces hablamos casi a diario, a esta hora que ella tiene libre, desde su habitación. Espera, que la llamo y la ves.
—¡Violeta, cielo!
—Hola, Lola. ¿Cómo estás hoy? ¿Ya fuiste a comprar con Salvador?
—Sí, mira qué bicho tengo aquí al lado.
Yo no me lo podía creer. Allí estaba.
—Violeta, estás guapísima —atiné a decir.
—Esto, Jorge, es el móvil —me respondió riéndose—. Aquí sales más bello. Y afeítate, que te lo dije ayer y no lo has hecho.
—A ver si un día me enseñas cómo va y me compro uno como el vuestro.
—El mío no es gran cosa, pero para esto sirve.
Me dio un beso a través de la pantalla y me pasó con Lola.
—Dice que vas a hacer obras en casa —me dijo—. Si viene, entre las dos te asesoramos. ¿Te parece bien o no, Jorge?
—¿De verdad haríais eso por mí?
—Claro que sí, tontorrón —dijo Violeta—. ¿Verdad, Lola?
Las dejé solas. Por lo visto, hablaban una hora cada día. Se daban compañía, se contaban cómo les había ido la jornada, sus cosas… Yo me fui al campo, como siempre.
A la mañana siguiente, Violeta llegó en autobús. Salvador y Lola fueron a recogerla. Lola la paseó por todo el pueblo, cogida del brazo, como si fueran amigas de toda la vida. Dice que las miraban, pero que no dio explicaciones a nadie.
—¿Ves ese tractor que llega? —le dijo Lola—. Ese es Jorge. Ahora va a repostar y se viene para casa. Allí lo esperamos y verás la sorpresa que le vamos a dar.
En la cooperativa, mientras llenaba el depósito, me soltaron:
—Oye, tu vecina Lola iba con una pedazo de mulata cogida del brazo. Dice que es enfermera.
Me dio un vuelco el corazón.
“Serán brujas las dos”, pensé. “Malditas mujeres, cómo me tienen engañado”.
El surtidor parecía no tener prisa. Yo sí.
Metí el tractor en la nave y pensé que lo primero sería afeitarme, que seguro me caía bronca. Al llegar a casa, allí estaban, sentadas en la puerta.
—¿Estas son horas de llegar? —dijeron las dos a la vez.
No me salían las palabras.
—¿Estás aquí…? —logré decir, con los ojos empañados.
—Sí. Me voy a quedar unos días —respondió—. Lola te lo explicará luego. Quería darte una sorpresa.
—Espera, que ahora vengo —dije.
—¿Dónde irá este ahora? —preguntó Lola.
—¿Tú sabes
algo, Salvador?
—No.
—¿Entonces por qué el otro día os
marchasteis los dos y no me dijisteis dónde fuisteis?
—Al
recambio —respondió—. Se lo dije, pero no quería ir solo.
Volví con tres cajas.
—Mirad. Uno para mí, otro para ti, Lola, y otro para ti, Violeta. Son iguales. Me dijeron que es lo último en tecnología. Pero me tenéis que enseñar a usarlo.
—Pero eso te habrá costado un dineral —dijo Lola.
—Y tú
lo sabías, Salvador…
Violeta se acercó, me dio un beso y susurró:
—No puedo aceptar esto.
—Sí puedes —le dije—. Por eso he cogido más trabajo. Para darme caprichos yo… y vosotras.
—Voy a ducharme, a afeitarme y luego salimos a cenar los cuatro.
—La cena está hecha aquí —dijo Lola—. Violeta lleva un madrugón de aúpa y el viaje en el cuerpo. De la mesa a la cama.
—¿Vas a estar muchos días? —le pregunté.
—Unos cuantos. Luego te lo explico —dijo—. Lola y yo ya lo hemos hablado.
Nos sentamos a cenar. Yo no cabía en la camisa de lo feliz que me hacía verla allí.
Estábamos cenando y volví a preguntarle:
—¿Vas a estar muchos días?
—Sí… —dijo, y miró a Lola—. Le he contado mi problema.
Suspiró hondo antes de seguir.
—No puedo seguir trabajando en el hostal. No me renuevan el
permiso de trabajo. Tendrían que hacerme fija, y Isabel dice que no
puede. Fui a la embajada de Cuba, en Madrid, y todo son trabas. Sé
por dónde vienen los tiros… Mi exmarido es comisario político
allí, en la isla, y se ha propuesto hacerme la vida imposible.
Quiere que vuelva, cueste lo que cueste.
Yo me quiero quedar aquí.
Y ahora más que nunca… He pasado de no tener a nadie a tener una
familia. Una familia que conocí hace poco y que me lo ha dado todo
sin pedir nada.
Rompió a llorar.
Lola se levantó y la abrazó sin decir palabra, como se abrazan las mujeres cuando ya no hacen falta explicaciones.
—Mira —dijo al cabo—, tú no querías meterte en obras… pues ya tienes aquí a la controladora de los albañiles. Mañana empiezo.
Violeta intentó sonreír entre lágrimas.
—Tú tranquila, hija —añadió Lola—. Aquí ya te dije que puedes estar en paz.
La noche fue alegre, tranquila. Ellas dos llevaban la voz cantante; Salvador y yo escuchábamos. Yo no hablaba mucho, no hacía falta. Me bastaba con mirar.
—Mañana me voy temprano a trabajar —dije al levantarme—. Haré lo posible por volver pronto. Salvador sabe dónde voy a pasar el arado; es una parcela grande y está algo lejos, pero con más motivo quiero acabarla en un día.
Saqué la llave y la dejé sobre la mesa.
—Os dejo la llave de casa. El domingo me pasé limpiando todo el día. Tenías razón, Lola. Así miráis todo lo que se puede hacer… todo. Cocina, baños, habitaciones. Vosotras mismas. Luego llamo al contratista y decidimos qué os parece.
A la mañana siguiente salí al alba. Llevaba comida, agua y ganas de empezar pronto.
Ellas se quedaron mirando la casa, midiendo, imaginando, decidiendo.
Yo trabajé con más brío que nunca. Ni siquiera paré a comer como otras veces. Aquella felicidad no me la podía perder. Llegué mucho antes de lo que esperaba.
No era solo por el campo.
Era porque, por primera vez en muchos
años, tenía prisa por volver a casa.
Llegué pronto. Las dos estaban sentadas en la puerta.
—Este hoy no ha comido —dijo Lola nada más verme—, seguro.
—No seáis tan controladoras —respondí—. Me voy a duchar, afeitarme y ahora vuelvo.
Llevaba un corte en la mano, mal apañado con un pañuelo sucio.
Se dieron cuenta al instante.
Violeta me miró a los ojos, seria.
—¿Eso qué es?
—¿El qué? —dije, haciéndome el tonto.
—La mano. Y ese pañuelo… Lola, ¿tienes algo para curar a este?
—Sí, un botiquín que me dio este de la mutua —dijo ella—. Dice que no lo quiere llevar en el tractor.
—Dúchate, límpiate bien… y la herida más —ordenó Violeta—. Que ahora te curo yo.
Me gustaba su acento cubano. Y más todavía cómo me mandaba.
Volví a casa de Lola limpio, afeitado y con un pañuelo limpio. Extendí la mano.
—Trae —dijo—, mi amor.
Se me escapó una lágrima.
Lola, por detrás, me dio un
golpecito.
—Tonto.
Violeta se movía con una seguridad que imponía respeto. Profesional, cuidadosa. Me curó despacio.
—Hoy sí salimos a cenar —dije—. ¿Verdad, Violeta?
—Sí… pero es pronto aún. ¿Por qué no salimos a pasear tú y yo solos?
Lola me guiñó un ojo. Ya tenía algo preparado, como siempre.
Salimos a pasear y me cogió de la mano.
Nos cruzamos con las chismosas del pueblo. Las oímos perfectamente:
—¿No es el hijo de la Emilia?
—¿Qué pensaría la mujer
viéndolo con esa negra desteñida?
—Pues yo la he visto del
brazo de Lola… qué callado lo tenían.
Violeta les dio las buenas noches con educación.
Yo las miré
como si fuera a morder.
Seguimos caminando.
—Tú, Jorge, tendrás familia aquí, ¿verdad?
—Sí. Unos primos. Fui hijo único. ¿Ves aquel que va en bicicleta? Es mi primo Manuel, trabaja en el banco. Ya los irás conociendo.
Me detuve un momento.
—Quiero que te quedes conmigo. Sé que pensarás que voy deprisa… pero quiero hacerte la mujer más feliz del mundo, como yo lo soy ahora.
—Lo sé, mi amor —dijo—. Lo sé. Pero ¿no te da miedo no saber casi nada de mí y dármelo todo?
—Si fueras mala, no me estarías aguantando. Ni tendrías el cariño que tienes por Lola. No puedes tener maldad.
—¿Y tú sabes que yo no tengo familia aquí? —me dijo—. La
que me queda está en La Habana: mi madre y mis dos hermanas
pequeñas, Yarisleidis y Celia. Tienen doce y diez años.
Mi madre
me tuvo con doce… imagínate. Me crió mi abuela. Mis hermanos
están fuera desde hace años. Si mi abuela muere, se quedan solas.
Mi padre… un golfo. Mi madre, una inconsciente.
La miré y lo dije sin pensarlo:
—Pues arreglamos la casa, les hacemos dos habitaciones y nos las traemos. ¿Qué te parece? Tan difícil no puede ser.
Se paró.
—¿Tú harías eso por mí?
—Claro. Si te quedas a vivir conmigo y eres feliz, yo lo seré.
Creamos un hogar. Una familia.
Y además, Lola se distraerá…
Los hijos ya no vienen. Uno al Levante, otro a Cataluña. Excusas.
Salvador se entristece cuando habla de eso. Lola lo disimula, pero lo
sé.
—No es verdad… —susurró—. Tiene fotos por toda la casa.
—Precisamente.
—Ya se lo he contado a Lola —dijo—. Hablamos de todo. Me dice que le encanta mi acento cubano, mi amor. La quiero mucho. Hace poco que os conozco y solo me habéis dado amor.
—Vamos, que se nos hace tarde —dije—. Aquellos dos ya estarán diciendo que no venimos.
Al llegar, allí estaban Lola y Salvador.
Violeta fue directa a Lola y le dio dos besos, como si llevaran meses sin verse. Salvador tampoco se quedó corto.
—Como te funcione con esta niña —dijo Lola—, y sé que va a funcionar, prepárate. Es besucona. Beso va, beso viene todo el día.
—Mañana prepárate —añadí yo, con voz cómica—. Los cuervos de la esquina ya nos han visto de la mano.
—Mañana se lo preguntamos a Lola dijeron a ellas.
Lola salió a comprar el pan.
No había dado diez pasos cuando
fueron a por ella.
—Oye, Lola… ¿quién es esa mulata que va contigo?
—¿Sabes? —añadió otra—. El hijo de la Emilia la llevaba de la mano ayer.
—Igual la ha comprado por internet…
—O la ha sacado de
uno de esos sitios.
Lola no pudo más.
Se volvió hecha una fiera.
—Mirad, de esta Jorge me mata, pero me da igual. Estáis podridas por dentro. Luego decís que Jorge es borde… y yo lo entiendo perfectamente.
Se hizo un silencio incómodo.
—Lo vais a saber todo, y podría deciros una burrada, pero no me
hace falta.
La primera que conoció a Violeta fui yo, con mi
Salvador, en uno de esos viajes que hacemos juntos.
Las miró una a una.
—Cuando la vi me dio algo aquí dentro —se llevó la mano al
pecho—, algo que no sabría explicar. Nos sirvió la cena, todo
eran atenciones, quería que estuviéramos a gusto.
Al día
siguiente la vimos esperando el autobús. Le preguntamos qué hacía
allí y nos lo dijo. Y Jorge, sin pensarlo, le soltó:
“¿Pero qué tontería es pagar, si puedes venir con nosotros?”.
—Nos sentamos las dos detrás. Y el último día intercambiamos
los teléfonos. Desde entonces tenemos una amistad preciosa. Es
cariñosa, atenta, dulce.
A Salvador le tiene el corazón robado…
y de Jorge, ¿qué os voy a decir?
Se le humedecieron un poco los ojos, pero siguió.
—Ayer llegó con un corte en la mano, mal curado, con un pañuelo
sucio. Le dio una bronca que no veáis y se la curó como una
profesional. Era enfermera en La Habana.
A mi marido le dolía el
hombro… no sé qué le hizo, se oyó un “crac” y ahora está
mejor. Tiene unas manos de santo.
—Y, sí me lleva del brazo me da besos. Y me encanta su acento
cubano.
Antes éramos tres en aquel rincón… y como dice mi
Jorge, ahora ya somos más.
Enderezó la espalda.
—Lo está cambiando. Y para mejor.
Antes Jorge, para darme un
beso, rara vez. Ahora, como ella: beso va, beso viene.
Salvador
está feliz de ver a su amigo así.
Y ahora lo que estáis
deseando hacer —miró con desprecio— es ir y joder la marrana.
—Pues ya os lo he dicho todo.
Buenos días.
En ese momento apareció Violeta.
—Buenos días, señoras —dijo sonriendo—. Mira, Lola, mi amor, lo que he comprado.
—Agárrame del brazo y vámonos —respondió Lola.
—Espera… —y alzando la voz añadió— ¿No te dejas nada, amor?
—Es la emoción, perdona —dijo Violeta.
Y le estampó un beso sonoro.
Lola, por detrás, hizo un gesto claro: joderos, envidiosas.
—¿Crees que esto les va a gustar a los hombres de la casa? —preguntó Violeta.
—Cómo sabes ganártelos…
—Vamos —dijo ella—, que tenemos trabajo esta mañana.
—Lola, estás rara —comentó Violeta—. ¿Qué te ha pasado?
—Nada, hija. Solo había que poner a cada uno en su sitio.
Son
malas… unas víboras.
Se detuvo, la miró con cariño y le acomodó un mechón de pelo.
—Y tú, mi amor, no dejes de ser como eres. Dulce, bonita
cubana.
Y cuando salgas, siempre con la cabeza alta.
Que eres
una señora.
Llegué de trabajar un poco más tarde. Tenía que revisar el
tractor.
Al ver mi tardanza, me giré… y allí estaban las dos,
cogidas del brazo, felices la una con la otra.
Salvador tiene llaves de la nave; es como su segunda casa. Allí hemos pasado muchas horas juntos. La leña para el invierno la tenemos en el patio de atrás.
—Frío no vamos a pasar —dice siempre.
—¿Que no tenéis casa? —soltó Lola con voz autoritaria—.
Y
tú, deja de ser la dulce cubanita y aprende a ser una broncas.
—¡Qué genio! —se le escapó a Salvador.
Yo estaba debajo del tractor. Salí lleno de polvo.
—¡Dios mío, cómo te has puesto! —dijo Violeta.
Me acerqué: a Violeta, un beso; a Lola, dos.
—Venga, cochino —me dijo—, sácate el buzo y vámonos para
casa.
Tienes que hacer mudanza: esta santa ha sacado medio armario
y te ha tirado el otro medio de ropa.
—Ya está bien… ahora vamos. ¿Pero por qué?
—Mañana empiezan los albañiles. Ya te diremos lo que vamos a
hacer.
Los muebles son de tus padres… ¿los quieres conservar?
— No son viejos. Me traen muchos recuerdos… y muchas noches en
vela.
Por eso no entro ni quiero entrar en aquella habitación.
Cerramos la nave. Violeta me cogió del brazo; Lola, a
Salvador.
Camino a casa me iban explicando una y otra vez cómo
podían hacerse los cambios: la cochera de abajo convertida en baños
nuevos, más habitaciones, una gran cocina con balcón.
Se las veía ilusionadas a las dos.
Me giré y le dije a Salvador:
—Qué par de marujas más bonitas tenemos, ¿verdad?
—Jorge —dijo Lola—, esto te va a salir muy caro. ¿Estás
seguro?
¿No te saldría mejor comprarte algo nuevo en la zona
nueva del pueblo?
Violeta me miró.
—Mira, Lola… alejarme de vosotros no, ni por todo el oro del mundo.
Violeta me dio un morreo.
—Te quiero, mi vida.
Luego se giró y les dio un beso a cada uno.
—Venga —dijo Lola—, ahora tú te vienes con él. Yo preparo
la cena.
Que Jorge hoy duerme contigo.
—¿Dormir con quién? —pregunté—. ¿Yo sabré dormir
acompañado?
Siempre he dormido solo.
Se rieron los tres.
—Yo te enseñaré, mi amor —dijo Violeta—.
Pero nada de
sexo: sería una falta de respeto hacia ellos.
—Cómo te quiero, mi vida…
Llegamos a casa. Le enseñé todo.
—Mira, en este hueco tengo dinero. Vamos a sacarlo.
Coge esta
maleta. Metemos ropa y escondes el dinero con ella.
—Jorge, estás loco… ¿tanto dinero así?
—Solo lo sabía yo. Ahora tú también.
Cuando necesites
algo, aquí tienes el cajero automático.
Me pagan en efectivo
muchos trabajos; llevo años ahorrando.
Y ahora tengo con quién
gastarlo.
La miré serio.
—No digas nada a nadie. Ni a ellos. Esto es nuestro secreto.
—Lola ya lo ha dicho alguna vez —sonrió ella—:
“Este
seguro tiene dinero escondido”.
—Tú callada —le dije—, que si se entera Hacienda me meten preso.
—Al banco lo justo. Ya veremos cuánto hay. Yo ni lo sé.
—¡Qué pareja! —dijo Lola—.
Aún quedaban dos maletas.
—No sabes dónde tenía la ropa nueva que compró en Madrid
—añadió—.
Para matarlo, Jorge… para matarlo.
—Un desastre, ¿verdad?
—Sí.
Estábamos cenando cuando Salvador preguntó:
—Jorge, ¿dónde vas mañana?
—Al Cerro de los Ángeles, a la parcela. Tengo que pasar el rulo. ¿Por qué?
—Por irme contigo. Sé que vas a venir temprano y, mientras tú pasas el rulo, yo busco espárragos para la cena. ¿Te va bien?
—Perfecto.
—Nosotras saldremos de compras —dijo Lola—. Nos tenéis que llevar al hipermercado uno de estos días.
—Mañana mismo —le dije—. Por la tarde vamos.
Me quité la ropa delante de ella. No me dio vergüenza. Sentía
que lo había hecho toda la vida.
Cuando se desnudó, parecía una
diosa. Nos pusimos el pijama, dos iguales. Ella los había escogido
en Madrid para que yo tuviera muda.
—¿Ves? —dijo—. Ahora sirve para ir los dos iguales.
—Esto tiene que estar escrito en algún lado, mi amor —le respondí—. Te queda un poco grande, pero estás preciosa.
Nos fuimos a dormir. Qué sensación tan buena.
Hablamos hasta
tarde.
—Ahora intenta dormir —me dijo—, no quiero que vayas con
sueño al tractor.
Gírate, que yo te acurruco por detrás.
A la mañana siguiente me desperté con un beso en los
labios.
Nunca me había pasado.
Un “buenos días” con
sueño… pero precioso.
Nosotros fuimos a la nave a por el tractor. Ellas salieron por el pueblo. Para mí que Lola lo hacía aposta, para crear morbo.
Salieron agarradas del brazo. Cada día había menos miradas, menos cuchicheos. La gente empezaba a acostumbrarse a ver tanta complicidad entre las dos.
—¿Les gustará esto?
—¿Y lo otro?
—¿Dónde vas con
esos helados?
—Para cuando acabemos de comer, así los tenemos
calladitos…
Risas, miradas cómplices.
—Lola —le dijo Violeta—, estoy feliz de haberos conocido.
Nunca pensé sentirme así.
Tengo ganas de que empiecen las obras,
de estrenar la casa… y de traerme a mis dos hermanas.
Mi abuela
está muy mayor y, si las dejo más tiempo allí, mi madre es capaz
de cualquier cosa.
Bajó la voz.
—Tengo que hacerlo con tacto. Sin levantar la liebre. Ya sabes que tengo al espía suelto por allí… y puede hacerme daño.
—Mi niña… —le dijo Lola—, deja eso ahora, que me vas a hacer llorar.
—Te quiero mucho —respondió Violeta—.
Y lo de ayer con
Jorge… ese beso se lo ganó.
Cada día vosotros tres me robáis
un trocito de corazón.
Llegó Salvador con un manojo de espárragos enorme.
En la nave entraron por la puerta pequeña.
Le enseñé a
Violeta el juego de llaves: para qué era cada una, dónde guardaba
mis cosas, mis secretos.
—Aquí también —me preguntó—, ¿no?
—Aquí también —le dije—. No quiero guardarte ninguno.
Volvimos a casa, una ducha… y la casa parecía en guerra.
—¿Qué hacemos con los muebles? —preguntó un obrero—.
Mañana
Violeta os abre la nave y los dejáis donde ella diga.
Y como me
entere de que no la respetáis… os descierro cuatro tiros.
—Y sabéis cómo soy —añadió—, y cómo me las gasto.
—El coche tendré que meterlo en la cochera con el tractor —dije yo.
—Vámonos al súper —sentenció Lola—, que estamos tardando.
Al día siguiente decidí no ir a trabajar.
Lola y Violeta
estaban en la nave, y yo empaquetando todo lo que tenía en la
cochera. Llenábamos el camión y lo llevábamos allí; los operarios
descargaban: “esto aquí, esto allá”.
—¡Ay, Dios mío! —dijo Lola—. Hoy no comemos. Con lo que tiene este hombre, no va a dar tiempo ni de hacer la comida.
—No te preocupes, Lola —dijo Violeta—. Jorge me ha dado dinero para imprevistos. Pasamos por la tienda, compramos unas pizzas y listo. Las rellenamos un poco y hoy comida internacional.
—Ven, mi niña —le dijo Lola—, que te doy un beso.
Pasó un forastero y le dijo a un paisano del pueblo:
—¿Son familia, estas dos?
—Como si lo fueran… —respondió el otro.
—Como si lo
fueran… —repitió el primero, pensativo.
Llegó la hora de comer. Unas pizzas, conversación tranquila.
Comieron fuera, en la calle.
Entonces Lola me preguntó:
—Jorge, ¿qué vas a hacer en el corralón de al lado de la casa?
—Ostras… no lo sé —respondí—, pero me acabas de dar una
idea.
Una cocina cubierta, con tejado. Barbacoa, horno de leña.
Una nevera, lavaplatos… para estar cómodos, como un chiringuito de
playa. Y allí —dije señalando con un trozo de pizza— una
piscina para que las niñas se bañen.
—A ver —dijo Lola—, estaré vieja, pero yo también me quiero bañar.
Las risas estallaron.
—¿Qué os parece? —pregunté—. Cómodos y fuera de la vista de la gente.
Las obras siguieron, como la vida
misma. Parecía que no acabarían nunca.
Una gran cocina-comedor
con chimenea de leña.
Una suite con vestidor y armarios
empotrados.
Habitación para las niñas, cada una con su
baño.
Habitación de invitados
Un aseo general en el pasillo.
La
cochera alicatada.
Calefacción y aire acondicionado por toda la
casa.
Un lujo.
El chiringuito y la piscina se dejaron para más adelante, pero estaban en mente.
Y llegó la inauguración.
Violeta lo ordenó todo a su gusto. Cuando llegué del campo, me dijo:
—Amor, abre la puerta.
Me extrañó que Lola y Salvador se quedaran atrás. Abrí… y un montón de globos cayó sobre mí.
Me puse a reír, y más cuando el buenazo de Salvador dijo:
—No veas la pechá de hinchar globos que me he pegado.
La inauguración la hicimos en el chiringuito. Así se quedó el nombre, aunque parecía más un merendero.
Esa noche dormimos allí Violeta y yo. Parecía que estuviéramos de okupas: no hacíamos ruido, extraños en nuestra propia casa.
Me giré hacia ella.
—¿Me dejas hacer una cosa, vida mía? Me dijo
—Sabes que todo lo que tú quieras —le dije—. No te puedo negar nada, mi amor.
—Tengo ganas de hacer algo que debía haber hecho hace tiempo.
Hoy es el día.
Quiero hacerte el amor sin prisa… amarte como
nunca lo he hecho con nadie.
Te amo, mi vida. Te amo.
Creí estar en otro mundo. Gracias a ella entendí lo que de
verdad significaba hacer el amor.
Y me dijo:
—Y esto va a ser siempre así. Eres el hombre de mi vida. He tardado… pero te he encontrado.
No sé si dormí o si estuve en el cielo. Y me reía de las
novelas cuando decían, de forma cursi, “mi amada”.
Yo ya lo
sabía: tenía a mi amada a mi lado.
Al día siguiente, sin que ella lo supiera, hablé con mi abogado, un hombre cabal y de mi entera confianza. Le conté que quería casarme con Violeta y traer a sus hermanas.
Violeta me acompañó una vez a la capital; él la conocía.
—Me voy a Jaén a ver al abogado —le dije—. Hay unos papeles de las fincas. ¿Te vienes?
—No, mi amor —respondió—. A mí de mi casa no me mueven ni
con una grúa. Ahora viene Lola y vamos a cocinar. Comemos abajo, en
el jardín.
Y antes de hacer nada, ya sabes: nos sentamos a la
mesa, nos damos la mano y nos confesamos cositas tontas. Dame un
beso.
Fui al despacho. A la vuelta estaban Salvador y Lola.
Le di un
beso a Violeta.
—¿Cómo te fue, amor?
—Bien… mira, tengo una cosa para ti.
—Tú siempre igual —dijo ella—. Tirándome de los
nervios.
¿Ves, Lola? Lo que te dije: lo tonto que es.
Me puse frente a ella, le cogí las manos, metí la mano en el bolsillo y saqué una cajita. La abrí.
—¿Te quieres casar conmigo, mi amor?
Lola se echó a llorar. Salvador se giró.
Violeta se quedó
muda, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.
—Sí… —dijo flojito—. Sí.
Te amo, mi rey. Te amo.
Para romper el encanto, saqué la carpeta.
—Firma aquí. Es para casarnos.
Pasas a ser española, si
quieres, con todos los derechos.
Y a tus hermanas nos las podemos
traer.
¿Aceptas ser mi esposa?
—¡Borrico! —dijo—. Has roto la magia…
Y te amo.
—Pues nos faltan los padrinos —añadió—, y no veo a nadie dispuesto.
Lola se acercó, la abrazó.
—Felicidades, mi niña. Te lo mereces.
Salvador dijo:
—¿Con corbata o sin corbata el día de la boda?
Y saltó Lola:
—Tú te vistes como yo diga, guapo.
Quería que todo fuera bien.
Ella siempre hablaba con
dificultades: los problemas para comunicarse con la isla, el
internet, sus hermanas. Yo las había visto alguna vez por la
pantalla; sabían de mí.
Le dije a Violeta una noche, cenando:
—Las vamos a mandar al colegio de las monjas. Si son como tú, quiero que tengan un buen futuro.
Después nos metimos en la cama.
—Jorge —me dijo en la oscuridad.
—Dime, amor.
—Tengo miedo. Miedo de perderte. Miedo de que esta felicidad se acabe. Y de mis hermanas… tantos años sin verlas, en vivo y en directo. Puede que hayan cambiado.
—Todo irá bien, mi cubanita. Aún tienen edad de enderezar el árbol si viene torcido.
Y sé que, como tú, van a tener buen fondo.
Me quedé un momento en silencio y seguí:
—¿Te acuerdas de nuestra boda? Los nervios, las dudas. Primero
en el ayuntamiento, luego en la iglesia. Fuimos pocos, pero bien
escogidos.
Estamos haciendo una vida simple. Si tengo salud,
seguiré trabajando, ganando dinero, sacando cosechas. Ahora todo
tiene sentido. Antes luchaba con la vida sin saber para qué; ahora
te tengo a ti, a tus hermanas.
¿Te has dado cuenta de que hemos
creado una familia de la nada? Tú eres el eje de esta casa, la reina
del castillo. ¿Qué piropo más grande te puedo dar para que seas
aún más feliz?
Te amo. No temas nunca. Ahora entiendes por qué
me encerré aquí: a mi manera era feliz, pero descubrí lo más
grande… a ti, mi amor.
Me dio un beso. Hicimos el amor con una dulzura que todavía me cuesta explicar.
Al día siguiente llegó una carta de la Embajada Cubana.
Eran
los salvoconductos para sus hermanas.
Reservamos los billetes y fuimos a Madrid a recogerlas en coche.
Nada más verlas, se lanzaron a los brazos de su hermana. A mí me miraban y susurraban:
—¿Es mayor, Violeta?
—Sí, mis princesas —les dijo ella—, pero tan grande como su
corazón.
Ahora estáis en casa. Vamos al coche, es grande. Podéis
dormir atrás; Jorge os ha dejado mantas para que no tengáis frío.
Cosas suyas.
—Otro día vendremos a Madrid y la veréis con calma —les dije—. Hoy vamos a casa.
Llegamos tarde. El viaje, el cansancio y el cambio horario
pudieron con ellas.
Entramos por la cochera.
—Yarisleidis, Celia, amores… despertad. Ya estamos en casa.
Subieron medio dormidas. Les dijimos:
—Hay dos habitaciones para vosotras. La otra es para invitados. La nuestra es la del fondo.
—¿Queréis dormir juntas o cada una tener su palacio? —añadió Violeta—. Jorge lo hizo así para vosotras, con todo el amor del mundo.
Se miraron con timidez y cada una eligió su habitación. Hablaban bajito, con vergüenza.
—Mañana conoceréis a mi amiga —dijo su hermana—, la que habéis visto por videollamada. Ahora a la cama, que está hecha para que descanséis.
Yarisleidis, la mayor, preguntó:
—¿Podemos dormir con vosotros? Tenemos miedo.
Le di un beso.
—Sí, mi amor, claro que sí.
Les cogí una mano a cada una; detrás venía su hermana. Llevaban pijamas nuevos, de niñas, con dibujos de Disney.
—Ahora vais al vestidor, os cambiáis y dais una vuelta por la casa mientras nosotros hacemos lo mismo —les dijo Violeta.
Desde el primer día, ella y yo siempre habíamos tenido pijamas iguales.
Cuando volvieron, con su acento cubano, dijeron:
—¡Qué chuli, hermana!
La pequeña, Celia, abrió los ojos muy grandes:
—¿Nosotras también tendremos pijamas como los vuestros? ¿Iguales?
—No, reina —respondió Violeta sonriendo—. Vosotras ya los tenéis, que no es lo mismo.
Se acercaron a mí y me dieron un beso cada una.
Se me escapó
una lágrima.
Violeta me miró y me dijo en voz baja:
—¿Qué voy a hacer contigo?
No supe qué contestar.
—Gracias —fue lo único que me salió.
Al día siguiente ya estaban allí Lola y Salvador, como si nunca se hubieran ido. Violeta me dijo, sonriendo, que no paraban de darles besos a las niñas, una tras otra, sin descanso, como si quisieran recuperar de golpe todo el tiempo perdido.
A la mayor, Yarisleidis, le costó más aprenderse el pueblo, los nombres y hasta los silencios, igual que me pasó a mí cuando era joven y todo era nuevo. Aquella misma tarde fuimos al colegio para que empezaran a escolarizarse. Pedimos con educación —y con firmeza— que tuvieran un poco de cuidado con ellas, que acababan de llegar, y sobre todo con la mayor, que no permitieran bromas con su nombre ni ningún tipo de burla.
En algunas materias iban flojas, sobre todo en sociales, pero en
matemáticas, lengua, física y química dejaron a más de uno con la
boca abierta. Aquello era mérito de su hermana, que siempre les
decía: “aplicaros bien, que vean que no sois incultas”.
Y lo
demostraron. Tanto, que un día Yaris llegó a casa contentísima: la
habían nombrado jefa de grupo para un trabajo de matemáticas.
Se adaptaron bien, mejor de lo que todos esperábamos. Yo le dije a Violeta que la siguiente era ella, que tenía que sacarse el carné de conducir. Al principio no quería, decía que el coche era demasiado grande para ella. Pero como bien decía Salvador, desde que mi mujer tenía carné, Lola se iba con ella a hacer las compras y lo resolvían todo juntas. Yo me reía viéndolas.
El tiempo fue pasando y nuestro amor crecía sin hacer ruido. Un día Lola y Salvador fueron a ver a sus hijos. Volvieron pronto, callados, y nosotros no preguntamos. Hay silencios que se respetan.
Las niñas llamaban “tita” a Lola, y a Salvador lo seguían a todas partes. En el pueblo se fueron integrando poco a poco, sobre todo con las del colegio de las monjas. Tenían ese aire exótico heredado de su hermana, pero lo que más llamaba la atención era su educación, cada día más refinada, más segura.
Una mañana yo estaba debajo del tractor, en la nave, cuando entró un chico. Vi que Salvador se levantaba de la silla y pensé: “¿dónde va este ahora?”. Entonces oí una voz al fondo:
—¿Puedo hablar con el señor Jorge?
Salvador se venía riendo.
—Sal de debajo del tractor, artista, que tienes visita.
—¿De qué te ríes, cabronazo? —le solté yo.
—Tú sal y lo sabrás.
Delante de mí apareció un muchacho bien plantado, educado, con los nervios justos.
—Señor Jorge, he venido a pedirle permiso para salir con Yari.
Le dije que esperara, que hablaría con ella y al día siguiente le daría respuesta. Se llamaba Diego, nieto de Martina, hijo de Diego también.
—Buen hombre tu padre, y tu madre una gran mujer —le dije—. De tu familia no puedo hablar mal.
A Salvador se le escapó:
—Coño, si es el nieto del primo Sebastián, el de la Maruja.
El chico sonrió, dio recuerdos y se fue como había venido, con educación.
Al llegar a casa, Lola ya nos tenía preparadas unas tapitas y unas cervezas bien frías. Veníamos riendo. Violeta nos miró y preguntó qué eran esas risas.
—Siéntate —dijo Salvador—, que mañana tenemos que dar respuesta. Somos unos mandados nada más.
Después de la ducha le di un beso a Violeta.
—¿Te ha dicho algo?
—No, y me estoy poniendo nerviosa.
Le conté lo del chico. Lola quiso saber quién era y, cuando se lo dijimos, lo reconoció enseguida: era el muchacho que esperaba cada día a Yari en el autobús, el nieto de aquella mujer elegante a la que habían traído en coche hacía poco.
Llamamos a Yarisleidis.
—Hija, ha venido un chico muy educado a pedirme permiso para salir contigo. ¿Qué le digo mañana?
—A ese lo mato mañana —dijo ella, roja como un tomate—. Mira que se lo dije…
Reímos todos. Le propuse que, si estaban de acuerdo, se vieran en el chiringuito, más tranquilos que por la calle. Asintió, me dio un beso y me dio las gracias.
—No sabía cómo salir de esta.
Violeta suspiró.
—Ya se hacen mayores… y aparecen los novios.
Y yo pensé, sin decir nada, que así era la vida: primero llegan los miedos, luego el amor, después la familia… y al final, cuando menos lo esperas, descubres que todo ha encontrado su sitio.
Y fue entonces cuando entendí que aquella casa, aquel chiringuito, aquellas risas y aquellos silencios no eran casualidad.
Era hogar.
Y así, sin darnos cuenta, la casa se fue llenando de vida.
De risas en la cocina, de pasos pequeños por el pasillo, de libros abiertos sobre la mesa y de conversaciones al caer la tarde. El chiringuito dejó de ser un proyecto y pasó a ser refugio: allí se hablaba, se soñaba y se arreglaba el mundo con una cerveza fresca o una limonada.
Yarisleidis empezó a caminar con la cabeza alta. El miedo se le fue cayendo de los hombros poco a poco, como un abrigo que ya no hacía falta. Aprendió que su nombre no era motivo de burla, sino de identidad. Y Celia, siempre un paso detrás, miraba y aprendía, segura de que había un lugar al que pertenecía.
Diego vino una tarde, educado como pocos, nervioso como todos. Se sentaron en el chiringuito, a la vista de todos, como se ha hecho siempre. No hubo secretos ni prisas. Solo una conversación sencilla y la certeza de que crecer también es aprender a cuidarse.
Lola observaba desde la cocina, disimulando mal una sonrisa orgullosa. Salvador, en su silencio, asentía con la cabeza, como quien ve que el trabajo de toda una vida empieza a dar fruto. A veces no hace falta decir nada para saber que uno está en paz.
Y yo, apoyado en el marco de la puerta, entendí algo que nunca
antes había sabido poner en palabras:
que la felicidad no llega
haciendo ruido,
que no siempre se busca,
que a veces entra
despacio, se sienta a tu mesa
y te llama por tu nombre.
Violeta pasó a mi lado, me cogió la mano y apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Te das cuenta? —me dijo en voz baja—. Ya no estamos solos.
No hizo falta contestar.
La casa respiraba.
La familia
estaba completa.
Y supe, con la certeza tranquila de los hombres que ya no
dudan,
que todo lo importante ya había llegado,
y que lo demás
—el tiempo, los años, los días—
solo sería seguir
cuidándolo.
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