El hombre con más suerte del mundo
El hombre con más suerte del mundo
Un cuento sobre lo único que de verdad hace rica a una persona
Prólogo
En los pueblos olvidados de la España profunda, donde el tiempo se mide por las campanas de la iglesia y los ciclos de la siega, las historias no se escriben en libros gruesos ni se venden en ferias ruidosas. Se cuentan al amor de la lumbre, se susurran en las plazas al caer la tarde, se heredan como un tesoro que no pesa en los bolsillos pero que enriquece el alma para siempre.
Este cuento nació de una de esas tardes eternas, cuando un viejo sentado en un banco de piedra me habló de un hombre que no tenía nada y lo tenía todo. No era un sabio de universidad, ni un rico de capital; era don Aurelio, un carbonero de manos rotas y corazón inmenso, que entendió antes que nadie que la suerte no cae del cielo como lluvia de oro, sino que se recoge, migaja a migaja, en los instantes que la mayoría deja escapar.
Escribí estas páginas no para enseñar una lección —porque las lecciones impuestas saben a medicina amarga—, sino para recordar que la vida, bien mirada, es un negocio redondo: das una sonrisa y recibes un universo; das un cuento y recibes la eternidad.
Si al cerrar este libro sientes un calorcito en el pecho, como el de una fogata en noche fría, entonces don Aurelio habrá ganado otra vez. Y tú, lector, serás un poquito más rico.
Que lo disfrutes despacio, como un pan recién hecho.
Ernest Pont Salmerón
Decían las comadres que el día en que nació Aurelio llovió tan fuerte que el río se salió de madre y se llevó la mitad del puente viejo. La partera, doña Encarnación, tuvo que cruzar con el agua hasta las rodillas, agarrada a una soga que los hombres tendieron de un lado al otro. Cuando por fin llegó a la casita de adobe, la madre, Ignacia, ya había parido sola, envuelta en sudor y en una manta raída. El niño salió gritando como si protestara por llegar a un mundo tan mojado y tan pobre.
Lo bautizaron tres días después, cuando el agua bajó lo suficiente para que el padre Cura pudiera venir desde el pueblo de arriba. Le pusieron Aurelio porque su padre, Anselmo, había encontrado una medalla de San Aurelio oxidada en el camino y dijo que era señal. Nadie discutió. En aquellas tierras, las señales se respetaban aunque fueran una medalla rota y llena de verdín.
La casa estaba al final del camino real, donde ya no llegaba ni el carro del panadero. Era una sola pieza con piso de tierra apisonada y un techo de teja que lloraba goteras cada invierno. Tenían una burra vieja llamada Estrella, tres gallinas sin nombre y un perro flaco que respondía al silbido más que a la voz. La madre cosía para fuera; el padre hacía carbón en el monte y volvía negro como la noche, con las manos llenas de grietas que nunca terminaban de cerrarse.
Aurelio creció entre el humo del fogón y el olor a resina quemada. Aprendió a caminar descalzo sobre la tierra caliente del verano y sobre el barro helado del invierno. Su primer recuerdo claro fue el sabor de una naranja que le dio su padre una Navidad: la partieron en cuatro gajos, uno para cada uno y dos para él porque era el más pequeño. Todavía podía cerrar los ojos y sentir el ácido dulce en la lengua y la risa de su hermana mayor, Concha, que le limpiaba el jugo de la barbilla con el delantal.
A los siete años ya ayudaba a cargar leña. A los nueve sabía leer lo suficiente para descifrar los rótulos de las botellas de la botica cuando acompañaba a su madre al pueblo. A los once, una tarde de mayo, vio por primera vez a Rosario.
Estaba en la fuente grande, llenando el cántaro. Llevaba un vestido azul desteñido y el pelo recogido con una cinta roja que había sido de su madre muerta. El sol le daba de frente y parecía que todo el agua de la fuente se le metía en los ojos. Aurelio se quedó parado como un tonto, con la cuerda de la burra en la mano y la boca abierta. Ella lo miró, sonrió apenas, y siguió su camino sin decir nada.
Esa noche no pudo dormir. Se salió al corral y se quedó mirando la luna, que estaba llena y redonda como una moneda de plata que alguien hubiera colgado muy alto para que nadie la alcanzara. Y allí, entre los grillos y el olor a jazmín del muro, decidió que algún día esa muchacha sería su mujer. No sabía cómo, ni cuándo, ni si tendría algo que ofrecerle más que sus dos manos rotas y su nombre pobre. Pero lo decidió con la certeza absoluta que solo tienen los niños y los locos.
Al día siguiente, cuando su madre le preguntó por qué andaba tan callado, él contestó sin levantar la vista del plato:
—Porque ya encontré lo que quiero de mayor.
Ignacia soltó la carcajada, pensando que hablaba de ser herrero o soldado. No imaginó que su hijo acababa de apostar toda su vida a una sonrisa que había durado menos que un suspiro.
Y así empezó todo. Con un niño descalzo, una muchacha de ojos claros y un camino largo, muy largo, que aún no sabía que iba a recorrer palmo a palmo, recogiendo lo que otros ni siquiera veían.
Aurelio tenía trece años cuando Rosario cumplió quince. En el pueblo aquello era casi ser mujer hecha y derecha. Su madrastra, doña Mercedes —quien se había casado con el padre de Rosario tras la muerte de su madre verdadera, años atrás—, ya recibía recados de mozos con tierras y de viudos con casa de dos pisos. Pero Rosario seguía yendo a la fuente a la misma hora, con el mismo cántaro de barro rojo y la misma cinta colorada en el pelo, aunque la cinta estaba tan lavada que a veces parecía rosa.
Él la esperaba sin que se notara demasiado. Se ofrecía a llevarle el cántaro hasta la esquina de su calle, y ella lo dejaba. Nunca hablaban mucho. Ella decía “gracias, Aurelito” y él contestaba “no es nada” con la voz que se le quebraba como cáscara de huevo. Pero cada tarde que ella aceptaba la ayuda, Aurelio volvía a su casa flotando. Llegaba tarareando, ayudaba a su madre a moler el maíz sin que se lo pidieran y hasta le daba de comer al perro sin renegar.
Una tarde de agosto, el calor era tan fuerte que hasta las chicharras parecían cansadas. Rosario llegó a la fuente con la cara encendida y el cuello lleno de gotitas de sudor. Aurelio se atrevió por primera vez a más de tres palabras seguidas:
—¿Te… te gustaría venir el domingo al río? Mi padre dice que bajaron truchas gordas.
Ella lo miró un segundo más de lo normal. Luego sonrió, pero esta vez la sonrisa le llegó a los ojos.
—Si mi madrastra me deja…
Doña Mercedes dejó. No sin rezongar que “los hijos de Anselmo el carbonero no son compañía para una muchacha decente”, pero dejó. Y el domingo, cuando el sol apenas calentaba, Rosario apareció en la orilla con un vestido limpio y la cinta roja recién planchada. Aurelio llevaba una caña de pescar hecha por él mismo y un pedazo de pan con queso que su madre había envuelto en hoja de plátano.
Se sentaron bajo el sauce grande. El río hablaba bajito, como quien cuenta secretos. Pescaron dos truchas pequeñas que soltaron otra vez porque “estaban muy tiernitas”. Comieron el pan y el queso, y cuando terminaron, Rosario se quitó los zapatos y metió los pies en el agua. Aurelio la miraba de reojo y sentía que el corazón le iba a salir por la boca.
Entonces ella hizo algo que él no olvidaría nunca: se quitó la cinta roja del pelo, la mojó en el río y se la ató a él en la muñeca.
—Para que no se te olvide este día —dijo.
Aurelio se quedó sin palabras. Se miró la muñeca como si le hubieran puesto una joya de reina. Desde entonces llevó esa cinta hasta que se deshizo del todo, y aun después guardó los hilachos en una cajita de lata debajo de su colchón.
Los años siguientes fueron de idas y venidas. Aurelio creció de golpe: a los dieciséis ya era más alto que su padre y tenía las espaldas anchas de tanto cargar sacos de carbón. Empezó a trabajar de peón fijo en la hacienda de Don Elías, el hombre más rico del valle. Don Elías tenía tierras hasta donde alcanzaba la vista, vacas que parecían de exposición y una hija, Candelaria, que estudiaba en la capital y volvía en vacaciones con vestidos que hacían volver la cabeza a todo el pueblo.
A los peones los trataba como a bestias. Les pagaba los sábados, pero siempre encontraba excusa para descontarles: “que si rompiste una azada”, “que si llegaste tarde el lunes”. Aurelio aguantaba en silencio, porque cada real era un ladrillo más para la casa que soñaba construirle algún día a Rosario.
Porque Rosario ya no era una niña. A los dieciocho era la muchacha más guapa que se había visto en muchas leguas. Los pretendientes hacían cola: el hijo del boticario, que tenía reloj de oro; el capataz de Don Elías, que ya era viudo y tenía casa propia; hasta un primo lejano que había vuelto de la ciudad con bigote engomado y promesas de llevarla a vivir “donde hay tranvías y cines”.
Doña Mercedes hinchaba el pecho cada vez que hablaban de boda. Pero Rosario ponía excusas: que todavía no, que quería ayudar más a su madrastra, que no tenía prisa. Y los domingos, cuando nadie la veía, se escapaba al sauce del río y allí estaba Aurelio esperándola, con la camisa limpia y el pelo peinado con agua.
Una noche de San Juan, cuando las hogueras ardían en todas las
eras, Aurelio se atrevió por fin. La sacó a bailar entre la música
de guitarras y el olor a romero quemado. Cuando terminó la pieza, la
llevó detrás de la ermita, donde la luz de las antorchas apenas
llegaba.
—Rosario —dijo, y la voz le temblaba como hoja en viento—, yo no tengo nada. Ni un palmo de tierra, ni un reloj que enseñar. Pero si tú quisieras… yo trabajaría cien años seguidos para hacerte feliz un solo día.
Ella lo miró largamente. Luego se acercó y le puso la mano en la mejilla, como quien toca algo muy frágil.
—Aurelio, tonto —susurró—. ¿No ves que ya soy feliz cuando estoy contigo?
Y lo besó. Fue un beso corto, casi asustado, pero que a él le supo a toda la vida que le quedaba por delante.
A la mañana siguiente, el pueblo entero hablaba de otra cosa: que Candelaria, la hija de Don Elías, se había comprometido con un ingeniero de la capital y que la boda sería la más grande que se recordara. Nadie se fijó en un muchacho flaco y moreno que caminaba hacia la hacienda con una sonrisa que no le cabía en la cara y un pedacito de cinta roja deshilachada todavía atada a la muñeca.
Aquel fue el año en que Aurelio empezó a ahorrar de verdad. Aquel fue el año en que decidió que, aunque tuviera que mover el mundo con las manos, un día Rosario llevaría su apellido y dormiría bajo un techo que no se mojara cuando lloviera.
Y aunque aún no lo sabía, también fue el año en que empezó a recoger, sin darse cuenta, los primeros tesoros de los muchos que guardaría en el corazón: la risa de Rosario cuando se le escapaba una gallina, el sabor del agua fresca que bebían del mismo cántaro, la forma en que ella le acomodaba el cuello de la camisa antes de entrar a misa.
Eran cosas pequeñas, casi nada. Pero ya empezaban a pesar más que todo el oro del mundo.
Doña Mercedes no siempre había sido la mujer de lengua afilada y mirada severa que el pueblo conocía. Nacida en un caserío aún más pobre que el de Aurelio, allá por las sierras donde el viento cortaba como cuchillo, había sido la menor de siete hermanas. Su padre, un pastor que apenas sabía firmar su nombre, la casó a los quince con un hombre veinte años mayor, un tal Gregorio que tenía un molino viejo y una mula coja. Gregorio era viudo, con dos hijos grandes que la miraban como a una intrusa, y la vida con él fue un rosario de días grises: moler trigo de sol a sol, remendar ropa raída y aguantar sus borracheras los sábados por la noche.
Pero Gregorio murió joven, de un mal del pecho que lo dejó tosiendo sangre una primavera entera. Doña Mercedes, con veintidós años y sin hijos propios, se encontró sola en un mundo que no perdonaba a las viudas. Volvió al caserío de su familia, pero sus hermanas ya tenían sus propias bocas que alimentar y la miraban con recelo, como si su mala suerte fuera contagiosa. Trabajó de lavandera en el río, de costurera para las señoras del pueblo vecino, hasta que un día, en la feria de San Miguel, conoció a don Pedro, el padre de Rosario.
Don Pedro era un hombre bueno pero blando, un carpintero que había perdido a su mujer —la verdadera madre de Rosario— en el parto de la niña. Rosario tenía entonces cuatro años, con los ojos grandes y el pelo negro como el de su madre muerta, y don Pedro buscaba a alguien que le ayudara con la casa y la cría. Doña Mercedes vio en él un techo seguro y una mesa puesta, y se casaron en una ceremonia rápida, sin música ni convidados. Ella entró en la casa como quien entra en una cárcel cómoda: no con amor, sino con resignación.
Al principio, trató de ser madre para Rosario. Le cosía vestidos
con retazos, le peinaba el pelo por las mañanas y le enseñaba a
rezar el rosario antes de dormir. Pero con los años, algo se torció
dentro de ella. Quizás fue el rencor de su propia juventud perdida,
o la envidia inconsciente al ver cómo Rosario crecía bonita y
libre, con una sonrisa que iluminaba la habitación como no lo había
hecho nunca la suya. Doña Mercedes empezó a tratarla con mano dura:
le cargaba las tareas más pesadas, le regañaba por tonterías —“que
si el cántaro no está bien lavado”, “que si llegas tarde de la
fuente”—, y cuando don Pedro intervenía, ella se callaba pero
guardaba el veneno para después.
No era que la odiara conscientemente; doña Mercedes no era mala de alma. Era más bien una amargura sorda, acumulada como polvo en los rincones de una casa vieja. Inconscientemente, descargaba en Rosario lo que la vida le había negado: la juventud sin cargas, los sueños sin romper. “La niña es floja”, decía a las comadres en la plaza, “necesita mano firme para no salirse del camino”. Y Rosario, con esa dulzura que le venía de su madre verdadera, aguantaba en silencio, lavando, cocinando, cuidando de su padre enfermo de los huesos. Solo en las tardes, cuando iba a la fuente, encontraba un respiro. Y allí estaba Aurelio, con su oferta de ayuda y su mirada que la hacía sentir vista, no como una carga, sino como un tesoro.
El noviazgo de Aurelio y Rosario fue un secreto a voces durante meses. Después de aquel beso en la noche de San Juan, se veían a hurtadillas: bajo el sauce del río, detrás de la ermita al atardecer, o en el camino de la huerta cuando ella fingía ir a por hierbas. Aurelio le llevaba flores silvestres —margaritas blancas, amapolas rojas como la cinta que le había regalado—, y ella le cosía botones en la camisa o le preparaba un trozo de bizcocho envuelto en paño. Hablaban poco al principio, pero sus silencios eran cómodos, como el de dos árboles que crecen uno al lado del otro.
Una tarde de otoño, mientras caminaban por el sendero que subía a la colina, Aurelio le tomó la mano por primera vez en público —aunque no había nadie que los viera, salvo las ovejas que pastaban lejos—. “Rosario”, le dijo, “un día tendremos nuestra propia casa. No grande, pero con un jardín donde plantar rosas como las que te gustan”. Ella se rió bajito, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. “¿Y si doña Mercedes no deja?”, preguntó. Aurelio le apretó la mano. “Entonces esperaremos. Pero no me rendiré. Eres lo único que quiero en esta vida”.
Aquellos meses coincidieron con una racha de bodas en el pueblo y los alrededores. Las bodas rurales eran fiestas humildes pero llenas de vida, que duraban desde el amanecer hasta la madrugada. La primera que vieron juntos fue la de la prima de Rosario, una muchacha llamada Pilar que se casaba con un jornalero de la hacienda vecina. La ceremonia fue en la iglesita del pueblo, con el párroco bendiciendo el anillo de latón que el novio había comprado en la feria. Después, en la era de la casa de los padres de Pilar, pusieron mesas largas con manteles blancos prestados y sirvieron chorizo asado, pan de hogaza y vino tinto en jarras de barro. Los músicos —un guitarrista viejo y un acordeonista con bigote— tocaban pasodobles y jotas, y la gente bailaba bajo las guirnaldas de papel que colgaban de los árboles.
Aurelio y Rosario se colaron en la fiesta como invitados lejanos. Bailaron una pieza entera, con las manos sudorosas y el corazón latiendo fuerte. “Mira”, le susurró él al oído, “así será la nuestra: con música y risas, y tú con un vestido blanco como el de Pilar”. Rosario se sonrojó, pero en sus ojos brillaba un sueño nuevo. Aquella noche, cuando volvieron a casa por caminos separados para no levantar sospechas, ella se durmió imaginando su propia boda: no con lujos, sino con Aurelio a su lado, y doña Mercedes —quizás— sonriendo por una vez.
Otra boda que les marcó fue la de Anselmo, el joven ambicioso que trabajaba con Aurelio en la hacienda de Don Elías. Anselmo se casaba con la hija de un comerciante, una boda un poco más ostentosa: con carroza tirada por mulas adornadas con flores y un banquete donde sirvieron hasta pollo guisado y dulces de almendra. Pero lo que más les emocionó fue el momento de los votos: Anselmo, nervioso como un potrillo, le prometió a su novia “trabajar hasta que me duelan los huesos para que nunca te falte nada”.
Aurelio, que estaba en un rincón con Rosario, le apretó la mano en secreto. “Yo te prometo más”, le dijo después, cuando estaban solos bajo las estrellas. “Te prometo no solo el pan, sino las risas, los atardeceres compartidos, los hijos que criaremos juntos”. Rosario lloró entonces, un llanto quieto y dulce, y lo besó como si el mundo se acabara al amanecer.
Pero no todo era sueño. Doña Mercedes, con su olfato de raposa, empezó a sospechar. Una noche, al ver que Rosario llegaba con las mejillas encendidas y una flor marchita en el bolsillo, la acorraló en la cocina. “¿Quién es él?”, gritó. “¿Algún pelagatos que te llena la cabeza de pájaros?”. Rosario negó, pero doña Mercedes no era tonta. Desde entonces, la vigilaba más: le prohibía salir sola después de misa, le cargaba tareas hasta tarde. Conscientemente, quería protegerla de lo que ella veía como un error —“un carbonero pobre, como si no hubiera visto ya suficiente miseria”—, pero inconscientemente, quizás temía perder el control sobre la única persona que le daba sentido a su rutina amarga. Don Pedro, postrado en cama por el reuma, no podía intervenir mucho; solo murmuraba “déjala, mujer, que la niña es buena”.
Aurelio sufría viéndola así. Una vez, se atrevió a ir a la casa y pedir permiso formal para cortejarla. Doña Mercedes lo recibió en la puerta, con los brazos cruzados como muralla. “Tú no tienes nada que ofrecerle”, le espetó. “Vete a soñar con otra”. Aurelio se fue con la cabeza gacha, pero esa noche escribió una carta —la primera que escribía en su vida— y se la dejó a Rosario en la fuente, escondida bajo una piedra. “No importa lo que diga”, decía con letra torpe, “mi corazón es tuyo. Esperaré lo que haga falta”.
El romance se hizo más emotivo en la clandestinidad. Se veían menos, pero cada encuentro era un mundo entero: un beso robado en el mercado, una mirada desde lejos en la plaza, una nota pasada por la hermana de Aurelio. Una tormenta de invierno los sorprendió una vez en el río; se refugiaron bajo un alero viejo, mojados hasta los huesos, y allí, temblando de frío y de deseo, se abrazaron como si no hubiera mañana. “Te quiero, Rosario”, le dijo él, con la voz ronca. “Más que a mi vida”. Ella le contestó con un beso que duró hasta que la lluvia paró.
Aquellos días forjaron en ellos un amor profundo, de los que resisten como raíces en tierra seca. Las bodas rurales que veían —humildes, alegres, llenas de promesas— les daban alas para soñar con la suya: una ceremonia simple, con el párroco bendiciendo, y una fiesta donde bailarían hasta que saliera el sol. Pero por ahora, debían esperar. Y en esa espera, Aurelio seguía recogiendo tesoros: el olor de Rosario después de la lluvia, el sonido de su risa ahogada, la promesa silenciosa de un futuro que, aunque lejano, ya era suyo.
Poco a poco, el pueblo empezaba a murmurar. Y doña Mercedes, con su pasado a cuestas, no sabía que su dureza solo hacía más fuerte el lazo que intentaba romper.
El día que se casaron llovía mansamente, como si el cielo quisiera bendecir sin armar alboroto. Era un martes de abril, porque el párroco no podía los domingos y porque a ellos les daba igual el día mientras fuera pronto. Doña Mercedes, vencida por la terquedad de Rosario y por las súplicas de don Pedro, que ya apenas se levantaba de la cama, terminó por dar su brazo a torcer con una condición: que la boda fuera “decente y sin escándalo”. Eso, para ella, significaba sin invitados de más y sin gasto.
Así fue. En la sacristía de la iglesia, después de la misa de siete, se dieron el sí delante de doce personas: los padres de Aurelio, la hermana mayor Concha con su marido y sus tres críos, don Pedro en una silla porque ya no podía estar de pie, doña Mercedes tiesa como un palo, dos vecinas que ayudaron a Rosario a vestirse y dos músicos viejos —don Celedonio con la guitarra y el tío Hermenegildo con el acordeón— que tocaron de balde porque “a los buenos muchachos hay que darles una mano”.
Rosario llevaba el vestido de novia que había sido de su madre
verdadera, blanquísimo todavía, con un poco de encaje en el cuello
que Concha le arregló la noche antes. En el pelo se puso la cinta
roja, ya casi rosada de tantas lavadas, pero que para ella seguía
siendo la misma. Aurelio estrenaba una camisa que Rosario le cosió
con la tela que habían ahorrado real a real y un traje negro que le
quedaba un poco grande porque era prestado del primo de la capital.
Cuando el párroco dijo “pueden besarse”, Aurelio tembló tanto que casi se le cae el anillo. Se besaron cortito, como dos niños asustados, y todos aplaudieron. Después salieron a la plaza y los músicos tocaron una jotica lenta. Bailaron el primer baile ellos dos solos, bajo la lluvia fina, mientras los demás miraban desde el soportal. Doña Mercedes hasta sonrió un segundo, aunque luego dijo que era por el resfriado que traía.
En casa de los padres de Aurelio comieron un caldo de gallina vieja, tortilla de patatas, pan y vino. No hubo tarta ni dulces. Pero cuando los músicos se animaron con una valona, hasta don Pedro se puso a dar palmadas desde la cama que habían traído al comedor. Al caer la tarde, los novios se fueron caminando a la casita que Aurelio había levantado poco a poco en el terreno que le regaló su padre: cuatro paredes de adobe, techo de teja y una puerta pintada de verde. Allí, por primera vez, se quedaron solos. Encendieron una vela, se miraron y se rieron sin saber por qué. Luego se abrazaron fuerte, como quien abraza la vida entera.
Y empezaron los años buenos.
Al año justo, una noche de tormenta que parecía el fin del mundo, nació Luz. El trueno retumbaba tan fuerte que las gallinas se metieron debajo de la cama. Rosario gritó, Aurelio corrió a por la comadrona, y cuando volvió empapado, la niña ya estaba en el mundo chillando como si reclamara su parte de cielo. La llamaron Luz porque, al abrirse la puerta, un rayo iluminó la habitación y pareció que la niña traía su propia luz. Aurelio la tomó en brazos, tan pequeña y tan arrugada, y lloró sin vergüenza. Rosario, agotada, le sonrió: “Ya somos tres, Aurelio”.
Y con tres, la vida se volvió más dulce y más dura a la vez.
Hubo un año en que la langosta se comió la cosecha entera. No quedó ni una hoja verde en el maizal. Los vecinos maldecían, algunos lloraban, otros se fueron al pueblo a pedir limosna. Aurelio llegó a casa con la cara negra de sol y tristeza. Rosario lo miró, miró el campo pelado y, sin decir nada, recogió las pocas mazorcas que habían quedado escondidas entre las piedras. Hizo una fogata en el corral, asaron aquellas mazorcas medio podridas y se sentaron los tres —Luz en medio, con año y medio— a comerlas quemándose los dedos. Luego cantaron. Cantaron todo lo que sabían y lo que no también: coplas viejas, canciones de cuna, hasta inventaron una que hablaba de una langosta buena que devolvía las hojas verdes. Cantaron hasta que salió la luna y Luz se durmió en el regazo de su padre. Aquella noche no tenían nada, pero se sentían ricos.
Otro día, Luz dio sus primeros pasos en el patio después de la lluvia. Dio tres pasitos temblorosos y cayó de bruces en un charco enorme. Se quedó un segundo callada, con la cara llena de barro, y luego rompió a llorar. Rosario y Aurelio se miraron, y en vez de correr a consolarla, les dio un ataque de risa tan grande que tuvieron que sentarse en el suelo. Reían y reían, con lágrimas en los ojos, mientras Luz los miraba confundida. Al final Rosario la levantó, la limpió con el delantal y los tres terminaron abrazados, empapados y muertos de risa. “Esta anécdota se la contaremos toda la vida”, dijo Aurelio. Y así fue.
Y hubo noches, muchas noches, en que no alcanzaba el dinero para el petroleo de la lámpara. Apagaban la lámpara temprano y se metían los tres en la cama grande. Aurelio encendía unas brasas en el hogar y con esa luz rojiza inventaban cuentos: que las estrellas eran migas de pan que Dios tiraba para los pobres, que el río guardaba monedas de oro para quien supiera escuchar su canción, que la luna era una abuela que vigilaba que nadie se quedara solo. Luz se dormía entre los dos, con la manita agarrada al dedo de su padre, y Rosario y Aurelio se miraban por encima de la cabecita rubia y se sonreían sin necesidad de palabras.
Eran pobres de solemnidad. El techo goteaba, las gallinas ponían poco, a veces cenaban solo patatas cocidas con sal. Pero nadie reía como ellos. Nadie se miraba como ellos. Nadie guardaba en el corazón tantos tesoros pequeños.
Y cuando años después, ya viejo, don Aurelio se sentaba en la plaza y los niños le pedían historias, siempre contaba las mismas tres, una tras otra, con los ojos brillantes:
—Hubo una vez una noche que no teníamos nada que comer salvo unas mazorcas medio comidas por la plaga… y terminamos cantando hasta el amanecer. —Hubo una vez una niña que se cayó en un charco y sus padres se rieron tanto que casi se mueren de risa… —Y hubo muchas noches en que no teníamos ni luz, pero teníamos cuentos, y con cuentos se vive, niños, con cuentos se vive…
Y los niños se quedaban callados, sintiendo que aquellas historias sencillas pesaban más que todos los cuentos de reyes y princesas que habían oído nunca.
Luz fue una niña de ojos muy abiertos y preguntas que no se acababan nunca. Desde que tuvo uso de razón, la casa pequeña se llenó de sus “¿por qué?” y de sus carreras descalzas por el corral. Era rubia como el maíz tierno, con la risa de su madre y la terquedad callada de su padre. Rosario decía que había nacido con la tormenta dentro y que por eso nunca se estaba quieta.
A los cinco años ya sabía ayudar: recogía los huevos, llevaba la ropa tendida, cantaba mientras fregaba los platos con arena del río. Pero lo que más le gustaba era sentarse en las rodillas de Aurelio cuando él volvía del campo, oliendo a sudor y a tierra, y escuchar las historias de siempre: la langosta que se convirtió en música, el charco que hizo reír a tres locos, las noches sin luz que brillaban con cuentos. Ella pedía que se las repitieran hasta aprendérselas de memoria y luego se las contaba a las gallinas, a la burra y hasta a la luna.
Aurelio y Rosario se miraban por encima de su cabeza y se hacían la misma promesa sin palabras: que a esta niña no le iba a pesar la vida como les había pesado a ellos.
Cuando Luz cumplió siete años, el maestro del pueblo —don Anselmo, el mismo que años atrás se había burlado de Aurelio— abrió una escuelita de pago para los niños que pudieran permitírselo. Tres reales al mes. Para ellos era una fortuna. Hubo noches enteras en que Rosario y Aurelio discutieron bajito, acostados en la oscuridad:
—No podemos, Aurelio. Con tres reales comemos una semana. —Si no puede estudiar, repetirá nuestra vida: manos rotas y espalda doblada. —¿Y si vendemos la burra? —Sin burra no traemos leña ni carbón… —Entonces yo coseré más, tú trabajarás las horas extras que haga falta. Pero Luz va a la escuela.
Y así fue. Rosario tomó todos los encargos de costura que pudo: vestidos de novia, lutos, camisas de domingo. Aurelio aceptó doblar turnos en la hacienda y cargar sacos hasta que le sangraban los hombros. Luz entró a la escuela con un vestido remendado pero limpio y un cuaderno que olía a nuevo. Aprendió a leer en tres meses y a escribir con letra redonda y bonita. Los domingos traía los libros a casa y leía en voz alta para sus padres, que la escuchaban embobados aunque no entendieran todas las palabras. Aquellos domingos eran fiesta grande: encendían la lámpara aunque tuvieran que ahorrar después, y Luz leía cuentos de Perrault y poesías que sonaban a música.
A los doce años ya ganaba algún dinero dando clases particulares a los hijos de los medianeros. A los quince, el maestro dijo que era la mejor alumna que había tenido nunca y que merecía ir al instituto de la capital. Aurelio se quedó callado una semana entera. Luego habló con el padre Cura, con don Anselmo, hasta con don Elías el rico, que al final dio una beca pequeña “porque la niña es lista y no se debe desperdiciar”.
El día que Luz se fue a la ciudad, el pueblo entero salió a despedirla. Llevaba una maleta de cartón atada con cuerdas, el vestido bueno que Rosario le había cosido y, en el bolsillo, la cinta roja deshilachada que había sido de su madre y que ahora pasaba a ella como amuleto. Aurelio la acompañó hasta la estación de autobuses. Cuando el motor arrancó, Luz se asomó por la ventanilla y gritó:
—¡No os preocupéis, que volveré!
Y volvió. Muchas veces.
Volvió en vacaciones con libros bajo el brazo y palabras nuevas que enseñaba a su madre. Volvió con un título de maestra bajo el brazo a los veintiún años. Volvió con un pretendiente serio y bueno, Miguel, hijo de tenderos de la capital, que la miraba como Aurelio había mirado a Rosario treinta años atrás.
La boda de Luz fue más grande que la de sus padres, pero no ostentosa. Se celebró en la iglesia del pueblo un domingo de mayo, con flores silvestres y la misma guitarra y acordeón de siempre, aunque ya tocados por los nietos de don Celedonio y el tío Hermenegildo. Rosario lloró todo el tiempo; Aurelio disimuló limpiándose con el pañuelo “el polvo que entraba por la ventana”. Cuando Luz y Miguel se fueron a vivir a la capital —porque a ella le habían dado plaza de maestra en una escuela grande—, Aurelio le regaló la cajita de lata donde aún guardaba los últimos hilachos de la cinta roja original.
—Toma —le dijo—. Para que nunca olvides de dónde vienes y lo que de verdad importa.
Y Luz tuvo dos hijos: primero Pedro, luego Merceditas. Cada verano los traía al pueblo y los dejaba correr descalzos por el mismo corral, comer las mismas mazorcas asadas y escuchar las mismas tres historias que su abuelo contaba en la plaza, ya con la voz temblorosa y la espalda encorvada.
Los niños del pueblo —los nuevos y los nietos de los antiguos— seguían sentándose en rueda alrededor de don Aurelio. Y él, con los ojos brillantes, repetía una y otra vez:
—Hubo una vez una niña que se cayó en un charco y sus padres se rieron hasta dolerles la barriga… —Hubo noches sin luz, pero con cuentos… —Y hubo una muchacha que se fue a la ciudad con una maleta de cartón y volvió convertida en maestra, pero nunca olvidó que la verdadera riqueza cabe en una sonrisa compartida…
Los niños se quedaban mudos, y los más pequeños preguntaban si todo eso era verdad. Don Aurelio sonreía, miraba al cielo como buscando a Rosario y a Luz, y contestaba siempre lo mismo:
—Más verdad que el pan que comemos, hijos míos. Más verdad que el pan.
Y así, mientras Luz enseñaba letras en la capital y sus hijos crecían entre libros y recuerdos felices, en el pueblo el viejo seguía recogiendo sus tesoros: las risas de los niños que lo escuchaban, el olor a jazmín en verano, el eco lejano de una cinta roja que nunca dejó de ondear en algún corazón.
Cuando Rosario se fue, una mañana de invierno que olía a leña y a ausencia, Aurelio no lloró delante de nadie. Cerró la puerta de la casita, guardó el peine de ella en la cajita de lata junto a los restos de la cinta roja y siguió viviendo. Se levantaba antes del alba, hacía su café amargo, daba de comer a las gallinas y, al caer la tarde, se sentaba en el banco de piedra de la plaza, bajo el moral grande. La espalda ya la tenía encorvada como un arco viejo, y las manos, surcadas de grietas, parecían raíces que hubieran decidido salir a la superficie a tomar el sol.
Los niños lo sabían: cuando don Aurelio llegaba, la plaza era suya. Se sentaban en rueda, en el suelo o encima de sus rodillas, y él empezaba a hablar con esa voz lenta y baja que parecía venir de muy lejos.
Nunca decía “tenéis que ser buenos” ni “no codiciéis el dinero”. Solo contaba historias.
A veces repetía las tres de siempre: la langosta, el charco, las noches sin luz. Otras veces contaba una nueva: la del atardecer que vio con Rosario en la colina del molino, cuando el cielo se volvió rojo y dorado y ellos se quedaron mudos, agarrados de la mano, sintiendo que el mundo entero cabía en aquel instante.
Una tarde llegó Anselmo, el hijo del antiguo capataz de don Elías. Alto, fuerte, con bigote recortado y un reloj de cadena que relucía como un desafío. Venía del pueblo de al lado, donde había comprado un pasaje para América.
—Don Aurelio —dijo en voz alta para que todos oyeran—, ¿usted todavía aquí, perdiendo el tiempo con cuentos? Yo me voy a un sitio donde los hombres de verdad hacen fortuna. Allá las calles están llenas de oro, y nadie se muere pobre.
Los niños miraron a Aurelio. Esperaban que se enfadara. Pero él solo sonrió con aquella calma suya.
—Cuéntanos, Anselmo, ¿y qué harás con tanto oro?
—Compraré tierras, una casa grande, criados… ¡Mi mujer llevará sedas y mis hijos estudiarán en universidades!
Aurelio asintió despacio.
—Recuerdo una tarde —empezó— que Rosario y yo subimos a la colina. El sol se estaba poniendo y parecía que alguien hubiera derramado miel y sangre por el cielo. Nos quedamos callados un rato largo. Luego ella dijo: «Si tuviéramos todo el oro del mundo y perdiéramos este momento, seríamos los más pobres». Yo entonces no entendí del todo. Ahora sí.
Anselmo se rió fuerte.
—Pues quédese con sus atardeceres, viejo. Yo prefiero los dólares.
Se fue pavoneándose. Dos años después volvió: más flaco, sin bigote, sin reloj. Había perdido hasta la camisa en las minas de Venezuela. Nadie lo vio llorar, pero una noche, muy tarde, llamó a la puerta de Aurelio.
—Tenía razón el atardecer —dijo nada más entrar, y se echó a llorar como un niño.
Aurelio le dio caldo caliente y no le preguntó nada más.
Otra tarde, doña Visitación —la viuda del boticario, famosa por su lengua de víbora y su luto eterno— pasó por la plaza y soltó su latigazo:
—¡Qué vergüenza, Aurelio! ¡Enseñando a los niños a soñar en vez de a trabajar! ¡Así nos va en este pueblo!
Los niños se encogieron. Aurelio solo la miró con bondad.
—Siéntese un ratito, doña Visitación.
Ella resopló, pero se sentó en el borde del banco, tiesa como una vara.
—Había una vez —empezó Aurelio— una mujer que lo tuvo todo: casa grande, marido respetado, armarios llenos de ropa fina. Pero un día se quedó sola y se dio cuenta de que nadie la visitaba, porque nunca había tenido tiempo de sonreír a nadie. Entonces empezó a ir a la plaza a escuchar cuentos de un viejo loco… y poco a poco se le fue aflojando el corazón.
Doña Visitación carraspeó, se levantó de golpe y se fue diciendo que tenía prisa. A la tarde siguiente volvió. Y a la otra. Al cabo de un mes ya traía caramelos de anís para los niños y, una vez, hasta se le escapó una carcajada cuando Aurelio contó lo del charco. Cuando murió, años después, dejó dicho que la enterraran con un pañuelito rojo que había guardado desde niña y que nunca se había atrevido a usar.
Y luego estaba Paquito, el hijo pequeño del herrero, un niño pálido que tosía sangre y al que los médicos habían desahuciado. Su madre lo traía a la plaza envuelto en una manta aunque fuera verano, porque era el único sitio donde el niño dejaba de llorar.
Una tarde Paquito estaba peor que nunca, con fiebre alta y los ojos hundidos. Los otros niños se apartaron. Aurelio lo tomó en brazos, liviano como un pájaro.
—¿Quieres una historia que nadie conoce? —le preguntó bajito.
Paquito asintió apenas.
—Había una vez un atardecer —empezó Aurelio— que valía más que cien pesos, más que mil, más que todos los dólares de América. Era un atardecer tan bonito que Dios lo guardó para los que ya se van, para que lo lleven puesto como traje nuevo al otro lado. Y ese atardecer… lo estoy viendo ahora mismo, Paquito. Mira hacia la sierra.
El niño giró la cabecita. El cielo se estaba encendiendo de rojo y oro, igual que aquella tarde en la colina con Rosario. Paquito sonrió por primera vez en semanas. Luego cerró los ojos y se durmió tranquilo. Esa noche no volvió a despertarse.
Al día siguiente, su madre vino a la plaza con los ojos hinchados.
—Se fue sonriendo —dijo—. Gracias, don Aurelio.
Él no contestó. Solo miró al cielo, donde todavía quedaba un resto de luz, y murmuró muy bajo:
—Otro tesoro más, Rosario. Otro tesoro más.
Y así pasaron los años de maestro silencioso: sin pizarra, sin varita, sin sermones. Solo con historias que caían como semillas en tierra buena. Algunos las recogían y se hacían ricos de otra manera; otros pasaban de largo y seguían buscando oro que nunca les calentaría el pecho.
Pero los niños seguían viniendo. Y don Aurelio seguía sentado bajo el moral, con la espalda cada vez más encorvada y el corazón cada vez más lleno, contando una y otra vez que la vida, bien mirada, es el negocio más redondo que existe.
Una mañana de octubre, cuando el aire ya olía a leña y a uvas pisadas, don Aurelio no salió a la plaza. Los niños esperaron un rato, luego corrieron a la casita del camino viejo. La puerta estaba entornada, la lumbre apagada y él, sentado en la sillita baja, con la cabeza caída sobre el pecho y una sonrisa muy suave en los labios, como quien acaba de ver llegar a alguien muy querido.
No sufrió. Simplemente se fue, con la misma discreción con la que había vivido.
El entierro fue al día siguiente. No hubo coche fúnebre ni coronas de flores compradas. El pueblo entero lo llevó a hombros desde la casita hasta el cementerio: los hombres se turnaban para llevar el ataúd de pino sin barnizar, las mujeres caminaban detrás rezando bajito, los niños delante tirando pétalos de las últimas rosas del jardín.
En la puerta del camposanto nadie llevaba luto nuevo; vestían la ropa de los domingos, limpia pero gastada. Pero cada uno traía algo:
Doña Visitación puso en el ataúd el pañuelito rojo que había guardado toda la vida.
Anselmo, ya canoso y sin reloj, dejó una mazorca asada envuelta en hoja de plátano “por si tenía hambre en el camino”.
La madre de Paquito colocó un ramillete de flores silvestres y susurró: “Para que tengas atardeceres allá también”.
Los niños dejaron piedrecitas pintadas, caramelos de anís, un dibujo de la langosta buena.
Luz, que había llegado de la capital con sus hijos de la mano, depositó la cajita de lata con los últimos hilos de la cinta roja y dijo, tan solo para que su padre la oyera: “Ya estás con ella, papá”.
Cuando bajaron el ataúd, nadie lloró a gritos. Lloraron quedo, como quien pierde algo muy grande pero sabe que no se pierde del todo.
Años después, los que habían corrido tras el oro —los que se fueron a América, los que compraron tierras, los que presumieron de relojes y trajes— volvían al pueblo de visita y se paraban frente a la tumba sencilla donde solo pone:
AURELIO GARCÍA
El hombre con más suerte del mundo
Y se quedaban callados un rato largo.
Uno contaba que había ganado mucho dinero, pero que nunca había vuelto a reírse hasta dolerle la barriga. Otro decía que tenía casa grande, pero que las noches eran frías y silenciosas. Un tercero confesaba que a veces, en la ciudad, cerraba los ojos y trataba de recordar el olor del pan recién hecho y no podía.
Y todos, sin decirlo en voz alta, entendían al fin que habían sido pobres de solemnidad comparados con aquel viejo de manos rotas y espalda encorvada que nunca tuvo nada… y lo tuvo todo.
En la plaza, bajo el moral que ya está más grande, los niños siguen sentándose en rueda cuando cae la tarde. Ahora los cuenta Luz, o los nietos de Luz, o cualquier muchacho que un día escuchó a don Aurelio. Y siempre terminan igual, mirando al cielo que se pone rojo y dorado:
—Decían en el pueblo que don Aurelio fue el hombre con más suerte del mundo. No tenía riquezas, ni palacios, ni caballos de pura sangre. Pero recogió, uno a uno, todos los tesoros que la vida regala a quien sabe mirarla.
Y cuando el sol se esconde detrás de la sierra, los niños se van a casa corriendo, con el corazón lleno de algo que no saben nombrar todavía, pero que nunca olvidarán.
Porque la suerte de don Aurelio no se enterró con él. Se quedó flotando en el aire del pueblo, en el olor a jazmín, en las risas que resuenan los domingos, en cada atardecer que alguien contempla sin prisa.
Y así, mientras haya alguien que cuente una historia sencilla y alguien que la escuche con el alma abierta, don Aurelio seguirá vivo.
El hombre con más suerte del mundo nunca se fue del todo.
«Porque la verdadera fortuna no se mide en lo que se tiene, sino en lo que nunca se olvida.»
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