El rincón que dejó de estar vacío
Marco siempre fue el motor del pueblo. Cuando los hijos se marcharon, él y ella no se quedaron quietos: bailes los fines de semana, disfraces en carnavales como si tuvieran veinte años menos, y el camión convertido en carroza espectacular gracias a él y a sus amigos de toda la vida. Siempre cogidos de la mano, cómplices hasta en las tonterías más grandes. Fue fundador del hogar del jubilado; los compañeros le tomaban el pelo: «Aún eres joven, Marco, ¿tanta prisa por jubilarte?». Y él contestaba con esa risa ancha: «Por eso me quedan diez años. Luego los dos no vamos a parar, ya verás».
Todo se derrumbó una mañana cualquiera. Ella empezó a olvidarse de detalles pequeños. Meses después, el diagnóstico: Alzheimer. Fue rápido, pero no solo la enfermedad lo rompió. Los amigos se fueron apartando poco a poco, como si la pena fuera un mal que se pega. Marco se quedó solo con ella en la cabeza, y nada más importó.
Ahora llega todas las mañanas al bar. Pide un café —antes con prisa por volver a casa y estar juntos— y se sienta en aquella mesa que nadie toca. La gente la llama en voz baja «el rincón de las almas perdidas». Mira la lluvia en el cristal, el vaso de caña que apenas moja los labios.
Y entonces, sin aviso, le viene el recuerdo. Es de uno de aquellos carnavales, el del año que decidieron ir de piratas. Estaban en el garaje de Paco, preparando los disfraces entre cerveza y risas. El más gracioso fue el momento en que le tocó probarse el chaleco a Manolo, el del buen barrigón. Manolo siempre había sido de los que comía por cuatro, y aquel chaleco pirata —una especie de top negro con cordones y calaveras bordadas que habían comprado en el mercadillo— le quedaba ridículo. La parte de arriba le tapaba justo los pezones, como si llevara un sujetador de dos tallas menos, pero la barriga entera quedaba al aire, redonda y blanca, temblando cada vez que se movía. Parecía un pirata que se había comido al barco entero.
Todos se quedaron callados un segundo, mirándolo. Luego estalló la carcajada. Ella fue la primera en doblarse: «¡Manolo, pareces una bailarina del tropico que se ha equivocado de disfraz!». Marco se acercó, le puso el sombrero tricornio torcido y le dijo: «Tranquilo, que la barriga es el tesoro. Nadie se atreverá a robarlo». Manolo, rojo como un tomate, intentó subirse el chaleco, pero solo consiguió que se le saliera más tripa. Terminó bailando una especie de twist pirata, con la barriga bamboleándose, y todos por el suelo de la risa. Ella se agarró al brazo de Marco para no caerse, y entre hipos le susurró: «Este carnaval lo ganamos por goleada, amor».
En la barra, ahora, Marco siente que le sube algo por la garganta. No es llanto. Es una risa tonta, muda, de esas que le arrugan los ojos y le hacen mover los hombros sin querer. Nadie lo ve. Solo la lluvia golpeando el cristal. Se lleva la mano a la boca, como si quisiera esconderla, pero no puede. Se le escapa un bufido corto, casi un ronquido. Por un segundo, la mesa no está vacía. Está llena de amigos, de cerveza derramada, de ella riéndose hasta que le dolía la tripa.
Luego vuelve el silencio. Pero esa risa tonta se queda ahí, como un rescoldo. No borra el dolor, pero lo hace un poco más llevadero. Marco mira el vaso, suspira y murmura para sí:
—Manolo, cabrón… si vieras lo que has hecho hoy.
Y por primera vez en mucho tiempo, el rincón de las almas perdidas tiene un poquito menos de pérdida.
Como cada día, antes de ir a comer, Marco pasó por el bar. El sol de enero entraba a raudales por las ventanas, algo raro en este invierno que parecía no querer soltar la lluvia. Se sentó en su rincón de siempre, pidió la caña habitual y se quedó mirando el vaso como si ahí estuviera escrita la respuesta a todo. La mesa seguía vacía al lado, pero hoy el bar tenía un brillo diferente: olía a limpio, a café recién hecho, y hasta Paco tarareaba algo por lo bajo detrás de la barra.
Se abrió la puerta con un tintineo suave. Entró una mujer de su edad, o quizás un par de años menos. Se veía que se cuidaba: el pelo bien peinado, un abrigo elegante pero sin pretensiones, y un paso firme que contrastaba con la lentitud de los años. Pidió un café solo en la barra, pagó con monedas exactas y se dio la vuelta para salir.
Fue entonces cuando lo vio.
Se detuvo en seco. Frunció el ceño, como si dudara. Dio dos pasos hacia la mesa, despacio, y se paró frente a él.
—¿Marco?
Él no levantó la cabeza. Solo murmuró un «sí» seco, casi automático.
Ella sonrió con suavidad, esa sonrisa que sabe de pérdidas.
—No me conoces, ¿verdad? Mírame. Levanta la cabeza.
Marco obedeció por inercia. La miró. Algo le hizo clic en los ojos, como una luz que se enciende en una habitación oscura.
—Te recuerdo… y no sé de qué. Perdona, ando muy despistado desde hace tiempo.
—No pasa nada. Soy Mayca. La mujer de Alejandro. Estábamos en la misma planta de la residencia que tu mujer. Los dos pasábamos allí casi todo el día. Éramos los únicos cuidadores que nos quedábamos tantas horas. Nos cruzábamos en los pasillos, en la sala de espera… ¿te acuerdas?
Marco levantó entonces la cabeza del todo. Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa verdadera le cruzó la cara, tímida pero real.
—Mayca… claro. Mayca. Dios mío. ¿Cómo no te reconocí antes? Sabes qué me pasa… desde que ella enfermó fui perdiendo amistades. Y ahora que se fue, por la casa de un viudo no pasan ni las moscas.
Se le escapó una risa corta, amarga pero honesta. Mayca se sentó sin pedir permiso, en la silla que llevaba meses vacía.
—Y tú, ¿cómo llevas lo de viuda? Es duro, ¿verdad? Las horas se hacen eternas y no ves recuperación por ningún lado.
Ella asintió despacio, mirando el café que aún humeaba en su taza.
—Supe lo de tu mujer porque dejaste de venir. Alejandro murió poco después de ella. Fue… rápido al final. Vine hoy porque tenía que recoger unas cosas personales suyas que quedaron en el pueblo. No toqué nada hasta ahora. De aquí al tanatorio, y luego incineración. Mañana regreso a la ciudad.
Desde la barra, Paco y un par de habituales miraban de reojo, con esa extrañeza curiosa de quien ve algo que no esperaba. Marco se dio cuenta y se enderezó un poco.
Se levantó, le apartó la silla con un gesto casi galante, como en los viejos tiempos.
—Siéntate bien. ¿Quieres tomar algo? ¿Otra caña, un vino? Sabes cómo le llaman a este rincón… «el rincón de las almas perdidas». Nadie se acerca, piensan que es contagioso.
Mayca soltó una risa suave, de las que suenan a alivio.
—No, Marco. Mejor aún: ¿sabes algún sitio bueno para comer por aquí? Te invito. Así me haces la comida más amena. No me apetece comer sola hoy.
Él dudó un segundo. Miró el vaso casi intacto, la mesa, la luz que entraba por la ventana. Luego asintió.
—Hay un sitio a dos calles. Comida casera, nada de lujos. Pero se come bien. Y se habla mejor.
Salieron juntos del bar. El sol calentaba la calle empedrada, y por un momento el pueblo pareció menos gris. Caminaron despacio, sin prisa. Marco le contó lo del carnaval de Manolo y la barriga al aire; Mayca se rio con ganas, tapándose la boca como si no quisiera que el pueblo entero la oyera.
En el restaurante pequeño, de manteles a cuadros y olor a guiso, pidieron un menú del día: lentejas, filete con patatas, postre casero. Hablaron de todo y de nada. De los días en la residencia, de las noches sin dormir, de cómo el silencio se mete en los huesos cuando ya no hay nadie al lado. De cómo a veces, sin querer, uno se olvida de reír.
—Sabes —dijo ella al final, removiendo el café—, Alejandro siempre decía que eras el más animado del grupo. Que si no fuera por ti y tu mujer, las tardes allí habrían sido insoportables.
Marco bajó la vista al plato.
—Pues mira ahora… soy el rey del rincón de las almas perdidas.
Mayca le puso la mano encima de la suya, solo un segundo. Un gesto simple, pero que pesó como un abrazo.
—No hoy, Marco. Hoy no.
Comieron despacio. Hablaron de los hijos (los de él lejos, los de ella también), de los carnavales que ya no volverían, de lo raro que es seguir vivo cuando el otro ya no está. Al salir, el sol empezaba a bajar, pero el día parecía más largo.
En la puerta del restaurante se despidieron. Ella le dio un abrazo breve, de esos que duran lo justo para que se note.
—Cuídate, Marco. Y si algún día pasas por la ciudad… ya sabes dónde estoy tienes mi dirección y teléfono..
Él sonrió, esta vez sin esfuerzo.
—Igual un día me animo. Gracias por la comida. Y por… esto.
Mayca se alejó caminando hacia el coche. Marco se quedó un rato en la acera, mirando cómo se iba. Luego giró hacia casa, pero no entró directo. Pasó por el bar otra vez, solo para mirar desde fuera.
El rincón seguía allí. Pero hoy, por primera vez, no le pareció tan vacío.
Marco decidió ir a la ciudad. Ya estaba cansado de estar solo en el pueblo, de pasear por las mismas calles empedradas donde todo le recordaba lo que ya no estaba. Una mañana, mirando el fuego de la chimenea hasta que amanecía, pensó: «Comer con compañía no es lo mismo que solo». Sacó el móvil —que apenas usaba— y le mandó un mensaje a Mayca con una ubicación sencilla: un parque cerca del centro, a las doce del mediodía.
Ella respondió casi al instante: «Perfecto. Yo tampoco tengo nada que hacer hoy. Te espero allí».
Llegó temprano, nervioso como un crío. Mayca ya estaba sentada en un banco, con un abrigo gris y una bufanda que le tapaba media sonrisa. Se vieron desde lejos, se acercaron y se dieron dos besos en las mejillas, de esos que duran un segundo más de lo normal.
Pasearon despacio por las calles peatonales, entre gente que iba y venía sin fijarse en ellos. El sol de enero calentaba lo justo.
—¿A qué hora llegaste, Marco? —preguntó ella.
—A la madrugada. No podía conciliar el sueño. Ahora en invierno me siento junto a la chimenea hasta que amanece; en verano, aún no ha salido el sol y ya estoy paseando. La noche es muy traidora.
Mayca asintió, mirando al frente.
—A mí me pasa lo mismo. Hay días que no toco la cama. He creado mi mundo en el salón de casa: sofá, manta, televisión de fondo que no veo… y así hasta que sale el día.
Siguieron caminando, hablando de anécdotas pequeñas. De cómo María le había enseñado a Marco lo básico de cocinar y poner la lavadora antes de que la enfermedad avanzara demasiado. «Al principio lo hacía con su supervisión —contó él—, pero cuando empezó a fallarle la memoria, me puse con tutoriales de amo de casa en el móvil. Parecía un niño aprendiendo a atarse los zapatos».
Mayca se rio por primera vez en mucho tiempo, una risa sincera que le arrugó los ojos.
—Lo mismo me pasó a mí con Alejandro. Nunca me había preocupado del tema bancario, de los locales que tenemos… De repente, tutoriales como dices tú, de gestoría. La verdad, se me ha venido todo muy cuesta arriba.
Comieron en un restaurante modesto cerca del parque: sopa caliente, pescado al horno, vino tinto de la casa. Hablaron de sus hijos (los de los dos lejos, con vidas propias), de lo raro que es seguir adelante cuando el otro ya no está al lado.
Después, se sentaron en un banco del parque. El atardecer empezaba a teñir todo de naranja.
—Y tú, Marco, ¿cómo te arreglas solo?
—Pues como te dije… María me preparó. Cocino lo justo, lavo, plancho mal pero plancho. Antes también lo hacía, pero con ella mirando de reojo.
Llegó el fresco. Mayca se abrazó a sí misma.
—Hace fresco, Marco. ¿Me acompañas hasta casa? No tengo nada que hacer, y contigo la tarde se me ha hecho corta.
—Claro. No tengo prisa.
Llegaron al portal. Se iban a despedir, pero Mayca dudó.
—¿Quieres subir? O prefieres marchar… Hoy estoy sin mi amiga soledad. He pasado una tarde sin tristeza ni melancolía. Tú hablas de la noche, que es traidora, pero la soledad… no tener con quién hablar, estar como esta tarde acompañada… para mí es otro mundo. No sé si te pasará lo mismo.
Marco asintió con la cabeza, sin palabras al principio.
Subieron al piso. Mayca puso la calefacción porque llegaban destemplados los dos. Apartó mantas y edredones del sofá, que parecía un nido de noches solitarias.
—Perdona el desorden —dijo ella—. Ni tengo ni esperaba visita. Por eso me alegré tanto cuando me llamaste y cuando el otro día me acompañaste a comer. Solo salgo a comprar poca cosa, y a veces ni ceno.
Marco sonrió.
—A mí me pasa lo mismo. Llega esa hora de cenar y se me hace un nudo en el estómago. Ni ceno ni nada. A la mañana, un café y a la calle, a mi rincón de las almas perdidas. Han dejado aquel rincón maldito para mí, y nadie se acerca, con o sin mí.
Mayca abrió la nevera.
—Vamos a ver qué hay y cenamos algo. No sé si por el paseo o por la compañía, pero me ha entrado el hambre.
Marco miró el reloj. Mayca lo notó.
—¿Algún problema?
—En absoluto. Me da miedo… es para calcular el tiempo en llegar a casa.
Ella lo miró fijamente.
—Marco, de verdad: si quieres volver, no te lo niego. Pero si decides quedarte a cenar, con lo a gusto y acompañada que estoy hoy… quédate a dormir. Lo único es que tendríamos que hacer una de las camas de los niños. Hace años que no vienen. Y te voy a ser sincera: no entro casi, limpio y cierro la puerta. De vez en cuando ventilo la habitación y cierro, para no recordar tiempos pasados. Me han dejado sola.
Marco bajó la vista.
—Sé de qué me hablas. Me dijeron que cogiera un perro para hacerme compañía.
—A mí también me dijeron lo mismo.
Se miraron y sonrieron, cómplices.
—Te acepto la invitación —dijo él—. Pero no tengo ropa ni nada. Lo puesto.
Mayca se ilusionó de verdad.
—Si no eres escrupuloso, tengo algo de Alejandro aquí. La ropa que usaba en la residencia allí se quedó. Teníais casi el mismo pie y el mismo cuerpo. ¿Qué te parece si te pones cómodo y aceptas mi propuesta?
—Pues sí.
Entraron en la habitación. Mayca abrió el armario.
—Sabes cuánto tiempo hace que no piso esto… Saqué mi ropa y la puse en la habitación de mi hijo. Y espera, que vas a ir modernito: mi hijo tiene el armario lleno. Niño caprichoso.
Se puso a buscar ropa para Marco: un pantalón cómodo, una camisa de lana, calcetines gruesos. Le enseñó la casa lo típico —el baño, la cocina, el salón que ya había visto al entrar— él se cambio en el dormitorio.
Cuando salió, con la ropa de Alejandro que le quedaba perfecta, Mayca lo miró y soltó una risa suave.
—Te queda bien. Pareces… renovado.
Cenaron algo sencillo: tortilla, pan con tomate, queso y una botella de vino que abrieron sin pensarlo mucho. Hablaron hasta tarde, de todo y de nada. De cómo la vida sigue cuando uno cree que se ha parado.
Al final, en el sofá, con la calefacción a más grados, Mayca apoyó la cabeza en el respaldo.
—Gracias por quedarte, Marco.
—Gracias a ti por invitarme.
La noche, por una vez, no fue traidora. Fue solo una noche más, pero compartida.
Mayca y Marco se fueron a dormir esa noche sin saber si fue el cansancio del día largo o simplemente la tranquilidad de estar acompañados por fin. No hubo besos torpes ni promesas grandes; solo un «buenas noches» suave, el su habitación Mayka el sofá , y el sueño llegó rápido, profundo, sin interrupciones.
Despertaron tarde, muy tarde para sus costumbres: las diez de la mañana. Marco fue el primero en levantarse. Fue al baño en silencio, se lavó la cara y, como por inercia, se dirigió a la cocina. Al ver a Mayca aún medio dormida en el sofá-cama que habían improvisado para más comodidad, algo le salió del pecho sin permiso: se agachó y le dio un beso tierno en la mejilla.
Mayca abrió los ojos despacio, con una sonrisa que le iluminó toda la cara.
—Buenos días… ¿cómo has dormido?
—Bien. Muy bien. Como hacía años que no dormía.
Marco fue directo a la nevera. Preparó dos cafés con leche en esa cafetera de bar que hacía espresso de verdad. Usó todo el café que quedaba y toda la leche que había. Se le ocurrió una idea mientras removía el azúcar en silencio.
Desayunaron juntos en la mesa del comedor. Mayca, totalmente desatada de felicidad, no pudo contenerse:
—¿Por qué no te quedas unos días? Por favor.
Marco la miró, fingiendo pensárselo.
—Con una condición: déjame ir a buscar el coche y lo aparco aquí debajo. Primero me cambio de ropa, que en chándal y babuchas o chándal y zapatos me apedrean.
Soltó una risa corta, recuperando ese humor seco que había tenido siempre.
—Así te dejo privacidad para asearte y ponerte guapa y cómoda. Yo no tardaré: cojo el coche y vuelvo.
Pero su idea era otra. Le sirvió de excusa.
Fue al centro comercial, aparcó, y compró de todo: leche, café, pan, frutas, verduras, embutidos, queso, vino, incluso dulces para el café de la tarde. No quería que a Mayca le faltara de nada. Mientras cargaba las bolsas, le llegó un mensaje de ella:
«¿Pasa algo? ¿Algún problema?»
Él contestó rápido:
«Nada sin importancia. El coche viejo y tranquea coo yo. Ya casi estoy y voy para allá.»
Aparcó en el portal, encalló el ascensor y subió. Llamó al timbre todo alterado.
—¡Sujetame la puerta que tengo el coche mal aparcado!
Entró con las bolsas, las dejó en la cocina y dijo:
—Ahora subo voy a aparcar bien.
Mayca, desde el salón, en voz alta:
—¡A ti te mato!
Cuando volvió a subir, ella le esperaba en la puerta con los brazos cruzados, pero con una sonrisa que no podía esconder.
—¿Y esto a qué se debe?
Marco se sinceró, sin rodeos:
—Ayer te vacié la nevera con la cena y usé todo para el desayuno. No era plan.
Mayca abrió las bolsas y soltó una carcajada.
—So bruto… si has traído para un regimiento. Así no pasarás frío para ir de compras.
Se quedaron mirándose un segundo. Luego ella dijo, más seria:
—Vamos a hacer una cosa más inteligente. ¿Por qué no te quedas unos días? ¿O no estás a gusto? Yo sí. Y estaría más acompañada y feliz. Tengo alguien con quien hablar… Como tú en el pueblo, que no viene nadie, ni los hijos.
Marco se quedó. Unos días. Una semana. Paseos hasta el mediodía, compras en el mercado, sobremesas largas después de comer, charla hasta la hora de cenar. Dormían hasta tarde —diez, once— y ya no temían a la noche. Un beso en la mejilla y a dormir. Mayca dejó de dormir en el salón; volvió a su habitación. Por las mañanas, él iba a por el pan y ella compraba unos dulces para el café de la tarde.
Hubo un conato de darse la mano mientras paseaban. Quizá fuera muy deprisa, pero parecía que llevaban años juntos.
Una mañana sonó el teléfono. Era el hijo de Marco. Mayca a su lado, manos libres puesto.
—Dígame.
El hijo, con humos:
—¿Qué pasa, vives aún? Mi hermana y yo sin saber dónde estás. Me han llamado del pueblo a ver si estabas vivo o teníamos que entrar a casa a recoger un cadáver.
Marco respiró hondo, calmado pero firme:
—Mira, hijo. Voy a ser educado. A ti y a tu hermana os importa una mierda dónde estoy y cómo estoy. A las pruebas me remito: ni en vida ni en la enfermedad de vuestra madre os importamos una mierda. Esta llamada es para quedar bien con no sé quién del pueblo. Te diré más: estoy en un crucero. Cuando llegue te lo haré saber. Y ahora hazme un favor: déjame ser feliz e iros tú y tu hermana a cazar moscas a lazo. Por cierto, si hasta ahora no te he causado problemas, vamos a seguir como estábamos. Me he explicado. Pues ya está todo dicho. Que tengas un buen día, hijo.
Colgó. Soltó un:
—Hostia puta, joder… Ya está bien. Les hemos importado una mierda y ahora con estos humos. Será imbécil. Esto es para quedar bien con los del pueblo.
Mayca le agarró la mano.
—¿Qué hora es?
—La una. ¿Por qué?
—Tienes ganas de hacer una locura. Es buena hora.
Le propuso:
—Vamos a casa… perdón, a tu casa. Cogemos el coche, vamos al pueblo. Me irá bien para coger cosas mías y me invitas a estar unos días más aquí.
Mayca le cogió la mano, le dio un beso en la mejilla.
—Estas locuras no las hacía hace mucho tiempo. Vamos a comer y nos vamos.
Llegaron al pueblo al anochecer. Las calles vacías. Entraron en casa y una vecina cotilla, Dolores, se acercó:
—Marco, te había pasado algo. No vas al bar, no se veía luz… Pensábamos que te había pasado algo.
—Dolores, estoy bien. He venido a buscar víveres. No lo digas por el pueblo, pero me he hecho ermitaño. Gracias por todo. Y vosotros bien, ¿verdad?
Asintió con la cabeza.
—Pues con Dios, Dolores.
Entró y allí estaba Mayca, tapándose la boca para no reírse a carcajadas.
Marco le dijo:
—Un segundo, tengo que hacer una cosa.
Cogió un folio, escribió con letra grande y clara:
«Estoy bien. Meditando la soledad que tengo. Por favor, seguir sin preocuparos de mí. Firmado: Marco.»
Mayca, entre risas:
—No pondrás esto en la puerta…
—Por supuesto que sí. A dar por el culo a otro lado. Saldremos a oscuras como dos delincuentes. Eso les va a matar. No es que te esconda: les quiero joder a buenas horas, higos pasos.
Cogieron todo lo que había en la nevera, embutidos de la fresquera, un jamón recién empezado con su tabla y todo. Oscureció. Mayca se subió al coche. Salieron del garaje, cerraron bien la casa, comprobaron que el cartel estaba en su sitio.
Pasó un vecino:
—Marco, ¿cómo estás?
Marco señaló el cartel y dijo:
—Allí lo explica. Mañana a la hora del pan lo sabrás. Ya le he pasado el parte a Dolores. Buenas noches.
Se fueron riendo bajito, como dos críos que acaban de hacer una travesura.
El coche se perdió en la carretera hacia la ciudad, con la nevera llena y el corazón un poco más ligero.
Llegaron a casa de Mayca con el coche cargado hasta arriba. Descargaron todo entre risas y algún que otro bufido por el peso del jamón. Llenaron la nevera hasta que no cabía ni un yogur más, colocaron la ropa en el armario y dejaron las bolsas de provisiones en la encimera como trofeos de guerra.
Hacía fresco esa noche. Mayca se giró hacia Marco.
—Déjame coger la bufanda y unos guantes, te acompaño a aparcar el coche.
—No es necesario, mujer.
—Que sí, me gusta pasear junto a ti.
Fueron juntos. Cerraron el coche, y Mayca le cogió de la mano sin más, natural, como si siempre lo hubieran hecho. De vuelta, se cruzaron con una pareja conocida. Mayca los saludó con la mano.
—Buenas noches… ¡mirad quién viene conmigo! Marco, estos son los del tercero, Luis y Carmen.
Un poco de charla intrascendente: el tiempo, la calefacción que falla, los nietos. La otra pareja se giró varias veces mientras se alejaban.
—Ya está —dijo Mayca entre dientes—. Verás lo que tardamos en llegar a casa y va a llamar mi hija. Su hija y la mía son amigas, y estos son unos cotillas de campeonato.
Efectivamente, apenas se habían quitado el abrigo cuando sonó el teléfono.
—Mamá, buenas noches.
—Buenas noches, hija. Y perdona antes que sigas… y perdón si no te he llamado antes y ha tenido que ser Laura, tu amiga, quien te provoque a llamarme a estas horas. No me cortes y déjame hablar. A ti sí, cielo mío. A tu hermano no le daría opción.
La hija, con voz preocupada:
—Mamá, ¿qué te ha pasado? Hace justo un mes hablamos por última vez, estabas que me llegaste a preocupar. Ahora vuelves a tener la viveza y el timbre de voz de siempre.
Mayca respiró hondo.
—Puedo hablar, y te aviso: como bien te han dicho, te está oyendo. Voy cuesta abajo y sin frenos, luego opinas, pero te pido, hija, que me oigas.
Se llama Marco. Tú sabrás quién es, tu hermano no, y no quiero ni que se lo menciones. Es el señor que te presenté en la residencia, ¿te acuerdas? El hombre que se deshacía agasajando a su mujer.
—Sí, mamá, y te dije que tenía que ser un buen hombre.
—Pues lo es. Verás: su mujer falleció poco después de tu padre. Bajé a la residencia, no me apetecía, entré a tomar un café al bar y estaba allí, decaído como yo. Puedes preguntar por el pueblo donde está la residencia: ellos te dirán hasta un mote le sacaron al rincón donde cada día se sentaba. Vivía como un apestado. Estuvimos hablando, un día nos vimos aquí en la ciudad… Tú sabes lo a gusto que estaba. Le pedí que me acompañara, llegamos a casa, hacía frío, hablamos y no le dejé volver al pueblo. Para tu tranquilidad: dormimos en habitaciones separadas, él en la de tu hermano, yo en la mía. Hija, he dejado el sofá. Tengo compañía. Salgo de compras, me vuelvo a pintar, hablamos, paseamos… Como yo es el, de una melancolía. Pasar de cuidadores a viudos los dos fue un trance y lo sabes. Tú sí te has preocupado por mí, por tu padre. Es cosa de agradecer a ti, a tus hijos y a tu marido. Tu hermano es la espina que llevo clavada en el corazón: no fue a ver a su padre nunca.
Si hablas con él, dile de mi parte: no quiero ahora visitas, que me deje vivir en paz. Y por la herencia no se preocupe, sigue todo igual. Gané me dieron de dejarle la legítima solamente.
¿Bien, hija? ¿Algo que decir?
—Mamá… ¿estás con el manos libres?
—Sí.
—Marco, por Dios, cuídala. Y gracias. Desde la enfermedad de papá y su muerte, mi madre nunca me había vuelto a hablar así.
Mayca se emocionó un poco.
—Mamá, solo una cosa: sé que eres muy cabal. Vive, mamá. Vive. Que estabas muerta en vida.
—Mamá, ¿te puedo llamar más a menudo?
—Cuando quieras, hija. Y mejor así, no con los chismes de la gente. Te voy a decir más: llevamos una semana de chismes y cotilleos. Ahora venimos del pueblo, y ya te contaré la que ha liado este pieza: entre la vecina chismosa, el vecino pasado de copas… Desde el pueblo hasta casa llevo riéndome de la vida. He hecho cosas de la adolescencia. Jajajaja.
Ah, y por cierto, no me provoques que me lo llevo a la cama esta noche, que están muy frías las sábanas. Pero ya te pediré permiso. Jajajaja.
La hija soltó una carcajada.
—Mamá… Que mamá ni leches. Tú tranquila. Te quiero. Da un beso a los niños, pero no de su abuela de antes… la de ahora, que tú besas igual que yo.
—Y les daré un pellizco en los mofletes como haces tú.
—Te quiero, mamá. Sé feliz y cuidaos los dos. Un beso.
Y colgó.
Marco miró a Mayca con una sonrisa torcida.
—Cariño, no tengo que esconderme de nada. Ya están matados dos pájaros de un tiro. Y como dices tú cuando aparcas y paras el coche: «Aparcao».
—Y sabes… me siento bien. Vamos a cenar fuera de casa.
—Marco, pero pago yo. Te invito, bella señorita.
—Qué pelota eres y qué guasa tienes.
Salieron a cenar. Rieron, brindaron con vino tinto y volvieron a casa sin prisa.
A la mañana siguiente, sonó el teléfono de Marco. Miró la pantalla.
—El número me es familiar. Voy a contestar. Borré todos los contactos menos los de mis hijos… y ahora tengo tres: mis hijos y tú.
—A ver, dígame.
—Soy Sebas, Marco. Te llamo porque dicen que estás con una mujer. Que el otro día cuando estuviste en el pueblo colgaste el cartel… Cuando me lo dijeron no me extrañó. Tú y yo hemos pasado muchas por esas carreteras, y tenías humor en los peores momentos. ¿Es verdad?
Marco soltó una risa seca.
—Sebas, ¿te acuerdas del saco de dormir que llevaba en la cabina del Pegaso? El otro día lo cogiste, lo abrazaste y dijiste «qué recuerdos». Tú sabes lo que he pasado yo. Fue la bruja de tu nuera quien llamó a mi hijo, ¿verdad?
—Sí.
—Pues le vas a decir lo siguiente: «Marco seguro iba con el espectro de la pobre María. El bulto que veríais seguro era el saco de dormir. Se ha ido a vivir de ermitaño, a vivir en soledad como ahora, pero está acompañado de Dios nuestro Padre». Así diseló, así y no te rías, so cabrón, que nos conocemos.
Sebas se rio bajito.
—Amigo mío, dime cómo has vuelto a ser el de siempre. Yo no levanto cabeza y ya sabes… encima me hacen la vida imposible en mi propia casa. Me tenía que haber marchado con ella.
—Sebas, vive. El día menos pensado, a buena gente como tú, Dios tiene reservado algo.
Sebas soltó una carcajada genuina.
—No me reía hace tiempo. Oye, Marco… no será verdad lo de ser ermitaño, ¿no? Vivir en contemplación… eso nunca ha ido contigo.
—Cuando vaya al pueblo te llamaré. Te voy a pedir un favor: tú tienes llave de casa, ¿no lo sabe nadie, verdad?
—No, a buen recaudo.
—Si necesitas cualquier cosa ya sabes, y da un vistazo a casa. Ya sabes que borré todos los contactos… te voy a fichar. Y no desfallezcas.
—No voy a decir nada. Te estoy llamando solo desde el huerto. Por Dios, si vienes llámame y tomamos unos vinos.
—Sebas, pero en casa. Al bar no quiero volver. Tú ya sabes por qué: por el puto rincón de los cojones.
—Cuídate, amigo. Y no la líes esta vez, que ha sido un bombazo.
—Déjales. Eso es puta ignorancia. Tú no me defiendas, hazte el loco. Cuídate y un abrazo. Voy a hacer la comida, que Dios no perdona comer tarde.
—Jajajaja… cuídate. Hoy me he reído. La última vez que hablamos lloramos como niños. Un abrazo. Hasta pronto.
Colgó. Marco miró a Mayca, que había escuchado todo.
—Otro pájaro menos.
Ella sonrió.
—Y ahora… ¿qué hacemos con el resto del día?
Marco le guiñó un ojo.
—Pues lo que hacemos siempre: vivir.
Y se fueron a la cocina, a preparar la comida entre risas y roces casuales que ya no eran tan casuales.
Mayca llevaba toda la mañana riéndose sola, de esas risas que le salen sin aviso y le hacen parar a respirar. Marco la miró desde la cocina, con la cafetera en la mano.
—¿Así que soy dios ahora?
—Sí, sí —le contestó ella, limpiándose una lágrima de risa—. Has resucitado a una vieja que ya no quería ni levantarse del sofá.
Sebas parecía buena gente, de verdad.
Verás Mayca la conversación:que tube con él me dijo que en su casa estaban el hijo, la nuera y los nietos, y le estaban haciendo la vida imposible. Pero siempre Sebas , aunque no estuviera en casa, algo le dejaba atado al pomo de la puerta: tomates, cebolletas, un manojo de albahaca. Aquellos tomates que subieron aquí a la ciudad eran de su huerto.
Empezó a explicarle las anecdotas de Sebas y suyas .
Le dije Sebas
—¿Te acuerdas de cuando nos pararon en el control de alcoholemia? Era de madrugada, yo iba con el camión, Sebas también aparcó el suyo. Él todo nervioso, se baja a soplar. Y yo, en voz alta: «¡Cachocabron, no seas egoísta! ¡Déjame algún deseo para mí también!» Los civiles se partían. Me acerqué a él, rojo como un tomate, y el guardia civil le dice: «¿Quiere hacer el favor de soplar?» Yo le contesto: «Tú no mires sopla, que si te miro es por si sale el genio de la lámpara». Me lo llevo al camión. «Cero cero, puede seguir. A ver el cazagenios a soplar».
Y el tío, sin poder más, le suelta otro «cero cero». Suspenso en toda regla.
Mayca se agarró a la farola de la calle, partiéndose de risa.
—¡Ay que me meo, ay que me meo!
Pasaron los vecinos del tercero, los chismosos de siempre. La vieron así, doblada.
—¿Mayca, estás bien?
Marco, sin perder comba:
—Bien no sé, pero a gusto un montón. Se ha liado a Anís del Mono y se ha bebido hasta la etiqueta. No si ya se lo decía yo.
—Cacho cabrón… jajajaja.
No habían dado cuatro pasos cuando sonó el teléfono. La hija.
—Mamá, ¿estás bien?
—Sí, hija, sí. Y no bebo, lo sabes. Y menos anís. El bruto este que le gusta asustar garrapatas. Jajajaja.
—Te llamo cuando llegue a casa. Y tú y yo hablamos ahora, jajajaja.
Fueron a casa riendo los dos.
Era viernes y llamó la hija de Mayca: le gustaría comer con ellos dos, e iría con los niños. Quedarían a medio camino, en el pueblo donde nació Mayca, a unos 250 km. Salieron temprano. Esta vez Mayca le pidió a Marco ir con su coche, que hacía días que no se movía.
—Hazme un favor, Marco.
—Tú dirás.
No corras que no hay prisa y me gusta disfrutar del momento
Todo el viaje hablando. Marco conocía aquellas carreteras de ir con el camión.
—Aquí pinché una vez. Sebas se paró a ayudarme. Ves allí, otro pinchazo. Muchas casualidades… Alguien echó algo en el asfalto. Le vi cabreado, agobiado, y acabamos riéndonos. Sebas gritó fuerte: «Que si el duende que ha tirado esto vea que somos fuertes…»
Se hizo el viaje corto.
Llegaron. La madre fue a reunirse con la hija. Le dio un par de besos. La miró y vio los ojos lagrimosos y el rímel corrido.
—Mamá, has llorado. ¿Te pasa algo?
—Ay, tengo que volverme a hacer la raya…
En ese momento llegaba Marco. La hija lo reconoció al instante.
Mayca, señalándolo:
—Este cabronazo es el culpable. Desde que salimos de casa no ha parado de reír.
—Mi hija… y verás qué nombre más original tiene: Mayca. Mayca, este es Marco.
—Mira, ahí vienen Esteban, Luis y Jacobo.
Fueron al restaurante. Mayca, feliz, dicharachera como siempre había sido. La hija la miraba con una sonrisa enorme, el yerno extrañado.
Marco apenas habló. La hija le preguntó:
—Marco, ¿en casa es igual?
—No, peor. Y ya le digo yo: no me pises más chapas de cerveza en el botellón que te pones muy alegre.
Madre e hija se pusieron a reír a carcajadas.
La hija, agarrándole la mano a su madre:
—Lo compré serio y triste… como yo. Y no veas ahora: no hay quien nos pare. Para tu consuelo, lo más cerca que estamos es en el sofá. Ya no ponemos ni la televisión, no sabemos qué pasa en el mundo. Tenemos el nuestro.
—Mamá, se te ve feliz. Te lo mereces. Y tú, Marco, igual. No habéis vivido muchos años: erais zombies.
La comida fue larga y amena. Pidieron entrantes para compartir: jamón ibérico con tomate rallado y aceite de oliva virgen, croquetas de jamón caseras que se deshacían en la boca, pimientos del piquillo rellenos de bacalao, una ensaladilla rusa con un punto de atún que sabía a infancia.
De segundo, para los niños chuletillas de cordero a la brasa con patatas fritas crujientes; para los mayores, un solomillo al Pedro Ximénez con salsa espesa y setas salteadas, y una parrillada de verduras asadas que olían a leña. De postre, tarta de queso con arándanos y un flan de huevo que temblaba perfecto. Vino tinto de la tierra, fresco y sin pretensiones. Hablaron de los nietos, de anécdotas de la infancia de Mayca en aquel pueblo, de cómo Marco había conducido por aquellas mismas carreteras hace décadas. Esteban, el yerno, al final se soltó y contó alguna historia de su suegra joven, cuando aún bailaba hasta las tantas. La sobremesa se alargó con cafés y chupitos de pacharán. Marco fue a pagar. Esteban no le dejó.
—Gracias por hacer feliz a mi suegra. De verdad.
Volvieron a casa. Mayca le cogió la mano en un momento dado. Vio una gasolinera al lateral de la carretera.
—Entra y para allí.
Marco le extrañó, pero paró. Mayca le cogió la cara con las dos manos y le estampó un morreo de película: largo, intenso, de esos que dejan sin aliento. Lo soltó.
—Gracias. Y ahora vamos a seguir, que aquí no se nos ha perdido nada.
Volvieron a casa con una sonrisa tonta los dos.
Pasaron unos días. Decidirón bajar al pueblo a dar una vuelta a la casa. Mayca dijo:
—Vamos con el mío.
Metieron el coche en el garaje.
Estraron en casa, bajaron una botella de vino y llamó a Sebas.
—Estoy en el huerto, no estoy solo.
—Te escucho.
—Estoy en casa, stop. Tengo preparado un pica-pica y una sorpresa, stop. Disimula y te estás cagando, stop. Anímate, stop.
Sebas se reía.
Le preguntaron de qué se reía.
—Nada, cosas mías. Me voy, se me ha revuelto la barriga.
Entró con llave por el garaje. El coche no era el de Marco. No entendía nada. Llegó Mayca, que había ido al baño.
—Sebas, ¿este coche es tuyo? ¿Joder, ya lo sabes llevar?
—No digas nada. Me ha tocado el gordo de Navidad y me lo estoy fundiendo.
Marco sacó tres copas.
—Esperamos a alguien.
Del baño salió Mayca.
—Marco, ves, ahí está la gorda de Navidad, la dueña del coche.
Mayca le da un guantazo cariñoso.
—Tu padre… Sebas, verdad que me habla mucho de ti y de vuestras aventuras persiguiendo duendes por la carretera.
Le daba la mano.
—Mayca, ven, dame un par de besos.
Sebas:
—Esta señora me suena su cara.
Marco:
—¿Se lo dices tú o yo?
Mayca:
—Yo, que eres capaz de cualquier cosa.
Y le estampó un beso en los labios.
—Nos conocíamos de la residencia. Me habrás visto por el pueblo o allí. Mi marido estaba como la mujer de Marco. Los dos cuidadores. Muchas veces me quedé en el hostal a dormir por no ir a casa. Coincidimos en el bar y nos cansamos de llorar solos. Y con este hombre es un sinvivir.
Sebas:
—Ojalá me pasara a mí.
Mayca:
—Si nos enteramos de alguna viuda, te llamamos. ¿Te parece?
Sebas:
—Bueno…
Estuvieron bebiendo, riendo y haciendo un piscolabis: queso manchego curado, chorizo de bellota, aceitunas aliñadas, pan con tomate, un poco de lomo embuchado y tomates del huerto de Sebas que sabían a gloria. Sebas se fue a comer a casa.
—No quiero que la bruja sospeche. ¿A qué hora marcháis?
—A última hora de la tarde.
—Pues me pasaré después de comer. Volveré al huerto.
Pasó por casa de Marco cargado: tomates, cebolletas, zanahorias, pimientos, albahaca… de todo.
Mayca:
—Hombre de Dios, esto es mucho.
Marco:
—Te has pasado.
Sebas:
—Aceptadlo.
Mayca:
—Si subes a la ciudad, Sebas, llama al caradura este.
Sebas:
—Lo haré. Por un rato con vosotros he vuelto a ser feliz. Me voy a casa y mantenemos contacto, bribón.
Le dio a Mayca unos besos y a Marco un fuerte abrazo. Marchó con los ojos envidriados de lágrimas, no por tristeza, sino por la alegría que tuvo un rato dentro de su monotonía.
Llegaron a casa y subieron la verdura que les había dado Sebas. La nevera parecía un huerto ambulante: tomates maduros, cebolletas frescas, pimientos, zanahorias, albahaca que olía a gloria.
Mayca abrió la puerta del frigorífico y soltó una carcajada.
—Se ha pasado Sebas, la verdad. ¿Qué hacemos con tanta verdura?
Marco, apoyado en la encimera, con una sonrisa pícara:
—Esto es que nos ha visto gordos y quiere que nos pongamos a dieta.
Mayca se giró en seco, con los ojos entrecerrados.
—¿Me estás llamando gorda? ¿Estoy gorda?
Marco se rio, se acercó por detrás, le dio un manotazo juguetón en el culo y se pegó a su oído:
—Ni te sobra ni te falta. Eres perfecta.
Ordenaron todo entre risas y roces. Se iban a poner cómodos cuando Marco dijo:
—Ahora vengo, voy a ponerme cómodo voy a la habitación.
Eran las nueve y media de la noche, hora de cenar. Mayca se giró y le ordenó con voz firme pero cariñosa:
—Siéntate aquí a mi lado.
Marco obedeció, intrigado. Mayca cogió el teléfono y marcó un número. Marco levantó las cejas: «Está alguna me tiene preparado».
—Buenas noches, hija.
—Buenas noches, mamá. ¿Todo bien?
—Estupendamente. Mejor que nunca.
Marco pensó: «Aquí viene la sorpresa».
—Hija, te llamo porque te dije que cuando fuéramos a dormir juntos te pediría permiso. A ver… ¿me autorizas a dormir con Marco en la misma cama?
La hija soltó una risa incrédula.
—Mamá, por Dios… ¿que estás mayor y por eso me llamas?
—Pues sí. ¿Y qué? ¿Me das un sí o un no?
—Estáis bien, ¿verdad? Sois mayorcitos… Pues voy a duchar a los niños y a dormir. Venga, a descansar los dos. Buenas noches, mamá. Ya te vale.
Marco no sabía si llorar o reír. Se tapó la cara con las manos, rojo como un tomate.
Mayca colgó y le miró con picardía.
—Cambio de tema: mañana hay mercadillo, ¿verdad?
—Sí, porque tengo que comprarme algo de ropa interior.
—Pues vamos. Y ahora ya sabes: mudanza de habitación y a roncar conmigo.
Se dieron un piquito corto, tierno, y a dormir en la misma cama. Los dos abrazados como adolescentes, con las piernas enredadas y el calor del otro quitando el frío de las sábanas.
A la mañana siguiente fueron al mercadillo. Paseaban entre puestos de ropa, frutas, cachivaches viejos. De repente, Mayca se paró en seco.
—Marco, ven un segundo, que te presento.
Era Gertrudis, Gertru, amiga de la infancia del colegio.
—Gertru, compañera y amiga desde siempre. Este es Marco.
Se pusieron a hablar. De la viudedad, de cómo la vida se para de golpe. Mayca le contó su historia paralela con Marco: cómo coincidieron en el bar primero en la residencia, cómo empezaron a vivir en vez de solo sobrevivir, de los hijos, de todo.
Gertru, en un momento dado, le cogió las manos a Mayca.
—Qué suerte tienes. Yo no soy tan lanzada como tú.
Mayca sonrió.
—No hace falta ser lanzada. O lanzado. Surge.
Se le ocurrió una idea. Llamó a Marco, que estaba en lo suyo mirando un puesto de herramientas.
—Ven.
Marco llegó y se presentó con dos ramos de flores que acababa de comprar en un puesto: uno para Mayca con un beso en la mejilla, y otro para Gertru, que acababa de conocer.
—Tomad, que esto os alegrará el día.
Las dos se pusieron contentas, olisquearon las flores y se sonrojaron un poco.
Mayra miró a Marco.
—Se me ha ocurrido una cosa. He estado hablando con Gertru. Está sola y… Gertru, ¿quieres conocer a una buena persona?
Marco soltó una risa.
—Creo que te veo venir. Mayca:
—Llámale ahora. Verás, hablar en código secreto.
Se pusieron a reír. Marco llamó a Sebas.
Empezaron a hablar, y Mayca le dijo:
—Es Sebas, ¿verdad? Pásamelo.
—Sebas, ¿quieres conocer a alguien buena gente como tú? Pues súbete a la ciudad. ¿Puedes el sábado?
—Mayca, puede ser el viernes. Me busco algo para dormir.
—Duermes en casa. Sube cuando quieras. Sabes que nuestras casas están abiertas para ti siempre.
—Pues sí. No estaré solo.
El viernes llegó. Le fueron a buscar a la estación. Fueron a casa. Gertru, como quien no quiere la cosa, se encontró con ellos en la puerta.
—Buenos días, salía a comprar y…
Mayca:
—Pues se te acabó la compra. Acompáñanos. Este del bigote que se lo tiene que arreglar es Sebas, del hombre que te hablé. Venga, para de cortados. Ya estáis perdiendo el tiempo en daros dos besos.
Sebas y Gertru se dieron dos besos tímidos, cogidos de la mano. La otra pareja delante. Primero callados, un sí, un no… y empezó a fluir la conversación.
Marco miró a Sebas.
—Mira, a esta peluquería me llevó Mayka. No me preguntaste quién me había cortado el pelo y arreglado la barba.
Sebas:
—Sí, pero estará lleno. Vamos a entrar. Mayka tiene razón, me conoce el barbero y ahora no tiene a nadie.
Entraron. Pablo, el barbero, les saludó.
—Buenos días. ¿Me harías el favor de arreglarle el pelo y el bigote a mi amigo?
Pablo:
—Que se siente. Tengo uno, pero que espere.
Se sentó Sebas. Mayca le dio un codazo suave en la espalda a Gertru.
Pablo:
—¿Cómo lo quiere el caballero?
Mayca:
—Sebas, ¿te parece bien? Que …... Gertru, ¿cómo le gusta?
Sebas abrió los ojos como platos.
—¿Harías esto por mí de verdad?
Gertru:
—Pues ya puestos… sí. Así, un poco por allí y el bigote bien arreglado. Y usted, Pablo, ¿le podría afeitar por favor?
Pablo se ilusionó. Ya sabía por dónde iba el aire. Se puso manos a la obra. Todos hablando de todo, hasta Pablo participó con anécdotas del barrio. Cuando acabó, Sebas parecía otro: limpio, repeinado, con el bigote perfecto.
Fue a pagar. Pablo soltó:
—Invita la casa. Y si hay suerte, aquí tendrás un barbero y un amigo.
Salieron de allí y decidieron ir a comer a casa, más intimidad. Antes pasaron a recoger lo del coche de Sebas. Subió cargado. Los cuatro se pusieron a preparar la comida: ensalada con los tomates de Sebas, tortilla de patatas, filetes a la plancha, vino fresco. Pusieron la mesa como si fuera Navidad: mantel bueno, velas, risas.
Comieron, sobremesa larga. Sin darse cuenta, llegó la hora de cenar. Gertru soltó:
—Cenad vosotros. Yo vuelvo a casa, se ha hecho tarde.
Sebas:
—¿Estás mal aquí?
Mayca:
—¿Eso estás mal? ¿No estás a gusto?
Gertru:
—¿Mal decíis? Estoy como no he estado en años.
Mayca:
—Pues a seguir la fiesta. Y mira, aún queda una habitación… porque los dos dormir en una cama de noventa no lo veo.
A Gertru se le saltó una lágrima. A Sebas otra. Instintivamente la abrazó. Le limpió la lágrima con el dedo. Ella a él. Y se dieron el primer beso.
Mayca y Marco se miraron. Se vieron reflejados. Se dieron un beso también.
Marco soltó:
—A ver, menos lágrimas, menos tristezas y vamos a pasarlo bien. Que las tristezas, las lágrimas y los problemas vienen solos.
Muy tarde se fueron a dormir. Se repartieron besos y buenas noches.
Marco y Mayca, cogidos de la mano, a su habitación.
La puerta se cerró despacio. Y por primera vez en mucho tiempo, la casa no estaba en silencio. Estaba llena de vida.
A la mañana siguiente se despertaron con el sol ya alto. La primera en moverse fue Gertru. Se acercó de puntillas a la habitación de Mayca y llamó suavemente a la puerta.
—Mayca, ¿puedes salir un momento? Tengo que pedirte un favor.
Mayca abrió la puerta en pijama, con el pelo revuelto y una sonrisa somnolienta.
—Dime, cielo. ¿Qué es tanto misterio?
Gertru bajó la voz, avergonzada.
—No tengo nada que ponerme para desayunar con vosotros… Vine con lo puesto ayer.
Mayca soltó una risa suave y la cogió del brazo.
—Ese es el problema. Ven a ver qué tal te queda este chándal.
Le pasó un conjunto gris cómodo, de algodón suave. Gertru se lo probó delante del espejo del pasillo. Le quedaba perfecto.
Mientras tanto, en la cocina Marco preparaba café y Mayca tostadas. Cuando los otros entraron, Marco levantó la vista.
—¿Qué hacemos? Fácil: mirad qué hay en la nevera, vosotros montáis la mesa.
Sebas, feliz como un niño, se lanzó a contar historias del mundo del camión. Marco le seguía el ritmo. No paraban de reírse. Gertru hasta lloraba de la risa.
—Parad ya los dos —dijo seria, limpiándose los ojos—. A ver, ¿quién cuenta la más gorda?
Mayca miró a Marco con complicidad.
—Con estos dos vamos a estar divertidas.
Cuando bajé al pueblo, Sebas estaba decaído. Se sentó en la mesa cortado y al cabo de un rato estabas riendo como ahora.
Sebas miró a Gertru con ternura.
—Gertru me hizo ser feliz verles en el pueblo y estar con ellos.
Marco se levantó.
—A ver, a las penas puñaladas. Vamos a arreglarnos y a la calle.
Gertru, en un momento dado, dijo:
—Yo tendría que pasar por casa a cambiarme de ropa. Ya que salimos… ¿me acompañas?
Sebas no dudó.
—Claro.
Fueron de paseo hasta su casa. Al llegar, Gertru le dijo:
—Subir, por favor. No quiero estar sola.
Subieron. Ella se cambió en su habitación, entró al baño y salió preciosa: vestido sencillo, maquillaje ligero, el pelo suelto.
—Tenía que haber ido a la peluquería… Me he abandonado mucho. Y Mayca tenía razón: no me creía que mi vida cambiara tanto en un día.
Sebas le tendió el brazo.
—¿Me acompañas, señorita?
Ella se cogió de su brazo y le plantó un beso en la mejilla.
Marco, que iba detrás con Mayca, se acercó a la oreja de Sebas.
—¿Estás feliz, pirata, verdad?
—Sí, Marco. Y gracias a vosotros.
—Vámonos a tomar algo.
Estaban paseando por las calles del barrio, cogidos del brazo los cuatro. Nadie les miró raro: dos parejas de cierta edad, normales, felices. Hasta que aparecieron unos del pueblo que no tardaron en acercarse con esa curiosidad mal disimulada.
Marco se les plantó delante con todo el descaro del mundo.
—¿No tenéis nada más que hacer, verdad? Eráis unos metemierdas y lo seguís siendo. Más bajo no se puede caer.
Mayca lo miró, entre divertida y sorprendida.
Marco, con el mismo tono de voz, se giró a Sebas:
—Sebas, prepárate. Que las víboras van a salir del nido.
Sebas asintió, serio pero tranquilo.
Sebas miró a Marco.
—Lo sé. Y tenía esperanza de que me ibais a presentar a alguien bueno. No sabía que iba a ser un duende llamado Gertrudis. He estado moviendo toda la semana cuentas y modificando el testamento. Marco, no me arrepiento de nada.
Gertru se giró y no se cortó: le dio un pico en los labios delante de todos.
—Mi rey… sabes lo feliz que me acabas de hacer ahora al oírte.
Siguieron paseando. Mayca miró a Marco y en voz baja:
—Nos merecíamos ser felices, Marco. Nosotros y ellos.
La otra pareja les oyó.
Sebas y Gertru, a la vez, les salió del alma:
—Gracias a los dos.
Marco soltó una risa corta.
—Gracias ¿de qué? Habéis sido vosotros, o vuestro destino. Se os ve bien, pero prepararos: ahora viene lo más difícil. Y ya sabéis por dónde voy.
Mayca añadió, con voz suave pero firme:
—Y ánimo. Nosotros hemos tardado mucho. No me arrepiento, pero mi consejo es que no perdáis mucho el tiempo.
Los cuatro se miraron. No hizo falta decir más. El sol de media mañana calentaba las calles, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parecía un peso, sino una promesa.
Se sentaron en una terraza a tomar algo. Pidieron cafés, zumos, unas tostadas con tomate. Hablaron de planes tontos: un viaje los cuatro, una cena en casa cada viernes, visitas al pueblo sin esconderse. De vez en cuando se callaban y solo se miraban, como si no creyeran que aquello era real.
Al final del día, cuando volvían a casa, Marco cogió la mano de Mayca.
—¿Sabes qué? Creo que hemos hecho un buen trabajo.
Mayca sonrió.
—Y que lo digas. Dos almas perdidas… y ahora somos cuatro que se encontraron.
Y entraron en casa, dejando la puerta abierta al futuro.
Ese mismo día, Gertrudis y Sebastián cogieron sus cosas, se miraron con esa complicidad que nace cuando dos personas deciden saltar al vacío juntas, y se fueron a vivir a casa de ella. No hizo falta grandes discursos: los dos coincidieron en lo mismo. «Hay que probarlo», dijeron casi al unísono. Y lo probaron. La habitación que sobró en casa de Mayca y Marco se quedó vacía un tiempo, pero ellos no la llenaron; ya tenían la suya propia.
A su ritmo, sin prisas pero sin pausas, las dos parejas se volvieron inseparables. Cada fin de semana se juntaban: cenas largas con sobremesas eternas, partidas de cartas que acababan en risas y trampas confesadas, paseos por el mercadillo donde siempre compraban algo innecesario solo por el gusto de regatear juntos. Durante la semana, las compras, el café de media mañana, el paseo corto para estirar las piernas… siempre los cuatro. Los hijos, al principio con caras de extrañeza y algún mensaje seco, acabaron entendiendo que no había vuelta atrás. Marco y Mayca crearon su propia intimidad: un mundo pequeño pero sólido donde los recuerdos de María y Alejandro vivían en paz, sin competir con el presente.
Bajaban al pueblo una vez al mes, obligación autoimpuesta para airear las casas, regar las macetas que se resistían a morir y saludar a los vecinos que aún preguntaban «¿y qué tal?». Cada vez les daba más pereza ir, pero lo cumplían. Y cada vez volvían antes, con la sensación de que su vida ya no estaba allí.
Lo que no vieron con el camión, lo vieron ahora: paisajes que antes pasaban a toda velocidad, ahora se saboreaban despacio. Gertru tenía una hija única en las islas Canarias; allí se marcharon los cuatro quince días. Sebas conoció a la hija, que al principio miró con desconfianza pero acabó abrazándolo como a un viejo conocido. Hicieron turismo, caminaron por playas de arena negra, probaron mojo picón que les quemó la lengua y rieron hasta que les dolió la tripa. Marco y Mayca se sentaban en un banco mirando el mar, cogidos de la mano, y se decían sin palabras: «Mira lo que hemos hecho».
Estaban a gusto con la vida que habían escogido. No querían volver a la anterior. El rincón del bar ya no era suyo; alguien más lo ocupaba ahora, y ellos no lo echaban de menos. Habían pasado de ser almas perdidas a ser almas encontradas.
Y así, con el tiempo, se dieron cuenta de algo sencillo pero profundo: el amor que dieron a sus anteriores parejas y los cuidados que les prodigaron en vida no se perdieron. Se transformaron en fuerza para seguir. Crear vínculos nuevos no era traicionar; era volver a la juventud, esa juventud que no mide años sino ganas de vivir.
Porque la soledad y la tristeza no se curan con olvido, sino con compañía. Y si los hijos quieren de verdad a sus padres, no los entierran en vida entre recuerdos y ausencias; les ayudan a vivir, a reír, a enamorarse otra vez. Aunque sea tarde. Aunque sea contra todo pronóstico.
Porque al final, el rincón de las almas perdidas dejó de ser un lugar… y se convirtió en un recuerdo que ya no duele.
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