La mirada que no calla
Prólogo
Hay miradas que pesan más que las palabras nunca dichas. Aquella tarde en el andén de La Pobla de Segur, con el tren ya pitando y el frío del Prepirineo clavándose en los huesos, Nuria me miró como si supiera que no volvería a verme igual. No dijo nada. No hacía falta. Sus ojos contaron lo que sus labios callaban: que me iba, que dolía, pero que ya no había vuelta atrás.
Yo también callé. Me subí al vagón con el corazón hecho un nudo y la maleta llena de dudas. No sabía entonces que la vida me había reservado una lección larga y dura: “Serás feliz”, me susurró al oído, “pero primero te haré fuerte. Te haré resiliente. Te ayudaré a sostener los baldazos, a remar contra viento y marea; te enseñaré a cuidarte y a quererte de verdad”.
Decidirse dura un momento. Mantenerse fiel cuesta todos los días. Cuando el entusiasmo se apaga y el camino pesa, ahí es donde el valor se vuelve real.
Este relato no es solo sobre una ruptura, un tren que se aleja o un sur que llega. Es sobre lo que sucede cuando dejas de esconderte detrás del silencio y empiezas a mirar de frente: a los demás, a ti mismo, a lo que podría ser.
Y cuando las miradas dejan de callar… todo cambia.
Ernest Pont Salmerón Marmolejo, enero de 2026
La mirada dice lo que los labios callan; solo el observador atento es capaz de leer el alma. Nos miramos así en el andén de La Pobla de Segur, con el tren ya pitando. No dijo nada. No hacía falta. Sus ojos me contaron todo lo que yo no quería entender: que me iba, que dolía, pero que era necesario. O quizás que ella se quedaba, y eso era lo que más dolía.
Serás feliz, me dijo la vida, pero primero te haré fuerte. Te haré resiliente. Te ayudaré a sostener los baldazos, a remar contra viento y marea; te enseñaré a que aprendas a cuidarte y quererte. Me lo repito cada mañana desde que tomé la decisión, aunque a veces suene a burla. Han pasado semanas de discusiones, de silencios, y sigo aquí, en este vagón, recogiendo pedazos de lo que fuimos.
Decidirse puede durar un momento. Mantenerse fiel, en cambio, cuesta todos los días. Cuando el entusiasmo baja y el camino pesa, ahí es donde el valor se vuelve verdadero. Hoy, por ejemplo, he vuelto a abrir WhatsApp y no hay nada nuevo. Aun así, no he borrado su número. No he dejado de imaginar que la puerta se abre. Eso es lo que más me asusta: que siga queriéndola aunque duela, porque rendirme sería traicionarme.
El tren arrancó de La Pobla de Segur hacia Lleida. El camino ya lo conocía de memoria: los mismos lagos, los mismos túneles, las mismas curvas que hacía cada día para bajar a la universidad. Pero esta vez no era para volver. Era para no volver. Próxima estación: un desconocimiento incierto.
En mi cabeza, un montón de sueños e ideas. Me ahogo aquí arriba, en este Prepirineo que se vacía poco a poco, con despoblación y la única apuesta en turismo. Ella lo entiende a su modo: estudió gestión turística, trabaja en rutas por el Montsec, tiene familia a dos calles, amigos de siempre, vida solucionada. Yo no. Necesito nuevos retos, nueva gente, progresar. Si nos quedamos anclados al confort, nunca avanzaremos.
¿Qué teme ella? Perder el nido. ¿Dónde está la felicidad? ¿En quedarse quieta o en remar hacia lo nuevo? El tren seguía, y me llegó su mensaje: escueto, como siempre últimamente. "Creo que has cometido un error". No lo contesté. Sería reconocer que la echo de menos.
Desde niños nos conocemos. Más que pareja, parecíamos hermanos. Debería haberme dado cuenta antes: esto no iba a encajar. Últimamente solo frases como esa: "¿Estás seguro de lo que vas a hacer?", "¿Dónde vas a estar mejor que aquí?". Nunca un "te voy a echar de menos". Mirando por la ventanilla, vi pasar la vida como en un film. El tren me ayudó a ello, como siempre en el trayecto a Lleida.
La mirada dice lo que los labios callan; solo el observador atento es capaz de leer el alma. Nos miramos así en el andén de La Pobla de Segur, con el tren ya pitando. No dijo nada. No hacía falta. Sus ojos me contaron todo lo que yo no quería entender: que me iba, que dolía, pero que era necesario. O quizás que ella se quedaba, y eso era lo que más dolía.
Serás feliz, me dijo la vida, pero primero te haré fuerte. Te haré resiliente. Te ayudaré a sostener los baldazos, a remar contra viento y marea; te enseñaré a que aprendas a cuidarte y quererte. Me lo repito cada mañana desde que tomé la decisión, aunque a veces suene a burla. Han pasado semanas de discusiones, de silencios, y sigo aquí, en este vagón, recogiendo pedazos de lo que fuimos.
Decidirse puede durar un momento. Mantenerse fiel, en cambio, cuesta todos los días. Cuando el entusiasmo baja y el camino pesa, ahí es donde el valor se vuelve verdadero. Hoy, por ejemplo, he vuelto a abrir WhatsApp y no hay nada nuevo. Aun así, no he borrado su número. No he dejado de imaginar que la puerta se abre. Eso es lo que más me asusta: que siga queriéndola aunque duela, porque rendirme sería traicionarme.
El tren arrancó de La Pobla de Segur hacia Lleida. El camino ya lo conocía de memoria: los mismos lagos, los mismos túneles, las mismas curvas que hacía cada día para bajar a la universidad. Pero esta vez no era para volver. Era para no volver. Próxima estación: un desconocimiento incierto.
En mi cabeza, un montón de sueños e ideas. Me ahogo aquí arriba, en este Prepirineo que se vacía poco a poco, con despoblación y la única apuesta en turismo.
Ella lo entiende a su modo: estudió gestión turística, trabaja en rutas por el Montsec, tiene familia a dos calles, amigos de siempre, vida solucionada. Yo no. Necesito nuevos retos, nueva gente, progresar. Si nos quedamos anclados al confort, nunca avanzaremos.
¿Qué teme ella? Perder el nido. ¿Dónde está la felicidad? ¿En quedarse quieta o en remar hacia lo nuevo? El tren seguía, y me llegó su mensaje: escueto, como siempre últimamente. "Creo que has cometido un error". No lo contesté. Sería reconocer que la echo de menos.
Desde niños nos conocemos. Más que pareja, parecíamos hermanos. Debería haberme dado cuenta antes: esto no iba a encajar. Últimamente solo frases como esa: "¿Estás seguro de lo que vas a hacer?", "¿Dónde vas a estar mejor que aquí?". Nunca un "te voy a echar de menos". Mirando por la ventanilla, vi pasar la vida como en un film. El tren me ayudó a ello, como siempre en el trayecto a Lleida.
El tren ya no avanza tan rápido; estamos llegando a la estación de Lleida. No me voy a mover de aquí, no me apetece encontrarme con ningún conocido. Ninguno de ellos comparte mi decisión. Llevo el equipaje justo; todo lo demás lo mandé por paquetería. Ya estamos. Voy al andén del AVE; tengo billete hasta Sevilla, de allí a Jerez. Al hablar de mis proyectos en la Universidad de Cádiz –el campus de Jerez me puso en contacto con ellos–, me pusieron todo en bandeja de plata: solo llamadas por teléfono y videollamadas con esta empresa de proyectos de renovables, asesoría y oficina técnica en Jerez. Ellos me han buscado piso, me han recibido en su almacén toda mi paquetería.
Me llegó un nuevo mensaje, ahora de mis padres: “¿Estás seguro de lo que vas a hacer?”. Les contesté escueto: “Eso ya lo hemos hablado. Vosotros parece que como ella, volveréis aquí con la cola entre las patas. Allí hay más proyectos que aquí; yo ya no sé cómo decirlo o explicarlo”. En el mismo momento, otro mensaje. Es de ella: “¿Qué hacemos con lo que hay en el piso?”. “Todo para ti”, le contesté. “El piso es de alquiler con derecho a compra; todo para ti de verdad. Lo que me tenía que llevar ya está en Jerez”. Se acercaba la hora. Volví a mirar el móvil y solo un mensaje de mi hermano: “Suerte”. Llegó el AVE y dirección directo a Sevilla. Si utilizaba mucho el móvil me iba a quedar sin batería. Decidí mirar por la ventana, pensando en dónde estaban asesorando almacenamiento mediante baterías a gran escala y compensadores síncronos, y me llamó la atención el hidrógeno verde. No conozco nada del tema solo lo estudiado, pero no es lo mismo que estar in situ. A ver qué me encontraría, cómo sería la gente de allí y los compañeros de trabajo. Sin darme cuenta ya estaba en Sevilla. Lo mismo que en Lleida: a esperar. Lo tenía calculado; iba a llegar al anochecer. Se abría un mundo nuevo para mí.
El tren regional desde Sevilla a Jerez traqueteaba más lento, como si quisiera darme tiempo a asimilarlo todo. El paisaje cambiaba: olivos retorcidos, campos amarillos por el sol, un calor que se colaba por las ventanillas y que nada tenía que ver con el fresco de las montañas. Pensé en el hidrógeno verde –lo había estudiado en el máster de la UCA, pero teóricamente: electrólisis, producción limpia, el futuro de la energía. En Cádiz hay proyectos reales, como el de SolWinHy en Arcos, a dos pasos de Jerez, con Viridi produciendo miles de toneladas al año gracias a solares y eólicas. O el de Avalon en Puerto Serrano, con fondos europeos para estabilizar la red. Mi empresa, Década Energética, me ha dicho que empezaré en asesoría para baterías en Tarifa –compensadores síncronos como los de Rolwind, para almacenar gigavatios y evitar cortes. Suena a reto de verdad, no a esperar turistas en el Prepirineo.
Bajé en Jerez al caer la noche. El aire olía a vino y sal, y el bullicio de la estación me golpeó como un baldazo. Nadie me esperaba –la empresa dijo que el piso estaba listo, llave bajo la maceta, paquetería dentro. Caminé por calles empedradas, pasando por bodegas iluminadas, hasta llegar al bloque. El piso era pequeño, funcional: cama hecha, nevera con lo básico. Me tiré en el sofá y miré el móvil –batería al 10%, pero un mensaje nuevo de ella: “¿Llegaste bien?”. No contesté. Aún no. Mañana empiezo, y si miro atrás, me hundo.
Me dieron un número de contacto de gente de la empresa. Les llamé y quedamos en una parada de autobús cerca de allí.
—¿Buenas? ¿Tú serás Arnau, verdad?
—Yo soy José —dijo un tipo acercándose, y detrás una chica con ropa de trabajo.
— Eres Arnau, ¿no? —preguntó ella con muy mal genio—.
Soy Paula. Este es el coche de empresa. ¿Has desayunado algo?
Si
Pues vamos directos.
Bueno... ¿supongo que seréis pareja? Yo no quiero molestar, de verdad.
¿Tú qué coño dices? ¡Yo con este ni de coña! Cuidadín conmigo, ¿eh? —replicó Paula. José se partía la caja, riéndose todo el camino.
Paula se bajó:
—Os espero arriba en la oficina.
—Perfecto. José, ¿siempre está así? —pregunté.
—Más o menos. Es muy buena en lo suyo, pero tranquilo, conmigo lo mismo —me respondió
—Ah, y se me olvidaba: este es el vestuario, tu taquilla. Te ha dejado colgada la chica dura el uniforme y el calzado de trabajo. Esta va a ser tu mesa, y tu ordenador. De vecina tienes a Paula. Aquí te quedas. Cuidado, no te muerda, la tenemos sin vacunar.
Paula me miró: —¿De dónde eres?
—De Lleida —le dije.
— Joder, catalán.
Se me escapó: - Madre mía, qué genio.
—Y siendo catalán, seguro del Barça. Que lo sepas: pocas bromas con el Madrid, que yo soy madrileña.
Se me escapó una risa:
—Encantado, señorita, pero el fútbol ni me interesa ni me ha interesado nunca. Y Madrid... la pena es que cuando he ido no conocía a nadie y me quedaba en el hotel, lo típico, lo turístico.
—Qué se te ha perdido en Madrid?
—Ferias de turismo. Soy del Pallars, una zona del Pirineo. Donde está la academia de suboficiales, soy de Tremp. Igual no has oído ni hablar.
—Joder, tío, de donde Dios perdió la piedra del mechero. Fui allí a la jura de bandera de mi hermano, es sargento del Ejército de Tierra,
—Buenos días —una voz nos interrumpió—. Tú debes de ser Arnau, ¿verdad? Sí, yo soy Daniel. Lo que pasa es que en videoconferencia y en persona es diferente. Vas a ir con Paula, ella te comentará todo lo de la empresa. ¿Conoces a José? Pues aún te faltan Sergio y David. A ver, Paula, vais a ir a Arcos. Tenéis que hacer unas evaluaciones de impacto medioambiental. Quiero un informe detallado: infraestructuras, etc. Ya sabes, la planta de hidrógeno verde. Tenemos a los ecologistas encima; este informe nos lo pide la Junta de Andalucía. Ya está avisada la empresa y os están esperando. Arnau, en la taquilla Paula te ha dejado el uniforme de trabajo y unas botas de seguridad. —En el cuarto de abajo está Manuel, pídele un casco. Paula, coge la pickup, comprueba cómo está el depósito que siempre lo dejáis vacío.
—Esto es el polígono Guadalcacín. Paula te llevará el coche, te irá poniendo al corriente de todo. Y ahora vamos al tema.
—A ver, catalán, vamos a coger equipos, el portátil y nos ponemos en marcha.
—¿Te puedo pedir un favor, madrileña? Yo te llamaré Paula, tú a mí Arnau. ¿Te parece bien?
—Venga, vámonos. Salimos hacia Arcos, está aquí cerca.
Íbamos dirección a Arcos. La situación con Paula era muy tensa, como si viniera a quitarle el puesto de trabajo. Mi teléfono: una llamada.
—¿Puedes parar aquí un momento si no te importa? Tengo que contestar.
—Puedes hacerlo en marcha —me contestó. Le respondí muy serio y cabreado:
—Para, collons, te he dicho. Paró.
—No voy a tardar nada. Y espero no te moleste que hable en catalán. Y si es así, te jodes. Ya estoy harto de ser amable.
Respondí la llamada. Era ella. En catalán:
—¿Qué quieres ahora? Mira, voy a trabajar y ya está. Bien, visto tu interés, déjame en paz.
—Hay que arreglar cosas —respondió ella.
—A la noche me llamas. Ya está bien la broma.
Paula se quedó extrañada de mi comportamiento.
Le pedí disculpas:
—Ya veo, te persiguen los problemas. Uno de los errores de esta vida... Por eso conozco Madrid: está metida en turismo, sacó la carrera y quería que me quedara allí. Estaba a punto de casarme según ella. Lo he dejado todo para venirme aquí. Por lo visto solo interesa lo de ellos, lo mío nada. Pero no sé por qué te explico esto. Ves, ya tienes con qué criticar. Ya sabes.
—Oye, ¿tú a mí por quién me tomas?
—Por una borde... ¿o es tu carácter?
—Vamos allí y hacemos el estudio. Vamos a llevarnos bien en el trabajo. Fuera ni me importa. No conozco gente aquí y salir de copas no me gusta.
—Y estamos, Arnau. Es aquí. ¿Llevas algo para hacer catas? Quiero analizar la tierra. ¿Qué te parece?
—Paula, tenemos que bordar el informe. Soy muy perfeccionista y me han dicho que tú eres muy buena en esto.
—Coge tú la maleta, yo cojo la mochila y vámonos a presentar a la dirección de aquí y nos dicen por dónde quieren que empecemos.
Nos pusimos manos a la obra: datos en el portátil, mediciones, muestras. Se nos echó la hora encima.
Me dijo: —Vamos a comer algo o acabamos y comemos por el camino a la oficina, ¿qué te parece? —Lo que tú digas. Luego tenemos un rato en la oficina.
Así lo hicimos. Paramos a comer y la loba no era tan loba.
Me preguntó: - ¿Así conoces Madrid?
— Pues lo justo. Me hubiera gustado conocer más. Ella está metida en la oficina comarcal de turismo, entonces a FITUR y de allí al hotel. No veas las de ferias que me he chupado. En cambio ella ni comía ni dejaba comer. Yo no podía ir a las que me gustaban, vamos ni a las de Barcelona. Aquello ya lo conoces. ¿Qué información podía tener yo? Trabajar y pasarme horas después del trabajo metido en el ordenador. Quería ser bueno en lo mío. Se lo dije: mi familia, la de ella y ella, todos en contra. Nos conocemos desde pequeños. Se lo dije: mira, no vamos a ser un matrimonio, vamos a ser como hermanos. Yo tengo otras miras y tú no. Vamos a dejarlo antes que sea demasiado tarde. Por eso esta llamada. Y espérate que aún quedan gente por joderme. Por eso he parado el móvil. Le he dejado todo para ella: le puse los papeles del coche a su nombre y todo lo del piso. Nada, un jaleo todo. Uno o pasas por el aro o eres un pringado allí. Compré mi libertad. ¿Tú qué? ¿Vives en pareja?
—No. Rompí con él, me vine aquí y subía a Madrid cada fin de semana hasta que me enteré que me estaba poniendo los cuernos. Todo el mundo en Getafe lo sabía. Soy de allí. Mira, mejor lo pasé mal, pero ahora estoy disfrutando de Cádiz. Me voy a la playa, la tengo cerca. ¿Qué más quiero? No soy de salir por las noches. Al pájaro este lo conocí en el mundo de la noche. Y lo que dices tú: ahora tengo más libertad.
Le dije serio: —Pues no es por nada: tienes buen tipo, buen trabajo, eres un buen partido. Ya te aparecerá alguien.
—Tú, Arnau, ¿de qué trabajabas antes? —Yo en medioambiente. Lo malo allí es la cobertura, pero hacía los deberes en la montaña y luego en casa los repasaba. Antes de trabajar allí estudié en Lleida, cada día bajaba en tren con ilusión de la carrera, para acabar mirando cabras.
—¿Qué vamos a pasar todo esto? —Venga, vámonos.
—Me han dicho que esta es mi mesa.
—Deja todo el equipo aquí. El casco cuélgalo allí. Esta mesa la compartimos los dos, cada uno tenemos un ordenador. Prefiero que trabajemos con uno solo. Te advierto: soy muy perfeccionista. —Mejor, yo también.
Estábamos allí hasta que nos iban a echar.
—¿Vais a marchar o os quedáis aquí? La miré y le dije:
—Nos quedamos, ya falta poco. Solo añadir la analítica de tierras. Si hay aquí un laboratorio las podemos hacer tú y yo y no dependemos de nadie.
—Sí, algo hay que nadie utiliza. ¿Que eres químico?
—No —me encogí de hombros—. Pero aprendí. Me gusta este mundo y no quiero limitaciones: si no la aprendo... ¿Luego me acercas con el coche a Jerez, verdad? —Sí, me lo llevo. Pues vamos a quedarnos. Cerramos y sabes también la alarma cómo va. —Sí.
Vamos al tema: nos anocheció allí.
—Vámonos, Arnau. Mañana será otro día y te invito a una cerveza y de paso picamos algo. —Perfecto, no conozco nada de aquí.
—Vamos a ir aquí, Arnau. Es bueno, bonito y barato: sales cenado con el precio de la tapa casi cenas. Y mejor así, que tú seguro de la cocina andaluza y gaditana no tendrás ni idea.
—Perfecto. Ya te digo: no conozco nada ni a nadie.
—¿Ya sabrás volver al piso donde estás?
—Sí, me mandé un posicionamiento al WhatsApp y luego solo es seguir el mapa.
—Vamos a hacer una cosa: te llevo allí y mañana te recojo.
—Perfecto. Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento esta mañana. Yo no soy así, pero de verdad me saca los nervios.
—Vamos a comernos esto y vámonos. ¿Te parece si vamos más temprano tú y yo? Vamos sin nadie, solo tú y yo. Llegamos allí, seguro está Manuel como un guarda.
Cogemos equipos y volvemos a Arcos, recopilamos más datos y a Daniel para tenerlo contento. Tú mañana conduces y yo le voy mandando parte del informe.
—Perfecto.
—Así de verdad. Si lo tenemos contento, sabes, Arnau, no va a dejar trabajar a nuestro gusto. Y perdona si soy borde: soy la única mujer de la empresa, y o soy así como defensa.
—Ya lo he visto. Vámonos.
—Vámonos. A ver, abre el móvil que vea la calle. Coño, te están llegando mensajes a doquier.
—Ya te dije.
—A ver, ya sé cuál calle es. Estás en el campus universitario.
—Sí, la Universidad de Cádiz me ayudó a encontrarlo.
—Ves, ya hemos llegado. Mañana espérame aquí, que esto es dirección única.
—Gracias por todo, Paula. Buenas noches.
Así fuimos pasando los días y llegó el fin de semana.
—Qué, Arnau, ¿te animas este fin de semana a salir y te enseño esto? Pues me haría hasta ilusión ver todo esto. Desde que me dieron este empleo, no he parado de mirar fotos en el muñeco ese de Google. Y hoy ya es viernes.
—Pues mañana te recojo y damos una vuelta por Jerez. Hoy tenemos que dejar el coche aquí, no quieren que el fin de semana esté el coche fuera de aquí. Venga, no tardes en cambiarte y vámonos. Cogemos el autobús y aún estamos a tiempo de hacer compras, que tengo la nevera vacía.
—Pues imagínate yo.
Fuimos de compras al área comercial. Me dijo que aquello era Jerez Norte.
—Por donde vamos a Arcos, ya lo conocerás el lunes. Entramos por aquí cuando volvamos a casa.
—¿Vives lejos de aquí?
—Dos calles más allá. También estoy en el campus.
Fuimos de compras con lo justo para casa. Me dijo:
—Compra lo justo y el lunes venimos con el coche de empresa y hacemos la compra. Nadie nos va a decir nada, y más siendo los dos solteros de la empresa. Todos los demás están casados.
—Solo conozco de la empresa a ti y a Daniel. Cuando llegamos estamos centrados en lo nuestro y mejor así.
Poco a poco algo le llamaba la atención al catalán y a la madrileña.
El sábado por la mañana Paula pasó a recogerme puntual. Bajé con una camiseta ligera (el calor de Jerez en septiembre ya se notaba) y ella apareció con gafas de sol, shorts y una sonrisa que no había visto antes.
—Venga, sube. Primero el centro: Alcázar, catedral, bodegas. Luego tapas en la calle Larga. Y si te portas bien, te llevo a ver el atardecer desde la Cartuja.
—¿La Cartuja?
—Un sitio mágico, ya verás.
Caminamos por Jerez: el olor a vino de las bodegas González Byass, el bullicio de la plaza del Arenal, tapas de jamón y tortillitas de camarones que me hicieron olvidar por un rato los mensajes pendientes. Paula hablaba sin parar: anécdotas de la empresa, cómo Daniel era un jefe exigente pero justo, cómo José siempre estaba de broma para quitar hierro.
Yo escuchaba, reía, y por primera vez en meses sentía que no tenía que justificar mi decisión de venirme.
Por la tarde, en la Cartuja, con el sol cayendo sobre los jardines abandonados y el silencio roto solo por cigarras, nos sentamos en un banco.
—Gracias por esto, Paula. De verdad.
—No me des las gracias. Me caes bien, catalán. Aunque seas del Barça... o no.
Reímos. Y entonces vibró mi móvil: un mensaje de ella, la de Tremp. "He visto que estás en Jerez. ¿Podemos hablar?". Lo leí, lo borré sin contestar. Paula lo vio de reojo.
—¿Otra vez?
—Sí. Pero ya no duele tanto.
—Bien. Eso es progreso.
Me miró un segundo más de lo normal. No dijo nada. No hacía falta.
Poco a poco, el Prepirineo se alejaba en el retrovisor de la memoria, y Cádiz empezaba a sentirse como un lugar donde quedarse.
El lunes por la mañana quedaron en la parada del autobús para ir a la empresa.
—Buen día, Paula. Gracias por hacerme pasar este fin de semana.
—De nada. Hoy vamos a tener difícil para ir a Arcos.
—¿Qué te parece si hacemos las analíticas de las muestras en el laboratorio?
Se encaminaron hacia el laboratorio. Arnau miró lo que había y empezaron a analizar. En ese momento llegó Daniel.
—¿Qué hacéis aquí? No me digas que sabes de química… ¿y tú, Paula, también? Qué callado te lo tenías.
—No es así, Daniel. El químico es él, el muy cabronazo, y las llevamos a analizar. Sabes que nos va a pasar: que el informe se nos queda cojo.
—Ya lo he leído, y lo he visto. No lo podíais hacer mejor. Madre mía qué equipo formáis. Paula, abre este armario, coge las dos batas blancas. Arnau, poneros las batas y para estar aquí os quiero ver con gafas. Y Paula, pásate por mi despacho: tengo que analizar unos líquidos. Quiero resultados. A ver qué podéis hacer.
Se fueron al despacho.
—Daniel, dime: yo no soy química…
—Aprenderás, ya verás. Eres muy inteligente. Me está gustando el tándem que hacéis. Quiero una analítica de estos dos líquidos. Como coincidan con lo que tengo, ya tengo dos químicos en la empresa. Y como os salga bien, os monto un laboratorio mejor para los dos.
Se fue al laboratorio.
—Ve diciéndome lo que tengo que hacer. ¡Ah! Daniel quiere que le hagas una analítica a estos líquidos. Luego te cuento.
Se pusieron manos a la obra los dos. Primero las tierras, luego los líquidos. Les costó más: no tenían más elementos para analizarlos bien.
Había mucha proximidad entre ellos, y Paula le dijo:
—Arnau, hace una semana que trabajamos juntos. Fui una borde contigo y ahora estoy orgullosa de estar contigo.
—Y yo contigo, Paula. Ven, ayúdame, que esto casi está. Lo que no hay son reactivos suficientes… (faltaban algunos básicos para una analítica profunda: espectrofotómetro UV-Vis para concentraciones, cromatógrafo de gases para compuestos volátiles, o incluso un kit de reactivos específicos para lípidos de algas. Pero con lo que había sacaron lo esencial: pH, densidad, presencia de hidrocarburos y azúcares). Vamos a ver, estamos sacando lo esencial, pero no lo profundo.
—Arnau, ¿y cómo te dio por esto?
—Los inviernos de allí, fríos y tristes. Tenía montado uno muy rudimentario en el garaje de mis padres.
—Coge el ordenador y te voy pasando datos que estoy sacando. Se lo llevas a Daniel. Si tal, tal, tal… ya está. Llévaselo mientras recojo todo.
Paula se acercó a Arnau y le dio un beso.
—¿Y esto a qué se debe, Paula? Me vas a malacostumbrar.
—Pues tendrás que hacerte a la idea. Gracias por lo de "cielo". Contigo he sido una borde y tú este fin de semana y hoy eres cariñoso total.
—Llévasela. Era muy simple de sacar lo poco que hemos sacado.
—Se lo he mandado por correo.
Le apareció a Paula un mensaje: "Sube a mi despacho".
—¿Qué cojones habéis hecho? Si tengo más datos que los que me han dado… ¿y cómo coño ha sabido que esto es un hidrocarburo que se está sacando de algas?
—No sé, Daniel. Se puso allí: Paula para aquí, Paula para allá… y dice: ves, ya está. Faltan datos. Quedaros allí hoy los dos. Arcos puede esperar. Igual ni volvéis. Ahora bajo, que igual tengo que hablar con vosotros dos. Hacéis un buen equipo.
Arnau le preguntó:
—¿Bueno, vamos a Arcos y seguimos?
—No, Arnau. Daniel quiere que nos quedemos aquí.
Se presentó Daniel con los otros dos socios de la empresa.
—Como os lo voy a explicar… Con esta mierda de laboratorio han sacado esto. ¿Qué pueden hacer con un buen laboratorio?
—Si os ponemos uno bueno, ¿podéis o os veis capacitados para llevar un nuevo proyecto? Aquí no, en la nave contigua. Paula, Arnau: es de investigación, pero mucha cautela. Vais a estar solos, no quiero a nadie a vuestro lado.
Se giró y les dijo:
—¿Qué os parece a vosotros? Ahora sí podemos hacer algo con los biocombustibles.
—Necesito vuestro compromiso. Fijaros: llevan una semana trabajando juntos y se toman el trabajo muy en serio. Son los primeros en llegar y los últimos en marchar. Todo es interés en lo que hacen. ¿Lo hacemos o no?
Sus socios asintieron.
—Perfecto —dijo Daniel—. Vais a ir a la Zona Franca. Sabes aquella nave que te mandé hacer un informe de contaminantes, Paula. Vais allí, os esperarán.
Quiero que estéis allí y aquí. Aquello es una refinería. Y no os quedéis con los ojos así de abiertos.
Mañana vais a tener un coche para vosotros solos y ya estáis tardando en ir.
Fueron camino a la Zona Franca. Paula lo miraba, excitada de pensar que le habían encontrado un reconocimiento gracias a él. Conducía ella.
En un momento dado se giró, lo miró y le dijo:
—Nene, porque estoy conduciendo,sino te iba a dar un morreo de campeonato. Nunca en mi vida hubiera pensado que un huevos de catalán me haría sentir tan a gusto y encima me dieran un proyecto de hostia y los dos seamos personas de entera confianza.
—Sabes qué representa esto: que igual tenemos que diseñarnos algo para gestionar el proyecto. Y si me apuras, podemos diseñar lo mismo que veamos en pequeño, y allí con la materia prima tú y yo hacer todo el proceso.
Ese día ni se acordaron de comer. Llegaron, desmontaron los ordenadores y los montaron en el laboratorio. Todo eran ideas. Se trajeron una mesa de dibujo que había en un rincón. Conforme llegaban sus compañeros les extrañó: "¿Qué hacen estos dos en el laboratorio? ¿Han abandonado la oficina?". Marcharon todos y ellos se quedaron. Daniel iba a marchar y le picó el gusanillo de qué estaban haciendo. Entró en el laboratorio: todo estaba en precario.
—¿Qué pasa aquí?
—Estamos diseñando una pequeña refinería, para traernos aquí la materia prima y empezar a trabajar todo el proceso. Nosotros podemos hacerlo: tenemos medidas, fotos de todo lo que hemos visto.
—Ya me lo han dicho. A ver quién eran ese par de curiosos… Venga, ya está bien. Por cierto, el coche: venid, que ya ha llegado.
Fueron para allí y les dijo:
—Este es el vuestro. Y ahora para casa a descansar.
Se quedaron solos, cerraron y llegó el seguridad:
—¿Puedo cerrar ya?
Se fueron hacia Jerez. Paró el coche. Paula le agarró la cabeza y le dio un beso de película.
—Tú no sabes, cabronazo, lo feliz que me has hecho hoy. Te invito a cenar. Acéptamelo.
Se fueron a casa de Paula a cenar. Durante la cena siguieron con el proyecto, y se le notaba a ella que estaba feliz como yo. Se hacía tarde y le dije:
—Me voy al piso, es tarde.
—Ya lo sé —dijo Paula—. ¿Quieres quedarte a dormir aquí? Y mañana de aquí nos vamos juntos a trabajar. Si necesitas algo, pasamos por tu casa y lo recogemos.
—Perfecto. Pues venga, vámonos a dormir.
Me acerqué a ella y le di un beso. Ella tomó la iniciativa, y estábamos los dos pletóricos. Y acabó pasando lo que tenía que pasar. Dormimos poco, y llegó la hora de despertarse.
Me dijo:
—Buenos días, mi amor. Vamos a trabajar, que ya vamos tarde. Ven, acompáñame: nos duchamos juntos, desayunamos y nos vamos.
Los días no eran iguales. Pensábamos en el proyecto. Nos montaron una nave para nosotros solos y realizaríamos el proyecto a nuestro gusto. Había muchos roces y mucha complicidad. Allí teníamos cámaras por todos lados, y Daniel se había dado cuenta, pero trabajábamos bien.
Al final yo no hacía vida en el piso y me fui a vivir con ella. Era todo muy bonito. No se podía estropear.
Y así, mirando por la ventana de la nave nueva, con el olor a algas y reactivos, pensé en aquellas palabras que me repetía en el tren: "Serás feliz, me dijo la vida, pero primero te haré fuerte". Joder… qué razón tenía.
El fin de semana nos fuimos a la playa. Así conocerás esto, me dijo Paula, y yo me tumbaré al sol, que mi niño me tiene todo el día metida en la sombra.
Le di un beso: —Como te quiero, madrileña mía.
—Tenemos que ir un fin de semana. Quiero que conozcas aquello. Me haría ilusión enseñarte lo que conozco y desde mi punto de vista. Tengo tantas cosas que quiero que veas.
Nos paramos a comer un bocadillo. Entró Daniel. Solo él y el de seguridad sabían de nuestra existencia. Acabamos de sacar el primer biocombustible. Paula se lo mandó por el móvil, super contenta y grabando con la cámara. Entró a vernos.
—He tardado. Me has pillado en una llamada que luego he tenido que volver a realizar.
—Lo siento, no era mi intención, Daniel.
—Vamos a ver: esto va por los dos. Mañana vamos a Sevilla, Arnau. Prepara las muestras y haced un informe. Sin muchos detalles, alguna explicación os pedirán. Vosotros ya sabéis cómo tenéis que darlas, sin muchos datos técnicos. Quedamos en Jerez. Este maletín es para vosotros, para las muestras y papeles. Vamos a ser profesionales. Y Paula, por Dios, no te quedes con las ganas que te veo venir. Cuando salga se lo das.
—¿El qué, Daniel? Le tengo que dar.
—Tú ya sabes por dónde voy, que no soy tonto. Sois muy profesionales, pero también sois humanos. Y qué narices, estás con ganas de pillarlo y darle un morreo. Esperad que salga, que la envidia es muy mala. E iros para casa pronto, os lo merecéis.
—Nene, que nos vamos a Sevilla a una reunión con los gordos. Me hace ilusión.
—Y a mí, Paula. Lo que no me hace ilusión ahora mismo sería perderte.
—Lo sé, mi niño. Ni yo a ti. Tú no sabes lo feliz que me estás haciendo. Vámonos a casa, pero nos tenemos que comprar ropa. Y vámonos para casa, estoy muy ilusionada.
—Vámonos, Arnau, rápidos y para casa, que tengo que hacerte el amor hasta dejarte tísico.
—Qué bruta eres… y cómo te quiero.
Nos arreglamos. Paula se pintó a conciencia, se puso un traje muy sexy. A mí me hizo poner una camisa con corbata. Cara de felicidad en los dos. Nos fuimos a Sevilla con el coche de Daniel. Arnau se llevó mecheros del laboratorio para demostrar que era real. Paula daba las explicaciones técnicas de la producción en serie; Arnau comentaba la pureza que se podía alcanzar y el nivel ecológico de su combustión.
Les cortaron y preguntaron a Daniel: —¿De qué planeta has sacado estos dos?
Todo el mundo se reía y les aplaudieron. En la empresa sus compañeros hacía meses no sabían nada de ellos, solo cuando les veían a los dos juntos por Jerez.
—Arnau, cómo me haces feliz… Nunca en mi vida lo había sido así.
—Y tú a mí también.
Ese fin de semana nos fuimos a enseñarle a Arnau la costa gaditana. Dormimos en Tarifa.
Nos podíamos permitir unos lujos que en nuestra vida hubieran pensado. Les pagaban muy bien y ya estaban haciendo planes de futuro.
El lunes, cuando llegamos a la nave, nos encontramos a Daniel con una brigada desmontando todo.
Los dos a la vez le preguntamos:
—¿Qué pasa, Daniel?
—Nada. A mí y a vosotros nos echan de aquí.
—Joder, sí que dura poco la alegría en casa del pobre —dije yo.
—Vamos a ver, Paula y Arnau: me voy de jefe vuestro. Nos vamos a Sevilla. Van a montar esto allí. Quieren veros trabajar y que experimentéis con nuevos materiales, baterías, lo que sea… Me han dicho que tenemos que hacer una selección de personal. Yo con vosotros no me equivoqué. Quiero que tengáis gente buena a vuestro alrededor, y que aprendan de vosotros y vosotros de ellos. ¿Estáis de acuerdo, verdad?
Nos miramos los dos.
—Pero Daniel, no tenemos nada para vivir en Sevilla…
—Ahora vais a vuestra casa, preparar toda la mudanza. Alquiláis una furgoneta, lo cargáis todo y de aquí estos se van a encargar de llevarlo a vuestra otra nave. Os gustará, yo ya la he visto. Ahora recoged lo que tengáis aquí y a por la furgoneta y la mudanza.
—Llamadme cuando estéis llegando a Sevilla. Os vendrán a recoger y os llevarán a la zona de Dos Hermanas. Allí ya tenéis un piso preparado para los dos.
Nos quedamos un segundo en silencio, mirándonos. Luego Paula me abrazó fuerte.
—Nene… ¿nos vamos a Sevilla?
—Juntos, sí. Y con nuestro laboratorio, nuestro proyecto… y nuestro futuro.
La besé. Y mientras la brigada seguía desmontando, nosotros ya estábamos pensando en cómo decorar ese piso nuevo, en qué materiales probar primero, en cómo sería despertar cada mañana sabiendo que lo hemos conseguido.
La mirada dice lo que los labios callan… y ahora, en Sevilla, nuestras miradas ya no callaban nada. Serás feliz, me dijo la vida, pero primero te haré fuerte. Y joder… qué bien lo hizo.
Los recuerdos volvieron. Nuria, su ex, le llamó.
¿Dónde estás? Quiero verte.
Arnau tenía puesto el manos libres y Paula a su lado.
—A ver, Nuria, no te va a apetecer verme. Primero, tengo una nueva pareja. Me dijeron que tú también en el Pallars. Y segundo, me están esperando en Sevilla dentro de dos horas y estamos a punto de marchar.
—¿Cómo que "estáis"?
—Sí, mi pareja, a parte de ser eso, es mi compañera de trabajo y de proyectos. Nos esperan a los dos en Sevilla. Marchamos a vivir allí y va a ser un día complicado para nosotros. Te deseo lo mejor. Ya nos veremos algún día cuando subamos por allí.
Llegamos a Sevilla tras un viaje que se hizo eterno, con la furgoneta cargada hasta los topes de cajas, ropa y algún recuerdo que no quisimos dejar atrás. Dos Hermanas nos recibió con ese calor seco de Andalucía central, un barrio industrial pero con toques de vida cotidiana: bloques de pisos modestos, parques con niños jugando y el olor a churros desde una cafetería cercana. El apartamento que nos habían preparado era pequeño, pero acogedor: un salón con cocina americana, una habitación con cama doble y un balcón que daba a una avenida ruidosa. Nada lujoso, pero suficiente para empezar. Paula se rio al ver la nevera vacía: "Mañana compramos. Hoy pedimos pizza y brindamos por lo nuevo".
Yo asentí, pero por dentro sentía un vértigo: dejar Jerez, donde todo había empezado a encajar, por esta ciudad enorme y desconocida.
Al principio nos perdimos un poco: confundíamos las líneas de metro, comprábamos en supermercados caros por no saber dónde estaban los mercados locales, y las noches eran raras, con el tráfico de fondo en vez del silencio de Tarifa. Pero le fuimos pillando el tino. Paula, siempre práctica, hizo una lista de "cosas por conquistar": el Mercado de Triana para la compra semanal, un paseo por el Guadalquivir al atardecer, y hasta un bar de tapas en el centro donde nos convertimos en habituales. "Sevilla es como nosotros: caótica pero llena de vida", me dijo una noche, mientras caminábamos por la Alameda de Hércules, con sus terrazas abarrotadas y música en vivo. Y tenía razón: poco a poco, la ciudad nos abrazó, y nosotros a ella.
El nuevo laboratorio era otro mundo comparado con el precario de Jerez. Estaba en un polígono industrial a las afueras de Dos Hermanas, una nave amplia y luminosa, con techos altos, mesas de trabajo relucientes y equipo de última: espectrofotómetros, cromatógrafos, incubadoras para cultivos de algas y hasta un simulador de combustión ecológica. Daniel nos dio las llaves con una sonrisa: "Esto es vuestro reino. Experimentad sin miedo: nuevos materiales, baterías de estado sólido, biocombustibles avanzados… lo que se os ocurra". La selección de personal fue exclusiva, entre los tres: buscamos perfiles jóvenes pero con chispa, como un químico de Granada obsesionado con el hidrógeno verde y una ingeniera de Málaga experta en almacenamiento energético. Entrevistas intensas, pruebas prácticas… al final, formamos un equipo de seis, todos con ganas de innovar. Iniciamos proyectos ambiciosos: uno para optimizar biocombustibles a partir de residuos agrícolas andaluces, otro para baterías híbridas que pudieran estabilizar la red renovable de Sevilla. Los días volaban entre pruebas, fracasos que nos hacían reír (como cuando una mezcla explotó en un matraz y nos dejó a todos con el pelo de punta) y éxitos que celebrábamos con cervezas en el bar del polígono. Paula y yo éramos el núcleo: ella coordinando lo técnico, yo en la química profunda. Daniel nos dejaba libertad, pero nos vigilaba con ojo paternal: "Sois mi dúo dinámico". La nueva vida en Sevilla nos cambió: más ajetreo, reuniones con inversores de la Junta, pero también fines de semana libres para perdernos en la Plaza de España o subir a la Giralda. Nuestra relación se fortaleció en lo cotidiano: cocinar juntos paella improvisada, discutir fórmulas en la cama antes de dormir, y esas miradas cómplices en el lab que decían "lo estamos logrando".
Un día se me acerca Paula con un brillo en los ojos que nunca le había visto, y me dijo:
—Arnau, quiero hablar contigo de una cosa. Sé que igual no te gusta e igual puede ser una tranca en las ruedas para ti.
—A ver, dime o me vas a hacer cabrear. Sabes que estas cosas no me gustan, tanto misterio.
—Arnau, no te dije nada… Me estoy haciendo mayor, ya son 35 años y siempre he tenido una ilusión: que era ser madre. Hace un tiempo me saqué el DIU, no quise decirte nada.
Estoy embarazada. Ahora obra como quieras, te he engañado.
Me puse a llorar como un niño. Me abracé a ella, no sabía por dónde darle más besos. La zarandeé suavemente, le miré a los ojos:
—Como padre no sé cómo voy a ser, pero como esposo o como lo que sea ahora, acabas de hacer al hombre más feliz del mundo. No me canso de decirte te quiero, pero ahora no sé qué se dice en estos casos. Te amo, mi niña.
—Sabía yo que responderías así, pero no estaba segura… O quizás sí. Lo único que sé es que miedo en decírtelo. Has sido siempre una pareja muy familiar y ahora sé que lo vas a seguir siendo.
—Casémonos, amor mío. Cásate conmigo. Te lo he propuesto y te has hecho siempre la sueca. Ahora dime que sí.
—¿Cómo no te voy a decir que sí, con lo que te amo?
Nos casamos en una ceremonia sencilla en Sevilla, en un patio andaluz con azulejos y naranjos, rodeados de nuestro equipo y Daniel como testigo. Paula, con su barriguita ya visible, estaba radiante en un vestido blanco suelto.
Yo no podía dejar de mirarla, pensando en cómo la vida nos había llevado de un tren huyendo del norte a esta familia que creábamos. El bebé llegó meses después: una niña, Clara, con los ojos de Paula y mi sonrisa torcida. El laboratorio siguió creciendo –proyectos con fondos europeos, patentes a nuestro nombre–, pero ahora equilibrábamos con noches de biberones y paseos por el Parque de María Luisa. Paula se tomó una baja corta, pero volvió con más ideas: "Imagínate biocombustibles para un mundo donde Clara pueda jugar sin contaminación". Yo, que había remado contra viento y marea, ahora navegaba con viento a favor.
La mirada dice lo que los labios callan… y en los ojos de Paula y Clara, ya no había silencios, solo promesas cumplidas. Serás feliz, me dijo la vida, pero primero te haré fuerte. Y qué fuerte nos hizo a todos.
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