Rios que buscan su propio mar
Prólogo
El mar no pregunta. Simplemente llega.
Llega con el levante que levanta velos de arena fina en Bolonia, con el rumor de olas que se rompen sin prisa en la playa de Micaela, con el silencio que queda cuando el Guadalquivir se rinde al Atlántico y el faro de Chipiona empieza a girar su luz blanca en la distancia, como si supiera que alguien necesita ser guiado de vuelta a sí mismo.
Cuando la lluvia cesó, ya nada fue igual.
No porque el cielo se hubiera secado, sino porque ellos ya no eran los mismos que habían entrado bajo el agua. El verano se había llevado sus risas interminables y sus luces doradas, y el otoño entraba despacio, con un aire que olía a hojas secas y a tierra removida, con la promesa de nuevas estaciones pero también con el peso dulce de lo que se marchaba sin decir adiós.
No hubo palabras grandes. No hicieron falta.
Sus pasos se separaron con la lentitud de dos ríos que, después de compartir cauce durante un trecho, sienten que cada uno debe buscar su propio mar. Y sin embargo, mientras se alejaban, llevaban consigo lo mismo: la certeza callada de que aquel instante había existido, de que una mirada había tocado el alma y se había quedado a vivir en ella para siempre.
Porque hay encuentros que no se miden en días ni en kilómetros.
Se miden en el sabor salado que queda en los labios después de un beso robado al atardecer, en el roce de arena que se pega a la piel y no se va aunque te duches tres veces, en el olor a coco barato y a sudor limpio que se mete en las sábanas de una autocaravana estrecha y la convierte en hogar.
Hay encuentros que empiezan con una sandía partida por la mitad, con un “¿te molesta si me siento aquí?” y un silencio que no pesa, sino que abraza.
Y hay encuentros que, aunque los ríos sigan su curso, nunca terminan de separarse del todo.
Porque a veces el mar al que llegan no es distinto.
A veces es el mismo mar, pero más ancho, más profundo, más lleno de luz.
Este es el relato de dos ríos que se encontraron una mañana de mayo en una playa casi desierta, y que, sin proponérselo, decidieron que su mar podía ser compartido.
Que el cauce común no era un accidente, sino un destino.
Que el amor, cuando es verdadero, cabe en lo más pequeño: en una cama estrecha, en una furgo con ruedas, en un abrazo frente a un faro que gira sin cansarse.
Y que, al final, no importa tanto el destino como el hecho de que, por primera vez, ya no viajan solos.
El mar no pregunta.
Solo llega.
Y ellos, por fin, supieron responder.
La arena era tan fina y blanca que parecía polvo de mármol bajo los pies descalzos. El viento de levante llegaba constante, no fuerte aún, pero suficiente para levantar velos de arena que bailaban sobre la superficie y se metían en los ojos si no se entrecerraban. Al fondo, la duna se alzaba como una montaña suave, dorada contra el cielo azul implacable. No había casi nadie: unas pocas toallas lejanas, siluetas diminutas, y el rumor blanco de las olas rompiendo muy lejos, porque la marea estaba baja.
Alba caminaba despacio, chanclas en la mano, sintiendo cómo cada grano caliente se le clavaba entre los dedos.
Se detuvo a extender la toalla en una zona algo apartada, cerca de donde la duna empezaba a caer hacia la playa. Al sentarse, notó movimiento a su derecha: un grupo de vacas retintas bajaba despacio desde los pinares, pezuñas hundidas en la arena, ubres balanceándose. Una de ellas se acercó curiosa, olfateando el aire, y Alba se quedó quieta, conteniendo la risa. Las vacas no eran agresivas, pero tenían esa costumbre de tumbarse justo sobre las sombrillas ajenas si les apetecía sombra. Hoy parecían pacíficas.
Fue entonces cuando lo vio a él.
Lluc salía del agua, tabla de kitesurf bajo el brazo, el arnés aún colgando de la cintura. El neopreno corto le marcaba los hombros y el viento le secaba el agua de la piel en cuestión de segundos. Llevaba el pelo oscuro revuelto, gotas brillando en las pestañas, y una sonrisa cansada pero satisfecha, como quien acaba de negociar con el viento y ha ganado por poco. Sacudió la cabeza y el agua voló en arco; algunas gotas aterrizaron cerca de la toalla de Alba, frías contra su piel ardiente.
Sus miradas se cruzaron. Él levantó la barbilla a modo de saludo, sin decir nada. Ella respondió con un gesto breve de cabeza, pero no apartó la vista. Él tampoco.
Lluc clavó la tabla en la arena a unos metros, se quitó el arnés y lo dejó caer con un ruido sordo. Luego se acercó caminando despacio, el viento pegándole el pelo a la frente. No era invasivo; solo buscaba un sitio donde el viento no le diera de frente para desenredar las líneas.
Se sentó a unos tres metros, de espaldas casi a ella, mirando al mar. El silencio duró un buen rato, roto solo por el zumbido del viento en las dunas y el mugido lejano de una vaca que ya paseaba cerca del agua.
Alba sacó una botella de agua de la mochila. Bebió. El líquido estaba tibio, pero refrescaba igual. Notó que él giraba un poco la cabeza, observándola de reojo.
—¿Te molesta si me quedo aquí? —preguntó al fin, voz grave, con ese acento catalán suave que arrastra las vocales—. El viento está perfecto para kite, pero luego hay que pelear con las líneas y... bueno, aquí estoy más resguardado.
Ella se encogió de hombros, sonriendo apenas.
—No, qué va. Mientras no traigas una vaca contigo...
Él soltó una risa corta, sincera. Se giró un poco más hacia ella.
—Tranquila, las retintas son sociables, pero hoy van por libre. —Señaló con la barbilla al grupo que ahora olfateaba una sombrilla abandonada a lo lejos—. A veces echan a la gente, ¿lo sabías?
—Algo he oído. —Alba miró las vacas, luego a él—. ¿Vienes mucho por aquí?
—La primera vez, estuve el el GP de Jerez me animaron unos amigos me vine aquí compre esta tabla y la cometa o como se llame, tutorial de youtube y a probar, llevo unos días aquí en la zona.
—Primera vez. Necesitaba... no sé, espacio. —No dio más detalles. Él tampoco pidió.
Se quedaron callados otra vez. El sol bajaba un poco, tiñendo la duna de un naranja que parecía arder. El viento traía olor a sal y a arena caliente. Una vaca pasó a unos metros, mirándolos con esa calma bovina, y siguió su camino.
Pasaron unos minutos más. Lluc desenredaba una línea enredada, concentrado. Alba observaba el mar, pero de reojo lo veía a él: las manos fuertes, la piel bronceada de días enteros en el agua, el gesto concentrado.
Al final, él levantó la vista.
—Soy Lluc, por cierto.
—Alba.
Se miraron. Esta vez fue directo, sin excusas. El viento les revolvió el pelo a los dos al mismo tiempo, como si aprobara la presentación.
Ninguno dijo nada más durante un rato largo.
Solo existía el sabor salado que aún quedaba en los labios de él después del mar, el roce de la arena fina en las piernas, el mugido lejano de las vacas, el zumbido constante del viento en la duna... y esa certeza callada de que el verano acababa de abrir una puerta que ninguno de los dos esperaba.
El viento de levante soplaba ahora con más ganas, levantando finos hilos de arena que se enredaban en los tobillos. La duna al fondo parecía una ola congelada de oro viejo. Las vacas retintas habían seguido su ruta, pero una se había quedado rezagada, pastando a unos veinte metros, con esa calma absurda que hacía que todo pareciera más lento.
Lluc dejó la línea de kite a medio desenredar y se sentó con las piernas cruzadas sobre la arena. Miró a Alba de reojo, como calibrando si podía seguir hablando sin que ella se levantara y se fuera.
—Soy de la zona metropolitana de Barcelona —dijo al fin, con esa sonrisa de quien sabe que el acento ya lo delata—. Lo habrás notado, ¿verdad?
Alba levantó una ceja, divertida a su pesar.
—No pretenderás ligar conmigo, ¿verdad?
Lluc abrió los ojos grandes, casi ofendido, y levantó las manos en señal de rendición.
—No es mi intención, de verdad. Te vi y simplemente quería ser amable. Llevo muchas horas,días sin hablar con nadie… —Hizo una pausa, se rascó la nuca—. Eso no te da derecho a darme la paliza a mí. Perdona. Si te molesta ya me voy.
Ella soltó una risa corta, la primera de verdad desde que llegó.
—No, al contrario, perdona. Pensaba que eras uno de estos que vienen a ligar a la playa.
Se miraron un segundo. El viento les revolvió el pelo a los dos al mismo tiempo, como si el levante aprobara la tregua.
Alba se acomodó mejor en la toalla, cruzando las piernas.
—Oyes, una pregunta.
—Dime.
—¿Y qué se te ha perdido aquí?
Lluc se encogió de hombros, mirando al mar donde el agua empezaba a picarse con el viento.
—Pues muy sencillo. Trabajo todo el invierno de monitor de esquí en Andorra. No sé si conoces aquello… —Hizo un gesto con la mano, como si dibujara montañas—. El año pasado me compré una autocaravana.
Gano lo suficiente en invierno para pasarme unos meses sin hacer nada, sólo lo que me gusta.
He convertido aquello en mi casa, así puedo ahorrarme el alquiler de pagar durante la temporada. Vivo en ella.
Alba lo miró con curiosidad genuina. Él siguió, ya lanzado:
—Uno que trabaja en la estación no cesaba de hablarme del GP de Jerez y del kitesurf de aquí. He bajado al GP, pero solo a ver el ambiente y estar con ellos estos días. Me compré una tabla kite de segunda mano… Las noches de invierno, a ver tutoriales de YouTube. No tengo nada que hacer. —Se rio de sí mismo, un poco avergonzado—. Pero no sé por qué te cuento esto. Ahora sí podrás decir que soy un chapas.
Ella sonrió, esta vez con calidez.
—No eres un chapas. —Miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a bajar y teñía de naranja la cresta de la duna—. Solo… estás contándome tu vida a una desconocida en una playa casi vacía. Eso tiene mérito.
Lluc se pasó la mano por el pelo mojado de mar y arena.
—Llevo cuatro días solo con el viento y las vacas. Hablar con alguien que no muge es un lujo.
Alba soltó otra risa, más suelta. El viento trajo olor a sal y a pino lejano. Una vaca mugió a lo lejos, como si protestara por la comparación.
Se quedaron callados un rato, pero ya no era el silencio tenso del principio. Era de los que se comparten sin prisa.
El GP de Jerez rugía en alguna parte del fondo (quizás en la radio de algún coche lejano, el motor de algunas motos que aún quedaban o en el recuerdo de los que pasaban por la carretera), pero allí, en esa playa casi desierta, el único ruido importante era el del viento en la duna y el latido calmado de dos personas que, sin planearlo, acababan de decidir que no tenían prisa por irse.
El sol ya empezaba a bajar hacia el Atlántico, alargando las sombras de la duna y tiñendo la arena de un naranja suave. El viento había amainado un poco, pero aún traía ese olor limpio a sal y a hierba seca que sube desde los pinares. Las vacas retintas se habían dispersado; solo quedaba una pastando a lo lejos, con la misma indiferencia de siempre.
Alba miró hacia el parking improvisado de tierra que quedaba a unos cien metros, donde unas pocas furgonetas y autocaravanas salpicaban el paisaje.
—¿Perdona, tienes muy lejos tu autocaravana? —preguntó ella, señalando con la barbilla.
Lluc siguió su mirada y sonrió.
—No, porque hay aparcamiento suficiente. Es aquella de allí, relativamente cerca. —Señaló una furgoneta blanca con techo elevado, discreta entre las demás—. ¿Por qué preguntas?
Alba se encogió de hombros, pero ya estaba abriendo la mochila.
—Tengo la mochila aquí con todas mis pertenencias. No me puedo mover de aquí, es un engorro. ¿Te importaría guardármela dentro de ella, si no te importa? ¿O tienes prisa por marchar?
Lluc negó con la cabeza, ya de pie.
—No en absoluto. ¿Quieres que te guarde algo más? Te advierto que tiene alarma, lo digo por si desconfías de dejar algo aquí de valor.
Ella sacó el móvil, la cartera y una pequeña carpeta con documentación. Se lo tendió todo.
—Pues ahora que lo dices, te meto el móvil, el dinero y la documentación.
Lluc lo cogió con cuidado, metiéndolo todo en un compartimento interior de la mochila antes de colgarla del hombro.
—Ahora ya me cuadra más las cosas —dijo ella, mirándolo de arriba abajo con una media sonrisa—. Te vi ligero de equipaje, despreocupado: una toalla y una tabla. Me daba a pensar que si refrescaba ibas a parecer una vieja con un chal, con la toalla.
Lluc soltó una carcajada sincera.
—¿Eres de Madrid, verdad? Lo digo por el acento.
Alba puso los ojos en blanco, pero divertida.
—¿Qué tienes en contra de los de Madrid, eh? ¿Que eres del Barça y ya estamos con la rivalidad?
—En absoluto. Conozco mucha gente de Madrid. En Grau Roig van muchos a esquiar o aprender a esquiar. Andorra trabajé en Baqueira Beret, y llegó un punto que te podía decir si un madrileño era de la Castellana, de Moraleja o Sanchinarro. —Hizo una pausa, imitando un acento pijo exagerado—: Sabes, niña… Me gano la vida así, no puedo ni permitirme rivalidades. Desde que acabé la carrera vivo de esto.
Alba arqueó una ceja, intrigada.
—¿Qué carrera es esta? ¿Qué coño de oficio es este?
—El mío propio. —Lluc sonrió, ya caminando hacia la autocaravana con la mochila de ella al hombro—. Pero no te voy a explicar, que me llamas chapas, y tengo que guardar la mochila de esta bella moza. Que si nos despistamos y te la roban, dudo mucho que te quieras vestir de Lluc.
Ella se rio, recogiendo la toalla y siguiéndolo a paso lento. El viento les empujaba por la espalda, como si los invitara a caminar juntos. La autocaravana estaba más cerca de lo que parecía: blanca, con pegatinas descoloridas de montañas nevadas. Nada ostentoso, solo funcional y vivida.
Lluc abrió la puerta lateral con un clic, activó la alarma con un pitido corto y metió la mochila en un armario alto, bien sujeto.
—Listo. Nadie te la va a tocar. —Se giró hacia ella—. ¿Y ahora? ¿Te quedas un rato más o ya huyes de este catalán parlanchín?
Alba se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos.
—Depende. ¿Tienes algo de beber que no sea agua caliente?
Lluc sonrió de oreja a oreja.
—Hecho. Tengo cerveza fría en la nevera de gas. Y si no te fías, te la abro yo delante.
Ella entró sin dudarlo, sentándose en el pequeño banco que hacía de sofá. El interior olía a madera, a café viejo y a ese leve aroma a mar que se cuela en todo lo que vive cerca del agua.
El sol se hundía detrás de la duna, y el viento traía el mugido lejano de una vaca retinta que parecía despedirse del día.
La autocaravana era pequeña por fuera, pero dentro tenía vida propia. No era una de esas furgonetas básicas de fin de semana: tenía nevera de gas que ronroneaba bajito,calefacción,aire acondocionado, cocina de dos fuegos, un banco que se convertía en cama, armarios hasta el techo y hasta un pequeño baño con ducha de agua caliente. Alba se quedó parada en la entrada, parpadeando.
—No creo que vayas a volver a la playa, ¿verdad? —dijo Lluc mientras guardaba la tabla de kite en el portaequipajes trasero. El espacio era grande, había hasta una bocicleta y aún sobraba sitio—. Abre el portaequipajes, grande, ¿ves?
Alba se acercó, aún con el bikini y el pareo anudado a la cadera. El viento de levante entraba por la puerta abierta, trayendo olor a mar y a atardecer.
—¿Quieres una cerveza fría? —preguntó él, abriendo la neverita. Sacó dos latas heladas y le tendió una.
Ella la aceptó, pero no se sentó todavía. Estaba de pie, mirando todo con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Ves aquella puerta —dijo Lluc, señalando al fondo—. Ven, te enseño cómo va. Esto es una ducha, esto un WC. Funciona así la ducha y así el WC.
Alba lo siguió con la mirada, asintiendo despacio.
—A ver, antes vamos a hacer las cosas bien hechas —siguió él, abriendo un armario alto. Sacó dos toallas: una grande de baño y otra más pequeña para el pelo—. Cuando acabes me dices, o si no, tú misma. Ahí hay un secador de pelo. No lo apures, que es de casita de muñecas.
Ella soltó una risa corta, incrédula.
—Joder, ahora suéltalo. ¿Qué más buscas? ¿Crees que soy una chica fácil?
Lluc se rascó la nuca, sonriendo con vergüenza.
—Te juro que no. Pero ahora que lo dices… sí.
Alba abrió mucho los ojos y luego se echó a reír, una risa genuina que le salió del estómago.
—Pues estate tranquila. Luego te llevo lavadita y planchadita donde me digas.
Se metió en el baño con la toalla grande. El agua caliente cayó como una bendición después del sol y la arena. Cuando salió, envuelta en la toalla grande, con el pelo húmedo cayéndole por la espalda, Lluc ya estaba fuera, dijo de ducharse él también. El sol se hundía detrás de la duna, el cielo se volvía rojo y anaranjado, y el mar se lo tragaba entero con un resplandor que parecía fuego líquido.
Lluc salió del baño con pantalón corto y camiseta vieja, el pelo aún mojado. La miró un segundo de más.
—Dios, ¿cómo te dejan ir por la calle sola sin que te coma el lobo?
Alba enrojeció, pero sonrió.
—Venga, cena.
Sobre la mesa pequeña ya había una botella de vino tinto decente, embutido cortado en lonchas gruesas, pan de horno que olía a levadura y a leña, un poco de queso y aceitunas. Nada sofisticado, pero todo parecía preparado con cuidado.
Alba abrió los ojos como platos.
—¿Después de cenar estaremos un rato más aquí —dijo Lluc—, para que se pasen un poco los efectos del alcohol y te llevo donde me digas.
Cenaron despacio. El vino entraba fácil, el pan crujía, el embutido sabía a casa. Pero Alba tenía un nudo en el estómago que no se deshacía. No tenía ni idea de dónde ir esa noche.
Cuando acabaron, ella recogió los platos y los lavó en el fregadero diminuto.
—No faltaría más no hacer nada después de las atenciones recibidas —dijo, con voz baja.
Lluc la miró desde el banco.
—¿Ahora dónde?
Alba dejó el último plato. Se quedó quieta un segundo. Luego se derrumbó. Se sentó en el suelo, se encogió, abrazó las rodillas y empezó a llorar en silencio. Las lágrimas caían gordas, sin ruido.
Lluc se agachó a su lado, pero no la tocó.
—No lo sé —susurró ella—. Sin dar explicaciones… hasta los ovarios me tenía.
Respiró hondo, se limpió la cara con el dorso de la mano.
—Desempolvé la mochila, abrí el cajón de la ropa interior, todo para dentro. Algún bikini del año pasado, dos en concreto, algo de ropa cómoda, un chándal… y ya estaba llena. Salí, lo mandé a la mierda. Antes de cerrar me dijo: «¿Te llevas las llaves? No tardarás en volver». Se las tiré a la cara. Pasé por el banco, saqué 2000 €, el máximo que me permitía. Estación del Sur en Méndez Álvaro. «¿Qué autobús es el próximo en salir?» «Aquel, ¿dónde va?» «Depende de dónde se quiera bajar.» «Hasta Algeciras.» La A-4, donde se quiera bajar. Hasta Algeciras me subí. Era de noche. Me bajé aquí al ver esto. No lo conocía. Le pregunté al conductor si me podía bajar aquí. «No, pero voy a hacer una excepción.»,gracias y me bajé.El resto de la historia ya la sabes.
El mar no pregunta. Simplemente llega.
Todo lo dijo sin mirarlo, con la voz ronca y los ojos fijos en el suelo.
Lluc se quedó callado un rato largo. Luego se sentó a su lado, a una distancia respetuosa.
—Un cojones de catalán toca huevos —murmuró ella al fin, con una risa amarga entre lágrimas.
Él soltó el aire despacio.
—No te voy a decir que todo va a estar bien. Pero esta noche estás aquí. Hay sitio de sobra. La cama de arriba es tuya si quieres. O el banco se convierte en cama. Tú decides. No hay prisa.
Alba levantó la vista por primera vez. Los ojos rojos, pero ya sin lágrimas nuevas.
—No sé qué hacer.
—No tienes que decidirlo ahora. Duerme. Mañana ves.
El viento de levante seguía soplando fuera, pero dentro de la autocaravana solo se oía el ronroneo de la nevera y la respiración de dos personas que, sin planearlo, acababan de compartir más de lo que habían compartido con nadie en mucho tiempo.
La noche se cerró sobre Bolonia. El mar susurraba. Y por primera vez en días, Alba sintió que no tenía que correr a ninguna parte.
Lluc se levantó del banco, estirándose con un crujido de espalda que sonó como madera vieja. La autocaravana aún olía a café y a embutido de la cena anterior, pero el aire de la noche había entrado por la ventana entreabierta y traía el salitre fresco del mar.
—Nos vamos de aquí —dijo, apagando la luz interior—. Esto está muy solitario. He visto un pueblo aquí cerca, fácil de aparcar, y una autocaravana de un desconocido la controlan más. Y tú, de mientras, decides: o el gallinero aquí arriba o en esta cama, la mía no te ofrezco, están las sábanas con mi sudor.
Alba lo miró desde el suelo, aún sentada con las rodillas abrazadas, pero ya sin lágrimas. Asintió despacio.
—Mañana, si no conoces esto, iremos por la costa hasta Cádiz capital. En Chiclana cogemos el tranvía y nos vamos a la capital, a la tarde. Primero quiero parar en una lavandería de la gasolinera y comprar algo en una gran superficie. Aparcar la autocaravana y para Cádiz hasta el anochecer. Cenamos aquí. Si tienes ropa por lavar, échala allí: el precio va a ser el mismo, mucha que poca, y el secado igual.
Ella se levantó, recogió la toalla y la dobló con cuidado.
—Vale.
Salieron de la playa de Bolonia por la N-340 en dirección norte. A pocos metros, un ventorrillo iluminado con luces tenues, Facinas. Era una pedanía diminuta de Tarifa: cuatro calles, unas pocas casas bajas, un bar cerrado y un parking de tierra amplio donde cabían varias autocaravanas sin molestar. Lluc maniobró con cuidado, apagó el motor. El silencio era casi absoluto, solo el viento lejano,los aerogeneradores que rodean el pueblo y algún perro ladrando en la distancia.
Durmieron. O lo intentaron.
Lluc se desveló un par de veces. La primera, oyó gritos ahogados, como si Alba estuviera en una pelea de gatos: gemidos, respiraciones entrecortadas, un «no» que se le escapó en sueños. Se levantó asustado, se acercó a la cama de arriba. Ella se removía, sudaba, pero no despertaba. Paró. Volvió a su cama. La segunda vez fue peor: un sollozo largo que le apretó el pecho. Se quedó mirando el techo hasta que la oyó calmarse, agotada, y caer en un sueño profundo. Respiró hondo. Se fue a dormir.
A la mañana siguiente, Lluc se levantó temprano. Se duchó en silencio, se vistió con pantalón corto y camiseta limpia. Luego la despertó con golpes suaves en el lateral de la cama alta.
—Vas a tener más intimidad si yo no estoy. Levántate y ya me dirás si has dormido bien.
Salió riéndose bajito. Alba se asomó por la ventana: lo vio sacar del maletero unas placas solares plegables, subir al techo con agilidad y casi cubrirlo entero con ellas. El sol ya pegaba fuerte; las placas empezaron a zumbar bajito al conectarlas.
Golpes en la puerta.
—¿Ya estás?
—Sí, puedes pasar.
Alba estaba con el mismo top negro y unos pantalones cortos anchos de andar por casa, el pelo recogido en un moño deshecho.
—Me vas a reñir, lo sé —dijo ella—, pero al estar ocupado tú, me he tomado la libertad de preparar el desayuno. Vi la cafetera, el café, la leche… y no encontré nada más.
Lluc miró la mesa: dos tazas humeantes, un paquete de magdalenas abierto.
—Mira, aquí por si tienes hambre de picar entre horas. Pero yo desayuno como aquí en Andalucía: tostada con aceite y tomate. Y hoy, porque estás tú, sino le froto un ajo, salud y to pa dentro.
Se reía mientras sacaba una tostadora pequeña, cortaba rebanadas gruesas de pan de pueblo y las ponía a tostar. Una para él, otra para ella.
—Esta es para ti. Si quieres mantequilla y mermelada, abre la nevera.
—Ya la vi, no me cuadraba ahora —dijo ella, sonriendo por primera vez esa mañana.
Desayunaron en silencio cómodo. El pan crujía, el tomate fresco sabía a verano temprano, el aceite corría por los dedos. Fuera, Facinas empezaba a despertar: un tractor lejano, niños gritando en alguna calle.
Recogieron. Salieron rumbo norte por la carretera de la costa: Zahara de los Atunes primero, Barbate después. Pasaron por Trafalgar, la playa ancha y salvaje donde el viento levantaba espuma blanca. Alba no pudo resistirse más.
—Tú de verdad eres profesor de esquí.
Lluc sonrió de lado.
—Sí. Mira en la guantera, está mi identificación.
Ella abrió el cajón: una tarjeta de Grau Roig – El Tarter, otra de Grandvalira, una autorización del Govern d’Andorra con sello oficial, Baqueira-Beret. Todo en regla.
—Tú eres alguien más que un simple monitor.
Lluc soltó una risa pícara, pero había algo en sus ojos que se cerraba.
—Vamos a dejarlo así. El pasado está para enterrarlo. Vamos a Chiclana, que ya vamos tarde. Quiero ver la capital, lavar la ropa y comprar viandas. Que luego miraré la aplicación y veremos dónde acampar.
Alba cerró la guantera. Miró por la ventanilla: el mar a la izquierda, dunas y pinos a la derecha, la carretera recta hacia el norte. El nudo en el estómago se había aflojado un poco, pero aún estaba ahí.
No dijo nada más.
Solo se dejó llevar por el ronroneo del motor, el olor a café que aún quedaba en el aire y la certeza de que, por ahora, no tenía que decidir nada sola.
Llegaron a Chiclana por la CA-210, con el sol de media mañana pegando fuerte en el parabrisas. Lluc aparcó la autocaravana en las afueras, en un parking amplio junto a un hipermercado grande que parecía sacado de un anuncio: Carrefour o Mercadona, daba igual, tenía todo. Al lado, una gasolinera con lavandería de autoservicio. Todo cuadraba como si lo hubieran planeado.
Miró el mapa en su móvil, trazado a mano con el dedo.
—Mira, ahí hay una parada del tranvía. Serán piratas como se lo conocen los cabrones —dijo, señalando la pantalla—. Oye una cosa: ¿y el móvil lo dejaste en la mochila? No tendrá carga, ¿verdad?
Alba se encogió de hombros.
—No me hace falta el móvil para nada.
—Pues sí. Echa fotos de todo esto, tendrás un recuerdo de tu paso por Cádiz.
—Tienes razón. Ahí tienes cargador.
—Venga, que estás tardando. Que esto me han dicho que no me lo pierda.
Metieron la ropa sucia en las lavadoras industriales. Mientras giraban los tambores, llenaron la despensa: agua, fruta, pan, embutido, latas de conserva, café, leche en brick, un par de botellas de vino tinto barato pero decente. Ropa limpia, despensa llena. Listos.
Alba sacó un bolso cruzado que llevaba escondido en el fondo de la mochila. Lluc lo vio y sonrió.
Lluc de un armario escondido saco una bolsa, abriéndolo con cuidado. Sacó una cámara réflex con objetivo zoom, antigua pero bien cuidada—. Ponte ahí, que quiero una foto de mi trofeo de ayer.
Se puso a reír. La apuntó con el objetivo.
Alba se rió también, cruzando los brazos.
—Trofeo lo será tu padre. Anda, ponte guapa. Suéltate el pelo, no seas saboria como dicen por aquí.
Ella se soltó el moño, el pelo cayó en ondas oscuras sobre los hombros. Lluc le puso unas poses de profesional: mano en la cadera, mirada al horizonte, perfil contra el sol. Disparó. Clic, clic, clic. Ráfaga. Luego miró la pantalla de la cámara.
—Hostias —murmuró entre dientes.
No comentó nada. No era el momento.
Mapa a punto en el móvil. Cogieron el tranvía en la parada cercana. Las marismas se extendían a ambos lados: agua quieta, aves blancas posadas en las cañas, el sol reflejándose en los esteros como espejos rotos. Alba abrió los ojos como platos.
—Lluc, es precioso.
—Pues imagínate hoy aún más con una modelo como tú. Mira cómo brillan los esteros… y no creas, Alba, que es por el sol. Es porque estás tú.
Ella le dio un codazo cariñoso.
—Zalamero. Eso se lo dirás a todas.
San Fernando centro. El tranvía pasó por encima de la autovía, y de pronto la bahía se abrió entera: el puente Carranza al fondo, el del Centenario aun lado y atro el Atlantico a la izquierda la bahia a la derecha, el mar plateado, Cádiz recortada contra el cielo. Lluc no paraba de disparar con la cámara: el horizonte, las barcas, el perfil de Alba mirando por la ventanilla.
Luego, ella se giró.
—Lluc, me tienes que decir una cosa. ¿Qué huevos de nombre es ese que tienes?
Él sonrió, bajando la cámara.
—Lluc es la versión catalana de Lucas. Derivado del latín Lucius, que significa “luz”, “luminoso” o “el que trae la luz”. Simbolizando claridad e iluminación, con fuertes raíces cristianas asociadas a San Lucas y popularizado por el Santuario de Lluc en Mallorca.
En ese momento le sonó el móvil a Alba. Lo miró con desprecio. Contestó.
—Es del trabajo. “Te estamos esperando, ¿dónde estás? ¿Cuándo llegarás?” —imitó una voz aguda—. No lo sé.
“Tu nena, sabes lo que vale una sesión fotográfica”.
Te repito: estoy enferma.
Mientes.
Bueno, tardaré en llegar.
Colgó. Lluc la miró con ojos como platos.
—Suelta, cabrona. No sabías estar delante de un objetivo. Algo no me cuadraba cuando vi las fotos. Sé poco de fotografía, pero algo de modelos sí.
Alba suspiró, mirando por la ventanilla.
—Te cuento.
No hace falta. Tenemos mucho viaje y camino por recorrer. Ahora vamos a centrarnos en Cádiz. Nunca he estado. Antes de dormirme, mientras tú te peleabas con los gatos, leí sobre ella y esta excursión.
—¿De qué pelea hablas?
—Una sin importancia que me llegó a preocupar. Tuviste un muy mal sueño. Malo, ¿verdad?
Pero ahora no me lo recuerdes.
Olvídalo. Olvida lo que he dicho. Vamos a ser dos fenicios, romanos,chirigoteros, lo que quieras por el auténtico Cádiz. Y si te portas bien te voy a llevar a un chiringuito que dan muy buenas críticas y por supuesto visitaremos Casa Manteca, una taberna con solera. ¿Te animas a andar?
—Vamos.
Bajaron en la Plaza de Sevilla, el corazón de Cádiz. El aire olía a sal, a fritura lejana y a jazmín de algún patio. Caminaron sin rumbo fijo al principio: por la Alameda Apodaca, con su paseo arbolado y vistas a la bahía; luego hacia el casco antiguo, calles estrechas empedradas donde la luz entraba a rayas entre balcones floridos.
Primero, Casa Manteca. Taberna de 1890, paredes cubiertas de fotos antiguas en blanco y negro, barriles de vino de Jerez, mesas de madera oscura. Pidieron chicharrones pringosos, jamón ibérico cortado a cuchillo, tortillitas de camarones, un par de copas de oloroso. Se sentaron en un rincón, hombro con hombro. Lluc sacó la cámara discretamente, pero Alba le dio un manotazo suave.
—Ni se te ocurra. Aquí se come, no se posa.
Rieron. El vino calentaba la garganta, el jamón sabía a nuez y a sal. Salieron con las mejillas coloradas y el estómago feliz.
Siguieron hacia la Catedral Nueva, subieron a la torre del campanario (la Torre de Poniente): vistas 360° de la ciudad, el mar, el puente, el cielo infinito. Lluc disparó unas cuantas, pero más a Alba que al paisaje. Ella fingía enfado, pero posaba.
Bajaron y caminaron hasta la Playa de la Caleta: la postal de Cádiz, con su castillo de San Sebastián al fondo, el mar rompiendo suave. El atardecer empezaba a pintar todo de rosa y oro. Se sentaron en la arena, quitándose las zapatillas. El agua les lamía los pies.
—Esto es mejor que cualquier chiringuito —dijo Alba.
Lluc asintió.
—Todavía no hemos acabado. Hay uno en la Viña que dicen que hace el mejor pescaíto frito de la ciudad.
Fueron. Mesa en la terraza, gambas al ajillo, boquerones fritos, cazón en adobo, una jarra de tinto de verano. Hablaron poco; miraban el mar, se miraban entre sí. El sol se hundió detrás del horizonte, dejando un cielo violeta.
Volvieron en tranvía ya de noche, cansados pero ligeros. La autocaravana los esperaba en Chiclana, con la ropa ya seca y la despensa repleta.
Subieron. Lluc encendió una luz tenue.
—¿Y ahora?
Alba se dejó caer en el banco.
—Ahora… dormimos. Mañana decidimos el próximo sitio.
Él sonrió.
—Suena bien.
Fuera, Cádiz se apagaba. Dentro, solo se oía el ronroneo de la nevera y dos respiraciones que, por primera vez, se acompasaban sin esfuerzo.
A las siete de la mañana el sol ya quemaba el techo de la autocaravana como si quisiera fundirlo. No habían dormido tanto como creían: el ronroneo de la nevera, el viento que sacudía las ventanas, los sueños rotos de Alba. Se despertaron con el cuerpo pesado y la boca pastosa.
Lluc abrió los ojos primero. Miró el reloj del salpicadero: 6:58. Fuera, el parking que ayer parecía tranquilo ahora era un campo de batalla. Camiones de reparto maniobrando con pitidos cortos y nerviosos, carretillas elevadoras que subían y bajaban palets con un zumbido hidráulico constante, obreros gritando órdenes en andaluz cerrado:
—¡Quillo, no te quedes aquí pasmao, joe! ¡Muévete, que te lleva por delante!
Y rematando el caos: la brigadilla municipal. Dos operarios con chalecos reflectantes y martillo neumático en ristre, rompiendo asfalto a pocos metros. El ruido era un concierto de percusión industrial en si mayor, como lo bautizó Lluc mentalmente mientras se frotaba la cara. El suelo vibraba, el aire olía a betún caliente, a gasolina y a café quemado de algún termo lejano.
Alba se incorporó en la cama alta, el pelo revuelto, los ojos hinchados de sueño interrumpido.
—¿Qué coño es esto? —murmuró, tapándose los oídos.
—Desayuno con vistas al infierno —dijo Lluc, ya poniéndose una camiseta—. No te muevas de aquí voy a por unos cafes de vaso de la gasolinera los calientas en el microondas.Vamos a desayunar con prisa y arreando.
Bajo Lluc. En la gasolinera de al lado compro lo justo: dos cafés en vaso de cartón (de los que ya estan preparados, un capuchino para ella), un par de cruasanes envueltos en plástico. Se sentaron en el banco exterior, pero el martillo neumático no les dio tregua. Cada golpe era un pinchazo en las sienes. Comieron de pie, casi sin saborear. El café quemaba la lengua, el cruasán estaba seco. El ruido lo devoraba todo.
Volvieron a la autocaravana. Lluc arrancó el motor, que tosió un poco antes de despertar. Salieron a la autovía A-4 dirección Jerez-Sevilla. El paisaje cambió rápido: pinos , salinas, el cielo azul implacable de mayo andaluz.
Alba miró el cartel de la autovía y frunció el ceño.
—¿A Sevilla vamos?
Lluc negó con la cabeza, sin quitar los ojos de la carretera.
—Tenemos un problema, te cuento. Tenemos que vaciar las aguas negras. Vamos, las del WC. Si puedes, no emplees el baño ni más agua, que queda poca también. No caí, pero vamos dos y no calculé el consumo.
Alba se removió en el asiento. La preocupación le apretó el estómago como un puño frío.
—¿Y ahora qué?
—No pasa nada. Iremos por El Puerto de Santa María. Estuve yo con las motos, merece la pena. Verás un parque natural en las marismas. Si tienes que ir al baño, aprovecha. Pararemos en El Puerto de Santa María.
Ella asintió, pero el nudo no se deshacía. Miró por la ventanilla: el paisaje se abría en marismas verdes y plateadas, flamencos rosados quietos como estatuas, el olor a salitre que entraba por la rejilla de ventilación. El viento de levante había amainado, pero aún traía ese aroma mineral que se mete en la piel.
Lluc condujo en silencio un rato. Luego, sin mirarla:
—Anoche gritabas. No era solo un sueño normal. Parecías pelear con alguien.
Alba se tensó. El aire dentro de la autocaravana se volvió más denso.
—No quiero hablar de eso ahora.
—No tienes que hablar. Pero si en algún momento quieres… yo estoy aquí. No juzgo.
Ella respiró hondo. El pecho le subía y bajaba rápido. Cerró los ojos un segundo.
—Era él. Siempre es él. Me decía que no tardaría en volver. Que era una niña tonta. Que nadie me iba a querer como él. Que si me iba, me arrepentiría. Y en el sueño… yo le tiraba las llaves, pero él las cogía y me las ponía en la mano. Como si no pudiera soltarlas nunca.
Una lágrima se le escapó, lenta, caliente. Se la limpió con rabia.
—No llores por él —dijo Lluc bajito—. Llora por la que eras cuando te quedabas. Esa ya no está.
Alba lo miró. Los ojos rojos, pero brillantes.
—¿Y tú? ¿Qué llevas tú en la cabeza que no sueltas?
Lluc apretó el volante. El paisaje seguía pasando: marismas, un río que se abría al mar, gaviotas blancas.
—Una chica. En Andorra. Pensé que era para siempre. Me dejó porque “necesitaba estabilidad”. Ironía, ¿no? Yo vivía en una autocaravana antes de que estuviera de moda. Ella quería un piso, un perro, un futuro con nómina fija. Me dijo que era un niño grande que jugaba a la vida. Y se fue con uno que tenía todo eso. Todavía me ronda. No el amor… la vergüenza. De haber creído que yo era el problema.
Silencio. Solo el ronroneo del motor y el viento contra la carrocería.
Alba extendió la mano y la puso sobre la suya, en el cambio de marchas. No apretó. Solo la dejó ahí. Calor contra calor.
—No eras el problema —dijo ella—. Eras el que se atrevía a vivir sin red.
Lluc tragó saliva. No dijo nada. Pero no retiró la mano.
Llegaron a El Puerto de Santa María. Aparcaron cerca del parque natural de las marismas del Guadalquivir: un sitio amplio, con pinos, olor a eucalipto y a barro salado una zona de autocaravanas. Luego, caminaron un rato por el sendero de madera que cruzaba las marismas. Flamencos, garzas, el agua quieta reflejando el cielo. El sol calentaba la piel, pero el aire era fresco, limpio.
Se sentaron en un banco de madera. Alba apoyó la cabeza en el hombro de Lluc. Él la rodeó con el brazo, despacio.
—No sé qué va a pasar mañana —dijo ella.
—No hace falta saberlo. Solo saber que hoy estamos aquí.
Una lágrima cayó de nuevo, pero esta vez no era de rabia. Era de alivio. De soltar peso.
Lluc la besó en la sien. Suave. Sin prisa.
—Vamos a seguir —dijo—. Hay mucho camino.
Ella asintió.
—Y mucho que soltar.
Se levantaron. Volvieron a la autocaravana. El motor arrancó con un suspiro. Dirección Sevilla de nuevo, o quizás más al norte. No importaba.
Lo importante era que, por primera vez, ninguno de los dos viajaba solo.
Pasaron por el centro de El Puerto de Santa María sin detenerse mucho: el bullicio del centro comercial El Paseo quedaba a un lado, calentaba como si en mayo fuera agosto. Dos opciones claras: Chipiona o Rota. Frente a Jerez, Alba señaló el cartel.
—Anda, el pueblo de la Lola Flores.
Lluc sonrió de lado, girando el volante sin dudar.
—Vamos allá. Repostaremos gasoil a continuación y pararemos en Chipiona, un área de autocaravanas. Vaciaremos las aguas negras, llenaremos el depósito de agua… e igual nos quedamos allí.
—¿Cómo seguimos?
—Vamos Jerez.
Entraron por la antigua N-IV para hacerlo más ameno, evitando la autovía . Pasaron por el Luz Shopping, la gasolinera Alcampo y, al lado, el súper más grande que habían visto en días. Llenaron el depósito de gasoil (el surtidor olía a combustible fresco y a asfalto caliente), compraron agua mineral un par de botellas de tinto de la tierra y algo de fruta que olía a campo. Lluc sacó la tablet y la puso en el soporte del salpicadero.
—Vamos a Chipiona, cuna de la gran Rocío Jurado. Mira, lo dice aquí, yo no miento.
Le mostró la pantalla: ruta marcada, área de autocaravanas junto a la playa de Micaela.
—Aquí tenemos un área de caravanas, podríamos hacerlo aquí —dijo Alba, señalando un parking al lado de la gasolinera en el centro.
—No. Abre la tablet y mira: área autocaravanas junto a la playa Micaela, Chipiona, Cádiz, es de la Junta de Andalucía. Mejor allí, ¿verdad?
Subieron a la autovía sin prisa. El paisaje se abrió: viñedos de Jerez, campos de olivar intensivo, el olor a tierra seca y a mar que se colaba por las rejillas. Alba se acomodó en el asiento del copiloto, mirando el horizonte.
—Y tú, Lluc, ¿cómo acabaste en Andorra? ¿Conociste a la andorrana en Barcelona?
Lluc soltó el aire despacio, como si hubiera estado esperando la pregunta.
—No. Nos conocíamos desde chicos te mentí.
Hizo una pausa larga. El motor ronroneaba constante.
—Vale, vas a saber demasiado a partir de ahora. Pero tarde o temprano lo sabrás, o verás algo que no te cuadra. Tengo 33 años. Soy ingeniero industrial. Hijo de un empresario textil, como mandan los buenos cánones burgueses catalanes. Acabé la carrera a los 22,muy buenas notas, trabajo seguro. La fábrica la mamé desde que nací: mis dos abuelos cada uno tenía una fabrica, mi padre, mi tío, toda la familia involucrada. Necesitaban un cabeza de turco, un ingeniero. El nen. Ya que tenía que ser yo quien firmaba, quería que las cosas se hicieran bien ,mi opinión no servía para nada. No me tenían en cuenta.
Alba lo miró de reojo. Él seguía con los ojos en la carretera.
—Tenía una relación con Rosa, hija de otro burgués. Querían las dos familias un matrimonio de conveniencia: burro con burra de rango y abolengo. Rompí la baraja. Me gustaba el esquí y desaparecí de todo esto. ¿Qué puede hacer de esto? ¿Dos años, tres? No lo sé ni lo quiero recordar. La primera en saberlo fue Rosa. Sabadell es un lugar donde las noticias corren como la pólvora. Vino la señora Rosa, Roseta, y me dijo: “Esto en Andorra lo que te conte estavilidad tal y tal, sus padres tienen un chalet allí en Ordino”. Yo estaba empezando de monitor en Grandvalira. La fiera vino dando órdenes. La mandé a la mierda. Joder, qué lastre solté.
Hizo una pausa. El viento silbaba contra la carrocería.
—No pasé ni por España. Salí por el Pas de la Casa, frontera francesa, dirección Foix, a buscar el río Garona. Por allí entré en el Vall d’Aran. Buscaban monitores. Me salió más caro el pollo que el relleno: no gané para mantenerme, se fue todo en alquileres y comida. Anduve más justo que Dios. Cogí el móvil, llamé a mi abuelo, el padre de mi madre. Burgués de los de antes: solo le faltaba la chistera y el puro. Eso sí, un lince uno y el otro abuelo. No habían pasado hambre para llegar donde estaban. Me pusieron de peón en una y el la otra fábrica, a pasarlas putas. Aprendí lo que no hay escrito. En el bolsillo de la americana el padre de mi madre llevaba un boli Bic cristal para tomar notas y el destornillador para reparar las máquinas. Le decía “no va”. El “mañá” es el nombre del jefe de mantenimiento. Yo iba con él. No me puteó el carbón ni nada, por orden de mi abuelo. Al caso, cogía el destornillador, media vuelta al tornillo… “voilà”, como los magos. Funcionaba.
Sonrió con amargura.
—Le llamé y le pedí dinero. Pero que en mi casa no se enteraran por favor. Le juré que se lo devolvería. Teléfono: el nen me pide dinero, se lo doy. Teléfono suena la mamá: “Nen…”.
Se calló. El silencio duró hasta que apareció el cartel de Chipiona.
—Y tú, nena, ya estamos en Chipiona. Mira el faro: es el más alto de España.
Luego siguió, concentrado en la conducción.
—Venga, secretaria, activa la tablet, dale a buscar y nos guíe hasta el parking ese.
Alba tocó la pantalla: Avenida Rocío Jurado a la derecha, Avenida de la Guardia Civil, rotonda y llegada al destino. Dice el navegador.
—Lluc… Lluc… mira, la Rocío tiene un monumento. Qué guapada.
A la izquierda, el puerto deportivo; a la derecha, la pequeña playa de Micaela. Al fondo, donde el Guadalquivir morían sus aguas, Sanlúcar de Barrameda y, frente a ellos, Doñana: dunas, pinos, el horizonte infinito de marisma y mar.
Lluc apagó el motor.
—Alba, me has oído. ¿Dónde me has traído? Cuanto más miro tu mapa en la tablet, más alucino.
Se giró y le dio un beso sonoro en la mejilla, juguetón.
—Qué despistados. Vamos a coger el tique y para dentro.
—¿Tienes prisa?
—No, señor Lluc. Los burgueses sois señores, ¿verdad?
—Vete a cagar.
Era mediodía. El sol pegaba fuerte, el aire olía a sal, a algas secas y a gasolina del puerto cercano. El área de autocaravanas era sencilla: plazas amplias, vistas al mar, el faro alzándose como un dedo en el cielo. Vacuaron las aguas negras (el olor químico les hizo arrugar la nariz), llenaron el depósito de agua limpia hasta rebosar. El chorro sonaba fresco, constante.
Cuando acabaron, se quedaron mirando el mar. Alba apoyó los codos en la puerta abierta de la autocaravana.
—¿Y ahora?
Lluc se acercó por detrás, le puso las manos en los hombros.
—Ahora comemos algo. Luego paseamos por la playa. Y por la tarde… ya veremos. No hay prisa.
Ella se giró, lo miró a los ojos.
—No. No hay prisa.
El beso que vino después no fue sonoro. Fue lento, salado, como el mar que tenían delante.
El faro de Chipiona seguía girando su luz invisible en pleno día, como si supiera que, a veces, la claridad llega cuando menos la esperas.
Alba miró hacia la playa de Micaela, apenas una franja de arena fina y dorada que se perdía entre el puerto y la desembocadura del Guadalquivir. El sol de mediodía pegaba fuerte, pero el viento seguía fresco, trayendo olor a sal y a algas secas. No había casi nadie: un par de jubilados paseando con perro, una familia con niños pequeños construyendo un castillo que el mar se iba a llevar en la siguiente marea alta. El agua estaba tranquila, de un azul profundo que parecía tinta derramada.
—Vamos a la playa —dijo Alba de repente, con una sonrisa que le iluminó los ojos—. Parece que nos está esperando. No hay nadie… o casi nadie.
Lluc levantó la vista del tiquet que acababa de pagar en la máquina del área.
—Hecho.
Mientras recogían toallas y una neverita pequeña con agua y cervezas, un vecino mayor —setenta y tantos, gorra de visera, camisa de cuadros descolorida— se acercó desde su autocaravana vecina, una vieja Hymer con pegatinas de toda España. Les había oído hablar desde el avance.
—Aprovechaos, chavales —dijo con voz ronca, señalando la playa vacía—. Esto es gloria. El fin de semana es el infierno: vacían Sevilla y, bajan por tierra y mar, bueno por el rio… —Señaló con la barbilla al Guadalquivir, donde en ese momento un buque mercante remontaba el río despacio, enorme, como un edificio flotante—. Mirad, ahí va uno a Sevilla por el río. ¿Cabe?,pregunto Alba
Y más grandes: suben cruceros y todo comento el vecino de la parcela.
Parece una niña chica cuando ve el agua, ¿eh?
Alba se rió, una risa limpia que sorprendió a los dos.
—Vamos, Lluc. Vamos a la playa. Me pongo el bikini y tú el bañador. Venga ya estás tardando.
Entraron en la autocaravana. Ella se cambió rápido: bikini negro sencillo, el mismo que llevaba desde el principio del viaje, con un pareo anudado a la cadera. Él se puso un bañador azul marino y una camiseta vieja que se quitó en cuanto pisaron la arena.
Cruzaron la calle, bajaron los pocos escalones de madera que daban a la playa. Marea alta: el agua llegaba casi a la orilla, lamiendo la arena con olas pequeñas y perezosas. Se dieron un chapuzón rápido. El agua estaba fresca, salada, perfecta. Salieron riendo, con el pelo pegado a la frente y gotas resbalando por la piel.
Se tumbaron en la arena, cerca de la orilla pero no tanto como para que les mojara la toalla. Alba se sentó primero, abrazándose las rodillas. Lluc se colocó detrás, la rodeó con los brazos por la cintura y se dejó caer hacia atrás, arrastrándola suavemente con él. Ella se apoyó contra su pecho, la espalda contra su torso, la cabeza en su hombro.
—Lo necesito —susurró Alba—. Abrázame.
Lluc apretó los brazos un poco más. El corazón de ella latía fuerte contra el suyo. El sol calentaba la piel, el mar susurraba, una gaviota pasó gritando por encima.
Y entonces empezó a contar.
—Se llamaba Marcos. Lo conocí en Madrid, en una agencia de publicidad donde yo hacía fotos para campañas. Era el típico: guapo, seguro, con contactos. Al principio era todo luces: cenas, viajes de fin de semana, regalos que no pedía. Pensé que era amor. Pero poco a poco empezó el control. Primero sutil: “¿Para qué necesitas ese móvil si estás conmigo?”, “¿Por qué subes fotos sin consultarme?”, “Esa ropa no te queda bien, quítatela”. Luego vino lo otro: gritos cuando llegaba tarde de un shooting, mensajes cada media hora si salía con amigas, revisaba mi teléfono cuando yo dormía. Me decía que era por amor, que me quería tanto que le volvía loco la idea de perderme.
Y yo… yo me lo creí. Me quedé porque pensaba que sin él no valía nada.
Hizo una pausa. Una ola más grande rompió cerca, salpicando espuma fría que les rozó los pies.
—Una noche discutimos fuerte. Me dijo que si me iba, me arrepentiría. Que nadie me querría como él. Que era una cría que no sabía lo que era la vida real. Me fui al baño a llorar. Cuando salí, había cerrado la puerta con llave y se había llevado las llaves del coche. Me quedé allí dos días. No me dejó salir. Decía que era para que “reflexionara”. Al tercero, cuando se durmió borracho, abrí el cajón de la ropa interior, metí lo que pude en la mochila: bikinis viejos, un chándal, el móvil, la documentación. Salí. Me dijo desde la cama: “¿Te llevas las llaves? No tardarás en volver”. Se las tiré a la cara. Fui al banco, saqué lo máximo que pude: 2000 euros. Estación deautobuses Madrid Sur, de Méndez Álvaro. Pregunté por el primer autobús que saliera lejos. “Hasta Algeciras”. Me subí de noche. Me bajé aquí porque vi el mar desde la ventanilla y pensé: “Esto no lo conozco. Aquí nadie me busca”. El conductor dijo: “No se puede bajar, pero haré una excepción”. Y el resto… ya lo sabes.
Otra lágrima cayó, pero esta vez no la limpió. Se quedó quieta, dejando que resbalara por la mejilla hasta la arena.
Lluc no dijo nada al principio. Solo la abrazó más fuerte. Su respiración era lenta, calmada, como si quisiera transmitirle paz con el ritmo de su pecho.
—No fue amor —dijo al fin, voz baja, contra su pelo—. Fue cárcel. Y tú saliste. Sola. Con 2000 euros y una mochila. Eso no lo hace cualquiera.
Alba giró un poco la cabeza para mirarlo.
—¿Y tú? ¿Cuándo me cuentas lo que llevas dentro?
Lluc suspiró. Miró al horizonte, donde el Guadalquivir se fundía con el Atlántico y Doñana se extendía como un sueño verde.
—Rosa no fue solo una ruptura. Fue el detonante. Yo ya llevaba años huyendo de mi propia vida. La fábrica, la familia, las expectativas… todo me ahogaba. Cuando rompí con ella en Andorra, no fue solo por ella. Fue por mí. Pero me quedé con la culpa: ¿y si tenía razón? ¿Y si soy un niño grande que huye de la responsabilidad? Cada vez que veo una foto antigua, o cuando me llega un mensaje de mi madre preguntando “¿cuándo vuelves?”, siento que no he avanzado nada. Que sigo siendo el nen que decepcionó a todos.
Alba se giró del todo, quedando frente a él, sentada en la arena con las piernas cruzadas. Le puso las manos en las mejillas.
—No decepcionaste a nadie. Te salvaste a ti. Y ahora estás aquí, salvándome a mí sin saberlo.
Se miraron. El mar seguía subiendo con la marea. Una ola les mojó los pies, fría y salada.
Lluc se inclinó despacio. La besó. No fue un beso de película: fue lento, tembloroso, con sabor a sal y a lágrimas compartidas. Cuando se separaron, ella apoyó la frente contra la suya.
—No sé qué va a pasar mañana —susurró Alba.
—No hace falta saberlo —respondió él—. Solo saber que hoy estamos aquí.
Se tumbaron de nuevo, abrazados, mirando el cielo que empezaba a teñirse de naranja. El faro de Chipiona giraba su luz invisible. Otro buque seguía remontando el río hacia Sevilla. Y ellos, por primera vez, no tenían prisa por llegar a ninguna parte.
Alba se quedó quieta contra el pecho de Lluc, con la arena caliente pegándosele a la espalda y a las piernas. El sol de mayo calentaba la piel como si fuera verano adelantado, pero el viento de poniente traía un frescor salado que le erizaba el vello de los brazos. El mar subía despacio con la marea alta, cada ola rompiendo con un susurro húmedo y dejando un reguero de espuma blanca que se deshacía en la orilla como encaje roto. Olía a yodo, a algas calentadas por el sol, a ese olor mineral y vivo que sube cuando el agua se retira y deja al descubierto conchas trituradas y trozos de madera pulida por el mar.
Ella respiró hondo, como si quisiera llenarse los pulmones de ese olor para ahogar el que aún le quedaba dentro: el olor de la casa de Madrid, a café frío en la taza del desayuno, a colonia cara que se le pegaba a la ropa, a humo de cigarrillo que se colaba por las rendijas aunque él jurara que había dejado de fumar.
—Marcos olía siempre a tabaco caro y a aftershave de cítricos —dijo de pronto, voz baja, casi ahogada por el ruido de las olas—. Al principio me encantaba. Me parecía que era el olor de un hombre que se cuida, que tiene clase. Luego empezó a asfixiarme. Cuando volvía a casa después de un día de fotos, entraba por la puerta y lo sentía antes de verle: esa nube de limón y humo que se había quedado pegada a las cortinas, a las sábanas, a mi pelo. Me lavaba el pelo tres veces al día para quitármelo de encima, pero siempre quedaba algo. Como si él se hubiera metido dentro de mí.
Lluc no dijo nada. Solo apretó los brazos un poco más, su pecho subiendo y bajando contra la espalda de ella, un ritmo lento que intentaba calmar el de Alba, que se había acelerado.
—Las noches malas empezaban con el sonido de la llave en la puerta. No era un clic normal. Era un giro lento, deliberado, como si estuviera midiendo cuánto tiempo podía hacerme esperar. Luego sus pasos por el pasillo: tacones de sus zapatos italianos contra el parqué, que crujía justo en el sitio donde él pisaba siempre. Yo me quedaba en el sofá fingiendo leer, pero el corazón me latía en los oídos. Sabía que vendría la pregunta: “¿Dónde has estado?”. Aunque supiera la respuesta. Aunque tuviera las fotos del shooting en el móvil. Aunque yo le hubiera mandado un mensaje a las siete diciendo “llegaré tarde, amor”. Siempre la misma pregunta, con esa voz baja, suave, que al principio me parecía cariñosa y luego me daba escalofríos.
Una gaviota pasó muy cerca, graznando fuerte. Alba se estremeció.
—Una vez me dejó sin móvil tres días. Lo escondió porque “me estaba volviendo adicta a las redes y eso nos estaba alejando”. Yo tenía que hacer un reportaje importante, un catálogo para una marca grande. Llamé desde el fijo del vecino, mentí que me lo habían robado. Cuando por fin me lo devolvió, tenía todos mis mensajes leídos, mis contactos revisados, mis ubicaciones activadas. Me dijo: “Solo quiero protegerte”. Y yo… yo le di las gracias. Como una idiota.
La arena se le metía entre los dedos de los pies, caliente por arriba, fría y húmeda por abajo donde la marea había llegado antes. Alba flexionó los dedos, sintiendo los granos deslizarse como arena fina de un reloj que no para.
—Lo peor no eran los gritos. Eran los silencios. Después de una discusión, podía pasarse dos días sin hablarme. Solo me miraba. Desde la cocina, desde el salón, desde la cama. Esa mirada que decía: “Mírame, soy yo el que decide cuándo vuelve la paz”. Y yo empezaba a pedir perdón por cosas que no había hecho. Por sonreírle poco, por llegar cinco minutos tarde, por no haberle preguntado cómo había sido su día. Me convertí en alguien que pedía permiso para existir.
Una lágrima cayó, caliente contra la mejilla fría por el viento. Se deslizó hasta la comisura de la boca; sabía a sal, a mar, a ella misma.
—Cuando me fui, no sentí alivio al principio. Sentí vértigo. Como si el suelo se hubiera abierto y yo cayera sin red. En el autobús hacia Algeciras, cada vez que parábamos en un área de servicio, pensaba en bajarme y volver. El olor del café de máquina me recordaba el de casa. El ruido de las maletas en el maletero me recordaba sus pasos. Pero seguí. Porque si volvía, sabía que la próxima vez no me dejaría salir.
Lluc la giró suavemente para que quedaran cara a cara. Le limpió la lágrima con el pulgar, despacio, como si temiera romper algo.
—Tú no volviste —dijo él, voz ronca—. Eso es lo que cuenta. Te fuiste con una mochila y dos mil euros. Y ahora estás aquí, en una playa que no conocías, con un catalán parlanchín que no sabe callarse.
Alba soltó una risa entrecortada, mitad sollozo.
—Y que huele a protector solar barato y a mar. No a aftershave caro.
Lluc sonrió, pero sus ojos estaban húmedos.
—No te voy a prometer que nunca oleré a nada que te recuerde a él. Pero te prometo que cuando huelas mi olor, va a ser solo mío. Arena, sal, café quemado de gasolinera, sudor después de conducir… y nada más.
Ella se inclinó y apoyó la frente contra la de él. El sol les calentaba la nuca, el mar les lamía los pies con olas cada vez más altas.
—No quiero que huelas a nadie más —susurró—. Solo a esto. A ahora.
Se quedaron así un rato largo, abrazados en la arena, dejando que la marea subiera un poco más, que el sol bajara un poco más, que las lágrimas se secaran con el viento. El faro de Chipiona seguía girando su luz invisible. Y por primera vez en mucho tiempo, Alba sintió que el olor que llevaba dentro empezaba a desvanecerse, reemplazado por algo nuevo: sal, arena caliente, respiración compartida y la certeza de que, esta vez, no tenía que pedir permiso para quedarse.
La playa de Micaela se había vaciado aún más con la marea alta que subía lenta pero inexorable. El sol de mayo, bajo y dorado, pintaba rayas de luz en el agua que lamía los pies de ambos. Alba seguía apoyada en el pecho de Lluc, pero ahora era él quien respiraba más profundo, como si estuviera reuniendo fuerzas para abrir una puerta que llevaba años cerrada con llave.
El viento traía olor a salitre concentrado, a algas que se secaban en la orilla dejando un rastro verde oscuro, a ese leve dulzor de pinos lejanos que bajaba desde Doñana. La arena aún guardaba calor del mediodía, pero donde las olas la mojaban se volvía fría y compacta, pegándose a la piel como una segunda capa húmeda. Cada vez que una ola más grande llegaba, el sonido era un golpe suave seguido de un susurro largo, como si el mar respirara.
Lluc habló con la voz baja, casi ahogada por el rumor del agua.
—No huelo a aftershave caro —dijo—. Huelo a esto: a neopreno mojado que nunca se seca del todo, a crema solar de coco barata que se me mete en los poros, a sudor limpio después del viaje, a café quemado que hierve en la cafetera de gas de la furgo. Y a veces, cuando paso muchos días solo, huelo a soledad: a metal caliente del motor, a plástico viejo de los asientos, a ese olor indefinible de ropa que lleva semanas sin lavadora.
Alba giró un poco la cabeza para mirarlo. El sol le encendía las pestañas y le ponía vetas doradas en el pelo revuelto y aún húmedo.
—Cuando te vi salir del agua en Bolonia —siguió ella—, con la tabla bajo el brazo y el viento secándote el pelo en mechones tiesos, pensé: “Este huele a libertad”. No a colonia. A libertad que pica en la nariz, que se te mete en la garganta y te hace toser de pura alegría.
Se calló un momento. Una ola rompió más cerca y les salpicó las piernas con agua fría. Alba se estremeció; él la apretó más contra sí.
—Y tú —dijo Lluc, besándole la sien—, tú hueles ahora mismo a mar y a lágrimas secas y a mí. A nosotros. Y eso me asusta un poco, porque no sé si estoy preparado para que alguien huela a mí de verdad.
Alba no respondió. Solo cerró los ojos y dejó que el recuerdo la invadiera, no el de Marcos, sino el del viaje que la había traído hasta allí.
La ventanilla del autobús estaba helada. Era noche cerrada cuando salió de Madrid, principios de mayo, y el cristal se empañaba con cada respiración suya. Fuera, la autovía A-4 era una cinta negra iluminada por faros que pasaban como relámpagos amarillos. El aire dentro del autobús olía a cerrado, a comida de microondas recalentada (alguien había abierto un táper de lentejas con chorizo que se extendía como una niebla densa), a sudor de viajeros que llevaban horas sentados, a ese olor metálico y químico de los aseos al fondo que nadie usaba por vergüenza.
Alba se había acurrucado contra la ventanilla, la mochila abrazada como un escudo en el regazo. El frío del cristal le quemaba la mejilla, pero no se apartaba: necesitaba sentir algo real, algo que no fuera el eco de la voz de Marcos en su cabeza. Cada vez que el autobús frenaba en una curva, el motor rugía y vibraba bajo sus pies, un temblor que le subía por las piernas y le apretaba el estómago. El ruido era constante: el ronroneo grave del diesel, el silbido del viento contra la carrocería, el ronquido intermitente de un señor mayor dos filas atrás, el llanto ahogado de un bebé que una madre intentaba calmar con un chupete.
Pero lo peor eran los olores que se colaban por las rendijas: gasolina quemada cuando pasaban por un área de servicio, humo de cigarrillo furtivo que alguien se fumaba en el baño, el dulzor empalagoso de un ambientador de pino colgando del retrovisor del conductor. Cada parada era un asalto: puertas que se abrían con un soplido neumático, aire frío de la noche que entraba como una cuchillada, olor a café de máquina y a bollos industriales que subía desde la cafetería.
En una de esas paradas —cerca de Valdepeñas, o quizás más al sur, ya no recordaba—, Alba bajó a estirar las piernas. El asfalto estaba húmedo por una llovizna fina que olía a tierra mojada y a neumático caliente. Compró un botellín de agua en la máquina expendedora (el plástico frío le congeló los dedos) y se quedó mirando los camiones aparcados, sus luces de posición rojas como ojos en la oscuridad. Uno de los conductores fumaba apoyado en la cabina, el cigarrillo brillando cada vez que daba una calada. El humo subía en espirales blancas y se perdía en la noche. Alba sintió un nudo en la garganta: olía a libertad y a miedo al mismo tiempo.
Volvió al asiento. La ventanilla seguía helada. Apoyó la frente y cerró los ojos. El autobús arrancó con un tirón que le revolvió el estómago. El paisaje nocturno era un borrón negro salpicado de luces lejanas: farolas solitarias de polígonos industriales, letreros luminosos de gasolineras, el resplandor naranja de Sevilla que se acercaba despacio. Cada kilómetro era un latido: “No vuelvas. No vuelvas. No vuelvas”.
Cuando por fin amaneció, ya cerca de Jerez, el sol salió rojo y bajo, tiñendo el cielo de un naranja furioso. La ventanilla ya no estaba helada; ahora estaba tibia. Alba abrió los ojos y vio por primera vez el paisaje andaluz: viñedos empezaban a vestirse primavera, olivos plateados, el mar a lo lejos como una promesa azul. El autobús olía menos mal: alguien había abierto una ventana y entraba aire fresco con olor a campo y a mar lejano.
Y entonces, en una curva, vio el mar por primera vez desde la carretera. Un destello de azul intenso entre colinas. El corazón le dio un vuelco. Bajó en Algeciras casi sin pensar. Luego otro autobús local, más pequeño, más ruidoso. Y cuando llegó a Bolonia, cuando bajó y pisó la arena por primera vez, el olor a mar la golpeó como una bofetada limpia: sal, yodo, libertad.
Ahora, en la playa de Micaela, con Lluc abrazándola por detrás, Alba respiró hondo.
—Ese autobús olía a miedo —dijo—. Pero también a salida. Cada vez que miro el mar, huelo a eso: a salida.
Lluc la besó en la nuca, suave.
—Y ahora hueles a llegada —murmuró—. A mí también me da miedo. Pero es un miedo bueno.
Se quedaron así, envueltos en el olor del mar, de la arena caliente, del uno al otro. El sol bajaba despacio. El faro de Chipiona empezó a encenderse con la luz del crepúsculo. Y ellos, por primera vez, no tenían prisa por que terminara el día.
El atardecer en la playa de Micaela se encendió despacio, como si el sol dudara en irse. El cielo se tiñó primero de un naranja suave, casi rosa, que se reflejaba en el agua quieta del Guadalquivir al morir en el mar. Luego vino el rojo profundo, furioso, que teñía las dunas lejanas de Doñana y ponía fuego en las crestas de las olas pequeñas. El viento de poniente amainó hasta convertirse en una caricia fresca que olía a sal concentrada, a algas secas calentadas todo el día y a ese leve dulzor mineral que sube cuando el mar se enfría con la noche. La arena, aún tibia bajo sus cuerpos, empezaba a perder calor; donde las olas la habían lamido quedaba fría y húmeda, pegajosa entre los dedos de los pies.
Alba se giró hacia Lluc, la mejilla contra su pecho. El sol poniente le pintaba vetas doradas en el pelo revuelto y en las pestañas. El latido de él era fuerte, constante, como el rumor lejano del faro que empezaba a girar su luz blanca invisible en el crepúsculo.
—No quiero que termine este día —susurró ella.
—No termina —respondió él, besándole la frente—. Solo cambia de luz.
Se levantaron cuando el cielo ya era violeta y el horizonte un filo rojo que se apagaba. La arena se les pegaba a las piernas, fina y seca por arriba, fría por abajo. Caminaron descalzos de vuelta a la autocaravana, dejando huellas que la marea alta borraría en unas horas. El área estaba casi vacía: el vecino mayor se había marchado con su vieja Hymer, solo quedaba un camión-caravana alemán en un extremo y una autocaravana francesa en el otro. Ellos en medio, solos bajo el cielo que se oscurecía.
Lluc abrió la puerta lateral con un clic suave. El interior olía a madera tibia, a café de la mañana y a ese leve aroma salado que se había colado en todo desde Bolonia.
—Abrió la puerta —, girando la llave con un sonido metálico definitivo.
Alba entró primero, descalza, el pareo anudado a la cadera.
—Me voy a duchar. No quiero visitas.
--Cierra con llave.
Lluc sonrió, apoyado en el marco.
—Estoy yo aquí.
Ella se giró, le miró a los ojos y, como lo más natural del mundo, se quitó el pareo. Luego el bikini, despacio, sin prisa ni vergüenza. El top negro cayó primero, dejando ver la piel bronceada
por el sol, las marcas claras donde había estado la tela. Luego la parte de abajo. Desnuda ante él, sin cubrirse, solo respirando. Lluc alucinó, el aliento se le cortó un segundo, pero no dijo nada. Solo la miró como si estuviera viendo algo sagrado.
Se giró hacia el baño diminuto.
—Me voy a duchar. Luego vas tú. Cenamos y hablamos aquí. ¿Qué te parece?
—Mañana me toca pagar a mí —añadió ella, ya con una toalla en la mano—. Vamos a ir al supermercado. Hay un Carrefour cerca de aquí, lo acabo de ver en el móvil.
Se metió en el baño. El agua empezó a correr, caliente, el vapor se coló por debajo de la puerta trayendo olor a gel de coco y a piel mojada.
—Amor… abre una botella de vino —dijo desde dentro, voz amortiguada por el ruido del agua.
Lluc obedeció. Sacó la botella de tinto que habían comprado en Jerez, descorchó con un pop suave. El aroma del vino subió: frutas maduras, vainilla, un toque de roble. Sirvió dos copas, dejó una en la mesita.
Cuando Alba salió, envuelta en la toalla grande, el pelo húmedo cayéndole por la espalda en mechones oscuros, el baño olía a ella: coco, sal, calor humano.
—Ahora tú. Desnúdate delante de mí. Quiero verte como te sacas la ropa.
Lluc se quitó la camiseta con un movimiento lento, dejando ver el torso bronceado, las marcas del arnés de kite en los hombros, el vello oscuro que bajaba hacia el ombligo. Luego el bañador. Desnudo, sin prisa, la miró a los ojos. Ella se acercó, le pasó la toalla que aún llevaba su olor.
—Solo vamos a utilizar una toalla. La mía. Quiero que mientras te seques me huelas a mí.
Lluc entró en el baño. El agua caliente cayó sobre él, lavando arena, sal, sudor del día. Se secó lo justo, el cuerpo aún húmedo, gotas resbalando por el pecho y la espalda. Salió oliendo a coco y a ella.
—No te has secado —se recriminó Alba, sonriendo.
—No quiero que esta toalla deje de oler a ti.
La agarró de la mano, tiró suavemente hacia él. La besó. Fue un beso profundo, lento, con sabor a vino que aún no habían bebido y a mar que aún llevaban en la piel. La levantó en brazos como si no pesara nada, la llevó a su cama —la de abajo, la que él usaba siempre—, la dejó sobre las sábanas que olían a él, a noches solitarias y ahora a ellos.
—Tú eres y serás la única dueña y señora de este rincón —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo suave—. Nunca antes que tú ha pasado nadie más.
Ella gimió bajito cuando él le besó el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. La piel de Alba estaba caliente, aún húmeda por la ducha, erizada por el roce de sus labios.
Llevo tres días contigo —murmuró él contra su piel— y parece una eternidad. Te quiero.
Hicieron el amor toda la noche hasta la madrugada, como si el mundo se acabara fuera de esa autocaravana. Cada caricia era un descubrimiento: el sabor salado de su cuello, el temblor de sus muslos cuando él bajaba besándola, el gemido ahogado de ella cuando él entraba despacio, profundo, deteniéndose para mirarla a los ojos. El colchón crujía bajito con cada movimiento, las ventanas empañadas por el calor de sus cuerpos, el olor a sexo mezclado con coco y vino derramado en una copa olvidada. Se movían lentos al principio, luego urgentes, como si quisieran grabarse en la piel del otro. Alba clavó las uñas en su espalda cuando llegó al borde, él la sostuvo fuerte cuando ella se arqueó gimiendo su nombre. Se derrumbaron juntos, sudorosos, jadeantes, riendo entre besos, volviendo a empezar como si no hubieran terminado nunca.
Cuando amaneció, la luz gris del invierno entraba por las rendijas. Estaban enredados, piernas entrelazadas, respiración calmada. El faro de Chipiona seguía girando su luz blanca en la distancia. El mar susurraba fuera. Y dentro, solo quedaban ellos, oliendo a los dos, a amor que acababa de empezar y que ya parecía eterno.
El amanecer en Chipiona llegó tímido, como si el sol dudara en interrumpir lo que había pasado esa noche. La luz grisácea se filtró primero por las rendijas de las cortinillas, un gris perla que se volvió rosa suave y luego dorado pálido. Dentro de la autocaravana, el aire estaba espeso de olores: sexo lento y salado, coco del gel compartido, vino tinto derramado en una copa olvidada que había dejado un charco pegajoso en la mesita, sudor seco en la piel, y ese aroma cálido y animal de dos cuerpos que se habían buscado toda la noche sin prisa ni vergüenza.
Alba se despertó primero. Estaba desnuda, la sábana enredada en las piernas, el pecho de Lluc subiendo y bajando contra su espalda. El colchón aún guardaba el calor de sus cuerpos. Fuera se oía el mar: olas pequeñas que lamían la orilla con un susurro constante, gaviotas lejanas graznando, el leve ronroneo del faro que seguía girando su luz blanca aunque ya no era necesaria. El viento de la madrugada entraba por una ventana entreabierta, fresco, con olor a sal y a algas que habían dormido húmedas toda la noche.
Ella se giró despacio. Lluc abrió los ojos, somnoliento, y la miró como si la viera por primera vez. No dijo nada. Solo extendió la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El roce fue lento, reverente. Alba se acercó, apoyó los labios en los suyos. El beso empezó suave, apenas un roce, pero pronto se volvió profundo, urgente, como si la noche no hubiera bastado. Hicieron el amor otra vez, despacio, con esa ternura que nace cuando ya no hay miedo. Él la cubrió con su cuerpo, ella le clavó las uñas en la espalda sin fuerza, solo para sentirlo más cerca. No hubo gemidos altos, solo respiraciones entrecortadas, susurros de nombres, piel contra piel que resbalaba por el sudor nuevo. Cuando llegaron juntos, fue como un suspiro largo que se deshizo en el aire quieto de la furgo. Se quedaron abrazados, temblando un poco, riendo bajito contra la piel del otro.
Desnudos, desayunaron en la cama. Alba sacó pan de pueblo que quedaba, tomate fresco, aceite que olía a aceituna madura, café que Lluc preparó en la cafetera de gas (el aroma amargo y reconfortante llenó todo el espacio). Comieron con las manos, riendo cuando el tomate les chorreaba por la barbilla. No se taparon. No hacía falta. El sol ya entraba directo por las ventanas, calentándoles la piel desnuda, pintando rayas doradas en sus cuerpos.
Se vistieron despacio: ella con un vestido ligero de algodón que se le pegaba a la piel aún húmeda, él con pantalón corto y camiseta vieja que olía a mar. Salieron. El aire de la mañana era fresco, limpio, con ese olor a mar que se mete en los pulmones y no se va.
Alba miró la tablet.
—Ves el faro —dijo, señalando—. Al lado está el Carrefour. Lo acabo de ver en el mapa. Tenemos dos caminos: recto o por el paseo marítimo.
Lluc la miró, le dio un beso suave en los labios.
—Paseo marítimo. Vámonos.
Cruzaron por el puerto deportivo. El agua del Guadalquivir estaba quieta, reflejando el cielo azul y el faro se alzaba como un dedo gigante. Olía a pescado fresco, a gasolina de las barcas, a café de algún bar que abría temprano. Caminaron cogidos de la mano. Pararon en la bodega del castillito con mesas de madera frente a un fortin de piedra ostronera. Pidieron dos moscateles fríos, que sabían a miel, pasas,higos,azahar y a sol. Bebieron despacio, mirando los corrales de pesca: estructuras de piedra que emergían del agua como ruinas antiguas, con el mar lamiéndolas suavemente.
Siguieron. De pronto, zas: un descampado amplio, algunas autocaravanas dispersas que se iban una a una. El navegador del móvil de Alba pitó.
—Has visto… y gratis —dijo ella, alucinando—. Según esto, Carrefour está ahí el centro allí. Mira qué bonito. Te imaginas ponerla mirando hacia el mar.
Lluc se paró. El faro se alzaba imponente frente a ellos, el mar delante, una pequeña cala con rocas y agua turquesa, las canteras ponia en el cartel.
—Mira ese restaurante bajo el paseo —señaló ella— allí otro. Una cala chiquita. Ostras… pedazo faro. Que habrá allí atrás…
Deja algo para luego.
Se miraron. Rieron.
—Vamos a hacer una cosa —dijo Lluc—. Seguimos el paseo ahora por la calle, para ver si pasa la autocaravana. Te propongo repostar agua, limpiamos y nos venimos aquí. ¿Qué opinas?
Alba no contestó con palabras. Se lanzó a su boca, un morreo profundo, sincero, con sabor a vino y a mar. Luego, contra sus labios:
—Te quiero.
Volvian a la autocaravana el móvil de Alba vibró. Marcos. El nombre apareció en la pantalla como un fantasma.
Contestó con toda la tranquilidad del mundo.
—¿Qué hago con tu ropa y con lo tuyo? —preguntó él, voz amenazante, baja.
—Mira, coges unos sacos grandes y echa todo dentro de ellos. Yo ya lo escogeré. María pasará a por ellos cuando los tengas. Y si no… haz lo que quieras. En tu conciencia caerá. Ya me dirás.
Silencio al otro lado.
—Mira, Marcos, tengo cosas que hacer ahora.
Colgó. Sin drama. Sin grito. Solo clic.
Lluc la miró, orgulloso.
—Vamos, amor, que el paraíso no espera. Has visto…
La agarró, la giró hacia él, le plantó un morreo que le robó el aliento.
—Y si sigues aquí te quitan tu parcela con vistas al mar.
Cogidos de la mano como niños pequeños, ella tiró de él, corrió por el paseo.
—¡Corre, corre, que nos lo quitan!
Lluc se reía a carcajadas, dejándose llevar.
Prepararon todo: vaciaron aguas negras, llenaron el depósito de agua limpia hasta que el chorro sonó lleno y fresco. Limpiaron la furgo por dentro (el olor a sexo y a vino se mezcló con el del detergente de limón). Arrancaron. Aparcaron en el descampado perfecto: mirando al mar, el faro a la izquierda,frente a ellos y la cala pequeña solo bajar la rampa y ya estaban en ella ,
Huelva y Doñana en el horizonte.
Bajaron. El sol ya calentaba fuerte. El viento traía olor a mar y a libertad.
—Y a pasear por el centro. No hay prisa.
Lluc la abrazó por detrás, la barbilla en su hombro.
—Has visto qué bonito. No me canso de mirar. ¿Qué será aquello? Luego lo miramos.
Alba se giró en sus brazos.
—Ahora solo quiero abrazarte, mi niño.
Se quedaron así, abrazados frente al mar, el faro girando su luz blanca en la distancia, el mundo entero reducido a dos respiraciones que se acompasaban sin esfuerzo.
El paraíso no esperaba. Pero ellos ya estaban dentro.
Tenían que planear un futuro, pero no como quien hace listas en una agenda, sino como quien planta una semilla sin saber si florecerá en primavera o en invierno. El descampado junto al faro de Chipiona ya no era solo un parking improvisado: era un rincón robado al tiempo, con la autocaravana orientada al mar como si fuera la proa de un barco que nunca zarpará del todo. El sol de mayo calentaba el techo metálico, y dentro, el aire aún guardaba el calor de sus cuerpos, el olor a café recién hecho, a piel que se ha tocado mucho y a ese vino tinto que habían olvidado cerrar y que ahora perfumaba las sábanas como un recuerdo lento.
Alba estaba sentada en el banco convertible, las piernas cruzadas, descalza, mirando por la ventanilla abierta hacia el horizonte donde el Guadalquivir se rendía al Atlántico. El faro giraba su luz blanca en silencio, como un faro que ya no necesita guiar a nadie porque el camino ya está dentro.
—Nunca pensé que tan poco espacio me llenara tanto —dijo ella, voz baja, casi sorprendida de oírse—. Esta furgo es un armario con ruedas, pero dentro cabe un mundo entero. Tú, yo, el mar que entra por las rendijas, el ruido de las olas que parece que nos arrulla por las noches… Nunca había conocido un mundo nuevo. Creía que el mundo era Madrid, un piso con vistas a nada, un trabajo que me robaba el alma y un hombre que me robaba el aire. Y ahora… ahora el mundo cabe en esta mesa plegable donde desayunamos desnudos y en esta cama donde nos hemos dicho te quiero sin planearlo.
Lluc estaba de pie junto a la puerta abierta, apoyado en el marco, mirando el mar como si buscara respuestas en las olas. El viento le revolvía el pelo, traía olor a sal y a libertad que ya no le parecía lejana.
—Yo tampoco lo pensé nunca —respondió él, girándose hacia ella—. Siempre creí que la libertad era grande: montañas nevadas, carreteras infinitas, noches sin techo. Pero la verdadera libertad es pequeña, Alba. Es este rincón de dos metros por metro y medio donde cabemos los dos sin apretujarnos. Es despertarme y olerte a coco y a mí mismo en tu piel. Es saber que no tengo que firmar nada, ni rendir cuentas a nadie, solo a ti. Y a mí mismo, que es lo más difícil.
Se acercó, se sentó a su lado. Sus rodillas se tocaron. El sol entraba sesgado por la ventanilla, pintando rayas doradas en sus brazos.
—Teníamos que planear un futuro —siguió Lluc, tomando su mano y entrelazando los dedos—. Pero no como un plano de arquitecto. Como un poema que se escribe verso a verso, sin saber el final. Yo no quiero perderte, Alba. No quiero que esto sea un capítulo que se cierra cuando el dinero se acabe o cuando el invierno nos obligue a buscar un techo de verdad. Quiero que sea el principio de algo que no tiene nombre todavía. Que sigamos siendo dos ríos que se encontraron en Bolonia y que ahora buscan el mismo mar, aunque a veces se separen, aunque haya tormentas, aunque haya días en que el viento nos empuje en direcciones distintas.
Alba apoyó la cabeza en su hombro. El latido de él era calmado, constante, como el faro que gira sin cansarse.
—Nunca había pensado que el amor pudiera ser tan pequeño y tan inmenso a la vez —susurró ella—. En Bolonia te vi salir del agua con una tabla bajo el brazo, y pensé: “Es un chico que vive sin ataduras”. Ahora sé que las ataduras no siempre son cadenas. A veces son manos entrelazadas, una cama estrecha donde no cabe el miedo, una furgo que huele a nosotros y que nos lleva a donde queramos ir. O a donde no queramos ir, pero vayamos juntos.
Lluc le besó la coronilla, despacio.
—Entonces planeemos poco —dijo—. Planeemos solo lo necesario para que esto siga siendo posible. Mañana compramos comida, llenamos el depósito de agua, buscamos el próximo sitio donde el mar nos mire de frente. Pasado mañana… ya veremos. No necesitamos un mapa para siempre. Solo un mapa para mañana.
Ella levantó la vista. Sus ojos brillaban, no de lágrimas esta vez, sino de esa luz que nace cuando se suelta peso.
—Y si algún día nos perdemos —dijo—, volveremos a Bolonia. A esa playa donde todo empezó con una sandía que sabía a verano y a sal. Donde dos desconocidos se miraron y supieron, sin decirlo, que ya no serían desconocidos nunca más.
Lluc sonrió, esa sonrisa lenta que le arrugaba las comisuras de los ojos.
—Volveremos. Y si no, encontraremos otro Bolonia. Porque el verdadero Bolonia no es un sitio. Es esto: tú y yo, en un rincón diminuto, mirando un mar infinito.
Se besaron despacio, con sabor a café, a vino de la noche anterior, a futuro que aún no tiene forma pero que ya late.
Fuera, el faro seguía girando. El mar seguía subiendo y bajando. Y ellos, dentro de su pequeño mundo sobre ruedas, ya no tenían prisa por llegar a ninguna parte.
Solo por quedarse.
El relato termina aquí, pero no el viaje. Porque los viajes que empiezan con una mirada en la arena nunca terminan de verdad. Solo se transforman, como las olas que rompen y vuelven a formarse, como la luz del faro que gira y regresa, como dos personas que se encontraron una mañana en Bolonia y decidieron, sin decirlo en voz alta, que ya nunca se saltarían del todo.
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