Siempre nos quedará Biescas

 




En la vida hay días que empiezan sin promesas y terminan con todo cambiado. Yo solo quería huir. Firmé los papeles del divorcio una mañana de otoño, pedí vacaciones que no había usado nunca y salí de Sevilla con una mochila vieja que llevaba treinta años olvidada en un rincón. No buscaba amor, ni aventura, ni siquiera respuestas. Solo aire. El camino me llevó al norte, siguiendo ríos y carreteras que el tiempo parecía haber olvidado. Llegué a Biescas sin plan, sin expectativas, y allí encontré algo que no sabía que necesitaba: una mujer que no pretendía salvarme, un silencio que no pesaba, un cielo estrellado que hacía que el pasado pareciera más pequeño. Esta no es una historia de grandes gestos ni de finales de película. Es la historia de un hombre de cincuenta años que se perdió para encontrarse, de una mano que se tomó la mía sin preguntar y de un rincón del Pirineo que, aunque no volvamos a pisar, siempre nos quedará. Porque a veces, el amor llega cuando ya no lo esperas, y se queda aunque el viaje siga.


Marcos (enero de 2026, algún lugar entre Sevilla y Zaragoza)



Decidí que hoy era el día. Era mi día, mi nueva vida, mi nueva situación. Pero antes tenía que ordenar la mente. Acababa de comprar mi libertad, al precio que fuera. Hacía tiempo que no vivíamos juntos; cada uno gestionaba su vida por separado. Lo poco que teníamos por repartir ya estaba acordado: el convenio de partición firmado por los abogados. Firmé el divorcio y sentí que dejaba atrás un lastre que arrastraba desde hacía años.

Tengo 50 años. Hasta ayer estaba casado. No fue traumático; podría haber sido mejor si nos hubiéramos comportado como los adultos que somos. En el fondo, creo que nunca nos casamos enamorados: fue cumplir con las normas de la sociedad.

Una de las condiciones fue quedarme con el coche, los enseres, los muebles y todo lo que quisiera llevarme. Para ella, lo demás. Menos mal que no tenemos hijos pense.

Trabajo en una multinacional del sector aeroespacial y de defensa. Aquel día llegué al puesto de trabajo y, a media mañana, pasé por administración. Me debían días de vacaciones y pedí la mitad; no las quería en verano, para eso tengo la playa cerca.

—A partir de mañana, cuando quieras, tienes 18 días —me dijeron. —Perfecto, me va bien.

Vivo en un pequeño pueblo a unos 40 km del trabajo. Allí encontré un piso modesto en la misma calle de un compañero de trabajo; para qué quería más. El alquiler me cuadra.

Al acabar la jornada, llegué a casa y la cabeza empezó a dar vueltas. Allí no podía quedarme: me faltaba oxígeno. Tenía que salir, romper la monotonía. Aún conservo la mochila de mi juventud, cargada de recuerdos. La miré: estaba tirada junto a un montón de cajas de efectos personales e intransferibles. La agarré. La soledad hace cosas raras. Le dije: «Nena, volvemos atrás en el tiempo. Vamos a empezar una nueva etapa que ha tardado en llegar».

Salí a la madrugada sin rumbo fijo. La mochila la había preparado la noche anterior. Otros dirían que llevaba una mochila cargada de recuerdos; en mi caso no fue así. Puse música de jazz, llené el depósito y, como si fuera una brújula, me dirigí al norte siguiendo el río. Tras muchas horas de conducción vi la señal de Andorra, reaccioné: se me ha perdido a mí allí. Quería tranquilidad. Cambié la dirección en el navegador y tomé carreteras estrechas, de esas en las que parece que el tiempo no ha pasado. Pueblos olvidados del interior. No tenía prisa ni ganas de aguantar a nadie.

Sin darme cuenta, me encontré en Lleida. Vi un área comercial, compré pan y embutido, y seguí. Ya estaba en Aragón. Sin pensarlo, empecé a remontar paralelo al río Cinca.

No había prisa. Era un viaje anárquico: sin rumbo, sin ruta establecida, sin horarios. Me entró hambre y, antes de llegar a Aínsa, paré unos metros fuera de la carretera. Me senté en una roca a comer. La bebida se había calentado —primer fallo: no llevar nevera—. No importaba, era solucionable. Comí lo justo para mantenerme. Empecé a ilusionarme con el viaje. Las vistas del Pirineo, los pueblos, todo aquel verdor en primavera… mereció la pena salir.

Pensé que Aínsa estaría bien, quizás más arriba sería aún más bonito. Pero en un cruce me llamó la atención Boltaña. Mi mente reaccionó: recuerdos de la infancia, del colegio de los Hermanos de La Salle, cuando nos trajeron a pasar unos días de campamento por esta zona. No recordaba exactamente dónde, pero el paisaje me era familiar.

Fui parando, respirando cada vez más profundo. No había prisa. No quería correr; quería contemplar, recordar. Llegué a Broto, descansé un rato y me dirigí a Biescas. Quizás allí haría noche.

Llegué cuando estaba oscureciendo. Un aparthotel me apareció en el camino y decidí pedir alojamiento. Me recibió el propietario —más tarde supe que se llamaba Antonio—. Me tranquilizó su acento aragonés, genuino, de aquí. Me habría inquietado más si hubiera sido de capital, de esos que llegan al mundo rural sin entenderlo.

Me quedaría cuatro días, le dije. Quería visitar la zona. Nada de excursiones ni deportes de aventura; solo tranquilidad. Me ofreció su ayuda.

Desperté con ganas de abastecerme. Salí sin planes. Lo poco que compré la noche anterior se había acabado. Miré el navegador: Sabiñánigo estaba cerca, y también Jaca. Primero, desayunar. El pueblo tenía un encanto que no sabría describir: encajonado entre montañas, con su iglesia y el campanario típico de la zona. Crucé el río Gállego y me fui hacia Sabiñánigo. Parecía grande en el mapa; algún supermercado tendría que haber.

Llegué sin prisa. Di una vuelta por el pueblo y luego compré lo necesario para unos días: desayuno y cena. Si me apetecía, ya comería algo en algún hostal o restaurante, pero no era lo que buscaba. Buscaba encontrarme a mí mismo.

Llegué a Biescas Vi a Antonio en la puerta del aparthotel y le di los buenos días. Me miró con esa sonrisa de quien conoce el terreno y me preguntó:

—¿Qué tal por estos lares?

—Bien, pero aún estoy muy desubicado. Ando perdido. ¿No tendrás algún tríptico, un mapa o algo? Un código QR no, que el móvil se me hace chico.

Antonio soltó una risita.

—No tienes mucho tiempo para hacer turismo, ¿verdad? Hoy es un poco justo. Esto es el Valle de Tena: te recomendaría subir hasta Sallent o Panticosa, al Ibón de Piedrafita, pero es tarde y hay mucho que ver.

—¿Y para pasear? He visto algunas veredas… —Le señalé unas ruinas en lo alto—. ¿Eso de ahí arriba?

—Es el Fuerte de Santa Elena. Detrás tienes la ermita del siglo XIII, aunque desde aquí no se ve. Puedes coger el sendero desde el pueblo: es tranquilo, silencioso, agradable. Hay varias rutas de senderismo. Y si quieres un poco más de emoción, en Santa Elena hay una vía ferrata para iniciarte.

—Gracias. Voy a dar una vuelta a ver qué tal. Quiero desconectar la mente.

—Ya me dirás.

En ese momento salió una chica del aparthotel. No le vi la cara bien: mochila pequeña, pantalones de montaña, botas, bastones de trekking. Se me escapó en voz baja:

—Joder, qué nivelazo. Parece una representante de Decathlon. Barbie y sus complementos Y yo con estos pelos, vaqueros, zapatillas y camisa a cuadros… Vamos a ver cómo se me da la cosa. Antonio me oió

Salí a pasear por el pueblo. Compré cerveza fresca, pan (que allí seguro estaba buenísimo) y embutido. Luego tomé el sendero hacia Santa Elena, mochila al hombro, como si fuera un paseo cualquiera. La gente parecía de ciudad: prisas contenidas, pero con una educación exquisita. El lugar lo pedía.

Encontré una piedra grande, como la de Aínsa, y me senté. Se respiraba paz. Al poco, bajaba la misma chica. Le dije:

—Buenas tardes.

Me contestó y siguió. Pero al rato se giró, me miró fijamente y se acercó.

—Tú también estás en Biescas, ¿verdad?

Levanté la mano pidiendo un segundo, tragué lo que tenía en la boca.

—Sí, te vi salir de allí. Yo también estoy hospedado.

Me miró de arriba abajo.

—¿Tú de montaña poco, eh?

—Si lo dices por la cerveza, sí. Pero no he traído la bota de vino porque mi ex se quedó con el cuaderno ese. La verdad, montaña-montaña no mucho. Soy más de llano. Si quieres, el pan está bueno y el embutido… bueno, es de Campofrío, no me mates.

—¿Pero tú a qué has venido? ¿A hacer montaña o qué?

—Si te quedas, te lo explico. Si no, te digo que soy espía de la KGB.

Se quedó. Sonrió un poco.

—Venga, ¿qué se te ha perdido aquí?

—No lo sé. Me llamo Marcos. Aquí tienes pan, embutido… y mira, bingo: aún queda una cerveza. Aprovecha que se calienta y no me he traído nevera.

—¿Pero tú de qué planeta eres? ¿Qué haces aquí sin equipo ni nada?

—Come y ábrete la cerveza. Tengo dos respuestas: la A es fácil, ya te lo dije: espía, misión secreta. Vamos a la B… ¿Tienes pañuelo? Es muy triste.

Le conté todo: el divorcio firmado anteayer, los días pedidos en Airbus Defence Sevilla (trabajo en la factoría, tengo formación profesional en Mantenimiento Aeronáutico), la mochila vieja que me miró y le dije «nena, vamos», la salida de madrugada sin rumbo,desde Sevilla,Teruel, Lleida, Andorra descartada, Cinca arriba, Aínsa, Broto… y aquí.

—Tú de sevillano no tienes nada, ¿verdad?

—Pues no. Soy de un pueblo de Toledo. Me salió trabajo en Airbus… y aquí estoy. ¿Y tú?

—Soy de Zaragoza. Me llamo Elisa.

Me hizo gracia.

—Dices Sevilla y yo pensé: acento no me cuadra.

—He salido de casa sin pensar. Lo justo y lo que falte lo compro. Mañana quiero conocer más. Antonio me habló de los ibones, de Sallent… Me sorprendió su habla: vi el aparthotel y pensé un «pijo de capital que ha montado chiringuito». Sorpresa: uno del pueblo. Me tranquilizó, no sé por qué. Se ve buena gente. ¿Y tú has venido sola? ¿A hacer deporte… o también huyes como yo?

—Vengo a menudo. Me gusta estar aquí: se respira paz. En Zaragoza ya hay mucho jaleo, se ha hecho muy ciudad. Aquí encuentras lo que allí no hay. Lo que te recomendó Antonio es bonito. Si subes, te gustará. ¿Vas a estar muchos días?

—No lo sé. En principio dije cuatro, tengo 18 en total… con hoy me quedan 16. Ya veremos. ¿Y tú?

—Pocos días. Hasta el domingo. El lunes vuelvo a trabajar en el Miguel Servet, el hospital universitario.

—¿Conoces Cádiz?

—No, ya me gustaría. Me han hablado mucho.

—Yo voy a menudo a perderme por aquellas playas… Sabes una cosa: empieza a hacer frío. Vamos para el hotel. Tú tienes que conocer la zona, ¿verdad?

—Sí, por si no tienes nada que hacer… mañana me enseñas esto. No pienses que pretendo ligar, solo ver y conocer. Me he perdido por aquí.

—Perfecto. Me apunto al Alto Gállego.

Íbamos andando hacia el pueblo, manteniendo la charla.

—Tú, Marcos, que vives en Sevilla…

—Vivía en el extrarradio, cerca del aeropuerto. Sevilla Este en el barrio de Santa Barbara. Ahora me he ido a un pueblo a 30 km: Villaverde del Río. ¿Te sonará a chino?

—Un poco. ¿Dónde está?

—Uno de los que estan cerca del Guadalquivir en la comarca turística Guaadalquivir-Doñana. Alli todos los pueblos cercanos al Guadalquivir todos acaban en «-río»: Lora del Río, Palma del Río… este último ya es cordobes.

—Mañana vas a ver qué diferencia de paisaje. Te voy a enseñar un ibón. ¿Sabes qué es?

—Pues no.

—Mejor. Así te sorprenderá más.

—Lo que tengo ganas de conocer es aquello… Me han dicho que hay una ermita.

—Sí, Santa Elena. Como aún quedan días y no tengo nada que hacer… a ver si te lo enseño. Lo que tendrías que comprarte es algo de ropa de montaña y calzado adecuado.

—Ya te dije: cogí todo y nada. Vi la mochila y le dije «nena, vamos a conocer mundo». Llené el depósito en Córdoba y para arriba. Para no cruzar Madrid, carreteras alternativas hasta Cuenca, Teruel, Lleida… unas 12 o 15 horas. Salí a las tres de la madrugada, llegué aquí sobre las siete de la tarde. No pensé en nada. Necesitaba perderme. Y no podía dormir.

—Entonces hacemos una cosa: mañana vamos a comprar ropa. Perfecto. Y si hay un chino, una nevera portátil y una mochila como la mía o similar. Esta vieja la aparco en el coche.

Llegamos al aparthotel. Antonio estaba en la puerta.

—Hombre, veo que has encontrado a la modelo de Decathlon.

—¿Así me has llamado?

—Mujer, te vi de esta guisa y pareces la Barbie versión montaña. Pero para salvar el desaguisado, te invito a cenar. De paso conoceré la cocina pirenaica.

—Te irá bien. Solo sabes comer pescaíto frito.

—Venga, es un sí o un no, Elisa. Así podrás decirme qué pedir, que yo como no conozco nada, pido lo de siempre: ensalada y huevos fritos. En menuda embolada me he metido… Sin ropa y a la aventura.

Antonio se reía y nos indicó un restaurante donde cenarían bien. Elisa lo conocía.

—Bien, subimos, nos cambiamos y vamos. Elisa, que aún no me has dicho si es un sí o un no.

—Oye, ¿estás seguro de que naciste en Toledo y no en los Remedios?

—Te lo juro. Si fuera así, estaría con el «mi arma» en los labios.

—Venga, te acompaño. Dentro de media hora aquí.

—Perfecto. Aquí estaré.

Llegué afeitadito, recién peinado y con traje chaqueta. Elisa bajó algo más informal. Antonio seguía allí, en la puerta, y al verme soltó una carcajada.

Elisa me miró de arriba abajo y se rio:

—Mi arma, vamos a cenar, no a la feria. Te has dejado el pañuelico del bolsillo. Míralo, el Kent en la feria de Biescas.

—Ay, mi arma, qué saborío eres. ¿Vamos en coche o a pie?

—Vamos en coche, que luego refresca y aparcamiento encontramos seguro.

—Pues a conocer la cocina pirenaica.

Llegamos al restaurante que Antonio nos había recomendado —un sitio acogedor, de piedra y madera, con olor a brasa y hogar—. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, con vistas al río ya oscuro. Elisa cogió la carta y empezó a aconsejarme como si llevara años guiando a forasteros perdidos.

—Mira, para empezar, algo ligero pero de aquí: una ensalada de borrajas con jamón o unas pochas con verduras. Luego, el fuerte: te recomiendo el ternasco de Aragón asado (jugoso, con patatas al horno y su jugo), o si quieres algo más tradicional, unas migas de pastor con chorizo, huevo frito y uvas. Y de segundo, no te pierdas las patatas a la importancia o un jarrete de cordero guisado. Todo con productos del valle: la carne es de oveja local, las verduras de huerta cercana… Nada de tonterías modernas.

Pedimos: para compartir, migas de pastor y una ensalada de borrajas. De principal, ternasco asado para mí y jarrete para ella. De postre, una cuajada con miel de montaña. Y para regar todo, Elisa eligió un tinto joven del Somontano —un Pirineos o similar, fresco, con notas de fruta roja y un toque de madera suave—. «Es de aquí cerca, Barbastro, y va perfecto con la carne. No muy pesado para la noche».

Durante la cena, mientras picábamos las migas, Elisa me miró seria un momento.

—¿Pero esto que dices es verdad? Lo del divorcio, el viaje loco…

—Sí, no te miento. No tengo necesidad de mentir. He vivido muchos años con la mentira, y uno ya no es un niño. En cambio tú, con esta carita, me van a mirar raro esta gente… Me van a llamar asaltacunas.

Iba a meterse un trozo en la boca y no pudo: se echó a reír.

—No seas tan burro, que una también tiene su edad. A ver, so borrico, ¿cuántos años tienes?

—Yo, 50 y bien llevados. —Agaché la cabeza, me pasé la mano por la frente—. Mira la muestra: ni una calva, sin entradas… Las únicas entradas que tengo a veces son las del campo del Betis.

—Un poco borrico sí eres. Yo tengo 42. ¿Has visto? No soy tan niña.

—Pues los llevas muy bien, de verdad.

Ella sonrió y siguió:

—Yo hace unos años me dejé algo más al estar solo. La ventaja es que, al ser un pueblo, allí nos conocemos todos. Al principio me miraban con recelo, pero tengo un compañero de trabajo que es de allí, su mujer y su hermana me aconsejan. La hermana es la que me plancha la ropa y me cose lo que se me rompe. Ellas son las que me dicen «cómprate ropa». Tomás y Dolores —así se llama el matrimonio— me están ayudando mucho. Llevo ya dos años separado y tres días divorciado.

—Yo también estuve en una relación muy larga. Hace un tiempo se fue al garete, no sabría decirte si uno o dos años. Quise olvidar.

—Perdona, no es mi intención molestarte.

—De qué. ¿Dices que trabajas en Airbus? Ya sabrás hacer aviones.

—De los que vuelan, sí. Porque los barcos se los dejamos a los gaditanos, que se dan mejor. Fuera bromas: hacemos dos modelos principales, el Airbus A400M (transporte militar) y el Airbus C295 (transporte táctico). Estamos divertidos… Los que estamos en montaje tenemos que tener un nivel.

—Yo en el hospital de Zaragoza, el Miguel Servet, el más famoso . Como el Virgen del Rocío en Sevilla.

—Me imagino.

—Oye, es interesante esto de hacer aviones.

—Está bien, pero tiene que quedar más que perfecto. Por eso te comenté que vivía cerca del aeropuerto: allí tenemos los hangares, la factoría… Ensamblamos piezas y las montamos. Van a nivel mundial, trabajamos para el Ministerio de Defensa español y para otras naciones. ¿Y tú? ¿Qué estás en planta, quirófano o consultas?

—En quirófano, con sus guardias y todo. En urgencias también. Te digo: quizás es más pesado, pero me saco más días de fiesta.

—Lo sé. Mi hermana está en el hospital de Toledo, en el de parapléjicos.

—Mañana vamos a por ropa de montaña, que irás mejor. A ver si encontramos algo bueno y de buen precio. Yo esto no lo domino mucho; casi todo lo traigo de Zaragoza, nunca he tenido que comprar aquí.

—Pues mejor si me acompañas. Al menos no haré un desastre comprándome ropa. Un día vi una camisa hawaiana, me la compré. Dolores y Tomás viven un poco más arriba, y allí se sale al fresco. La compré para ver sus caras: fui como un niño chico. «Dolores, Dolores, ¿con qué me pongo esto?». «¡Ay, Dios mío, qué has hecho, criatura! ¿Cómo te compras esto?». Me dijo casi asustada. Había que animar aquello, que estaba muy aburrido.

—Sí, ya lo digo: eres muy borrico.

Llegó el propietario.

—Si no les importa, vamos a cerrar…

—Perdón, que me he animado. Tráiganos la nota, por favor.

Elisa sonrió.

—No te has… Nos hemos animado.

Salimos sin prisa. La noche era fresca, pero la compañía calentaba. Buscamos el coche.

—Mañana, ¿a qué hora te va bien? ¿Temprano, y vamos hasta Jaca? Así la conoces.

—Me parece bien. Mira si voy a bajar ilustrado a Sevilla.

El único reloj que funcionaba en aquel momento era el del ayuntamiento.

Volvimos al aparthotel. Elisa me miró y dijo:

—Sabes, Marcos, ¿y si mañana vamos más temprano? Así nos da tiempo de ver más cosas. A mí me quedan hasta el domingo; bajo pronto en autobús.

—Dime a qué hora.

—A las ocho y media. Si llegamos pronto y no han abierto las tiendas, podemos pasear por Jaca. Es muy interesante, ya verás, te va a gustar.

—Perfecto. Mañana a las ocho y media estaré aquí. Buenas noches y que descanses.

—Igualmente. Hasta mañana.

A las ocho y cuarto ya estaba abajo en recepción, esperándola. Cuando bajó, sonreí.

—Vamos a desayunar en Sabiñánigo. Conocí una cafetería el primer día y me gustó. ¿Qué te parece?

—Perfecto. ¿Y qué se te perdió allí?

—Tenía que comprar comida: latas, paridas de esas… Pero salió mejor: cené a gusto y con buena compañía. ¡Buen día, Antonio y compañía!

—¿Todo bien? —preguntó Antonio.

—Bien, gracias. Vamos de compras. Elisa se me ha ofrecido a enseñarme esto y a escoger ropa de montaña. No le gusta la de feria.

—Vamos a ver si lo vestimos, que ha venido disfrazado este.

Elisa parecía conocer bien el aparthotel; luego me comentó que quien acompañaba a Antonio era su esposa.

—Vamos.

Subimos al coche.

—Tú me indicas . Primero, a la cafetería, que sin café no soy persona.

—Perfecto. Yo te voy guiando.

Mientras conducía, Elisa me miró de reojo.

—Marcos, ¿así lo pasarías mal cuando fuiste a firmar?

—No, Elisa. Era un lastre. Lo único es que te vuelven muchos malos momentos a la memoria y tienes que controlar los sentimientos. No sé si a ti te pasó lo mismo. Tenía ganas: hablé con mi abogada para ir separados y no vernos. Ella llegó allí con su actual pareja —la misma que ya tenía de casada—. Buf, menos mal que, como dicen los curas, «no hubieron frutos del matrimonio». Lo pasas mal, pero es un momento. Por eso cogí y… Tomás trabaja conmigo, íbamos en mi coche. Se lo dije: «Necesito salir de aquí o me voy a volver loco. Despejar la mente». Tomás es muy buena gente.

—Me dijo: «Compañero, cuídate y de donde estés, llámame para saber que estás bien y no te ha pasado nada».

—Ahora que me ha venido a la memoria, le mandaré un WhatsApp y una foto de Jaca. Le contesté: «Tranquilo, corazón, llevo una foto tuya en la cartera. Así te llamarán para identificar el cadáver». Estamos todo el día de broma, menos en el trabajo: allí parecemos dos guardias civiles. Por él me fui a vivir a su pueblo. Su mujer y sus niños —muy apañados— nos conocíamos de antes. Cuando se enteró de lo de Mercedes (mi ex se llama así, como los coches caros), no me dejó en la estacada. Sabía que no podía estar allí ese día: cogió el coche y me llevó a su casa como uno más. Se portaron muy bien conmigo. Ya está mejor no revolver los sentimientos. Por eso te pregunto poco: me dijiste que habías tenido una relación y no insistí ni pregunté. Lo pasado, pasado está. No es bueno removerlo; solo causa más dolor.

—Tienes razón. Lo mío muy parecido a lo tuyo, pero en versión maña: con mi mejor amiga.

—Déjalo, no merece la pena, Elisa. Que lo disfrute y ella lo disfrute. A saber si siguen juntos…

—Oye, ¿eres brujo o qué? ¿Cómo sabes que ya no están?

—Porque ya no tienen a nadie para hacerle daño. Te conozco de un día y de verdad eres buena gente. Por lo pronto estás ayudando a un pobre gilipollas y encima le acompañas a comprarse ropa que solo sabe vestirse de feria. Nunca me hubiera pensado que aquel rincón en Biescas tuviera esta magia y gente como tú, que por lo que veo vas a menudo. Sois la poca gente que vale la pena. Y ahora voy a aparcar y te invito a desayunar.

—Eso ni hablar: ayer pagaste la cena. ¿Qué quieres, pagarlo todo?

—Pues ahora que lo dices, sí. No es chulería: es la realidad. Me gano muy bien la vida, gasto poco y me gasto el dinero como quiero. Vamos, que nos dejan sin café.

Salimos del coche y seguimos hablando hasta entrar en la cafetería. Pedimos tostadas con jamón y tomate (o unas migas rápidas, que allí saben hacerlas de lujo), café con leche y zumo. Mientras comíamos, seguí con las anécdotas:



—Mira, Elisa, Tomás y Dolores se cabrean conmigo. En casa tienen al pequeño —fruto de una pasión descontrolada en Navidad, le dije yo—. Me contestó que la culpa fue del turrón, los mazapanes y el anís para empujar. A la hija de 18 le dicen para cabrearla: «Niña, que tu hijo se escapa», y es su hermano. Se cabrea como una vieja. Paso por el chino un día y le compro un disfraz de romano, con espada y escudo. Otro día me dijo que era Kung Fu Panda su padre y su madre… Ya estaban mirándome: «Ni te ocurra, no seas judío». Tito mira y se pone a hacer karate. Le llamé: «Tomasín, ven hijo, ayúdame». Salió disfrazado de Kung Fu Panda.

—Para, tío, que me voy a mear. ¡Qué borrico eres!

—Para eso está el dinero… y los amigos. Venga, ¿qué vas a tomar? Que si no no llegamos.

Salimos dirección a Jaca. En el camino, Elisa me preguntó:

—Tú, Marcos, ¿qué esperabas encontrar aquí para hacer la burrada que has hecho? ¿Encontrar a alguien? ¿Qué buscabas? ¿Eres consciente de lo que hablas? Subirte al coche, poner jazz y liarla parda.

—¿Qué hay de malo? ¿Qué tengo que perder? Nada. Bueno, sí: un ángel llamado Elisa que, sin pedir, me está dando.

Llegamos a Jaca y fuimos directos a las tiendas de montaña: entramos en una como Barrabes o Forum Sport, donde Elisa me ayudó a elegir pantalones técnicos, camiseta transpirable, chaqueta cortavientos, botas de trekking ligeras y calcetines buenos. Nada exagerado, pero suficiente para no parecer un turista perdido. Luego, un chino cercano: compré una nevera portátil pequeña (de esas mochila-isotérmica que mantienen el frío horas) y una mochila nueva, más cómoda y resistente. Sin querer, Elisa ya la había llenado de recuerdos.

Visitamos la Ciudadela (un paseo rápido por la fortaleza, impresionante por fuera y por dentro) y la Catedral románica (joya del Camino de Santiago). Comimos tarde en una tasca que ella conocía: algo sencillo, como migas o ternasco con patatas.

Volvimos a Biescas al atardecer. Nos sentamos en el escalón del aparthotel y seguimos hablando: de Sevilla y su calor, de Zaragoza y el estrés del hospital, del Pilar, del trabajo… El día se iba apagando y los días allí, cada vez menos.

—Sabes, Elisa, ha merecido la pena. Esta pechá de kilómetros… ni en sueños me lo hubiera imaginado. Viaje horas con la mente en blanco. A veces es bueno resetearte y esperar que la aplicación se reinicie. Mañana voy a ir a ver el Alto Gállego. No te voy a molestar más: te estoy privando de tu vida y ya tenías tus planes. Yo aún estoy cogiendo la regla para echar la primera raya del mapa.

—Estás apañado si vas solo. A las ocho y media aquí. Si tienes hambre, ven: comemos algo y nos vamos a dormir.

—Te lo dije antes: nunca pensé que esto me iba a suceder. De verdad.

—Mañana disfrázate, mimetízate con el paisaje, Marcos. Para eso fuimos a comprar ropa y calzado. Verás cosas bonitas de verdad.

Cenamos allí mismo: pan duro del horno del pueblo, queso que trajo ella, latas que tenía yo y abrimos como pudimos una botella de vino. Pronto a la cama, para estar frescos a la mañana y admirar el paisaje… y a aquella moza que, sin pedir, me dio.

Al día siguiente, con la ropa nueva puesta y las botas rodadas, salimos temprano rumbo al Alto Gállego. Elisa llevaba el mando: «Hoy subimos por el valle, Marcos. Vas a ver de qué va esto de verdad».

Empezamos por la Peña Foratata, esa mole impresionante que domina el paisaje desde Sallent de Gállego. Aparcamos cerca del embalse de Lanuza, con sus aguas turquesas reflejando las montañas.

El pueblo de Lanuza, casi fantasma pero con alma (el escenario flotante del festival de música que se celebra en verano), nos dejó mudos un rato. Seguimos hacia Sallent de Gállego, con su puente medieval y sus calles empedradas. «Aquí empieza el Valle de Tena de verdad», me dijo Elisa.

Subimos al Balneario de Panticosa (los Baños de Panticosa), ese oasis termal rodeado de picos de más de 3.000 metros. No entramos a los baños, pero el Ibón de Baños nos regaló una postal perfecta. Luego, carretera arriba hacia el Ibón de Piedrafita: un lago de alta montaña accesible, rodeado de hayedos y con vistas que quitan el hipo. Aparcamos en Piedrafita de Jaca, caminamos un rato por el bosque del Betato (precioso, con leyendas de brujas y aquelarres), y llegamos al ibón. Agua cristalina, silencio absoluto… «Esto es lo que buscabas, ¿no? Paz pura», me soltó Elisa.

Bajamos por Tramacastilla de Tena, con su arquitectura típica pirenaica y su tranquilidad. Y terminamos en Hoz de Jaca, un mirador brutal sobre el embalse de Búbal. Allí paramos a tomar algo: un café y unas vistas. Elisa entró en una tiendecita y salió con una botella de vino rancio. «Esto es tradición del valle. Lo compré aquí porque sé que lo hacen bien».

Volvimos hacia Biescas por la carretera que bordea el río Gállego. Al pasar por el desvío de Santa Elena, Elisa me dijo frena: «Mira, esa es la ermita que te mencioné el primer día. Y al lado, el Fuerte de Santa Elena». Paramos. La ermita románica del siglo XIII, con su cripta y su fuente, y detrás el fuerte: una mole del siglo XVI ampliada en el XIX, con pasadizos y baterías. Pero lo que más impactó fueron los búnkeres y fortificaciones modernas: restos de la Línea P (o Línea Pirineos, también llamada Línea Gutiérrez), miles de búnkeres construidos por Franco desde 1944 hasta los 50 para defenderse de una invasión aliada. De Irún al Cap de Creus, unos 500 km de hormigón armado. «No jodas, Elisa… Se gastaron un porrón de dinero y no lo acabaron nunca», dije yo, flipando. «Más de 8.000 planeados, la mitad hechos. Y aquí tienes un buen ejemplo: camuflados en el monte, con trincheras y nidos de ametralladora».

Llegamos a Biescas con la cháchara a tope. «Vamos al pueblo a la tienda, tengo que comprar una cosa», dijo ella. «Ya me dirás, tú mandas. Derecha, tira recto… ¿Ves? Está allí».

Subimos al aparthotel. Estaba Elena, la mujer de Antonio, en recepción. Elisa le pidió algo; salió con un caldero grande, un abrelatas y una navaja multiusos. «Ahora vas a probar una cosa de aquí», me dijo con picardía. «Por eso te hice pasar por Hoz de Jaca: sabía que tenían este vino rancio. Vino rancio con melocotón en almíbar. Las famosas sopetas».

Mezcló el vino rancio (ese dorado potente, oxidado, típico aragonés) con trozos de melocotón en almíbar de una lata que sacó. Añadió un poco de azúcar, removió… y sirvió en vasos. «Bebe despacio, que engaña». Primer sorbo: dulce, fuerte, cálido… como un abrazo de fuego. Segundo: ya volaba. Tercero: el mundo giraba. Acabamos el caldero entre risas, confidencias y algún que otro tropiezo. Esa noche no dormí: volé, soñé, y hasta vomité. La virgen, el tiovivo que había montado Elisa aquí. Potente, la tradición.

Al día siguiente nos levantamos tarde, con un resacón de campeonato. Cabeza como un bombo, boca pastosa… pero con una sonrisa. «¿Ves? Esto también es el Pirineo», me dijo ella entre risas, pasándome un vaso de agua. «Ahora, café y a recuperarse. Que aún te quedan días aquí».

Antonio pasó por allí mientras estábamos sentados en el escalón del aparthotel. Nos miró con esa sonrisa de quien ya ha visto de todo.

—¿Qué tal? ¿Cómo fue la cocina montañesa de ayer?

—Antonio, malo estoy, muy malo. Mira mi gravedad: hasta una enfermera me he agenciado. Voy a hacerme para comer una tortilla de paracetamol. Ostras, ni en feria he pillado yo un tablón así, y mira que el rebujito corre a mares.

Elisa, con puntillo, soltó:

—Aquí estoy yo para curarte. ¿Qué, nene? ¿Dónde vamos hoy? Para mí es el último día. ¿Y si vamos a Santa Elena? Aparcamos donde no moleste el coche y subimos a pie.

—¿Porque desde aquí estará cerca para ir a pie?

Antonio intervino:

—Unas dos horas con ese resacón que lleváis. Échale más.

—Nada, en coche hasta cerca.

Primero fuimos a la tienda del pueblo: pan recién hecho, embutido, un par de botellas de agua. Subimos al coche sin energía para más y nos fuimos hacia el desvío de Santa Elena.

Aparcamos en un sitio discreto, cerca del puente, y subimos sin prisa. El fuerte apareció primero: piedra austera, imponente, con sus búnkeres y trincheras de la Línea P. Al lado, una especie de cueva natural. Seguimos hacia la ermita románica del siglo XIII, con su cripta y su fuente. Me daba la impresión de que, como a mí, a Elisa no le apetecía que pasara el tiempo.

En un momento, nuestras manos se rozaron. Como pasa cuando el cántaro va mucho a la fuente, la cogí. Ella no la apartó; al contrario, me la agarró fuerte. Me sorprendió ver la catarata de agua cayendo junto a la ermita, el verde intenso del barranco y el río Gállego abajo. Nos sentamos en una piedra plana.

—Qué paz, por Dios —le dije—. Y no es la resaca.

Apoyó la cabeza en mi hombro. El tiempo pasó, pero para nosotros no corría el reloj. No hubo explicaciones ni charlas largas; solo un silencio que lo decía todo.

La miré a los ojos. Ella dijo:

—Ahora los días que te queden ya conocerás más el entorno.

—Mira, Elisa… Yo vine en busca de soledad, de una paja mental que llevaba. No sabía lo que quería. Vi a Barbie y sus complementos montañeses y mi vida pasó a ver la luz. Me olvidé de mis problemas, de todo. Mañana cumplo cuatro días aquí y me voy a ir. Te quería decir que, por favor, no cojas el autobús. Déjame llevarte yo. No quiero ni busco nada más: dejarte en tu casa e irme a Sevilla. El retorno le estoy dando vueltas: ir a Toledo a ver a mi hermana, mis sobrinos y mi cuñado. Hace años que perdí el contacto asiduo, pero noté preocupación por mí.

Vuelvo a decirte: ¿quieres bajar conmigo a Zaragoza?

Aceptó.

—Salimos pronto de aquí, como dijiste, y ya está.

Era por la combinación de autobuses. Siendo así, bajando contigo mejor: podremos ir por otra ruta donde hacen escalada y barranquismo.

—No me digas que tú eres una de esas que bajan por los barrancos. Allí en Villaverde, el río Siete Arroyos —Las Calderas, le llaman— es precioso. Sierra Morena pura: pozas, cascadas, saltos… Ideal para barranquismo ligero y senderismo.

—Marcos, aquello hay allí… No me digas. Yo tengo traje de neopreno.

—Pues ya sabes: casa y taxi tienes bajas en AVE, te recojo en Santa Justa y ves aquello de allí. Y si quieres, al atardecer paseamos por la Alameda junto al Guadalquivir. Vemos desde allí un rojo atardecer.

—Ya sabes, la proposición está hecha.

—A ver, nene… Déjame ver tu móvil. Toma, no hay nada que ocultar.

Marcó su número. Y me llamó.

—Toma, nene, fichame.

—De verdad, Elisa: no buscaba nada y te encontré. Solo estar contigo así… sé que en cualquier lado puedo estar a gusto.

Comimos un poco allí mismo: pan, embutido, agua. Y nos dimos un paseo por el camino que lleva hacia Hoz de Jaca. No llegaríamos hasta el mirador, pero sí hasta encima del embalse de Búbal, con sus aguas turquesas y las montañas reflejadas.

—Ahora contigo, al fin del mundo si me lo propusieras.

Como el primer día caminamos juntos, pero esta vez fueron muchos los silencios y las manos no se querían despegar.

Llegamos a la hora de cenar sin pasar por el aparthotel. Elisa, con una sonrisa serena, propuso:

—Vamos a cenar aquí, Marcos.

Compartieron una tabla sencilla de embutidos y patés, acompañada de un vino tinto del Somontano, sin excesos. Apenas hablaron; bastaba con mirarse y sentir que el mundo, por una vez, se había detenido.

Subieron al aparthotel y se sentaron en el escalón de entrada, esta vez abrazados. No hubo besos apasionados, solo un roce suave en la mejilla, un gesto cálido que decía más que cualquier palabra. Alzaron la vista al cielo: un tapiz de estrellas brillaba sobre Biescas, el frío de la noche pirenaica empezaba a morder, y ya pasaba la medianoche cuando decidieron retirarse cada uno a su habitación.

—Mañana, el primero que despierte llama al otro —dijo ella—. Iremos a Zaragoza por Riglos. Es más bonito que la autovía, más placentero. Prisa por llegar no hay… y menos contigo.

Hizo una pausa, y añadió en voz baja:

—Lo único que te pido es que, cuando me dejes, no me mires si te vas a ir. Quiero llorar de felicidad a solas. No me gustaría que vieras esa vulnerabilidad.

—Vamos a dormir —respondió él—. Ya estoy deseando que amanezca para volver a estar contigo.

A la mañana siguiente, Elisa llamó primero:

—Nene, buenos días. ¿Vamos?

—Yo ya estoy a punto.

Bajaron a recepción cogidos de la mano. Antonio y Elena los esperaban con una sonrisa cómplice.

—Mira la Barbie y el Kent versión montañesa —bromeó Antonio.

Elisa se acercó a él, le dio un beso en la mejilla y susurró al oído:

—Gracias.

Se despidieron con gratitud sincera. Elena añadió:

—Sabía que no te ibas a quedar más días. Y mejor así: Elisa no bajará sola, apoyada en el cristal del autobús.

—Gracias a los dos, de verdad —dijo Marcos—. Nunca pensé salir de aquí con esta paz… y llevando en el corazón este rincón.

Subieron al coche y emprendieron el camino hacia Zaragoza, pero por la ruta escénica de Riglos. La carretera serpenteaba junto al río Gállego, y pronto aparecieron los Mallos: torres rojizas de conglomerado que se alzaban como guardianes verticales, imponentes contra el cielo azul. Pararon varias veces. Elisa, ilusionada, señalaba:

—Allí hice barranquismo… Aquí escalé… Y por ahí me caí, pero seguí.

Reían con las anécdotas, y el sol parecía más brillante, como si celebrara su compañía.

Llegaron a Zaragoza al anochecer. Elisa lo guio hasta su casa.

—Aparca aquí y sube. Cenaremos algo y te quedas a dormir. Mañana vas pronto a trabajar, ¿verdad? Te levantas, te aseas y sigues tu viaje. Pero no me hagas el desmán de no llamarme.

Subieron. Se dieron un beso, y por primera vez a él le salió natural:

—Gracias, mi amor.

Dormitó en el sofá, inquieto. La oyó levantarse temprano. Se acercó, le dio un beso. Ella susurró:

—Duérmete.

—No voy a poder… Quiero llevarte yo al hospital.

Fueron en su coche. Llegaron temprano. En la puerta, se dieron un beso que se alargó. Brotaron lágrimas.

—Ya tengo que ir —dijo ella—. Aquellas son mis compañeras.

Se despidieron con un te amo susurrado.

—Mándame un mensaje cuando llegues bien.

Llegó a Toledo, a casa de su hermana. Pasó un par de días. Antes de marchar, ella le dijo:

—Estás diferente. Te veo bien… ¿O serán cosas mías?

—No sé —respondió él, sin revelar nada de Elisa.

Volvió a Sevilla. Desde entonces, se llaman y se escriben a diario.

Llegó abril. Ella se sacó unos días al final de Semana Santa. Sacó billete de AVE Zaragoza-Sevilla-Zaragoza. Él la recogió en Santa Justa, entre el ambiente nazareno de procesiones y saetas. Se fue con él a Villaverde del Río.

—Esta es mi casa —le dijo—. Pero decías que era un apartamento…

—Es una casita de una planta en el pueblo.

Le enseñó la casa y su habitación. Ella negó con la cabeza:

—Esto ni hablar. Aunque no pase nada, quiero dormir contigo.

Le señaló el armario para que dejara sus cosas. Al abrirlo, apareció un traje de gitana, con volantes rojos y negros.

—¿Y esto qué es, nene?

—Muy sencillo: si vamos a la feria, tienes que ir como una señora, como una de aquí. Pruébatelo.

Fueron a ver las procesiones en el pueblo y en Sevilla. Él trabajaba, pero le decía:

—Aquí te quedas de ama y señora del castillo.

La presentó a Tomás y Dolores. Se hicieron amigas al instante. No le dejaban cocinar: cada día llegaba una olla de casa de uno u otro.

—Mi niña, no pases fatiga. Sírvete.

Y allí terminó —o comenzó de verdad— un viaje que había partido sin rumbo, hacia ninguna parte, y que acabó convirtiéndose en idas y venidas en AVE: unas veces él, otras ella.

Como decían en aquella película inolvidable: siempre nos quedará Biescas, en la mente y en el corazón.

Marcos, cincuenta años, acaba de firmar su divorcio y decide comprar su libertad a precio de gasolina y soledad. Sale de Sevilla sin rumbo fijo, con una mochila vieja cargada de recuerdos y la música de jazz como única compañía. Su destino: ninguna parte. Pero el norte lo lleva a Biescas, un pueblo encajonado entre montañas donde el tiempo se detiene. Allí, en un aparthotel familiar, conoce a Elisa: una enfermera zaragozana que sube al valle a respirar cuando la ciudad la ahoga. Ella lleva pantalones de montaña y bastones de trekking; él, vaqueros y camisa a cuadros. Ella es práctica y serena; él, un poco borrico y muy perdido. Lo que empieza como un encuentro casual —un paseo a Santa Elena, un vino rancio con melocotón, una resaca compartida— se convierte en algo inesperado: silencios que hablan, manos que se buscan y un camino de vuelta que ya no se recorre solo. De los Mallos de Riglos al Guadalquivir, de las sopetas pirenaicas a la Semana Santa sevillana, esta es una historia de segundas oportunidades maduras, de risas en la resaca y de un amor que llega sin ruido, pero se queda para siempre. Porque, como en aquella película inolvidable, siempre nos quedará Biescas.

Una novela corta sobre redescubrirse a uno mismo… y encontrar a alguien que te acompañe en el camino.



A Antonio y Elena,

En el corazón del Valle de Tena, entre montañas que guardan silencio y ríos que susurran verdades antiguas, existe un rincón donde el mundo se detiene para dejar paso a lo esencial: el Rincón de Andrea.

Allí, bajo vuestro techo de piedra y madera, encontré no solo un lugar donde dormir, sino un refugio donde respirar de nuevo. Llegué perdido, con el alma cargada de lastres y una mochila vieja como única compañera. Vosotros, con vuestro acento aragonés genuino, vuestras sonrisas sin esfuerzo y esa hospitalidad que no se aprende en libros, me recordasteis que la buena gente aún existe y que la paz no es un lujo, sino algo que se regala con naturalidad.

Gracias por las llaves que abristeis sin preguntas, por las conversaciones que curan sin palabras, por hacerme sentir que Biescas no es solo un pueblo, sino un hogar temporal para quien lo necesita. Gracias por ser el comienzo inesperado de una historia que, sin vosotros, nunca habría empezado.

Este libro es también vuestro: un humilde tributo a ese rincón donde la montaña enseña a vivir despacio, y donde la gente buena, como vosotros, hace que valga la pena el viaje.

Con todo mi cariño y eterna gratitud,



Marcos y Elisa

(enero de 2026, recordando cada estrella sobre Biescas)




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