Solo Laia

 





Solo Laia



  1. Hay nombres que pesan como anclas y nombres que liberan como velas al viento. Dolores eligió Temisart para vender cuadros y proteger a su hija del mundo. Laia, desde niña, solo firmaba «Laia». Con letras torcidas y orgullosas, como quien dice: aquí estoy yo, sin máscara.
  2. Este libro cuenta cómo una mujer que había olvidado su idioma volvió a hablarlo con colores. Cómo el duelo la encerró en un piso gris de Barcelona y cómo un domingo cualquiera, un velero viejo y una mochila gastada la sacaron al mar. Cómo alguien, sin hacer ruido, le enseñó que la soledad puede ser aliada o enemiga, pero nunca tiene por qué ser eterna.
  3. No es una historia de grandes gestos. Es una historia de manos que se encuentran en escaleras, de besos que saben a sal y a miedo, de madres que esperan en la puerta con un vaso de leche caliente y de lienzos que, al final, solo necesitan una firma verdadera.
  4. Esta es la historia de cómo Laia dejó de ser la hija de nadie y empezó a ser, simplemente y para siempre, Solo Laia.


En un pequeño pueblo del Prepirineo, lejos de las carreteras principales y envuelto en el silencio de las montañas, vivían Dolores y Laia en una masía antigua. La casa, con sus muros de piedra gastada y techos de teja rojiza, estaba apartada del ruido del mundo: no había vecinos a la vista, solo el viento susurrando entre los pinos y el eco lejano de algún río. Allí, la soledad no era un vacío; era un espacio sagrado donde solo cabían pensamientos profundos, silencio absoluto y la ejecución pura de la obra.

Dolores, madre soltera que se ganaba la vida pintando paisajes para turistas y postales para las tiendas del valle, firmaba siempre como Temisart —decía que era más “comercial”, que un seudónimo vendía mejor que un nombre real—. “La gente quiere misterio, no una mujer sola con una niña en una masía perdida”, bromeaba mientras mezclaba ocres y verdes en su paleta.

Laia creció en esa burbuja de quietud. El ático de la masía era el estudio: un espacio polvoriento con tragaluz, donde la luz entraba en rayos dorados y bailaba sobre los pinceles. Desde pequeña, veía a su madre concentrarse durante horas, el ceño fruncido, la lengua asomando un poco entre los labios. Pintaban juntas los domingos: Dolores un encargo de turno, Laia un dibujo libre al lado. La niña no firmaba con seudónimo. Firmaba solo “Laia”, con letras torcidas y orgullosas. A su padre nunca lo conoció, y como decía Dolores con una sonrisa que no llegaba a los ojos: “Ni falta te hace, tenemos nosotras dos, todos los colores del mundo y esta soledad que nos deja ser nosotras mismas”.

En esa masía, la soledad era aliada: permitía que las ideas fluyeran sin interrupciones, que los colores se revelaran en el silencio. No había distracciones, solo el ritmo lento de las estaciones y el pincel sobre el lienzo.

Pero cuando Laia cumplió diecisiete, Dolores empezó a toser. Primero fue una tos seca, luego sangre en el pañuelo. Cáncer de pulmón, rápido y sin piedad. En los últimos meses, el estudio se llenó de un silencio diferente, pesado. Dolores ya no pintaba; solo miraba por la ventana los picos nevados. Una tarde, con voz apenas audible, le dijo a Laia: “No dejes de pintar lo tuyo, eh. No lo escondas detrás de nombres falsos ni de encargos. Pinta lo que te duela, que es lo único que vale. Y recuerda: la soledad es para crear, no para esconderte”.

Dolores murió en primavera. Laia tenía diecinueve. Vendió la masía, algunos cuadros de su madre para pagar deudas, guardó los pinceles favoritos y se fue a la ciudad. “Para estudiar Bellas Artes”, dijo al pueblo. Pero en realidad huía de la masía, de esa soledad que ahora se sentía como un eco vacío, un silencio que gritaba ausencia.

Diez años después, Laia tiene 29. Vive en un piso pequeño de Barcelona, con un estudio improvisado en el salón, rodeado del bullicio constante de la ciudad: cláxones, voces lejanas, el zumbido de la nevera. Sobrevive pintando encargos comerciales: retratos de mascotas para Instagram, paisajes genéricos para hoteles rurales, ilustraciones dulces para libros infantiles. Cobra lo justo para el alquiler y la comida. Dice a sus pocos amigos que “no tiene tiempo” para pintar lo suyo. Pero la verdad es más sencilla y más pesada: desde que murió su madre, no ha sabido cómo pintar el duelo. Cada vez que intenta algo personal, las manos le tiemblan y los colores se le vuelven grises. Y la soledad... ahora es enemiga. En la masía era un abrazo; aquí, en este piso atestado de recuerdos, es un peso que la aplasta.

Es domingo por la tarde. Ha pasado todo el fin de semana intentando pintar algo suyo, algo que no le pidan. Tiene un lienzo grande en el caballete, pero solo hay manchas vagas, colores que no se atreven a encontrarse. Está sentada en el suelo, rodeada de telas viejas y marcos rotos, con la luz del atardecer bañándola a través de la ventana alta. No llora. Solo está quieta. Se siente como si hubiera olvidado su propio idioma, como si la soledad la hubiera traicionado.

De pronto, entre los trastos, ve una caja que no había abierto desde la mudanza. La sacó de la masía hace años y la olvidó en un rincón. La abre con manos temblorosas. Dentro: pinceles viejos de Dolores, un tubo de rojo cadmio casi seco, y un pequeño lienzo sin terminar. Es un autorretrato de su madre, joven, con Laia niña en brazos, las dos riendo frente al caballete.

Al dorso, escrito con la letra firme de Dolores: “Para Laia. No firmes como yo. Firma como tú. Y usa la soledad para pintar, no para huir”.

Laia se queda mirando el lienzo mucho rato. La luz se va apagando. Por primera vez en años, coge un pincel. No pinta sobre el grande vacío. Pinta sobre el pequeño lienzo, el de su madre. Añade un detalle: en el fondo, detrás de las dos figuras, la silueta de la masía bajo un cielo violeta, envuelta en silencio. Usa el rojo cadmio para las mejillas de la niña.

No es mucho. Solo un toque. Pero es suyo. Y en ese momento, la soledad vuelve a ser aliada: un espacio para pensar, para ejecutar, para ser.

Cuando termina, firma abajo, con letras ya no torcidas: “Laia”.

Respira hondo sin que le duela. Pero el piso sigue sintiéndose pequeño, asfixiante. Se levanta, mira alrededor y siente un vacío nuevo, no el del duelo, sino el de quien acaba de recordar que puede respirar y no sabe hacia dónde.

Ve la mochila vieja en el armario, la misma que usaba para ir al pueblo. Mete lo imprescindible: cuatro camisetas, los pinceles de su madre, el pequeño lienzo terminado, un cuaderno en blanco. Cierra la puerta sin ruido. Baja las escaleras con destino incierto.

En el portal se cruza con Jaume, el vecino del tercero, 35 años, abogado en un despacho del Eixample. Siempre se han saludado con cortesía distante: un “bon dia” en el ascensor, poco más.

—¿Dónde vas, Laia? ¿Nos dejas? —pregunta él, con la llave en la mano, sorprendido por la mochila.

Ella se detiene, lo mira un segundo como si lo viera por primera vez.

—No sé dónde ir. Estoy perdida. Quiero perderme. Quiero encontrar algo que me llene. No sé por qué te cuento esto… No me entenderás.

Jaume se queda callado un momento. Luego sonríe apenas, con cansancio.

—Quizás más de lo que crees. He tenido una semana dura, muchos juicios, y cada día me cuesta más subir a este piso. Estaba pensando en vender el velero.

Laia arquea una ceja.

—¿Tienes un velero?

—Pequeño, sí. Está en Port Ginesta. Siempre voy solo. Me ayuda a pensar… o a no pensar. Si me permites,y si estás de acuerdo, te ofrezco otra opción. Hay que organizarse un poco, planificar. Déjame preparar una mochila —tengo una vieja, de cuando era joven, gastada como la tuya—. Aviso a mis padres, compramos cuatro cosas de comer y nos vamos a navegar. Te advierto: no voy en coche, me gusta el tren. Esta vez, por ti, llevaré mochila en vez de la bolsa de deporte de siempre.

Laia lo mira. No hay drama en sus palabras, solo una oferta sencilla, sin promesas.

—¿Te animas o no?

Ella duda solo un segundo. El mar, el movimiento, el no saber adónde. Algo que no sea quedarse quieta.

—Me animo.

Suben un momento a casa de Jaume para que él coja su mochila. En menos de una hora están en la estación, dos mochilas viejas al hombro, rumbo a Port Ginesta.

Laia no puede volver ya a la masía, no sabe si pintará más, ni si Jaume y ella hablarán mucho o poco. Solo sabe que, por primera vez en diez años, va hacia algún lugar sin huir de nada.

Y eso ya es suficiente.

Suben al Rodalies en la estación de Sants. El tren va medio vacío, olor a café barato y a mar lejano que ya se intuye. Se sientan uno frente al otro. Jaume deja la mochila vieja en el portaequipajes y se frota los ojos.

—Tengo solo dos días —dice, como excusándose—. He estado el fin de semana entero de guardia judicial. Un cliente la ha liado parda y me ha tenido ocupado hasta esta mañana. Si te gusta, volveremos a navegar otro día. No te preocupes por el tiempo.

Laia asiente, mirando por la ventana cómo Barcelona se deshace en luces y túneles.

—No llevo ropa adecuada para estar en un barco —murmura, bajando la vista a sus vaqueros gastados y la camiseta vieja.

—Tranquila. En el velero tengo chandals, sudaderas, unas zapatillas de cubierta que le van bien a casi todo el mundo. Algo te servirá.

El tren llega a Sitges en menos de cuarenta minutos. Salen a la calle, el aire ya huele a sal y a pino. Caminan hacia el puerto, primero pasan por uno de esos supermercados chinos que nunca cierran.

—Laia, dime qué te gusta —dice Jaume mientras coge una cesta—. Mañana desayunaremos y comeremos en el barco. Esta noche, cena ligera. Pensaba navegar dirección Tarragona, costeando. ¿Qué te parece?

—Nunca he navegado —responde ella, con voz baja, casi como si confesara algo.

Jaume sonríe sin burla.

—Tranquila. Es fácil. Tú solo tienes que hacer una cosa: pensar en cosas bonitas. O en las que no lo son, si eso te sale mejor. El barco se ocupa del resto.

Recorre los pasillos. Jaume va echando lo básico: pan de molde, tomate, aguacates, un par de latas de atún, queso, fruta, café soluble, una botella de vino blanco fresco, cervezas, agua. Algo de jamón y fuet para picar.

Laia se queda en la puerta, vigilando las dos mochilas viejas apoyadas contra la pared. Desde allí ve cómo Jaume, al pasar por la zona de papelería barata, se detiene. Coge un bloc de dibujo de anillas, de esos con papel grueso pero no caro, y una caja de doce lápices de colores básicos. Se acerca a caja, paga todo.

Sale con dos bolsas en las manos y le tiende el bloc y los lápices a Laia.

—Con esto no te aburrirás. Igual hasta sacas un boceto.

Ella coge el paquete, sorprendida. No dice nada, solo lo aprieta un poco contra el pecho.

—Venga, vamos al velero.

Caminan por el paseo del puerto. Las luces de los barcos se reflejan en el agua quieta. El velero de Jaume es pequeño, unos diez metros, viejo pero cuidado: casco blanco, madera barnizada, nombre desvaído en la popa —“Alba”—.

Suben a bordo. Jaume guarda la compra abajo, le enseña dónde está el baño, el camarote de proa donde podrá dormir ella, el suyo a popa. Le presta una sudadera vieja de algodón gris y unas zapatillas de loneta.

La noche cae rápido. Preparan una cena ligera en la mesa del salón: tomate con sal, fuet, pan, un poco de queso. Beben el vino blanco en vasos de plástico. Hablan poco. Jaume cuenta un par de anécdotas del juzgado sin entrar en detalles. Laia escucha, asiente. No pregunta, no cuenta nada de la caja, del lienzo, del rojo cadmio.

Después, salen a cubierta. El puerto está en calma. Jaume revisa amarras, enciende las luces de fondeo.

—Mañana, con la primera luz, salimos. Si hay viento, navegaremos. Si no, motor y paciencia.

Laia se sienta en la bañera,(la bañera es el cockpit, el corazón social y funcional del velero)

el bloc sobre las rodillas. Abre la caja de lápices. El olor a madera nueva de los colores la golpea como un recuerdo antiguo.

No dibuja todavía. Solo mira el mar negro, las luces lejanas de Sitges, y siente que, por primera vez en mucho tiempo, no está huyendo.

Está yendo hacia algún sitio.

Y eso, de momento, basta.

La noche en el puerto es quieta, solo el leve crujido del barco contra las defensas y el chapoteo del agua contra el casco. Laia está sentada en la bañera, con las piernas recogidas y el bloc nuevo sobre las rodillas, los lápices aún sin estrenar. Jaume, después de asegurar todo, se sienta frente a ella con una cerveza en la mano. La luz de la linterna del mástil dibuja sombras suaves sobre sus caras.

—Bona nit, Laia —dice él en voz baja, como si temiera romper algo—. Mañana empezamos la aventura. Con la primera luz, si hay brisa, levamos anclas y salimos. El primer día en el mar siempre es… sensorial. El aire te entra de otra manera, el sol sale por estribor y todo parece más vivo. Poético, si quieres llamarlo así.

Se queda callado un segundo, mira el agua oscura, luego a ella.

—Perdona si hablo mucho. Solo soy yo el que habla. Desde que compré el barco hace unos años, siempre he navegado solo. O con algunos amigos, cuando todavía estaban solteros. Ahora todos casados, hijos, hipotecas… Los domingos por la tarde fútbol, y si no estás delante del televisor viendo al Barça, parece que cometes un pecado mortal. “Es el Barça, home, el Barça”, dicen. A mí el fútbol ni fu ni fa. Prefiero la soledad: anclar en alguna cala, poner música clásica bajito —Bach, Vivaldi, a veces un poco de Arvo Pärt—, y leer. Un buen libro o, si no hay remedio, algún caso del despacho.

Se ríe solo, un sonido corto y seco.

—Laia, de verdad, si hablo mucho dímelo. Puedo callarme toda la travesía si hace falta.

Ella levanta la vista del bloc. La brisa del mar le mueve el pelo, y por primera vez desde que salió del piso sonríe un poco, apenas.

—No hablas mucho —dice—. Hablas lo justo. Me gusta escuchar. En casa… en el piso, el silencio era pesado. Aquí el silencio tiene olas debajo.

Jaume asiente, aliviado. Apura la cerveza y se levanta.

—Pues entonces mañana, cuando amanezca, café fuerte, un poco de pan con tomate y aceite, y a la mar. Dormimos poco, pero bien.

Baja al salón, deja la botella vacía en la bolsa de reciclaje. Laia se queda un rato más en cubierta. Abre el bloc, saca un lápiz —el azul ultramar— y dibuja solo una línea curva, como una ola que aún no sabe adónde va.

Después baja también. El barco se mece suavemente, como si ya estuviera navegando en sueños.

Bona nit, piensa. Mañana el mar. Mañana, quizás, un color nuevo.

El amanecer llega suave, casi tímido. Salen del puerto de Sitges cuando el cielo aún es un gris perla, y el mar está plano como un espejo oscuro. Jaume iza la mayor con calma, el motor diésel ronronea bajito mientras se alejan de la costa. Poco a poco, por estribor, aparece la primera línea naranja, luego rosa, luego un oro líquido que se derrama sobre el agua. El sol asoma redondo y limpio, sin nubes que lo molesten, y tiñe todo de una luz cálida que hace que el mar parezca respirar.





Laia está en cubierta, sentada en la bañera con la sudadera gris de Jaume que le queda grande. Al principio todo es maravilla: el aire fresco que huele a sal y a libertad, el leve balanceo del barco, el golpeteo rítmico de las olas contra el casco como un latido tranquilo. Pero al cabo de una hora, cuando ya han apagado el motor y navegan a vela, siente que el estómago le da un vuelco suave, luego otro más fuerte.

—Jaume… creo que me estoy mareando —dice en voz baja, apoyando la frente en la mano.

Él la mira un segundo, deja el timón un momento y se acerca.

—Es normal, sobre todo la primera vez. El cuerpo se acostumbra. Si te encuentras realmente mal, avísame y viramos hacia la costa. Tardaremos un poco, pero llegaremos. Mientras, respira hondo, mira el horizonte fijo, no el agua cerca.

Ella asiente. Se levanta despacio, se agarra a la jarcia y camina hacia proa. El viento es fresco y constante. De pronto, sin pensarlo mucho, sube a la cubierta de proa, se coloca sobre la quilla y abre los brazos en cruz, como si volara. El barco cabecea suavemente, la brisa le azota el pelo y la ropa. Se ríe sola, una risa corta y sorprendida.

Jaume, desde el timón, la ve y no puede evitar sonreír.

—¿Qué te parece, Laia? ¿Te gusta?

—Mucho —grita ella sin girarse—. Nunca había navegado. En la masía lo único que tenía más agua era la alberca. La teníamos siempre llena para que bebieran los animales salvajes… o alguna vaca del vecino que se escapaba. Nosotras no teníamos animales. Solo la montaña, el silencio y los lienzos.

Se queda ahí un rato, con los brazos abiertos, sintiendo que el mareo se calma un poco con el viento en la cara. Luego baja y se sienta al lado de Jaume. Empieza a hablar, como si el mar le hubiera soltado la lengua. Le cuenta de la masía apartada, del ático con tragaluz, de cómo pintaban los domingos, de la tos de su madre que llegó sin avisar, del silencio que después ya no era el mismo.

Jaume escucha. Ahora habla menos; tiene que estar atento a la vela, al viento que ha rolado un poco, a la costa que bordean despacio. Solo asiente, hace alguna pregunta corta: “¿Y el río se oía desde la casa?”, “¿nevaba mucho?”. Laia sigue hablando, y de pronto todo es nuevo para ella: una gaviota que pasa rozando el mástil, un grupo de delfines que asoman a lo lejos, el brillo del sol sobre el agua como si alguien hubiera derramado diamantes.

—¡Mira! ¡Has visto aquello! —señala emocionada hacia un cabo—. ¿Qué será eso blanco ahí arriba?

Jaume sonríe.

—El Vendrell, más o menos. Vamos bordeando la costa. Mira, ya es mediodía. Caramba, cómo pasa el tiempo en el mar.

Fondean en una calita tranquila cerca de Coma-ruga, agua turquesa y fondo de arena. Apagan el motor, bajan la vela. Preparan la comida a bordo: pan con tomate y aceite, fuet, queso, aguacate, un poco de jamón.

Acaban de comer. El sol de mediodía ya ha pasado su zenit y empieza a bajar hacia el oeste, tiñendo el mar de un azul más profundo, casi índigo en los bordes. Han recogido los platos en la pequeña cocina del velero, han guardado las sobras en la nevera portátil y ahora están en cubierta. El barco se mece con un balanceo suave, casi imperceptible, anclado en la calita tranquila cerca de Coma-ruga. No hay prisa por levar anclas todavía.

Jaume se sienta con la espalda apoyada contra el casco blanco del velero, las piernas estiradas a lo largo de la cubierta, los pies descalzos rozando la madera calentada por el sol. Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos un momento y deja que el viento le revuelva el pelo.

El aire salado le acaricia la cara, y por primera vez en mucho tiempo no piensa en juicios pendientes, ni en llamadas de clientes, ni en el reloj que siempre parece correr demasiado rápido. Solo respira.

Laia lo mira desde el otro lado de la bañera. Lo observa en silencio, como si lo viera por primera vez. Hay algo en esa postura —la relajación absoluta, el abandono al viento— que la detiene. Se queda quieta un segundo, luego dice en voz baja, casi un susurro:

—Por favor, no te muevas. Déjame hacerte un boceto. Luego me dices lo que quieras, pero ahora no te muevas.

Jaume abre un ojo, la mira con curiosidad, pero no se mueve. Solo asiente apenas, con una media sonrisa.

Laia se levanta rápido, baja al salón y sube con el bloc de dibujo que él le compró en el chino de Sitges y el lápiz azul marino que escogió casi sin pensar. Se sienta frente a él, a unos dos metros, las rodillas recogidas, el bloc apoyado en ellas. Empieza a dibujar.

El lápiz se mueve con una fluidez que ella misma no recordaba. Líneas rápidas para capturar la curva del cuello, el pelo revuelto por el viento, la sombra suave bajo la mandíbula. No hay prisa. El tiempo pasa lento, como las hojas que caen en otoño: una por una, sin ruido. El sol va bajando, el viento sigue soplando suave, y el velero se balancea como una cuna gigante.

Jaume siente una paz extraña, profunda, que nunca había experimentado en aquel barco. Siempre había navegado solo o con amigos que hablaban de fútbol, de trabajo, de planes. Pero esto es diferente. No hay palabras. Solo el lápiz rozando el papel, el chapoteo del agua contra el casco, el graznido lejano de una gaviota. En su mente no pasan recuerdos del pasado —ni juicios perdidos, ni rupturas antiguas, ni domingos vacíos—. Solo pasan imágenes del día vivido: Laia abriendo los brazos en proa como en una película vieja, la risa corta cuando vio los delfines, la forma en que se le iluminaron los ojos al hablar de la alberca de la masía. Es como si el presente se hubiera hecho más grande que todo lo demás.

Laia trabaja concentrada. A ratos murmura: “No te muevas así”, y el lápiz parece volar sobre el papel. Está en su elemento. El torbellino interior que llevaba días —meses— revolviéndose se ha calmado. No es que haya desaparecido, pero ahora tiene forma, dirección. Dibujar a Jaume no es solo retratarlo: es pintar un momento en el que alguien, por fin, no le pide nada. No un encargo, no una explicación, no una promesa. Solo está ahí, quieto, dejando que ella lo mire.

La tarde avanza despacio. El sol se acerca al horizonte, tiñe el cielo de naranja y rosa. Jaume abre los ojos del todo y la mira. Ella sigue dibujando, mordiéndose el labio inferior como cuando era niña en el ático de la masía.

—Nunca había estado tan a gusto navegando —dice él de pronto, en voz baja, sin moverse—. No es como estar con los amigos. Era diferente… siempre ha sido diferente. Nunca hubo muchachas en mi vida. Algún tonteo, alguna cita que no llegaba a nada interesante. Venía de una familia burguesa, no me faltaron oportunidades, pero yo no puse interés. No sé por qué. Supongo que siempre preferí el silencio, el barco, los libros. Hasta hoy.

Laia levanta la vista un segundo. Lo mira a los ojos, sin dejar de mover el lápiz.

—Pues hoy el silencio tiene compañía —responde ella, con una sonrisa pequeña—. Y me gusta.

Vuelve al dibujo. Jaume no dice nada más. Solo cierra los ojos otra vez, deja que el viento le mueva el pelo, y se queda ahí, quieto, como si supiera que este boceto no es solo un retrato: es el comienzo de algo que ninguno de los dos sabe nombrar todavía.

El sol sigue bajando. El mar respira. Y por primera vez en mucho tiempo, los dos sienten que no hay prisa por llegar a ningún sitio.


Cae la noche sobre la cala. El sol se ha hundido ya detrás de las colinas bajas del Vendrell, dejando un resplandor violeta y naranja que se refleja en el agua quieta. El velero se mece con un vaivén lento, casi hipnótico, como si respirara al ritmo del mar. La brisa se ha enfriado, trae olor a sal y a pinos lejanos. En cubierta, la luz del atardecer ya no alcanza, pero Jaume ha encendido una pequeña lámpara de LED en la mesa de cockpit, lo justo para no romper la penumbra.

Laia está terminando los últimos retoques al boceto. El lápiz azul marino se mueve con precisión: un sombreado suave en la mejilla de Jaume, un mechón rebelde que el viento había movido justo en el momento equivocado, el pliegue de la sudadera en el hombro. Levanta el bloc y lo gira hacia él.

—Mira. Ya está.

Jaume se acerca, se inclina sobre la mesa y se queda boquiabierto. El dibujo captura algo que ni él mismo sabía que tenía: esa paz que había sentido todo el día, la relajación absoluta, el pelo revuelto por el viento, los ojos entrecerrados mirando al horizonte invisible. No es solo un retrato; es un instante congelado.

—Es precioso —murmura, casi sin aliento—. De verdad, Laia… es precioso.

Ella se encoge de hombros, pero una sonrisa pequeña se le escapa.

—Así cualquiera, con un modelo así y encima paciente.

Lo dice sin pensar, con esa naturalidad que sale cuando uno está a gusto. Jaume se ríe bajito, se pasa la mano por el pelo.

—Pues gracias al modelo paciente —responde, y luego añade, cambiando de tono—: Oye, tengo una cosa que hacía tiempo que quería hacer. Una de ellas estaba mal hecha, pero con precaución se puede hacer. ¿Me permites?

Laia arquea una ceja, un poco asustada por el misterio.

—¿Qué cosa?

Jaume no responde con palabras. Baja al salón, revuelve en un cajón bajo el banco y sube con un cubo pequeño de plástico. Le echa un puñado de hielo de la bolsa que compraron en el chino de Sitges. Luego saca una botella de vino blanco —etiqueta francesa, Chablis, de las buenas— que había guardado en un rincón fresco. Busca el sacacorchos, lo abre con cuidado. Laia lo mira todo desde la bañera, pensando: Cuánto protocolo para un vino. Pero no dice nada; le gusta verlo concentrado.

Saca una vela pequeña, la prende con un mechero y la coloca en el centro de la mesa. De un armarito escondido detrás del timón saca dos copas finas de cristal, las que no usa casi nunca.

Sirve el vino con lentitud, el líquido frío brilla dorado bajo la llama. Le tiende una copa a Laia y, en un francés perfecto pero con acento catalán que lo hace más tierno, dice:

—Mademoiselle, s'il te plaît.

Ella coge la copa, huele el vino, da un sorbo pequeño. Está fresco, ácido, con un toque mineral que le recuerda al mar.

Jaume se sienta a su lado, copa en mano.

—Me estás haciendo muy feliz —confiesa, mirando el agua oscura—. Nunca me lo hubiera pensado, pasármelo tan bien en el barco. Lo que son las casualidades.

Están en ese momento perfecto, el silencio roto solo por el chapoteo y el leve crujir de las jarcias, cuando suena el móvil de Jaume. Lo saca del bolsillo, mira la pantalla y frunce el ceño. Contesta en voz baja.

—Sí… ¿Ahora? Vale, entiendo. No, no te preocupes, mañana estoy ahí. Gracias por avisar.

Cuelga, suspira.

—Lo siento, Laia. Era del despacho. Hay un problema gordo, no me pueden decir más por teléfono. Tengo que ir mañana temprano. El deber me llama.

Ella asiente, un poco decepcionada pero sin dramatismo.

—Entiendo.

Jaume la mira, no quiere que la noche se acabe así.

—Vamos a acabar la noche como estábamos, ¿vale? A gusto. Y si quieres… ¿vienes a cubierta conmigo? Tumbados boca arriba, contando estrellas. Hace fresquito, cojo un forro polar del armario. Eso sí, vamos a picar algo más y nos tomamos unos vinos. Tenía esta botella que me regaló un cliente para un momento especial… como el vino que hay en su interior.

Laia lo mira. No está acostumbrada a estos detalles: el vino guardado para “un momento”, la vela, el francés juguetón, la propuesta de mirar estrellas sin más agenda. En su vida, los momentos especiales siempre habían sido solitarios, o con su madre en el ático de la masía. Esto es nuevo, y le da un poco de vértigo, pero del bueno.

—Vale —dice simplemente.

Jaume baja un momento y sube con el forro polar grueso, una manta ligera, un plato con queso, fuet y pan que sobró de la comida. Se tumban en la cubierta de proa, sobre la manta, espalda contra la madera aún tibia del día. Él le pasa el forro; ella se lo pone por encima de los hombros.

El cielo está despejado, miles de estrellas parpadean. El velero se mece, la botella de vino pasa de mano en mano, las copas tintinean suavemente.

—Allí está Orión —señala Jaume.

Laia busca con la vista, encuentra las tres estrellas alineadas.

—Y esa de al lado, brillante… ¿Sirius?

—Exacto.

Hablan poco. Beben sorbos pequeños. El vino sabe a mar y a noche. Laia apoya la cabeza en el hombro de Jaume, sin pensarlo mucho. Él no se mueve, solo respira hondo.

Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos siente que tenga que llegar a ningún sitio.

La noche se alarga, las estrellas siguen cayendo lentas, y el velero sigue meciéndose, como si supiera que este momento no necesita prisa.

La noche se ha hecho profunda. El cielo es un tapiz negro salpicado de estrellas, el velero se mece con un ritmo lento y constante, como si el mar respirara con ellos. Están tumbados en la cubierta de proa, envueltos en el forro polar y la manta, las copas de vino casi vacías a un lado. El silencio entre ellos no es incómodo; es de esos que invitan a hablar sin prisa.

Laia mira las estrellas, pero su mente está en otra parte. Jaume, a su lado, también mira arriba, pero de reojo la observa a ella.

—¿Sabes? —empieza él, con voz baja—. Nunca he navegado con alguien como tú. Con amigas… alguna vez, sí. Pero nada especial. Alguna salida con chicas del despacho, o con amigas de amigos, pero siempre en grupo. Nunca solo con una. Nunca así.

No amplía lo de antes. No menciona los tonteos superficiales, las citas que no llegaron a nada, la familia burguesa que le ponía oportunidades en bandeja y él que las dejaba pasar. Solo lo deja ahí, honesto y sin adornos.

Laia gira la cabeza hacia él. La luz de la luna le ilumina un lado de la cara.

—¿Y tú, Laia? Con las exposiciones, los vernissages, los artistas… habrás conocido gente más interesante que yo. Gente que entiende el arte, que vive de él, que tiene historias grandes.

Ella niega con la cabeza, despacio.

—No. Lo evitaba. No sabía por qué. O quizás sí lo sabía y no quería verlo. ¿Fue por ser hija de madre soltera? ¿Por el trabajo, por la dedicación al arte? No lo sé. Siempre ponía excusas: “tengo que pintar”, “tengo un encargo”, “no es el momento”. Pero en realidad… tenía miedo. Miedo de que me distrajeran, de que me rompieran algo. O de romper yo.

Se queda callada un segundo. En su interior, una vocecita pequeña pero insistente le susurra: Esto tiene que cambiar. ¿Qué te está pasando? Esta sensación es nueva. Y otra voz más vieja, la de su madre, le responde: Cuidado con el amor, Laia. Es muy traicionero. Los hombres van a lo que van. No te fíes.

Pero Jaume la descoloca. No presiona, no promete, no hace grandes declaraciones. Solo está ahí, escuchando, ofreciendo vino guardado para “un momento especial”, proponiendo mirar estrellas sin pedir nada a cambio. Eso la desconcierta más que cualquier palabra bonita.

—No te hagas ilusiones —se dice a sí misma en silencio, casi como un mantra. Pero el corazón no obedece.

Siguen hablando hasta tarde. La charla fluye natural: anécdotas del despacho que Jaume cuenta con ironía, recuerdos de la masía que Laia suelta poco a poco, risas bajas cuando él imita a un cliente imposible o ella describe cómo su madre firmaba “Temisart” con un gesto teatral. El vino se acaba, pero ninguno se mueve para bajar.

Al final, Laia se incorpora un poco, apoyada en un codo.

—Jaume, vamos a dormir. Mañana toca madrugar y tú tienes que ir al despacho con la mente despejada, muy clara. Si te llaman será por algo muy importante. No puedes llegar con ojeras y la cabeza en las nubes.

Él la mira, sorprendido. Nadie le había hablado nunca con esa mezcla de cariño y responsabilidad. En su vida, el trabajo siempre había sido un deber solitario; nadie le recordaba que merecía llegar descansado, entero.

—Vale —responde, con una sonrisa suave—. Tienes razón.

Se levantan despacio. Recogen las copas, la vela ya apagada, la manta doblada. Antes de bajar al salón, Jaume se gira hacia ella.

—Si me vuelves a invitar… ya sabes. Tenemos más días que longanizas.

Laia se ríe bajito, un sonido que le sale del pecho sin permiso.

—No soy yo la que invita. Eres tú el del barco.

—Pues entonces, cuando quieras. El barco está aquí. Y yo también.

Bajan. Él le cede el camarote de proa, el más cómodo. Ella se mete en el saco de dormir con la sudadera puesta, el bloc de dibujo al lado de la almohada. Jaume se queda en el suyo, a popa, mirando el techo.

El velero sigue meciéndose. El mar susurra contra el casco. Y los dos, en camas separadas pero bajo el mismo cielo, piensan que quizás, solo quizás, esto no sea una casualidad.

Mañana volverán a puerto. Él al despacho, ella a su piso. Pero algo ha cambiado. Algo pequeño, pero real.

Y eso, por ahora, basta para dormir con una sonrisa.







Llegan a puerto al atardecer, con el sol ya bajo y el cielo teñido de rosas y violetas que se reflejan en el agua quieta de Port Ginesta. El velero amarra con un último crujido de defensas contra el pantalán. Jaume apaga el motor, asegura las velas, revisa las amarras con la rutina de quien ha hecho esto mil veces solo.

Laia baja a cubierta con el bloc bajo el brazo, el lápiz azul marino aún entre los dedos. Se detiene un segundo, mira alrededor: el casco blanco, las jarcias que aún vibran con el recuerdo del viento, el olor a sal y a madera barnizada que se le ha metido en la piel.

Hace algo inusual en ella, algo que no había planeado decir.

—Jaume… ¿puedo dejar el bloc en el barco?

Él se gira, sorprendido.

—¿En el barco?

—Sí. Quiero que quede impregnado de la magia del velero, del silencio del mar, del mecer de las olas. Así igual salen cosas bonitas.

Jaume sonríe, una sonrisa lenta y cálida.

—Claro que sí. Déjalo en el salón, en el cajón de la mesa. Ahí estará seguro. Cuando quieras volver… estará esperándote.

No hay más palabras. Solo un gesto de cabeza, un intercambio de miradas que dice más que cualquier frase.

No pueden perder tiempo. Jaume mira el reloj: el tren pasa en veinte minutos, y el despacho lo reclama mañana temprano. Cogen un taxi en la salida del puerto. En el coche, mientras Barcelona se acerca entre luces y tráfico, Jaume se gira hacia ella.

—Laia, ¿me puedes hacer un favor? Llévate mi mochila y guárdala en tu casa. Mis padres no están, solo la chica del servicio… hay que ser discreto, que el servicio es muy chismoso, como decía mi abuela.

Le da la dirección exacta del edificio donde viven los dos —el mismo de siempre, pisos uno encima del otro— el se tiene que bajar en el despacho. Luego le pide al taxista con educación:

—Disculpe, ¿la podría ayudar a llevar las mochilas hasta el portal? Son pesadas y vamos con prisa.

El taxista asiente, Jaume le da una propina generosa, se baja frente al despacho y el taxi sigue camino para dejar a Laia y ayudarle a llevar las mochilas hasta el portal.

Laia abre la puerta de su pequeño apartamento. Le da un golpe de aire en la cara: fresco, limpio, como si el piso hubiera estado esperando. Las ventanas están cerradas, todo en orden, pero algo es diferente. Nunca le había pasado. Mira el estudio improvisado en el salón: el lienzo grande que dejó a medio manchar el domingo pasado, ahora vacío de intenciones, le está pidiendo algo. Coge el carboncillo sin pensarlo. Trazo aquí, trazo allá. Pincelada negra, luego ocre, luego azul marino que recuerda el lápiz del bloc. El lienzo cobra forma. Color. Vida.

Pasa el mediodía. Las horas se deslizan. La noche cae sobre Barcelona, luces de neón y farolas que entran por las rendijas de la persiana. Laia no ha comido, no ha encendido la luz del techo. Solo la lámpara de mesa ilumina el lienzo, que ya no cojea: tiene alma.

De golpe suena el timbre.

Se sobresalta. Su mente estaba tan ocupada que había olvidado el mundo. Deja el pincel, se limpia las manos en los vaqueros y va a la puerta.

Es Jaume.

Se sorprende.

—Jaume… ¿ya has venido? No me acordaba ni de ti ni de la mochila.

Él arquea una ceja, finge ofenderse un segundo.

—Vaya, sí que se olvidan rápido de uno…

Pero la reacción de Laia es otra. Como una niña pequeña, alarga la mano, coge la suya y tira de él hacia dentro.

—Ven, ven, mira qué he pintado.

Lo arrastra hasta el salón. El lienzo está ahí, bajo la luz amarilla de la lámpara. Jaume se para en seco. Se queda sin palabras.

Es él.

En el cuadro: Jaume en cubierta, espalda contra el casco, cabeza echada atrás, pelo revuelto por el viento, ojos entrecerrados mirando al horizonte. A su lado, la mesa con la copa de vino blanco medio llena, el plato de jamón y queso, hasta una gaviota que pasa en segundo plano —un detalle que él ni siquiera había notado en la realidad, pero que ella capturó como si lo hubiera visto mil veces—. El mar de fondo, el atardecer derramándose, el vaivén sutil del velero que se siente en las líneas curvas.

—Está sin acabar —dice Laia, nerviosa de pronto—. No sé cómo me está quedando.

Jaume no aparta los ojos del lienzo. Sus ojos se abren como platos.

—Es… increíble. No me lo puedo creer.

Ella se encoge de hombros, pero se le nota la emoción en la voz.

—¿Y tú qué tal tu día?

Él suelta una risa corta, cansada pero contenta.

—Fue como el tuyo. Parecía un día complicado, pero al final… bien. Un caso de divorcio muy enredado, mañana juicio. Cosas de la vida.

Se acerca un paso más al cuadro, toca el marco con la punta de los dedos, como si no se creyera que es real.

Laia lo mira de reojo.

—Gracias por el bloc. Por el barco. Por todo.

Jaume se gira hacia ella.

—No, gracias a ti. Por pintar esto. Por venir. Por… existir.

Se quedan callados un segundo. El piso huele a óleo fresco y a mar que aún llevan en la ropa. Ninguno se mueve para encender más luces.

La noche en Barcelona sigue su curso, pero en ese salón pequeño, bajo la lámpara amarilla, algo ha empezado a pintarse de verdad. Y esta vez no es solo un lienzo.

Jaume se ríe bajito mientras coge el teléfono que vibra en su bolsillo. Mira la pantalla y pone los ojos en blanco con cariño.

—Es Griselda —dice, y contesta—. Nen, ¿qué? ¿Cenas en casa? No me apetece, tengo trabajo… un momento.

Pone la mano en el auricular y mira a Laia con una sonrisa traviesa.

—Laia, ¿quieres un crítico de arte imparcial? Mi cuñado Marc es juez. Mejor que este nadie, te lo juro.

Laia abre los ojos como platos.

—No, por Dios, no les vas a hacer venir solo por esto… ¡salir de casa por una tontería, un capricho de una loca artista!

Jaume niega con la cabeza, ya decidido.

—Que va, viven en el piso de abajo. Seguro la conoces, es un calco mío… o yo suyo, es mi melliza. La planta entera es nuestra, herencia de los abuelos que se la veían venir. A Griselda le he hablado de ti esta mañana. El despacho es de la familia, ella es mi procuradora. Todo queda en casa. Y como dice el refrán: no metas en tu vida ni un médico ni un abogado. Pues yo bordo: mi padre abogado, mi madre médico, nosotros abogados por tradición.

Se encoge de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.

—Espera, que a Marc le gusta mucho el arte. Le voy a llamar para que suban. ¿Te importa?

Laia duda, mira alrededor: el piso desordenado, pinceles por el suelo, trapos manchados, el lienzo iluminado por la lámpara como un altar.

—No tengo nada que ofrecer… la casa está hecha un desastre.

—Venga, sí. Les llamo.

En menos de dos minutos tocan al timbre. Jaume va raudo a abrir. Entran Griselda y Marc: ella con el pelo revuelto como el de su hermano pero más largo, sonrisa enorme y ojos curiosos; él más serio, con gafas de montura fina y esa calma de quien ha visto demasiadas sentencias.

—Venid, mirad qué belleza —dice Jaume, casi arrastrándolos al salón.

Griselda se para en seco delante del lienzo.

—¡Collons, nen! ¿Eres tú? —mira a Laia—. Perdona, soy Griselda. Seguro te has cruzado conmigo mil veces en el ascensor. Y este es Marc, mi marido.

Marc se acerca, se ajusta las gafas.

—Ostras… es impresionante. El movimiento del viento en el pelo, la luz en los ojos… ¿lo pintaste nada más llegar?

Laia asiente, un poco abrumada.

—Me está insistiendo que le diga las imperfecciones, y yo no las veo. Marc, ¿miras tú?

Marc se inclina, estudia el lienzo con ojo crítico pero amable.

—Imperfecciones… ¿en serio? La composición es perfecta, el equilibrio entre figura y fondo… la gaviota esa de ahí atrás da profundidad sin robar protagonismo. Si acaso, el azul del mar podría tener un pelín más de variación en la textura, pero es un detalle mínimo. Esto no es un encargo comercial, es alma pura. Está vivo.

Griselda suelta una carcajada

Quereis tomar algo, solo tengo coca-cola y un brik de Don Simon Tinto si quereis hacemos kalimotxo es lo que se me ocurre.

Abre los ojos Griselda como platos.

—Kalimotxo… ¿te acuerdas, Jaume? Aquel día de colonias, a escondidas nos hicimos unos con la gente de la parroquia. Como dice Serrat: “no sabíamos más, teníamos quince años”.

Jaume se ríe.

—¿Te importa? Espera, os hago uno para cada uno.





Va a la cocina, revuelve y encuentra un Don Simón en tetrabrik y una Coca-Cola grande. Sirve en vasos improvisados, mezcla con mano experta, añade hielo.

—Los buenos cánones —dice, guiñando un ojo Laia—. Como en la uni de Bellas Artes.

Les pasa un vaso a cada uno. Griselda da un sorbo y suspira.

—Madre mía, qué nostalgia. Marc, tú no conociste esta época, eras el niño bueno que estudiaba Derecho mientras nosotros nos emborrachábamos con vino barato.

Marc prueba y hace una mueca divertida.

—Sigue siendo un vicio, pero funciona.

Se sientan alrededor del lienzo como si fuera una mesa camilla. La conversación fluye: anécdotas del despacho, historias de la masía que Laia cuenta con más soltura, risas cuando Griselda suelta que Jaume “siempre ha sido el rarito que prefería un libro y un barco a una discoteca”.

Laia empieza a reírse de pronto, un sonido que sale del estómago. Marc, con el vaso a medio camino, se queda congelado.

—¿Qué te hace gracia? —pregunta Jaume.

Laia se tapa la boca, pero no puede parar.

—Ostras… en mis mejores sueños… Marc, no te ofendas, eh. Te acabo de ver con toga, con esa seriedad de juez dictando sentencia… y ahora bebiendo un katxi como los chavales. ¡Es que no cuadra!

Marc procesa, luego suelta una risa profunda que le sacude los hombros.

—Está bueno, ¿eh? —admite—. Pero no lo cuentes, que me destierran. Imagínate el titular: “Juez pillado con tetrabrik y Coca-Cola”. Adiós carrera.

Griselda se parte, se agarra la tripa.

—Menos mal que los papás no están. Imagínate que llegamos a casa y les contamos lo bueno que estaba el kalimotxo. “Mamá, papá, hemos descubierto un nuevo mundo… ¡y es barato!”.

Jaume se une, riendo hasta que le salen lágrimas.

—Marc, ya estáis fuera de la herencia. Los abuelos se revolverían: “¡Un juez bebiendo vino de tetrabrik! ¡Qué vergüenza!”.

Los cuatro se ríen a carcajadas, el piso se llena de un sonido cálido y desordenado que Laia no oía desde hace años. El kalimotxo barato sabe mejor que cualquier botella cara porque está compartido, porque está prohibido y porque nadie lo esperaba.

Cuando las risas se calman, Marc vuelve al lienzo.

—¿Qué vas a hacer con este cuadro, Laia?

Ella se encoge de hombros, aún con la sonrisa residual.

—No lo sé. Mi corredor cada día me gusta menos… me presiona para pintar “lo que vende”. Este no sé si vende, pero es mío.

Marc asiente despacio.

—Haz una cosa: fírmalo. Deja las imperfecciones. Si no estuvieran, no sería tuyo. Y si me das libertad, hablo con un galerista amigo mío. Es buena gente, nos conocemos de años. Lo expones. Una vez acabada la exposición, haces lo que quieras: lo vendes, lo guardas, lo quemas si te da la gana.



Laia lo mira, dudando. Suena como un “sí” desganado, por probar.

—Vale… suena bien.

Griselda le da un codazo suave a su hermano.

—Es buena gente, Laia. Te lo juro. Marc no te lo diría si no estuviera seguro.

Laia coge un pincel limpio, lo moja en negro y, delante de ellos, firma abajo: solo “Laia”. Letras claras, sin florituras.

—Solo Laia —dice en voz baja—. Mi madre me dijo que no me escondiera detrás de un seudónimo como ella. Que firmara como yo.

Los tres la miran con orgullo silencioso. Jaume le pone una mano en el hombro, breve pero cálido.

Se está haciendo tarde. Griselda mira el reloj.

—Cada mochuelo a su olivo, que mañana tenemos que madrugar y fingir que somos adultos responsables.

Se levantan. Griselda le da un beso en la mejilla a Laia.

—Gracias por la noche, vecina. Y por el cuadro. Es precioso.

Marc le da otro beso, más formal pero sincero.

—Estaremos en contacto. O se lo digo a Jaume para que te lo comunique él.

Jaume se queda el último. Cuando los otros ya están en la puerta, se gira hacia ella.

—Gracias por hoy. Por todo. El bloc está en el barco, el cuadro aquí… y yo… ya sabes dónde vivo. Un piso más abajo.

Laia sonríe, cansada pero feliz.

—Buenas noches, Jaume.

Él asiente, cierra la puerta con suavidad.

Laia se queda sola en el salón. El lienzo firmado brilla bajo la lámpara. El kaliotxo aún sabe en la boca, las risas resuenan en las paredes. Por primera vez en años, el piso no le parece vacío.

Se sienta en el suelo, de espaldas al cuadro, y respira hondo.

Mañana será otro día: juicios, pinceles, quizás una llamada de un galerista. Pero esta noche, por fin, siente que ha empezado a pintar su propia vida.

Y no hay imperfecciones que valgan. Solo hay ella, el lienzo y las personas que, sin pedir permiso, se han quedado a mirar.

Y eso, también, es arte.

Laia decide exponer el cuadro. Se lo dice a Jaume una mañana en el portal, cuando se cruzan de nuevo —ya van por el tercer día consecutivo en que sus horarios parecen sincronizarse sin querer—. Él baja las escaleras con la carpeta del despacho bajo el brazo, ella sube con una bolsa de pinceles y lienzos pequeños. Se paran en el rellano, como siempre.

—He decidido exponerlo —le dice ella, casi en un susurro—. El cuadro tuyo. El de la cubierta. Marc habló con su amigo galerista y… sí. Lo voy a llevar.

Jaume se queda quieto un segundo, luego sonríe de esa forma lenta que le sale cuando algo le toca dentro.

—Me alegro. Mucho. Va a gustar, Laia. Y si no gusta… pues que se jodan. Es tuyo.



Se ríen bajito. Cosas curiosas: cada día tropiezan más en la escalera, en el portal, en el ascensor que a veces se para entre plantas como si conspirara. Un día entran los dos hermanos al mismo tiempo que ella. Griselda, con su energía de huracán controlado, los mira a los dos y suelta una carcajada.

—Caramba, de no veros a tropezar a diario… Esto tiene su misterio, ¿verdad? Es para hacérselo mirar.

Jaume pone los ojos en blanco, pero se le nota el rubor en las orejas.

Griselda se gira hacia Laia, con los ojos brillantes.

—Laia, no me harías un cuadro para mí, ¿dime? Cobrar vas a cobrar, eh, no te preocupes. Solo dime.

Laia se queda pensando un segundo, luego sonríe.

—Tengo una idea. Os vi muy enamorados a ti y a Marc. ¿No te apetecería compartir un cuadro con él? Los dos juntos.

Griselda abre los ojos como platos, encantada.

—¡Qué buena pensada! Se lo comentaré a Marc ahora mismo. Pero solo pongo una condición: hacer el esbozo en un lugar natural donde queráis. En un estudio no, que es muy frío.

Laia asiente.

—Mandadme una foto de los dos y yo en el estudio haré lo que pueda.

Griselda niega con la cabeza, ya sacando el móvil.

—No, no, eso no. Un segundo, voy a llamar a Marc. Tiene que estar en el despacho ahora.

(Mientras marca, Laia no puede evitar reírse por dentro: Griselda es mandona de manual, lleva a los dos hombres de la casa como marionetas a su antojo. A Marc lo tiene enfilado, a Jaume lo regaña como a un niño grande. Y a ella le hace gracia, porque ve que detrás de ese mando hay cariño puro.)

—Marc, habla con tus padres a ver si van a ir a Port de la Selva este fin de semana. Si no van, nos vamos nosotros. Luego te cuento.

Cuelga, mira a Jaume con cara de “no hay discusión”.

—Jaume, aféitate. Ves, Laia, estas cosas se las tendrías que decir tú, que te haría más caso.

Laia se pone roja al instante.

—Griselda… tu hermano y yo no tenemos nada. Es más, un chico con su cultura, con una bucólica como yo… Yo no llamo la atención a nadie. Quiero estar segura de que cuando me enamore sea de por vida. Mi madre… de una aventura nací yo. Y me dijo: “Lo mejor de este polvo mal echado fuiste tú”. No quiero eso para nadie.

Griselda la mira con ternura, le pone una mano en el brazo.

—Tontearías, ya verás. Cuando encuentres el amor, nadie puede hacerte nada. Eres muy maja y con un gran corazón. No te compares con nadie.

Luego cambia de tema, como si nada.

—¿Qué estás pintando ahora, Laia?

—Un paisaje que vi desde el velero. Me impactó mucho. El mar al atardecer, con esa luz que se rompe en las olas y las montañas al fondo como si flotaran.

Griselda se ilumina.

—¿Puedo ir a tu casa y verlo? Me lo permites… Así dejo trabajando en silencio a mi hermano. Jaume, tengo un caso muy complicado y cada día va a más. Se me va a enquistar, como siga así.

Jaume suspira.

—¿Cuál, la del divorcio?

Griselda asiente.

Laia interviene.

—Sí, me lo comentó tu hermano en el taxi.

Griselda arquea una ceja, divertida.

—¿Ah? Pensaba que había sido por WhatsApp. No sé su número de teléfono de el, ni creo que él el mío tampoco.

Jaume y Laia se miran un segundo, y los dos se ríen por lo bajo. Es verdad: nunca se han intercambiado números. Todo ha sido portal, escalera, casualidades.

Griselda se despide con un beso a cada uno.

—Hasta luego, reina. Luego me paso. ¿Vas a tardar mucho?

—No. Voy a comprar algo para cenar y a casa a acabar el cuadro.

Se va escaleras abajo, dejando a los dos solos en el rellano. Jaume mira a Laia.

—¿Quieres que suba luego? A ver el paisaje ese. O… a cenar, si te apetece.

Laia duda solo un instante.

—Vale. Sube cuando quieras. Haremos kalimotxo..

Él sonríe.

—No queda. Pero compro vino de verdad. O tetrabrik, si prefieres la nostalgia.

Ella se ríe, entra en su piso y cierra la puerta despacio.

Dentro, el lienzo del paisaje del velero está a medio camino: olas que se rompen en blanco y azul, el sol hundiéndose, y en primer plano, casi imperceptible, una silueta pequeña en cubierta con los brazos abiertos. Como ella aquel primer día.

Se sienta frente al caballete, coge el pincel y sigue pintando. No sabe si el cuadro es solo un paisaje… o un recuerdo que empieza a tener forma.

Y por primera vez, no le da miedo que tenga forma humana.

Griselda sube las escaleras con paso decidido, pero sin el habitual torbellino de órdenes. Lleva una sonrisa traviesa que no acaba de esconder del todo, y en la mano solo el móvil, nada más. No viene por el cuadro del paisaje —eso es la excusa perfecta—, viene a hacer de celestina discreta, de esas que actúan como si nada mientras mueven los hilos con maestría. A ella el arte le aburre soberanamente (prefiere un buen juicio con testigos contradictorios a un lienzo abstracto), pero en los ojos de Laia ve algo que le parece noble: una mezcla de vulnerabilidad y fuerza que le recuerda a cuando ella misma era más joven y se enamoraba sin permiso.

Suena el timbre. Laia abre, con las manos aún manchadas de óleo y un trapo colgando del bolsillo de los vaqueros.

—Hola, reina —dice Griselda, entrando como si fuera su casa—. Enséñame este cuadro que me tienes loca.









Laia la lleva al salón. El lienzo del paisaje del velero está apoyado contra la pared, aún húmedo en algunos puntos: el mar revuelto bajo la tramontana que se avecina en el horizonte pintado, las montañas del Cap de Creus flotando como si fueran nubes bajas, y en primer plano esa silueta diminuta con los brazos abiertos que ya no es solo un detalle, sino el centro invisible de todo.

Griselda se acerca, cruza los brazos y abre los ojos como platos.

—Joder… parece una foto. No, mejor: parece que estás dentro. Esto lo tiene que ver Marc, te lo juro. Yo sinceramente, entre tú y yo… me aburre un poco el arte. No lo entiendo, me pasa igual con la ópera. Pero él siente pasión de verdad. Cuando ve algo así, se le ilumina la cara como a un niño con un juguete nuevo.

Se gira hacia Laia, bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto.

—Te comento: llévate ropa de abrigo, que sopla tramontana fuerte este fin de semana. Vamos en nuestro coche, el de mi hermano es para pitufos. Imagínate: yo metro ochenta y cinco, Marc metro noventa y cinco… vamos a algún juzgado y detrás no cabe nadie. En el mío entramos todos cómodos, con maletas y sin dramas.

Laia se echa a reír, imaginando la escena.

—Vale, maleta entonces. Jaume me gustó la idea de la mochila, pero para tramontana mejor no jugársela.

Griselda asiente, satisfecha, y añade con un guiño:

—Jaume… sí, ese también necesita una maleta decente. Le diré que se afeite y que no lleve la sudadera gris esa que parece de náufrago. Aunque… a ti te queda bien en el cuadro, ¿eh?

Laia se pone roja hasta las orejas, pero no puede evitar sonreír.

—No empieces, Griselda.

—No empiezo, reina. Solo observo. Y observo que os tropezáis mucho últimamente en el portal. Y que cuando habláis, el aire cambia un poquito. Como cuando entra corriente fresca por una ventana abierta.

Se acerca un paso, baja la voz aún más.

—Mira, no soy de meterme donde no me llaman… pero Marc y yo hemos hablado. Le gusta de verdad el arte, pero sobre todo le gusta ver a su cuñado feliz. Y Jaume… Jaume lleva años navegando solo, literal y figurado. Tú has aparecido con un pincel y un lienzo, y de repente el barco tiene dos mochilas en vez de una. Eso no es casualidad.

Laia mira el suelo un segundo, luego levanta la vista.

—No sé si estoy lista para… lo que sea. Mi madre me advirtió de los hombres que “van a lo que van”. Y yo… quiero que sea de por vida, si llega. No un polvo mal echado del que salga algo bonito por casualidad.

Griselda le pone una mano en el hombro, suave pero firme.

—Y eso es lo que te hace especial. No te apresures. Pero no te cierres la puerta. Este fin de semana en Port de la Selva va a ser para pintar a Marc y a mí, sí… pero también para que el viento te quite un poco el miedo. Y si sale algo más… pues que salga. La tramontana limpia todo, reina.

Se queda callada un momento, luego sonríe de oreja a oreja.

—Venga, prepara esa maleta. Salimos el viernes por la tarde. Yo conduzco, Marc va de copiloto gruñón, Jaume atrás contigo y tus pinceles. Y si hace falta, le digo a mi hermano que se siente derecho y no te mire como un bobo todo el camino.

Laia se ríe, esta vez de verdad.

—Eres imposible.

—Soy melliza. Vengo de serie con el paquete completo: mandona, intuitiva y un poquito celestina.

Le da un beso en la mejilla y se va hacia la puerta.

—Te mando la ubicación de la casa en Port de la Selva. Y una foto de Marc y mía para que vayas pensando el esbozo. Pero acuérdate: natural, sin estudio. En la playa, con tramontana, con el mar de fondo. Que se note que estamos vivos.

Laia asiente, todavía riendo.

—Hecho.

Griselda sale, pero antes de cerrar la puerta se gira una última vez.

—Y Laia… gracias por pintar. No solo el cuadro. Gracias por pintar a mi hermano un poquito más feliz.

La puerta se cierra. Laia se queda sola, mirando el lienzo del velero. Coge el pincel, añade un detalle más: en la silueta de cubierta, ahora se ve que lleva una mochila al hombro. Pequeña, pero ahí.

Prepara la maleta despacio. Ropa de abrigo, pinceles, bloc, un par de lienzos en blanco. Y, sin saber por qué, mete también la sudadera gris que Jaume le prestó en el barco.

Por si refresca.

O por si hace falta recordar que el mar, a veces, trae cosas que uno no esperaba.

Prefiere llevar un gran bloc de carboncillo, no lienzos pesados. Quiere sacar esbozos rápidos, líneas que capturen el alma del momento, y que ellos decidan después si se transforma en cuadro o se queda como un secreto en papel. En la mente tiene un montón de paisajes e imágenes que bullen: el mar enfurecido por la tramontana, las rocas del Cap de Creus como guardianes antiguos, parejas que se abrazan contra el viento como si el mundo entero fuera un lienzo vivo. Va ilusionada, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho, pero con miedo también: miedo a que el pincel traicione, a que el amor ajeno sea más fácil de dibujar que el propio, a que Jaume esté tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Llegan a Port de la Selva al atardecer del viernes, con la tramontana ya susurrando promesas de olas altas y cielos limpios. La casa es un pedazo de sueño: una masía modernizada en lo alto de una colina, con vistas sin desperdicio al golfo de Roses, donde el mar se funde con el cielo en un horizonte que invita a perderse. Ventanales enormes que capturan la luz del atardecer, un jardín con olivos retorcidos y, al fondo, un sendero que baja directo a una cala escondida. Solo hace que Laia quiera pintar más: paisajes que no sean solo mar y montaña, sino el latido de la vida que respira en ellos.

Sin quererlo —o queriéndolo más de lo que admite—, como hizo con el cuadro de Jaume, coge su mano. Es un gesto instintivo, como el de una niña que descubre un tesoro y no puede guardárselo. Lo lleva a rastras por el jardín, tirando de él con una alegría que le sale del alma.

—Mira, Jaume, qué bonito… ¡Mira allí! El sol se está hundiendo justo detrás de las rocas, como si el mar lo estuviera bebiendo gota a gota.

Jaume se ruboriza hasta las orejas, se queda quieto un segundo, con la mano cálida en la de ella y el corazón acelerado como si fuera la primera vez que alguien lo arrastra hacia algo tan simple y tan grande. Griselda, desde el porche con Marc a su lado, coge las palmas de las manos y les hace señales disimuladas, como si los empujara con mímica: Venga, que esperas, no tienes ojos en la cara.

Marc mira a Griselda con una ceja arqueada, esa mirada de “¿qué has tramado ahora?” que solo un marido de años entiende.

Griselda le susurra, sin apartar la vista de los dos:

—Ya lo sé, no digas nada. Vive el momento. Míralos… parecen de una película antigua, con el viento revolviéndoles el pelo y el mar de fondo. Si no se besan esta noche, me como el bloc entero.

A la mañana siguiente toca el esbozo. La tramontana ha amainado un poco, dejando un aire fresco que huele a sal y a pino. Bajan a la cala, con el gran bloc bajo el brazo de Laia, carboncillos en una caja vieja y una manta extendida sobre la arena. Les dice a la pareja:

—Aquí no hay nadie. Sed naturales. Olvidaos de mí, como si estuviera dibujando conchas o algo.

Marc está un poco más frío al principio, más tenso: cruza los brazos, mira el mar con esa rigidez de quien está acostumbrado a que lo observen en salas de juicios, no en momentos robados. Griselda le da un codazo suave, pero Laia no puede aguantar más. Deja el carboncillo un segundo y se acerca, con voz suave pero firme, como la de alguien que entiende el miedo a ser visto.

—Olvídate de que eres juez, Marc. Nosotros no miramos, te lo juro. Impónte en tu intimidad. ¿Qué le harías ahora? ¿La besarías? ¿La abrazarías? ¿Le hablarías al oído, como si el mundo entero se hubiera parado solo para vosotros? Tienes que desinhibirte. Verdad, Jaume… nosotros no estamos. Estáis solos en la intimidad.

Griselda se ríe, una risa ronca y cariñosa, y le coge la cara a Marc con las dos manos, como si fuera un niño grande.

—Venga, amor. Hazme caso a mí, que te conozco.

Y le planta un beso que es puro fuego: profundo, lento, de esos que borran el ruido del mundo. Marc se derrite al instante, las manos le suben a la cintura de ella, el cuerpo se relaja como si hubiera estado esperando ese permiso toda la vida. Ya no está tenso; está vivo, envuelto en ella.

De golpe se oye un grito ahogado —Jaume, que se ha asustado al ver un cangrejo salir de la arena a sus pies—. Todos se sorprenden, se giran, y Laia aprovecha el instante: Así, así, quietos como estabais.

Empieza a dibujar con furia contenida, el carboncillo volando sobre el papel: líneas suaves para el abrazo, sombras profundas para el beso en el cuello, el viento que les revuelve el pelo como un testigo invisible. Jaume se acerca, se sienta a su lado en la manta.

—Ven aquí, ayúdame —le dice ella, sin levantar la vista—. No sé qué tengo que hacer… ayúdame a capturarlo.

Él duda un segundo, luego asiente.

—A ver… ¿así? —Saca el móvil del bolsillo, enfoca con cuidado y echa una foto rápida del momento: Griselda con la cabeza echada atrás, riendo bajito contra el hombro de Marc, él besándole el cuello con una ternura que parece eterna.

Laia lo mira un instante, con los ojos brillantes.

—Así, mi rey. Así. Luego me las pasas, es lo que necesito.

Sus manos están llenas de carboncillo, manchadas como si el mar mismo las hubiera tocado. Sigue dibujando: Queda poco para acabar el esbozo. Les dice que ya casi está, que se pueden relajar. Jaume le ha ayudado con la foto del momento, y eso le da alas. Sus dedos no paran, trazan curvas que son suspiros, sombras que son abrazos.

Jaume alucina en silencio: es precioso lo que ve, no quiere romper el encanto de la sorpresa. Les pide que no se acerquen, que no le gusta que espíen el proceso —Ya lo veréis, queda poco—.

Y de golpe, se oye un “ya está”, como un suspiro aliviado. Lo miran, y es precioso. Mejor que un cuadro: un esbozo vivo, con el beso congelado en negro y gris, el cuello de Griselda arqueado en una curva perfecta, las manos de Marc protegiéndola como si el viento pudiera llevársela.

La arena, el mar al fondo, el amor que se nota en cada trazo, como si Laia hubiera dibujado no solo cuerpos, sino el latido que los une.

Marc alucina, se queda sin palabras un segundo, con los ojos húmedos.

—Es… Dios, Laia. Es nosotros. De verdad.

Griselda le da un beso en la mejilla, luego otro a Laia.

—Precioso, reina. Me has hecho llorar un poquito, ¿sabes? Nadie nos había visto así.

Jaume se siente orgulloso, con el pecho hinchado como si hubiera pintado él mismo.

—Por favor, esto no se merece un cuadro. Puedes dejarlo así, tal cual. Es perfecto.

Marc se ríe, rompiendo la emoción con un guiño.

—Mira que si lo enseñamos en familia… nos van a decir cochinotes. “¡Los señores jueces en plan romántico! ¡Qué escándalo!”.

Se ponen a reír todos, una risa que alivia el nudo en la garganta y hace que el sol de mediodía parezca más cálido. Vamos a lavarnos las manos y a comer aquí al lado, dice Griselda, y se van juntos por el sendero de la cala, charlando de tonterías para no decir lo obvio: que el esbozo ha capturado algo sagrado.

Ellos van delante, Griselda tirando de Marc como siempre. Jaume y Laia detrás, en silencio un rato. En un momento dado, Jaume acerca su mano a la de ella, despacio, como si temiera que se evaporara. Espera un rechazo —un paso atrás, una excusa suave—, pero lo que hace Laia es cogerla más fuerte aún, entrelazando los dedos con una certeza que le sale del alma. El carboncillo mancha un poco la piel de él, pero no le importa; es como si el arte los uniera de golpe.

Y de los labios de Laia brota un “gracias, mi rey”, tan bajito que parece un secreto para el viento. No es solo por la foto, no es solo por el esbozo. Es por la mano que no suelta, por el miedo que se disuelve en ese apretón, por el momento que, como el beso de Griselda y Marc, se siente eterno aunque sea fugaz.

Jaume aprieta un poco más, el corazón latiéndole como las olas contra las rocas.

—No me des las gracias —susurra—. Gracias a ti. Por arrastrarme a mirar el mar. Por no soltar.

Siguen caminando así, manos unidas, el sol calentándoles la espalda y el futuro abriéndose como un lienzo en blanco. No hay prisa por pintarlo. Solo hay ellos, el camino de arena y la certeza de que, esta vez, el amor no será un polvo mal echado.

Será un trazo perfecto.

Griselda se gira levemente en el sendero, sin soltar la mano de Marc, y ve la escena: Laia y Jaume caminando detrás, manos entrelazadas, el carboncillo aún manchando los dedos de ella como un tatuaje temporal del momento. Aprieta la mano de Marc con fuerza, un apretón que dice todo sin palabras.

—Esto va bien —le susurra, con una sonrisa que le ilumina la cara—. Ni hecho a posta. Son clavados, hechos uno para el otro. Míralos… parecen sacados de una postal antigua, con el mar de fondo y el viento revolviéndoles todo.

Marc asiente despacio, sin dejar de mirar a su cuñado.

—Calla, que si se enteran nos matan. Pero sí… va bien.

Llegan a la casa. La tramontana ha dejado el aire limpio y fresco, y la luz del atardecer entra por los ventanales como oro líquido. Griselda entra la primera, se quita las zapatillas de un puntapié y se convierte en sargento mayor sin esfuerzo.

—Venga, a la ducha todos. Afeitados y limpios. Primero nosotras, que tardamos más. Vosotros esperad turno como buenos soldados.

Jaume y Marc se miran, resignados pero divertidos. Se sientan en el salón con una cerveza cada uno, esperando mientras oyen risas y el ruido del secador desde el baño principal.

Griselda y Laia entran en el cuarto de baño amplio: dos espejos grandes, uno para cada una, luces cálidas, toallas blancas dobladas como en un hotel. Griselda se pone a peinarse con calma, cepillo en mano, mientras Laia se seca el pelo rápido: un mechón por aquí, otro por allá, ya está. Se mira al espejo, se encoge de hombros.

Griselda la ve y frunce el ceño.

—No puede ser. Siéntate aquí.

Laia se queda acojonada.

—¿Qué?

—Te gustan las trenzas, ¿sabes? Si no te gustan, te fastidias.

Laia se sienta en el taburete, un poco nerviosa, pero deja hacer. Griselda coge cepillos, secador, horquillas. Le desenreda el pelo con paciencia, separa mechones, trenza con dedos hábiles: una trenza suelta que cae por el hombro, otra más apretada que enmarca la cara, un recogido flojo pero elegante que deja mechones sueltos jugando con el viento. Luego un toque de colorete, un poco de máscara, un brillo en los labios.

Cuando termina, agarra la cara de Laia con las dos manos, suave pero firme, y le planta un beso grande en la frente.

—Eres preciosa, Laia. Preciosa de verdad.

Laia se ruboriza hasta las raíces del pelo.

—No será para tanto…

—Ven, cielo, mírate.

Laia se levanta y se mira al espejo. No se reconoce del todo: el pelo enmarcándole la cara, los ojos más grandes, la sonrisa tímida que le sale sin permiso. Griselda se pone detrás, le pone las manos en los hombros.

—Hoy no va a entrar por la puerta. Cógelo del brazo como si fueras al baile. Verás… tendremos que ir a por una fregona para secar la baba del suelo.

Laia se ríe, nerviosa.

—No será para tanto.

—Ya verás.

Salen del baño. Ellos están esperando en el salón: Jaume con camisa limpia y el pelo aún húmedo, Marc con chaqueta ligera y esa calma de siempre. Marc hace una señal dando golpecitos al reloj.

—Vamos tarde.

Griselda le hace callar con un gesto.

—Cállate, que ahora empieza lo bueno.

Laia sale detrás, ruborizada, peinada y pintada por Griselda. Sale despacio, como si temiera romper algo. Y de golpe, como un coro sincronizado, los dos hombres sueltan al unísono:

—Oh… uf.

Jaume se queda paralizado, los ojos abiertos, la boca entreabierta. Marc arquea una ceja, pero se le escapa una sonrisa.



Laia se pone aún más roja, baja la vista un segundo. Griselda le alarga la mano.

—Dámela, que quiero que vean lo guapa que eres.

Laia se la da. Griselda la lleva del brazo hasta el centro del salón, como si presentara una obra de arte.

—Miraosla bien, idiotas. Esta es Laia. Y hoy va a entrar al restaurante como una reina.

Jaume no aparta los ojos de ella. Se acerca despacio, le tiende el brazo.

—¿Me permites?

Ella asiente, le coge del brazo. Siente el calor de él a través de la camisa, el pulso acelerado que late en su muñeca. Se siente como si volara, como si estuviera soñando y no quisiera despertar.

Cada pareja coge el brazo del otro: Griselda y Marc delante, riendo bajito; Laia y Jaume detrás, en silencio al principio. Salen al coche, pero el camino hasta el restaurante parece eterno y corto a la vez. Jaume no cabe en sí: siente orgullo puro, un orgullo que le hincha el pecho y le hace sonreír sin motivo. Cuando entran al restaurante —un sitio pequeño con vistas al mar, mesas con velas y olor a pescado fresco—, los ven a los dos cogidos del brazo: felices, enamorados sin decírselo, como en un cuento que nadie ha escrito todavía.

Griselda mira de reojo, orgullosa como una madre que ve a sus hijos crecer. Marc, a lo suyo, pero mirando de reojo también, con esa media sonrisa que dice “lo sabía”.

Se sientan a la mesa. Jaume aparta la silla de Laia con un gesto casi reverente. Ella se sienta, y cuando él se coloca a su lado, sus rodillas se rozan bajo la mesa. Ninguno se aparta.

Griselda levanta la copa de vino blanco que acaban de servir.

—Por el arte —dice, mirando a Laia—. Por el mar. Y por las casualidades que no son casualidades.

Todos brindan. Las copas tintinean. Jaume mira a Laia un segundo más de lo necesario.

—Estás… preciosa —susurra, solo para ella.

Ella baja la vista, sonríe.

—Gracias a tu hermana. Y gracias a ti… por mirarme así.

Él le coge la mano por debajo de la mesa, entrelaza los dedos. No dice nada más. No hace falta.

La tramontana sigue soplando fuera, pero dentro, en esa mesa con vistas al mar, el viento ya no asusta. Solo trae promesas.

Y Laia, por primera vez en mucho tiempo, siente que puede volar sin caerse. Porque alguien la está sosteniendo del brazo, y no piensa soltarla.

La cena es en un restaurante pequeño y acogedor en Port de la Selva, con mesas de madera oscura, velas que parpadean en tarros de cristal y vistas directas al mar negro que susurra contra las rocas. El viento de tramontana ha amainado lo justo para que el ambiente sea íntimo, casi mágico. Las parejas se sientan en una mesa redonda junto a la ventana: Griselda y Marc frente a frente, Laia y Jaume uno al lado del otro, tan cerca que sus hombros se rozan con cada movimiento.

La comida avanza entre risas y anécdotas, pero poco a poco el ruido de los demás se va apagando para ellos dos. Jaume no puede dejar de mirarla: el pelo trenzado por Griselda, los mechones sueltos que el viento de la cala ha dejado rebeldes, el brillo en los ojos que no es solo del vino. Laia siente su mirada como una caricia y, en un momento de silencio entre platos, se inclina hacia él, le roza la oreja con los labios y susurra, tan bajito que solo él lo oye:

—Tengo miedo… mucho miedo.





Le sale del alma, crudo y honesto, como si hubiera estado guardando esas palabras toda la noche. Jaume se queda quieto un segundo, el corazón le da un vuelco. Sin pensarlo, gira la cara, le planta un beso suave en la sien, y le responde al oído, con voz ronca de emoción:

—No lo tengas. Estás conmigo. Yo te protegeré.

Laia cierra los ojos un instante. Con la mano libre le acaricia la nuca, los dedos hundiéndose un poco en el pelo húmedo aún de la ducha, y le planta un beso flojo, lento, en la comisura de los labios. Luego, al oído, casi un suspiro:

—Gracias…

Unas gracias tímidas, temblorosas, como si le costara creer que alguien le dijera algo así y lo dijera de verdad.

Griselda y Marc no pierden puntada. Están sentados enfrente, fingiendo hablar de la carta de postres, pero Griselda saca el móvil con disimulo, encuadra rápido y saca una foto: los dos cabezas juntas, manos entrelazadas bajo la mesa, la vela iluminando sus perfiles. Le manda el WhatsApp a su madre con un solo mensaje: “Mira esto. Tu hijo por fin se ha enamorado. Y bien”.

Marc le da un codazo suave.

—Vas a alucinar… esta faceta no la conocen de su hijo.

No tarda ni treinta segundos en sonar el teléfono de Griselda. Es la madre, en videollamada.

—Nena, lo que veo… ¿es verdad? ¿Jaume? ¿Quién es? ¿Quién me imagino?

Griselda sonríe de oreja a oreja.

—Sí, mamá. Es Laia, la vecina pintora. La que te conté. Han llegado bien, ¿verdad?

¿Quieres hablar con él?

Jaume, que ha oído el tono, se pone pálido y niega con la cabeza, horrorizado.

—No, no es posible… tú no…

Griselda pone cara de inocencia.

—¿Yo qué?

Marc se hace el loco, levanta la mano al camarero.

—¿Postres, verdad?

La madre sigue en la pantalla, emocionada.

—Mañana me cuentas todo cuando llegues a casa. Me estás llamando… una ya no puede salir de casa sin que pasen cosas. Parecéis niños chicos.

Laia está colorada como un tomate, Jaume igual. Marc estalla en carcajadas, se dobla un poco sobre la mesa.

Griselda cuelga con un beso sonoro a la pantalla y mira a su hermano con picardía.

—Te has metido en un buen lío, nen.

Laia se inclina otra vez hacia Jaume, esta vez con la voz más pequeña, casi rota:

—Ahora sí… no miedo. Tengo pánico.

Jaume ya no tiene nada que perder. La mira con una ternura infinita, le coge la cara con las dos manos, como si fuera de cristal, y le susurra al oído, rozándole la piel con los labios:

—No temas, mi princesa.



Brotan unas lágrimas de los ojos de Laia, silenciosas, que resbalan por las mejillas. Griselda lo ve al instante.

—Voy al baño. Laia, vente conmigo, que se te ha corrido el rímel. Deja que te lo ponga bien.

La coge del brazo con delicadeza. Laia se levanta, andado como mareada, aturdida pero con una elegancia natural que no sabe que tiene. Griselda la pasea por el pasillo del restaurante, no con prisa, dejando que el mundo las vea: dos mujeres radiantes, una con trenzas y maquillaje fresco, la otra con el brillo de quien acaba de ser besada en el alma.

En el baño, Griselda le retoca el rímel con cuidado, le seca las lágrimas con un pañuelo de papel.

—Esta es tu noche. Vívela.

Le planta un beso en la mejilla, fuerte y cariñoso.

Salen igual que entraron: con cara de felicidad pura, cogidas del brazo.

Vuelven a la mesa. Jaume se levanta al verlas, le aparta la silla a Laia con un gesto casi reverente. Se sientan. Acaban de comer en un silencio cómodo, interrumpido solo por risas suaves y miradas que no necesitan palabras.

Pagan, salen al fresco de la noche. El camino de vuelta a casa se hace eterno y corto a la vez: no andan, flotan. Jaume y Laia delante ahora, cogidos del brazo, los pasos sincronizados. Griselda y Marc detrás, dejando espacio.

Llegan a la casa. Se sientan los dos en el porche, bajo la manta que Jaume coge del salón. La abriga con cuidado, la abraza por detrás, la espalda de ella contra su pecho, las manos entrelazadas sobre el estómago de Laia. El mar susurra abajo, las estrellas parpadean como testigos mudos.

Griselda, desde dentro, pasa el parte a la madre por WhatsApp otra vez:

“Quieres ver una cosa? Ve a la sala de exposiciones de Roger y busca un cuadro de un velero. Ella está detrás. Luego me dices.”

Envía la foto del cuadro de Jaume que Laia pintó. La respuesta llega al instante: un audio de la madre, voz temblorosa de emoción.

“Nena… es precioso. Y él… mi niño… se ve tan feliz. Dile a Laia que la quiero conocer ya. Y que cuide de mi hijo, que se lo merece.”

Griselda sonríe, guarda el móvil y mira por la ventana del salón: su hermano y Laia en el porche, abrazados bajo la manta, mirando el mar como si el mundo entero cupiera en ese gesto.

Se gira hacia Marc, que la abraza por detrás.

—Creo que esta vez sí —susurra ella.

Marc le besa la sien.

—Esta vez sí.

Y en el porche, Jaume aprieta un poco más a Laia contra su pecho, le susurra al oído:

—No hay prisa, mi princesa. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Laia cierra los ojos, apoya la cabeza en su hombro y murmura:

—Contigo… sí.

La tramontana sopla suave ahora, como una caricia. Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos siente miedo. Solo calor, solo certeza, solo el comienzo de algo que ya no necesita palabras para ser real.



El porche de la masía en Port de la Selva está envuelto en la quietud de la noche. La tramontana ha caído casi del todo, dejando solo un susurro fresco que mueve las hojas de los olivos y trae olor a sal y a resina. Las estrellas brillan como si alguien las hubiera encendido una a una para ellos. Jaume y Laia están sentados en el banco de madera, la manta gruesa cubriéndoles las piernas y los hombros. Él la abraza por detrás, el pecho contra su espalda, la barbilla apoyada en su hombro. Ella tiene las manos sobre las de él, entrelazadas, como si temiera que se soltaran.

Hay un silencio largo, de esos que no pesan. Solo el mar lejano y el latido compartido.

Laia rompe el silencio primero, con voz baja, casi un murmullo.

—Estos días… me han hecho recordar mucho.

Jaume no dice nada. Solo aprieta un poco más el abrazo, invitándola a seguir.

—Desde que murió mi madre… me refugié en la pintura. Era lo único que me quedaba de ella. Los domingos, cuando los demás celebraban Navidad con familia, luces, risas y cenas largas… yo pintaba. Pintaba sola en el piso, con la ventana abierta para que entrara el frío, porque el calor me recordaba demasiado a la masía cuando ella estaba. Pintaba hasta que se me dormían las manos. Pero no era ilusión, Jaume. Era supervivencia. Llegó un punto en que… no tenía inspiración. No tenía ganas de vivir. Los colores se me volvían grises. Todo era gris. El lienzo, el cielo, yo misma. Me sentaba frente al caballete y no salía nada. Solo manchas que no decían nada. Y me preguntaba si alguna vez volvería a sentir algo que no fuera vacío.

Una lágrima se le escapa, lenta, resbalando por la mejilla hasta caer en la mano de Jaume. Él la nota, caliente contra su piel.

Ella respira hondo, temblorosa.

—Y apareciste tú.

Jaume cierra los ojos un segundo, como si esas palabras le hubieran tocado algo muy dentro.

—Algo pasó en el velero… No sé explicarlo. Fue el primer día, cuando abrí los brazos en proa y el viento me golpeó la cara. De repente, el gris se rompió. Vi azul. Vi dorado en el sol. Vi olas que no eran solo agua, eran vida moviéndose. Y tú estabas allí, mirándome sin pedir nada. Sin juzgar. Solo… estando. Y desde entonces, no he vuelto a ver solo grises. Contigo… veo colores que ni sabía que existían.

Otra lágrima cae. Jaume la seca con el pulgar, suave, reverente. Le acaricia el pelo, deslizando los dedos por las trenzas que Griselda le hizo, deshaciéndolas despacio, como si quisiera liberar algo que llevaba demasiado tiempo atado.

Se inclina hacia su oído, la voz ronca de emoción contenida.

—Te quiero, Laia.

Las palabras salen simples, sin adornos, pero pesadas de verdad.

—No te vas a estar sola nunca más. No mientras yo respire. Te lo prometo.

Laia se gira un poco en sus brazos, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Las lágrimas brillan bajo la luz de la luna, pero no son de tristeza. Son de alivio, de algo que se rompe y se reconstruye al mismo tiempo. Levanta la mano, le toca la mejilla, y murmura:

—Gracias por llegar.

Se besan despacio, un beso que sabe a sal, a vino de la cena, a promesas que no necesitan testigos. No es apasionado; es tierno, profundo, como si se estuvieran curando las heridas mutuamente con los labios.





Jaume la abrazó por detrás, suave.

—Solo Laia —susurró.

Ella se giró, le besó despacio, con los ojos cerrados.

—No —dijo—. Ya no estaba sola.

El mar seguía lejos, pero su rumor estaba dentro. Y por primera vez, la soledad no era vacío. Era espacio para dos.

Solo Laia… ya no tan sola y ya no pintaba sola. Y eso bastaba.

Se separan, pero no se sueltan. Se quedan así, abrazados bajo la manta, mirando el mar negro que respira al mismo ritmo que ellos.

Al cabo de un rato, se oyen pasos dentro de la casa. Griselda asoma la cabeza por la puerta corredera del salón, con una sonrisa suave.

—¿Qué, tortolitos? ¿Nos vamos a dormir o qué?

Jaume y Laia se miran, se ríen bajito.

—Vamos —dice él.

Entraron en el comedor. Griselda ya estaba recogiendo las copas vacías de la mesa, Marc apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Mañana bajamos tarde a Barcelona —anuncia Griselda, como si fuera una orden pero con cariño—. La mañana va a ser para nosotros. Nada de prisas. Desayuno largo, playa si no hace mucho frío, y luego ya veremos.

Marc sonríe.

—Y el Barça juega. Gol en el Molinón, empate. Ya lo has visto.

Griselda pone los ojos en blanco.

—Siempre igual. Fútbol, fútbol… Como si no hubiera vida más allá del balón.

Pero lo dice con cariño, le da un beso rápido a su marido y mira a los otros dos.

—Venga, a dormir. Cada uno en su habitación. No quiero forzar nada. Esto va despacio y bien.

Laia asiente, agradecida. Se levanta, todavía con la manta sobre los hombros. Jaume la acompaña hasta la puerta de su habitación, le da un beso en la frente.

—Buenas noches, mi princesa.

—Buenas noches, mi rey.

Se separan con una última mirada larga, como si no quisieran romper el hechizo.

Griselda apaga las luces del salón. Marc la abraza por detrás.

—¿Crees que durará? —pregunta él en voz baja.

Griselda sonríe contra su pecho.

—Durará. Porque ella lo necesita y él la quiere de verdad. Y porque a veces, el amor llega cuando uno menos lo espera… y se queda porque sabe que es el sitio donde tiene que estar.

Se van a su habitación. La casa se queda en silencio, solo el mar y el viento suave.

En su cama, Laia se acurruca bajo las sábanas, todavía con el olor de Jaume en la piel, el tacto de su mano en la memoria. Por primera vez en años, cierra los ojos sin miedo al mañana.

Y en la habitación de al lado, Jaume mira el techo, con una sonrisa que no se le borra. Sabe que ha encontrado algo que no buscaba, pero que ahora no podría soltar aunque quisiera.

La Navidad está cerca, pero esta noche, en esa masía con vistas al mar, ya han encontrado su propio milagro.

Se levantan temprano, casi con el alba. La casa aún huele a mar y a café de la noche anterior. No hay prisa por hablar; hay una urgencia callada por hacer las cosas bien, por dejarlo todo perfecto. Griselda da las órdenes con voz suave, sin gritar: “Adecentamos la casa. Que quede como si nadie hubiera pasado”. Limpian juntos, en silencio compartido. Jaume barre el porche, Laia recoge las tazas y las lava con agua caliente, Marc pasa el trapo por las mesas, Griselda dobla las mantas y las guarda con cuidado. Cada gesto es una caricia al recuerdo del fin de semana. Cuando terminan, la masía respira orden y paz, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos cuatro.



Bajan a la playa. Esta vez, Laia y Jaume van delante, cogidos de la mano, pasos lentos sobre la arena húmeda. Detrás, Griselda y Marc, que no pierden detalle. Marc entra en nostalgia de golpe; la abraza por la cintura, la aprieta contra sí como hacía cuando eran novios y el mundo era solo ellos dos. Griselda se deja abrazar, apoya la cabeza en su hombro y murmura:

—¿Te acuerdas? Aquí mismo, hace veinte años, me dijiste que nunca me soltarías.

Marc le besa la sien.

—Y no lo he hecho.

Dos parejas de enamorados. Dos tiempos que se tocan: el pasado que resuena y el presente que nace.

Comen algo ligero en la terraza, con vistas al golfo. El bloc grande de carboncillo está a buen recaudo en la mochila de Laia; Griselda lo mira de reojo, lo acaricia con la punta de los dedos.

—Quiero recordar este día —dice en voz baja—. Marc también. No es solo un dibujo. Es nosotros.

El coche ya está cargado. Salen sin prisa. Marc conduce, Griselda a su lado, agarrando su mano sobre la palanca de cambios. De cuando en cuando, un beso rápido en los nudillos. Atrás, Laia y Jaume en silencio, mudos, abrazados. Ella apoya la cabeza en su pecho, él le acaricia el pelo con los dedos, despacio, como si cada mechón fuera un secreto. No hablan. No hace falta. El paisaje pasa fuera: curvas de costa, pinos retorcidos, el mar que se despide.

Llegan a Barcelona en plena caravana dominguera. Normalmente habría reproches, nervios, malas caras. Esta vez no. Paradas en semáforos eternos, besos robados en el asiento de atrás, manos que se buscan bajo la manta que han traído del porche. Marc coge la mano de Griselda, se la pasa por la cara mientras conduce casi parado.

—Te quiero —le dice sin mirarla, solo sintiendo su piel.

Ella sonríe.

—Y yo a ti, juez gruñón.

Llegan al edificio. Descargan el coche en silencio. Marc va a aparcar en el parking subterráneo. Los tres suben la escalera, despacio, como si quisieran alargar el regreso.

De golpe, se apaga la luz del rellano. Chas. Se enciende otra vez. Un vecino que sale y cierra la puerta. Llegan al piso de Griselda y Jaume.

Y sorpresa: la madre, Roser, en la puerta. Seria como un guardia. Brazos cruzados, ojos brillantes.

Laia se gira hacia Jaume, pálida.

—Me quiero morir.

Roser la mira fija.

—Tú eres Laia, ¿verdad?

Griselda responde por ella, con voz suave.

—Sí, mamá.

Al fondo se oye la voz del padre:

—¿Quién es?

Roser no aparta la vista de Laia.

—El padre, como Marc, culé empedernido, le gusta la ópera y las artes… pero ahora mismo solo quiere ver a su hijo feliz.

Griselda saca el bloc de la mochila, lo abre por el esbozo de ella y Marc en la playa.

—Papá, mira esto.

El padre se acerca, se pone las gafas. Se queda callado un segundo. Luego murmura:

—No es posible…

Marc acaba de llegar interviene,con una sonrisa.

—Sí. Y no has visto el de tu hijo. Sin haber nada entre ellos… hay magia cuando lo miras. Lo he visto. Roser me lo ha enseñado. Está en la galería de Roger. Pásate mañana y me comentas. Yo lo he visto. Es más que un cuadro. Tiene vida. Todo el mundo lo dice. Yo callado.

El padre asiente despacio.

—Vamos a ir los dos mañana.

Roser, seria aún, mira a Laia.

—Al menos, niña, ¿me podrías dar un beso?

Laia se acerca, temblando. Le da un beso en la mejilla. Y se pone a llorar como una niña. Lágrimas gruesas, silenciosas al principio, luego con sollozos que le sacuden el cuerpo.

Jaume se acerca para socorrerla.

Roser le dice:

—Saca las manos de aquí.

Y abraza a Laia con toda la ternura del mundo. La envuelve, la mece como a una hija pequeña.

—Ven aquí, entra en casa.

Roser mira a Laia, que se dispone a subir a su piso.

—Me voy a casa… vivo arriba.

Roser niega con la cabeza.

—Lo sé. Pero tú no vas a ir a ningún lado sola. Ven aquí.

La abraza otra vez, la lleva a la cocina. Le pone un vaso de leche caliente en las manos.

—Tómate esto, que estás muy fría.

Jaume entra detrás. Agarra a su madre por detrás, le da un beso en la mejilla.

—Gracias por hacérmelo tan fácil.

Roser se gira, le acaricia la cara.

—Mi niño… si estás feliz, yo estoy feliz.

En el salón, el padre y Griselda miran el bloc abierto. El esbozo de la playa: Marc besando el cuello de Griselda, el mar de fondo, la tramontana en el pelo.

Griselda cierra el bloc con cuidado.

—Mañana lo vemos en la galería. El de Jaume también.

Laia, en la cocina, bebe la leche caliente. Roser le acaricia el pelo.

—No llores más, niña. Ya estás en casa.

Laia levanta la vista, ojos rojos pero brillantes.

—Gracias… por todo.

Roser sonríe, por primera vez.

—Gracias a ti. Por traer color a mi hijo.

La noche avanza. Se sientan todos en el salón, hablando bajito. El bloc en la mesa, como un testigo silencioso. Nadie fuerza nada. Solo se quedan ahí, juntos, como si el tiempo hubiera decidido parar un rato.

Y en ese piso de Barcelona, con la ciudad respirando abajo, cinco personas —y ahora seis— empiezan a entender que el amor, a veces, llega con una madre seria en la puerta, un vaso de leche caliente y un bloc lleno de trazos que no son solo dibujos.

Son promesas.



Solo Laia





Una mujer que pintaba para olvidar. Un velero que llegó sin avisar. Una mano que se entrelazó sin pedir permiso.

Laia dejó atrás la masía del Prepirineo, donde la soledad era aliada y los lienzos guardaban el duelo de su madre. En Barcelona sobrevivía con encargos que no eran suyos, hasta que un domingo gris abrió una caja olvidada y firmó su nombre sin esconderse.

Entonces apareció el mar. Un vecino con mochila vieja y un velero pequeño. Un bloc de carboncillo que se impregnó de sal y viento. Un beso en el cuello que dibujó sin querer. Y una tramontana que barrió el miedo.

No es una historia de grandes promesas ni finales de cuento. Es la de una mujer que dejó de pintar sola. Y eso, simplemente, bastó.

«Una novela corta que huele a sal, óleo y segundas oportunidades. Tierna, honesta y con el rumor del mar en cada página.




















Comentarios

Entradas populares de este blog

La Heredera

"Punto de Fusión"

“Después de las trincheras”