Tete y Martita
Prólogo
En un pueblo andaluz donde el verano huele a jazmín mojado y a tierra caliente, dos primos se conocieron antes de saber qué era el amor. Marta y Dani nacieron con un año de diferencia y bajo la misma estrella de julio. Desde niños compartieron siestas en el patio de la abuela, carreras por el olivar y secretos que solo se contaban susurrando bajo la parra.
Lo que empezó como juegos de infancia se convirtió, sin que nadie lo esperara, en un juramento sellado una noche de San Juan junto a una charca plateada por la luna. Allí, desnudos de cuerpo y de miedos, se prometieron: «O nosotros o nadie».
Durante años guardaron ese amor en el fondo del pecho, entre videollamadas a escondidas, besos robados en el desván y lágrimas cuando el peso del secreto apretaba demasiado. La abuela lo supo antes que nadie y, desde su lecho de muerte, les dio el empujón que necesitaban: «No rompáis ese encanto. Decidlo ya».
Esta no es una historia de amor prohibido que termina en tragedia. Es una historia de amor que se abre paso porque es más fuerte que el miedo, más hondo que la sangre y más viejo que el miedo al qué dirán.
Es la historia de dos personas que, contra todo pronóstico, convirtieron una casa vieja en un hogar lleno de risas, huerta, mellizos y manos entrelazadas al atardecer.
Porque algunas veces el destino no pregunta el parentesco. Solo pregunta si estás dispuesto a quererte de verdad.
Y ellos lo estuvieron.
Desde el primer piquito tímido hasta el último beso bajo la misma parra centenaria.
La lluvia había parado de golpe, como si el cielo hubiera
decidido dar una tregua. El patio olía a tierra mojada, a geranios
empapados y a ese aroma limpio que solo deja el agua después de días
de bochorno. Marta apartó la cortina de ganchillo con dos dedos, se
asomó por la ventana de la salita y allí lo vio: Dani, empujando la
moto por el caminillo de grava con el cuidado de quien lleva un
tesoro robado. Llevaba una camiseta gris adherida por el sudor y la
lluvia reciente, el pelo revuelto y una sonrisa que intentaba
disimular el subidón.
—¿Dani? —susurró ella, más para sí misma que para él—. ¿Dónde vas con eso? No me digas que tienes moto de verdad…
Él levantó la cabeza, se paró en seco y la sonrisa se le ensanchó.
—Mi padre me lo prometió. Si sacaba todo limpio, sin suspensos ni recuperaciones, me la compraba. Mi madre se puso como una furia, claro… “Que eso es peligroso, que con dieciséis años qué moto ni qué ocho cuartos”… Pero al final cedió. O eso, o mi padre se plantó. —Señaló el segundo casco que colgaba del manillar, negro mate con una raya roja—. Tengo otro. Pequeño. Si te cabe. ¿Te vendrías conmigo? Hay unos sitios en el río que estoy descubriendo ahora. Una poza escondida detrás de los cañaverales, un salto pequeño donde el agua cae como cortina… Voy solo y, no sé, se me hace raro. Aburrido.
Marta apoyó los antebrazos en el alféizar, ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo con esa lentitud deliberada que sabía que lo ponía nervioso.
—Perfecto. Así no me pudro aquí en casa de la abuela. Sabes que ya no juego con muñecas, ¿verdad? —Bajó la voz, casi un ronroneo—. Ahora juego con muñecos… como tú.
Dani se puso colorado hasta la raíz del pelo.
—Como te oiga la abuela te va a caer una buena, Marta. Te lo juro.
—No temas. —Ella se giró hacia el pasillo y alzó la voz con esa dulzura empalagosa que solo usaba cuando quería salirse con la suya—. ¡Abuela! ¡Que está aquí el primo Dani! ¿Puede quedarse a comer con nosotras?
Desde la cocina llegó la respuesta, entre el ruido de cacharros y un suspiro largo:
—Ay, Señor… Sí, que se quede. Así te entretienes un rato, que me tienes la cabeza loca con tanta queja, niña.
Dani entró casi de puntillas, dejó la moto apoyada contra la pared del patio trasero donde no se viera desde la carretera y se sentó a la mesa como si nada. Comieron potaje de garbanzos con acelgas, pan de pueblo y un tomate aliñado que sabía a verano. Marta no perdió el tiempo: empezó a dar la lata con maestría. Primero con indirectas, luego con pucheros, después con argumentos irrebatibles: “Abuela, que me aburro mucho”, “que todo el día metida aquí me va a dar algo”, “que Dani me ha dicho que hay sitios muy bonitos en el río y que me los quiere enseñar”. Sabía perfectamente que la abuela, aunque refunfuñara, cedía siempre que se trataba de “los primos”. En su cabeza seguían siendo niños. No se había dado cuenta —o no quería darse cuenta— de que Marta ya medía casi lo mismo que ella, de que las camisetas de tirantes le marcaban las curvas nuevas, de que cuando se reía echaba la cabeza atrás y el pelo le caía como una cascada oscura.
Lo que la abuela ignoraba por completo era que la moto existía. El padre de Dani se la había comprado a escondidas de la suegra, en un taller de segunda mano . “No le digas nada a tu abuela, que me mata”, le había dicho el hombre mientras le entregaba las llaves. La madre de Dani, por su parte, había puesto el grito en el cielo y luego había mirado para otro lado. “Mientras no te mates, hijo…”.
Después de comer, la abuela se levantó con su clásico ritual:
—Ahora siesta. Todos. Que el cuerpo lo manda y el calor aprieta.
Marta no esperó ni dos segundos.
—Abuela… ¿me dejas salir esta tarde con el primo Dani? Porfa… Me aburro mucho, abu… No me hagas estar todo el día aquí encerrada con el ventilador dando vueltas…
Le puso ojitos de cordero degollado. Dani, desde el otro lado de la mesa, murmuró por lo bajo:
—Serás pelota…
Ella le clavó un codazo disimulado en las costillas.
—Calla, que no rompas la magia.
La abuela las miró a los dos por encima de las gafas, suspiró y agitó la mano.
—Venga, id a dar una vuelta. Pero volved antes de que anochezca y nada de tonterías, ¿eh? Y cuidadito con lo que hacéis.
—¡Prometido! —canturreó Marta, ya levantándose.
En cuanto la puerta del dormitorio de la abuela se cerró, Marta se volvió hacia Dani con los ojos encendidos.
—Trae los cascos. Y la moto. Pero sin arrancar todavía. La empujamos hasta pasar la curva de los limoneros, donde no se oye desde casa. Luego arrancas y me llevas de paquete.
—¿Y si nos pillan?
—No nos van a pillar. Y tú… tranquilo, ¿eh? Nada de ir como loco ni de hacerte el chulo. Que ya sé cómo sois los tíos con moto nueva.
Salieron como ladrones. Casos escondidos bajo las camisetas, la moto empujada entre los dos por el caminillo de grava. Cada vez que una piedra hacía ruido, se miraban y se mordían el labio para no reír. Cuando llegaron al recodo donde los limoneros tapaban la vista de la casa, Dani subió, puso el contacto, comprobó la gasolina y le tendió el casco pequeño.
—Póntelo bien. Y agárrate fuerte, pero no me aprietes tanto que no respiro.
Marta se colocó detrás, le rodeó la cintura con los brazos, apoyó la barbilla en su hombro un segundo y susurró contra su oído:
—No corras. Pero tampoco vayas como un abuelo. Quiero sentir el viento.
Dani giró el puño con suavidad. La moto cobró vida con un ronroneo grave y contenido. Salieron despacio por la carretera secundaria que bordeaba los olivares, el asfalto todavía húmedo en algunos tramos. El sol de la tarde era dorado, tibio, y el aire traía olor a hierba recién mojada, a tierra caliente y a gasolina. Poco a poco fueron cogiendo velocidad. Marta se pegó más a su espalda, notando el calor de su cuerpo, cómo subía y bajaba su respiración. Cada curva suave era una excusa para apretar un poco más los brazos, para que sus dedos se clavaran ligeramente en sus costados.
Llegaron al río cuando el cielo empezaba a teñirse de naranja. Aparcaron bajo un sauce enorme cuyas ramas rozaban el agua. Bajaron. El rumor del río llenaba todo. Dani señaló un senderillo apenas visible entre los juncos y las adelfas.
—Ahí arriba hay una poza que parece sacada de una postal. Nadie viene casi nunca. El agua está fría y clarísima.
Marta se quitó el casco, sacudió el pelo y lo miró con una sonrisa lenta, peligrosa.
—¿Y qué hacemos hasta que se haga de noche?
Él se encogió de hombros, intentando parecer casual.
—Pues… charlar. Mirar el agua. Tirar piedras. Lo normal.
Ella dio un paso hacia él, invadiendo su espacio sin disimulo.
—¿Solo eso?
Dani tragó saliva. El pulso le latía en las sienes.
—La semana que viene es San Juan —dijo, como si necesitara agarrarse a algo—. La noche mágica. Hogueras en la ribera, saltos sobre el fuego, deseos que se cumplen si los dices en voz alta…
Marta alzó una ceja, divertida.
—¿Y qué deseo vas a pedir tú?
Él la miró a los ojos, sin apartar la vista esta vez.
—No lo sé todavía. Pero creo que ya estoy empezando a tener una idea bastante clara.
El silencio se llenó del rumor del agua, del canto lejano de las cigarras y del latido acelerado de los dos. Marta sonrió, traviesa, preciosa, imparable.
—Pues a ver si tienes suerte, primo.
Y sin decir más, le cogió de la mano, entrelazó los dedos con los suyos y tiró de él hacia el senderillo, hacia la poza escondida, hacia la tarde que todavía prometía mucho más antes de que llegara la noche mágica de San Juan y todo cambiara de verdad.
La tarde se había vuelto dorada, casi mágica, con el sol filtrándose entre las ramas del sauce junto al río. El agua murmuraba suave, como si supiera que algo importante estaba a punto de pasar. Marta y Dani se habían sentado en una roca plana, con los pies rozando el borde de la poza cristalina. El aire olía a jazmín silvestre y a libertad.
Dani jugueteaba con una piedrecita, lanzándola al agua para ver los círculos expandirse.
—Dani… ¿de verdad no has besado a ninguna chica? —preguntó Marta, con voz baja, casi un susurro cómplice.
Él se puso rojo al instante, miró al suelo y negó con la cabeza.
—No… y no insistas, que me muero de vergüenza.
Marta sonrió, esa sonrisa lenta que le hacía cosquillas en el estómago a Dani.
—Dime, Marta.
—¿Y tú? ¿Le has dado algún beso a alguien?
—Qué quieres saber, ¿la verdad o la mentira?
—La verdad —dijo él, mirándola por fin a los ojos.
Marta suspiró, juguetona pero sincera.
—Me di un pico con un chico una vez. Así que aprende: me tienes que dar un beso de película.
Dani abrió mucho los ojos.
—¿De verdad, Marta? ¿Tú me dejarías…?
—Si eres bueno, sí —respondió ella, acercándose un poco más.
Dani tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que juraba que ella lo oía.
—Sabes una cosa… me ha gustado mucho llevarte de paquete. Sentirte detrás, abrazándome… ¿Me dejas darte un piquito?
Marta ladeó la cabeza, divertida.
—A ver, prueba. Quiero saber qué tal se te da.
Se inclinó hacia él. Dani dudó un segundo, luego cerró los ojos y le rozó los labios con los suyos, tímido, suave, como si temiera romper algo frágil. Fue solo un instante, pero cuando se separó, estaba más rojo que un tomate maduro.
Marta se rió bajito, encantada.
—Ahora vámonos. Pero vendremos los dos a bañarnos juntos, ¿verdad? Porque como me entere de que traes a otra antes que a mí… te mato.
—No, no, no… —balbuceó él, negando con la cabeza—. Solo contigo.
—Así me gusta, buen chico —dijo ella, dándole un golpecito juguetón en el hombro.
De vuelta en la moto, Marta se pegó más que nunca a su espalda. Notó cómo Dani se tensaba un poco cuando sintió sus pechos contra él.
—¿Tú no eres un poco… marinandona? —preguntó él, intentando sonar bromista.
Marta le apretó la cintura con más fuerza.
—Mira que como me digas eso me aprieto más a ti. Y he visto que te gusta… sentirme así. Y céntrate, no tengamos un accidente.
Dani estaba rojo como un pimiento, pero sonrió para sí mientras conducía despacio de regreso.
Llegaron a casa de la abuela al anochecer. Escondieron la moto en el mismo sitio de siempre y entraron a pie.
—Buenas noches, abuela. Llegáis un poco tarde, ¿no? —dijo la abuela desde el salón, con el mando en la mano.
—Abuela, que ya no soy una niña… —protestó Marta.
—Por eso lo digo, descarada.
La abuela miró a Dani.
—¿Quieres quedarte a cenar, Daniel?
—Sí, abuela. Llamo a mi madre y le digo.
Mientras cenaban, la abuela comentó de pasada:
—Hace un rato oí una moto. No habréis visto a los gamberros esos…
Los dos al unísono:
—No, abuela, ¿una moto dices?
Después de cenar, la abuela se fue a ver la tele y ellos salieron al patio fresco. Las estrellas empezaban a asomarse.
—Marta… te puedo decir una cosa —susurró Dani.
—Dime.
—Me ha gustado mucho estar contigo esta tarde.
—¿Así? —preguntó ella, sonriendo.
—Sí.
Le acercó la mano. Marta se la cogió, entrelazando los dedos.
—¿No vas muy deprisa, chaval?
—Tú bien me coges de la mano —replicó él.
La abuela apareció en la puerta.
—Venga, cada uno a su nido.
Se soltaron de golpe.
—Ahora entro, abuela. El primo se va a su casa —dijo Marta rápido.
Antes de que Dani se fuera, ella le susurró al oído:
—Mañana te espero pronto, ¿eh? No me falles.
Al día siguiente, Dani estaba allí a primera hora, nervioso pero decidido.
—Venga, vámonos. ¿Te has traído bañador? Porque si quieres… nos bañamos los dos.
Marta sonrió.
—Vale, voy a buscarlo.
Se fueron a pie hasta donde estaba escondida la moto, arrancaron y volvieron a la poza. Esta vez, Dani paró antes de llegar.
—Quiero hablar contigo. Dijo Marta
Bajaron. Bajo la sombra de un pino alto, se sentaron en la hierba. Marta se apoyó en su hombro.
—Voy de chica dura… pero un chico me engañó. Me dijo que me quería y era mentira. No me gusta que jueguen conmigo. Eres mi primo, lo sé, pero contigo puedo confesar muchas cosas. Ven… abrázame. Quiero sentirte mientras te hablo.
Dani la rodeó con los brazos. Ella se acurrucó contra su pecho.
—Sabes, estoy a gusto contigo… —murmuró él—. ¿Y ese chico… fue solo un pico o hubo algo más?
—Te soy sincera: solo un pico. Pero … me dejo. Desde que llegaste me ha dado un vuelco el corazón. Más cuando te vi con la moto. Eres espectacular y… muy guapo.
Dani, sin pensarlo, le dio un beso suave en el cuello. A ella le gustó; un escalofrío le recorrió la espalda.
—Dani… ¿solo me das uno? El otro lado tiene celos.
Él sonrió y besó el otro lado, despacio.
—¿De verdad nunca has estado con una chica? —preguntó ella.
—No… ¿por qué lo dices?
—Porque lo haces muy bien.
Se quedaron abrazados un rato largo, sintiendo el latido del otro. El sol bajaba.
—Hoy no hay baño —dijo Dani al fin.
—¿Por qué?
—No ves la hora que es. Lo a gusto que estamos… y el reloj corre.
—La abuela me mata. Vámonos.
Regresaron al pueblo con el mismo ritual: moto escondida, entrada a pie. Esta vez Marta fue sola a casa de la abuela.
Pero esa misma tarde, después de comer, Dani la llamó.
—Marta… ¿por qué no te vienes a mi casa? Estaremos solos. Dile a la abuela que vas a jugar conmigo a la Play. Se me ha hecho corto… y quiero seguir abrazado a ti, si me dejas.
—Espérame, que voy.
Llegó a casa de Dani con el corazón acelerado. Llamó y él abrió.
—Ven, vamos a mi habitación. Tengo la Play allí.
Cruzó el umbral y Dani, sin poder contenerse más, le dio un beso. Empezó como un piquito tímido, pero ella le correspondió, profundizando el beso. Las manos de él en su cintura, las de ella en su nuca.
—¿Tú de verdad nunca has besado a una chica? —preguntó Marta cuando se separaron, jadeando un poco.
—No… Tú has sido la primera. Y me ha sabido a gloria.
Daniel se tiró en la cama, se dio la vuelta y empezó a llorar bajito. Marta se sentó a su lado, lo atrajo hacia su pecho, le acarició el pelo y le dio besos suaves en la frente.
—¿Qué te pasa?
—Marta… llevamos un día. Desde que te vi me dio un vuelco el corazón y ahora esto… A la mierda. Te quiero. Y no te puedo querer… porque eres mi prima.
Ella le levantó la cara con delicadeza.
—Sabes una cosa… me ha encantado que me besaras. Y te voy a confesar: cuando era pequeña, estaba enamorada de ti. Me mandaron al pueblo otra vez y en mi cabeza solo rondaba que estuvieras con otra chica. Eso me remordía. Te quiero, Dani.
Se quedaron abrazados, besándose sin prisa, explorando con ternura lo que sentían. Los besos se volvieron más profundos, más seguros.
Hasta que una voz desde abajo rompió el encanto:
—Dani, ¿estás en casa?
—Sí, mamá. En mi habitación, jugando a la Play con Marta.
Marta le dio un último pico rápido.
—Embustero —susurró, riendo bajito—. A disimular.
Se separaron justo a tiempo, con el corazón a mil y la promesa silenciosa de que esto solo era el principio.
Llegó la noche de San Juan, esa que todo el pueblo esperaba con hogueras crepitando en la ribera, música lejana, risas y el olor a humo y a pólvora flotando en el aire cálido. Les habían dado permiso —a regañadientes por parte de la abuela y con advertencias de la madre de Dani— para llegar un poco más tarde. “Pero ni un minuto después de la una, ¿eh?”, había dicho la abuela con el dedo índice alzado.
Marta y Dani se miraron en el patio trasero, bajo la luz mortecina de la farola.
—¿Te apetece ir a las hogueras y aguantar el bullicio de la gente? —preguntó ella, con voz suave.
Dani negó con la cabeza, sincero.
—Te soy sincero, no. Desde que llegaste solo quiero estar contigo. Nada más.
Marta sonrió, esa sonrisa que le aceleraba el pulso.
—Entonces vamos a pie. Con la moto de noche y con gente por todas partes va a ser peligroso. ¿Sabes llegar a la charca?
—Claro —dijo él—. Y con esta luna llena… más aún. Se ve todo como de día.
Salieron sin hacer ruido, cogidos de la mano casi sin darse cuenta. El camino era familiar, pero esa noche parecía nuevo: las sombras de los olivos más largas, el canto de los grillos más intenso, el aire cargado de promesas. Caminaron en silencio la mayor parte del trayecto, solo interrumpido por algún roce de dedos o una mirada robada.
Llegaron a la charca. La luna se reflejaba perfecta en el agua quieta, un disco plateado que temblaba ligeramente con la brisa. El mundo parecía haberse detenido solo para ellos.
Se sentaron al borde, con los pies rozando el agua fresca.
—Marta… ¿nos damos un baño? —propuso Dani, nervioso pero decidido —. En esta noche es más especial. Quiero hacer un ritual contigo.
Ella lo miró, traviesa.
—No hemos traído bañador ni nada…
—No hace falta —susurró Marta.
Sin más, se levantó, se quitó la camiseta por la cabeza, los shorts, la ropa interior, todo con una naturalidad que dejó a Dani con los ojos como platos. Su piel brillaba bajo la luna, curvas suaves, sombras delicadas.
—A ver, Tete… ¿qué estás esperando? —dijo ella, con voz ronca—. Sabes que a partir de ahora te voy a llamar Tete. O te quitas la ropa… o te la quito yo.
Dani tragó saliva, se desnudó torpemente, con las manos temblando. Ella le tendió la mano y juntos entraron en la charca. El agua estaba fría al principio, pero pronto se acostumbraron. Marta lo abrazó piel contra piel, el contacto eléctrico, íntimo. Esperó un segundo y lo besó, profundo, lento. Él le correspondió con toda la ternura y el deseo que llevaba acumulando días.
—Sumérgete conmigo —susurró ella.
Se hundieron juntos, salieron con el pelo pegado a la cara, riendo bajito. El agua chorreaba por sus cuerpos como plata líquida.
—Vamos a hacer un juramento —dijo Marta, seria de pronto—. Entre nosotros puede haber sexo… y lo tendremos, lo deseo con todo mi ser. Pero nunca, nunca te repito, penetración. El día que la tengamos tiene que ser el día más bonito del mundo. ¿Estás de acuerdo?
Dani asintió, emocionado.
—Sí, Marta. Estoy de acuerdo.
Ella se acercó más, le rozó la mejilla.
—Te voy a contar un secreto: nunca ha existido ni existirá otro hombre. Ni he tenido ni voy a tener desengaño amoroso con nadie. Te he querido a ti desde niña. No me ha atraído nadie más. O eres tú… o nadie.
Dani sintió que algo se rompía dentro de él, algo bonito.
—Te quiero —dijo, con la voz rota—. A ver cómo se lo explicamos a la familia… Nos van a matar.
Marta sonrió, confiada.
—Déjalo de mi mano. Vamos a seguir el juego.
Salieron del agua, se tumbaron en la hierba aún tibia del día. Desnudos bajo la luna, sin prisa.
—Quiero que me mires, me desees y beses todo mi cuerpo —susurró ella—. Lámelo, tócame, huélelo… Eso sí, sin penetración. Y yo voy a hacer lo mismo contigo. Te deseo con todo mi ser, Tete.
Exploraron por primera vez sus cuerpos con manos temblorosas, labios curiosos, respiraciones entrecortadas. No dejaron un rincón sin recorrer. Marta gemía bajito: “Así, Tete… así me gusta”. Dani, inseguro al principio, preguntaba: “¿Te lo hago bien?”. Ella asentía, guiándolo con susurros.
Llegaron al clímax casi al mismo tiempo, un orgasmo compartido que los dejó temblando. Marta se subió encima de él, paseó su sexo por su pecho, marcándolo.
—Eres mío —dijo—. Quiero que huelas a mí. Te amo.
Pasaron las horas entre caricias, besos y confidencias susurradas. El tiempo se les escapó.
—Marta… se nos hace tarde. La abuela va a sospechar. Y si nos castigan…
—No podremos vernos —completó ella, alarmada.
Se vistieron a toda prisa, el pelo todavía mojado, y corrieron de vuelta. Llegaron jadeando. La abuela estaba en la puerta, brazos cruzados.
—A ver… ¿dónde habéis estado? Y encima el pelo mojado los dos. Daniel, ¿qué haces aquí?
Dani improvisó rápido:
—Abuela, vengo a acompañar a Marta porque es tarde y no quería que viniera sola.
Marta le rozó la mano un segundo antes de soltarse.
Al oído, mientras la abuela entraba refunfuñando:
—Hasta mañana, Tete. Te amo.
Y así empezó de verdad. No sería solo un verano. Era el comienzo de algo que ninguno de los dos sabía cómo terminaría, pero que ya no podían —ni querían— parar.
Al día siguiente de aquella noche mágica de San Juan, el pueblo amaneció con el eco lejano de las últimas tracas y un cielo limpio de verano. Pero la calma duró poco: llegaron los padres de Marta para pasar el puente. Las dos madres —Lola y Mercedes— eran mellizas idénticas en el fondo del alma, aunque una llevara el pelo más corto y la otra prefiriera pendientes grandes. Desde pequeñas habían compartido todo: resfriados simultáneos, dolores de cabeza que aparecían al mismo tiempo, incluso sueños parecidos que luego se contaban por teléfono riendo. “Es cosa nuestra”, decían siempre.
Marta y Dani tenían un año de diferencia, pero habían nacido casi el mismo día: ella un 28 de julio, él un 29. Siempre lo habían considerado una señal. Cuando se juntaban las familias en casa de la abuela, el ambiente era de fiesta contenida: los dos cuñados —el padre de Marta y el de Dani— se entendían con palmadas en la espalda y cervezas frías; la hermana pequeña de Marta correteaba por el patio persiguiendo gallinas; y la abuela observaba todo desde el banco de la entrada con esa sonrisa sabia de quien ya ha visto muchas vueltas del sol.
Era la hora de comer. La mesa larga del comedor estaba llena: potaje de vigilia, ensalada fresca, carne en salsa, vino de la tierra. El padre de Marta, con la cuchara a medio camino, miró a su hija.
—¿Qué, niña? ¿Te aburres mucho aquí en el pueblo?
Antes de que Marta pudiera responder, la abuela soltó una carcajada seca.
—¿Aburrirse? Lo que nunca está en casa. Me tienen loca estos dos. Parecen Zipi y Zape, todo el día pegados el uno al otro.
Se hizo un silencio breve, pero cargado. La madre de Dani miró a su hermana melliza y sonrió con complicidad.
—¿Te acuerdas, Mercedes? Desde chicos estos dos. Se ponía malo uno y al otro le subía la fiebre al mismo tiempo. Como si hubieran heredado algo de nosotras.
Mercedes asintió despacio, mirando a su hijo y a su sobrina.
—Es curioso, ¿verdad, Lola? Y yo por tu hijo lo siento como si fuera mío.
—Y a mí me pasa lo mismo con tu hija —respondió Lola, con voz suave—. Serán cosas nuestras.
Marta y Dani se miraron por debajo de la mesa. Sus rodillas se rozaron. En ese instante comprendieron muchas cosas: que lo que sentían no era solo cosa de adolescentes hormonados, que había algo más antiguo, más profundo, tejido en la misma sangre que compartían las mellizas. No dijeron nada. Solo se apretaron los dedos un segundo bajo el mantel.
El verano terminó. Vinieron a recoger a Marta para volver a la ciudad. En el último rincón del patio, lejos de las miradas, se despidieron.
—Bajaré pronto, Tete —susurró ella, con la voz temblorosa—. Te amo.
—Y yo a ti. No lo dudes nunca.
Los meses siguientes fueron un ejercicio de contención y ansiedad. Bajaban algún fin de semana cuando podían, robaban huecos para estar solos: un paseo por el olivar, una tarde en la charca, un rato en el desván de la abuela. Se llamaban a escondidas, hacían videollamadas nocturnas en las que se mostraban desnudos sin vergüenza, solo deseo y ternura. “Tengo ansiedad de estar junto a ti”, le escribía él. “Y yo de olerte”, respondía ella.
Pasó un año. Luego otro. Dani cumplió veinte, Marta diecinueve. Él estudiaba aparejador; ella había empezado arquitectura. En las comidas familiares seguían disimulando a la perfección: balones fuera cuando les preguntaban “¿y vosotros, cuándo os echáis novio/novia?”, respuestas evasivas del tipo “para eso estamos como si no tuviéramos bastante con los estudios”. Las mellizas, Lola y Mercedes, comentaban entre ellas: “Les han crecido las ganas de verse estos últimos años, ¿verdad?”. Y se reían, sin sospechar del todo.
La abuela empezó a empeorar. Cada vez pasaban más tiempo en el pueblo. Marta, por los exámenes, bajaba menos; Dani intentaba cubrir el hueco. Cuando la abuela ya estaba en su lecho de muerte, llamó a los nietos mayores. Les cogió las manos a los dos juntos, con esa fuerza sorprendente que tienen los viejos cuando saben que es el final.
—Espero que seáis felices —les dijo, mirándolos a los ojos—. No rompáis ese encanto que tenéis entre vosotros. Y decidíos ya a contar la verdad de una vez. Estoy vieja, pero no soy tonta. Y se os ve enamorados a leguas.
Los dos se rompieron. La abrazaron fuerte, llorando sin consuelo. La abuela murió pocos meses después, tranquila, con una media sonrisa.
En el camino al cementerio, bajo un sol de justicia, Marta y Dani se dieron la mano sin disimulo. Nadie dijo nada. Todos sabían de los veranos en casa de la abuela, de cómo aquellos dos primos habían sido inseparables desde niños. Se abrazaron tiernamente junto al nicho, llorando, dándose besos en las mejillas, algún “te quiero” susurrado al oído. Nadie se escandalizó. Solo era cariño de familia… o eso creyeron.
Después del entierro, la necesidad de volver al pueblo se hizo más frecuente. Las mellizas sentían una urgencia nueva de estar juntas, como si la ausencia de su madre las hubiera acercado aún más. Marta empezaron a bajar casi todos los fines de semana. Ya no escondían tanto las miradas, los roces casuales, las manos entrelazadas cuando creían que nadie miraba.
Una tarde de otoño, sentados en el mismo banco del patio donde todo había empezado años atrás, Dani tomó aire.
—Marta… ya no quiero más disimulos.
El la miró, con los ojos brillantes.
—Ni yo. Pero ¿y ellas? ¿Y la familia?
—Les diremos la verdad. Poco a poco. Pero la verdad. Porque esto no es solo un amor de verano. Esto es para siempre.
Marta apoyó la cabeza en su hombro.
—Para siempre, Tete.
Y así, sin prisas pero sin vuelta atrás, empezaron a tejer el futuro que la abuela ya había bendecido desde su lecho de muerte. El pueblo, las mellizas, la ciudad, los estudios… todo empezaba a encajar alrededor de ellos dos. Porque lo que habían sentido desde niños no era solo herencia de sangre: era destino.
Las Navidades siempre se celebraban en casa de la abuela. Era la tradición inquebrantable: la casa grande del pueblo, con su chimenea humeante, el belén montado en el aparador y el olor a pavo asado y a turrón flotando desde la cocina. Aquel año, Dani tenía veintiún años y Marta veinte. Los estudios les habían endurecido un poco el gesto, pero no el amor. Seguían bajando al pueblo siempre que podían, robando fines de semana, noches de videollamadas y promesas susurradas.
La Nochebuena empezó como siempre: los dos cuñados —el padre de Marta y el de Dani— salieron temprano “a dar una vuelta” y terminaron en el bar del primo, con copas de anís y risas altas. Volvieron a casa contentos, con las mejillas coloradas y el aliento dulce. “Está a gusto el ambiente”, decían. El vino corrió en la mesa más de la cuenta. La abuela ya no estaba, pero su ausencia se sentía en cada rincón, como un hueco que nadie nombraba.
La cena transcurrió entre brindis y anécdotas. Hasta que el padre de Marta, con la lengua suelta por el Rioja, soltó sin filtro:
—A este paso, ni tú ni yo vamos a tener descendencia, ¿eh? Estos dos parecen dos monjes de clausura.
Las mellizas —Lola y Mercedes— se miraron y rieron por lo bajo.
—Déjalos en paz a los niños —dijo Lola.
—No, si ya lo decimos entre nosotras —añadió Mercedes, medio en broma, medio en serio—. Una lesbiana y un gay en la familia. Qué le vamos a hacer.
El silencio cayó como una losa. Marta dejó el tenedor despacio. Dani le puso la mano en el muslo por debajo de la mesa, intentando frenarla. Pero ella ya se había levantado.
—Tete, cállate —dijo con voz firme—. Me toca a mí hablar ahora.
Las dos madres, al unísono:
—¿Quién es Tete?
Marta no respondió con palabras. Se giró hacia Dani, le tendió la mano.
—Levántate.
Él obedeció, pálido. Marta lo atrajo hacia sí y le dio un beso de película: profundo, lento, sin miedo. Dani le correspondió con la misma intensidad, las manos en su cintura, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante.
Cuando se separaron, el comedor estaba en silencio absoluto. El alcohol se les había evaporado de golpe a todos.
—Así llevamos desde los dieciséis años —dijo Marta, mirando a toda la mesa—. Escondiendo nuestro amor. La abuela, antes de morir, nos cogió las manos a los dos y nos dijo: “No sufráis más, decidlo ya de una vez”. Ella se dio cuenta mucho antes que nadie.
Hizo una pausa, respiró hondo.
—Antes de que habléis vosotros… sí, hemos tenido sexo desde el primer día. Nos juramos que no habría penetración hasta que ese día fuera el más especial del mundo. Y no le quiero. Le amo. Que os quede muy claro.
Se dio la vuelta y salió al patio. Dani la siguió sin dudar.
Se sentaron en el mismo banco de siempre, bajo la parra que ya empezaba a perder hojas. Él la abrazó por detrás, tierno, protector. Ella apoyó la cabeza en su hombro, metió las manos entre su pelo.
—Tete… te quiero —susurró.
—Tú eres mi todo, Martita.
Llegaron las madres. Se pararon en la puerta del patio, mirándolos. Lola fue la primera en hablar, con voz temblorosa:
—Sabéis lo que sois, ¿verdad?
Marta se levantó despacio. Miró a los ojos a las dos hermanas, sin bajar la mirada.
—La noche que me declaré estábamos desnudos los dos, después de bañarnos en la charca. Hicimos un ritual amoroso. Nos prometimos: o nosotros o con nadie. Verdad, Tete.
Dani asintió, sin soltarla.
—Desde entonces estamos juntos. Nos amamos. Y vosotras dos… ¿no notáis nada raro? ¿No os dais cuenta? Tú, mamá, lo quieres como a un hijo. Tú, tita, me quieres como a una hija. Desde que tengo uso de razón sabía que él tenía que ser para mí.
—Y ella para mí —dijo Dani, con la voz rota—. A mí ninguna chica me llamó la atención. Solo ella. Lloro por ella. ¿Qué malo puede haber en amarnos? Sí, somos primos. No sabemos vivir el uno sin el otro. Ahora ya lo sabéis. Si queréis hacernos daño, ya sabéis dónde apuntar. Si nos queréis… queremos seguir igual.
Hizo una pausa, miró a las mellizas.
—No fue un amor de un verano. Es algo más profundo. ¿O no os acordáis que enfermábamos al mismo tiempo los dos? Tenemos mucha complicidad… y poco cansancio entre nosotros.
Mercedes soltó una risa nerviosa, entre lágrimas.
—Aunque, tita… la verdad, a tu hija muchas veces la ahogaría como a un pollo. La muy marimandona.
Marta le dio un manotazo cariñoso en el brazo.
—Y tú, cabezón… eres mi cabezón y te quiero.
Las hermanas se miraron. Sin decir nada, se apartaron hacia el pasillo.
—Ahora venimos —dijo Lola—. Dejad en paz a los niños.
Se fueron a la habitación de cuando eran pequeñas. Se sentaron en la cama de matrimonio, se cogieron de las manos. Les brotaron lágrimas a las dos al mismo tiempo, sin palabras. Solo se miraron, como siempre habían hecho desde niñas. No hacía falta hablar. Lo entendían todo.
Los maridos aparecieron en la puerta, vieron la escena y retrocedieron en silencio. Volvieron a la mesa, donde los platos seguían intactos y el vino ya frío.
En el patio, Marta y Dani seguían abrazados. El frío de diciembre les mordía las mejillas, pero no se movieron. Sabían que dentro de la casa algo acababa de romperse… y algo nuevo empezaba a construirse.
Aquella Nochebuena no terminó con villancicos ni con sobremesa larga. Terminó con silencio, con lágrimas y con una verdad que ya no podía esconderse más. Y aunque el camino por delante sería complicado —familia, murmullos, juicios—, ellos dos ya habían decidido: juntos. Siempre juntos. Como desde niños. Como para siempre.
La escena en el piso superior fue el verdadero punto de inflexión, el momento en que todo lo que habían guardado durante años dejó de ser un secreto entre ellos dos y se convirtió en una verdad compartida por la familia entera. Marta, con la vejiga apretada por los nervios y el vino, le susurró a Dani:
—Tete, acompáñame al baño.
Subieron las escaleras en silencio, como si pisaran cristal. Al salir del baño, vieron la luz encendida en la antigua habitación de las mellizas. La puerta entreabierta dejaba ver dos figuras sentadas en la cama: Lola y Mercedes, cogidas de la mano, con los ojos enrojecidos pero serenos.
Entraron despacio. Dani se acercó a su tía Mercedes y, sin decir nada, le cogió las dos manos. Marta hizo lo mismo con su madre Lola. Se quedaron así un instante largo, cuatro manos unidas, ocho ojos mirándose sin parpadear. Fue Mercedes quien rompió el silencio, con voz baja pero firme:
—¿Lo habéis pasado mal vosotros, verdad? ¿Por qué no dijisteis nada antes? ¿Por qué no queríais decirlo nunca? Os hubiéramos ayudado…
Dani tragó saliva.
—¿Cómo? ¿Separándonos más? ¿Habéis pensado alguna vez la burrada que podíamos haber hecho si nos hubierais obligado a alejarnos?
Mercedes bajó la mirada un segundo. Lola no podía hablar.
—Tita, mamá… no somos ni los primeros ni los últimos —siguió Dani—. La primera vez que la besé supe que aquello tenía que ser de por vida. Soy feliz junto a ella. Y ella conmigo. Os lo volvemos a decir: sexo hemos tenido desde el primer día. Conocemos todos los rincones de nuestro cuerpo, tenemos los mismos anhelos, los mismos miedos. Pero desde el primer día nos juramos que no iríamos más lejos hasta que ese día fuera maravilloso. Y lo tenemos fácil para llegar a más… pero no queremos. Sabemos que cuando llegue tiene que ser inolvidable.
Hizo una pausa, apretando más las manos de su tía.
—No es incesto. Somos primos, no hermanos. Aunque la familia tan maravillosa que tenemos nos ha criado como si lo fuéramos. Muchas veces, por separado y juntos, hemos llorado pensando en el daño que os íbamos a hacer. No os lo merecéis. Se nos pasó por la cabeza quitarnos de en medio… pero sabíamos que no lo soportaríais. Toda la vida juntos. Pensamos igual, sentimos igual. Y hoy ha sido el día.
Se giró hacia su madre.
—Mamá, mírame. Tita, mira a tu hija. Podéis pensar que somos felices… sí, pero estamos solos en esto. Más importante que nosotros dos sois vosotros.
En ese momento miraron hacia la puerta. Allí estaban los dos padres, apoyados en el quicio, llorando sin disimulo. El padre de Dani se limpió la cara con la manga de la camisa.
Dani continuó, con la voz más ronca:
—Oportunidades hemos tenido los dos. Nos contamos hasta los secretos más íntimos. Y nadie, nunca, nos llamó la atención a ninguno. Antes del día del baño en la charca, con quince años, la muy bruja me preguntó si había besado a alguna chica. Le dije la verdad: no. Y le pregunté a ella. Me dijo que se había dado un piquito… y que había tenido una relación. Dentro de mí me dio un coraje que no os imagináis. Me mintió, la muy malvada. —Sonrió entre lágrimas—. Pero hace lo que quiere conmigo. Y yo me dejo. Porque la amo.
No es que la quiera perder… es que no puedo vivir sin ella. Sabemos lo que nos jugamos: las pruebas genéticas si algún día queremos hijos, la sociedad, los murmullos… Nos da igual. Ella y yo tenemos una familia maravillosa. ¿Para qué queremos más?
Marta se giró hacia la puerta, miró a todos y dijo con voz clara:
—¿Os dais cuenta? Es para quererle o no. ¿Dónde podría haber encontrado yo un hombre con este corazón? Un cómplice, un compañero de vida así…
Las madres se levantaron al mismo tiempo. Les hicieron ponerse de pie. Con los ojos empapados, las mellizas los abrazaron fuerte. Mercedes, abrazando a Dani, le susurró al oído:
—A mí no me llames suegra, ¿eh?
Dani sonrió entre lágrimas.
—¿Y si hermana?
Mercedes soltó una risa ahogada.
—Da igual. Tú da idea a estos dos.
Marta, muy seria, añadió:
—Y si es posible daros nietos… los vais a tener. Y sé que por vuestra parte los vais a querer igual.
El padre de Dani carraspeó, intentando recomponerse.
—Vamos al comedor. Es Navidad. Todo queda en familia. Y muchas familias quedarían muertas de envidia por la complicidad y el cariño que hay aquí. Pensadlo fríamente: si están juntos no es por su culpa. Nosotros tenemos mucha de ella. En casa han visto mucho amor entre nosotros cuatro, mucha complicidad… y un par de brujas que nos han enseñado a ser así. —Miró a su hija y a su sobrino—. Al menos ganaremos una cosa: los nietos. Porque, hija, unos hijos los tenemos desde que nacieron.
Se levantó, fue hacia ellos y les dio un beso a cada uno en la frente.
—Así que al comedor. A cantar, a beber… y vosotros no os escondáis más. Tenéis que ser como sois. Creo que hablo por todos: os queremos, hijos.
El cuñado le dio otro beso a Marta. La cuñada se acercó a su marido, le limpió una lágrima que le quedaba y le dijo:
—Blando… eres un blando.
Volvieron a la mesa. Los platos seguían allí, el vino frío, el pavo un poco reseco. Pero nadie tenía hambre ya. Solo ganas de estar juntos.
Marta y Dani se sentaron uno al lado del otro, sin disimulo. Se cogieron de la mano sobre el mantel. Y cuando todos alzaron las copas para un brindis silencioso, dijeron al unísono, con voz temblorosa pero firme:
—Gracias, papás.
La Nochebuena que había empezado con risas forzadas y vino de más terminó con lágrimas limpias, abrazos largos y una certeza nueva: la familia no se había roto. Se había hecho más grande. Y más fuerte.
A partir de aquella Nochebuena todo cambió, pero no de golpe ni con ruido. Cambió despacio, como cambia el agua del río cuando deja de correr deprisa y se asienta en una poza tranquila. Los cuatro adultos —Lola, Mercedes y sus maridos— los miraron con una mezcla de asombro, ternura y algo que parecía alivio. El padre de Dani fue el primero en romper el silencio después del abrazo colectivo:
—A ver, eso sí… los estudios van adelante, ¿eh? Que aquí no se va a vivir del aire.
Dani sonrió, con Marta todavía cogida de la mano.
—Lo sabemos desde el primer momento, papá. Cuando empezamos a estudiar los dos esto, nos jugamos a los chinos quién iba a ser arquitecto y quién aparejador. Nos salió así: ella arquitectura, yo aparejador. Queremos montar nuestro propio despacho. Juntos.
Los cuatro abrieron los ojos como platos. El padre de Marta soltó una carcajada que retumbó en el comedor.
—Oye, que aquí los marqueses no se cortan en nada, ¿eh?
Y todo fueron risas. Risotadas de las que limpian el aire, de las que sueltan el nudo que llevaban en el pecho desde hacía años. Hasta la hermana pequeña de Marta, Elvira —que entonces tenía once años y ojos enormes—, se acercó a Dani y tiró de su manga.
—Dani… ¿te puedo llamar Tete?
Él se agachó a su altura, le revolvió el pelo y le dijo con voz suave:
—Claro que sí, peque. Tete para ti también.
Mercedes y Lola se llevaron a Marta a un rincón del salón, lejos de la mesa todavía llena de platos y copas. Las dos le cogieron las manos al mismo tiempo, como si fueran una sola persona.
—Ven aquí, niña. Tenemos que hablar de cosas de mujeres.
Le preguntaron por qué habían tomado esa postura tan firme con el sexo, por qué habían esperado tanto. Marta les explicó con calma, sin bajar la mirada:
—Queríamos que fuera bonito. De verdad bonito. No un arrebato. Queríamos que cuando llegara el momento fuera… como un regalo que nos hiciéramos el uno al otro. Y que no nos arrepintiéramos nunca.
Las mellizas asintieron, con los ojos húmedos otra vez.
—Y ¿dónde vais a vivir? —preguntó Lola, apretándole las manos—. No os vayáis lejos. Ninguno de los cuatro os queremos perder.
—No nos vamos —dijo Marta—. Ya lo hemos hablado con Dani. El despacho lo montaremos mitad en la ciudad, mitad aquí. Y cuando podamos… volveremos del todo.
Mercedes sonrió, una sonrisa de madre que por fin respira.
—No te calles más las cosas, ¿eh? La familia es para ayudarse. Aunque en vuestro caso sea… complicado. Lo hemos hablado los cuatro. Y hemos decidido que mejor así. Que os queremos tal como sois.
Pasaron las Navidades entre villancicos desafinados, sobras de pavo recalentado y paseos por el olivar cogidos de la mano sin esconderse. Acabaron los estudios con notas brillantes. Reformaron la casa de la abuela —la misma donde todo había empezado— con mucho cariño: ampliaron el patio, arreglaron el tejado, convirtieron el salón grande en despacho profesional. Mitad estudio de arquitectura, mitad aparejadoría. El nombre en la placa de la entrada rezaba sencillo: “Marta & Dani – Estudio de Arquitectura y Proyectos”.
Y entonces se casaron.
No quisieron una gran boda. Nada de trajes caros ni invitados que apenas conocían. Fue en el patio de la casa de la abuela, una tarde de finales de primavera, con el jazmín en flor y el sol cayendo suave. Solo la familia: los padres, Elvira ya adolescente y con una sonrisa enorme, los tíos lejanos que siempre habían estado cerca. El cura del pueblo —que los conocía de toda la vida— los casó con una homilía corta y sentida: “El amor no pregunta el parentesco; pregunta el corazón”. Intercambiaron unos anillos sencillos de oro viejo que habían pertenecido a la abuela. Cuando el cura dijo “podéis besaros”, lo hicieron despacio, como si el mundo entero cupiera en ese instante.
Esa misma noche, en la habitación que había sido de la abuela, decidieron que ya era el momento. No hubo prisa ni nervios. Solo ellos dos, la luna entrando por la ventana, y la certeza de que todo lo que habían esperado valía la pena. Fue hermoso, profundo, inevitable. Como habían soñado. Y cuando amaneció, se miraron y supieron que no había vuelta atrás: eran uno solo.
Al año siguiente llegaron los mellizos: un niño y una niña, sanos, fuertes, con los ojos de Marta y la sonrisa de Dani. Los abuelos —que ya contaban los días para jubilarse— se instalaron casi del todo en el pueblo. Pasaban más tiempo allí que en la ciudad. Elvira, convertida en la tía más entregada del mundo, se pasaba las tardes con los niños en el patio, contándoles historias de cuando “Tete y Marta eran pequeños y se peleaban por el columpio”. Mercedes y Lola se turnaban para mecerlos, para darles el biberón, para cantarles nanas que ellas mismas se habían cantado de niñas.
Si antes eran una piña, ahora eran la piña más grande que se pueda imaginar. Los dos cuñados ampliaron la casa: hicieron una huerta en el terreno de atrás, plantaron tomates, pimientos, lechugas y un limonero que daba limones como puños. Las mujeres se pasaban el día con los nietos: risas, barro en las rodillas, cuentos a la hora de la siesta. Los hombres arreglaban vallas, regaban, contaban chistes malos y se miraban de reojo con orgullo.
Nunca se arrepintieron. Al contrario: estaban orgullosos. Orgullosos de haber criado dos hijos que se querían de verdad, que habían elegido el amor por encima del miedo, que habían convertido una casa vieja en un hogar lleno de vida.
Años después, cuando los mellizos ya corrían por el patio persiguiendo gallinas y preguntaban “¿por qué mamá y papá se miran siempre así?”, Marta y Dani se sentaban en el banco de siempre, bajo la parra que ya era centenaria. Se cogían de la mano, miraban la huerta, la casa reformada, las luces del pueblo al fondo.
—¿Te arrepientes de algo, Tete? —preguntaba ella a veces, solo por oírlo.
Él la besaba en la sien.
—Solo de no haberlo dicho antes.
Y ella apoyaba la cabeza en su hombro.
—Pues menos mal que la abuela nos dio el empujón final.
El pueblo siguió murmurando un tiempo, como murmuran los pueblos. Pero al final solo quedó el cariño: los clientes que volvían al despacho porque “estos dos lo hacen con el corazón”, los vecinos que traían un plato de migas “para los niños”, las tardes de verano en la charca con los pequeños chapoteando.
Y así, en esa casa que había visto nacer el secreto y luego la verdad, la familia creció. No perfecta, no sin complicaciones, pero unida. Muy unida. Como las mellizas desde niñas. Como Marta y Dani desde siempre.
Porque algunas historias no terminan en un beso bajo la luna. Terminan en una huerta regada, en risas de niños, en manos entrelazadas al atardecer y en la certeza tranquila de que el amor, cuando es de verdad, siempre encuentra su sitio.
Tete y Martita Una novela de amor, familia y segundas oportunidades
Marta y Dani eran solo dos primos inseparables que pasaban los veranos en casa de la abuela. Hasta que una tarde de lluvia, una moto nueva y una charca bajo la luna llena cambiaron todo.
Lo que empezó como un juego de adolescentes se convirtió en un amor profundo, callado y valiente. Durante años lo escondieron: de la familia, del pueblo, de sí mismos. Pero el amor verdadero no se esconde eternamente.
Una Nochebuena, con el vino corriendo y la verdad estallando en la mesa, lo dijeron todo. Y la familia, en vez de romperse, se hizo más grande.
Porque en esta casa andaluza el cariño no entiende de etiquetas. Solo entiende de abrazos, de huertas regadas juntos, de nietos correteando por el patio y de dos personas que, desde niños, supieron que estaban hechos el uno para el otro.
Una historia tierna, honesta y luminosa sobre el amor que nace en la infancia y crece hasta llenar una vida entera. Porque algunas promesas se cumplen bajo la luna… y duran para siempre.
«No fue un amor de verano. Fue un amor para todas las estaciones.»
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