Despierta Conmigo
Prólogo
Córdoba duerme bajo un cielo de finales de junio, cuando el calor aún no ha decidido si ser caricia o castigo. Las luces de la ciudad se reflejan en el Guadalquivir como si la Mezquita las hubiera derramado al pasar. Arriba, en un ático de Vistalegre, una mujer espera junto a una cama de hospital improvisada en su propia casa. No hay monitores ni pitidos aquí; solo el rumor lejano de la ciudad y el aliento tenue del hombre que yace inmóvil.
Olga le sostiene la mano izquierda, esa que siempre buscaba la suya en el supermercado, en el solarium, en la oscuridad de la noche. La mano está tibia, pero quieta. Demasiado quieta. Ella habla en voz baja, como si temiera que las palabras altas lo asustaran y lo alejaran aún más.
—Hoy ha hecho un día precioso, amor. De esos que te hacen querer salir al solarium y quedarte ahí hasta que se ponga el sol. He pensado en ti todo el rato. En cómo nos tumbamos aquella tarde… piel con piel, sin prisa. ¿Te acuerdas? Claro que te acuerdas. Tienes que acordarte.
Una lágrima cae sobre el dorso de su mano. Olga no la seca. Ya no esconde las lágrimas; las deja caer como si fueran parte del ritual.
—Te tengo que contar una cosa importante. No es de las que se dicen por mensaje ni por teléfono. Es de las que se dicen mirándote a los ojos. Vamos a ser padres, Enrique. Un bebé. Nuestro. Lo supe el día que te llevaron a la UCI, cuando todo se me vino abajo y pensé que no podría seguir respirando sin ti. Pero aquí estoy. Respirando por los dos. Y por tres.
Se inclina y le besa la frente, despacio, como si pudiera dejarle el beso grabado en la piel.
—No me dejes sola con esto, ¿vale? No me hagas explicarle a nuestro hijo por qué su padre no despertó. Porque tú vas a despertar. Vas a abrir esos ojos que siempre me miraban como si yo fuera lo único bonito de la ciudad. Vas a volver a besarme en el solarium, a reírte de las madres cuando nos traigan tapers como si fuéramos dos críos, a quejarte del calor del ático y luego a decirme que merece la pena por las vistas… y por mí.
Olga apoya la frente contra la de él. El silencio se hace espeso, pero no vacío. Hay amor ahí dentro, latiendo todavía, aunque sea en susurros.
—Despierta conmigo, Enrique. Despierta conmigo aunque sea solo para decirme que me quieres. Aunque sea para quejarte del nombre que le pondremos al niño. Aunque sea para que te diga que te amo más que nunca, ahora que sé lo que es perderte un segundo.
Fuera, la ciudad sigue su ritmo. Abajo, en las calles estrechas de El Higuerón, dos madres velan por teléfono, esperando noticias. Arriba, en el ático, una mujer vela por un hombre que aún no ha regresado del todo.
Pero el amor, cuando es de verdad, no entiende de silencios eternos. Sabe esperar. Sabe rezar en voz baja. Sabe sostener una mano hasta que esa mano vuelva a apretar la suya.
Y en algún lugar profundo, muy dentro del pecho de Enrique, algo empieza a moverse. Un latido. Débil al principio. Luego más firme.
Como si hubiera oído el ruego.
Como si supiera que lo esperan dos corazones: el de ella y el que aún no ha nacido.
Despierta conmigo.
El silencio de la muerte aún no ha ganado.
Aquella tarde salí al supermercado sin rumbo fijo. Tenía el fin de semana libre por primera vez en meses y, aunque la ruptura con Laura aún dolía como un moratón reciente, ya no era solo por los engaños y las mentiras: era el cansancio de fingir que todo iba bien. Comprar se convirtió en mi excusa para no pensar demasiado.
El hipermercado del área comercial era enorme, perfecto para perderse un rato. Me crucé con un par de compañeros del trabajo que paseaban con sus mujeres, carritos llenos de cosas para la semana. Saludamos de lejos, como quien no quiere la cosa.
Estaba indeciso frente a la estantería de vinos —quería algo tranquilo para la noche— cuando una voz conocida me sacó del ensimismamiento.
—¿Enrique?
Me giré. Olga. Sonreía con esa mezcla de sorpresa y naturalidad que siempre había tenido.
—Olga… ¡qué casualidad! ¿Tú también de compras?
—Cuatro cosas nada más. Acabo de salir del hospital y me vuelvo al pueblo.
—¿Estás en El Higuerón?
—Sí, volví con mis padres hace unas semanas. Ayer vi a los tuyos, por cierto. ¿No te han contado nada?
—No, la verdad. Llevo días sin verlos, ando reorganizando mi vida. Volví a estar solo.
—Ya me contaron lo de Laura…
Lo siento.
—No pasa nada. Estaba harto de tanta falsedad. Córdoba es más pueblo que ciudad: al final todo se sabe.
Hizo una pausa, miró el carrito casi vacío y luego a mí.
—¿Y tú por qué has vuelto al pueblo? Pensé que seguías aquí, trabajando en el hospital.
—Sí, sigo en el hospital, pero lo dejé con Raúl. No tenía adónde ir y… bueno, con mis padres es más fácil por ahora.
Nos quedamos un segundo en silencio, como midiendo el terreno.
—Mira, Olga, ¿qué te parece si te invito a cenar en casa? Nada complicado. Hace años que no hablamos de verdad, ni de la cuadrilla del pueblo. Los que quedamos allí son cuatro gatos, seguro que los has visto.
—No tengo planes. Acepto.
—Genial. Vamos a pasar por caja. Yo solo vine a matar el tiempo… Déjame coger un par de cosas más y nos vamos. ¿Sabes dónde vivo o te lo han dicho mis padres?
—No, la verdad. Pero seguimos siendo vecinos. Tu madre sigue igual de habladora y tu padre tan bonachón como siempre.
Pagamos, nos esperamos en el parking y salimos en convoy.
—Vistalegre, Parque de la Cruz. Sígueme.
Olga aparcó a la primera —milagro en esa zona— y subió a mi coche con las bolsas.
—Sube, entraremos por el parking subterráneo.
Mientras subíamos en el ascensor con las compras, ella miró los botones.
—¿Esto no para nunca?
—Vivo en el ático. Un capricho caro, casi toda la nómina se va en la hipoteca, pero las vistas compensan. Aunque en verano es un horno, aviso.
Entramos en casa. Soltamos las bolsas y le hice un tour rápido.
—Está a medio amueblar, voy poco a poco. El comedor, la habitación de invitados…estás dos existen pero vacías. La mía también le falta mucho. Pero espera, lo mejor está fuera.
Abrí la puerta corredera del solarium. Córdoba se extendía allá abajo, con la Mezquita al fondo bañada por la luz de la tarde.
—Madre mía… —murmuró Olga—. Mira, ahí está el hospital. Qué cerca te tenía y no sabía nada de ti.
—Aquí me siento un gintónic cuando libro y paso las horas mirando. Es mi terapia.
—Es impresionante, nene… Oye,
¿no me alquilarías una habitación? —bromeó medio en serio—. El pueblo está cerca, pero me apetece independizarme de mis padres otra vez.
—Ven cuando quieras. Ya sabes dónde estoy. —Saqué el móvil—. Apunta mi número nuevo. Acabo de cambiar el chip… No vaya a ser que Laura meta las narices.
Me miró sorprendida cuando le tendí una llave.
—Toma, es de casa. Nos conocemos desde que íbamos en pañales. Si quieres venirte, la habitación de invitados es tuya. La estrenas hoy mismo.
—No es necesario, Enrique…
—Venga, no seas tonta. Ahora cenamos algo aquí fuera y ves qué atardecer se ve.
Preparamos una cena improvisada —ensalada, algo de embutido, pan y el vino que había comprado— y hablamos durante horas. De todo y de nada. De los viejos tiempos, de los que se fueron del pueblo, de lo jodido que había sido el último año para los dos. La noche cayó sin darnos cuenta.
—Mis padres me matan —dijo de pronto, mirando el reloj—. Estarán preocupados. Y con el vino…
¿quién se mete ahora en la carretera? Mañana entro temprano.
—Quédate. Estrenas la habitación. Mañana sales de aquí al hospital, que te pilla a un tiro de piedra. Yo entro a las seis en la comisaría.
—¿Y tú?
—Igual.
—Salimos juntos. Guarda tus cosas en la nevera y en la cocina lo que necesites.
—Voy a llamar a mis padres y les digo que me quedo aquí.
Llamó, explicó, se rió un poco con la reacción de su madre. Colgó y me miró.
—Listo. Me quedo.
Le presté un chándal mío —le quedaba enorme, las mangas le tapaban las manos— y le enseñé la habitación.
—Llaves tienes. Si estás a gusto, mañana cuando salgas del turno pasas por El Higuerón, recoges tus cosas y te instalas. Yo no tengo hora fija de salida, ya sabes cómo es esto de la policía.
—Gracias, de verdad.
—Buenas noches, Olga.
—Buenas noches, nene.
Cada uno se metió en su habitación. La casa quedó en silencio, solo el rumor lejano de la ciudad y el zumbido suave del aire acondicionado. La primera noche que no dormí solo en mucho tiempo.
Al día siguiente se levantaron con los ojos pegados, como si el cuerpo protestara por haber dormido poco y mal. Enrique miró el reloj de la cocina mientras ponía la cafetera.
—Deja tu coche ahí aparcado, está bien. Vamos con el mío, que así no te complicas.
Olga asintió, aún medio dormida. Se vistieron en silencio: él con el uniforme de Policía Nacional, impecable y planchado; ella con la misma ropa del día anterior, porque el pijama y el uniforme de enfermera los tenía guardados en el hospital. Desayunaron de pie, café solo y un par de tostadas rápidas, sin muchas palabras. Solo miradas de complicidad y algún bostezo compartido.
En la puerta, antes de salir, Enrique le tendió las llaves de casa.
—Cuando vuelvas, si yo no estoy, ya sabes. Entra sin problema.
—Gracias. Nos vemos luego.
El día de Olga transcurrió en Urgencias, como siempre: ritmo frenético, camillas que no paraban, familiares nerviosos. En un momento de calma relativa, mientras atendía a una chica joven que había llegado con su amiga —la amiga casi inconsciente, oliendo a alcohol y tabaco de la noche anterior—, la paciente levantó la vista y entrecerró los ojos.
—Oye… ¿tú no eres Olga?
Olga la miró y la reconoció al instante. Laura.
Más delgada de lo que recordaba, el maquillaje corrido y los ojos enrojecidos.
—Sí, soy yo. ¿Y tú eres Laura, verdad?
Laura soltó una risa amarga, como si le doliera hasta hablar.
—¿Sabes algo del madero de tu pueblo? Ese gilipollas de Enrique.
Olga respiró hondo, manteniendo la calma profesional.
—No sé nada que te pueda interesar.
Y creo que merece un poco de respeto. ¿No estáis juntos ya?
—Todo para ti, vecinita del alma —dijo Laura con sorna, apoyándose en la camilla—. Disfrútalo.
—Perdona, pero tengo trabajo.
¿Ya os han atendido?
—Sí, sí… Y qué raros y catetos sois los de El Higuerón, joder.
—Pues sí, qué le vamos a hacer.
Olga se alejó sin mirar atrás. El turno siguió su curso. Al acabar, en vez de subir directamente a casa de Enrique, fue andando hasta donde había dejado el coche, condujo a
El Higuerón, recogió una maleta pequeña con ropa, zapatos, cosas de aseo… y los tapers que su madre le había preparado durante el día.
Mientras desayunaba en el hospital, había llamado a su madre para contarle lo de la habitación que Enrique le había ofrecido.
—Hija, qué bien. Cuídalo, que está muy solo el pobre. Y dile que tu madre le manda un beso… y comida para los dos.
—Luego te cuento más, mamá. Ahora tengo que entrar.
Cuando llegó al ático, abrió con su llave. La casa estaba en silencio. Enrique aún no había llegado. Preparó la mesa en el solarium: mantel sencillo, platos, cubiertos, una botella de agua y los tapers que olían a guiso casero. Dejó todo listo y se sentó un rato a mirar la ciudad, esperando.
Enrique llegó poco después. Abrió la puerta y Olga salió a su encuentro. Como lo más natural del mundo, le dio dos besos en las mejillas.
—¿Qué tal tu día, Enrique?
—Normalito. Los de Las Palmeras liándola otra vez, como siempre.
¿Y el tuyo?
—Vamos a cenar y te cuento.
—Dame cinco minutos para ducharme y ponerme cómodo.
Salió al solarium y se quedó parado al ver la mesa.
—Joder… qué pinta tiene esto.
Olga sonrió desde la cocina mientras sacaba la comida.
—Cosas de mi madre. Le dije que pasaría por mis cosas y que me venía aquí contigo. Me tenía preparados un montón de tapers: «Que no paséis hambre», dice. Ah, y tu madre también se ha puesto de acuerdo con la mía. Me ha dicho que te cuide, que estabas muy solo.
Enrique soltó una risa suave y se sentó frente a ella.
—Estas dos madres nuestras… van a acabar montándonos la boda sin avisar.
Cenaron despacio. El guiso de carne con patatas estaba en su punto, el pan crujiente, el vino que Enrique había abierto suave y fresco. Córdoba se extendía a sus pies, iluminada por miles de luces. No hacían falta velas: los dos ya desprendían una luz tranquila, de hogar improvisado.
Entre bocado y bocado, Olga le contó lo de Urgencias.
—Ha venido Laura. Venía perjudicada, con una amiga que casi no se tenía en pie. Me ha reconocido y… bueno, ha soltado lo típico: que eres un gilipollas, que todo para mí, que somos catetos de pueblo…
Enrique dejó el tenedor un segundo, miró el plato y luego a ella.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Poco. Que tenía trabajo y que merecías respeto. No le he dado cuerda. Pero me ha sentado mal, la verdad. No por ella… sino porque sigue dándole vueltas.
Él asintió despacio.
—Laura no sabe cerrar capítulos.
Yo sí. Por eso estoy aquí, reorganizando. Y tú estás aquí porque quieres, no porque yo te lo haya impuesto.
—Lo sé —dijo Olga, mirándolo a los ojos—. Y me gusta estar aquí.
Se hizo un silencio cómodo. Terminaron de cenar hablando de tonterías: del trabajo, de anécdotas del pueblo, de cómo habían cambiado las cosas desde que eran críos. Cuando recogieron la mesa, Enrique se quedó un rato apoyado en la barandilla del solarium, mirando la ciudad.
—Gracias por la cena. Y por quedarte.
Olga se puso a su lado, hombro con hombro.
—Gracias a ti por la habitación… y por no hacerme sentir que molesto.
Se quedaron así un rato, sin prisa. La noche era tibia, la ciudad respiraba abajo y ellos, arriba, empezaban a respirar al mismo ritmo.
Los días se deslizaban con una dulzura tranquila, como si la vida hubiera decidido darles un respiro después de tanto tiempo de tormentas. Cada mañana compartían café en la cocina, cada noche se contaban el día en el solarium con una copa o simplemente mirando las luces de Córdoba. Visitaban El Higuerón más a menudo: él a casa de sus padres, ella a la suya. Volvían cargados de tapers, de besos de madre y de comentarios del tipo «cuando os decidáis a formalizarlo…». Se reían, pero en el fondo les gustaba oírlo.
Un día de sol radiante, Olga llegó del hospital antes de lo habitual. El ático estaba vacío y silencioso. El sol caía a plomo sobre el solarium, calentando las baldosas y el aire. Sin pensarlo dos veces, se quitó la ropa en la habitación, doblándola con cuidado sobre la silla, y salió desnuda al exterior. Se tumbó boca abajo en la hamaca grande, con una toalla fina debajo, y cerró los ojos. El calor le abrazaba la piel, el viento suave le rozaba la espalda. Perdió la noción del tiempo, solo existía el sol, el rumor lejano de la ciudad y una paz profunda.
De pronto sintió una presencia. Abrió los ojos y allí estaba Enrique, de pie en el umbral de la puerta corredera, con la chaqueta del uniforme aún puesta y una sonrisa suave en los labios.
—Perdona… espera, que me tapo —dijo ella, incorporándose rápido y buscando la toalla con las manos.
—No hace falta. Hace un rato que te miro… y estás igual de preciosa desnuda que vestida.
Olga se quedó quieta, el corazón latiéndole fuerte. No había vergüenza, solo una calidez que subía desde el estómago. Le tendió la mano.
—¿Por qué no te desnudas tú también y tomas el sol conmigo? No te importará, ¿verdad?
Enrique no contestó con palabras. Se quitó la chaqueta, la camisa, los pantalones, todo con movimientos lentos, sin prisa. Cogió otra toalla del armario exterior y se acercó. Se tumbó a su lado, primero de espaldas, dejando que el sol les calentara a los dos. Pasaron minutos en silencio, solo respirando al unísono.
Poco a poco, sus manos se buscaron. Primero los dedos entrelazados. Luego el roce de los brazos. Olga giró la cabeza y lo miró; él ya la estaba mirando a ella. Se acercó más, hasta que sus cuerpos se tocaron: piel contra piel, cálida por el sol. Los besos empezaron suaves, en el hombro, en el cuello, en la clavícula. No había urgencia, solo ternura infinita. Las manos exploraban despacio, como si quisieran memorizar cada curva, cada lunar. Cuando él la cubrió con su cuerpo, fue como si el mundo se detuviera: solo existían ellos, el sol dorado y el latido compartido.
Se amaron allí, con lentitud y cuidado, susurrando nombres, riendo bajito cuando algún movimiento hacía crujir la hamaca. Fue dulce, profundo, sin palabras grandes. Solo cuerpos que se reconocían después de tantos años esperando.
Después se ducharon juntos bajo el chorro caliente. Se enjabonaron el uno al otro entre risas y besos, como niños que descubren algo nuevo. Salieron envueltos en albornoces y se metieron en la cama de Enrique. Al día siguiente libraban los dos. Pasaron la noche entera despiertos: más caricias, más confesiones, más sexo tierno y lento. En un momento, entre sábanas revueltas y respiraciones entrecortadas, Olga apoyó la frente en la de él y susurró:
—Te amo, Enrique.
Él le acarició la mejilla, los ojos brillantes.
—Te amo, Olga. Mucho.
Se quedaron callados un rato. Luego ella sonrió, traviesa.
—Tengo que contarte una cosa… Cuando éramos adolescentes, me ponía provocativa a propósito para hacerte rabiar. Me gustaba imaginar que te excitaba, que pensabas en mí. Y ahora… ahora eres tú quien me excita a mí. Te quiero, mi vida. Tenía que llegar este día para ser feliz de verdad con una persona.
Enrique le cogió un dedo, se lo llevó a los labios y lo besó despacio.
—A mí también me ponías loco. Pero ahora… ahora todo encaja.
A partir de ese día, las cosas no fueron iguales. Fueron mejores. Fueron de verdad.
Llegaron a El Higuerón un fin de semana y se lo contaron a sus familias. Cada uno por su cuenta, pero casi al mismo tiempo. Las madres se encontraron en la calle, vecinas de toda la vida, y se miraron a los ojos. Manuela, la de Enrique, fue la primera en hablar.
—¿Qué te dije yo, Carmen? Estos dos acababan juntos. Lo llevaban escrito desde críos.
Carmen soltó una risa emocionada y se abrazaron como si hubieran ganado una guerra.
Pero la vida no deja que todo sea perfecto por mucho tiempo.
Un turno de tarde en Urgencias. Olga estaba clasificando pacientes cuando sonó el teléfono interno. Voz urgente desde recepción:
—Preparad quirófano y boxes de trauma. Llamada de la policía: tiroteo en curso. Traen a dos agentes heridos. llegan en diez minutos.
A Olga se le hizo un nudo en el estómago.
Preguntó con voz temblorosa:
—¿Sabéis quiénes son?
—No han dado nombres aún.
Los minutos se hicieron eternos. Cuando llegaron las ambulancias con las sirenas apagadas ya en el interior, el caos se organizó en segundos.
Dos camillas entraron a toda velocidad. Olga corrió hacia la primera… y lo vio.
Enrique. Sangrando por el abdomen, el uniforme rasgado, la cara pálida pero consciente.
El compañero que lo acompañaba gritó:
—¡Herida de bala en el costado!
Olga se quedó paralizada un segundo. Luego se acercó, las manos temblando dentro de los guantes.
—No te preocupes, cariño….
Uno de los médicos la miró extrañado.
—¿Lo conoces?
—Es mi pareja —dijo ella, con la voz rota, mientras ayudaba a quitarle la ropa y a presionar la herida—.
Por favor… sáquenlo adelante.
Las lágrimas le caían sin control, mezclándose con el sudor y la sangre. Enrique abrió los ojos, la vio y consiguió esbozar una sonrisa débil.
—Tranquila… no es nada. Solo un rasguño.
—No hables, amor. Aguanta.
Lo llevaron al quirófano entre gritos de órdenes y pitidos de monitores.
Olga se quedó fuera, apoyada en la pared, con el pijama manchado de su sangre, sollozando en silencio.
Una compañera la abrazó por detrás.
—Va a salir de esta, Olga. Es fuerte. Y te tiene a ti.
Ella solo pudo asentir, el corazón hecho pedazos, rezando en voz baja mientras las puertas se cerraban.
En el quirófano las cosas se complicaron. La bala había destrozado parte del intestino y rozado una arteria importante; la hemorragia fue brutal. Enrique entró en coma inducido para proteger su cerebro y darle tiempo al cuerpo a recuperarse del shock. Olga se quedó en el pasillo, con el pijama aún manchado de su sangre, temblando como una hoja.
Entre sollozos, llamó a su madre.
—Mamá… está muy mal.
Ha perdido mucha sangre… está en coma.
No sé si va a salir…
Carmen, al otro lado, contuvo el llanto.
—Todo irá bien, mi niña. Ya lo verás. Aguanta, que vamos para allá.
Al poco rato llegaron los cuatro: Carmen y su marido, Manuela y el padre de Enrique. Las dos madres se lanzaron sobre Olga, envolviéndola en un abrazo que olía a hogar y a lágrimas compartidas.
Olga se derrumbó.
—Ya sabía yo… No tengo derecho a ser feliz. Justo cuando lo era de verdad…
—No digas eso, hija —susurró Manuela, acariciándole el pelo—.
La vida no funciona así. Enrique es fuerte, y tú lo eres más. Vamos a sacarlo de esta.
Los padres mostraban preocupación en los ojos, pero no decían nada que pudiera romperla más. Olga acabó el turno como pudo —con el alma hecha trizas— y se quedó en el hospital.
Lo trasladaron a la UCI. Los cinco estaban allí, mirando a través del cristal: Enrique pálido, conectado a máquinas que pitaban sin parar, tubos por todas partes. El médico jefe, que conocía a Olga de años, se acercó con voz baja y seria.
—Mira, Olga… está mal. Ha perdido mucha sangre, la cirugía fue larga y complicada. Está inconsciente, en coma inducido. Tenemos que esperar la evolución. Puede tardar días, semanas… Sabes cómo va esto.
Los padres oyeron cada palabra. Pidieron las llaves del ático.
Mientras Olga firmaba papeles, los hombres rebuscaron en la bolsa de pertenencias: cartera, móvil, llaves.
Lo cogieron todo y se fueron al piso con una bolsa de plástico que contenía el uniforme rasgado y ensangrentado.
El ático tenía cuatro habitaciones; dos estaban vacías. Llamaron a un amigo carpintero de confianza y, en unas horas, montaron dos camas de matrimonio completas con sábanas limpias. Se quedarían allí, para no perder tiempo yendo y viniendo de
El Higuerón cada día.
Cuando Olga llegó exhausta esa noche, vio las camas nuevas y se dirigió a su padre con voz quebrada.
—Papá… ¿esto qué es?
—Dos camas, hija. Nos vamos a quedar aquí. Son sencillas, pero luego ya amueblaréis el piso a vuestro gusto, con vuestras cosas.
—No era necesario…
El padre de Enrique se acercó, le puso una mano en el hombro.
—Mira, mi niña… sois lo único que tenemos. Os habéis criado como hermanos, pero ahora sois pareja. Solo quiero una cosa: que seáis felices. Tu padre y yo ya lo hemos hablado. De esta saldremos los seis. Luego vosotros seguís con vuestra vida aquí en Córdoba; nosotros os molestaremos poco, pero ahora hay que estar.
Olga se echó a llorar de nuevo, pero esta vez era un llanto más suave, de gratitud.
—Tonta he sido… buscar sufrimiento fuera teniendo a mi gente tan cerca. Os quiero tanto…
Los días se convirtieron en turnos eternos. Entraban a la UCI de dos en dos: le hablaban, le cogían la mano, le contaban tonterías del día.
Olga le susurraba al oído:
—Hoy ha hecho un sol precioso, amor…
Te echo de menos en el solarium.
Trabajando en Urgencias, un día de golpe todo se volvió negro.
Se desmayó junto a una camilla.
La llevaron a una sala rápida.
Un médico la examinó, preocupado.
—Olga, o te tomas esto con calma o acabarás enfermando tú también. Estás agotada.
Una enfermera mayor, Lucía, que la conocía desde que entró en el hospital, le preguntó bajito:
—¿Te ha venido el periodo este mes?
—No… con el trajín, creo que no.
—¿No estarás embarazada?
Olga se quedó helada. Partió a llorar.
—No lo sé… He sido tan feliz…
Si es así, no va a conocer a su padre.
Avisaron a las madres.
Llegaron corriendo. Olga estaba tumbada en una camilla, con una vía puesta y una muestra de sangre ya en análisis. Cuando salió el positivo, el mundo se le vino encima.
Se agarró a Carmen y Manuela, sollozando sin control.
—No va a conocer a su padre…
Cuando dejé a Raúl dejé los anticonceptivos. Me relajé, estaba tan bien con él… No puse medios.
Y ahora esto…
Manuela le secó las lágrimas.
—Todo irá bien, hija. Ya verás lo feliz que se pone cuando despierte.
Y por criarlo no padezcas: como vosotros dos o mejor, que ahora tenemos más tiempo nosotros.
Carmen la abrazó más fuerte.
—Le amas de verdad, Olga.
Deja de pensar que lo puedes perder… Pero no lo vas a perder. Y este bebé es una señal. Vais a salir de esta.
Cada día Olga entraba en la UCI y le contaba lo del embarazo, desde el primer momento.
—Vamos a ser padres, amor…
Es un milagro. Despierta, por favor. Quiero compartir esta felicidad contigo. Estoy triste ahora, mi vida… pero también feliz. Despierta.
Las abuelas no cabían en sí.
—Ahora descansa, hija.
No eres tú sola: es lo que llevas dentro. Eso es muy importante.
Un día, Olga llegó al hospital después de descansar en casa.
Se había duchado, se había puesto ropa limpia, pero el peso en el pecho seguía ahí. Entró en la UCI… y vio movimiento. Los médicos alrededor de la cama. Enrique había abierto los ojos. Débil, confuso, pero despierto.
Olga se quedó en la puerta, con las manos en la boca.
Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran de alivio puro.
—Amor…
Él giró la cabeza despacio, la vio.
Una sonrisa tenue, agotada, se dibujó en su rostro pálido.
—Olga…
Corrió hacia él, le cogió la mano con cuidado, sin soltarla.
—Has vuelto… Has vuelto a mí.
El médico se acercó.
—Ha sido lento, pero está evolucionando bien.
La sedación se ha reducido, responde a estímulos. Va a necesitar tiempo, rehabilitación… pero está aquí.
Olga se inclinó y le besó la frente, llorando bajito.
—Te he echado tanto de menos… Tenemos tanto que contarte.
Vas a ser papá.
Enrique parpadeó, procesando.
Luego apretó su mano con la poca fuerza que tenía.
—¿De verdad?
—De verdad. Y no pienso criarlo sola. Así que ponte bueno rápido, ¿eh?
Él cerró los ojos un segundo, pero la sonrisa no se borró.
—Te amo… a los dos.
Los padres entraron poco después. Hubo abrazos, lágrimas compartidas, promesas susurradas. La familia al completo alrededor de la cama: seis personas que, contra todo pronóstico, habían resistido la tormenta.
Los días siguientes fueron duros: fisioterapia, dolor, noches largas.
Pero cada mañana Olga llegaba con café para él (aunque aún no pudiera tomarlo), le ponía música suave, le hablaba del bebé que crecía dentro.
Y Enrique, poco a poco, volvía a ser él: con bromas flojas, con miradas que decían más que palabras.
Una tarde, ya en planta, solos en la habitación, él le acarició la barriga incipiente.
—Gracias por no rendirte.
—Gracias a ti por volver.
Se besaron despacio, con la ternura de quien sabe que el amor, a veces, se gana en las peores batallas.
Y así, entre pitidos de monitores que se apagaban uno a uno, entre madres que traían tapers y padres que montaban cunas, la vida —la de verdad, la compartida— empezó de nuevo.
Comentarios
Publicar un comentario