El banco de la estación

          El banco de la estación

La vieja estación llevaba años cerrada.
Las vías estaban cubiertas de hierba y óxido, y el edificio, con las ventanas rotas, parecía guardar silencio sobre todo lo que había visto pasar.
Sin embargo, el banco de madera seguía allí.
Gastado por la lluvia, el sol y los inviernos, resistía como un viejo testigo que se niega a desaparecer.
Aquella tarde, cuarenta años después, él volvió.
Caminó despacio por el andén vacío, apoyándose ligeramente en su bastón. El aire olía a polvo y a hojas secas. Durante un momento se quedó mirando las vías, como si aún pudiera escuchar a lo lejos el rumor de un tren que ya no existía.
Luego se sentó.
En el mismo banco donde se había sentado una tarde de primavera, cuando tenía veinte años y el mundo todavía parecía empezar cada mañana.
Allí la conoció.
Ella bajó de un tren que venía de lejos, con una pequeña maleta en la mano y el cabello moviéndose con el viento.
Se sentó a su lado porque no quedaban más sitios libres, y lo primero que hicieron fue mirarse con esa timidez que solo tienen los encuentros que aún no saben que van a cambiarlo todo.
Hablaron poco aquella tarde.
Pero cuando el tren volvió a partir, ya se habían prometido volver a verse.
Y volvieron.
Durante meses, aquella estación fue su lugar en el mundo.
Los trenes llegaban y partían, la gente pasaba sin prestar atención, y ellos seguían allí, sentados en aquel banco, creyendo que el tiempo siempre tendría paciencia con ellos.
Hasta que un día dejó de tenerla.
Ahora, cuarenta años después, él estaba otra vez en el mismo banco.
Y esperaba.
Aunque sabía que ya no pasaba ningún tren.
Aunque sabía que nadie bajaría por el andén con una pequeña maleta en la mano.
Pero algunas promesas —pensó mirando las vías vacías— no se rompen con el tiempo.
Solo se quedan esperando.

Prometieron volver a verse allí.
El mismo día.
A la misma hora.
En el mismo banco de madera de la vieja estación donde todo había comenzado cuarenta años atrás.
Fue una promesa sencilla, casi dicha en voz baja, como si ambos supieran que el tiempo es caprichoso y que las promesas demasiado grandes suelen romperse. Aun así, la hicieron. Y durante años, cada uno guardó aquel día en algún rincón silencioso de su vida.
Pero el tiempo pasó.
Los trenes dejaron de detenerse en aquella estación. Las vías se llenaron de hierba y óxido, y el andén fue quedándose solo, abandonado a la lluvia, al viento y a los recuerdos que nadie veía.
Ella murió algunos años antes de que llegara la fecha.
Sabía que ya no podría regresar a aquel banco donde empezó su historia. Sabía que no escucharía el rumor del viento entre las traviesas ni el eco lejano de los trenes que ya no pasaban.
Sin embargo, no quiso romper la promesa.
Antes de marcharse, escribió una carta.
La dobló con cuidado, como si en cada pliegue guardara un recuerdo. En el sobre escribió solo un nombre: el suyo. No puso remitente. No hacía falta. Algunas palabras saben perfectamente de dónde vienen.
Luego pidió a su hija que hiciera algo extraño el día señalado.
—Ve a la vieja estación —le dijo—. Busca el banco de madera del andén y deja esta carta pegada allí.
La hija no entendió del todo aquella petición, pero vio en los ojos de su madre una serenidad tan profunda que no hizo preguntas.
Aquel día fue.
Caminó entre las hierbas que crecían entre las vías y encontró el banco, viejo y gastado por el tiempo. Allí dejó el sobre, tal como su madre había pedido.
No fue él quien lo dejó.
Y quizá tampoco sería él quien lo encontraría.
Pero eso no importaba demasiado.
Porque aquella carta no estaba hecha para ser abierta por cualquiera.
Sabía que casi nadie la leería.
Sabía que probablemente el viento o la lluvia acabarían llevándosela algún día.
Aun así, necesitaba dejarla allí.
Porque algunas palabras no se escriben para que alguien las lea, sino para cumplir una promesa.
La carta, amarillenta por el tiempo y pegada al viejo banco de la estación, decía así :

Ese giro es muy hermoso y muy triste a la vez. La carta puede ser el corazón del relato. Podría leerse así:

Si estás leyendo estas palabras, entonces el tiempo ha cumplido su último círculo.
No sé si habrás vuelto, ni si aún recuerdas el banco de madera de aquella vieja estación donde empezó todo. Pero yo quise creer que sí. Siempre fuiste un hombre que cumplía sus promesas.
Yo también quise cumplir la mía.
Por eso escribo esta carta.
Quizá cuando llegue el día en que debíamos volver a vernos, yo ya no pueda caminar hasta ese andén, ni escuchar el viento que se colaba entre las vías. La vida tiene sus propios trenes, y algunos parten antes de lo que esperamos.
Pero quería que supieras algo.
Durante todos estos años, cada vez que escuchaba el silbido de un tren, pensaba en aquella tarde. En el banco, en la timidez de nuestras primeras palabras, en la forma en que el mundo parecía detenerse cuando nos mirábamos.
No fue una historia larga.
Pero fue verdadera.
Y hay amores que, aunque duren poco, ocupan toda una vida.
Si has vuelto a sentarte en ese banco, como prometimos, quiero que sepas que yo también he estado allí muchas veces en mis recuerdos. Más veces de las que podría contar.
Tal vez el tiempo nos llevó por caminos distintos.
Tal vez la vida nos pidió ser otras personas.
Pero nunca me arrepentí de aquella tarde.
Nunca me arrepentí de haberte conocido.
Si el viento mueve esta carta mientras la lees, piensa que es mi forma de sentarme un momento más a tu lado.
Gracias por aquel banco, por aquella primavera, y por haber sido —aunque solo fuera por un tiempo— el lugar más bonito donde descansó mi corazón.
Hasta siempre.

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