"EL DIENTE DE ORO"


 PRÓLOGO

La Habana de 1956 no era una ciudad para los que tenían el alma limpia. Por la noche, cuando el calor del asfalto subía como un aliento viciado, las calles de Centro Habana se convertían en un tablero de sombras donde Dios no se atrevía a jugar.

En la esquina de la calle de la Amargura, la luz de la farola parpadeaba con una arritmia cansada, iluminando a medias los charcos de una lluvia que nunca terminaba de limpiar la ciudad. El olor era siempre el mismo: tabaco rancio, ron barato de caña y el rastro metálico del puerto.

El Inspector Castillo observaba desde la oscuridad de su Buick, con el cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Conocía ese silencio. Era el silencio que precede al crujido del hueso, al tajo de la navaja, al disparo que nadie quiere oír. Sabía que en algún lugar de ese laberinto de balcones derruidos y portales oscuros, Lázaro "El Daga" Cortés ya se estaba ajustando el sombrero. Lázaro no era un hombre; era un presagio con un diente de oro que brillaba como la moneda de un muerto.

Y luego estaba Lupe. Castillo la veía pasar cada noche, una mancha de carmín y desesperación contra la pared desconchada. Ella creía que el revólver en su bolso era un amuleto contra el destino, sin saber que en este barrio, el destino no cree en amuletos.

La vida en La Habana siempre ha sido un bolero mal cantado: empieza con promesas de seda y termina con el eco de un cuerpo cayendo sobre la acera. Porque en la ciudad de los guapos, el que ríe el último no siempre es el que mejor ríe, sino el que consigue cruzar la calle antes de que la luz se apague.

Abran el libro. Entren en la humareda de la taberna. Pero tengan cuidado donde pisan. En estas páginas, el brillo del oro es lo único que les servirá de guía antes de que la noche se los trague.

Ernest Pont Salmerón



La Habana no era una ciudad; era un animal que respiraba pesado bajo el calor de agosto. El Inspector Castillo lo sabía bien. Estaba sentado en su Buick negro, estacionado a media cuadra de la taberna El Suspiro. El coche no tenía insignias, pero el barrio entero olía la madera quemada y el aceite barato de la policía a un kilómetro de distancia.

Castillo ajustó el nudo de su corbata. El sudor le bajaba por la nuca, humedeciendo el cuello de su camisa almidonada. A través del parabrisas, la calle de la Amargura se estiraba como una cicatriz mal curada.

—Míralo ahí —susurró para sí mismo.

De la penumbra del portal de la taberna emergió una figura. No caminaba, se deslizaba. Era Lázaro "El Daga" Cortés. Llevaba un traje de lino gris que, bajo las farolas de gas, parecía plata líquida. El sombrero de ala ancha estaba tan inclinado que solo se le veía la mandíbula apretada y, de vez en cuando, el destello de su diente de oro cuando aspiraba el humo de su cigarrillo.

Lázaro se detuvo en la esquina. Metió las manos en los bolsillos de su gabán largo —una prenda absurda para el calor del Caribe, pero necesaria para ocultar el acero— y miró a ambos lados. Castillo sabía lo que Lázaro buscaba. No buscaba amor, ni buscaba pelea. Buscaba una señal.

—Ese diente de oro te va a servir para pagar tu propio entierro, Lázaro —mascó Castillo mientras encendía un fósforo con la uña.

Dentro de la taberna, el aire era una sopa de nicotina y desesperanza. Las aspas del ventilador del techo giraban con pereza, cortando el humo en rebanadas gruesas. En una mesa del fondo, Don Genaro aplastaba un puro a medio terminar en un cenicero que rebosaba de colillas con marca de carmín. Sus dedos gordos, llenos de anillos que apretaban la carne, tamborileaban sobre la madera pegajosa.

—¿Viene o no viene? —gruñó Genaro.

El Manteca, detrás de la barra, no levantó la vista mientras pasaba un trapo gris por un vaso que nunca llegaría a estar limpio.

—El Daga nunca llega tarde, Don Genaro. Solo espera a que la calle esté lo suficientemente muerta.

En ese momento, la puerta se abrió. El bullicio de los borrachos sentados a las mesas de dominó se amortiguó. Lázaro Cortés entró con el "tumbao" de quien sabe que su nombre es una ley no escrita. No miró a nadie. Sus lentes oscuros reflejaban las bombillas desnudas del techo.

Se acercó a la mesa de Don Genaro y se sentó sin pedir permiso. El brillo del diente de oro apareció en una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—La mujer es un problema, Lázaro —dijo Genaro sin preámbulos, bajando la voz—. Lupe tiene la lengua muy larga y la memoria demasiado buena. Mañana no puede salir el sol para ella.

Lázaro no respondió de inmediato. Sacó una mano del bolsillo del gabán. Sus uñas estaban impecables.

—Mañana el día va a estar flojo para todo el mundo, Don Genaro —dijo Lázaro con una voz que sonaba como el roce de dos cuchillos—. Pero mi tarifa por las mujeres es especial. Ellas siempre guardan sorpresas en el bolso.


La habitación de la pensión "El Descanso" olía a una mezcla de talco barato, humedad de pared vieja y el perfume rancio que Lupe usaba para ocultar el olor a tabaco ajeno. En una esquina, una pequeña radio de baquelita escupía un bolero que sonaba como si estuviera siendo estrangulado por la estática.

Lupe estaba sentada frente a un espejo picado por los años, un espejo que le devolvía una imagen que ella ya no reconocía. Se aplicó una capa gruesa de carmín rojo, tan oscuro que en la penumbra parecía sangre fresca.

—Hoy no es tu día, muchacha —se susurró a sí misma—. Estás salá.

Se ajustó el corsé con un tirón seco que le cortó el aliento. Recordó los días en el Tropicana, cuando su nombre, Guadalupe de la Cruz, brillaba en las marquesinas y las plumas de su disfraz no pesaban tanto como esta gabardina de segunda mano. Pero en La Habana de los 50, la belleza era una moneda que se devaluaba más rápido que el peso. Un mal amante, una deuda de juego de su hermano y la protección retirada de un coronel la habían empujado calle abajo, hasta los zaguanes de la Amargura.

Abrió el cajón de la mesilla de noche. Allí, envuelto en una mantilla de seda que alguna vez fue blanca, descansaba el .38 Smith & Wesson.

No era un arma de adorno. Era un trozo de hierro frío y honesto. Lo sacó y sintió su peso en la palma de la mano. Lo había comprado un mes atrás en los muelles, a un marinero que necesitaba dinero para seguir bebiendo.

—Este es el único hombre que no me va a mentir —pensó mientras abría el tambor.

Las seis balas brillaban como pequeños ojos de plomo. Lupe sabía que Don Genaro no la dejaría en paz. Lo había visto en el casino la semana pasada; ella sabía demasiado sobre el "accidente" del contable. Había visto a Lázaro, "El Daga", merodeando cerca de su pensión. Sabía que Lázaro era el perro de presa de Genaro, y que cuando el Daga sonreía mostrando el oro de su boca, alguien terminaba en una zanja o en el fondo del malecón.

Se puso el abrigo. Era un abrigo largo, de lana raída, que le servía para esconder el revólver en el bolso y para protegerse del relente de la noche que subía desde el puerto.

Antes de salir, se detuvo ante una pequeña estampa de la Virgen de la Caridad del Cobre. Encendió una vela cuya llama vacilaba con la corriente de aire que entraba por la ventana rota.

—Líbrame de todo mal, virgencita —dijo, aunque su voz no tenía fe, sino cansancio—. Y si el mal viene por mí, que al menos me encuentre de frente.

Cerró la puerta de la habitación con doble llave. El pasillo de la pensión estaba en silencio, interrumpido solo por los ronquidos de algún borracho tras las puertas de madera contrachapada. Bajó las escaleras con un paso firme, un eco que resonaba en el mármol sucio del portal.

Al salir a la calle, el aire caliente la golpeó como una bofetada. Miró hacia la esquina. El Buick negro de la policía pasaba "despacito", como un tiburón que no tiene prisa por morder. Lupe apretó el bolso contra su costado, sintiendo el bulto del .38.

Hoy el día estaba flojo. No había clientes, solo sombras. Y entre esas sombras, ella sabía que el brillo del oro la estaba acechando.


El interior del Buick olía a humo de Lucky Strike y a cuero viejo. El Inspector Castillo mantenía el motor en marcha, un ronroneo bajo que vibraba en sus botas. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, no se despegaban del retrovisor. Había visto a Lupe salir de la pensión. La vio caminar con esa dignidad rota, ajustándose el abrigo pese al bochorno de la noche habanera.

—Eres tonta, Lupe —masculló Castillo, dándole una calada profunda a su cigarrillo—. Estás caminando directamente hacia la boca del lobo y te crees que ese hierro que llevas en el bolso te va a salvar.

Castillo sabía que el "Daga" no era un chulo cualquiera que buscaba una lección. El Daga era un profesional del acero. Si estaba en la calle, era porque la orden venía de arriba, de los despachos con aire acondicionado donde Don Genaro repartía el bacalao.

De repente, la radio del salpicadero carraspeó con una voz metálica y autoritaria. Era el sargento Varela, un hombre que tenía la nómina pagada por el Palacio y el sobresueldo por la Mafia.

—Unidad 14, Castillo, responda.

Castillo suspiró y descolgó el auricular.

—Aquí 14. Diga, sargento.

—Abandone la zona de la Amargura de inmediato. Hay un disturbio en los muelles de Regla. Necesitamos refuerzos allá arriba. Ahora mismo, Castillo.

Castillo apretó el auricular hasta que los nudillos le blanquearon. Los muelles de Regla estaban al otro lado de la bahía. Ir allí significaba dejar el barrio desierto. Significa dejar a Lupe a merced de la sombra con el diente de oro.

—Sargento, el barrio está tenso. El Daga está fuera y Don Genaro está en El Suspiro. No es momento de...

—No le he pedido su opinión, Inspector. Es una orden directa del Capitán. Muévase. O mañana entregue la placa.

La radio quedó en silencio con un chasquido seco. Castillo miró la placa de latón que descansaba sobre el salpicadero. Estaba sucia, desgastada. Reflejaba la luz de neón verde de una farmacia cercana. Sabía lo que estaba pasando: Genaro había pagado para despejar el tablero. La ley estaba recibiendo órdenes de apartarse para que el crimen hiciera su trabajo de limpieza.

Castillo metió la primera marcha, pero en lugar de enfilar hacia los muelles, giró bruscamente en el callejón de los Baños. Iba a desobedecer, pero necesitaba confirmación. Se detuvo frente a un ventanuco que daba a la cocina trasera de la taberna de El Manteca.

Bajó la ventanilla. El olor a grasa frita y ron barato lo golpeó.

—¡Manteca! —siseó.

El tabernero asomó su cabeza calva y sudorosa por el ventanuco, con los ojos saltones de miedo.

—Inspector, se lo ruego, no se detenga aquí. Don Genaro está de un humor de perros.

—¿Qué le ha dicho al Daga? —Castillo sacó su revólver reglamentario y lo dejó sobre el muslo, una amenaza silenciosa—. Dímelo o mañana te clausuro el garito por vender alcohol adulterado.

El Manteca tragó saliva, mirando hacia atrás por encima del hombro.

—Le ha dicho que el día está flojo, pero que la noche será larga. Le ha pagado tres meses de adelanto, Inspector. Quiere que parezca un robo de mala muerte. En el zaguán de la avenida.

Castillo no esperó más. Aceleró, haciendo chirriar los neumáticos sobre el pavimento húmedo. Tenía diez minutos antes de que el Daga decidiera que la espera había terminado. Tenía que encontrar a Lupe, sacarla de la calle o, por lo menos, estar allí cuando el Smith & Wesson y la navaja de Lázaro se encontraran bajo la luna de La Habana.

—La vida te da sorpresas... —susurró Castillo, recordando un viejo dicho de su abuela mientras esquivaba a un borracho que cruzaba la calle sin mirar—. Pero esta noche, la sorpresa me la voy a llevar yo si no llego a tiempo.


Lázaro "El Daga" Cortés apuró el último trago de ron blanco. No sintió el ardor en la garganta; su cuerpo ya estaba en otro lugar, en esa zona fría y silenciosa donde solo existían el objetivo y el acero. Se levantó de la mesa sin despedirse de Don Genaro. El "Gordi" seguía allí, envuelto en una nube de humo de puro, observando la espalda de Lázaro con la satisfacción del que acaba de comprar un destino.

Al salir de la taberna, Lázaro se detuvo un segundo bajo el dintel. Se ajustó el ala del sombrero de medio lado, dejando que la sombra ocultara sus ojos, y se subió el cuello del gabán. El gesto no era por frío, sino por ritual.

—Zapatillas —murmuró, sintiendo la suela de goma contra el pavimento—. Por si hay problemas y toca salir volao.

Empezó a caminar. No era un paso apresurado, era ese "tumbao" rítmico, una cadencia de depredador que no tiene prisa porque sabe que el mundo es suyo. Sus manos, ocultas en los bolsillos del gabán, jugaban con la empuñadura de nácar de su navaja automática. Sabía en cuál de ellas llevaba el puñal, pero el resto del mundo solo veía a un hombre elegante paseando por el barrio de los guapos.

Lázaro vio a Lupe a tres cuadras de distancia. Ella era una mancha roja y oscura recorriendo la acera por quinta vez. La vio entrar en un zaguán, buscando quizás un trago para olvidar que la noche no traía clientes, solo hambre.

—Pobre diabla —pensó Lázaro, y su diente de oro brilló un instante bajo la luz mortecina de una farola—. No sabe que hoy el cliente soy yo.

Cruzó la calle a la carrera, pero sin hacer ruido, moviéndose entre los coches aparcados como un fantasma de lino gris. Se pegó a la pared de una vieja ferretería cerrada, sintiendo la humedad del salitre calar en el ladrillo. Sus lentes oscuros le permitían ver el mundo en un tono sepia, eliminando los reflejos innecesarios. Solo le importaba ella.

Mientras tanto, a seis manzanas de allí, el Inspector Castillo golpeaba el volante del Buick con rabia. Un camión de reparto dé cerveza se había quedado cruzado en una de las estrechas calles de Centro Habana, bloqueando el paso por completo. Dos hombres gritaban y gesticulaban bajo la lluvia fina que empezaba a caer.

—¡Quiten ese trasto de la vía! —rugió Castillo, sacando medio cuerpo por la ventanilla.

—¡Se ha roto el eje, oficial! ¡No se mueve ni con Dios!

Castillo miró el reloj. Las 2:15 de la madrugada. El silencio de las calles cercanas era absoluto, un silencio que le erizaba el vello de los brazos. Sabía que cada segundo que perdía era un centímetro más que el puñal de Lázaro se acercaba al cuello de Lupe.

Lázaro ya estaba a solo veinte metros del zaguán donde Lupe se refugiaba. Se detuvo un momento, miró para un lado, miró para el otro. No se veía un alma. La avenida estaba desierta, como si la ciudad hubiera decidido cerrar los ojos para no ser cómplice.

Sacó la mano derecha del bolsillo. El clic de la navaja al abrirse fue casi imperceptible, un susurro metálico que se perdió en el eco lejano de una sirena. Lázaro sonrió. El diente de oro volvió a brillar, iluminando por un segundo la penumbra del portal.

—Vamos, Lupe —susurró para sí mismo—. Sal de ahí. Hagámoslo fácil.

Dentro del zaguán, Lupe sintió un escalofrío. No fue el aire frío. Fue ese instinto de los que han vivido siempre al borde del abismo. Metió la mano en su bolso y sus dedos se cerraron sobre la culata rugosa del .38 Smith & Wesson.

En ese preciso instante, Castillo lograba subir el Buick a la acera, esquivando el camión por un pelo, haciendo saltar chispas del parachoques contra la pared. El motor rugió, lanzando al policía hacia la calle de la Amargura. Pero ya era tarde para las sirenas. El destino ya había tomado posición en la esquina.


La avenida era un desierto de asfalto brillante. Lupe salió del zaguán refunfuñando, con el sabor amargo del ron barato todavía en la lengua. No había hecho ni un peso. La ciudad le debía una cena y la noche solo le ofrecía humedad. Al dar tres pasos fuera del portal, el instinto le gritó en la nuca.

Vio la sombra.

Lázaro "El Daga" Cortés cruzó la calle con la velocidad de un rayo gris. No hubo palabras. No hubo advertencias. Solo el destello del diente de oro que, en mitad de la risa silenciosa del asesino, parecía un faro macabro iluminando el camino hacia la tumba.

Lázaro apretó el puño dentro del gabán y, en un movimiento ensayado mil veces en los callejones, sacó el acero.

—Quiso fácil —pensó Lázaro mientras hundía el puñal.

Sintió la resistencia de la tela del abrigo de Lupe y luego el calor de la carne. La apuñaló sin compasión, con el odio de quien desprecia la vida ajena porque la suya propia no vale nada. Pero Lupe, herida de muerte, no cayó como una muñeca de trapo.

En ese microsegundo donde la vida se escapa, Lupe sacó el .38 Smith & Wesson de su cartera. No apuntó; el arma era una extensión de su rabia. El disparo sonó como un cañón en el vacío de la madrugada, un trueno que rebotó en los edificios desconchados y despertó a los pájaros del parque cercano.

Lázaro sintió un impacto seco en el pecho, como si un mazo de hierro lo hubiera golpeado. El mundo, hasta entonces nítido tras sus lentes oscuros, empezó a desdibujarse. Cayó de rodillas, con las manos manchadas de una sangre que ya no era de Lupe, sino la suya propia.

Lupe se desplomó a pocos palmos de él. El revólver aún humeaba en su mano. Con un hilo de voz, mientras la vista se le llenaba de sombras definitivas, miró al hombre que la había matado.

—Yo que pensaba... hoy no es mi día, estoy salá... —tosió Lupe, y un hilo carmín asomó por su comisura—. Pero tú, Daga... tú estás peor... tú estás en na...

Lázaro intentó sonreír, pero el diente de oro ya no brillaba; estaba cubierto por el velo de la muerte. Sus ojos se fijaron en una farola lejana antes de apagarse para siempre.

El eco del disparo murió. Hubo ruido, sí, pero nadie salió. En La Habana de Don Genaro, un disparo era una señal para cerrar las persianas y apagar las luces. Nadie quería ser testigo, nadie quería llorar por un macarra y una puta.

De un callejón lateral, tropezando con sus propios pies, emergió el Borracho. Se detuvo ante los dos cuerpos. No hubo horror en su rostro, solo una curiosidad anestesiada por el alcohol. Vio el brillo del revólver, el reflejo de la navaja y los pocos pesos que habían caído de la cartera de Lupe.

Con manos temblorosas, recogió el botín. Se guardó el acero, el hierro y el dinero. Se alejó tambaleándose, desafinando una canción que hablaba de sorpresas y de destinos escritos en el cielo.

Segundos después, el Buick del Inspector Castillo frenó en seco, quemando goma. Castillo bajó del coche con el arma en la mano, el corazón martilleando contra sus costillas. Pero allí solo quedaba el silencio.

Encontró a Lázaro y a Lupe. Dos cuerpos anónimos en la gran ciudad. Castillo guardó su arma y se quitó el sombrero, dejando que la lluvia fina le mojara la cara. Sabía que mañana los periódicos hablarían de un "ajuste de cuentas entre maleantes", que Don Genaro desayunaría tranquilo y que el diente de oro de Lázaro terminaría en alguna casa de empeños o en el bolsillo de un borracho.

Miró hacia el final de la calle. El sol empezaba a teñir el cielo de un gris ceniza.

—La vida te da sorpresas, Lázaro —susurró Castillo mientras cubría el cuerpo de Lupe con su propia gabardina—. Pero la mayor sorpresa es que la ciudad siempre sigue girando, como si nosotros nunca hubiéramos estado aquí.

Fin.

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