La noche que el Liceu se bajó los pantalones y El Molino se puso frac


 

La noche que el Liceu se bajó los pantalones y El Molino se puso frac

Barcelona, 14 de marzo de 1928. Aquella noche el Gran Teatre del Liceu demostró, una vez más, que no era un teatro: era la caja fuerte donde la ciudad guardaba, desde hacía 178 años, su orgullo, sus vicios y sus lágrimas. Y aquella velada alguien había olvidado la llave puesta, la puerta abierta y, encima, había invitado a todo el Paralelo a saquearla.

Todo empezó, como casi siempre en esta ciudad, por una apuesta de señoritos aburridos en el Círculo del Liceu. Don Anselmo Puig i Cadafalch, industrial textil del paseo de Gràcia, abonat perpetuo del palco 12 y hombre que consideraba que el dinero era un detalle menor cuando se trataba de presumir, había jurado que conseguiría juntar en el mismo escenario a la diva más puritana del Liceu y a la vedette más descarada del Molino. Perdió la apuesta. Y en vez de pagar con dignidad, hizo lo que cualquier catalán con posibles habría hecho: puso 200.000 pesetas de su bolsillo y decretó con solemnidad de virrey:

—14 de marzo. Gala benéfica para los huérfanos de la música. Mitad Liceu, mitad Molino. Y el que se escandalice que se quede en casa rezando el rosario… o mejor aún, que venga y disimule.

La dirección del Liceu, que olía el dinero a distancia, aceptó sin rechistar. La prensa lo anunció como «un gesto de reconciliación entre la alta cultura y el arte popular». Traducción libre: «Vamos a ver si conseguimos que las señoras de Pedralbes vean tetas sin desmayarse y que las del Paralelo escuchen a Puccini sin bostezar».

Esa misma tarde, durante el ensayo general de Tristán e Isolda, el dictador del foso, Arturo Toscanini, demostró que su mal genio no distinguía entre reyes y coristas. Todo iba más o menos según el plan wagneriano hasta que levantó la batuta y vio a Paquita «la de les cames llargues», corista de Badalona y superviviente nata, luciendo unas medias de seda color carne en vez de las blancas inmaculadas que él había exigido por escrito, en mayúsculas y con tres signos de exclamación.

Toscanini se puso del color de la grana, clavó la batuta en el atril como si fuera una daga y rugió con su mejor acento napolitano:

—O se toglie le calze… ¡o me ne vado a Milano subito!

Paquita, que entendía poco italiano pero mucho de la vida real, se encogió de hombros con esa filosofía barcelonesa que dice «si el problema tiene solución, ¿para qué preocuparse?». Se levantó la falda sin el menor drama, se quitó las dos medias de un tirón y las lanzó al aire como quien tira confeti. Cayeron graciosamente sobre el primer violín, que las cogió por reflejo como si fueran un ramo de novia.

Toscanini se quedó tres segundos en silencio absoluto… y luego soltó una carcajada tan fuerte que casi se le cae el frac.

—¡Brava! ¡Questa sì che è una vera artista catalana!

Aquella noche Paquita salió al escenario descalza, con las piernas pintadas de blanco porcelana a toda prisa. El público, que no se enteraba de nada, aplaudió entusiasmado pensando que era una audaz innovación escénica moderna. Toscanini dirigió el final de la ópera con una de las medias de Paquita enrollada en la batuta como si fuera una bandera de victoria personal. Incluso los tiranos italianos acababan rindiéndose ante unas buenas piernas de Gràcia.

A las nueve en punto el teatro estaba hasta los topes. En el palco 5, Alfonso XIII fingía estar de incógnito (es decir, todo el mundo lo saludaba con reverencias exageradas). A su lado, la reina María Cristina parecía un cirio pascual recién almidonado y con cara de «esto va a acabar en pecado mortal». En el palco 12, don Anselmo ya tenía el fajo de billetes preparado como quien lleva munición pesada. En el palco 22 —el legendario «palco caliente» equipado con biombo, sofá-cama y timbre anti-policía recién engrasado— la Viuda de R. había montado su pequeño prostíbulo volante con la eficiencia de una empresa familiar. Y justo enfrente, en el palco 21, veinte monjas de clausura invitadas por caridad miraban todo con los ojos como platos, convencidas de que iban a presenciar una función de teatro moral.

La función empezó con el decoro de rigor. María Barrientos cantó «Vissi d’arte» con cara de haber desayunado limones y vinagre. El público aplaudió con esa educación fría de quien cumple con el sueldo mensual. Entonces se apagaron las luces, sonó un ¡OLE! que hizo vibrar las arañas del techo y apareció Bella Dorita subida a una mula blanca, cantando «El Pichi» a voz en cuello y tirando claveles al patio de butacas como si fueran granadas. La mula, claramente abrumada por tanta cultura concentrada, hizo sus necesidades justo en el pasillo central. Nadie se quejó. En Barcelona, cuando llueven billetes y hay plumas de por medio, hasta la mierda adquiere categoría artística.

Luego llegó el turno de Carmen Amaya, que con solo 14 años ya tenía más duende que todo el Liceu junto. Su zapateado hizo temblar literalmente las lámparas. Un crítico de La Vanguardia, que escribía a toda prisa, apuntó en su libreta: «Esta niña vale más que todo el bel canto reunido… y encima no necesita que nadie le pague las medias».

Y entonces llegó el plato fuerte, el momento que todo el mundo esperaba y nadie quería admitir que esperaba: el número de «El relicario». Cuarenta coristas del Liceu vestidas de negro riguroso y cuarenta vedettes del Molino vestidas de casi nada (algunas con menos tela que un pañuelo) salieron al escenario. Empezó el pasodoble. A cada estribillo se quitaban una prenda con la elegancia de quien ha ensayado el gesto mil veces: primero el mantón, luego los guantes, luego el abanico… Cuando llegaron a las ligas, el público ya estaba de pie gritando «¡Otra! ¡Otra!» como si estuvieran en las verbenas de Gràcia un 15 de agosto.

María Barrientos, que había decidido quedarse a ver el naufragio desde un palco lateral, se levantó indignada y exclamó con voz de soprano ofendida:

—¡Yo aquí no canto más!

Bella Dorita, sin perder ni un compás del pasodoble, le contestó desde el escenario con la boca llena de gracia y descaro:

—No pateixis, reina! Tu ja has cantat prou… ara ens toca a les que treballem de veritat!

El Liceu entero estalló en carcajadas que retumbaron hasta la Rambla. Hasta Alfonso XIII aplaudía con un entusiasmo que rayaba en lo sospechoso. La reina María Cristina se levantó como un resorte, roja como un tomate de Padrón maduro:

—¡Alfonso, nos vamos ahora mismo! ¡Esto es peor que el Paralelo en noche de verbena!

El rey, sin apartar la vista del escenario ni un segundo, respondió con esa calma regia tan suya:

—Vete tú, querida. Yo tengo que… supervisar la temperatura del escenario. Es por razones de seguridad nacional.

Mientras tanto, en el palco 22 alguien tuvo la brillante idea de abrir las cortinas para ventilar el ambiente. Las monjas del 21 entraron en pánico colectivo. Una novicia gritó con voz quebrada:

—¡Germanes, que ens ataquen els dimonis amb plomes i sense calces!

Dos se desmayaron de golpe. La madre superiora, desesperada, pidió agua bendita al acomodador más cercano, que, por error de cálculo o por puro cachondeo, le trajo una copa de champán francés.

En pleno apogeo del delirio, don Anselmo, desde su palco 12, decidió que ya era hora de volver a las andadas. Empezó a llover billetes de 100 pesetas «para que lleguen a más manos». Uno de ellos cayó con precisión quirúrgica en el escote de Carmen Amaya. La niña lo cogió al vuelo, lo besó con teatralidad y gritó con toda la gracia del Paralelo:

—Això sí que és un souvenir, collons!

A la una y media de la madrugada, cuando sopranos, cupletistas, bailaoras y hasta la pobre mula cantaron «Suspiros de España» a coro, el teatro ya no se parecía en nada al Liceu. Parecía un cabaret con pretensiones de grandeza. Toscanini sonreía desde el foso con la media de Paquita ondeando en la batuta como si fuera la bandera de una victoria personal y moral.

Cuando el público por fin salió a la Rambla, el espectáculo era aún más absurdo que lo que había ocurrido dentro: señoras de alta sociedad con plumas en el pelo, señoritos con carmín en la camisa y obreros del barrio aplaudiendo a los de frac como si fueran viejos amigos. Un viejo abonat del Liceu, con la sabiduría que dan los años y los muchos entreactos, resumió la noche con la frase que quedaría grabada en la memoria colectiva para siempre:

—Avui hem après una cosa important: la cultura alta i la cultura baixa, quan es treuen la roba… són exactament iguals.

Nunca más se repitió un espectáculo semejante. El arzobispo de Barcelona, escandalizado, prohibió el Liceu a los buenos católicos durante un mes entero. Las entradas, cómo no, se agotaron hasta 1930. María Barrientos juró solemnemente no volver a pisar un escenario donde hubiera mulas o vedettes. Y don Anselmo recibió una carta seca y educada de la dirección del teatro:

«Gracias por su generosa contribución a la causa benéfica. Pero la próxima vez, por favor, avise con antelación antes de traer mulas, vedettes y billetes voladores».

Y Barcelona, fiel a su estilo, siguió siendo Barcelona: una ciudad donde el Liceu guardaba el orgullo, los vicios y las lágrimas desde hacía 178 años… y donde, de vez en cuando, alguien abría la caja fuerte de par en par y dejaba que todo el mundo viera, sin disimulos, lo que realmente había dentro.

Porque, como decía la Bella Chelito del Molino con esa sabiduría popular que nunca falla:

«Aquí no venim a veure dones despullades… venim a veure homes que es creuen que manen i dones que sabem que no!».

Y colorín colorado, esta historia nunca se ha acabado del todo… porque cada noche, en algún palco con cortinas gruesas, alguien sigue tirando billetes, alguien sigue quitándose las medias y alguien sigue mirando al palco de enfrente para ver con quién está su mujer.

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