Donde vuelve la lluvia
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Prólogo
Hay ciudades que nunca terminan de abandonarnos.
Da igual cuántos años pasen.
Da igual la distancia.
O las veces que intentemos convencernos de que aquello ya quedó atrás.
Siempre existe una calle, un olor después de la lluvia, una canción sonando a lo lejos o el reflejo de una ventana al anochecer capaces de devolvernos exactamente al lugar del que creíamos haber escapado.
A veces no regresamos por nostalgia.
Regresamos porque hay heridas que solo cicatrizan donde nacieron.
Porque existen personas que siguen habitando silenciosamente dentro de nosotros incluso después de desaparecer.
Y porque el amor —el verdadero— rara vez se parece a lo que imaginábamos cuando éramos jóvenes.
No siempre salva.
No siempre permanece.
Pero deja huellas.
En una estación vacía.
En una mesa de café junto a una columna.
En una buhardilla donde aún suena jazz cuando llueve.
O en la memoria de quienes nunca aprendieron del todo a despedirse.
Esta es una historia de regresos.
De silencios demasiado largos.
De cartas abiertas demasiado tarde.
Y de tres personas que, de una forma extraña y hermosa, siguieron encontrándose incluso después del adiós.
Porque hay lugares donde la lluvia nunca deja de volver.
Y quizá nosotros tampoco.
Donde vuelve la lluvia
El día apenas había despertado.
La lluvia caía fina sobre la ciudad, como si llevara horas allí antes que nadie, empapando aceras vacías, bancos solitarios y los primeros periódicos abandonados frente al quiosco cerrado de la avenida.
Aún no eran las siete.
Las ventanas seguían oscuras en la mayoría de edificios y las pocas luces encendidas parecían resistirse al amanecer con la misma desgana que el cielo gris.
Bajo la vieja marquesina de la estación, un hombre esperaba en silencio con un ramo de flores mojadas entre las manos.
Las sostenía con cuidado.
Como si todavía importara que llegaran enteras.
El papel marrón que las envolvía empezaba a deshacerse por las esquinas y pequeñas gotas resbalaban lentamente hasta caer sobre sus zapatos negros, ya húmedos desde hacía rato.
Él no parecía darse cuenta.
Miraba las vías.
A veces el reloj.
Después volvía a las vías otra vez.
Tenía ese cansancio tranquilo de los hombres que han aprendido a esperar sin protestar.
A unos metros, una mujer de la limpieza arrastraba un cubo amarillo por el vestíbulo casi vacío mientras la megafonía anunciaba retrasos con una voz apagada y metálica que parecía venir de otro tiempo.
El hombre respiró hondo.
El olor a café recién hecho llegó desde el pequeño bar de la estación, aún medio cerrado, donde un camarero colocaba las sillas sin demasiada prisa.
Por un instante pensó en entrar.
Pedir un café caliente.
Secarse un poco.
Pero no lo hizo.
Tenía miedo de que el tren llegara mientras él no estaba mirando.
Se acomodó mejor el cuello del abrigo y volvió a mirar el reloj.
Las seis y cincuenta y tres.
Todavía faltaban siete minutos.
Siete minutos podían parecer poca cosa para cualquiera.
Pero no para alguien que llevaba veinte años esperando.
El ruido lejano de un tren empezó a escucharse entre la lluvia.
Muy suave al principio.
Casi confundido con el viento.
El hombre levantó despacio la cabeza.
Y durante un segundo algo cambió en sus ojos.
No felicidad exactamente.
Tampoco miedo.
Era otra cosa.
Algo parecido a cuando una herida antigua vuelve a abrirse justo antes de cicatrizar del todo.
El tren todavía no había llegado.
Solo aquel ruido lejano que aparecía y desaparecía entre la lluvia, como un recuerdo empeñado en volver.
Detrás de la estación, en el pequeño aparcamiento casi vacío, un viejo Citroën gris esperaba bajo el agua con los limpiaparabrisas detenidos a mitad del cristal.
Parecía tan cansado como su dueño.
La estación quedaba lejos del centro, junto a una antigua carretera comarcal que ya casi nadie utilizaba desde que construyeron la autovía nueva.
Los domingos, a esas horas, el lugar parecía abandonado por el mundo.
Y quizá por eso había elegido aquella estación.
Porque allí los recuerdos podían aparecer sin hacer demasiado ruido.
El hombre apretó un poco más el ramo entre las manos.
Las flores ya empezaban a doblarse por la lluvia.
Pensó que debería haberlas protegido mejor.
Siempre llegaba tarde para las cosas importantes.
Bajó la mirada.
El agua golpeaba el borde metálico de la marquesina con una paciencia infinita.
Entonces volvió aquel recuerdo.
No completo.
Nunca volvían completos.
Solo fragmentos.
Una bufanda color crema.
Una risa breve.
El vaho en la ventanilla de un tren.
Y aquella frase.
—No me esperes demasiado.
Cerró los ojos apenas un instante.
Pero había personas a las que uno seguía esperando incluso después de aprender que no volverían jamás.
Seguía esperando.
El reloj de la estación parecía haberse detenido en algún minuto olvidado de la madrugada.
Apenas había cambiado nada desde la llegada de la lluvia.
Solo la luz.
El amanecer empezaba a empujar lentamente la oscuridad detrás de las vías y el frío parecía haberse vuelto más intenso.
El hombre se frotó las manos.
Al respirar, el vaho escapó despacio frente a su rostro.
Y entonces volvió aquel recuerdo.
El humo del café subiendo entre ambos en una pequeña mesa junto al ventanal del antiguo Café Rus.
Todavía podía verlo.
Las cucharillas golpeando la porcelana.
La lluvia resbalando por los cristales.
El abrigo de ella doblado sobre la silla vacía de al lado.
Y aquella manera de mirarle mientras sostenía la taza caliente entre las manos.
Como si todavía creyera que el tiempo podía detenerse para algunas personas.
Cerró un momento los ojos.
A veces los recuerdos regresaban así.
Sin pedir permiso.
Traídos por el frío.
Por la lluvia.
O por el simple cansancio de seguir esperando.
A lo lejos volvió a escucharse el silbido del tren.
Esta vez más cerca.
Pero él no se movió.
Porque había aprendido que algunas llegadas importantes siempre parecían demorarse un poco más que las demás.
La lluvia golpeaba las tejas metálicas de la marquesina con un sonido irregular y antiguo.
El hombre levantó un poco la mirada.
Y entonces pensó en el Citroën.
En el viejo techo de lona oscura estremeciéndose bajo el agua cada vez que llovía fuerte.
Durante años había querido cambiarlo.
Pero nunca lo hizo.
Porque ella adoraba aquel sonido.
Todavía podía escucharla riéndose mientras la lluvia caía sobre el coche detenido junto al río, muchos años atrás.
Aquella noche también era domingo.
Y también llovía.
El interior del Citroën olía a humedad, a café recién comprado y al perfume suave que ella dejaba siempre impregnado en la bufanda.
El agua golpeaba la lona por encima de sus cabezas.
Tac.
Tac-tac.
Tac.
Ella miraba hacia el cristal empañado mientras dibujaba algo con el dedo.
—¿Sabes qué me gusta de la lluvia? —preguntó de pronto.
Él negó con una sonrisa cansada.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Que hace que el mundo vaya más despacio.
Después se quedaron callados.
Escuchando únicamente la lluvia sobre el techo.
Como si no necesitaran nada más.
El silbido del tren volvió a escucharse.
Mucho más cerca esta vez.
El hombre abrió lentamente los ojos.
Las vías empezaban a vibrar bajo la lluvia.
Y por primera vez en muchos años sintió miedo de verdad.
El tren apareció finalmente entre la lluvia como una sombra gris atravesando la mañana.
Entraba despacio en la estación.
Demasiado despacio.
Chema sintió cómo el corazón empezaba a golpearle con fuerza, incómodo, casi doloroso, después de tantos años acostumbrado al silencio.
Las luces delanteras se reflejaban sobre las vías mojadas mientras los vagones avanzaban lentamente bajo la niebla del amanecer.
Parecía imposible que aquel momento hubiera tardado tanto en llegar.
Y sin embargo, ahora que estaba allí, deseó durante un instante que el tren no terminara nunca de detenerse.
Apretó el ramo entre las manos.
Las flores estaban completamente empapadas.
Seguramente arruinadas.
Como casi todo lo que uno guarda demasiado tiempo.
Sintió frío.
O miedo.
Ya no sabía distinguirlos.
¿Qué ocurriría cuando Jaqueline bajara del tren?
La pregunta llevaba días persiguiéndolo.
Tal vez semanas.
Quizá años.
¿La reconocería enseguida?
¿Seguiría llevando el cabello largo?
¿Sonreiría al verlo?
¿Le abrazaría?
¿O solo le ofrecería esa distancia educada que utilizan las personas cuando intentan no despertar el pasado?
El tren siguió frenando lentamente.
Las puertas aún cerradas.
Chema tragó saliva.
Y entonces apareció otro miedo.
Uno peor.
Que Jaqueline no bajara.
Que todo hubiera sido únicamente una equivocación absurda sostenida por la memoria y la lluvia.
El chirrido metálico de los frenos llenó la estación vacía.
El tren terminó por detenerse.
Y el mundo pareció quedarse inmóvil durante un segundo entero.
Por fin había llegado la hora.
La maldita hora.
El tren ya estaba detenido frente al andén.
Ahora solo quedaba esperar.
Esperar a que ella bajara.
Chema sintió un vacío extraño en el estómago mientras las puertas se abrían una tras otra con un silbido húmedo y cansado.
La gente empezó a apearse lentamente.
Un hombre con un paraguas negro.
Una pareja joven medio dormida.
Una anciana sujetando un bolso contra el pecho.
Después otro hombre.
Y otro más.
La estación volvió a llenarse por unos instantes de pasos, maletas arrastrándose y voces apagadas por el frío de la mañana.
Pero ella no aparecía.
La lluvia había cesado casi de golpe.
Y ahora era la niebla la que empezaba a ocuparlo todo lentamente, desdibujando las luces del andén y los contornos del tren.
Chema tragó saliva.
Quizá no había venido.
Quizá había interpretado mal aquella carta.
Quizá todo aquello no había sido más que una estupidez nacida de la nostalgia y los domingos vacíos.
Las puertas comenzaron a cerrarse poco a poco.
Entonces la vio.
Del último vagón apareció una figura de mujer alta, avanzando despacio entre la niebla con una maleta oscura en la mano.
Durante unos segundos la imagen fue apenas una sombra borrosa.
Irreal.
Como uno de esos recuerdos que regresan demasiado tarde.
Chema dejó de respirar.
Porque incluso antes de distinguir su rostro… supo que era ella.
Chema observó cómo aquella figura avanzaba lentamente por el andén.
Y mientras ella se acercaba, demasiadas cosas comenzaron a agolparse dentro de su cabeza.
Los años.
Las cartas.
Las despedidas.
Todo lo que no dijeron.
Todo lo que sí.
Sintió miedo de no reconocerla.
Pero entonces se fijó en su manera de caminar.
Y algo dentro de él se detuvo.
Los andares seguían siendo los mismos.
Lentos.
Serenos.
Con aquella ligera inclinación hacia la derecha que recordaba perfectamente.
Cuántas veces la había visto alejarse así.
Cuántas veces había querido detenerla.
La niebla empezó a abrirse poco a poco alrededor del andén, dejando entrar una luz gris y fría de amanecer.
Y entonces quedaron frente a frente.
Dos figuras quietas en medio de la estación casi vacía.
Observándose.
Sin saber todavía cómo cruzar tantos años de distancia.
Chema sintió que el tiempo había pasado por ambos.
En el cansancio de los ojos.
En la manera de sostener el silencio.
En las pequeñas derrotas que uno aprende a esconder con los años.
Jaqueline dejó despacio la maleta junto a sus pies.
Ninguno de los dos habló.
Solo se miraron.
Como si necesitaran comprobar que el otro seguía existiendo realmente.
El tren volvió a ponerse en marcha detrás de ellos.
Pero ninguno se movió.
Porque había encuentros que obligaban al mundo entero a esperar.
La claridad de la mañana empezaba a abrirse paso lentamente detrás de la estación.
La niebla se retiraba despacio hacia las vías vacías mientras el último ruido del tren desaparecía en la distancia.
Ahora ya no quedaba nadie allí.
Solo ellos dos.
Chema bajó la mirada hacia el ramo mojado y se lo tendió con cierta torpeza.
—Son para ti… —dijo al fin—. Lo siento. La lluvia les ha quitado todo el encanto.
Jaqueline observó las rosas unos segundos.
El papel deshecho.
Los pétalos húmedos.
Y aquella manera de sujetarlas que seguía siendo tan suya.
Después levantó los ojos hacia él.
—Siguen siendo rosas.
Chema sonrió apenas.
Muy poco.
Como alguien que había olvidado hacerlo.
Ella tomó el ramo con cuidado, como si aquello también perteneciera al pasado.
Parecía no importarle el desastre en que se habían convertido las flores.
A Jaqueline siempre le habían encantado las rosas.
Él nunca lo olvidó.
—Vámonos —dijo ella mirando alrededor—. Esto está demasiado solitario.
Chema asintió en silencio y tomó la maleta antes de que ella pudiera protestar.
Caminaron juntos hacia el aparcamiento.
Despacio.
Sin rozarse.
Sin saber todavía cómo caminar cerca del otro después de tantos años.
El viejo Citroën seguía esperándolos bajo la humedad de la mañana.
Jaqueline se detuvo al verlo.
Y entonces apareció algo distinto en su rostro.
Algo parecido a una memoria feliz.
—¿Aún lo conservas? —preguntó casi en voz baja.
Chema dejó la maleta junto al coche.
—Nunca conseguí deshacerme de él.
Ella pasó lentamente la mano por el techo de lona mojado.
Y durante un instante ambos volvieron a escuchar la lluvia de otros años cayendo sobre aquel mismo coche.
Pero ninguno se atrevió todavía a nombrar lo que realmente había ocurrido entre ellos.
El Citroën avanzaba despacio por la carretera mojada mientras la mañana terminaba de despertar alrededor de la ciudad.
Dentro del coche apenas se escuchaba otra cosa que el motor antiguo y el roce suave de los limpiaparabrisas.
Jaqueline permanecía girada hacia la ventanilla.
El cristal empezaba a empañarse otra vez por el contraste del frío exterior y el calor cansado del interior.
Entonces levantó lentamente un dedo y dibujó una línea sobre el vaho.
Como hacía siempre.
Chema la observó de reojo sin decir nada.
Había olvidado muchas cosas durante aquellos años.
Pero no aquello.
—Todo sigue igual —murmuró ella finalmente.
La ciudad pasaba lentamente al otro lado del cristal húmedo.
Los mismos balcones.
Las mismas cafeterías cerradas.
Los mismos árboles oscuros junto al río.
Jaqueline apoyó la frente contra la ventanilla.
—Pensé muchas veces en no volver.
Chema apretó un poco más las manos sobre el volante.
Pero no encontró ninguna respuesta que no llegara demasiado tarde.
El limpiaparabrisas apartó por un instante el agua del cristal.
Y entonces apareció aquella calle.
La de la vieja buhardilla.
La de los cuadros.
La de los años en que todavía creían que la vida podía empezar de nuevo en cualquier momento.
Jaqueline cerró los ojos apenas un segundo.
—¿Sigue ahí? —preguntó.
Chema supo enseguida a qué se refería.
Porque algunas preguntas nunca necesitaban nombre.
El Citroën cruzó lentamente el puente viejo mientras la niebla empezaba a levantarse sobre el río.
La ciudad despertaba despacio.
Algunos comercios abrían las persianas metálicas y el olor a pan recién hecho empezaba a escapar de las primeras cafeterías.
Jaqueline seguía mirando por la ventanilla.
A veces parecía estar allí.
Otras no.
Chema quiso decir muchas cosas.
Preguntarle cómo había vivido todos aquellos años.
Si había sido feliz.
Si alguna vez pensó en él.
Pero las palabras parecían demasiado frágiles para después de tanto tiempo.
—Han cerrado el Café Rus —dijo finalmente.
Ella giró apenas la cabeza.
Y por primera vez apareció una tristeza reconocible en sus ojos.
—Sabía que acabaría ocurriendo.
Chema asintió.
—Lo cerraron hace cuatro inviernos.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Pero ya no era el mismo silencio de la estación.
Ahora estaba lleno de cosas que empezaban lentamente a regresar.
Al pasar junto a una calle estrecha del casco antiguo, Jaqueline volvió a hablar.
—¿Y la buhardilla?
Chema tardó unos segundos en responder.
—Sigue igual.
Ella bajó la mirada.
Como si aquella respuesta pesara más de lo que esperaba.
—Pensé que Alicia la habría vendido.
—Nunca quiso tocar nada después de marcharse.
Jaqueline apoyó de nuevo la cabeza contra el cristal.
El vaho volvió a cubrir la ventanilla lentamente.
—Alicia siempre decía que los lugares también aprenden a esperar.
Chema notó cómo algo se removía dentro de él al escuchar aquel nombre otra vez.
Hacía muchos años que nadie lo pronunciaba dentro de ese coche.
Muchísimos.
Y sin embargo seguía sonando exactamente igual que entonces.
La lluvia había desaparecido por completo cuando el Citroën abandonó el puente y entró en las calles estrechas del casco antiguo.
El cielo seguía gris.
Pero aquella claridad triste de los domingos comenzaba a instalarse lentamente sobre los edificios antiguos, las fachadas húmedas y los balcones vacíos.
Chema conducía despacio.
Como si alargando el trayecto pudiera retrasar también todo lo que aún quedaba por decir.
Jaqueline seguía observando la ciudad tras el cristal empañado.
A ratos parecía reconocer cada esquina antes incluso de verla aparecer.
Una librería cerrada.
El viejo cine convertido ahora en supermercado.
La plaza donde antes ponían música en verano.
Todo seguía allí.
Y al mismo tiempo ya no pertenecía a nadie.
—Han quitado los árboles de la avenida —murmuró ella.
Chema asintió sin apartar la vista de la carretera.
—Los cortaron hace años. Dijeron que estaban enfermos.
Jaqueline dejó escapar una sonrisa pequeña.
Triste.
—Todos acabamos enfermos de algo.
Después volvió el silencio.
Pero esta vez no resultaba incómodo.
Parecía el silencio de dos personas agotadas de fingir durante demasiados años.
Al girar por una calle estrecha, el coche redujo aún más la velocidad.
Jaqueline se incorporó apenas.
Allí estaba.
El edificio antiguo seguía levantado entre dos fachadas más nuevas, como un recuerdo obstinado que se negaba a desaparecer.
La buhardilla ocupaba el último piso.
Las ventanas altas continuaban igual.
Incluso desde abajo podía distinguirse la cortina clara moviéndose ligeramente detrás del cristal.
Sintió un vuelco extraño.
Porque durante un instante tuvo la sensación absurda de que Alicia aún seguía arriba pintando.
Esperándola.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
Chema detuvo el coche unos segundos junto a la acera.
Ninguno de los dos habló.
Jaqueline observó la ventana sin moverse.
Y entonces preguntó algo que llevaba demasiados años guardando.
—¿Llegaste a subir después de aquello?
Chema tardó en responder.
Demasiado.
—Solo una vez.
Ella siguió mirando hacia arriba.
—¿Y qué viste?
Chema apoyó las manos sobre el volante.
Recordó el olor a óleo seco.
Los pinceles dentro de vasos antiguos.
Los cuadros apoyados contra las paredes.
Y aquella sensación insoportable de entrar en un lugar donde todavía quedaba alguien incluso después de haberse marchado.
Tragó saliva.
—Todo seguía en su sitio.
Jaqueline cerró lentamente los ojos.
Como si esa fuera precisamente la respuesta que temía escuchar.
A lo lejos comenzaron a sonar las campanas de una iglesia.
Domingo.
Nueve de la mañana.
La ciudad terminaba de despertar.
Pero dentro del coche seguían atrapados en otro tiempo.
Chema desvió el coche unos metros más adelante y tomó una calle estrecha que desembocaba en una pequeña plaza todavía medio vacía.
Jaqueline notó cómo reducía la velocidad.
Cuando levantó la vista, lo vio.
La misma fachada.
El mismo toldo algo descolorido.
Las mismas letras sobre el cristal.
Casa Gloria.
Sintió algo parecido a un pequeño golpe dentro del pecho.
—No puede ser…
Chema sonrió apenas.
—Pensé que quizá tendrías hambre.
Ella no respondió enseguida.
Solo observó el lugar unos segundos.
Allí habían pasado demasiadas horas.
Desayunos improvisados.
Tardes de lluvia.
Conversaciones interminables.
Silencios cómodos.
Alicia también había estado allí muchas veces.
Todos habían estado allí.
Y sin embargo parecía imposible que aquel sitio hubiera sobrevivido a tanto tiempo.
Chema apagó el motor.
—Los hijos llevan ahora el negocio.
Gloria apenas baja ya algunas mañanas.
Dice que viene solo para vigilar que no cambien nada.
Jaqueline dejó escapar una sonrisa cansada.
—Hace bien.
Había cansancio en su voz.
El viaje nocturno empezaba a pesarle en los ojos, en los hombros, en la forma lenta de mover las manos.
Chema lo notó.
Por primera vez desde que la vio bajar del tren, sintió una necesidad sencilla y antigua:
cuidarla.
Entraron.
Una pequeña campanilla sonó sobre la puerta.
Y todo permanecía allí.
El mismo suelo hidráulico.
Las mesas de mármol.
Las sillas de madera desgastadas.
El viejo reloj sobre la barra.
Incluso el aroma.
Café recién hecho.
Pan tostado.
Memoria.
Una mujer joven detrás del mostrador levantó la vista.
Sonrió a Chema con familiaridad.
—Buenos días.
Lo de siempre.
Chema dudó.
Miró a Jaqueline.
Ella seguía inmóvil en medio del local.
Observándolo todo.
Como quien acaba de entrar en una habitación que llevaba demasiados años evitando.
Entonces señaló una mesa junto a la ventana.
La pequeña mesa del rincón.
La de siempre.
—Si todavía está libre… prefiero sentarme allí.
Chema entendió que no hablaba de la mesa.
Y no dijo nada.
Solo apartó una silla para ella.
El rincón seguía allí.
Detrás de la vieja columna de madera, medio oculto del resto del local, como si el tiempo hubiera decidido olvidarse también de aquel pequeño espacio.
Jaqueline pasó lentamente la mano por el respaldo de la silla antes de sentarse.
Cuántas veces habían estado allí escondiéndose de las miradas ajenas.
De los compañeros del banco.
De las preguntas.
Del mundo.
Alicia solía decir que aquel rincón parecía inventado para las personas que todavía no sabían dónde colocar su vida.
Chema dejó el abrigo sobre otra silla.
—Han conservado hasta el último rincón de este sitio.
Jaqueline observó alrededor.
Las lámparas antiguas.
Las fotografías amarillentas colgadas en la pared.
Las pequeñas grietas del techo.
Todo permanecía intacto.
—Gloria nunca habría permitido cambios —murmuró ella.
Chema asintió.
—Está viuda desde hace años.
Ahora llevan el negocio los hijos, pero ella sigue viniendo cada mañana.
Dice que mientras siga viva no piensa dejar que toquen nada de lo que levantó con su marido.
Jaqueline bajó la mirada hacia la mesa.
Y por algún motivo aquella frase le dolió más de lo esperado.
Porque había personas capaces de conservarlo todo.
Y otras que un día simplemente desaparecían.
La camarera dejó dos cafés sobre la mesa.
El humo empezó a subir lentamente entre ambos.
Durante unos segundos ninguno habló.
Chema observó cómo Jaqueline rodeaba la taza con las manos para calentarse.
Seguía haciéndolo igual.
Exactamente igual.
Ella levantó los ojos despacio.
—Sigues viniendo aquí, veo.
La pregunta quedó suspendida entre el ruido suave de las cucharillas y la música baja del local.
Chema tardó un momento en responder.
—A veces.
Jaqueline sostuvo su mirada unos segundos más.
Como si intentara descubrir cuántas cosas seguían esperándola todavía en aquella ciudad.
Después apartó la vista hacia la ventana empañada.
Y el silencio volvió a sentarse con ellos en aquella mesa escondida del mundo.
Fuera, la ciudad empezaba por fin a llenarse de movimiento.
Algunas personas cruzaban la plaza apresuradas bajo paraguas oscuros mientras el cristal empañado de Casa Gloria devolvía imágenes borrosas de un domingo cualquiera.
Dentro, el tiempo parecía avanzar de otra manera.
Más lento.
Más cansado.
Jaqueline removía el café distraídamente sin llegar a probarlo.
Chema la observó en silencio.
El viaje nocturno seguía reflejado en sus ojos.
Había algo agotado en ella.
No solo físico.
Algo más profundo.
Como si hubiera tardado demasiados años en reunir el valor necesario para volver.
—Siguen poniendo la misma música —murmuró de pronto.
Chema prestó atención.
Un viejo bolero sonaba muy bajo desde la radio detrás de la barra.
Sonrió apenas.
—Gloria decía que la música moderna hacía que el café supiera peor.
Jaqueline dejó escapar una pequeña risa.
Muy breve.
Pero real.
Y aquella risa golpeó a Chema con más fuerza que cualquier reproche.
Porque acababa de recordar cuánto la había echado de menos.
La camarera apareció con unas tostadas y las dejó sobre la mesa.
—Mi madre decía que vosotros siempre pedíais lo mismo —comentó sonriendo—. Creo que os reconoció nada más entrar.
Jaqueline levantó la vista sorprendida.
—¿Tu madre?
—Gloria.
La chica señaló hacia la cocina.
—Ahora casi no sale, pero sigue pendiente de todo desde dentro.
Chema y Jaqueline se miraron apenas un segundo.
Como dos personas descubiertas por el pasado.
Cuando la camarera se alejó, Jaqueline apoyó lentamente la espalda en la silla.
—Pensé que aquí ya nadie se acordaría de nosotros.
Chema bajó la mirada hacia la taza de café.
—Algunos sitios no olvidan tan fácilmente.
Ella no respondió.
Sus dedos jugueteaban distraídamente con el borde húmedo de la servilleta.
Entonces preguntó casi en voz baja:
—¿Llegaste a verla antes de que muriera?
Chema levantó lentamente los ojos.
No necesitó preguntar de quién hablaba.
Alicia había vuelto a sentarse con ellos en aquella mesa sin que ninguno la nombrara realmente.
Chema tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Jaqueline dejó de mover la servilleta.
El silencio cambió otra vez.
Más denso ahora.
Más peligroso.
—¿Y estaba sola?
Chema respiró hondo.
Fuera, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar otra vez sobre la mañana gris.
—No tanto como quería aparentar.
Chema dejó unas monedas junto a la taza vacía y se levantó despacio.
—Ven.
Jaqueline lo siguió sin preguntar.
Atravesaron el local hasta el fondo, más allá de la barra y de las mesas cercanas a la ventana, hasta llegar a un pequeño rincón medio escondido detrás de una columna antigua.
Allí la luz entraba más suave.
Más amarilla.
Como si también perteneciera a otro tiempo.
Sobre la pared colgaba un gran cuadro protegido por un cristal envejecido.
Jaqueline se quedó inmóvil al verlo.
Decenas de fotografías antiguas aparecían mezcladas unas con otras formando una especie de collage imperfecto.
Imágenes descoloridas.
Cumpleaños.
Cenas.
Abrazos.
Gente joven riendo alrededor de aquellas mismas mesas muchos años atrás.
Chema sonrió apenas.
—Lo llamábamos el rincón de la nostalgia.
Jaqueline se acercó lentamente.
Reconoció rostros.
Algunos nombres regresaron de golpe.
Otros no.
Había antiguos compañeros del banco.
Clientes habituales.
Músicos.
Estudiantes.
Personas que seguramente ya ni siquiera seguían vivas.
Entonces vio una fotografía algo torcida en una esquina inferior.
Ellos dos.
Sentados junto a la ventana.
Ella estaba de espaldas.
Chema la miraba mientras sonreía sin darse cuenta de que alguien les hacía aquella foto.
Jaqueline notó cómo se le cerraba ligeramente la garganta.
—Los de nuestra época empezamos a colgar fotos aquí en un tablón de corcho —explicó Chema—. Un día la hija de Gloria las recogió todas y decidió hacer este cuadro.
Jaqueline levantó una mano hacia el cristal sin llegar a tocarlo.
Como si temiera romper algo.
—Qué jóvenes éramos…
La voz apareció detrás de ellos.
Cálida.
Gastada por los años.
Ambos se giraron.
Gloria permanecía apoyada en el marco de la puerta con una pequeña sonrisa cansada.
El cabello completamente blanco.
Las manos escondidas bajo un viejo delantal azul.
Pero los ojos seguían siendo exactamente los mismos.
—Y qué poco sabíais entonces de la vida —añadió suavemente.
Jaqueline sintió un nudo inesperado en el pecho.
Gloria abrió los brazos sin decir nada más.
Y Jaqueline terminó abrazándola despacio.
Como quien regresa a un lugar que creía perdido para siempre.
Un rato después salieron nuevamente a la plaza.
La mañana había terminado de despertar.
Chema tomó la maleta del maletero, el ramo y cerró el coche.
Parecía querer decir algo importante.
Pero dudó.
—Puedes quedarte en mi casa si quieres… —dijo finalmente—. O te llevo a un hotel.
Jaqueline permaneció unos segundos observando la ciudad alrededor.
El aire húmedo.
Las calles antiguas.
Las ventanas de la buhardilla a lo lejos.
Después negó muy despacio.
—No.
Chema esperó.
Ella levantó los ojos hacia el final de la calle.
Hacia aquel edificio detenido en el tiempo.
Y entonces habló casi en un susurro.
—Quiero ir directamente allí.
Chema comprendió enseguida que no hablaba de un lugar.
Hablaba del pasado.
Y supo que, después de tantos años, ya no había forma de seguir huyendo de él.
La buhardilla estaba en el último piso.
Las escaleras seguían crujiendo igual que antes.
Cada peldaño parecía guardar el eco de otros años, de otras risas, de pasos que nunca terminaron de marcharse del todo.
Chema subió primero.
Jaqueline lo seguía en silencio.
Al llegar arriba, él se detuvo unos segundos frente a la puerta.
Sacó lentamente unas llaves del bolsillo del abrigo.
Jaqueline las miró.
Y las reconoció enseguida.
El pequeño llavero de madera azul.
Alicia lo había llevado siempre.
Chema sostuvo las llaves entre los dedos un instante antes de hablar.
—Me las dio en el hospital.
El silencio se hizo aún más profundo.
—Dijo que algún día volverías.
Jaqueline bajó despacio la mirada.
Chema abrió la puerta.
Y el tiempo se detuvo.
El olor apareció primero.
Óleo.
Madera antigua.
Libros.
Polvo limpio.
Memoria.
Nada había cambiado.
La luz gris de la mañana seguía entrando por los grandes ventanales inclinados del techo exactamente igual que años atrás.
Los cuadros permanecían apoyados contra las paredes.
Los pinceles descansaban dentro de viejos tarros de cristal.
Incluso la manta sobre el sofá seguía doblada del mismo modo.
Jaqueline avanzó muy despacio.
Como si temiera despertar algo.
O a alguien.
En el centro de la mesa aún seguía el viejo florero de porcelana blanca.
Vacío.
Esperando.
Chema dejó el ramo de rosas húmedas junto a él.
—La lluvia las destrozó un poco —murmuró.
Pero Jaqueline ya no parecía escucharlo.
Tomó el florero.
Fue hasta la pequeña cocina.
Lo llenó de agua.
Y después empezó a colocar las rosas una a una.
Con una lentitud casi ceremonial.
Como si aquello formara parte de un ritual antiguo que solo ella conocía.
Chema la observó en silencio.
Había algo dolorosamente hermoso en verla allí otra vez.
En aquel lugar donde tantas cosas habían comenzado.
Jaqueline levantó finalmente la vista alrededor.
—Está todo demasiado limpio… —dijo en voz baja—. Parece que aquí no haya pasado el tiempo.
Chema apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Tengo una mujer que viene una vez al mes.
Jaqueline lo miró.
Él sostuvo su mirada unos segundos.
—Le pedí que no cambiara nada.
El viento golpeó suavemente los cristales inclinados de la buhardilla.
Chema respiró hondo antes de continuar.
—Supongo que siempre supe que algún día volverías aquí.
Jaqueline apartó lentamente la vista.
Y por primera vez desde que había bajado del tren… parecía a punto de romperse.
La buhardilla permanecía en silencio.
Solo el ruido lejano de la ciudad subía amortiguado desde la calle junto al leve crujido de la madera vieja.
Jaqueline terminó de colocar la última rosa en el florero.
Después permaneció quieta unos segundos observándolas.
Como si intentara recordar cuándo había sido la última vez que unas flores ocuparon aquella mesa.
La luz gris de la mañana empezaba a entrar con más fuerza por los ventanales inclinados.
Chema se mantuvo apartado.
Dándole espacio.
Entendiendo que algunas vueltas necesitaban hacerse a solas incluso cuando había otra persona delante.
Jaqueline avanzó lentamente por la estancia.
Los dedos rozaron el lomo de varios libros.
Un viejo tocadiscos.
Las cajas de pintura apiladas junto a la pared.
Entonces se detuvo frente a uno de los caballetes.
Había una tela cubriéndolo.
Miró a Chema.
Él no dijo nada.
Jaqueline retiró la tela despacio.
Y el aire pareció detenerse.
Era ella.
Un retrato inacabado.
Mucho más joven.
Sentada junto a la ventana de Casa Gloria mientras miraba hacia fuera con una taza entre las manos.
Jaqueline sintió un vuelco seco en el pecho.
—Pensé que Alicia lo había destruido.
Chema negó lentamente.
—Nunca destruyó nada que tuviera que ver contigo.
Ella siguió mirando el cuadro.
Los colores.
La luz suave sobre el rostro.
Aquella manera que tenía Alicia de verla incluso cuando ella misma no sabía quién era todavía.
—Venías aquí… —murmuró de pronto.
No sonó exactamente como una pregunta.
Chema tardó unos segundos en responder.
—A veces.
Jaqueline apartó por fin los ojos del retrato.
—¿Durante todos estos años?
Chema bajó la mirada hacia el suelo de madera.
Y ese silencio respondió antes que él.
Jaqueline respiró hondo.
Después caminó lentamente hasta la ventana inclinada de la buhardilla.
Abajo la ciudad seguía viviendo.
Ajena a todo.
—No deberías haber esperado tanto tiempo, Chema.
Él levantó los ojos hacia ella.
Cansados.
Honestos.
Y quizá por primera vez en toda la mañana dejó de esconderse.
—Tú tampoco volviste.
Jaqueline siguió caminando lentamente por la buhardilla.
A veces rozaba los objetos apenas con la punta de los dedos.
Otras simplemente se detenía frente a ellos.
Cada rincón parecía guardar una parte distinta de su vida.
El viejo sofá junto a la pared.
Las estanterías repletas de libros.
La manta de cuadros sobre la butaca donde Alicia solía quedarse dormida mientras sonaba música de fondo.
Todo permanecía allí.
Esperándola.
Cuando llegó junto al gran ventanal inclinado, se detuvo.
La ciudad empezaba a teñirse lentamente de tonos rojizos y anaranjados bajo el atardecer.
Los tejados húmedos brillaban todavía después de la lluvia de la mañana.
Durante unos segundos Jaqueline no dijo nada.
Solo observó el horizonte.
Después habló muy despacio.
—Siéntate aquí conmigo, Chema.
Él dudó apenas un instante antes de acercarse.
Se sentó a su lado sobre el viejo banco de madera junto a la ventana.
El silencio entre ambos ya no parecía tan incómodo.
Solo cansado.
Muy cansado.
Jaqueline apoyó lentamente la cabeza contra el cristal frío.
—He echado mucho de menos este rincón… —murmuró—. Y estos atardeceres.
Chema observó la ciudad frente a ellos.
—Aquí parecía que el tiempo iba más despacio.
Ella dejó escapar una sonrisa pequeña.
—Alicia decía que esta buhardilla estaba fuera del mundo.
Chema bajó ligeramente la mirada.
—A veces creo que tenía razón.
El cielo siguió oscureciéndose lentamente sobre los edificios.
Abajo comenzaron a encenderse algunas luces en las ventanas.
Vida corriente.
Cenas.
Televisores.
Familias.
Todo aquello de lo que ellos parecían haberse quedado suspendidos hacía muchos años.
Jaqueline respiró hondo.
—¿Sabes qué fue lo peor de marcharme?
Chema la miró.
Ella seguía observando el atardecer.
—Que pensé que lejos de aquí terminaría olvidándolo todo.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Pero esta vez Chema decidió no esconderse.
—¿Y lo conseguiste?
Jaqueline tardó mucho en responder.
Demasiado.
Cuando finalmente habló, su voz sonó cansada.
Honesta.
—No he conseguido olvidaros a ninguno de los dos.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en la luz roja del atardecer.
Chema sintió algo moverse lentamente dentro de él.
Algo antiguo.
Algo que llevaba demasiados años dormido.
Entonces la miró mejor.
Y comprendió de golpe el agotamiento que escondía Jaqueline desde que bajó del tren.
Los ojos cansados.
La forma lenta de respirar.
La tensión con la que sostenía el cuerpo.
—Deberías descansar un poco.
Ella cerró los ojos apenas un instante.
Y por primera vez desde que había regresado… no pareció tener fuerzas para fingir que estaba bien.
La noche terminó cayendo lentamente sobre la ciudad.
Desde la buhardilla las luces encendidas comenzaban a extenderse entre los tejados mojados mientras el cristal del ventanal reflejaba fragmentos suaves de la estancia.
Chema se levantó despacio y fue hasta una vieja estantería baja junto al sofá.
Abrió uno de los cajones.
Sacó un pequeño cassette desgastado.
Jaqueline lo reconoció enseguida.
—No puede ser…
Chema sonrió apenas mientras introducía la cinta en el reproductor antiguo.
Un leve chasquido.
Después comenzó a sonar jazz.
Suave.
Melancólico.
Como si también aquella música hubiera envejecido dentro de la buhardilla.
Jaqueline cerró los ojos apenas un instante.
Y entonces, sin pensar demasiado, dejó caer lentamente la cabeza sobre el hombro de Chema.
Él permaneció inmóvil.
Como si tuviera miedo de romper aquel momento.
—Se me han pasado las horas sin darme cuenta… —murmuró ella—. Salimos de Casa Gloria esta mañana y ahora ya está anocheciendo.
Abrió lentamente los ojos hacia el ventanal.
La ciudad parecía lejana desde allí arriba.
Irreal.
—Es extraño… —susurró—. Todo parece una película. Como si solo fueran imágenes.
El jazz siguió llenando suavemente la estancia.
Entonces Jaqueline levantó un poco la cabeza.
—Una cosa, Chema…
Él la miró.
—¿Cómo sabías lo del cassette?
Sonrió apenas.
Cansado.
—Nunca preguntasteis demasiado qué música poníais cuando estabais aquí.
Jaqueline guardó silencio.
Chema apoyó la vista sobre las luces de la ciudad.
—Pasé muchas horas junto a Alicia cuando enfermó.
La voz le cambió ligeramente al decir aquello.
Más baja.
Más lenta.
—Nos hacíamos compañía mutuamente.
Jaqueline lo observó en silencio.
Chema tardó unos segundos en continuar.
—Hablábamos mucho de ti.
Ella bajó la mirada.
El jazz seguía sonando de fondo.
—Compartíamos recuerdos… —añadió él—. Algunos tristes. Otros ridículos. Alicia se reía mucho contando ciertas cosas vuestras.
Por primera vez en toda la tarde Jaqueline sonrió de verdad.
Una sonrisa cansada.
Pero limpia.
Después el agotamiento terminó venciendo poco a poco.
Chema la notó respirar más despacio sobre su hombro.
La dejó dormir.
Sin moverse apenas.
Más tarde se levantó con cuidado y bajó la intensidad de la música.
Cogió el teléfono.
Encargó comida en un pequeño restaurante cercano.
Cuando todo estuvo preparado, encendió una vela pequeña en el centro de la mesa.
Nada elegante.
Nada perfecto.
Solo cálido.
Humano.
Se acercó después al sofá y habló en voz baja.
—Jaqueline…
Ella abrió lentamente los ojos.
Desorientada al principio.
Después vio la mesa preparada.
La vela.
El vino.
Y durante unos segundos pareció volver veinte años atrás.
—Lo de la vela también lo sabías… —murmuró.
Chema sonrió levemente.
—Y el vino.
Ella lo observó con una mezcla extraña de ternura y tristeza.
—Eso era muy íntimo.
Chema sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
—El restaurante donde pedí la cena sigue siendo el mismo de antes.
Jaqueline sonrió apenas.
Ya sabía cuál era.
—Todavía se acuerdan de ti —continuó él—. Y de lo que os gustaba pedir cuando veníais aquí arriba.
La vela tembló suavemente entre ambos.
Y por primera vez desde su regreso, la buhardilla dejó de parecer un lugar abandonado.
La cena transcurrió despacio.
Sin prisas.
Como si ambos supieran que cualquier palabra demasiado brusca podía romper la calma extraña que había conseguido instalarse en la buhardilla.
La vela seguía ardiendo en mitad de la mesa.
Fuera, la ciudad ya era únicamente un puñado de luces lejanas bajo la noche.
Jaqueline bebió un poco de vino.
Después observó lentamente alrededor.
Los cuadros.
Las estanterías.
La manta doblada sobre el sofá.
Todo parecía seguir esperando el regreso de alguien.
—No entiendo cómo has podido conservar esto tantos años —murmuró finalmente.
Chema jugueteó unos segundos con la copa entre las manos.
—Supongo que alguien tenía que hacerlo.
Ella levantó los ojos hacia él.
Había cansancio en su mirada.
Pero también algo más frágil.
—¿Por qué tú?
Chema tardó en responder.
Demasiado.
El jazz seguía sonando muy bajo al fondo.
—Porque Alicia me lo pidió.
Jaqueline bajó lentamente la vista hacia la vela.
La llama tembló ligeramente entre ambos.
—Y tú siempre hacías lo que Alicia pedía.
No sonó exactamente a reproche.
Pero tampoco a otra cosa.
Chema lo entendió.
Respiró hondo antes de hablar.
—No sabes lo difícil que fue verla apagarse aquí arriba.
El silencio volvió a llenar la estancia.
Jaqueline dejó la copa sobre la mesa.
—No fui capaz de volver.
Chema la miró.
Y por primera vez en toda la novela ella pareció avergonzarse de algo.
—Cada vez que intentaba hacerlo… sentía que le había fallado.
La voz apenas le salió.
Chema apoyó lentamente una mano sobre la mesa.
Muy cerca de la suya.
Sin tocarla todavía.
—Alicia nunca pensó eso de ti.
Jaqueline cerró los ojos un instante.
Como si aquellas palabras llegaran demasiado tarde y justo a tiempo al mismo momento.
Entonces levantó lentamente la mirada.
Y preguntó por fin lo que llevaba horas evitando.
—¿Sufrió mucho al final?
La pregunta quedó suspendida en mitad de la buhardilla.
Y Chema comprendió que, a partir de ese momento, ya no podrían seguir escondiéndose dentro de los recuerdos bonitos.
—¿Sufrió mucho al final?
La pregunta quedó suspendida en mitad de la buhardilla.
Chema permaneció unos segundos en silencio.
El jazz seguía sonando muy bajo al fondo de la estancia mientras la vela consumía lentamente pequeñas gotas de cera sobre la mesa.
—Sí —respondió al final—. Pero creo que le dolía más marcharse… que la propia enfermedad.
Jaqueline bajó la mirada.
Las manos le temblaban ligeramente alrededor de la copa.
Chema continuó hablando despacio.
Como si también él necesitara atravesar aquellos recuerdos con cuidado.
—Había días malos.
Muy malos.
Pero otros… otros conseguía olvidar incluso que estaba enferma.
Jaqueline levantó lentamente los ojos.
—¿Aquí?
Chema asintió.
—Aquí se sentía viva.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Pero ya no era un silencio vacío.
Ahora estaba lleno de alguien que seguía presente en cada rincón de aquella buhardilla.
Chema sonrió apenas.
Triste.
—Seguía empeñándose en poner jazz aunque decía que ya no podía bailar.
Eso hizo sonreír a Jaqueline entre lágrimas contenidas.
—Nunca supo estarse quieta.
—No.
Durante unos segundos ambos parecieron verla otra vez allí.
Descalza.
Pintando junto al ventanal.
Riendo.
Viva.
Después Jaqueline apoyó lentamente la espalda en la silla.
El agotamiento empezaba a vencerla por completo.
Miró alrededor una vez más.
La vela.
La música.
Las rosas sobre la mesa.
Y entonces habló muy despacio.
—Esto de Alicia y yo… es un poco como cuando decidí llamarte para pedirme que fueras a recogerme a la estación.
Chema la miró en silencio.
Ella sostuvo la copa entre las manos.
—No sabía si vendrías.
Chema dejó escapar una respiración lenta.
Casi cansada.
—Yo temía que no vinieras tú.
La frase quedó flotando entre ambos.
Sin dramatismo.
Sin necesidad de nada más.
Jaqueline cerró los ojos unos segundos.
Y cuando volvió a abrirlos había algo distinto en su mirada.
Menos distancia.
Más verdad.
—Chema…
Él levantó la vista.
Ella dudó apenas un instante.
Como si pedir aquello le costara más de lo que parecía.
—Quédate esta noche aquí conmigo.
El jazz siguió sonando suavemente mientras la ciudad dormía al otro lado del ventanal.
Y Chema comprendió que aquella petición no tenía que ver con el amor.
Ni siquiera con el pasado.
Tenía que ver con el miedo a quedarse sola entre tantos recuerdos.
La vela seguía encendida sobre la mesa cuando Chema comenzó a recoger los platos lentamente.
Jaqueline quiso ayudar.
Pero el cansancio ya pesaba demasiado sobre ella.
—Déjalo… —murmuró él con suavidad—. Yo termino enseguida.
Ella asintió apenas.
Después caminó despacio hacia el pequeño pasillo que llevaba a la habitación del fondo.
Se detuvo un instante antes de entrar.
Durante todo el día había evitado aquella puerta.
Por miedo.
O quizá por respeto.
Empujó lentamente.
La habitación seguía igual.
La cama estrecha junto a la pared.
La lámpara antigua sobre la mesita.
Los libros amontonados en el suelo.
Incluso el olor permanecía allí.
Jaqueline sintió cómo se le cerraba lentamente la garganta.
Abrió el armario buscando unas mantas.
Y entonces lo vio.
Colgado sobre la pared frente a la cama.
Un cuadro grande.
Chema junto al viejo Citroën bajo una lluvia gris de invierno.
Apoyado contra el coche.
Solo.
Con aquella expresión cansada que uno tiene cuando lleva demasiado tiempo esperando algo.
Jaqueline permaneció inmóvil observándolo.
Chema apareció unos segundos después en la puerta.
Se quedó quieto al verla mirar el cuadro.
Ella no apartó los ojos de la pintura.
—Nunca me hablaste de este.
Chema guardó silencio unos instantes.
Después se acercó lentamente.
—Lo pintó Alicia después de una de las visitas al hospital.
Jaqueline siguió contemplando el cuadro.
La lluvia sobre el techo de lona.
Las manos de Chema dentro de los bolsillos.
La tristeza que Alicia había sabido capturar perfectamente.
—Quiso que me lo llevara a casa —continuó él—. Insistió mucho.
La voz le cambió ligeramente.
Más baja.
—Pero nunca pude hacerlo.
Jaqueline lo miró por fin.
Chema apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Era como ver cada día un fragmento de mi vida colgado en una pared.
El silencio volvió a llenar lentamente la habitación.
Jaqueline sostuvo la manta entre las manos.
—La cuidaste mucho… ¿verdad?
Chema bajó la mirada.
Y aquella vez ya no intentó esconder nada.
—Todo lo que pude.
La luz cálida de la lámpara dibujaba sombras suaves sobre las paredes mientras hablaba.
—Había noches en que no conseguía dormir y me llamaba solo para escuchar otra voz.
Jaqueline permanecía quieta.
Escuchando.
—Otras veces me quedaba allí hasta el amanecer.
Hablábamos de cualquier cosa.
De música.
De cuadros.
De vosotros.
Sonrió apenas.
Triste.
—Alicia tenía la extraña habilidad de convertir incluso el miedo en algo soportable.
Jaqueline sintió cómo los ojos empezaban a humedecérsele lentamente.
Chema levantó la vista hacia el cuadro.
—Cuando murió… la buhardilla se quedó vacía de una manera difícil de explicar.
Tardó unos segundos en continuar.
—No era solo una amiga.
La frase quedó suspendida en mitad de la habitación.
Honesta.
Cansada.
—Era algo más profundo… aunque nunca he sabido ponerle nombre.
Jaqueline lo observó en silencio.
Y por primera vez entendió que Chema también había perdido una parte de sí mismo allí arriba.
Él respiró hondo.
Después añadió muy despacio:
—Y tú aparecías constantemente en nuestras conversaciones.
Jaqueline bajó la mirada.
—Siempre nos preguntábamos qué habría sido de ti.
El viento golpeó suavemente el ventanal de la buhardilla.
Y durante unos segundos los tres parecieron volver a estar allí otra vez.
Jaqueline dejó las mantas sobre el sofá lentamente.
La habitación había quedado en penumbra.
Solo la lámpara pequeña junto al ventanal seguía encendida, derramando una luz cálida sobre los cuadros y los muebles antiguos.
Chema se acercó despacio.
Tomó una de las mantas y la extendió sobre el sofá sin decir nada.
El jazz seguía sonando muy bajo desde el viejo cassette.
Fuera, la lluvia había vuelto.
Suave.
Golpeando los cristales inclinados de la buhardilla.
Jaqueline sonrió apenas al escucharla.
—Siempre volvía a llover aquí arriba.
Chema levantó la vista hacia el techo.
—A Alicia le encantaba cuando sonaba así.
Ella se sentó despacio en el borde del sofá.
El cansancio empezaba a pesarle en todo el cuerpo.
Pero había algo más.
Como si después de tantos años por fin pudiera dejar de huir un momento.
Chema se quedó de pie unos segundos.
Sin saber muy bien dónde colocar las manos.
Dónde colocarse él mismo dentro de aquella noche.
Jaqueline lo observó.
Y por primera vez desde la estación habló sin protegerse.
—Te hice mucho daño, ¿verdad?
La pregunta llegó tan despacio que casi pareció perderse entre la música y la lluvia.
Chema tardó en responder.
Después terminó sentándose frente a ella.
—Nos hicimos daño los dos.
Jaqueline bajó la mirada.
—No debería haberme marchado así.
Chema sonrió con tristeza.
—Yo tampoco debería haberte dejado marchar.
El silencio volvió.
Pero esta vez ya no era un muro.
Era otra cosa.
Algo cansado.
Honesto.
Jaqueline apoyó lentamente la espalda en el sofá.
—Hubo años en los que llegué a odiarte.
Chema asintió apenas.
Como si siempre lo hubiera sabido.
—Y otros en los que te echaba tanto de menos que me dolía físicamente.
Él levantó los ojos hacia ella.
La lluvia seguía golpeando despacio los cristales.
—A mí también me pasó.
Jaqueline respiró hondo.
Muy hondo.
Y entonces preguntó algo que llevaba demasiado tiempo enterrado.
—¿Por qué nunca fuiste a buscarme?
Chema permaneció inmóvil.
El jazz llenó lentamente el silencio.
Durante unos segundos pareció que no iba a responder.
Después habló.
Muy bajo.
—Porque pensé que ya habías elegido una vida donde yo sobraba.
Jaqueline cerró los ojos.
Y aquella frase le dolió más que cualquier reproche.
Porque por primera vez comprendió de verdad todo lo que el silencio había destruido entre ellos.
Volvieron los recuerdos como vuelve la lluvia.
Despacio al principio.
Casi en silencio.
Hasta terminar ocupándolo todo.
La buhardilla parecía respirar junto a ellos mientras el agua golpeaba suavemente los cristales inclinados del techo.
Jaqueline permanecía sentada en el sofá con la manta sobre las piernas.
Chema frente a ella.
Y entre ambos, demasiados años acumulados sin hablarse de verdad.
—¿Te acuerdas de aquella noche aquí arriba cuando se fue la luz? —preguntó ella de pronto.
Chema sonrió apenas.
La imagen regresó inmediatamente.
Las velas repartidas por el suelo.
Alicia protestando porque no podía terminar un cuadro.
Y Jaqueline bailando descalza por toda la buhardilla mientras sonaba jazz en una pequeña radio a pilas.
—Tú decías que parecía París —respondió él.
Ella dejó escapar una risa suave.
Cansada.
—Y Alicia decía que ninguno de los tres había salido nunca realmente de esta ciudad.
El jazz continuó sonando muy bajo.
Chema observó el reflejo de la lluvia sobre el ventanal.
—Quizá tenía razón.
Jaqueline lo miró en silencio.
Y entonces recordó algo más.
—Aquella noche me besaste.
La frase apareció tranquila.
Sin dramatismo.
Como un recuerdo más entre tantos otros.
Chema bajó lentamente la mirada.
—Sí.
La lluvia golpeó un poco más fuerte el cristal.
Jaqueline sonrió con melancolía.
—Y después pasamos semanas fingiendo que no había ocurrido.
Chema dejó escapar una respiración lenta.
—Éramos expertos en callarnos lo importante.
Ella asintió apenas.
Y por primera vez pareció mirar directamente hacia aquella parte del pasado que ambos llevaban años evitando.
—Creo que Alicia lo supo siempre.
Chema levantó lentamente los ojos.
No respondió.
Porque también sabía que era verdad.
Alicia había visto demasiadas cosas incluso cuando nadie se atrevía a nombrarlas.
Jaqueline apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.
La lluvia.
La música.
La luz cálida de la lámpara.
Todo empezaba a mezclar presente y memoria de una forma extraña.
—Nunca entendí cómo pudo seguir queriéndonos a los dos de aquella manera —susurró.
Chema permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Porque Alicia entendía el amor mejor que nosotros.
La frase quedó suspendida en mitad de la estancia.
Y dolió.
Porque ambos comprendieron que quizá habían pasado demasiados años huyendo precisamente de aquello.
Del amor.
De la culpa.
Y de todo lo que no supieron cuidar.
La cinta del cassette terminó con un leve chasquido seco.
El silencio llenó inmediatamente la buhardilla.
Chema se levantó despacio para darle la vuelta.
Pero Jaqueline habló antes de que pudiera hacerlo.
—No pongas otra.
Él se volvió hacia ella.
Jaqueline tenía los ojos húmedos.
Pero tranquilos.
—Escuchemos la lluvia un rato.
La lluvia continuó cayendo durante mucho tiempo sobre la buhardilla.
Sin música ya.
Solo el agua y la respiración cansada de ambos llenando el silencio.
Jaqueline permanecía envuelta en la manta mirando el reflejo de las gotas sobre el cristal.
Chema seguía sentado cerca.
Más cerca que en cualquier otro momento desde la estación.
—Alicia sabía que yo seguía enamorada de ti, ¿verdad? —preguntó ella finalmente.
Chema tardó en responder.
Porque algunas verdades necesitaban atravesar demasiados años antes de salir.
—Sí.
Jaqueline cerró lentamente los ojos.
Y aun así no pareció sorprendida.
—Nunca me lo reprochó.
—No sabía hacerlo.
Una pequeña sonrisa triste apareció en el rostro de ambos.
Porque aquello también era verdad.
Alicia nunca había sabido odiar del todo.
La lluvia golpeó con más fuerza los cristales durante unos segundos.
Chema apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Los últimos días hablaba mucho de ti.
Jaqueline levantó lentamente la mirada.
—¿Qué decía?
Chema observó la ciudad oscura al otro lado del ventanal antes de responder.
—Que esperaba que algún día dejaras de huir.
Aquella frase cayó suavemente dentro de la habitación.
Pero Jaqueline sintió el impacto en el pecho.
—Y tenía razón.
La voz apenas le salió.
Después permanecieron callados mucho tiempo.
Como si por fin hubieran dejado de luchar contra algo.
La lluvia.
El pasado.
La culpa.
Todo parecía agotado al mismo tiempo que ellos.
Hasta que Jaqueline habló de nuevo.
Muy despacio.
—No quiero dormir sola esta noche, Chema.
Él levantó los ojos hacia ella.
Y comprendió enseguida que no hablaba del miedo a la oscuridad.
Hablaba del vacío.
De Alicia.
De los años perdidos.
De todo lo que todavía dolía allí arriba.
Chema se levantó lentamente.
La habitación del fondo permanecía en penumbra.
La cama seguía exactamente igual que siempre.
Intacta.
Esperando.
Jaqueline se detuvo unos segundos en la puerta antes de entrar.
Como si necesitara pedir permiso en silencio.
Después dejó la manta sobre la cama.
Y por primera vez en muchos años, la buhardilla dejó de parecer un lugar detenido en la ausencia.
Porque el amor, incluso roto, incluso tarde… también podía regresar convertido en compañía.
Chema apagó la lámpara del salón antes de entrar en la habitación.
Solo quedó encendida la pequeña luz de la mesita junto a la cama.
Una luz cálida.
Suave.
Suficiente para que los recuerdos siguieran teniendo forma dentro de la penumbra.
Jaqueline permanecía de pie junto a la ventana.
La lluvia resbalaba lentamente por el cristal exterior mientras la ciudad dormía allá abajo, cubierta por reflejos húmedos y tejados oscuros.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Parecían escuchar algo más antiguo que la propia lluvia.
La respiración de la casa.
La memoria.
Chema se acercó despacio.
Sin invadir nada.
Sin romper nada.
Jaqueline seguía mirando hacia fuera.
—¿Sabes qué pensaba muchas noches? —preguntó de pronto.
Él negó suavemente.
Ella sonrió apenas.
Cansada.
—Que quizá todo esto había sido un sueño exagerado por la nostalgia.
La voz le tembló un poco.
—Tú. Alicia. La buhardilla. Casa Gloria. Incluso este olor.
Chema levantó ligeramente la vista alrededor.
La madera antigua.
Los libros.
La lluvia.
Sí.
A veces también parecía imposible que un lugar pudiera guardar tanta vida dentro.
Jaqueline apoyó lentamente una mano sobre el cristal.
—Y sin embargo… sigue aquí.
Chema la observó unos segundos antes de responder.
—Porque algunos sitios se niegan a olvidar.
Ella giró por fin la cabeza hacia él.
Y entonces ocurrió algo pequeño.
Pero definitivo.
Le tomó la mano.
Sin pasión.
Sin urgencia.
Solo cansancio compartido.
Verdad.
Chema sintió aquel gesto como si atravesara todos los años de golpe.
Jaqueline bajó lentamente la mirada hacia sus dedos entrelazados.
—Perdóname por haber desaparecido así.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Frágil.
Chema tardó en responder porque durante mucho tiempo había imaginado ese momento de formas muy distintas.
Y ninguna se parecía a la realidad.
—Yo también desaparecí, Jaqueline.
Ella negó suavemente.
—No es lo mismo.
Chema sonrió con tristeza.
—Tal vez no… pero tampoco supe encontrarte.
El silencio volvió.
Pero ya no dolía igual.
Era el silencio de dos personas que por fin dejaban de defenderse.
Jaqueline se sentó lentamente en el borde de la cama.
El agotamiento empezaba a vencerla definitivamente.
Chema se acercó hasta la mesita y apagó la pequeña lámpara.
La habitación quedó casi a oscuras.
Solo la lluvia seguía iluminando a ratos el techo inclinado con los reflejos azulados de la ciudad.
Se acostaron despacio.
Sin romper nada.
Como si incluso aquel momento necesitara cuidado.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles.
Escuchando la lluvia.
Respirando el mismo aire después de demasiados años.
Entonces Jaqueline habló en mitad de la oscuridad.
Muy bajo.
—Alicia estaría riéndose de nosotros ahora mismo.
Chema dejó escapar una pequeña risa cansada.
—Seguro.
Ella cerró los ojos.
Y por primera vez desde que había bajado del tren… dejó de sentirse sola.
La puerta de la habitación había quedado entreabierta.
Desde la cama podía verse parte de la buhardilla sumida en penumbra.
El sofá.
Las rosas sobre la mesa.
La luz lejana de la ciudad entrando a intervalos por el gran ventanal inclinado.
La lluvia seguía cayendo.
Pero algo empezó a cambiar lentamente en el cielo.
El viento.
El sonido más brusco del agua golpeando los cristales.
Después llegó el primer relámpago.
La buhardilla entera se iluminó durante un segundo con una luz blanca y fría.
Y enseguida, el estruendo.
Profundo.
Cercano.
Jaqueline se sobresaltó involuntariamente.
Chema giró apenas la cabeza hacia ella.
Otro relámpago cruzó el cielo.
Después otro trueno aún más fuerte.
Jaqueline cerró los ojos un instante.
El cansancio, el viaje, los recuerdos, la intensidad de aquel día… todo parecía haberle dejado el cuerpo demasiado frágil para seguir resistiendo.
Sin darse cuenta terminó acercándose un poco más a él.
Como quien busca refugio antes incluso de pensarlo.
Chema abrió lentamente los brazos.
Y ella se abrazó a él.
Sin palabras.
Solo agotamiento.
Solo necesidad de calma.
Chema le acarició el cabello despacio mientras la tormenta seguía estallando sobre los tejados de la ciudad.
La sintió temblar ligeramente al principio.
Después cada vez menos.
—Ya pasó… —murmuró muy bajo.
Jaqueline apoyó la cabeza contra su pecho.
Y por primera vez en muchísimo tiempo dejó de intentar sostenerlo todo ella sola.
La lluvia siguió golpeando la buhardilla.
Los truenos fueron alejándose poco a poco.
Chema continuó acariciándole la cara con una ternura antigua, casi olvidada.
Hasta que notó cómo su respiración empezaba a hacerse lenta.
Profunda.
Dormida.
Como una niña agotada después de llorar demasiado tiempo en silencio.
Y mientras la tormenta terminaba de alejarse sobre la ciudad, Chema permaneció despierto observando la oscuridad de la buhardilla.
Entendiendo que algunas personas nunca terminan de marcharse del todo.
Ni siquiera después de tantos años.
La tormenta había desaparecido durante la madrugada.
Solo quedaba el sonido suave de algunas gotas resbalando todavía desde los tejados hacia las calles mojadas de la ciudad.
La luz de la mañana empezó a entrar lentamente por el ventanal inclinado de la buhardilla.
Pálida al principio.
Después más cálida.
Chema abrió los ojos despacio.
Durante unos segundos no se movió.
Jaqueline seguía dormida junto a él, abrazada todavía a la manta, con el cabello revuelto sobre la almohada y el cansancio tranquilo de quien por fin ha conseguido descansar después de demasiado tiempo.
La observó en silencio.
Sin nostalgia esta vez.
Solo presente.
Como si aquella mañana no necesitara parecerse a ninguna otra del pasado.
Entonces Jaqueline abrió lentamente los ojos.
Parpadeó un par de veces, todavía perdida entre el sueño y la realidad.
Al verlo tan cerca dejó escapar una pequeña sonrisa avergonzada.
—No me mires… —murmuró con voz ronca—. Recién despertada no tengo ningún encanto.
Chema sonrió despacio.
Con una ternura cansada y sincera que parecía haber esperado muchos años para volver a aparecer.
Le apartó suavemente un mechón de pelo de la cara.
Y después le dio un beso pequeño.
Tranquilo.
Casi agradecido.
—Buenos días, Jaqueline.
Ella cerró los ojos apenas un segundo al sentir el beso.
Y durante un instante la buhardilla dejó de pesarles como un lugar lleno de fantasmas.
Porque aquella mañana, entre las mantas desordenadas, la lluvia apagada y el olor antiguo de la habitación… los recuerdos ya no parecían únicamente tristeza.
También empezaban a parecer hogar.
Jaqueline permaneció unos segundos observándolo después del beso.
La luz de la mañana hacía que todo pareciera menos doloroso.
Más real.
Fuera, algunas palomas comenzaron a posarse sobre los tejados todavía húmedos mientras la ciudad despertaba lentamente bajo un cielo limpio después de la tormenta.
Chema se incorporó despacio.
—Voy a preparar café.
Jaqueline sonrió apenas desde la almohada.
—Sigues creyendo que el café arregla cualquier cosa.
Él la miró desde el borde de la cama.
—No arregla nada… pero ayuda a soportarlo mejor.
Ella dejó escapar una pequeña risa dormida.
Y aquella risa sonó distinta.
Más ligera que el día anterior.
Chema salió hacia la pequeña cocina de la buhardilla.
Jaqueline permaneció unos segundos sola en la habitación.
Escuchando.
El sonido de las tazas.
El agua.
Los pasos de Chema sobre la madera vieja.
Y de pronto comprendió algo extraño:
hacía muchísimo tiempo que no sentía paz al despertar.
Se levantó lentamente.
Todavía descalza.
Todavía envuelta en la manta.
Y caminó hasta el ventanal.
La ciudad aparecía limpia bajo la luz nueva de la mañana.
Como si la tormenta hubiera arrastrado parte del peso acumulado durante años.
Entonces vio algo abajo en la calle.
El viejo Citroën seguía aparcado frente al edificio.
Esperando.
Siempre esperando.
Chema apareció detrás de ella con dos tazas humeantes.
—Sigue vivo —murmuró Jaqueline mirando el coche.
Chema le entregó el café.
—Como nosotros, supongo.
Ella sostuvo la taza caliente entre las manos.
Después giró lentamente la cabeza hacia él.
Y preguntó algo que llevaba demasiado tiempo pendiente.
—¿Me acompañarías a verla?
Chema no necesitó preguntar a quién se refería.
Miró unos segundos el vapor que subía desde su taza.
Y asintió despacio.
Porque ambos sabían que, tarde o temprano, tendrían que regresar al único lugar donde Alicia ya no podría esperarlos.
Chema dejó la taza vacía sobre el pequeño fregadero de la cocina.
Después regresó junto al ventanal.
Jaqueline seguía mirando la ciudad en silencio, envuelta todavía en la manta y con el café entre las manos.
La mañana había dejado un aire limpio sobre los tejados después de la tormenta.
Chema se colocó frente a ella.
No dijo nada al principio.
Simplemente le tendió la mano.
Jaqueline bajó lentamente la mirada hacia ella.
Y algo dentro de su pecho terminó de romperse suavemente.
Porque durante demasiados años había imaginado volver a aquella ciudad sola.
Con miedo.
Con culpa.
Y sin embargo allí estaba él.
Esperándola todavía.
Le dio la mano despacio.
Los dedos se entrelazaron con una naturalidad extraña, como si el tiempo únicamente hubiera estado dormido entre ellos.
Bajaron juntos las escaleras de la buhardilla.
Sin soltarse.
El viejo edificio olía a humedad, café recién hecho y madera antigua.
Al cruzar el portal, el aire fresco de la mañana los envolvió inmediatamente.
La ciudad seguía despertando.
Algunas tiendas comenzaban a abrir.
Un hombre barría la entrada de un comercio cercano.
Las campanas lejanas de una iglesia marcaron la hora.
Jaqueline observaba todo como quien vuelve a caminar dentro de una vida que creyó perdida.
Chema abrió la puerta del Citroën.
Ella sonrió apenas al verlo.
—Sigue sonando igual al cerrar.
Él también sonrió.
—Hay cosas que se niegan a cambiar.
El coche arrancó con aquel sonido antiguo y familiar.
Durante unos minutos recorrieron las calles en silencio.
Pero ya no era el silencio incómodo del día anterior.
Ahora parecía compañía.
Jaqueline llevaba una mano apoyada sobre la de Chema mientras él conducía lentamente entre las calles húmedas.
Y se sintió profundamente agradecida.
Por él.
Por Alicia.
Por la ciudad.
Por seguir todavía viva para regresar.
Cuando dejaron atrás las últimas casas, el paisaje comenzó a abrirse.
Árboles húmedos.
Tierra oscura después de la lluvia.
El cielo despejado lentamente sobre la mañana.
Chema redujo la velocidad al llegar al pequeño cementerio.
Jaqueline respiró hondo.
Muy hondo.
Y por un instante volvió a sentir miedo.
Chema apagó el motor.
Después giró lentamente hacia ella.
—No tienes que hacerlo si no estás preparada.
Jaqueline negó suavemente.
Los ojos empezaban a humedecérsele otra vez.
—No… creo que llevo demasiados años preparándome para esto.
Salieron del coche.
El silencio del cementerio era distinto al de la buhardilla.
Más quieto.
Más definitivo.
Caminaron despacio entre las lápidas todavía mojadas.
Siempre cogidos de la mano.
Hasta que Chema se detuvo.
Jaqueline levantó lentamente la vista.
Y allí estaba Alicia.
Su nombre grabado sobre la piedra clara.
Sencillo.
Sereno.
Rodeado de pequeñas flores frescas.
Jaqueline sintió cómo se le quebraba algo dentro al darse cuenta de un detalle.
Alguien seguía viniendo allí muy a menudo.
Miró a Chema.
Él no necesitó explicarlo.
Ella se acercó despacio.
Las piernas le temblaban ligeramente.
Después se arrodilló frente a la lápida.
Y durante unos segundos no pudo hablar.
Solo acarició el nombre de Alicia con la punta de los dedos.
Como si necesitara comprobar que seguía existiendo de algún modo.
El viento movió suavemente los árboles sobre ellos.
Entonces Jaqueline cerró los ojos.
Y por fin, después de tantos años huyendo de aquel momento, susurró entre lágrimas:
— Ya estoy aquí.
La carpeta permanecía abierta sobre la mesa del salón.
El nombre de Alicia seguía allí.
Quieto.
Definitivo.
Jaqueline apoyó lentamente las manos sobre los papeles como si intentara comprender algo que llegaba demasiado tarde.
La casa de Chema estaba en silencio.
Un silencio distinto al de la buhardilla.
Más sereno.
Más vivido.
Había fotografías en algunas estanterías.
Libros abiertos.
Una manta doblada sobre el brazo del sofá.
La vida real de alguien que había seguido adelante solo a medias.
Chema se acercó lentamente a una pequeña vitrina junto a la pared.
Sacó una botella de vino.
Jaqueline observó el gesto sin decir nada.
Él llenó dos copas despacio.
Después se sentó frente a ella.
Durante unos segundos ninguno habló.
La tarde empezaba a caer lentamente detrás de las ventanas.
Otra vez el final del día.
Como si aquella ciudad solo supiera hablarles a través de atardeceres.
Jaqueline sostuvo la copa entre las manos.
Pero no bebió.
Seguía mirando el testamento.
—Nos conocía demasiado bien… —murmuró.
Chema apoyó la espalda en el sofá.
—Sí.
Ella sonrió apenas.
Con tristeza.
—Incluso al final siguió cuidándonos.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de ella.
La copa tembló ligeramente entre sus dedos.
Intentó contenerse.
De verdad lo intentó.
Pero ya no pudo más.
Las lágrimas aparecieron de golpe.
Silenciosas al principio.
Después imparables.
Jaqueline bajó la cabeza mientras el llanto le sacudía lentamente los hombros.
Como si todos los años contenidos hubieran encontrado por fin un lugar donde caer.
Chema dejó la copa sobre la mesa inmediatamente.
Y se acercó a ella sin decir nada.
La abrazó despacio.
Con cuidado.
Jaqueline se aferró a él como alguien agotado de sostener demasiado peso sola durante demasiado tiempo.
—Lo hice todo mal… —consiguió decir entre lágrimas—. Todo.
Chema negó suavemente mientras le acariciaba el cabello.
—No.
Pero ella seguía llorando.
Contra su pecho.
Cansada.
Rota.
—Debería haber vuelto antes… debería haber estado con ella…
La voz se quebró completamente.
Chema cerró los ojos un instante.
Porque durante años también él había pensado exactamente lo mismo sobre demasiadas cosas.
—Alicia nunca dejó de quererte, Jaqueline.
Ella apretó los ojos con más fuerza.
Y aquello solo la hizo llorar todavía más.
La tarde terminó de apagarse lentamente alrededor de ellos.
Y en mitad de aquella casa tranquila, entre vino, recuerdos y lágrimas atrasadas… dos personas comenzaron por fin a perdonarse un poco.
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