LA LUZ QUE MIENTE EN AGUAMARINA
Prólogo
Dicen los que sobrevivieron a aquellos años que la Movida madrileña era una fiesta que nunca se apagaba. Mentira. Se apagaba cada madrugada, dejando tras de sí un rastro de cristales rotos, jeringuillas en los portales y promesas que se disolvían en la primera ginebra barata del día. En el Madrid de 1984, la libertad y la muerte bailaban pegadas en los sótanos de Malasaña, y era muy fácil confundir el brillo de unos ojos hermosos con la luz de una salida de emergencia.
Yo no era un héroe, ni un delincuente, ni un poeta; solo era un tipo con una cazadora de cuero demasiado grande y una puntería pésima para elegir de quién enamorarme. Aquella noche de invierno, el termómetro de la plaza del Callao marcaba cero grados, pero la Gran Vía ardía. Tres horas bastaron para cambiar el rumbo de mi vida. Tres horas de humo, rock pesado y un error grabado a fuego con el nombre de una mujer.
Esta es la historia de cómo perdí los dientes, la dignidad y el futuro en un cuarto de tres pesetas. Aunque, si soy sincero, me di por muerto mucho antes. Exactamente en el momento en que crucé la puerta del Hostal Venus y la miré a ella.
LA LUZ QUE MIENTE EN AGUAMARINA
Una crónica de neón, traición y asfalto en la Gran Vía del 84
Y ahí, bajo la luz parpadeante del neón barato del motel, entendí que estaba perdido. No había poesía en la habitación, solo el olor a tabaco rancio y el ruido del tráfico de la Gran Vía abajo, pero ella... ella flotaba por encima de toda esa mugre.
El tubo de neón del Hostal Venus zumbaba con la insistencia de una mosca atrapada entre el cristal y la persiana. Cada tres segundos exactos, un chispazo agónico tiñe la espalda desnuda de Paloma de un rojo eléctrico, casi violento, para luego devolverla a una penumbra densa, con olor a humedad y a desinfectante barato. Mis dedos, pegajosos por el sudor frío y los restos de la ginebra nacional que habíamos compartido a morro en el coche, acariciaban el tejido áspero y deshilachado de unas sábanas que habían visto pasar demasiadas vidas rotas por hora. Eran sábanas que raspaban la piel, ásperas como el Madrid que se ocultaba detrás de las fachadas señoriales de los cines.
Paloma ni se inmuta. Permanece tumbada boca abajo, ajena al frío que se cuela por la rendija del balcón. Mira fijamente las grietas del techo desconchado, donde la pintura se cae a pedazos como piel muerta, y tararea entre dientes, con una monotonía hipnótica, una melodía de aquella maqueta de los Pegamoides que habíamos sintonizado a duras penas en la radio de casete del coche. Su calma no es humana; es la calma de quien ya ha aceptado el naufragio mucho antes de subir al barco.
A mis pies, la bolsa de lona negra que rescatamos del maletero parece pesar más que mi propia conciencia. No me atrevo a mirarla, pero sé lo que hay dentro: fajos de billetes de mil pesetas mal contados, grabaciones que no deberían existir y ese olor metálico que lo inunda todo. Un recordatorio constante de que hace apenas dos horas cruzamos una línea de no retorno. La sangre en los puños y en las cremalleras de mi cazadora de cuero ya se ha secado; se ha vuelto oscura, acartonada, y me aprieta las muñecas como un par de grilletes invisibles. Cada vez que intento cerrar los puños, la piel se me tensa, recordándome el sonido seco de los golpes en el callejón de detrás del Rock-Ola.
Abajo, en la calle, la Gran Vía ruge con el eco tardío de los coches de línea, los taxis negros con su franja roja y los noctámbulos que apuran la Movida entre barra y barra. Es un ruido sordo que reverbera en los cristales gastados de la ventana. Yo sé que es cuestión de tiempo. Sé, con una certeza matemática que me hiela la sangre, que en cualquier momento el crujido de los escalones de madera podrida del pasillo cesará, y que unos golpes secos, brutales, romperán la cerradura endeble de esta habitación. Nos quedaban minutos, tal vez segundos, antes de que el pasado nos tirara la puerta abajo.
Sin embargo, al mirarla a ella, tan insultantemente hermosa en su desapego, tan flotando por encima del humo del tabaco rancio y de la decadencia de este cuarto de tres pesetas, el miedo se transforma en otra cosa. Su indiferencia es un imán. Mirar a Paloma es mirar el borde de un acantilado de neón, y por primera vez en mi vida, entiendo que el abismo, si es a su lado, puede parecer un buen lugar donde saltar.
Tres horas antes, el mundo no olía a sangre, sino a cuero negro, laca, sudor y humo de Ducados.
Yo estaba acodado en la barra del Penticton, un sótano asfixiante donde el post-punk británico y el descaro madrileño se mezclaban a un volumen que te hacía vibrar las costillas. Las paredes estaban cubiertas de carteles de conciertos rotos y grafitis fosforescentes que brillaban bajo los tubos de luz negra. Llevaba tres ginebras dobles intentando ahogar una vida que no iba a ninguna parte, anestesiado por el ritmo cortante de las guitarras que escupían los bafles. A mi alrededor, una marea de crestas de colores, pelos cardados y cazadoras repletas de imperdibles se movía como un solo cuerpo herido.
Entonces, el aire cambió. O al menos, mi aire.
Paloma cruzó la puerta bajando los escalones del sótano con la parsimonia de una reina exiliada. Llevaba una minifalda de cuero, una camiseta rota de los Sex Pistols y unos ojos delineados con un negro tan denso que parecía tragarse la luz del local. Pero no venía sola. Dos pasos por detrás la seguía el "Gato", un tipo con cara de pocos amigos, traje gris cruzado sin corbata y demasiados anillos de oro en las manos. El Gato no era parte de la Movida; el Gato era el dueño de la noche más oscura de Madrid, el que controlaba los alijos de heroína que entraban por la Gran Vía y las deudas que se pagaban con sangre en los callejones oscuros de Huertas. Paloma era su trofeo, su posesión más valiosa y, a juzgar por cómo la agarraba del brazo, una propiedad que no pensaba compartir.
Ella se soltó de un tirón seco y se acercó a la barra, justo a mi lado. Pidió un vodka con tónica sin mirar al Gato, que se había quedado atrás hablando con un camello local. Fue en ese instante cuando Paloma giró la cabeza y me clavó la mirada. Fue un impacto directo, una corriente eléctrica que me obligó a sostenerle el pulso. Sus ojos tenían el brillo helado y magnético de mil aguamarinas; una mirada que, sin decir una sola palabra, te prometía la salvación eterna o la muerte más absoluta en el siguiente callejón.
—¿Tienes fuego? —me preguntó, con una voz arrastrada, rota por el tabaco.
No llegué a sacar el mechero del bolsillo. La mano enorme del Gato cayó sobre mi hombro, apartándome de un empujón brutal que hizo que mi vaso saliera volando, haciéndose añicos contra el suelo.
—Te he dicho que no te separes de mí, puta —le siseó el Gato a Paloma, agarrándola del pelo con una violencia que me revolvió las tripas.
No lo pensé. No había poesía en mi cabeza, solo tres ginebras y un impulso suicida. Agarré al Gato por la solapa de su traje gris y le metí un puñetazo seco, con toda mi rabia, directo en la mandíbula. El sonido del cartílago rompiéndose quedó sepultado por el estribillo de la canción que sonaba. El Gato cayó hacia atrás, derribando una mesa de madera alta, pero sus dos gorilas, que custodiaban la entrada, tardaron apenas dos segundos en abalanzarse sobre mí.
Lo que siguió fue un borrón de violencia: puñetazos que me alcanzaban el rostro, el sabor metálico de mi propia sangre, el crujido de mi cazadora de cuero resistiendo los impactos y las botas de los gorilas hundiéndose en mis costillas. Conseguí zafarme como pude, rompiendo una botella de cerveza contra la barra para mantenerlos a raya. Estaba acorralado, listo para que me molieran a palos allí mismo, cuando una mano fría y firme me agarró de la muñeca.
Era Paloma. No tenía un solo pelo fuera de sitio, pero en su mano derecha aferraba con fuerza una bolsa de lona negra que el Gato llevaba siempre sujeta a la muñeca; la bolsa de la recaudación del día, llena de billetes, droga y las listas de contactos de los bajos fondos. Ella la había cortado limpiamente con una navaja barbera mientras el Gato se retorcía en el suelo.
—Corre —me susurró al oído, con una sonrisa salvaje que me heló la sangre.
Salimos disparados por la puerta de emergencia del Penticton, trepando los escalones hacia el aire gélido de la noche madrileña. Detrás de nosotros se escucharon los gritos furiosos de los gorilas y el estruendo de los coches al arrancar. Corrimos sin mirar atrás, con los pulmones quemándome por el esfuerzo y el frío, esquivando los charcos y las sombras de unos callejones que de repente parecían laberintos sin salida. Cruzamos calles oscuras, flanqueadas por cabinas de teléfono pintarrajeadas y portales desconchados, oyendo el eco de unos pasos pesados pisándonos los talones, hasta que la silueta iluminada del Hostal Venus apareció ante nosotros como un refugio maldito en mitad de la Gran Vía.
De vuelta en la habitación de la Pensión Venus, el zumbido del neón ya no es un sonido de fondo; ahora marca el ritmo de nuestra ejecución. Tres segundos en rojo, tres segundos en la sombra.
El trance se rompe de golpe. El silencio sepulcral del pasillo es devorado por un crujido sordo, pesado. Pasos. Botas de cuero reglamentarias que suben sin prisa por los peldaños de madera podrida de la escalera. Alguien nos ha vendido. Me viene a la mente la mirada esquiva del recepcionista tuerto de la entrada, aquel viejo amargado que no despegaba el oído de su radio de transistores mientras le pagaba la habitación con un billete manchado. Una llamada rápida desde el teléfono de baquelita de la recepción habrá bastado.
A lo lejos, amortiguado por los muros de hormigón gastado, empieza a crecer otro sonido. El aullido estridente y metálico de las sirenas de la Policía Nacional. Los maderos. El eco de los "lecheras" cruzando la Gran Vía a toda velocidad rebota en los cristales de la ventana, mezclándose con los fogonazos rojos del hostal. Un cuadro dantesco de luces azules y rojas bailando sobre las paredes desconchadas. Estamos atrapados entre los hombres del Gato y los caballos de metal de la ley.
El pánico me espabila de golpe. La adrenalina limpia los últimos restos de ginebra de mi sangre. Me pongo en pie, con las articulaciones doloridas por la paliza del Penticton y los puños acartonados por la sangre seca del Gato. Agarro la botella rota que aún conservo en el bolsillo de la cazadora. No tengo opción. Estoy dispuesto a reventarle la cabeza al primero que cruce ese umbral, dispuesto a morir allí mismo si con eso le gano a Paloma dos minutos para saltar por el balcón hacia los tejados de la Gran Vía. Voy a ser su escudo.
Antes de avanzar hacia la puerta, me giro para mirarla por última vez. Necesito una mirada suya, un último destello de esas mil aguamarinas que me dé la fuerza que me falta.
Paloma se ha incorporado lentamente sobre la cama. Sigue desnuda, bañada por el neón, pero ya no mira al techo. Me mira a mí. Y es en ese preciso instante, con las sirenas tronando abajo y los pasos deteniéndose justo detrás de la madera de nuestra puerta, cuando mi mundo se desmorona por completo.
No hay miedo en su rostro. No hay angustia, ni amor, ni urgencia. Lo que veo en sus labios es una sonrisa. Una sonrisa helada, afilada como la barbera con la que cortó la bolsa del Gato. Una mueca de pura diversión. En su mano izquierda, oculto hasta ahora entre las sábanas ásperas, brilla el llavero de la entrada del hostal que yo creía tener en mi bolsillo. Ella ya sabía que los maderos venían. Ella misma, con esa calma sobrenatural, pudo haber hecho la llamada desde abajo mientras yo subía la lona negra. O tal vez, simplemente, le excita ver cómo el mundo se reduce a cenizas a su alrededor. Yo solo he sido el peón útil, el idiota con cazadora de cuero que le hacía falta para sacar el botín del bar y prender la mecha.
Los golpes en la madera sonaron como truenos. El neón dio un último chispazo, agonizante, y se apagó del todo, tragándose el color aguamarina de sus ojos. La mugre de la Gran Vía entró de golpe en la habitación, y entendí, por fin, que mi verdadera condena no era lo que venía al otro lado de la puerta, sino haberla creído eterna.

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