La Ruleta del hambre

 



Prólogo

Barcelona, 20 de noviembre de 1975

La ciudad amanecía con un silencio extraño, como si toda España contuviera la respiración.

En el último piso de La Bola, convertido ahora en un elegante club con vistas al Paralelo, Daniel Rosell abrió las puertas del balcón. El aire frío de finales de otoño entró cargado del rumor lejano de las radios y los murmullos de la calle. Franco había muerto la noche anterior. La dictadura, esa larga posguerra disfrazada de paz, empezaba a desvanecerse como el humo de un cigarrillo barato.

Daniel se giró hacia el interior del despacho. Allí, sentados en el sofá de cuero que había sido testigo de tantas cuentas turbias, estaban sus padres.

Enrique Rosell, setenta y dos años, cabello completamente blanco y manos que aún temblaban ligeramente al encender un puro, miraba la ruleta antigua que presidía la sala como una reliquia de guerra. Clara Montfort, sesenta y ocho, conservaba la elegancia de siempre: el pelo recogido en un moño bajo, los ojos verdes todavía vivos, aunque ahora rodeados de arrugas que contaban más historias de las que nunca contaría.

Sobre la mesa, entre copas de coñac francés legal, descansaba un viejo reloj de oro. Uno de aquellos relojes que, cuarenta años atrás, habían sellado el primer soborno del escándalo del Estraperlo.

Daniel se acercó y tomó el reloj entre sus dedos.

—Hoy todo el mundo habla de cambio —dijo en voz baja—. Pero para nosotros el cambio empezó hace mucho tiempo. En 1935. Con una ruleta de trece números y un botón oculto.

Enrique soltó una risa ronca, casi nostálgica.

—Daniel Strauss nunca imaginó que su máquina fraudulenta iba a marcar la vida de tres generaciones de una misma familia. Primero fue corrupción de élites. Luego, hambre y supervivencia. Después… se convirtió en esto.

Señaló con la barbilla el local que los rodeaba: las lámparas de cristal, las mesas con manteles blancos, la ruleta restaurada que ya no necesitaba trucos para hacer dinero.

Clara tomó la mano de su marido y miró a su hijo.

—Nosotros empezamos con el estraperlo cuando la palabra aún olía a chanchullo republicano. Sobrevivimos vendiendo medias de nailon y tabaco rubio en el Raval, sobornando guardias en el puerto, huyendo de redadas. Pasamos por la cárcel. Aprendimos en la Modelo lecciones que ninguna universidad enseña. Y todo por darte a ti lo que nosotros nunca tuvimos: un futuro sin miedo.

Daniel dejó el reloj sobre la mesa y se sentó frente a ellos.

—He vivido esa historia en casa. Os he visto arriesgarlo todo por dinero fácil. Os he visto abrazaros después de cada susto como si fuera la última vez. He visto cómo la bola giraba y giraba… hasta que decidisteis que yo fuera quien la detuviera.

Hizo una pausa. Fuera, las campanas de una iglesia cercana empezaron a repicar. No se sabía si era por duelo o por esperanza.

—Hoy firmo la venta definitiva. La Bola se convertirá en un hotel. Todo limpio. Todo legal. Los alemanes no quieren saber nada de ruleta trucada ni de sobornos. Solo quieren lujo y vistas al mar. Y yo… yo me quedo como socio y director. Sin chivatazos. Sin Modelo. Sin tener que mirar siempre por encima del hombro.

Enrique asintió lentamente. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo y melancolía.

—Hijo, nosotros fuimos estraperlistas de la peor y de la mejor clase. Sobrevivimos a una guerra, a una dictadura y a nuestra propia ambición. Tú has conseguido lo que nosotros solo soñamos: convertir el estraperlo en un negocio respetable.

Clara se levantó, se acercó a la ruleta y la hizo girar suavemente con un dedo. La bola blanca rodó con un rumor metálico familiar, saltó unos segundos y cayó limpiamente en el siete.

—Fíjate —murmuró con una sonrisa cansada pero serena—. Después de cuarenta años, sigue cayendo en el mismo número. Como si todo estuviera escrito desde el principio.

Daniel miró a sus padres. Vio en ellos al joven abogado ambicioso que aceptó el primer reloj de oro, a la viuda elegante que se dejó llevar por la excitación del dinero fácil, a los estraperlistas del Raval que se abrazaban después de cada redada, a los presos que aprendieron en la Modelo a ser más listos que el sistema.

Y se vio a sí mismo: el hijo que había crecido entre sacos de azúcar y billetes marcados, que había cerrado citas en la trastienda y que ahora cerraba el círculo convirtiendo todo aquello en algo decente.

—Entonces —dijo Daniel—, esta es la última tirada.

Enrique levantó su copa.

—Por la ruleta que nos hundió… y que al final nos salvó.

Clara levantó la suya.

—Por los que giramos la bola cuando todo era hambre y miedo.

Daniel completó el brindis, con la voz firme:

—Y por los que conseguimos que la bola dejara de girar.

Los tres chocaron las copas. Fuera, Barcelona despertaba a un país que empezaba a cambiar. Dentro, tres generaciones de una misma familia cerraban por fin la partida más larga de sus vidas.

La bola blanca se detuvo definitivamente en el siete.

Y por primera vez, nadie sintió la necesidad de hacerla girar otra vez.


LA RULETA DEL HAMBRE


Barcelona, abril de 1935

La ruleta giraba con un rumor metálico suave, casi seductor, como el ronroneo de un gato bien alimentado. Daniel Strauss observaba la bola blanca saltar entre los números con la atención de quien ha visto nacer y morir imperios. Trece casillas. Solo trece. Suficiente para arruinar o enriquecer a un hombre.

—Otra vez —ordenó en un español gutural, con fuerte acento holandés.

El mecanismo, oculto bajo la mesa de caoba, respondió al leve roce de su dedo sobre el botón disimulado en el borde. La bola, obediente, perdió fuerza y cayó limpiamente en el siete. Otra vez el siete.

Aurelio Lerroux sonrió desde el otro lado de la mesa, con esa sonrisa de sobrino consentido que ya empezaba a cansar a medio Barcelona.

—Impresionante, señor Strauss. Parece de verdad… azar.

—No parece, joven. Es mejor que el azar —contestó Strauss mientras recogía las fichas de prueba—. El azar es para idiotas y pobres. Esto —golpeó suavemente la ruleta— es para hombres que saben lo que quieren.

Estaban en un reservado del Hotel Colón, frente a la Plaza de Cataluña. Fuera, la tarde de primavera olía a castaños en flor y a gasolina de los primeros automóviles. Dentro, el aire estaba cargado de humo de cigarrillos egipcios y de la tensión de quien juega con fuego sin quemarse todavía.

Sentado en un sillón apartado, con las piernas cruzadas y un vaso de coñac en la mano, estaba él: Enrique Rosell. Treinta y dos años, abogado recién llegado de Madrid, con buenos contactos en el Partido Radical y una ambición que le pesaba más que el traje bien cortado. Era el hombre que Strauss había elegido para allanar el camino en Barcelona. Y también el que, sin saberlo aún, iba a quedar atrapado en la ruleta.

—Entonces, ¿cree que podremos instalarla en San Sebastián este verano? —preguntó Rosell, intentando sonar profesional.

Strauss se encogió de hombros con elegancia.

—San Sebastián, Formentor, donde sea que haya gente con dinero y ganas de perderlo honestamente. O deshonestamente, me da igual. Lo importante es que las autoridades miren hacia otro lado. Y para eso —señaló con la barbilla a Aurelio— necesitamos amigos bien colocados.

Aurelio Lerroux soltó una risa nerviosa.

—Mi tío Alejandro ya está al tanto. Salazar Alonso también. Solo hay que… engrasar un poco los engranajes.

Rosell sintió un leve cosquilleo en la nuca. “Engrasar”. Esa palabra tan usada en los pasillos del poder. Recordaba perfectamente la reunión de hacía dos semanas en Madrid: el subsecretario Benzo hablando de “flexibilidad administrativa” mientras un reloj de oro cambiaba de manos con discreción. Ahora, en Barcelona, todo parecía más real. Más peligroso.

Se levantó y se acercó a la ventana. Abajo, en la plaza, un vendedor ambulante pregonaba periódicos: “¡La Veu de Catalunya! ¡Tensiones en el gobierno! ¡Lerroux resiste!”. La República se tambaleaba otra vez, pero la gente seguía paseando como si nada. Las mujeres con sombreros cloche, los hombres con sombreros de fieltro. Barcelona parecía vivir en un sueño de modernidad mientras el país se descomponía.

—¿Y qué pasa si alguien se da cuenta de que la bola no cae donde debe? —preguntó Rosell sin volverse.

Strauss se acercó por detrás. Su aliento olía a tabaco caro.

—Nadie se dará cuenta, amigo mío. La gente ve lo que quiere ver. Usted mismo lo ha visto: tres veces seguidas el siete y nadie ha protestado. Imagínese una sala llena de señoritos con dinero. Beben, ríen, pierden… y pagan. Y nosotros cobramos nuestra parte. Limpia. Elegante.

Rosell se giró. Los ojos de Strauss brillaban con esa mezcla de codicia e inteligencia que tanto fascinaba como repelía.

—Y mi parte… —empezó a decir.

—Su parte será generosa —le cortó Strauss—. Suficiente para que deje de defender causas perdidas en los juzgados de Madrid y se convierta en alguien respetable. ¿No es eso lo que quiere todo el mundo en esta República? ¿Ser alguien?

En ese momento llamaron a la puerta con suavidad. Entró un botones con una bandeja: una carta lacrada y un sobre más pequeño.

—Para el señor Strauss —dijo el muchacho—. Acaba de llegar de Mallorca.

Strauss rompió el lacre con impaciencia. Leyó en silencio. Su rostro se endureció un instante.

—Buenas noticias de Formentor. El casino está interesado. Solo falta… el último detalle.

Miró a Rosell directamente.

—Mañana por la noche hay una cena en casa de Joan Pich i Pon. Usted vendrá. Llevará el prototipo pequeño, el de demostración. Y llevará también esto.

Le tendió el sobre pequeño. Dentro, Rosell sintió el peso frío de un reloj de oro.

—Para el subsecretario de Marina —explicó Strauss con naturalidad—. Un detalle. Nada más.

Rosell sostuvo el reloj en la palma de la mano. Pesaba. Pesaba más de lo que debería.

Fuera, en la Plaza de Cataluña, empezó a llover. Una lluvia fina de primavera que hacía brillar los adoquines como si fueran nuevos. Pero Rosell sabía que debajo de aquel brillo seguía estando la misma suciedad de siempre.

Mientras guardaba el reloj en el bolsillo interior de su chaqueta, pensó que acababa de aceptar su primera ficha en una ruleta mucho más grande. Una donde la bola ya estaba trucada desde el principio.

Y aún no sabía si sería el crupier… o uno de los jugadores que lo perderían todo.


Barcelona, 25 de abril de 1935

La residencia de Joan Pich i Pon en la avenida Diagonal brillaba como un faro en medio de la noche republicana. Luces eléctricas recién instaladas iluminaban los jardines, donde criados uniformados servían copas de champán francés a invitados que fingían no notar cómo el país se deshilachaba. El aire olía a gardenias, a cera de vela y a un leve toque de naftalina de los trajes de gala sacados del armario para la ocasión.

Enrique Rosell bajó del taxi con el maletín de cuero negro en la mano derecha y el peso del reloj de oro en el bolsillo interior izquierdo. Sentía el metal caliente contra su pecho, como si la pieza tuviera vida propia y latiera al ritmo de su culpa incipiente.

—Señor Rosell, bienvenido —le saludó un mayordomo con acento catalán marcado—. El señor Pich i Pon le espera en el salón principal.

Dentro, la fiesta ya estaba en su apogeo. Un cuarteto de cuerda tocaba discretamente un vals de Strauss —ironía que no pasó desapercibida para Enrique—. Mujeres con vestidos de seda ceñidos charlaban en corrillos, mientras hombres con bigotes bien recortados discutían de política como si todavía creyeran que las palabras podían salvar algo.

Daniel Strauss ya estaba allí, impecable con su esmoquin negro, conversando animadamente con el anfitrión. Joan Pich i Pon, subsecretario de Marina, era un hombre de cincuenta y tantos, calvo y con ojos pequeños que parecían calibrar el valor de cada persona en la sala en cuestión de segundos.

—Ah, Rosell —dijo Pich i Pon al verlo acercarse—. Me han hablado mucho de usted. Dicen que es el hombre que resuelve problemas sin hacer ruido.

—Intento ser útil, señor —respondió Enrique con una inclinación de cabeza.

Strauss le dedicó una mirada rápida, casi imperceptible, que decía “no lo estropees”. Luego, con naturalidad, señaló el maletín.

—Trae la demostración, amigo mío. El señor Pich i Pon tiene curiosidad por nuestro pequeño invento.

Subieron a una sala privada en la segunda planta, alejada del bullicio. Allí, sobre una mesa cubierta de fieltro verde, Strauss montó la ruleta con gestos precisos de prestidigitador. La bola blanca relucía bajo la luz de la lámpara.

—Trece números —explicó Strauss—. Suficiente para mantener la emoción sin complicar las cuentas. Y lo mejor… —presionó suavemente el botón oculto bajo el borde— es que la suerte puede ser… dirigida.

La bola giró, saltó y cayó en el nueve. Pich i Pon soltó una risa grave.

—Extraordinario. Parece magia.

—No es magia —corrigió Strauss—. Es ingeniería holandesa. Y un poco de sentido común. En San Sebastián y en Formentor podríamos tener mesas funcionando antes del verano. Los beneficios serían… considerables. Para todos.

Pich i Pon se recostó en su sillón y encendió un puro.

—Entiendo. Pero hay que ser prudentes. La oposición ya husmea. Azaña y sus amigos esperan cualquier tropiezo para volver al poder. Si esto sale mal…

—No saldrá mal —intervino Enrique, sorprendiéndose a sí mismo por la firmeza de su voz—. La máquina se presentará como un “juego de salón mecánico”. Nada de azar prohibido. Solo entretenimiento. Y las autoridades competentes ya han recibido… muestras de buena voluntad.

Al decirlo, sacó el reloj de oro del bolsillo y lo colocó sobre la mesa con delicadeza, como quien deja una ofrenda en un altar. Pich i Pon lo miró un instante, luego lo tomó entre sus dedos gruesos y lo examinó a la luz.

—Un detalle elegante —murmuró—. Mi esposa apreciará el gesto.

En ese momento, la puerta se abrió ligeramente y entró una mujer. Treinta años escasos, cabello oscuro recogido en un moño bajo, vestido negro de corte sencillo pero impecable que contrastaba con el lujo de la sala. Se llamaba Clara Montfort, viuda reciente de un capitán de la marina mercante y sobrina lejana de Pich i Pon. Enrique la había visto una vez en Madrid, en una recepción, pero nunca habían cruzado más que un saludo cortés.

—Disculpen la interrupción —dijo ella con voz serena—. Tío, le buscan abajo. Algo sobre un telegrama urgente de Madrid.

Pich i Pon se levantó, guardándose el reloj con discreción.

—Continúen sin mí un momento. Rosell, muéstrele la ruleta a mi sobrina. Clara tiene buen ojo para los negocios.

Cuando se quedaron solos, Clara se acercó a la mesa. Sus ojos, de un verde profundo, estudiaron la ruleta con curiosidad.

—¿De verdad funciona? —preguntó sin rodeos.

—Funciona demasiado bien —respondió Enrique—. Por eso es peligrosa.

Clara levantó la mirada hacia él. Había algo en su expresión que no era ni admiración ni rechazo, sino una mezcla de cansancio y desafío.

—Todo en esta República es demasiado bueno o demasiado peligroso, señor Rosell. ¿Usted en qué categoría se coloca?

Enrique sintió que la conversación se desviaba hacia terrenos resbaladizos.

—Intento mantenerme en el centro. Pero el centro cada vez es más estrecho.

Strauss, que había permanecido en silencio, carraspeó.

—Señora Montfort, ¿le gustaría probar una tirada?

Clara negó con la cabeza.

—No juego cuando sé que la bola está trucada. Prefiero perder por mí misma que por la mano de otro.

Sus palabras quedaron flotando en el aire. Enrique sintió un escalofrío. Por primera vez desde que aceptó el encargo, tuvo la certeza de que alguien en aquella habitación veía más allá de la superficie brillante del negocio.

Abajo, la música seguía sonando. Pero en la sala privada, el vals había dejado paso a un silencio cargado de presagios.

Cuando Pich i Pon regresó, traía el rostro serio.

—Malas noticias de Madrid —anunció—. Salazar Alonso dice que la prensa empieza a husmear. Alguien ha filtrado que se están concediendo licencias demasiado rápido.

Strauss frunció el ceño.

—¿Y qué proponen?

—Que actuemos con más discreción. Y que el primer pago… se adelante.

Enrique miró el maletín con la ruleta. Luego a Clara, que observaba la escena desde un rincón con los brazos cruzados. En ese instante comprendió que la bola ya había empezado a girar de verdad.

Y que, esta vez, nadie controlaba del todo hacia dónde iba a caer.


Barcelona, 8 de mayo de 1935

El Casino de la Arrabassada, en las afueras de Barcelona, había abierto sus puertas solo para una “noche privada”. Luces tenues, champán francés y un puñado de hombres con corbata blanca y mujeres con vestidos que dejaban los hombros al descubierto. Nadie hablaba de política aquella noche. Solo de suerte.

Enrique Rosell observaba desde un rincón cómo la ruleta giraba por primera vez en público. La bola blanca saltaba con aparente inocencia entre los trece números. Daniel Strauss, con su sonrisa de prestidigitador, actuaba como crupier improvisado.

—Señores, hagan sus apuestas —anunció con su acento marcado.

Un industrial textil colocó un montón de fichas en el cinco. Un banquero, en el doce. Una mujer rubia de risa fácil, en el siete.

Strauss rozó discretamente el botón oculto. La bola perdió fuerza y cayó limpiamente en el siete. La mujer soltó un grito de alegría y abrazó a su acompañante.

—¡Otra vez! —pidió el industrial, con los ojos brillantes.

Tres tiradas más. Tres veces ganó la casa o los “amigos” de Strauss. El dinero cambiaba de manos con rapidez. Enrique sentía el pulso acelerado. No era solo por el riesgo. Era por el poder que emanaba de aquella máquina: la ilusión de control en un país que se desmoronaba.

Cuando la sesión terminó y los invitados se retiraron satisfechos (algunos con bolsillos más ligeros, otros con promesas de futuras mesas), Strauss se acercó a Enrique con una copa en la mano.

—Veinte mil pesetas en una sola noche —susurró—. Y esto solo es el principio. Mañana mismo envío un telegrama a Formentor. Si esto sigue así, en verano seremos ricos.

Enrique asintió, pero su mirada se desviaba hacia el fondo del salón. Clara Montfort estaba allí, de pie junto a una columna, observándolo todo con esa mezcla de curiosidad y distancia que ya empezaba a obsesionarle.

Más tarde, cuando la mayoría de los invitados se había marchado y Strauss se retiró a ultimar detalles con el director del casino, Enrique y Clara se encontraron en uno de los salones privados del piso superior. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de mesa y el resplandor lejano de las luces de Barcelona.

—Has estado magnífico esta noche —dijo Clara en voz baja, cerrando la puerta tras ella—. Todos creían que era suerte de verdad.

—No era suerte —respondió Enrique—. Era cálculo.

Clara se acercó. El vestido negro se ceñía a su cuerpo con elegancia, pero sus ojos brillaban con una excitación distinta.

—Veinte mil pesetas en una noche —repitió ella, casi para sí misma—. ¿Sabes lo que eso significa en estos tiempos? Mientras la gente hace colas para el pan, nosotros jugamos con miles.

Se detuvo frente a él. Sus dedos rozaron la solapa de su chaqueta.

—Esa sensación… la de tener el control —murmuró—. Me excita más de lo que debería.

Enrique sintió cómo la sangre se le agolpaba en las venas. La cercanía de Clara, el olor a perfume caro mezclado con el humo de la noche, la adrenalina de las ganancias… todo convergía en un impulso que ya no podía ni quería controlar.

La besó con fuerza. Clara respondió sin dudar, sus manos deslizándose bajo la chaqueta de Enrique, tirando de su camisa. Cayeron sobre el sofá de terciopelo rojo, entre risas ahogadas y respiraciones entrecortadas.

Él le bajó el tirante del vestido, dejando al descubierto la curva de su hombro y el nacimiento de sus pechos. Clara arqueó la espalda cuando los labios de Enrique bajaron por su cuello, mordiendo suavemente la piel. Sus manos exploraron el cuerpo de ella con urgencia: la cintura estrecha, la cadera redondeada, la piel cálida que se erizaba bajo sus dedos.

—Más rápido —susurró Clara al oído de él, la voz ronca de deseo—. Hoy todo es rápido. Las ganancias, la vida… todo.

Enrique se quitó la camisa y se colocó sobre ella. Clara abrió las piernas, atrayéndolo con las manos en su espalda. Cuando entró en ella, un gemido compartido llenó la habitación. El ritmo fue intenso, casi desesperado: la excitación del dinero fácil, el riesgo del escándalo, la certeza de que todo podía derrumbarse mañana. Cada embestida era un recordatorio de que, por unas horas, controlaban algo en medio del caos.

Clara llegó al clímax primero, clavando las uñas en su espalda y ahogando un grito contra su hombro. Enrique la siguió poco después, derramándose dentro de ella con un gruñido gutural, el cuerpo temblando por la liberación.

Quedaron tendidos en el sofá, respiraciones agitadas, sudor mezclándose con el perfume. Clara pasó los dedos por el pecho de Enrique.

—Esto no cambia nada —dijo ella en voz baja—. Pero por un momento… ha sido perfecto.

Enrique sonrió con amargura.

—Nada es perfecto en esta ruleta.

Abajo, en el despacho del director, Daniel Strauss se sentó frente a una máquina de escribir. La euforia de la noche aún le corría por las venas. Sacó una hoja de papel y comenzó a teclear con rabia contenida.

«Estimado señor Lerroux:

He cumplido mi parte. La máquina funciona a la perfección y los beneficios empiezan a llegar. Sin embargo, los gastos han sido mayores de lo previsto y las promesas de protección no se han materializado como acordamos. Exijo el pago inmediato de 85.000 pesetas por los costes incurridos y por el riesgo asumido. Si no recibo una respuesta satisfactoria en los próximos diez días, me veré obligado a hacer públicas las cartas, los relojes y los nombres de todos los implicados.

Atentamente,

Daniel Strauss»

Metió la carta en un sobre, lo lacró y llamó a un mensajero.

—Llévalo a Madrid mañana a primera hora. Y que sea urgente.

Cuando el mensajero se fue, Strauss se sirvió un coñac doble. Sabía que acababa de lanzar la bola en la ruleta más peligrosa de todas.

Arriba, Enrique y Clara seguían abrazados en la penumbra, ajenos aún a que la carta ya volaba hacia la capital. La primera prueba había sido un éxito. Pero la verdadera partida acababa de comenzar.


Barcelona, finales de septiembre de 1935

Las primeras noticias llegaron como un rumor sordo, de esos que se cuelan por las rendijas de los cafés y los despachos ministeriales. Enrique Rosell estaba en su habitación del Hotel Colón cuando recibió el telegrama urgente de Madrid: “Strauss ha enviado carta. Exige 85.000. Amenaza con todo. Lerroux calla. Tormenta en camino.”

Se dejó caer en la butaca. El papel temblaba en sus manos. Aquella carta que Strauss había escrito la noche de la prueba en la Arrabassada ya no era un farol. Había volado hasta La Haya, luego hasta Madrid, y ahora amenazaba con derrumbar el castillo de naipes que habían construido con relojes de oro y promesas.

Abajo, en el vestíbulo, los periódicos empezaban a insinuar. “Irregularidades en concesiones de juegos”. “El Partido Radical en el ojo del huracán”. Aún no nombraban el “estraperlo”, pero la palabra ya flotaba, como un mal presagio.

Clara Montfort lo encontró dos horas después en un reservado discreto del hotel. Entró sin llamar, con el rostro pálido y los ojos encendidos.

—¿Es verdad? —preguntó sin preámbulos—. ¿Strauss ha chantajeado a Lerroux? ¿Ha enviado la carta?

Enrique asintió lentamente. Le tendió el telegrama. Clara lo leyó y lo dejó caer sobre la mesa como si quemara.

—Idiotas —murmuró—. Todos. Incluido tú.

La tensión entre ellos había crecido desde aquella noche en el casino. El sexo había sido eléctrico, liberador, pero ahora se volvía contra ellos. Cada encuentro posterior había sido más áspero, más cargado de reproches velados. Clara lo acusaba en silencio de haberla arrastrado al borde del abismo; Enrique la miraba y veía en ella el espejo de su propia ambición desbocada.

—Era un negocio —se defendió él—. Tú estabas allí. Viste las ganancias. Sentiste la misma excitación.

Clara se acercó, pero no para tocarlo. Se detuvo a un metro, con los brazos cruzados.

—Excitación, sí. Pero no ceguera. Ahora Pich i Pon está nervioso. Mi tío habla de dimisiones, de comisiones parlamentarias. Y tú… tú sigues aquí, esperando que la bola caiga de tu lado.

Enrique se levantó. La distancia entre ellos era física y mucho más.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué huya? ¿Qué denuncie? Si esto estalla, caemos todos. Tú incluida, Clara. Aquella noche en el sofá… no fuiste una espectadora.

Ella dio un paso adelante. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de rabia y algo más profundo, más peligroso.

—Aquella noche giré la ruleta contigo, Enrique. Me dejé llevar por el dinero fácil, por el poder de saber que controlábamos algo en este país de locos. Pero ahora la bola sigue girando… y ya no sabemos dónde va a caer.

El silencio se hizo espeso. Fuera, la lluvia de otoño golpeaba los cristales de la Plaza de Cataluña. Barcelona parecía ajena al terremoto que se gestaba en Madrid.

Clara se acercó más. Sus manos subieron hasta el pecho de Enrique, pero esta vez no era deseo. Era confrontación.

—Dime la verdad —susurró—. ¿Crees que podemos salir limpios de esto? ¿O solo estamos retrasando el momento en que todo se derrumbe?

Enrique la miró fijamente. La atrajo hacia sí con fuerza, casi con violencia. Sus labios se encontraron en un beso furioso, desesperado. La tensión acumulada estalló. Clara lo empujó contra la pared, arrancándole la corbata. Él le subió la falda con urgencia, buscando su piel bajo la tela. Esta vez no hubo ternura: solo cuerpos que se chocaban como si pudieran castigarse mutuamente por las decisiones tomadas.

Cayeron sobre la cama. Clara se colocó encima, moviéndose con rabia contenida, clavándole las uñas en los hombros mientras lo cabalgaba. Cada embestida era una acusación y una entrega al mismo tiempo.

—Esto es lo que somos —jadeó ella—. Una ruleta trucada. Creemos que controlamos la bola, pero siempre cae donde quiere.

Enrique la volteó, penetrándola con fuerza desde atrás, sujetándola por las caderas. El clímax llegó rápido, violento, casi doloroso. Quedaron exhaustos, sudorosos, con la respiración entrecortada.

Pero el alivio duró poco.

Clara se incorporó, cubriéndose con la sábana.

—Esto no resuelve nada —dijo con voz fría—. La carta ya está enviada. Mañana o pasado, Alcalá-Zamora la tendrá. Y entonces…

En ese preciso instante llamaron a la puerta con insistencia. Era un botones con otro telegrama, esta vez de Strauss desde Holanda:

«Lerroux ignora mis demandas. He remitido copia completa al Presidente de la República. Documentos, relojes, nombres. Todo. Si no hay compensación inmediata, el escándalo será público. Vosotros decidís.»

Enrique leyó en voz alta. Clara palideció.

—La bola ha salido de la mesa —murmuró ella—. Ahora rueda por el suelo… y se lleva por delante a quien pille.

Enrique se sentó en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. La excitación de las ganancias se había convertido en pánico. La tensión entre él y Clara ya no era solo deseo o reproche: era la certeza de que su relación, como todo lo demás, estaba condenada a girar hasta romperse.

Fuera, la lluvia arreciaba. En Madrid, la carta de Strauss acababa de llegar a manos de Niceto Alcalá-Zamora. La ruleta política había empezado a girar de verdad.

Y nadie, ni Enrique, ni Clara, ni el propio Lerroux, podía detenerla ya.


Madrid, 28 de octubre de 1935

Las Cortes ardían.

Desde la tribuna de oradores, el diputado radical José María Cid gritaba con voz ronca mientras agitaba un fajo de documentos. En los bancos de la oposición, socialistas y republicanos de izquierda golpeaban los pupitres con los nudillos.

—¡Estraperlo! —vociferó Cid—. ¡Ese es el nombre que merecen estos trapicheos! Una ruleta trucada, un botón oculto y sobornos pagados con relojes de oro. ¡Y los responsables están aquí, entre nosotros!

El hemiciclo estalló. Algunos aplaudían, otros silbaban. En la tribuna de prensa, los periodistas tomaban nota frenéticamente. Al día siguiente, todos los periódicos de España llevarían el mismo titular: “El escándalo del Estraperlo hunde al Gobierno”.

En Barcelona, Enrique Rosell escuchaba la sesión por la radio del Hotel Colón, sentado en la misma butaca donde había recibido el primer telegrama. Cada palabra era un clavo en su ataúd. Cuando nombraron a “intermediarios barceloneses” y “abogados con contactos en el Partido Radical”, sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Clara Montfort entró sin llamar, como siempre. Esta vez traía un periódico doblado bajo el brazo y los ojos enrojecidos.

—Han dimitido todos —dijo sin preámbulos—. Lerroux, Salazar Alonso, Pich i Pon… Tu nombre no ha salido todavía, pero solo es cuestión de horas. Un periodista de La Vanguardia me ha preguntado por “el abogado que llevaba la ruleta a las cenas”.

Enrique apagó la radio. El silencio que siguió fue peor que los gritos del Congreso.

—Estamos acabados —murmuró.

Clara se acercó. La tensión de los últimos días había convertido cada mirada en una mezcla de deseo y resentimiento. Se miraron un instante y, sin mediar palabra, se besaron con la misma furia de siempre. Pero esta vez el beso sabía a despedida. Clara le mordió el labio con rabia, él la apretó contra la pared, pero ninguno de los dos se desnudó. Sabían que el cuerpo ya no bastaba para detener lo que venía.

—Mi tío me ha pedido que me vaya de Barcelona unos meses —dijo ella cuando se separaron, jadeando—. A casa de unos familiares en Zaragoza. Dice que es “por mi seguridad”. Traducción: no quiere que me vean contigo.

Enrique asintió, aturdido.

—Yo me quedaré. Tengo que preparar la defensa. Si me llaman a declarar…

—No te llamarán —le cortó Clara con amargura—. Te usarán de cabeza de turco si hace falta. Y yo… yo seré la sobrina del subsecretario que se acostaba con el intermediario. La puta de la ruleta.

La palabra quedó flotando entre ellos, cruel y exacta. Clara se limpió una lágrima con el dorso de la mano y, sin decir adiós, salió de la habitación.

Dos días después, el Gobierno cayó. Alejandro Lerroux dimitió por segunda vez. El escándalo del Estraperlo se convirtió en la palabra favorita de los cafés y las tertulias. El término, que había nacido como nombre de una máquina fraudulenta, empezaba ya a significar otra cosa: chanchullo, corrupción, trapicheo.

Barcelona, julio de 1936

La Guerra Civil estalló como una segunda ruleta que nadie controlaba.

Enrique Rosell se alistó en las milicias republicanas por puro instinto de supervivencia; Clara Montfort, en Zaragoza, quedó atrapada en zona sublevada y pasó los tres años siguientes trabajando como enfermera en un hospital militar. Se escribieron tres cartas que nunca llegaron a destino. Cuando la guerra terminó en abril de 1939, ninguno de los dos sabía si el otro seguía vivo.

Madrid, primavera de 1940

La posguerra olía a garbanzos cocidos, a pan negro y a miedo.

Enrique Rosell había sobrevivido. Depurado, sin título de abogado, sin dinero y con un expediente que lo señalaba como “afecto al régimen anterior”, vivía en una pensión de la calle Atocha. Se ganaba la vida como podía: traduciendo documentos para un despacho dudoso y, sobre todo, moviendo mercancía que no aparecía en ningún racionamiento.

Un saco de harina aquí, un bidón de aceite allá, medias de nailon traídas de Portugal en el doble fondo de un camión. La gente ya no hablaba del “escándalo del Estraperlo”. Ahora solo decían el estraperlo. La palabra había cambiado de significado para siempre: ya no era una ruleta de casino. Era el mercado negro que mantenía viva a media España.

Una tarde de abril, en un bar de la calle Huertas, Enrique estaba cerrando un trato por dos sacos de azúcar cuando la vio.

Clara Montfort estaba sentada dos mesas más allá, con un pañuelo en la cabeza y un abrigo raído. Había adelgazado. Tenía una cicatriz fina en la mejilla que no estaba allí antes. Cuando sus miradas se cruzaron, ninguno de los dos sonrió.

Ella se levantó y se acercó. Sobre la mesa, entre vasos de vino aguado, dejó un pequeño paquete envuelto en papel de periódico.

—Aceite de oliva virgen —susurró—. Del estraperlo de Zaragoza. Dicen que es de los buenos.

Enrique lo tocó. Sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario.

—Así que ahora nosotros también somos estraperlistas —dijo él con una sonrisa torcida.

Clara se sentó frente a él. Sus ojos seguían siendo verdes, pero ya no brillaban con la misma excitación de 1935.

—La bola giró, Enrique. Giró durante cinco años y nos dejó aquí. En el hambre. En el mercado negro. Y la palabra que inventamos… ahora es lo único que nos mantiene vivos.

Él la miró largo rato. La ruleta de la Arrabassada parecía un recuerdo de otra vida. La guerra, la posguerra y el racionamiento habían convertido el viejo escándalo en una ironía cruel: lo que empezó como corrupción de élites ahora era la única forma de no morir de hambre.

—Sigues girando la ruleta conmigo —murmuró Enrique.

Clara no contestó. Solo empujó el paquete de aceite hacia él y, por primera vez en años, permitió que una sonrisa cansada asomara a sus labios.

—Esta vez —dijo— la bola cae donde puede. No donde queremos.

Fuera, en las calles de Madrid, la gente hacía cola con cartillas de racionamiento. Dentro del bar, dos supervivientes acababan de reencontrarse en el nuevo estraperlo.

La ruleta, al fin, había cambiado de juego.


Barcelona, otoño de 1942

El Raval olía a sardinas fritas, a orines viejos y a esperanza barata. En las callejuelas estrechas del Barrio Chino nadie preguntaba el nombre verdadero, nadie miraba los papeles con demasiada atención y nadie quería saber de dónde venía el dinero mientras el pan llegara a la mesa.

Enrique Rosell y Clara Montfort se habían instalado allí hacía tres meses, en un piso oscuro de la calle Robadors, encima de una taberna que cerraba al amanecer. Dos habitaciones, un colchón compartido y una ventana que daba a un patio interior donde siempre colgaba ropa húmeda. Nadie los conocía como los antiguos amantes del escándalo del Estraperlo. Allí eran simplemente “los de Zaragoza”, dos buscavidas más entre cientos.

La vida cotidiana del estraperlo era un ritual de supervivencia y riesgo constante.

Por las mañanas, Clara hacía cola en la tienda de racionamiento con su cartilla falsa, mientras Enrique rondaba los muelles del puerto con un carrito de mano. Por las tardes se reunían en el piso para contar pesetas arrugadas y decidir qué mercancía mover al día siguiente. Por las noches, cuando los guardias civiles o los falangistas de turno estaban más borrachos o más necesitados, salían a trabajar de verdad.

Todo empezó con un contacto en el puerto: un viejo marinero gallego que había conocido a Enrique en la guerra. Una noche, tras pagar doscientas pesetas a un guardia del muelle de la Estación Marítima, subieron a bordo de un carguero francés que acababa de llegar de Marsella. Del doble fondo de un cajón de herramientas sacaron el primer cargamento serio: tres docenas de medias de nailon, dos cajas de tabaco rubio americano (Lucky Strike todavía con el celofán), un paquete de preservativos de goma y varios botes de polvos de maquillaje Coty que olían a París.

—Esto se vende solo —había dicho Clara aquella primera noche, acariciando una media con los dedos como si fuera seda pura—. Las mujeres matan por parecerse a las actrices de Hollywood aunque sea solo en las piernas.

Poco a poco fueron ampliando la ruta. Cada quince días cruzaban la frontera por caminos de contrabandistas cerca de Portbou, bajaban hasta Perpiñán o incluso hasta Marsella, y volvían con maletas de doble fondo. Pagaban sobornos a guardias del puerto, a un cabo falangista de la Jefatura de Abastecimientos que cobraba en especie (una botella de coñac francés y una media para su querida) y a algún policía local que miraba hacia otro lado a cambio de un cartón de tabaco.

El dinero empezó a llegar. No era riqueza, pero sí lo suficiente para comer carne dos veces por semana y pagar el alquiler sin retrasos. Enrique se había convertido en un maestro del disimulo: escondía los paquetes bajo sacos de garbanzos, dentro de bidones de aceite o cosidos en el forro de un abrigo. Clara, con su aspecto de viuda decente, era la que colocaba la mercancía entre las señoras del Ensanche que aún conservaban joyas para cambiar y querían sentirse elegantes aunque fuera en secreto.

Una noche de noviembre, después de una entrega especialmente arriesgada —veinte pares de medias y tres cartones de Chesterfield—, regresaron al piso del Raval con los bolsillos llenos de billetes. El riesgo de una redada siempre estaba presente: aquella misma semana habían detenido a dos estraperlistas en la Barceloneta y los habían paseado por las Ramblas con los sacos al cuello como escarmiento.

Estaban exhaustos, pero el dinero fácil les encendía la sangre de la misma manera que la ruleta en 1935.

Clara cerró la puerta con llave y se quitó el pañuelo de la cabeza. Su pelo, ahora más corto, caía desordenado sobre los hombros. Miró a Enrique con una intensidad que él reconoció al instante.

—Hoy casi nos pillan en el muelle —dijo ella, quitándose el abrigo—. El falangista quería más que tabaco. Quería que le dejara tocarme.

Enrique se acercó por detrás y la abrazó por la cintura.

—Pero no lo hiciste.

—No —respondió Clara, girándose—. Porque todavía giro la ruleta contigo.

Se besaron con la misma urgencia de siempre, pero ahora había algo más profundo, más cansado y más real. Ya no era solo la excitación del dinero fácil de 1935. Era la conciencia de que habían sobrevivido a una guerra y seguían vivos gracias al mismo vicio que casi los destruyó: el trapicheo, el soborno, el juego sucio.

Enrique la levantó en brazos y la llevó hasta el colchón. Le quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que la posguerra había marcado con pequeños sacrificios. Clara se arqueó cuando él bajó hasta sus pechos, mordiendo suavemente los pezones endurecidos. Sus manos recorrieron el cuerpo de ella con familiaridad y hambre nueva: la curva de las caderas, el vientre que había conocido el hambre, las piernas que ahora vendían medias a otras mujeres.

—Gira la ruleta —susurró Clara mientras le desabrochaba los pantalones y lo tomaba en su mano—. Esta vez que caiga en el lado bueno.

Hicieron el amor con una mezcla de ternura y desesperación. Enrique entró en ella lentamente, sintiendo cómo Clara lo envolvía por completo. Se movieron juntos, sin prisas, sabiendo que fuera el mundo seguía siendo gris y peligroso, pero dentro de aquellas cuatro paredes aún podían controlar algo. Clara llegó al clímax primero, clavándole las uñas en la espalda y ahogando un gemido contra su cuello. Enrique la siguió poco después, derramándose dentro de ella con un gruñido largo y profundo.

Quedaron abrazados, sudorosos, escuchando los ruidos lejanos del Raval: una discusión en catalán, una guitarra desafinada, el llanto de un niño.

Clara pasó los dedos por el pecho de Enrique.

—Poco a poco estamos saliendo de la miseria —dijo en voz baja—. Clientes fijos en el Ensanche, un falangista que nos protege a cambio de mercancía… Si seguimos así, en un año podremos dejar el puerto y montar algo más limpio. Una tienda, quizás. O simplemente vivir sin mirar siempre por encima del hombro.

Enrique besó su frente.

—Mientras la bola siga cayendo de nuestro lado…

Ella sonrió con tristeza.

—La bola nunca cae del todo de nuestro lado, Enrique. Solo nos da un respiro. Pero al menos ahora jugamos los dos juntos, no como en el 35.

Fuera, en la noche barcelonesa, un silbato de la Guardia Civil sonó a lo lejos. Podía ser una redada, podía ser solo rutina. En el piso del Raval, dos antiguos amantes del escándalo republicano se habían convertido en los nuevos estraperlistas de la posguerra.

Y por primera vez en años, sentían que la ruleta, aunque trucada, volvía a girar a su favor.


Barcelona, diciembre de 1942

Clara vomitó por tercera mañana consecutiva. Cuando salió del retrete del piso del Raval, pálida y con los ojos brillantes, miró a Enrique y dijo sin rodeos:

—Estoy embarazada.

Él se quedó quieto, con un cartón de Lucky Strike todavía en la mano. El tabaco rubio americano que habían traído del puerto dos días antes parecía de repente lo más insignificante del mundo.

—Un hijo —murmuró Enrique, y por primera vez en años su voz sonó asustada de verdad—. En medio de todo esto.

Clara se sentó en el borde del colchón y se acarició el vientre todavía plano.

—Nacerá en primavera. Si seguimos así, nacerá en una redada o en una comisaría.

Aquella misma tarde, mientras repartían medias de nailon en un café del Ensanche, un viejo contacto del puerto les dio la noticia que lo cambió todo:

—El Casino de la Arrabassada está a la venta. El dueño se fue a Francia después de la guerra y lo dejó todo tirado. Sale barato porque nadie quiere un local con fama de “rojo” y de juego prohibido. Pero la ruleta… la ruleta sigue allí, cubierta de polvo.

Enrique y Clara se miraron. La misma ruleta de trece números, el mismo botón oculto que había empezado todo en 1935.

Al día siguiente tomaron el tranvía hasta las afueras. El local estaba cerrado, pero el guardés, un viejo falangista que cobraba propinas por mirar hacia otro lado, les abrió la puerta por cincuenta pesetas.

El salón principal olía a humedad y a recuerdos. Las mesas de fieltro verde estaban cubiertas de telarañas. Y en el centro, exactamente donde Strauss la había montado aquella noche de mayo de 1935, estaba la ruleta. La bola blanca seguía dentro.

Clara pasó los dedos por el borde de madera.

—Si la compramos —dijo en voz baja—, la guardaremos como recuerdo. No la usaremos… o sí, pero solo para los que sepan perder en silencio.

Enrique asintió. El local podía convertirse en algo legal por fuera y muy rentable por dentro: un bar discreto, con copas y música, donde los clientes “de confianza” jugaran a las cartas o a la ruleta en la trastienda. O, si hacía falta, un lugar de citas elegantes para señores del Régimen que no querían ser vistos en el Barrio Chino. Todo el mundo sabría, nadie diría nada. El estraperlo elevado a la categoría de negocio.

Pero para comprarlo necesitaban dinero rápido. Mucho dinero.

Decidieron jugársela una última vez.

Viajaron a Andorra en un camión de carbón con doble fondo. Un contacto de los viejos tiempos republicanos —un ex-falangista reconvertido que había sido suboficial en la guerra— les propuso la sociedad: él ponía los contactos en la frontera, ellos la mercancía. Tabaco rubio, relojes suizos, medias y un pequeño lote de penicilina que valía su peso en oro en el mercado negro. El viaje fue duro, nevaba en el puerto de Envalira, pero volvieron con ochenta mil pesetas en billetes usados.

El mismo día que regresaron, la redada cayó.

Fue en el muelle de la Estación Marítima. Un chivatazo. La Guardia Civil y dos falangistas irrumpieron mientras Enrique descargaba el último saco. Clara esperaba en el coche, a dos calles. Los detuvieron a los dos. A él lo golpearon en las costillas; a ella la cachearon con saña, aunque nadie se atrevió a tocarle el vientre cuando dijo “estoy encinta”.

Pasaron dos noches en comisaría. Miedo de verdad. Miedo de que el hijo naciera en la cárcel, miedo de que les quitaran todo, miedo de que la ruleta, esta vez, los hubiera llevado demasiado lejos.

Cuando salieron bajo fianza (gracias al falangista socio que movió hilos), Enrique y Clara se abrazaron en la calle como si acabaran de nacer otra vez.

—Ya basta —dijo él, con la cara todavía amoratada—. No quiero que nuestro hijo nazca estraperlista.

Clara, con la mano en el vientre, asintió.

—Compramos el local de la Arrabassada. Lo hacemos legal… o casi. Un bar con licencia. Lo llamaremos La Bola. Por fuera, café y copas. Por dentro… lo que siempre ha sido: un sitio donde la gente juega y se encuentra. Discreto. Todo el mundo sabrá, nadie sabrá.

Para que nadie murmurara de una mujer embarazada sin marido, usaron los viejos contactos. Un notario amigo de los tiempos del Partido Radical, ahora reconvertido, falsificó un acta de matrimonio fechada en 1941. “Por si alguien pregunta”, dijo. Se casaron en una ceremonia rápida en la iglesia de San Agustín, con dos testigos pagados y un cura que no hizo preguntas.

Tres semanas después firmaron la compra del Casino de la Arrabassada. El precio fue alto, pero el dinero de Andorra y los últimos trapicheos del puerto lo cubrieron.

El día que entraron como dueños, Clara, ya con la barriga visible, se acercó a la ruleta cubierta de polvo.

—La guardaremos —susurró—. Como recuerdo de todo lo que fuimos… y de todo lo que ya no queremos ser.

Enrique la abrazó por detrás y apoyó las manos en su vientre.

—Un bar legal, con un poco de juego discreto en la trastienda. Nada que levante sospechas. Nada que nos lleve otra vez a comisaría. Dinero fácil, pero sin redadas.

Clara giró la ruleta vacía con un dedo. La bola blanca rodó unos segundos y cayó en el siete.

—Esta vez —dijo sonriendo— la bola cae donde nosotros decidimos.

Fuera, la posguerra seguía gris y hambrienta. Dentro de La Bola, dos supervivientes del escándalo del Estraperlo acababan de cerrar el círculo: del juego trucado de 1935 al estraperlo de los cuarenta, y ahora a un local que parecía legal… aunque todo el mundo en Barcelona sabía que no lo era del todo.

El hijo nacería en marzo. Y por primera vez en años, Enrique y Clara sintieron que la ruleta, al fin, giraba a su favor.


Barcelona, 15 de marzo de 1943

El hijo nació en la clínica de la calle Casanova, un parto largo pero sin complicaciones. Lo llamaron Daniel, como el hombre que había puesto en marcha toda aquella ruleta años atrás. Cuando la enfermera se lo puso en brazos a Clara, ella lloró en silencio. Enrique, con el traje recién planchado y el miedo todavía en los ojos, besó la frente arrugada del niño y susurró:

—Este va a tener lo que nosotros no tuvimos.

Tres semanas después inauguraron La Bola. El local de la Arrabassada brillaba con luces nuevas pero discretas. Por fuera parecía un bar respetable: mesas de madera, una barra de zinc y un cartel sencillo que decía “Café y copas”. Por dentro, en la trastienda, la ruleta original seguía allí, cubierta con un paño verde, esperando solo a los clientes “de confianza”. Falangistas de mediana edad llegaban con sus queridas (mujeres jóvenes, perfumadas, que no eran sus esposas), algún industrial del textil con una amante y un par de policías de paisano que cobraban en copas y silencio. Se jugaba a las cartas, se apostaba en la ruleta y, en los reservados del fondo, se cerraban citas que nadie mencionaba a la luz del día.

Clara, con Daniel en un moisés detrás de la barra, servía vermús y sonreía como si nunca hubiera vendido medias de nailon en el Raval. Enrique controlaba la trastienda con mano firme pero suave. Les gustaba estar al filo de la navaja: el riesgo justo para sentir que seguían vivos, pero con un techo seguro para el niño.

Barcelona, primavera de 1955

Los años habían pasado y ya no eran los mismos. Enrique tenía cincuenta y dos, el pelo gris en las sienes y la espalda más rígida después de tantas noches de pie. Clara, a sus cuarenta y ocho, seguía guapa, pero las ojeras del estraperlo y los partos ya no se borraban con polvos Coty. Daniel tenía doce años, estudiaba en los Salesianos y preguntaba cada vez menos por qué papá y mamá cerraban la trastienda a ciertas horas.

El negocio estaba consolidado. La Bola era un lugar conocido en Barcelona: todo el mundo sabía lo que pasaba allí, nadie lo sabía del todo. Las citas discretas para falangistas y sus queridas se habían convertido en la principal fuente de ingresos. Los industriales pagaban bien por una habitación con llave y discreción. La ruleta giraba solo los viernes, con apuestas moderadas. Dinero fácil. Demasiado fácil.

Una noche, después de cerrar, mientras contaban los billetes sobre la mesa de la trastienda, Enrique miró a Clara y dijo lo que llevaba meses pensando:

—Tenemos que encontrar alguna idea más, Clara. Esto ya no es como cuando éramos jóvenes. Daniel crece. Merece algo mejor que un bar que huele a pecado y a sobornos.

Clara encendió un cigarrillo y se apoyó en la ruleta.

—Nos gusta el filo, Enrique. A los dos. Pero sí… algo más. Algo que parezca legal pero que nos dé el mismo escalofrío.

Decidieron dar un paso más sin cruzar del todo la línea. Empezaron a usar La Bola como punto de encuentro para negocios turbios de más altura: contactos con importadores de Andorra que traían relojes suizos y whisky escocés, pequeños lotes de dólares negros que cambiaban a través de un banquero amigo, y algún cargamento de electrodomésticos “caídos del camión”. Todo parecía legal por fuera. Licencias en regla, facturas limpias. Pero el dinero real corría por debajo, en sobres y promesas.

El peligro llegó en forma de chivatazo.

Fue un falangista de alto rango, uno de los clientes habituales, que se sintió amenazado cuando un nuevo inspector de policía empezó a husmear. Una noche de octubre de 1955, la Guardia Civil y dos inspectores de la Brigada Político-Social entraron en La Bola con una orden de registro. Enrique estaba en la trastienda cerrando un trato de tabaco americano. Lo detuvieron allí mismo. Clara, con Daniel ya dormido en casa, solo pudo ver cómo se lo llevaban esposado.

Pasó tres meses en la cárcel Modelo.

Las visitas de Clara eran los jueves por la tarde. Entraba con el pañuelo en la cabeza, el abrigo raído y una cesta con comida decente. Enrique la esperaba al otro lado de la reja, más delgado, con barba de tres días y una mirada que había cambiado.

—Aquí dentro he conocido a los mejores profesores —le dijo una tarde, con media sonrisa amarga—. Ladrones de guante blanco de los años treinta, estraperlistas de la posguerra, un falsificador que podría hacer billetes que ni el Banco de España distinguiría. Me enseñan trucos nuevos, Clara. Cómo mover dinero sin tocarlo. Cómo hacer que un bar parezca un negocio limpio aunque no lo sea.

Clara lo escuchaba con los ojos brillantes. Aprendía. Aprendía más en aquellas visitas que en todos los años de estraperlo en el puerto. Los “profesores entre rejas” le pasaban recados, nombres, contactos. Le explicaban cómo blanquear ganancias a través de sociedades ficticias, cómo tener un segundo libro de cuentas que nadie encontraría nunca.

—Cuando salgas —le dijo ella un jueves, rozando sus dedos a través de los barrotes—, ya no estaremos solo al filo. Estaremos un paso por delante. Pero legal por fuera. Daniel no sabrá nunca que su padre estuvo aquí.

Enrique asintió. El miedo de la Modelo le había quitado el vicio del riesgo ciego. Ahora quería el riesgo inteligente.

Cuando salió en enero de 1956, delgado pero entero, La Bola seguía abierta. Clara la había mantenido con mano firme. Daniel había preguntado solo una vez por qué papá había “viajado”. Le contaron que era “un asunto de papeles”.

Aquella primera noche en casa, después de que el niño se durmiera, Enrique y Clara hicieron el amor despacio, como si tuvieran que redescubrirse. Ya no era la urgencia de la juventud. Era la certeza de que seguían juntos, más listos, más peligrosos… pero con un techo y un futuro para Daniel.

—La ruleta sigue aquí —susurró Clara contra su pecho—. Pero ahora la giramos nosotros. Sin que nadie nos vea.

Enrique sonrió en la oscuridad.

—Y si alguien chivatea otra vez… ya sabemos cómo jugar la partida desde dentro.

Fuera, Barcelona dormía. Dentro de La Bola, la bola blanca seguía esperando en su cajón, cubierta de polvo. Dos supervivientes acababan de aprender la lección más cara: que el verdadero estraperlo no era vender medias o tabaco.

Era sobrevivir sin que te pillaran nunca.


Barcelona, marzo de 1957

Enrique salió de la Modelo con una libreta mental llena de apuntes que ningún guardia había podido confiscar. Los “profesores” entre rejas le habían enseñado el arte definitivo del estraperlo moderno: no tocar nunca el dinero sucio.

El nuevo sistema que montaron fue elegante y peligroso a la vez.

La Bola siguió siendo, por fuera, un bar respetable con licencia municipal. Pero ahora funcionaba como una máquina de tres velocidades:

La fachada limpia copas, cafés, algún espectáculo de varietés los sábados. Facturas, impuestos y libros en regla.

La trastienda controlada juego discreto (póker, ruleta solo para clientes selectos) y citas para hombres de uniforme o de dinero. Todo cobrado en “propinas” o “reservas de sala privada”.

Enrique creó tres sociedades ficticias (una importadora de licores, una agencia de representación artística y una inmobiliaria). 

El dinero negro entraba como “préstamos” o “inversiones” y salía blanqueado a través de cuentas en Andorra y pequeñas compras de pisos en el Ensanche que luego alquilaban legalmente.

Clara se convirtió en la maestra de las apariencias. Aprendió a llevar dos juegos de libros: uno para Hacienda y otro real, escrito con tinta simpática que solo se veía con una lámpara especial. Usaban mediadores (un notario viejo y un contable medio sordo) para que nada les salpicara directamente.

Durante dos años el sistema funcionó como un reloj. Ganaban más que nunca sin tener que bajar al puerto ni sobornar a guardias de a pie. El riesgo parecía controlado.

Hasta que llegó el riesgo mayor.

En el otoño de 1959, un inspector jefe de la Brigada de Investigación Criminal, cliente habitual de las citas de la trastienda, fue detenido en una operación contra la corrupción. Antes de caer, señaló La Bola como “centro de blanqueo y proxenetismo encubierto”. La policía montó una vigilancia discreta. Un chivatazo anónimo (nunca supieron si venía de un falangista celoso o de un competidor) aceleró todo.

Una noche de noviembre, mientras cerraban, entraron seis agentes. Esta vez no fue una redada rápida: fue un registro exhaustivo con orden judicial. Encontraron la libreta real escondida detrás de un panel, varios sobres con dólares y la ruleta con el botón aún operativo.

Enrique y Clara pasaron cuarenta y ocho horas detenidos. El miedo fue distinto al de 1955: ahora tenían un hijo de dieciséis años esperando en casa. Daniel se quedó solo en el piso de arriba del local, aterrado, sin saber si sus padres volverían.

Cuando salieron bajo fianza (gracias a los contactos que aún les quedaban), tomaron la decisión que llevaban años posponiendo.

Barcelona, verano de 1963

Daniel tenía dieciocho años. Alto, serio, con los ojos verdes de su madre y una inteligencia que asustaba. Estudiaba Económicas en la Universidad de Barcelona y ya ayudaba en La Bola los fines de semana: llevaba las cuentas limpias, servía copas y observaba todo sin hacer preguntas.

Una noche de julio, después de cerrar, los tres se sentaron en la trastienda. La ruleta, ahora restaurada pero sin usarse públicamente, estaba cubierta con su paño verde.

Enrique habló primero, con voz cansada pero firme:

—Hijo, queremos que te hagas cargo del negocio. Lo hemos levantado con esfuerzo. Es tuyo si lo quieres.

Daniel miró a sus padres. Sabía más de lo que ellos creían. Había oído rumores en la universidad, había visto hombres importantes entrar por la puerta de atrás, había encontrado billetes marcados en la caja.

Clara intervino, con los ojos brillantes de preocupación:

—No quiero que vivas la misma vida que nosotros, Daniel. Nosotros éramos jóvenes, estábamos desesperados, nos gustaba el filo… pero tú tienes estudios, tienes futuro limpio. Queremos dejarte esto encaminado: legal, rentable, sin sobres ni ruleta trucada.

El chico guardó silencio un momento. Luego sonrió con esa mezcla de inocencia y astucia que había heredado de los dos.

—Papá, mamá… yo ya sé lo que es este sitio. Y sé que os gusta el dinero fácil. A mí también me gusta. Pero no quiero que acabéis en la Modelo otra vez. Ni yo.

Enrique suspiró. A sus sesenta años seguía inquieto cuando veía un buen negocio turbio. Clara, a sus cincuenta y seis, aún sentía un cosquilleo cuando cerraban un trato que rozaba la ilegalidad. Les costaba aceptar que ya no eran los jóvenes del Raval ni los estraperlistas del puerto.

—Podemos hacer una transición —propuso Enrique—. Tú te quedas con la parte legal del bar y de los pisos. Nosotros nos retiramos poco a poco de lo otro. Nada de blanqueo grande. Solo lo justo para mantener el nivel de vida.

Clara negó con la cabeza, pero su voz sonó menos convencida de lo que quería:

—O cerramos la trastienda del todo. Convertimos La Bola en un bar normal. Con música, con cenas… sin citas, sin ruleta. Daniel puede estudiar y dirigir algo decente.

Daniel miró la ruleta cubierta.

—Os entiendo —dijo—. Queréis protegerme. Pero yo también quiero protegeros a vosotros. Si seguimos al filo, tarde o temprano nos cortaremos. Dejadme que yo lleve las cuentas. Yo decido qué se toca y qué no. Y si algún día hay que elegir entre el dinero fácil y la tranquilidad… elegiremos la tranquilidad.

Los tres se quedaron en silencio. Fuera, el verano barcelonés olía a jazmín y a gasolina. Dentro, la bola blanca seguía esperando en su cajón.

Enrique puso una mano sobre la de Clara y la otra sobre el hombro de su hijo.

—Entonces hagámoslo bien esta vez —dijo—. Sin chivatazos, sin Modelo, sin miedo. La ruleta la giramos juntos… pero solo cuando sepamos exactamente dónde va a caer.

Clara miró a su marido y a su hijo. Por primera vez en treinta años sintió que el círculo podía cerrarse de verdad: del escándalo republicano al estraperlo de posguerra, del bar turbio al intento de una vida más limpia.

Aunque todos sabían, en el fondo, que el filo de la navaja era una adicción difícil de dejar.


Barcelona, otoño de 1966

Daniel Rosell tenía veintiún años y ya tomaba decisiones que sus padres nunca se habían atrevido a tomar.

La primera fue cerrar la trastienda de citas.

—Se acabó —dijo una noche, mientras los tres contaban los billetes de la semana sobre la misma mesa donde, treinta años antes, Strauss había montado la ruleta—. Los falangistas ya no mandan como antes. Los industriales empiezan a tener miedo de que los vean aquí. Si seguimos con eso, tarde o temprano nos cae otra redada. Convertimos La Bola en un club de verdad: música en vivo, cena-espectáculo, ruleta legal con licencia de juego que voy a pedir yo mismo al Ayuntamiento.

Enrique lo miró con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Hijo, eso es casi legal.

—Exacto —respondió Daniel—. Casi. El “casi” es lo que nos va a hacer ricos de verdad.

Clara, sentada al lado de la ruleta original que ahora giraba solo para clientes que pagaban entrada, sonrió con tristeza.

—Tú has vivido esto en casa desde que naciste. Sabes que el dinero fácil tiene un precio. Pero los tiempos cambian, Daniel. Y tú… tú eres más listo que nosotros.

Daniel no solo era más listo. Era de otra generación. Había crecido viendo a sus padres bailar al filo de la navaja, pero también había estudiado Económicas, había viajado a Londres en verano y había entendido que el Régimen se estaba agrietando. El turismo empezaba a llegar a Barcelona. La gente quería divertirse sin tener que mirar siempre por encima del hombro.

En dos años transformó La Bola. Pidió la licencia de sala de fiestas, contrató a un grupo de jazz catalán, puso mesas con manteles blancos y convirtió la trastienda en un reservado VIP donde la ruleta giraba abiertamente (aunque todavía con algún “ajuste” discreto para los amigos de verdad). Creó una sociedad anónima limpia: Bola S.A., con papeles inmaculados. El blanqueo se volvió sofisticado: compraban pisos en la nueva zona de Pedralbes, los alquilaban a ejecutivos extranjeros y declaraban los beneficios como “rentas inmobiliarias”.

Enrique y Clara lo veían y sentían vértigo.

—Esto ya no es estraperlo —decía Enrique por las noches, cuando se quedaban solos—. Esto es negocio de verdad.

—Pero sigue gustándonos el filo —respondía Clara, y los dos reían con esa complicidad de toda la vida.

El último gran riesgo llegó en 1969.

Daniel, ambicioso como sus padres, vio la oportunidad de un golpe maestro. Un contacto de Andorra le propuso traer un cargamento grande de electrodomésticos americanos (televisores en color, nunca vistos en España) y dólares negros a través de un yate que atracaría en el puerto de Barcelona. “Una sola vez —le dijeron—. Luego te retiras limpio.” Daniel aceptó. Era el tipo de operación que sus padres habrían hecho en los años cuarenta, pero con diez veces más dinero y diez veces más riesgo.

La noche del desembarco todo se torció. Un chivatazo desde muy arriba (nunca supieron si era un policía resentido o un competidor) hizo que la Guardia Civil y la Brigada Político-Social esperaran en el muelle. Enrique y Clara, que habían ido a ayudar “por si acaso”, se vieron atrapados en el yate junto a su hijo.

Durante cuatro horas interminables creyeron que todo se acababa. Daniel esposado, Clara con el corazón latiéndole en la garganta, Enrique pensando que, al final, la ruleta siempre volvía al mismo sitio.

Pero el nuevo sistema funcionó.

Los abogados que Daniel había contratado con dinero limpio movieron hilos. Los papeles de Bola S.A. estaban impecables. El cargamento se presentó como “mercancía legal importada con error administrativo”. Pagaron una multa astronómica y salieron libres. Pero el susto fue definitivo.

Aquella misma madrugada, en el piso de arriba de La Bola, los tres se sentaron exhaustos.

—Se acabó el filo —dijo Daniel, con la voz rota por primera vez—. O nos retiramos ahora o nos comen.

Clara miró a su marido. Enrique, ya con setenta años, tenía los ojos brillantes de quien sabe que ha llegado al final de una partida muy larga.

—Tú decides, hijo —dijo—. Nosotros ya vivimos nuestra vida. Tú tienes que vivir la tuya.

Barcelona, noviembre de 1975

Franco había muerto hacía dos semanas. La ciudad olía a cambio. La gente hablaba de democracia en voz baja y de turismo en voz alta.

La Bola ya no era un bar con trastienda. Era un club legendario del Paralelo: tres plantas, restaurante, sala de fiestas y casino pequeño pero legal. Daniel Rosell, treinta años recién cumplidos, era el director. Enrique y Clara, millonarios desde hacía tiempo, vivían en un piso con vistas al mar en la Barceloneta. Tenían tres propiedades más, acciones en una cadena de hoteles en la Costa Brava y una cuenta en Andorra que ya nadie podía tocar.

Una noche de noviembre, después del cierre, Daniel subió al despacho del último piso. Sus padres estaban allí, sentados frente a la ruleta original que habían traído del viejo local de la Arrabassada y que ahora presidía la sala como pieza de museo.

—He vendido el cincuenta y uno por ciento de Bola S.A. a un grupo inversor alemán —anunció Daniel—. Quieren convertirlo en un hotel-boutique. Me quedo con la dirección y una buena parte. Todo limpio. Todo legal. Ya no hay ruleta trucada, ni sobornos, ni chivatazos.

Clara se levantó y abrazó a su hijo.

—No quiero que vivas lo que vivimos nosotros —le dijo, con la voz temblorosa—. Ni el hambre, ni el miedo, ni la cárcel.

Daniel sonrió. Tenía los mismos ojos verdes de su madre y la misma sonrisa torcida de su padre.

—He vivido todo eso en casa, mamá. Lo he visto. Lo he respirado. Por eso sé que ya no vale la pena. Los tiempos han cambiado. La mentalidad también. Ahora se puede ganar dinero sin mirar siempre atrás.

Enrique se acercó a la ruleta y la hizo girar suavemente con un dedo. La bola blanca rodó unos segundos y cayó en el siete, como aquella noche de 1935.

—Hijo —dijo con voz ronca—, nosotros empezamos con una ruleta fraudulenta que casi nos hunde. Tú terminas con una ruleta legal que nos ha hecho millonarios. El círculo se cierra.

Clara tomó la mano de su marido y la de su hijo.

—Hemos sobrevivido a una república, a una guerra, a una dictadura y ahora… a la democracia. Y lo hemos hecho juntos. Sin delatarnos. Sin abandonarnos.

Daniel miró la bola quieta en el siete.

—Entonces, ¿esto es el final?

Enrique negó con la cabeza, sonriendo por primera vez con verdadera paz.

—No, hijo. Esto es el principio de tu propia partida. Nosotros ya jugamos la nuestra. Ahora te toca a ti girar la ruleta… pero con las cartas boca arriba.

Se quedaron los tres en silencio, mirando la ciudad que brillaba al otro lado de los ventanales. Barcelona ya no era la de las colas del racionamiento ni la de los falangistas con queridas. Era una ciudad que empezaba a soñar con Europa.

Clara apoyó la cabeza en el hombro de Enrique.

—¿Sabes qué es lo más bonito? Que la palabra “estraperlo”, que empezó como un escándalo de ruleta, terminó siendo la forma en que nosotros sobrevivimos… y que nuestro hijo convirtió en un imperio legal.

Daniel apagó la luz principal. Solo quedó la pequeña lámpara que iluminaba la ruleta.

—Mañana firmo los papeles —dijo—. Y luego… os invito a los dos a cenar aquí. Como familia. Sin negocios. Sin riesgos.

Enrique y Clara se miraron. Por primera vez en cuarenta años no sintieron ese cosquilleo del peligro. Solo una calma profunda, casi desconocida.

La bola blanca seguía quieta en el siete.

Y por primera vez, nadie necesitaba que volviera a girar.

Fin de la novela

La ruleta del hambre

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