Sueños de seda y satén

 


Prólogo

Barcelona, 1959.

En el corazón del Raval, donde el Paral·lel derramaba su luz sucia sobre calles estrechas y almas aún más estrechas, existía un lugar que no aparecía en ningún mapa ni guía turística. De día se llamaba La Corsetería de la Viuda Roja. De noche, para quienes conocían la contraseña, se convertía en El Jardín del Edén.

Nadie sabía con certeza desde cuándo existía. Algunos decían que Doña Mercè lo había abierto al volver del exilio en 1948. Otros murmuraban que la corsetería ya estaba allí antes de la guerra, y que la Viuda Roja solo había heredado un secreto mucho más antiguo. Lo único cierto era que, entre sus paredes, se tejían dos tipos de prendas: las que se veían… y las que se sentían.

Porque Doña Mercè no solo cosía seda y satén. Cosía deseos. Remordimientos. Sueños prohibidos. Cada puntada era una confesión. Cada hilo, una cadena que se podía romper o apretar según conviniera.

Por sus probadores pasaban esposas de industriales que fingían buscar lencería para agradar a sus maridos y salían con la piel ardiendo por otros hombres. Por sus pasillos traseros entraban hombres importantes —falangistas, banqueros, empresarios del textil, incluso algún hombre de sotana— que de día predicaban moral y orden, y de noche pagaban por olvidarlas.

En aquella Barcelona gris de desarrollismo, misas obligadas y moral pública impecable, el número 27 de la calle Robadors era uno de los pocos lugares donde la verdad desnuda se permitía respirar.

Allí, la hipocresía del Régimen se desnudaba con encaje francés.

Allí, las mujeres respetables aprendían a dejar de serlo.

Allí, los poderosos se volvían vulnerables.

Y todo, absolutamente todo, quedaba guardado entre pliegues de seda y satén.

Porque, como decía Doña Mercè en voz baja mientras cortaba una pieza de tela bajo la luz amarilla de su lámpara:

—Los hombres creen que compran placer.

Las mujeres creen que compran libertad.

Pero al final, todos acaban pagando con la misma moneda: secretos.

Y los secretos, en Robadors 27, nunca se perdían.

Tenían memoria de seda.


Sueños de Seda y Satén

Barcelona, invierno de 1959.

En el número 27 de la calle Robadors, donde la luz del Paral·lel se perdía entre tendederos y olor a fritanga, estaba La Corsetería de la Viuda Roja. De día parecía una mercería más del barrio, discreta y respetable. El escaparate, limpio pero sin ostentación, mostraba corsés de ballena color marfil, combinaciones de nailon con puntilla, sostenes que prometían “silueta de cine” y bragas francesas de satén que ninguna mujer decente admitiría llevar… aunque todas soñaban con ellas.

Dentro olía a tela nueva, a naftalina y a un leve perfume de rosas viejas. Detrás del mostrador reinaba Doña Mercè, viuda de mirada negra y profunda, cabello recogido en un moño severo salpicado de canas prematuras. Tenía cuarenta y ocho años y las manos de quien ha cosido toda una vida: dedos ágiles, uñas cortas, y una cicatriz fina en el dorso de la mano izquierda que nadie se atrevía a preguntar de dónde venía.

—Buenos días, señora. ¿Qué desea hoy? —decía con voz cálida pero firme.

Por las mañanas entraban esposas de obreros del textil, sirvientas del Passeig de Gràcia con recados de sus señoras, y alguna viuda de guerra que aún guardaba luto por fuera y hambre por dentro. Hablaban de precios, de tallas y de lo caro que estaba todo. Pero por las tardes, cuando la luz empezaba a bajar y Mercè bajaba a medias la persiana metálica, el local se transformaba en El Rincón de las Confidentes. Entonces las voces bajaban de tono, las miradas se volvían cómplices y las clientas hablaban de lo que realmente les pesaba: maridos fríos, suegras tiranas, hijos que no llegaban o que llegaban demasiado pronto.

Sin embargo, el verdadero secreto estaba detrás.

Al fondo de la tienda, tras una cortina de terciopelo granate gastado, había una trastienda estrecha llena de rollos de tela, maniquíes sin cabeza y una mesa grande de cortar. En la pared del fondo, disimulada entre estanterías, una puerta de madera gruesa comunicaba con El Jardín del Edén.

Allí empezaba la otra Barcelona. La que no salía en los periódicos ni en el NO-DO.

De noche, el Jardín del Edén era un mundo aparte. Luces tenues de lámparas con pantallas de seda, sillones de terciopelo rojo, una barra discreta donde servían whisky escocés de estraperlo y champán francés que había cruzado la frontera en maleteros de Seat 1400. En un rincón, un tocadiscos Grundig reproducía en voz baja a Nat King Cole o a Los Panchos. El aire olía a cigarrillos rubios, a colonia cara y a deseo contenido.

Por allí pasaban los hombres que de día posaban con cara seria en despachos de Terrassa y Sabadell. Industriales con trajes cruzados y corbatas de seda. Falangistas de tripa prominente y bigote bien peinado que hablaban de “la Cruzada” mientras acariciaban muslos bajo la mesa. Señores del Passeig de Gràcia que salían de sus pisos modernistas con sus esposas y, dos horas después, entraban por la puerta trasera del Casino de las Ramblas, cruzaban el callejón oscuro y aparecían en la trastienda de Mercè como si fueran a comprar botones.

Algunos entraban por la corsetería misma, fingiendo recoger un encargo. Otros preferían la ruta del casino: puerta principal bajo la mirada de los porteros, copa rápida en la sala de juego, y desaparición por la salida de servicio que daba directamente al callejón de Robadors.

Aquella noche de finales de noviembre, la lluvia fina caía sobre los tejados del Raval. Dentro del Jardín del Edén, la atmósfera estaba cargada.

En una mesa del fondo, Luis Echevarría, ingeniero industrial de Terrassa, miembro del Opus y proveedor habitual del Ministerio, fumaba un cigarrillo rubio mientras Lola “La Rubia del Carmelo” le susurraba algo al oído. En otra esquina, Joaquim Prat, su competidor de Sabadell, reía demasiado alto con Aisha, la prostituta de color de piel oscura y ojos verdes que lo volvía loco con sus juegos.

En la corsetería, ya cerrada al público, Doña Mercè terminaba de coser bajo la luz amarilla de una lámpara de pie. Sus dedos volaban sobre una combinación de seda natural y satén color champagne. Cada puntada parecía contener un secreto.

Fuera, en la calle mojada, dos mujeres se acercaban bajo un paraguas. Una era Montserrat Puig, risueña y decidida. La otra, algo más nerviosa, era Elena Rovira i Casademunt, esposa de Luis Echevarría.

—Confía en mí —dijo Montse con una sonrisa pícara—. Esto te va a cambiar la vida, reina.

La persiana a medio bajar tintineó suavemente cuando entraron.

Doña Mercè levantó la vista del costurero y sonrió con esa calma antigua que parecía venir de otro siglo.

—Buenas noches, señoras. Bienvenidas a la casa de los sueños.


Dos semanas antes de que Elena cruzara por primera vez la puerta de la corsetería, Montserrat Puig ya conocía el secreto de Robadors 27.

Montse tenía treinta y nueve años, un cuerpo aún firme que cuidaba con esmero y una risa fácil que contrastaba con la severidad de su marido, Enric Puig, fabricante textil de renombre en Badalona. Enric pasaba más tiempo en la fábrica y en reuniones en Madrid que en casa. Y eso, para Montse, era una bendición.

Su amante era Pere Soldevila, el hombre de máxima confianza de su marido. Treinta y seis años, pelo negro engominado, sonrisa de pícaro y una ambición que no conocía límites. Pere llevaba los libros de la empresa, negociaba con proveedores y, sobre todo, sabía exactamente qué información llegaba a oídos de Enric y qué se quedaba convenientemente olvidada.

Se veían desde hacía cuatro meses. Al principio en hoteles discretos de las afueras o en un pisito que Pere tenía en la calle Verdi. Pero el riesgo era cada vez mayor.

Fue una tarde de finales de octubre, en aquel piso pequeño, mientras fumaban desnudos sobre las sábanas revueltas, cuando Pere se lo propuso.

—Conozco un sitio —dijo él, pasando los dedos por la cadera de Montse—. Muy discreto. En pleno Raval, pero parece otra cosa. De día es una corsetería normal. De noche… se transforma. Hay habitaciones limpias, buena música, nadie hace preguntas y se puede entrar por varias puertas sin que nadie te vea.

Montse se incorporó sobre un codo, con esa mirada traviesa que tanto le gustaba a Pere.

—¿Una casa de putas con clase?

—Algo mejor —sonrió él—. Una casa de líos. Las mujeres entran por la corsetería diciendo que van a probarse lencería. Nadie sospecha. Pasan a la trastienda y… ya están dentro. Los hombres entramos por el callejón o por el Casino de las Ramblas. Total discreción. Allí se han visto hasta dos matrimonios de Gràcia sin que se cruzaran nunca.

Montse soltó una carcajada baja.

—Eres un sinvergüenza, Pere Soldevila. Pero me gusta.

Tres días después fueron juntos.

Era media tarde. La persiana de La Corsetería de la Viuda Roja estaba bajada a medias, como siempre. Montse entró sola primero, tal como le había indicado Pere. Llevaba un abrigo de paño gris y un pañuelo en la cabeza, por si acaso.

El tintineo de la campanilla sonó suave.

Doña Mercè levantó la vista desde el mostrador. Sus ojos negros evaluaron a la recién llegada en un segundo: burguesa, nerviosa, excitada. Perfecta.

—Buenas tardes, señora. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quiero… probarme algunas combinaciones —dijo Montse, intentando que no le temblara la voz—. Algo especial. Mi marido viaja mucho y… quiero sorprenderle.

Mercè sonrió con esa calma profesional que ocultaba todo.

—Entiendo perfectamente. Pase al probador, por favor.

El probador era amplio, con un espejo de cuerpo entero y una cortina gruesa. Pero lo que Montse no esperaba era que, al fondo del probador, hubiera otra puerta disimulada. Cuando Mercè la abrió, apareció Pere, que ya había entrado por la trastienda.

—Bienvenidos al Jardín —murmuró Mercè—. Aquí nadie ve lo que no debe ver.

Aquella primera tarde Montse probó tres piezas. Una combinación de satén negro con encaje, un corsé de medio cuerpo en color burdeos y una bata corta de seda color champán que se abría con solo tirar de un lazo. Mientras se miraba en el espejo, Mercè cosía a mano un pequeño detalle en la prenda: un hilo de seda más fino, casi invisible.

—Esta tela guarda los deseos —comentó Mercè en voz baja—. Cuando uno se la pone, a veces despierta cosas que llevaba dormidas mucho tiempo.

Montse, que nunca había sido especialmente tímida, sintió un escalofrío extraño. No era miedo. Era reconocimiento.

Aquella tarde Montse y Pere usaron una de las habitaciones del Jardín del Edén por primera vez. Fue intenso, divertido y libre. Sin prisas. Sin miedo a que alguien llamara a la puerta. Al salir, Montse compró las tres prendas y pagó en efectivo.

Desde entonces se convirtieron en clientes habituales.

Montse iba dos o tres veces al mes “a la corsetería”. A veces entraba sola, hablaba con las otras mujeres en El Rincón de las Confidentes, compartía confidencias y risas, y luego pasaba al otro lado. Otras veces Pere ya la esperaba dentro.

Poco a poco, Montse se fue sintiendo más dueña de sí misma. Más viva. Y empezó a pensar que su amiga Elena, tan correcta, tan reprimida, tan esposa perfecta del señor Echevarría, también necesitaba algo de aquella seda.

Una tarde, mientras se probaba una nueva combinación de satén rojo, le dijo a Doña Mercè:

—Pronto vendré con una amiga. Una señora muy fina. Muy… cerrada. Creo que necesita soñar un poco.

Mercè cortó el hilo con los dientes y sonrió.

—Aquí todos vienen buscando algo. Algunos lo encuentran. Otros… se asustan de lo que encuentran.

Fuera, en la calle Robadors, empezaba a llover. Dentro, los sueños de seda y satén seguían comiéndose uno a uno.


La lluvia había amainado cuando Montse y Elena llegaron a la calle Robadors. Eran las seis y media de la tarde de un miércoles de diciembre de 1959. Las farolas ya estaban encendidas y proyectaban charcos de luz amarilla sobre los adoquines mojados.

Elena Rovira i Casademunt caminaba más tiesa de lo habitual, agarrando el bolso con las dos manos como si fuera un escudo. Llevaba un abrigo de paño azul marino, guantes y un sombrero pequeño que le tapaba parte del rostro. A sus cuarenta años seguía siendo una mujer atractiva, de facciones finas y ojos grandes y oscuros, pero había algo en su postura que delataba años de contención.

—No sé si esto es buena idea, Montse —murmuró por tercera vez.

—Calla, reina. Nadie te va a comer. Solo vas a probarte ropa interior. ¿O es que tu marido no se merece que te pongas guapa para él?

Montse sonrió con esa naturalidad descarada que Elena tanto envidiaba. Ella llevaba un abrigo más claro y caminaba con paso decidido, como si entrar en una corsetería del Raval fuera lo más normal del mundo.

La persiana metálica estaba bajada a medias, tal como Montse le había dicho. El tintineo de la campanilla sonó cuando empujaron la puerta.

Dentro, el calorcito de una estufa de butano contrastaba con el frío de la calle. Olía a tela nueva, a lavanda y a un leve toque de tabaco rubio que alguien había fumado hacía poco.

Doña Mercè levantó la vista desde detrás del mostrador. Sus ojos negros se posaron primero en Montse —con un leve gesto de reconocimiento— y luego se detuvieron en Elena. La evaluó en silencio durante dos segundos: la alianza de oro gruesa, el corte perfecto del abrigo, el leve rubor de las mejillas.

—Buenas tardes, señoras —dijo con voz grave y acogedora—. ¿En qué puedo servirlas?

—Mi amiga Elena quiere ver algunas prendas bonitas —respondió Montse sin dar rodeos—. Su marido viaja mucho y… bueno, ya me entiende.

Elena sintió que le ardían las orejas. Bajó la mirada hacia los rollos de tela expuestos.

Mercè sonrió suavemente.

—Entiendo perfectamente. Pase al probador, señora Elena. Tengo justo lo que necesita.

El probador era más grande de lo que Elena esperaba. Un espejo de cuerpo entero, una silla de terciopelo, y una cortina gruesa de color burdeos. Montse se quedó fuera charlando con Mercè mientras esta sacaba varias piezas: una combinación de nailon color crema, otra de satén rosa pálido y, finalmente, una de seda natural color champagne con encaje delicado en el escote y los tirantes.

Elena se probó primero la de nailon. Se miró en el espejo y apenas se reconoció. La prenda se ajustaba a su cuerpo de una forma que nunca había sentido. Notó cómo sus pechos se elevaban ligeramente y cómo la tela acariciaba sus caderas.

—¿Qué tal? —preguntó Montse desde fuera.

—Está… bien —respondió Elena con voz baja.

Pero fue la tercera prenda, la de seda y satén color champagne, la que cambió algo.

Cuando se la puso, la tela pareció deslizarse sobre su piel como agua tibia. Se miró de lado, de frente, de espaldas. Por un instante se imaginó quitándosela lentamente delante de alguien que no fuera Luis. Alguien que la mirara de verdad.

Doña Mercè entró en el probador con una aguja y un carrete de hilo casi invisible.

—Permítame, señora. Este detalle del tirante cae un poco. Lo arreglo en un momento.

Mientras cosía, Mercè hablaba en voz baja, casi para sí misma:

—Esta seda es especial. Viene de lejos. Guarda lo que uno siente cuando se la pone. Algunas clientas me dicen que luego sueñan cosas que nunca se habían atrevido a soñar.

Elena se quedó quieta. Notó un leve cosquilleo en la nuca.

—¿Y usted cree en esas cosas, doña Mercè?

—Yo no creo ni dejo de creer —respondió la mujer sin levantar la vista de la aguja—. Solo cose. El resto… lo hace la tela.

Cuando terminó, Mercè cortó el hilo con los dientes y miró a Elena a través del espejo.

—Le queda como hecha a medida. Y no lo digo por la talla.

Elena compró las tres prendas. Pagó en efectivo, como le había aconsejado Montse. Al salir, la noche ya había caído del todo sobre el Raval.

Mientras caminaban hacia el Paral·lel para coger un taxi, Montse le dio un codazo cariñoso.

—¿Lo ves? No ha sido tan terrible. ¿Verdad que te has sentido guapa?

Elena no respondió inmediatamente. Aún llevaba puesta bajo la ropa la combinación de seda y satén. Y por primera vez en muchos años, sentía el roce de la tela contra su piel como una promesa.

—Sí —dijo al fin, casi en un susurro—. Me he sentido… distinta.

Montse sonrió en la oscuridad.

—Pues espera a ver el resto, reina. Esto solo es el principio.

A lo lejos, la luz roja de un neón parpadeaba sobre un local de la calle Conde del Asalto. Dentro de La Corsetería de la Viuda Roja, Doña Mercè guardaba los restos de hilo y apagaba la lámpara del mostrador.

Otro sueño acababa de empezar a coserse.


Habían pasado nueve días desde su primera visita a la corsetería.

Elena había probado la combinación de seda y satén color champagne en casa tres veces. Siempre a solas, cuando Luis estaba de viaje o en reuniones hasta tarde. La tela le producía una sensación extraña: no era solo suavidad. Era como si la prenda recordara su cuerpo y se lo devolviera más vivo, más sensible. Por las noches empezó a tener sueños que la despertaban acalorada y avergonzada.

El miércoles siguiente, Montse la llamó por teléfono.

—Hoy voy otra vez. ¿Te animas? Te espero a las cinco y media en la esquina de Robadors con el Paral·lel.

Elena dudó. Dijo que tenía que ir a misa, que tenía recados… pero a las cinco y veinte ya estaba allí, con el corazón latiéndole en la garganta.

Esta vez entraron juntas. Doña Mercè las recibió con una sonrisa tranquila, como si las estuviera esperando.

—Señora Elena, me alegra verla de nuevo. ¿Quiere probarse algo más?

Elena tragó saliva.

—Quisiera… ver más prendas.

Mercè asintió y las acompañó hasta el probador grande. Una vez dentro, en lugar de cerrar la cortina principal, abrió la puerta disimulada del fondo.

—Pasen cuando estén listas —dijo en voz baja—. Hoy hay poca gente. Estarán cómodas.

Montse tomó a Elena del brazo y cruzaron.

El Jardín del Edén se abrió ante ellas como un mundo prohibido y cálido.

La luz era tenue, dorada. Había varios saloncitos separados por biombos de madera y tela. En uno de ellos, una pareja hablaba en voz baja mientras compartía una copa. En otro rincón, alguien puso un disco de Frank Sinatra en volumen muy bajo. El aire olía a perfume caro, a cigarrillos rubios y a un leve toque de excitación contenida.

Elena se quedó quieta.

—Dios mío, Montse… —susurró.

—Respira, reina. Aquí nadie te conoce. Y si te conocen, fingirán que no te han visto.

Se sentaron en un pequeño reservado con dos butacas de terciopelo y una mesa baja. Una camarera discreta (una chica joven vestida de negro) les trajo dos copas de champán.

Elena apenas había dado dos sorbos cuando lo vio.

Al fondo del pasillo, saliendo de una de las habitaciones, apareció un hombre alto con traje cruzado. Era Luis. Su marido. Llevaba el pelo ligeramente revuelto y se estaba ajustando los gemelos de la camisa. A su lado, riendo bajito, caminaba una mujer morena, voluptuosa, con el pelo teñido de rubio platino: Lola “La Rubia del Carmelo”.

Elena se quedó helada. Montse, que también los vio, le apretó el brazo con fuerza.

—No mires directamente —le susurró—. Respira.

Luis y Lola se dirigieron hacia la salida trasera sin mirar hacia donde estaban ellas. No los vieron. O al menos eso pareció.

Elena sintió que el mundo se tambaleaba. Una mezcla brutal de rabia, humillación… y algo más turbio: una extraña excitación.

—¿Lo sabías? —preguntó con voz temblorosa.

—Sabía que venía por aquí —admitió Montse—. Casi todos vienen. Pero no sabía que sería hoy. Lo siento, Elena.

Doña Mercè apareció entonces como por arte de magia con una bata corta de satén negro en las manos.

—Esto le sentaría muy bien, señora —dijo con naturalidad, como si no hubiera pasado nada—. Pruébesela. A veces, cuando una ve lo que ve, necesita verse a sí misma de otra forma.

Elena, aún conmocionada, se dejó llevar de nuevo al probador. Se puso la bata negra sobre la combinación champagne. Al mirarse en el espejo, vio a una mujer que apenas reconocía: mejillas sonrojadas, ojos brillantes, labios entreabiertos.

Por primera vez no pensó en Luis. Pensó en sí misma.

Cuando salió del probador, Montse la esperaba con una sonrisa cómplice.

—¿Y bien?

—Quiero quedármela —dijo Elena con una voz más firme de lo que esperaba—. Y… quiero volver.

Mercè, que estaba doblando otra prenda, levantó la vista.

—Aquí siempre hay sitio para quien quiere soñar de verdad, señora Elena.

Aquella noche, cuando Luis regresó a casa pasadas las once, oliendo a colonia y a tabaco rubio, Elena lo recibió con una sonrisa serena. Llevaba puesta bajo el camisón la combinación de seda.

No dijo nada.

Pero algo había cambiado para siempre.

Al otro lado de la ciudad, en una habitación del Jardín del Edén que aún olía a Lola, Doña Mercè recogía unas copas vacías y sonreía para sí misma.

La tela ya había empezado a hacer su trabajo.


Era un martes de finales de diciembre, poco antes de Navidad. Montse había insistido:

—Hoy es perfecto. Entre semana y por la mañana hay muy poca gente. Tendremos más intimidad. Pere me esperará dentro. Tú solo ven, prueba ropa, mira… y si no te gusta, nos vamos.

Llegaron a las once y media de la mañana. La corsetería estaba casi vacía. Doña Mercè las recibió con su calma habitual y las hizo pasar directamente a través de la trastienda.

Dentro del Jardín del Edén la luz era distinta de día: más suave, más dorada, filtrada por cortinas gruesas. No había música, solo el tic-tac de un reloj y el murmullo lejano de una conversación en otro salón. El local olía a café recién hecho y a cera de muebles.

Montse apenas había cruzado el umbral cuando Pere Soldevila apareció por un pasillo lateral, impecable con traje gris y corbata oscura. Le guiñó un ojo a Elena y tomó a Montse de la cintura con naturalidad.

—Te dejo en buenas manos, reina —le dijo Montse a su amiga, besándola en la mejilla—. Estaremos en la habitación azul. Si necesitas algo, avisas a Mercè. Tienes hasta las cuatro o las cinco. Relájate.

Y desaparecieron escaleras arriba, dejando a Elena sola en el saloncito central.

Se sentó en una butaca de terciopelo verde, con las manos sobre el regazo. Llevaba la combinación de seda y satén champagne debajo del vestido. La tela le recordaba constantemente que estaba allí, que había cruzado la línea.

Pasaron diez minutos. Quince. Empezó a ponerse nerviosa. Se levantó y caminó hasta una estantería con libros antiguos y revistas francesas. Estaba fingiendo leer cuando oyó unos pasos suaves.

—Buenos días.

La voz era grave, educada, con un leve acento catalán. Elena se giró.

El hombre que tenía delante rondaba los treinta y cinco años. Alto, delgado pero de hombros anchos, cabello castaño oscuro peinado hacia atrás y unos ojos claros, casi grises, que transmitían una mezcla extraña de serenidad y tristeza. Vestía un traje oscuro de buena calidad, sin alzacuello ni ningún signo religioso visible. Aun así, algo en su porte —la forma de mantener la espalda recta, la delicadeza de sus manos— delataba al sacerdote.

—Perdone si la he asustado —dijo con una media sonrisa—. Soy Andreu. Vengo… de vez en cuando. Doña Mercè me ha dicho que tiene una amiga nueva hoy y que parecía algo perdida.

Elena sintió que le ardían las mejillas.

—No estoy perdida —respondió, más seca de lo que pretendía—. Solo… esperando.

Andreu asintió, comprensivo. Señaló la butaca frente a la de ella.

—¿Puedo sentarme un momento? No quiero molestarla.

Ella dudó, pero terminó asintiendo. Andreu se sentó con elegancia y cruzó las piernas. Pidió dos cafés a la camarera que apareció silenciosamente.

—Este lugar es extraño, ¿verdad? —comentó en voz baja—. De día parece más… honesto. De noche todo es teatro. Por la mañana se ven las costuras.

Elena lo miró con más atención. Había algo en su voz que la tranquilizaba y la inquietaba al mismo tiempo.

—¿Usted es… cura? —preguntó casi en un susurro.

Andreu sonrió con tristeza.

—Lo soy. Mosén Andreu Dalmau, para servirla. Aunque aquí dentro prefiero que me llamen solo Andreu. Dios y yo tenemos una conversación pendiente desde hace tiempo.

Se quedaron en silencio mientras les servían el café. Elena removió el suyo sin probarlo.

—Yo estoy casada —dijo de pronto, como si necesitara poner una barrera—. Y mi marido… también viene aquí.

—Lo sé —respondió Andreu con suavidad—. He visto a Luis Echevarría un par de veces. No me corresponde juzgar a nadie. Aquí dentro todos venimos huyendo de algo. Usted de la soledad, yo de la duda, su marido… de lo que sea que lo persigue.

Elena levantó la mirada. Los ojos de Andreu eran directos, intensos, sin ser agresivos. Había en ellos una inteligencia profunda y un hambre que no lograba ocultar del todo.

—¿Y qué es lo que usted busca aquí? —preguntó ella.

—Sentirme hombre —respondió él sin titubear—. Durante unas horas dejar de ser solo un símbolo. Tocarme y que me toquen sin que haya culpa ni confesión después. Aunque la culpa siempre vuelve.

La sinceridad de la respuesta la desarmó. Elena sintió un calor que subía desde el estómago. La combinación de seda bajo el vestido le pareció de repente más ajustada, más viva.

Andreu se inclinó ligeramente hacia delante.

—No tiene que hacer nada que no quiera, Elena. Puede quedarse aquí sentada, tomar café y marcharse. O puede dejar que le enseñe el invernadero de atrás. Hay plantas, luz natural y nadie nos molestará.

Elena se mordió el labio inferior. Pensó en Luis con Lola. Pensó en Montse riendo arriba con Pere. Pensó en los años de silencio en su cama matrimonial.

—Enséñeme el invernadero —dijo al fin, con la voz algo temblorosa.

Andreu se levantó y le ofreció la mano. Cuando Elena la tomó, notó que los dedos de él estaban calientes. Cruzaron un pasillo corto y entraron en una pequeña sala acristalada llena de plantas y flores que Mercè cuidaba con esmero. La luz de invierno entraba tamizada.

Allí, entre el olor a tierra húmeda y jazmín, Andreu le rozó la mejilla con el dorso de los dedos.

—Eres muy hermosa —murmuró—. Y pareces muy sola.

Elena cerró los ojos. El primer beso fue lento, casi reverente. El segundo ya fue más urgente.

La seda y el satén hicieron el resto.


La luz del invernadero se había vuelto más dorada. Elena aún sentía el calor de los labios de Andreu en los suyos cuando él se apartó ligeramente, respirando con dificultad.

—No quiero que hagas nada de lo que mañana te arrepientas —murmuró él, con la frente apoyada en la de ella.

Elena cerró los ojos. La combinación de seda y satén que llevaba debajo del vestido parecía arder contra su piel.

—Llevo años arrepintiéndome de no hacer nada —respondió en voz baja—. Hoy no quiero arrepentirme de eso.

Andreu la miró un largo instante. Luego tomó su mano.

—Entonces ven.

Subieron por una escalera estrecha de madera que crujía suavemente. Andreu abrió una puerta al final del pasillo. Era la Habitación Rosa.

Las paredes estaban tapizadas en un tono rosa viejo, casi malva. Una lámpara de pie con pantalla de seda roja bañaba toda la estancia en una luz cálida y carnal. Había una cama grande con dosel ligero, un espejo ovalado frente a ella y un pequeño diván junto a la ventana. Olía a sándalo y a ropa limpia.

Cerró la puerta con llave.

Se quedaron de pie, mirándose. El silencio era denso, cargado.

—Soy sacerdote, Elena —dijo Andreu con voz ronca—. He confesado a mujeres como tú durante años. Y ahora estoy aquí, deseando a una de ellas como nunca he deseado nada.

Elena dio un paso hacia él.

—Y yo estoy casada con un hombre que esta misma semana estuvo con otra en este mismo lugar. —Su voz tembló—. ¿Qué estamos haciendo, Andreu?

—Rompiendo una jaula —respondió él.

Se besaron de nuevo. Esta vez sin contención. Las manos de Andreu bajaron por su espalda, buscando los botones del vestido. Elena le dejó hacer. El vestido cayó al suelo con un susurro. Solo quedó la combinación de seda y satén champagne que Doña Mercè había cosido para ella.

Andreu la miró como quien contempla algo sagrado y prohibido al mismo tiempo.

—Dios mío… —susurró.

La tumbó suavemente sobre la cama. Sus besos bajaron por el cuello, por la clavícula, por el borde de la seda. Sus manos, grandes y cálidas, recorrieron sus piernas, subiendo lentamente por debajo de la combinación. Elena arqueó la espalda cuando él besó el interior de sus muslos. Un gemido escapó de su garganta, un sonido que ni ella misma reconoció.

—Esto está mal… —murmuró ella entre jadeos, pero sus dedos se enredaban en el pelo de Andreu atrayéndolo más cerca.

—Entonces está mal de la forma más dulce posible —respondió él contra su piel.

Se desnudaron con torpeza y urgencia. Piel contra piel. Culpa y deseo mezclados en cada caricia. Andreu era apasionado pero atento, casi reverente. Elena descubrió un placer que nunca había conocido con Luis: la sensación de ser deseada de verdad, de ser vista.

Hablaron entre beso y beso. Conversaciones entrecortadas, profundas, urgentes.

—¿Nunca has tenido miedo de condenarte? —preguntó ella mientras él besaba sus pechos.

—Cada día. Pero el miedo ya no pesa tanto como el vacío que sentía antes de conocerte.

El tiempo se detuvo y a la vez voló. Cuando recuperaron el aliento, la luz roja de la habitación había perdido intensidad. Eran más de las cuatro y media de la tarde.

Elena se vistió con manos temblorosas. Andreu la ayudó a abrocharse el vestido, besándole la nuca con ternura.

—No sé qué va a pasar ahora —dijo ella.

—Ni yo. Pero sé que quiero volver a verte.

Bajaron juntos las escaleras. Elena tenía las mejillas encendidas y el pelo ligeramente revuelto. Andreu caminaba a su lado con esa dignidad natural que ni siquiera el pecado lograba romper del todo.

En el saloncito principal, Montse esperaba sola, fumando un cigarrillo con una copa de coñac en la mano. Al verlos aparecer juntos sonrió con picardía y soltó una carcajada baja.

—Virgen santa… —dijo, mirando primero a Elena y luego a Andreu—. Ya veo que la tarde ha sido provechosa.

Andreu besó la mano de Elena con delicadeza, luego se inclinó ligeramente hacia Montse a modo de saludo y se marchó por la salida trasera sin decir nada más.

Montse se levantó y abrazó a su amiga con fuerza.

—¿Qué tal? —preguntó con ojos brillantes—. ¿Cómo te sientes?

Elena tardó unos segundos en responder. Se tocó los labios, aún hinchados, y sonrió con una mezcla de vergüenza, euforia y miedo.

—Me siento… viva, Montse. Por primera vez en muchos años, me siento viva.

Montse le apretó las manos.

—Pues bienvenida al club, reina. Ahora solo falta que aprendas a no morirte de culpa después.

Fuera, la tarde de invierno ya oscurecía sobre Barcelona. Dentro de La Corsetería de la Viuda Roja, Doña Mercè guardaba una nueva pieza de seda recién cosida, sonriendo para sí misma.

La tela nunca se equivocaba.


El mes de enero de 1960 trajo un frío húmedo que se colaba entre los huesos de Barcelona, pero dentro de las paredes de Robadors 27 ardían fuegos muy distintos.

Elena y Andreu

Elena no podía quitárselo de la cabeza. Después de la tarde en la habitación rosa, la culpa católica la asaltaba por las noches como un viejo confesor implacable. Rezaba, se arrepentía… y al día siguiente volvía a desearlo con más fuerza.

Un jueves por la mañana, con la excusa de llevar ropa a las monjas de las Teresianas, fue a la parroquia de San Felipe Neri donde Andreu prestaba servicio. Entró en la iglesia casi vacía y lo vio junto al altar, colocando los cirios. Cuando sus miradas se cruzaron, el aire se cargó.

Andreu la llevó a la sacristía. Allí, entre casullas bordadas y olor a incienso, se besaron con desesperación contenida.

—Esto es una locura —susurró él contra su boca—. Cada vez que digo misa pienso en tus piernas abiertas bajo la seda.

Elena tembló.

—Y yo me confieso y miento. Digo que he tenido pensamientos impuros… pero no digo que los he convertido en hechos.

Quedaron para el martes siguiente por la mañana. Elena llamó a Montse:

—Necesito una coartada sólida. Di que vamos juntas a comprar telas a Sabadell o lo que sea.

—Déjalo en mis manos, reina. Yo me encargo.

El martes, a las diez de la mañana, Elena y Andreu entraron juntos en La Corsetería. Doña Mercè ni siquiera preguntó. Solo les abrió la puerta del fondo con una leve sonrisa.

—Habitación rosa. Está preparada.

Subieron sin decir una palabra más. En cuanto cerraron la puerta, la contención se rompió. Andreu la empujó contra la pared con una pasión que contrastaba con su habitual serenidad sacerdotal. Le subió el vestido y le bajó los tirantes de la combinación con los dientes.

—Perdóname, Señor… —murmuró mientras se arrodillaba ante ella.

Elena enredó los dedos en su pelo y lo atrajo con fuerza, gimiendo su nombre. Hablaron entre caricia y caricia: de fe, de culpa, de la jaula del matrimonio, de la hipocresía de una sociedad que exigía pureza mientras todos pecaban a escondidas. Cada confesión alimentaba más el deseo.

Montse y Pere

A la misma hora, en la habitación azul del piso superior, Montse y Pere reían entre las sábanas revueltas.

—Eres un animal —decía Montse entre carcajadas mientras Pere le mordía el cuello.

—Y tú una descarada que me tiene loco.

Su relación era pura carne y diversión. Sin culpa, sin grandes conversaciones. Pere la tomaba con fuerza y buen humor, cambiando de postura con facilidad, bromeando incluso mientras la penetraba. Montse respondía con la misma energía, montándolo sin pudor, tirándole del pelo y exigiéndole más.

—Más fuerte, Pere. Que mañana me duela al sentarme en la mesa con mi marido.

No había confesiones profundas. Solo placer, risas y el sonido húmedo de dos cuerpos que se entendían a la perfección.

Luis y Lola

Por la tarde, ya entrada la noche, Luis Echevarría llegó al Jardín del Edén con el ceño fruncido. Había tenido una reunión dura en el Ministerio y necesitaba desahogarse.

Lola lo esperaba en la habitación dorada, vestida solo con un corsé negro y medias. Sabía exactamente cómo tratarlo: una mezcla de sumisión y desafío que alimentaba su ego.

—Hoy has tardado, mi señor —ronroneó, arrodillándose frente a él.

Luis la agarró del pelo con fuerza, pero sin llegar a hacerle daño.

—Hoy mando yo. Y quiero que me demuestres que eres solo mía.

La sesión fue de poder y exclusividad. Luis necesitaba sentir control absoluto. Lola se lo daba: gemía su nombre, le suplicaba, aceptaba sus órdenes. Él la tomaba con dureza medida, recordándole entre embestida y embestida que pagaba muy bien por esa exclusividad.

—Nadie más te toca —gruñía.

—Nadie, mi amo —respondía ella, con los ojos brillantes.

Joaquim Prat y Aisha

En la habitación más apartada, la negra, Joaquim Prat vivía su propio ritual.

Aisha, la hermosa prostituta de piel oscura y ojos verdes, estaba de rodillas sobre la alfombra, con las manos atadas a la espalda con una corbata de seda. Llevaba un collar de cuero con tachuelas y nada más.

Prat, en mangas de camisa y con la corbata aflojada, caminaba alrededor de ella con una fusta fina en la mano.

—Mírame —ordenó.

Aisha levantó la cara. Prat le dio un ligero golpe con la fusta en el pecho, luego en los muslos. No era dolor brutal, sino humillación controlada y precisa.

—Eres mi puta negra —dijo con voz ronca—. Dilo.

—Soy su puta negra, señor Prat.

Él sonrió con satisfacción. La levantó, la inclinó sobre el diván y la penetró con fuerza mientras la sujetaba del collar. Le tiraba del pelo, la insultaba con palabras que en otro contexto habrían sido intolerables, y Aisha respondía con gemidos exagerados que alimentaban el ego del industrial.

Prat tenía fetiches muy concretos: le gustaba ver el contraste de su piel blanca contra la oscura de ella, le excitaba humillarla verbalmente y luego recompensarla con billetes que dejaba caer sobre su cuerpo sudoroso. Aisha lo soportaba todo con profesionalidad y un punto de desprecio secreto que nunca dejaba ver.

Cuando terminó, Prat se derrumbó en un sillón, sudoroso y satisfecho.

—Eres la mejor de todas —dijo mientras encendía un cigarrillo—. La semana que viene traeré unas esposas nuevas.

Aisha sonrió con dulzura fingida.

—Lo que usted desee, señor.

Fuera ya era noche cerrada cuando Elena y Andreu bajaron, con las mejillas encendidas y la mirada brillante. Montse y Pere ya esperaban en el saloncito principal.

Los cuatro se miraron un instante. Nadie dijo nada. No hacía falta.

Doña Mercè, desde el umbral de la trastienda, observaba la escena en silencio. Cuatro historias distintas, cuatro formas de romper las mismas cadenas.

Y la seda y el satén seguían cosiendo sueños… y también pesadillas.


Finales de enero de 1960.

Ramiro Soler era un hombre hecho a la medida de los tiempos turbios: cuarenta y dos años, complexión fuerte, bigote fino y una mirada que parecía haberlo visto todo y no creer en nada. Expolicía de la Brigada Político-Social, había montado su propia agencia de detectives privados tres años atrás. Chantajes discretos, seguimientos a esposas infieles y espionaje industrial eran su pan de cada día.

Esta vez le había tocado un buen cliente: Joaquim Prat, el industrial de Sabadell. Prat sospechaba que Luis Echevarría estaba consiguiendo contratos ventajosos del Ministerio de Industria mediante sobornos y quería pruebas. “Cueste lo que cueste”, le había dicho.

Ramiro llevaba tres semanas siguiendo a Luis. Y aquella noche, el rastro lo había llevado hasta el número 27 de la calle Robadors.

Entró por la ruta segura: el Casino de las Ramblas. Una copa rápida en la sala principal, conversación banal con un conocido, y luego desapareció por la puerta trasera que daba al callejón oscuro. Dos golpes suaves en la puerta de servicio y una voz de mujer le abrió.

—Bienvenido al Jardín —murmuró la chica.

Dentro, el ambiente estaba cargado. Era jueves por la noche y había más movimiento del habitual.

Ramiro se sentó en un reservado discreto con buena vista del salón central, pidió un whisky y encendió un cigarrillo. Llevaba una pequeña cámara Leica escondida en el interior del abrigo.

No tuvo que esperar mucho.

En la Habitación Dorada, Luis Echevarría estaba sentado en un sillón con las piernas abiertas. Lola “La Rubia del Carmelo”, vestida solo con un corpiño negro y ligueros, estaba arrodillada entre sus piernas, trabajando con dedicación experta. Luis le sujetaba el pelo con una mano mientras fumaba con la otra.

—Más despacio —ordenaba con voz ronca—. Quiero disfrutarlo.

Lola levantó la mirada y sonrió con picardía.

—Como mande mi señor.

A pocos metros, en la Habitación Negra, el ambiente era muy distinto.

Joaquim Prat tenía a Aisha inclinada sobre una mesa alta, con las manos atadas a la espalda. Le había subido el vestido hasta la cintura y la azotaba con una fusta fina mientras la penetraba con fuerza. Cada golpe iba acompañado de una palabra humillante.

—Dime que te gusta, zorra negra.

—Me gusta, señor Prat… —gemía Aisha, con la voz entrecortada.

Prat reía, sudoroso y excitado por el contraste de pieles y por el poder absoluto.

Ramiro Soler lo vio todo desde su posición.

Primero reconoció a Luis Echevarría. Sacó discretamente la cámara y tomó varias fotos: Luis con la mano en el pelo de Lola, la cara de placer del industrial, Lola arrodillada. Suficiente para un buen informe.

Luego giró la vista y casi sonrió con incredulidad. En la habitación contigua, cuya puerta había quedado entreabierta, estaba Joaquim Prat, su propio cliente, follando salvajemente a la prostituta de color.

—Hostia santa… —murmuró Ramiro para sí mismo.

Tomó también unas fotos de Prat. Nunca se sabía cuándo podía servir una información como esa.

En ese preciso momento, Luis y Prat casi coincidieron.

Luis salió de la habitación dorada ajustándose los pantalones, con Lola colgada de su brazo riendo bajito. Al mismo tiempo, Prat salía de la negra, abotonándose la camisa, con Aisha caminando dos pasos detrás de él, aún con las mejillas sonrojadas.

Los dos industriales se vieron de frente en el pasillo.

Hubo un segundo de tensión incómoda. Luis apretó la mandíbula. Prat sonrió con sorna.

—Echevarría… qué casualidad —dijo Prat.

—Prat —respondió Luis con frialdad—. Veo que tiene gustos… exóticos.

Los dos se midieron con la mirada. Ninguno mencionó el motivo real de su presencia allí, pero ambos entendieron que ahora compartían un secreto peligroso.

Ramiro, desde su rincón en penumbra, inmortalizó también ese encuentro con dos fotos rápidas. Sonrió con satisfacción. Aquello valía más que oro.

Cuando los dos industriales se marcharon por rutas separadas, Ramiro se quedó un rato más, observando. Vio a Montse y Pere salir riendo de otra habitación. Y, por un instante, le pareció reconocer a una mujer elegante que bajaba las escaleras con paso rápido y mirada baja.

—¿Elena Rovira? —murmuró, frunciendo el ceño.

Apuntó el nombre mentalmente. Esto se estaba poniendo mucho más interesante de lo esperado.

Antes de marcharse, subió a hablar con Doña Mercè, que estaba en la trastienda revisando cuentas.

—Buen local —le dijo con su sonrisa cínica—. Muy discreto. Me gustaría convertirme en cliente habitual.

Mercè lo miró con esos ojos negros que parecían leer el alma.

—Aquí aceptamos a todo el mundo, señor… siempre que sepa comportarse. Pero le advierto una cosa: las paredes oyen y la seda recuerda.

Ramiro soltó una carcajada baja.

—No se preocupe, señora. Yo solo miro. No cuento… a menos que me paguen por ello.

Salió al callejón con el abrigo subido y el sombrero calado. Llevaba en el bolsillo carrete suficiente para hundir a media Barcelona bien.

El juego acababa de empezar.


Era una tranquila tarde de febrero. La Corsetería de la Viuda Roja tenía la persiana bajada a medias, creando esa atmósfera íntima que tanto gustaba a las clientas habituales. En El Rincón de las Confidentes, la parte trasera de la tienda convertida en pequeño salón, Elena y Montse estaban sentadas en dos sillones desgastados pero cómodos, rodeadas de rollos de tela, cajas de corchetes y el suave aroma de té con anís que Doña Mercè acababa de servirles.

Elena aún tenía las mejillas ligeramente sonrosadas.

—No sé cómo explicarlo, Montse… —dijo bajando la voz—. Con Andreu es distinto. No es solo… el acto. Es como si me viera de verdad. Hablamos durante horas después. De todo. De Dios, del miedo, de lo que significa ser mujer en esta época.

Montse sonrió con picardía mientras probaba un trozo de bizcocho.

—Reina, tú has encontrado al cura pecador y yo al sinvergüenza de oficina. Cada una con su veneno. Pero dime la verdad… ¿te gusta el peligro?

Elena se mordió el labio y asintió.

—Me aterra y me excita al mismo tiempo. La culpa me come por las noches, pero cuando estoy con él se me olvida todo.

Montse se inclinó hacia delante, bajando aún más la voz.

—Pues la próxima vez vamos a darle más morbo. ¿Qué te parece si cambiamos de habitación? La rosa ya la conoces. Dicen que la Habitación Verde tiene un espejo enorme en el techo y cortinas de terciopelo que se pueden atar… Y la Habitación Azul tiene una bañera antigua preciosa. Podemos pedir que nos preparen la verde. Imagínate: vernos desde arriba mientras…

Elena soltó una risita nerviosa, escandalizada y excitada.

—Estás loca, Montse Puig. Pero… sí. La verde. Quiero algo diferente. Quiero sentir que estoy siendo otra persona.

Las dos amigas siguieron hablando un buen rato. Planearon la próxima salida para dentro de diez días. Montse se encargaría de la coartada (una supuesta visita a una modista de Sarrià) y Elena le diría a Luis que iba con Montse a comprar telas y ropa para la primavera. Doña Mercè, que pasaba de vez en cuando por el rincón, solo sonreía en silencio. Sabía perfectamente lo que se cocía.

Mientras tanto, en el Jardín del Edén, ya entrada la tarde, Lola “La Rubia del Carmelo” hablaba en voz baja con Ramiro Soler en un reservado discreto.

El detective había empezado a frecuentar el local como cliente. Lola, lista y ambiciosa, había olido el peligro y la oportunidad.

—Ese Echevarría se cree que me tiene comprada —decía Lola mientras se pintaba los labios frente a un espejito—. Me trata como si fuera de su propiedad. Pero yo guardo todo, señor Soler. Cartas que me ha escrito, notas con fechas y horas… Incluso un reloj de oro que me regaló con sus iniciales.

Ramiro dio una calada al cigarrillo, observándola con interés.

—Eres una chica lista. Sigue guardando todo. Si las cosas se tuercen, esa información puede valer mucho dinero.

Lola sonrió con frialdad.

—No lo hago solo por dinero. Ese hombre me mira por encima del hombro. Quiero tenerlo bien agarrado por los huevos si algún día se le ocurre dejarme.

En la habitación negra, la atmósfera era mucho más tensa.

Joaquim Prat estaba recostado en el diván, con una copa de coñac en la mano, mientras Aisha le masajeaba los hombros desnudos. La prostituta hablaba con voz suave y melosa, sabiendo exactamente qué información interesaba a su cliente más vicioso.

—…y le digo, señor Prat, que la mujer de Echevarría ha empezado a venir. La vi el otro día bajando con el cura, el mosén Andreu. Parecían muy acalorados. Imagínese… la esposa perfecta del Opus con un sacerdote.

Prat soltó una carcajada ronca.

—¿Elena Rovira? Esa sí que es buena. La familia Rovira i Casademunt, de toda la vida, catalanistas de la Lliga. Si esto se supiera…

Aisha siguió hablando mientras sus manos bajaban por el pecho de Prat:

—También vi a su amigo Soldevila con la esposa de Puig. Esa Montse es de las que no se cortan. Y la dueña, doña Mercè, lo controla todo. Esa mujer sabe más secretos que el confesor de la catedral.

Prat cerró los ojos, disfrutando tanto de las manos de Aisha como de la información.

—Sigue contándome todo lo que veas, mi negra. Cuanto más sepa, mejor podré joder a Echevarría.

Al caer la noche, Elena y Montse salieron por la corsetería con paquetes de lencería envueltos en papel de seda, como dos señoras respetables que habían ido de compras.

Ninguna de las dos imaginaba que, en las sombras del Jardín del Edén, las piezas del tablero empezaban a moverse peligrosamente.

Doña Mercè, desde la trastienda, las vio marchar y suspiró.

—La seda une… pero también puede estrangular —murmuró para sí misma.


Mediados de marzo de 1960.

Ramiro Soler había tardado casi un mes en reunir todo. Tenía un dossier negro, grueso, que olía a tinta y peligro. Dentro guardaba:

Fotografías en blanco y negro de Elena y Andreu saliendo de la Habitación Rosa, besándose en el pasillo.

Imágenes de Luis con Lola en actitudes inequívocas.

Varias fotos de Montse y Pere en la Habitación Azul, riendo y desnudos junto a la bañera.

Documentos internos de la empresa de Luis: copias de contratos con el Ministerio, notas de sobornos y pagos irregulares.

Era suficiente para destruir dos matrimonios, una reputación industrial y un apellido catalán de los de toda la vida.

Convocó la reunión en un reservado del Casino de las Ramblas, en la primera planta. Un lugar neutro, elegante y discreto. Mandó una nota breve y amenazante a cada matrimonio:

«Asunto urgente que afecta a sus respectivos matrimonios y negocios. Jueves 17, 20:30 h. Reservado “Imperial”. No falten. R. Soler.»

La atmósfera en el reservado era espesa. Una lámpara de araña proyectaba luz amarilla sobre la mesa ovalada. Ramiro esperaba sentado al fondo, con el dossier cerrado delante de él y un vaso de whisky en la mano.

Primero llegaron Luis y Elena. Él, rígido y pálido. Ella, elegantemente vestida de gris, pero con los ojos cargados de angustia.

Poco después entraron Enric y Montse Puig. Enric, más corpulento y colorado, parecía confuso. Montse mantenía la compostura, pero apretaba el bolso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Ramiro no se levantó. Solo señaló las sillas con un gesto.

—Gracias por venir. Les ahorraré preámbulos. Sé todo lo que ocurre en Robadors 27. Y tengo pruebas.

Abrió el dossier y lanzó las fotografías sobre la mesa como quien reparte naipes mortales.

Primero las de Luis con Lola: una donde ella estaba arrodillada, otra donde él la sujetaba del pelo. Luis palideció.

Luego las de Montse y Pere: besándose apasionadamente, ella a horcajadas sobre él. Enric soltó un gruñido ahogado y miró a su mujer como si no la reconociera.

Y finalmente, las más devastadoras: Elena y Andreu. Una donde se besaban en el pasillo, otra donde salían de la habitación con la ropa claramente revuelta.

Elena se llevó la mano a la boca. Luis giró la cabeza hacia ella con incredulidad y rabia.

—¿Con un cura? —masculló entre dientes—. ¿Tú… con un puto cura?

—Calla —respondió Elena con voz temblorosa pero firme—. Tú y tu Lola no tenéis moral para hablar.

Enric Puig golpeó la mesa con el puño.

—¿Soldevila? ¡Ese hijo de puta trabaja para mí!

Montse no se inmutó. Miró a Ramiro con odio puro.

—¿Qué quiere?

Ramiro sonrió con frialdad y encendió un cigarrillo.

—Quiero dinero y favores. Cincuenta mil pesetas ahora. Luego, veinte mil mensuales durante un año. Además, señor Echevarría, quiero acceso a sus contratos del Ministerio. Información. Y usted, señor Puig, me abrirá algunas puertas en Badalona. Si cooperan, estas fotos nunca verán la luz. Si no… bueno, tengo copias listas para enviar a la Brigada Político-Social, al arzobispado, a sus familias políticas y a varios periódicos.

Se hizo un silencio pesado.

Luis fue el primero en hablar, con la voz rota por la humillación:

—Esto es chantaje puro y duro.

—Llámelo como quiera —respondió Ramiro encogiéndose de hombros—. Yo lo llamo negocio. Todos aquí tienen doble vida. Yo solo pongo precio a mantenerlas.

Elena levantó la mirada. A pesar del miedo, había un brillo nuevo en sus ojos. Rabia. Determinación. Miró a Montse y, por un segundo, las dos mujeres se entendieron sin palabras.

Enric Puig sudaba profusamente. Montse le puso una mano en el brazo para que no explotara.

—¿Y si nos negamos? —preguntó Elena con voz sorprendentemente serena.

Ramiro soltó una carcajada baja.

—Entonces mañana toda Barcelona sabrá que la señora Rovira i Casademunt se acuesta con un mosén, que el señor Echevarría paga a una puta de lujo y que la esposa de Puig se folla al hombre de confianza de su marido. ¿Quieren probar?

El silencio que siguió fue sepulcral.

Luis miró a Elena con desprecio. Elena sostuvo la mirada sin bajar los ojos. Montse apretaba los dientes. Enric parecía a punto de sufrir un infarto.

Ramiro cerró el dossier con un golpe seco.

—Tienen cuarenta y ocho horas para darme una respuesta. Y les recomiendo que sean sensatos.

Se levantó, se puso el sombrero y, antes de salir, añadió:

—Ah, y salúdenme a Doña Mercè. Diganle que el local es excelente… pero que nadie está fuera de mi alcance.

La puerta se cerró tras él.

Los cuatro se quedaron solos con las fotografías esparcidas sobre la mesa como restos de un naufragio.

Elena fue la primera en hablar, con voz baja pero cortante:

—Esto no va a quedar así.

Montse asintió lentamente.

—Tenemos que hablar con Mercè. Ahora.


Dos días después. El mismo reservado “Imperial” del Casino de las Ramblas.

La tensión podía cortarse con cuchillo. Luis Echevarría y Enric Puig habían llegado primero, serios y con el rostro demacrado. Elena y Montse entraron juntas poco después, más erguidas de lo que cabría esperar. Las dos mujeres intercambiaron una mirada rápida y cómplice.

Ramiro Soler llegó el último, con paso seguro y una carpeta más gruesa bajo el brazo. Sonreía como quien ya se siente ganador.

—Veo que han venido los cuatro. Buena señal —dijo sentándose a la cabecera de la mesa—. Supongo que han traído lo que les pedí.

Luis fue el primero en hablar, con voz contenida:

—Podemos llegar a un acuerdo razonable. Pero cincuenta mil pesetas de golpe es una barbaridad.

Ramiro soltó una risa seca.

—¿Razonable? Señor Echevarría, usted se folla a una puta de lujo mientras su mujer se acuesta con un cura. Y usted, señor Puig, tiene a su mano derecha poniéndole los cuernos con su propia esposa. Yo creo que mi precio es más que generoso.

Dejó caer más fotos sobre la mesa. Nuevas. Más explícitas. Elena apartó la mirada cuando vio una de ella y Andreu besándose en el pasillo del Jardín.

—Pagarán —continuó Ramiro—. Y además me darán información de los contratos. Si no… el lunes por la mañana estas fotos estarán en manos del arzobispo, de la Brigada Político-Social y de varios directores de periódico. Imagínense los titulares: «Esposa de prominente industrial mantiene relación sacrílega con sacerdote».

El silencio era asfixiante. Enric Puig sudaba. Luis tenía los puños cerrados. Montse miraba a Ramiro con odio puro.

En ese preciso instante, la puerta del reservado se abrió.

Doña Mercè entró con paso firme, vestida de negro riguroso, con un abrigo de paño y un pañuelo en la cabeza. Detrás de ella, discretamente, entró Aisha, la prostituta de color, que se quedó junto a la puerta.

Ramiro se sorprendió, pero se recompuso rápido.

—Vaya… la famosa Viuda Roja. No la esperaba.

Mercè no se sentó. Se quedó de pie al otro extremo de la mesa, mirando al detective con esos ojos negros que parecían atravesar almas.

—Pues aquí estoy, señor Soler. Porque en mi casa pasan muchas cosas… y yo me entero de casi todas.

Ramiro sonrió con sorna.

—¿Ha venido a suplicar por sus clientas?

Mercè sacó de su bolso un sobre marrón y lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.

—No. He venido a poner las cosas en su sitio.

Abrió el sobre y empezó a sacar documentos y fotografías propias.

—Ramiro Soler, exinspector de la Brigada Político-Social. Expulsado discretamente en 1957 por corrupción. Tiene deudas de juego por valor de más de ochenta mil pesetas con gente poco recomendable del Barrio Chino. Y, sobre todo… —Mercè sacó una foto antigua y la deslizó hacia él— está el asunto de la señorita Remedios Sánchez, su amante de entonces. Desapareció en extrañas circunstancias en el verano del 56. Tengo testigos que la vieron subir a su coche la última noche. También tengo una carta que ella escribió antes de desaparecer.

El rostro de Ramiro cambió por completo. La sonrisa cínica desapareció.

—Esto es un farol —gruñó.

—No es un farol —respondió Mercè con calma glacial—. Llevo treinta años sobreviviendo en esta ciudad. ¿Cree que iba a dejar que un miserable como usted destruyera lo que tanto me ha costado construir?

Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando las manos en la mesa, y lo miró directamente a los ojos.

—Ahora escúcheme bien, señor Soler. Tiene dos opciones:

O te unes a mí… o te hundo.

Puedes convertirte en socio protector del Jardín del Edén. Te daré un porcentaje razonable, acceso controlado y protección frente a tus acreedores. A cambio, trabajarás para mí: vigilarás que nadie más intente lo que tú has intentado, y mantendrás lejos a la policía y a los curiosos.

O… sigues por tu camino. Y mañana mismo la historia de Remedios Sánchez llegará a oídos de gente que todavía te busca. Además de tus deudas. Además de las fotos que ya tengo tuyas entrando y saliendo del local con chicas menores de edad.

El silencio que siguió fue absoluto.

Ramiro tenía la mandíbula tensa. Miró las fotos que Mercè había traído, luego a las dos parejas, y finalmente a Aisha, que lo observaba desde la puerta con una media sonrisa.

—Hija de puta… —murmuró.

Mercè sonrió por primera vez.

—Puede insultarme todo lo que quiera. Pero decida ahora. Lana o trasquilado.

Ramiro se pasó la mano por la cara. Sudaba. Tras casi un minuto entero de tensión insoportable, soltó un largo suspiro.

—…Acepto.

Mercè asintió, satisfecha.

—Sabia decisión. Mañana a las once en la corsetería. Hablaremos de los detalles. Y ahora, si nos disculpan… tengo que hablar con mis clientas.

Ramiro se levantó como un perro apaleado, recogió sus cosas y salió del reservado sin mirar atrás.

Cuando la puerta se cerró, Elena dejó escapar un sollozo de alivio. Montse sonrió con orgullo. Luis y Enric parecían aturdidos, incapaces de procesar que una simple corsetera acabara de salvarles el cuello.

Doña Mercè los miró a todos con serenidad.

—Esto no significa que todo vuelva a ser como antes —dijo con voz firme—. Pero significa que, de ahora en adelante, en Robadors 27 se hace lo que yo diga.

Fuera, en la noche de Barcelona, Ramiro Soler caminaba encorvado bajo la llovizna, sabiendo que había ido a por lana… y había salido trasquilado.


Finales de abril de 1960.

La Corsetería de la Viuda Roja había vuelto a su aparente calma. La persiana bajada a medias por las tardes, el olor a tela nueva y el tintineo suave de la campanilla. Pero nada era igual.

En el reservado del primer piso, Doña Mercè y Ramiro Soler cerraron su acuerdo definitivo.

—Veinte por ciento de los beneficios netos del Jardín —dijo Mercè con voz firme—. A cambio, te encargarás de la seguridad externa: policía, curiosos, posibles chantajistas… y mantendrás lejos a tus antiguos amigos de la Político-Social. Tendrás acceso libre como cliente, pero nunca tocarás a las chicas sin pagar y nunca te llevarás nada que no te corresponda.

Ramiro, con el orgullo herido pero la mirada calculadora, asintió.

—Trato hecho. No soy idiota. Prefiero ser socio que enemigo.

Mercè sonrió con frialdad.

—Bienvenido al Jardín, señor Soler. Y recuerde: aquí la seda recuerda todo.

Luis y Elena

Tres días después de la reunión, en el salón de su casa de Pedralbes, Luis y Elena mantuvieron la conversación más dura de su matrimonio.

Luis, con la mirada baja, habló primero:

—No voy a pedirte el divorcio. Sería un escándalo que destruiría la empresa y el apellido Rovira. Tu padre y tu abuelo lucharon por mantener el legado de la Lliga Catalana. No pienso tirar todo eso por la borda.

Elena lo miró con una serenidad nueva.

—Yo tampoco quiero el escándalo. Pero tampoco voy a seguir viviendo muerta en vida.

Llegaron a un acuerdo frío pero práctico: mantendrían las apariencias en público y en familia. Elena tendría “libertad discreta”. Viajes, salidas con Montse, tardes “de compras”. Luis seguiría viendo a Lola cuando quisiera, siempre que fuera discreto.

Cuando Luis se levantó para servirse un whisky, Elena añadió en voz baja:

—Y si alguna vez intentas hacerme daño con lo de Andreu… lo perderás todo. Recuérdalo.

Luis no respondió. Por primera vez en veinte años de matrimonio, tuvo miedo de su mujer.

Montse y Pere

Montse y Pere, en cambio, salieron fortalecidos del incendio.

Enric Puig, humillado pero pragmático, prefirió no despedir a Pere ni armar un escándalo. Montse le dejó claro que, si intentaba separarlos, ella contaría todo en voz alta.

Ahora se veían con más frecuencia y menos miedo. Su relación se volvió más intensa, más alegre, casi desafiante. En la Habitación Azul del Jardín, sus risas se oían más fuerte que nunca.

—Al final —decía Montse entre beso y beso—, el chantajista nos hizo un favor.

Prat y Aisha

Joaquim Prat y Aisha seguían siendo una amenaza latente. Prat no había olvidado la humillación de aquella noche y seguía reuniendo información. Sin embargo, con Ramiro ahora trabajando para Mercè, sus movimientos estaban controlados… por el momento. Eran una nube oscura en el horizonte, pero no una tormenta inmediata.

Última escena – El Rincón de las Confidentes

Una tarde de mayo, Elena y Montse volvieron al rincón de siempre. Doña Mercè les sirvió té y se sentó con ellas un rato, algo poco habitual.

Elena llevaba una nueva combinación de seda y satén color marfil que Mercè había cosido especialmente para ella. Se sentía distinta. Más ligera. Más dueña de su vida.

—¿Y ahora qué, doña Mercè? —preguntó Elena.

—Ahora —respondió la mujer— seguís viviendo. Con más cuidado, con más inteligencia… pero viviendo. Los sueños de seda y satén no se acaban nunca. Solo cambian de forma.

Montse sonrió y levantó su taza como en un brindis.

—Por las mujeres que ya no callan.

Elena miró hacia la trastienda, hacia la puerta que llevaba al Jardín del Edén, y sonrió con melancolía.

—Por los sueños que, aunque duelan, nos hacen sentir vivas.

Fuera, la ciudad de Barcelona seguía su ritmo: fábricas humeando en el Besòs, misas en la Bonanova, reuniones en despachos del paseo de Gràcia y secretos que nunca saldrían a la luz.

Dentro de La Corsetería de la Viuda Roja, la aguja de Mercè seguía cosiendo.

Y la seda, como siempre, guardaba todos los secretos.

Fin


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