El motor del desierto


 Prólogo

El hierro no se rompe de golpe. Primero aparece una mancha imperceptible, un polvillo rojizo que se alimenta de la humedad del ambiente, silencioso y voraz. Nadie repara en él cuando el motor ruge y la carrocería brilla bajo los focos de la exposición. Pero el óxido siempre está trabajando, royendo el metal desde dentro, hasta que un día, al presionar el acelerador, todo el mecanismo se desmorona convertido en ceniza.

Con los matrimonios pasa lo mismo.

En las ciudades del norte, donde las nubes se arrastran tan bajas que casi puedes tocarlas con los dedos, la humedad se cuela por las rendijas de las casas y por las costuras de las promesas. Te acostumbras al gris. Te acostumbras a la mirada perezosa de tu marido, a sus sonrisas de catálogo ensayadas frente a mujeres extrañas, a la sospecha sorda que se instala en el fondo del estómago como una digestión pesada. Te convences de que es el precio de la rutina.

El problema de la desesperación es que no razona; solo busca un culpable. Y cuando el miedo a la vejez, al abandono y a la invisibilidad te ciega, eres capaz de agarrarte a cualquier mano que te ofrezca una salida, aunque esa mano huela a tabaco rancio, fango y extorsión.

Luna no quería destruir su vida. Solo quería congelar el tiempo. Quería que el hombre zalamero que vendía coches bajo el orballo de Oviedo volviera a mirarla como en el instituto. Pero en el mercado de las almas, los amarres nunca se pagan con amor; se pagan con la moneda más cara del mundo: la propia dignidad.

Esta es la historia de cómo un reflejo en el espejo de un baño y un mono de encaje transparente pueden activar un mecanismo de destrucción masiva. Porque, a veces, para cuando te das cuenta de que el peor enemigo nunca estuvo fuera, el coche ya se ha salido de la carretera.

El motor del desierto

Celos, barro y un amarre en el norte


En Oviedo siempre parece que va a empezar a llover o que acaba de dejar de hacerlo. A través de la gran cristalera del concesionario, el suelo de la calle brillaba como el carbón mojado. Dentro, el ambiente olía a una mezcla de cera para carrocerías, café de máquina y el perfume caro que Leo se echaba tres veces al día.

Luna carraspeó, apartando la vista de la pantalla del ordenador. Llevaba dos horas cuadrando las facturas del trimestre, pero le costaba concentrarse. Su mesa estaba en la "pecera", el despacho acristalado desde el que controlaba la administración. Y desde allí, inevitablemente, su mirada siempre acababa en el mismo sitio.

En Leo.

Él estaba junto a un modelo híbrido recién llegado, con las manos metidas en los bolsillos de su traje gris bien entallado. Tenía cuarenta y dos años, pero mantenía esa planta atlética y esa sonrisa perezosa, de medio lado, que a ella le había dado la vuelta a la vida cuando se conocieron en el instituto. Leo era zalamero por naturaleza; le salía solo. Su jefe siempre decía que Leo podría venderle hielo a un esquimal. El problema era cómo usaba ese don.

Luna lo observaba atender a una clienta de mediana edad. Vio cómo Leo inclinaba la cabeza, cómo le rozaba el hombro sutilmente al indicarle el espacio del maletero, cómo la hacía reír. No era la primera vez que tonteaba para cerrar una venta; de hecho, era su marca registrada. Luna sintió el habitual pellizco en el estómago, una mezcla de rutina, hastío y una inseguridad sorda que iba creciendo año tras año, como la humedad en las paredes.

A las siete de la tarde, el tintineo de las llaves avisó de que la jornada terminaba.

—Vaya tarde de perros, cariño —dijo Leo, entrando en el despacho mientras se aflojaba la corbata—. No ha entrado ni un alma interesada de verdad. Solo mirones. Vámonos a casa, que los chicos ya habrán salido de clase.

Luna cerró el programa de contabilidad con un clic seco.

—Te he visto con la mujer del SUV —comentó, intentando que su voz sonara casual, mecánica, mientras recogía el bolso.

Leo soltó una risita, cansada pero pagada de sí misma.

—Por favor, Luna. Hay que endulzar el oído al cliente, ya lo sabes. Es marketing.

No hubo beso al salir. Solo el silencio pesado dentro del coche, roto únicamente por el limpiaparabrisas rascando el cristal contra el orbayu asturiano. Una pareja que trabaja junta, vive junta y, de alguna manera, se está muriendo junta por dentro.

La cocina de la casa era el único lugar con ruido, gracias a la televisión encendida que nadie miraba. Izan, a sus dieciséis años, devoraba los macarrones pegado a la pantalla de su móvil, con los auriculares puestos. Jana, de catorce, revolvía la comida con el tenedor, con cara de pocos amigos.

—Mamá —soltó Jana de golpe, rompiendo la tensión—. El sábado que viene voy con Marta a que nos hagan el piercing de la nariz. Y ya hemos mirado un sitio para el tatuaje del mes que viene. Unas líneas finas en la muñeca. No duele nada.

Luna, que estaba sirviendo el agua, dejó la jarra con un golpe excesivo sobre la mesa. Su paciencia estaba al límite tras todo el día entre números y celos contenidos.

—He dicho cien veces que no, Jana. No vas a empezar a mancharte la piel con catorce años. Olvídate. De ninguna manera.

—¡Pero papá dijo que...!

—Tu padre no manda en esto —cortó Luna, mirando de reojo a Leo, esperando que saltara a defender su postura común.

Sin embargo, Leo estaba ido. Tenía la mirada fija en el mantel, con los ojos entrecerrados, una expresión extraña en el rostro que Luna no supo descifrar. Tardó unos segundos en reaccionar, como si acabara de regresar de un viaje mental muy lejano.

—Bueno, Luna... tampoco te pongas así —murmuró Leo, con una voz inusualmente suave, casi arrastrada—. Un tatuaje... depende de dónde y cómo sea, puede ser algo muy... estético. Muy sensual. Hay mujeres a las que les queda... increíble.

Luna se quedó helada con el plato en la mano. No fue el tono lo que la asustó, sino la distancia en los ojos de su marido. Leo no estaba pensando en su hija Jana. Estaba recordando la piel de otra persona. Una persona que Luna aún no conocía, pero que estaba a punto de cambiarlo todo.


Al día siguiente, Oviedo amaneció con esa tregua gris tan típica: no llovía, pero el cielo parecía un techo de hormigón bajo. En el concesionario, los focos halógenos se reflejaban en el suelo pulido. Luna se tomó un café largo en su despacho, intentando quitarse de encima la mala sensación de la cena anterior. Leo ya estaba en la exposición, recolocando los folletos del nuevo descapotable con su habitual energía matutina.

A las once y media, la puerta acristalada se abrió y el ambiente del concesionario cambió por completo. Entró ella.

Llevaba un vestido vaporoso, largo hasta los tobillos, de un tejido liviano que se movía con una fluidez casi líquida a cada paso, desafiando por completo el frío asturiano. Una prenda habitual en ella, de esas que gritan que te importa poco el clima porque te mueves en coche o vives en lugares más cálidos. Tenía una seguridad aplastante.

Leo tardó exactamente medio segundo en reaccionar. Dejó los folletos y avanzó hacia ella con su mejor sonrisa de catálogo.

—Buenos días. Bienvenida. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó Leo, modulando la voz, bajando el tono a ese registro cálido que usaba con las visitas importantes.

—Hola, buenos días —respondió ella. Su voz rompió el murmullo de la radio del concesionario. No era de aquí. Tenía ese acento de la meseta, marcadamente madrileño, con las palabras bien masticadas, directo, seguro y con un punto sofisticado que hacía que todo lo demás pareciera provinciano—. Estoy buscando algo compacto pero con potencia. Me mudo a la zona por trabajo y necesito moverme por las carreteras de aquí, que me han dicho que tienen su miga.

—Ah, una recién llegada. Pues ha venido al lugar indicado —Leo ensanchó la sonrisa, completamente encandilado por el tono y la presencia de la mujer—. Soy Leo. Y las carreteras de Asturias pueden ser difíciles, sí, pero con el coche adecuado son una delicia. ¿Cómo te llamas?

—Eva —dijo ella, tendiéndole una mano con las uñas perfectamente cuidadas—. Encantada, Leo.

Desde la pecera de la oficina, Luna se quedó inmóvil, con el bolígrafo suspendido en el aire sobre una factura de proveedores. Eva. El nombre le sonó a advertencia bíblica, a fruta prohibida en mitad de su rutina de papeles y facturas.

A través del cristal, Luna observó cómo Leo la guiaba hacia la zona de los crossovers. Eva caminaba despacio, haciendo que el vestido vaporoso dibujara ondas a su alrededor. Los mecánicos del taller, que solían asomarse de vez en cuando por la puerta de acceso, se habían quedado congelados con las herramientas en la mano.

Pero lo que a Luna le encogió el corazón fue la actitud de su marido. Leo no estaba usando su habitual estrategia de venta. Estaba genuinamente deslumbrado. Cuando Eva se giraba para mirar un cuadro de mandos, los ojos de Leo bajaban por su espalda con un hambre que Luna no le veía desde hacía más de una década. Se reía de los comentarios de Eva antes de que ella terminara la frase. Le rozaba la espalda al abrirle la puerta del conductor, alargando el contacto un segundo más de lo estrictamente profesional.

La visita duró apenas veinte minutos. Eva pidió un presupuesto detallado y una tarjeta de visita.

—Me lo pienso y te digo algo esta semana, Leo —dijo Eva, guardando la tarjeta en su bolso con una sonrisa rápida—. Nos vemos pronto.

—Aquí me tienes para lo que necesites, Eva. A cualquier hora —respondió él, rompiendo la regla de oro de dar solo el teléfono fijo del concesionario.

Cuando la puerta se cerró y el coche de Eva se alejó, Leo se quedó mirando hacia la calle unos segundos, como si el concesionario se hubiera quedado a oscuras de repente. Luego, se giró hacia el despacho de Luna. Tenía las mejillas ligeramente encendidas y una energía nerviosa que intentó disimular sentándose a su ordenador.

Luna sintió un frío helado en la boca del estómago. Aquella mujer solo había ido a mirar un coche, pero Luna supo, con el infalible instinto de quien lleva media vida al lado de alguien, que el motor de su matrimonio acababa de empezar a fallar de verdad.


Durante los tres días siguientes, el nombre de Eva no se pronunció en la casa, pero su sombra estuvo presente en cada comida, en cada silencio y en cada cama fría. Leo estaba inusualmente arreglado, se miraba más al espejo antes de salir y respondía a los mensajes de WhatsApp con el móvil boca abajo sobre la mesa. Luna apenas dormía; el estómago se le había cerrado y las ojeras empezaban a marcarse bajo sus ojos como dos lunas crecientes.

El jueves por la tarde, el cielo de Oviedo se volvió casi negro. Una tormenta de verano amenazaba con romper en cualquier momento.

En el concesionario, a última hora, la puerta volvió a abrirse. El tintineo del cristal fue como un disparo para Luna.

Esta vez, Eva no llevaba un vestido vaporoso. Entró vistiendo un bodystockings negro: un mono ceñido, de una sola pieza, con unas transparencias estratégicas que dibujaban su silueta de una forma tan explícita que rozaba el pecado. Era una prenda atrevida, casi irreal para un concesionario de coches en el norte, una declaración absoluta de poder y sensualidad. Debajo del tejido sutil, justo en la base del cuello y bajando hacia la clavícula, se adivinaba el trazo de un tatuaje negro y elegante, una enredadera abstracta que parecía cobrar vida con su respiración.

El efecto en el local fue instantáneo. Marcos, uno de los mecánicos, soltó una llave inglesa que golpeó contra el suelo de metal con un estruendo sordo. Nadie se movió para recogerla. Todos los hombres del taller se quedaron pegados al portón, con la vista nublada, asimilando la visión.

Leo tardó dos segundos en salir de su asombro. Se alisó la chaqueta y avanzó hacia ella, pero esta vez sus ojos no tenían el brillo profesional del primer día; tenían la fijeza ciega de un animal acorralado por el deseo.

—Eva... —dijo él, y su voz sonó extrañamente ronca—. Has vuelto.

—Te dije que nos veríamos pronto, Leo —respondió ella, con esa seguridad madrileña, directa y felina—. He estado dando vueltas a tu presupuesto, pero quería asegurarme de las especificaciones del motor. ¿Me lo enseñas otra vez?

—Lo que tú quieras. Vamos al modelo de la exposición del fondo, allí estaremos más tranquilos.

Luna sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Desde la pecera, vio cómo Leo la guiaba hacia la parte trasera del local, la menos visible desde la calle. Vio a Eva inclinarse sobre el capó abierto, haciendo que el mono transparente se tensara de forma escandalosa. Vio la mano de Leo posarse en la cintura de Eva, un gesto que ya no tenía nada que ver con la venta de un coche, sino con la posesión. Eva no se apartó; le dedicó una mirada de reojo y una sonrisa lenta que prometía la perdición.

A Luna se le nubló la vista. La humillación, los celos y el desprecio acumulado durante años se le subieron a la garganta. Sintió que si se quedaba allí un segundo más, iba a salir del despacho a gritar, a romper el cristal, a perder los papeles y la dignidad delante de todo el mundo.

Se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás. Salió de la pecera casi corriendo, sin mirar a nadie, y se encerró en el baño de mujeres.

Echó el pestillo con manos temblorosas y se apoyó contra la puerta, jadeando, antes de romper a llorar. Fue un llanto amargo, silencioso, de los que duelen en el pecho. Cuando logró calmarse un poco, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara. Al levantar la cabeza y mirarse en el espejo, el impacto fue brutal.

Bajo la cruda luz fluorescente del baño, Luna se vio a sí misma de verdad. Vio el paso implacable del tiempo. Vio las arrugas finas, como patas de gallo, marcadas alrededor de sus ojos; vio la piel cansada de quien ha pasado noches en vela cuidando a Izan y a Jana cuando eran niños; vio un cuerpo descuidado por la rutina, por las facturas y por la comodidad de un matrimonio que creía seguro. Se sintió vieja, invisible y, por encima de todo, aterrorizada.

Lo voy a perder, pensó, y el pánico ciego la invadió por completo. Si no hago algo ya, esa mujer me lo va a quitar.

Se secó la cara con un papel, con las manos aún temblando. Fue en ese momento, con el corazón latiéndole en las orejas, cuando recordó la conversación que había escuchado semanas atrás a sus amigas de la cafetería. Hablaban de un hombre, un chamán que pasaba consulta en un piso antiguo cerca de la catedral. "A Marta le salvó el matrimonio", habían dicho entre susurros. "Hizo un amarre emocional y su marido no ha vuelto a mirar a otra".

Luna nunca había creído en esas cosas. Las consideraba tonterías para gente desesperada. Pero en ese instante, mirándose al espejo del baño de un concesionario gris de Oviedo, Luna descubrió que ella era, precisamente, esa gente desesperada.

Sacó el móvil con torpeza y buscó el chat grupal de sus amigas. Tenía que conseguir ese número de teléfono antes de que fuera demasiado tarde.


El camino de vuelta a casa fue un infierno de silencio. Leo conducía con la mirada perdida en la carretera, con los dedos tamborileando en el volante al ritmo de una canción que solo sonaba en su cabeza. Tenía esa energía flotante del hombre que ya está mentalmente en otra parte. Luna, a su lado, miraba por la ventanilla las luces borrosas de Oviedo bajo la lluvia.

Su mente iba a mil por hora, atrapada en un callejón sin salida.

¿Qué hago?, se preguntaba a sí misma, sintiendo un vacío frío en el estómago. ¿Cómo lo retengo?

Por un segundo, una idea desesperada y antigua le cruzó la mente: volver a quedarse embarazada. Recordó los primeros años con Izan y Jana, cuando los bebés llenaban todo el espacio y Leo, a pesar de sus tonteos, volvía siempre a casa corriendo para ejercer de padre coraje. Un bebé. Un nuevo vínculo de carne y hueso que obligaría a Leo a quedarse, a echar raíces de nuevo, a olvidarse de monos transparentes y de traslados.

Pero el pensamiento se desvaneció tan rápido como había llegado. Volvió a verse en el espejo del baño del concesionario: las arrugas, el cansancio crónico, los cuarenta y tantos años pesándole en los hombros. No tenía las fuerzas, ni el tiempo, ni el cuerpo para empezar de nuevo desde cero. Y lo peor de todo: Leo apenas la tocaba. Un embarazo requería una intimidad que ya no existía entre ellos.

No. Tenía que optar por lo segundo. Tenía que forzar al destino por el camino rápido, el camino oscuro que su amiga le había soplado por WhatsApp antes de salir del trabajo. El número de un tal Chamán Abassi.

La tensión estalló finalmente durante la cena. Jana e Izan devoraban la cena en silencio, inmunes a la guerra fría de sus padres, hasta que Leo dejó los cubiertos sobre el plato con un tintineo limpio.

—Bueno —dijo Leo, aclarándose la garganta—. Tengo que contaros algo. He estado hablando con el gerente general de la marca.

Luna se tensó de inmediato, dejando el vaso a medio camino de la boca.

—¿Qué pasa con el gerente? —preguntó ella, intentando mantener la voz firme.

—Están reestructurando las plantillas. La marca necesita abrir mercado en el Mediterráneo y han ofrecido una plaza de jefe de ventas en la delegación de Valencia. Es un puesto importante, con mejores comisiones. Y, bueno... el clima de allí, ya sabéis. No tiene nada que ver con este gris constante de Oviedo.

A Luna se le cayó el alma a los pies. Valencia. La distancia. La costa. El lugar perfecto para que un hombre como Leo se perdiera del todo. Y lo peor: Eva era de Madrid, la meseta le pillaba a un paso de la costa valenciana. Todo encajaba en su cabeza como una maqueta de su propia destrucción.

—¿En Valencia? —saltó Jana, entusiasmada—. ¡Allí hay playa! ¿Nos vamos a mudar?

—No —cortó Luna, con un tono tan cortante que los dos adolescentes se quedaron mirándola de golpe—. Tu padre no va a ir a ninguna parte. Tenemos nuestra vida aquí, el concesionario de aquí, vuestros colegios...

—Luna, por favor, no empieces —suspiró Leo, mirándola con una mezcla de lástima y hastío que a ella le dolió más que un bofetón—. Es una oportunidad laboral. Si sigues con esa actitud negativa, con esos celos absurdos que te dan últimamente por cada cliente que entra por la puerta... voy a pedir la separación, Luna. Me voy a Valencia de todas formas. Con o sin ti.

La mesa se quedó en un silencio sepulcral. Izan bajó la mirada hacia su plato; Jana miró a su madre con los ojos abiertos de par en par. Leo se levantó, recogió su plato y se retiró al salón sin decir una palabra más.

Luna sintió que las paredes de la cocina se le echaban encima. Ya no era una sospecha. Era una realidad con fecha de caducidad.

Al día siguiente, aprovechando la hora del almuerzo en la que Leo se había ido a comer (sospechosamente arreglado), Luna caminó a paso rápido hacia el casco antiguo de Oviedo. El cielo amenazaba tormenta otra vez. Se detuvo ante un portal de madera vieja y desconchada, cerca de la catedral. El portal número 4.

Subió las escaleras de piedra gastada hasta el tercero izquierda. El corazón le latía con tanta fuerza que lo sentía en los dientes. Tocó el timbre.

La puerta se abrió para revelar al Chamán Abassi. Luna esperaba encontrarse a un hombre con túnicas, o quizás a un timador con camisas de lino y collares de cuentas. Pero lo que vio la descolocó por completo: era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje de chaqueta oscuro un poco desgastado, de ojos hundidos y muy oscuros, fijos como los de una serpiente. Su piso no olía a incienso sagrado; olía a humedad, a tabaco rancio y a café cerrado.

—Pasa, Luna —dijo el hombre, con una voz extrañamente suave, pastosa—. Te estaba esperando. Tu amiga me dijo que vendrías.

Luna entró en el salón, que estaba en penumbra con las persianas medio bajadas. Se sentó en un sofá de skay gastado.

—No sé muy bien qué hago aquí... —empezó a decir ella, con la voz quebrada, al borde de las lágrimas—. Mi matrimonio se destruye. Mi marido... hay otra mujer, y quiere dejarme. Quiere irse a Valencia. Yo... necesito que no pueda mirar a nadie más. Necesito un amarre. Lo que sea. Pago lo que haga falta.

El chamán sonrió. Fue una sonrisa lenta, que no llegó a sus ojos oscuros. Vio la desesperación en el rostro de Luna, vio su bolso de marca, vio las alianzas de oro. Vio a su presa perfecta.

—El amor es una fuerza difícil, Luna. Pero la voluntad se puede doblar —dijo el chamán, inclinándose hacia ella sobre la mesa camilla—. Un amarre de sangre y pensamiento. Él no podrá sacarte de la cabeza. Cada vez que intente alejarse, sentirá que se ahoga. Pero estos trabajos... requieren materiales caros. Rituales nocturnos. Para empezar, serán ochocientos euros en efectivo.

Luna no lo dudó. Sacó el sobre con el dinero que había sacado del cajero esa misma mañana de la cuenta común del matrimonio y lo puso sobre la mesa.

—Hazlo —suplicó ella, ciega de dolor—. Haz que no se vaya.

El chamán recogió el dinero con dedos ágiles, guardándolo en el bolsillo de su chaqueta. Miró a Luna con una fijeza que, por primera vez, le hizo recorrer un escalofrío por la espalda. Luna pensaba que estaba comprando la salvación de su familia, pero lo que acababa de hacer era abrirle la puerta de su vida a un extorsionador profesional que no iba a parar hasta dejarla seca.


Durante los primeros días tras la visita al chamán, Luna experimentó una falsa sensación de triunfo. El "amarre" parecía estar funcionando, pero no por arte de magia, sino por pura culpa y tensión acumulada.

Leo estaba raro. Ya no sonreía tanto en el concesionario, andaba esquivo, con la mirada perdida y una ansiedad flotante que lo hacía morderse las uñas hasta hacerse sangre. Cuando Luna se le acercaba en la oficina, él daba un pequeño respingo, como si lo hubieran pillado cometiendo un crimen.

—¿Te pasa algo, Leo? Te noto distante —le dijo ella un martes, fingiendo inocencia mientras le dejaba una taza de café en su mesa.

—No sé... No duermo bien, Luna —confesó él, pasándose una mano por la cara—. Tengo una presión aquí, en el pecho. Y por las noches... no dejo de dar vueltas. Siento que... no sé, que todo se me viene encima. Valencia, el trabajo... tú.

Luna sintió un subidón de poder oscuro en el estómago. Pensó que el Chamán Abassi realmente tenía canales con el más allá, que la mente de Leo estaba siendo doblegada para no marcharse de Oviedo. Lo que Luna no calculaba era que la paranoia de Leo se debía a que Eva le estaba presionando para que tomara una decisión, y él se sentía acorralado entre su amante, su familia y la culpa.

El oasis de control se rompió el jueves por la mañana.

Luna estaba sola en la pecera del concesionario cuando su móvil personal vibró sobre la mesa. Un número oculto.

—¿Sí? —respondió ella, bajando la voz por instinto.

—Luna... —la voz pastosa, arrastrada y fría del chamán al otro lado de la línea hizo que se le erizara el vello de los brazos—. Los santos están inquietos. El trabajo para retener a tu marido es más pesado de lo que pensábamos. Hay una fuerza muy limpia que intenta llevárselo. Una mujer.

A Luna se le cortó la respiración. Miró de reojo hacia la exposición de coches, asegurándose de que Leo estuviera lejos.

—¿Qué quieres decir? El dinero que te di...

—El dinero de la otra vez solo abrió la puerta, Luna. Pero para sellar el amarre definitivo, para que no firme ese traslado a Valencia y se quede de rodillas a tus pies, necesito hacer un sacrificio de velón negro y tierra de camposanto. Son mil doscientos euros más. Los necesito esta tarde.

Luna sintió un mareo. ¿Mil doscientos euros?

—No puedo... no tengo ese dinero en efectivo ahora mismo. Ya saqué de la cuenta común y Leo va a empezar a notar los descuadres en los extractos. Por favor, dame más tiempo, tú dijiste que con lo primero bastaría...

La voz del chamán cambió. La falsa calidez espiritual desapareció por completo, dejando paso a un tono afilado, criminal y directo.

—Escúchame bien, Luna. A mí no me lloras. Tú viniste a buscarme para amarrar a un hombre contra su voluntad. Eso se paga. Y si el dinero no está en mis manos antes de que caiga el sol... bueno, tengo el número del concesionario. Puedo llamar a tu maridito, a ese tal Leo, y explicarle detalladamente qué clase de porquerías me encargó su mujer para tenerlo embrujado como a un perro. ¿Te imaginas cómo te va a mirar cuando sepa que juegas con su cabeza? Te va a pedir la separación antes de cenar.

El mundo de Luna se vino abajo. El suelo pareció abrirse bajo sus pies. No había magia, no había chamanismo; lo que había era un extorsionador profesional que la tenía cogida por el cuello.

Aquella tarde, Luna cometió su primer delito menor. Desesperada, aprovechó que era la encargada de cerrar la caja del día en el concesionario. Manipuló las facturas de dos cambios de neumáticos y un mantenimiento de filtros, apartando ochocientos euros en efectivo de las ganancias semanales del negocio y poniendo el resto de sus ahorros personales. Sabía que si el jefe de administración hacía una auditoría a final de mes, el agujero saltaría a la vista. Pero el pánico al chantaje era mayor que el miedo a ser despedida.

Volvió al portal número 4 del casco antiguo, temblando bajo el orballo de Oviedo.

El chamán la recibió con la misma sonrisa de serpiente. Agarró el sobre con el dinero, lo contó con dedos sucios y rápidos ante la mirada humillada de Luna, y luego la miró fijamente.

—Bien, Luna. Esto mantendrá a los espíritus calmados... por ahora —dijo, guardando el fajo en el cajón de su mesa—. Pero recuerda una cosa: el amor de un hombre como Leo cuesta mucho de mantener. No me quites el ojo de encima, porque yo tampoco te lo voy a quitar a ti.

Luna salió a la calle con ganas de vomitar. Ya no solo tenía miedo de perder a su marido por culpa de Eva; ahora estaba atrapada en una red de mentiras, robando en su propio trabajo y amenazada por un monstruo que sabía perfectamente dónde vivía, dónde trabajaba y cuál era su punto más débil. El "amarre" se había convertido en una soga alrededor de su propio cuello.


El fin de semana pasó como un borrón de ansiedad. Cada vez que el móvil de Luna vibraba, el corazón le daba un vuelco tan violento que sentía náuseas. El domingo por la tarde, mientras Izan y Jana veían una serie en el salón y Leo ojeaba unos catálogos de la delegación de Valencia en la cocina, llegó el mensaje que Luna tanto temía.

No era una llamada. Era un mensaje de texto desde el número oculto del chamán:

"El velón negro se ha consumido rápido, Luna. Tu hombre tiene la mente muy fuerte y la madrileña sigue tirando de él. Necesito otros dos mil euros para el cierre definitivo. Y no me digas que no tienes. He visto fotos de tus hijos, Izan y Jana. Qué guapos son. Sería una lástima que se enteraran en el instituto de que su madre es una bruja desquiciada que intenta envenenar la mente de su padre. Mañana a las doce en mi portal, o les llega un bonito audio explicándolo todo a sus perfiles de Instagram".

Luna dejó caer el teléfono sobre la cama, cubriéndose la boca para no gritar. El aire no le entraba en los pulmones. El monstruo ya no solo amenazaba con destruir su matrimonio; ahora iba a por sus hijos, a por su respeto, a por su cordura. Dos mil euros. Era una cantidad imposible de sacar de sus cuentas personales sin alertar a Hacienda o a Leo.

La única opción, la vía suicida, era volver a meter la mano en la caja del concesionario.

El lunes por la mañana en el concesionario de Oviedo se respiraba un ambiente espeso. El cielo exterior era de un gris plomo que casi obligaba a encender las luces de la exposición a las diez de la mañana. Luna estaba en la pecera, con los dedos helados sobre el teclado, esperando el momento en que Leo saliera a probar un coche con un cliente para poder acceder a la caja fuerte pequeña de la administración.

Pero el destino se le adelantó.

A las once y media, la puerta del despacho de administración se abrió de golpe. No fue el gerente quien entró, sino Leo. Su rostro, habitualmente risueño y zalamero, estaba pálido, rígido, con las mandíbulas tan apretadas que se le marcaban los tendones del cuello. En la mano llevaba un fajo de listados de contabilidad impresos.

Cerró la puerta de la pecera tras de sí con un clic que a Luna le sonó como el cerrojo de una celda.

—Luna —dijo él, y su voz no era de enfado, sino de una frialdad absoluta que la dejó paralizada—. ¿Qué es esto?

Dejó los papeles sobre la mesa, justo encima de las facturas que ella intentaba cuadrar. Con el dedo índice, Leo señaló tres líneas subrayadas en fosforito amarillo.

—He estado revisando los cierres de caja de la semana pasada con el contable porque el gerente me ha pedido el balance para el traslado de Valencia. Faltan ochocientos euros en efectivo del jueves. Y las facturas de los talleres de neumáticos no cuadran con el stock de almacén.

Luna sintió que la sangre se le retiraba de la cabeza. Los oídos le empezaron a pitar.

—Leo... yo... habrá sido un error informático, el programa nuevo a veces duplica las...

—No me mientas, Luna. Por lo que más quieras, no me mientas más —la cortó él, bajando la voz, pero con una intensidad que temblaba—. El contable dice que el descuadre se hizo desde tu usuario y tu clave de acceso. El jueves a última hora. Justo el día que saliste corriendo del baño tras ver a Eva.

Leo se inclinó sobre la mesa, mirándola fijamente a los ojos. Había dolor en su mirada, pero también una decepción profunda.

—¿En qué te lo has gastado, Luna? ¿Qué está pasando contigo? Llevas semanas como una loca, mirándome como si fuera un criminal, escondiendo el teléfono, sin dormir... ¿Tienes una deuda? ¿Me estás ocultando algo? Dime la verdad, porque el gerente ya está hablando de interponer una denuncia por desfalco a la empresa si el dinero no aparece antes de las dos de la tarde.

Luna miró el reloj de la pared del despacho. Eran las once y cuarenta. En veinte minutos expiraba el plazo del chamán para no enviar los mensajes a Izan y Jana. Y en dos horas, su propio marido la vería salir del concesionario escoltada por la policía si no confesaba.

El muro de mentiras, celos, brujería de pacotilla y desesperación que Luna había construido a su alrededor se estaba desmoronando, y la iba a aplastar viva.


Luna miró el reloj. Once y cuarenta y cinco. El pánico le nubló el juicio, obligándola a jugar su última carta desesperada. Se levantó de la silla, apartando a Leo de un empujón.

—¡Ha sido mi hermano! —mintió, con la voz rota y los ojos desorbitados—. Ha vuelto a meterse en líos de juego, Leo. Me amenazaron con hacerle daño y tuve que coger el dinero de la caja. Tengo que ir a pagarlo ahora mismo o lo matan. ¡Déjame salir!

Sin esperar respuesta, agarró su bolso, salió corriendo de la pecera ante la mirada atónita de los mecánicos y se lanzó a la calle bajo la lluvia de Oviedo. Corrió sin mirar atrás hasta el portal número 4 del casco antiguo. Subió los escalones de piedra de tres en tres y aporreó la puerta del Chamán Abassi.

Cuando el hombre abrió, Luna entró como un torbellino, desesperada, exigiéndole que le devolviera el dinero, gritándole que la policía estaba de camino y que lo iba a denunciar. Pero el chamán ni se inmutó. La miró con una frialdad corporativa, se cruzó de brazos y soltó una carcajada seca.

—¿Denunciarme? ¿Por qué, Luna? ¿Por estafa? Tú me diste el dinero voluntariamente por unos servicios espirituales. Si vas a la policía, los primeros que se enterarán de tus "amarres" serán tu marido y el juez. Lárgate de aquí antes de que llame yo a las autoridades por allanamiento.

Luna se quedó helada. No había conseguido nada. La mentira del hermano no sostendría el desfalco del concesionario y el chantajista seguía teniendo el control. Destrozada, calada hasta los huesos por la lluvia y con los zapatos rotos, regresó arrastrando los pies al concesionario. Sabía que la función había terminado.

Al entrar de nuevo en la pecera, Leo seguía allí, esperándola con los brazos cruzados y una expresión de piedra. Luna cerró la puerta, se dejó caer de rodillas en el suelo del despacho y, entre sollozos incontrolables, se derrumbó por completo. Confesó todo. Confesó los celos enfermizos, la visita al baño, el miedo a envejecer, el número del Chamán Abassi, el dinero robado para el amarre y el chantaje posterior que amenazaba a Izan y a Jana.

Cuando terminó, el silencio en el despacho era tan denso que se podía cortar. Luna levantó la mirada, esperando ver ira, tal vez compasión. Pero solo vio desprecio puro.

Leo soltó una carcajada limpia, ruidosa y genuina, pero llena de una amargura insoportable.

—Tú eres gilipollas, Luna —dijo Leo, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. ¿De verdad pensabas que me estaba tirando a esa rubia espectacular de Madrid? ¿Sabes quién es Eva? Le he vendido uno de los coches más caros del concesionario, el descapotable de la exposición. Es una escort de lujo que se ha mudado aquí porque la mantiene un político muy gordo de la región. Todo Oviedo lo sabe en el sector. Lo único que yo quería de ella era la comisión histórica que me va a pagar el concesionario por la venta. ¡Era trabajo!

Leo dio un paso atrás, mirándola como si fuera una desconocida.

—Pero mira, en el fondo tengo que darte las gracias. Gracias por romper lo nuestro de una vez por todas. Esta vez sí que me voy a Valencia. Mañana mismo hablaré con mi abogado, ve buscándote tú uno. Y al chamán ese... le dices de mi parte que se busque a otra pardilla, porque a mí no me va a sacar ni un euro.


Dos semanas después, la cocina de la casa volvía a estar sumida en el silencio gris de Oviedo, pero esta vez era un silencio definitivo. Las maletas de Leo ya no estaban en el pasillo. Se había marchado a Valencia el día anterior. La denuncia del concesionario se había retirado porque Luna tuvo que pedir un préstamo personal a su nombre, con unos intereses altísimos, para devolver hasta el último céntimo robado.

Izan y Jana estaban sentados a la mesa, mirando sus platos de comida sin tocarlos. Ya no miraban los móviles. El ambiente de la casa se había vuelto plomizo. Sabían lo del divorcio, aunque Luna les había ocultado los detalles más oscuros del chamán.

Luna, con los ojos hinchados y el rostro envejecido diez años en dos semanas, intentó esbozar una sonrisa rota mientras les servía la cena.

—Perdonadme, chicos... —susurró con lágrimas en los ojos, apretando el trapo de cocina contra su pecho—. Siento mucho... haber destrozado esto. De verdad.

Jana levantó la vista. Su rostro adolescente ya no mostraba rebeldía, solo un asombro triste y desubicado.

—¿Y ahora qué, mamá? —preguntó la niña con la voz temblorosa—. ¿Qué va a ser de nosotros?

Luna no supo qué responder. Miró por la ventana la lluvia constante de Oviedo. El amarre no había retenido a Leo, pero la había encadenado a ella a una deuda económica, a una casa vacía y al peso de saber que el peor enemigo de su matrimonio nunca estuvo fuera, sino en el espejo de su propio baño.

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