El Tratado de las Distancias
Prólogo
Vivimos en la era de la prisa. En pleno 2026, el mundo parece girar al ritmo de un dedo que desliza pantallas: un segundo para juzgar un rostro, un minuto para descartar una vida, un clic para simular compañía. Nos han vendido que el amor es un chispazo fortuito, un evento juvenil que ocurre por azar si se configura bien el perfil adecuado. Pero el amor, como bien sabía Erich Fromm, nunca fue un accidente; es un arte. Y como toda disciplina artística, requiere paciencia, técnica, artesanía y, sobre todo, la voluntad de aprender a mirar al otro.
¿Pero qué ocurre cuando ese aprendizaje llega tarde? ¿Qué pasa cuando los pinceles se toman a los sesenta y tantos años, con el lienzo de la vida ya cuarteado por los desengaños, el orgullo herido, la soledad de las tardes de verano y las manías incorregibles del que lleva una eternidad durmiendo solo?
A esa edad, amar ya no es construir un futuro desde cero, sino encajar dos pasados que pesan demasiado. No es fundirse en un solo ser, sino aprender a convivir sin invadir el territorio del otro.
Esta es la historia de Rafael y Montserrat. Un exmilitar cordobés y una cajera jubilada de Barcelona. Dos mundos distantes, separados por mil kilómetros de vía ferroviaria y un abismo de diferencias políticas, culturales y geográficas. Dos almas que, empujadas por el silencio ensordecedor de sus casas, decidieron asomarse a la ventana digital de la modernidad.
Las páginas que siguen no hablan de un romance de película, sino de una negociación de paz. Es el retrato de cómo dos personas mayores, en un mundo que a menudo los vuelve invisibles, descubren que el verdadero "arte de amar" en el siglo XXI no consiste en cambiar por el otro, sino en tener la madurez suficiente para diseñar un amor a la medida de sus propias cicatrices.
El Tratado de las Distancias
El arte de amar en los tiempos del algoritmo y las cicatrices
Rafael sudaba a las cuatro de la tarde en su piso cercano al parque Cruz Conde. El ventilador de techo solo movía el aire caliente de Córdoba. Aburrido, miraba la pantalla del móvil. A su lado, su sobrino Javi, de 28 años, ejercía de instructor de vuelo en un territorio hostil: Tinder.
—A ver, tito, que eres exmilitar, ¡un poco de estrategia! —decía Javi desesperado—. No puedes poner en tu perfil: "Hombre formal, exmilitar, busco mujer para pasear porque me aburro solo". Eso suena a que buscas una cuidadora.
—¿Y qué quieres que ponga, niño? Si es la verdad. Estoy harto de viajar solo y ver a los demás emparejados. Se me cae la casa encima.
—Pon algo más sugerente, tito. Por ejemplo: "Cordobés con ganas de descubrir nuevos horizontes. Me gusta el senderismo, viajar y una buena conversación". Y en los chats, prohibido decir "hola guapa" a la primera. Tienes que preguntar por sus gustos, escuchar. El arte de ligar ahora es el arte de la atención.
—A mis 68 años tener que aprender a hablar otra vez... —refunfuñó Rafael, aunque guardó el consejo.
A mil kilómetros de allí, en Nou Barris, Montserrat miraba la misma aplicación con recelo. Su piso obrero era fresco, pero su vida se había vuelto fría desde que Manel la dejó por una cubana más joven. El orgullo herido y los chismes del barrio la habían encerrado. Sus hijos apenas llamaban. "Al menos tendré compañía, aunque sea detrás de una pantalla", se dijo, recordando sus años en la caja del supermercado, donde hablar con la gente era lo mejor de su día. En su perfil puso: "Montserrat, 65 años. De Barcelona. Me gusta la lectura y la tranquilidad. Solo gente respetuosa".
El algoritmo, que no entiende de política pero sí de soledad, los cruzó. Rafael vio la foto de Montserrat: una mirada digna y algo triste. Le dio a la derecha. Ella vio a un hombre de mirada firme y pulcro. Aceptó.
Los primeros días fueron de tanteo. Rafael aplicaba la "técnica Javi": preguntar y escuchar. Pero pronto, la realidad de sus identidades brotó en el chat.
Rafael: Aquí en Córdoba no se puede salir del calor. Qué suerte tú en Barcelona, aunque allí la cosa está revuelta con la política, ¿no?
Montserrat: Aquí la vida es tranquila si se respeta a la gente. Yo soy nacionalista, siempre lo he sido. Queremos gestionar lo nuestro.
Rafael: Vaya, hombre. Con lo bonita que es España entera. Como sigas así me voy a volver yo independentista para no cruzar el Ebro, jajaja.
Montserrat: No tiene gracia, Rafael. Es nuestra cultura.
Rafael: Escucha, Montserrat, no te enfades. Si vieras mundo se te pasaría la tontería esa. Te lo digo yo que he estado destinado en media España. Hay buena gente en todos lados.
Montserrat: ¿Tontería? Llevo trabajando desde los 16 años en este barrio, cobro una pensión mínima y he visto cambiar mi ciudad. No es ninguna tontería. Quizás el que no ha visto mi mundo eres tú.
Hubo tres días de silencio. Rafael estuvo a punto de borrar la aplicación, pero la soledad de las tardes cordobesas pesaba más. Recordó lo que leyó una vez sobre "el arte de amar": el respeto es ver al otro tal como es, no como queremos que sea. Le escribió.
Rafael: Montserrat, perdona. Tienes razón, fui un bocazas. Mi profesión me hace ver las cosas de una manera, pero quiero conocer la tuya. Cuéntame de tu barrio.
Ese mensaje cambió todo. Montserrat, acostumbrada a la soberbia de su exmarido, valoró la rectificación de ese andaluz testarudo. Empezaron a hablar de sus vidas, de la traición de Manel, de los viajes en solitario de Rafael, de la pensión mínima y del miedo a dormir acompañados después de tantos años de camas vacías.
Tras tres meses de videollamadas, Rafael tomó el mando. "Montserrat, esto de la pantalla ya no me basta. Voy a sacar un billete de AVE. Mitad de camino: Madrid. Yo pago el hotel, habitaciones separadas. Solo quiero pasear contigo". Ella, venciendo el miedo al "qué dirán" y sus propias limitaciones económicas, aceptó. Rafael insistió en que era su invitada; a él le sobraba pensión y le faltaban motivos para gastarla.
Se vieron en la estación de Atocha. Ella llevaba un vestido sencillo y el pelo bien arreglado. Él, una camisa planchada y andar recto de militar. El primer abrazo fue tenso, pero al mirarse a los ojos, reconocieron la misma soledad.
Pasaron tres días maravillosos. Pasearon por el Retiro, tomaron café y cenaron sin prisa. No hubo política, hubo humanidad. Rafael descubrió que le encantaba escuchar el acento catalán de Montserrat, y ella descubrió que la caballerosidad de Rafael no era una fachada, sino un cuidado genuino.
El último día, en la habitación de hotel de ella, ocurrió el primer beso. Un beso lento, maduro, con el peso de los años y las decepciones, pero con la ternura de los que empiezan.
Decidieron intentarlo. Pasaron el otoño alternando dos semanas en Córdoba y dos en Barcelona. Y ahí empezaron los verdaderos problemas del "arte de amar".
Vivir solo a los 20 años es fácil; a los 60 y tantos, es casi imposible cambiar las manías.
En Córdoba, Montserrat se ahogaba con el costumbrismo de los amigos exmilitares de Rafael. En Barcelona, Rafael se sentía incómodo cuando los amigos de Nou Barris de Montserrat hablaban solo en catalán en las reuniones, sintiéndose el "españolista" del grupo.
La convivencia en el pequeño piso de Nou Barris fue el detonante:
Rafael: Montserrat, por Dios, es que en esta casa no se puede poner las noticias de la televisión nacional sin que pongas mala cara. Parece que estoy en territorio comanche.
Montserrat: Es mi casa, Rafael. Y tú entras aquí queriendo mandar como si esto fuera un cuartel. Llevas quince años durmiendo solo y se nota: no dejas espacio en el armario, protestas por cómo cocino el arroz y te molesta que hable con mis nietos en mi lengua.
Rafael: ¡No me molesta la lengua, me molesta que me dejes al margen! Y sí, tengo mis costumbres. No sé si puedo adaptarme a dormir con alguien que ronca de lado y que se levanta a las seis de la mañana a limpiar.
Montserrat: Pues limpia tú, que eres el militar. Sabía que esto era inviable. Somos agua y aceite. España y Cataluña, andaluz y catalana... no funcionamos.
Esa noche, Rafael durmió en el sofá. Al día siguiente, cogió el AVE de vuelta a Córdoba. Parecía el final.
Pasó un mes. Rafael volvió a sus paseos por Cruz Conde. El silencio de su piso ya no era pacífico, era un vacío ensordecedor. Extrañaba la risa de Montserrat y su dignidad. Montserrat, en Barcelona, salía a andar otra vez (gracias a Rafael había perdido la vergüenza del barrio), pero se descubría mirando el móvil cada cinco minutos.
Una noche, Rafael la llamó por videollamada.
—Montserrat. No sé vivir contigo —dijo él, directo—. Tienes demasiadas manías y eres más terca que una mula legítima de mi tierra.
—Mírate tú, cordobés, que eres un sargento —respondió ella, pero con una sonrisa triste.
—Pero resulta —continuó Rafael, aclarándose la garganta— que tampoco quiero vivir sin ti. He estado pensando en lo que dice tu televisión y la mía. ¿Y si inventamos nuestro propio tratado de paz?
—¿Qué propones, Rafael?
—Propongo que el amor a nuestra edad no es casarse ni meterse en el mismo piso a asfixiarse. Tú tienes tu piso y tu vida en Nou Barris; yo tengo mi Cruz Conde y mis paseos. Propongo que seamos pareja, pero mantengamos las distancias que protegen nuestra paz. Viajemos juntos. Pasa quince días conmigo en Córdoba y yo quince contigo allí, pero cuando estemos saturados, cada uno a su cuartel general. Nos queremos, nos cuidamos, nos hacemos compañía... pero respetando que ya estamos hechos como árboles viejos que no se pueden trasplantar.
Montserrat se quedó callada unos segundos. Miró su piso, miró la pantalla y sintió que un peso inmenso se le quitaba de encima. Practicar el amor en 2026, para ellos, no era seguir el manual de los jóvenes de Tinder, ni el de sus padres del matrimonio para siempre. Era diseñar un amor a la medida de sus cicatrices.
—De acuerdo, sargento —dijo Montserrat—. Pero la próxima vez, el arroz lo hago yo a mi manera.
—A sus órdenes, jefa —sonrió Rafael.
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