EL VIAJE DEL COFRE LACRADO
PRÓLOGO
Dos meses antes del desembarco en Sevilla.
Palacio Real de Madrid.
La noche caía pesada sobre la Villa y Corte, pero en uno de los despachos más oscuros del Alcázar de Madrid, la luz de una vela de cera de abejas seguía encendida. Un hombre vestido con ricas sedas negras y el emblema oculto de una de las casas más poderosas de Andalucía repasaba una carta recién llegada de los puertos del Nuevo Mundo.
Las líneas, escritas con premura y caligrafía nerviosa, confirmaban sus peores temores: «Maese Fray Alonso de Villasegura ha descubierto los legajos ocultos en el archivo de Veracruz. Lleva consigo las cartas firmadas que os incriminan en el contrabando de plata y los mapas de la armada secreta. Si ese cofre llega a manos del Rey, vuestro linaje será borrado de la historia de España».
El noble dobló el papel con dedos temblorosos por la rabia. Miró por el ventanal hacia la oscuridad de la noche castellana. Fray Alonso era un hombre de Dios, un archivero meticuloso y un súbdito incorruptible de la Corona. No aceptaría oro, ni cedería ante amenazas.
—Que se envíen emisarios a Sevilla —ordenó el noble a la sombra que aguardaba junto a la puerta—. Que vigilen los muelles. En cuanto la nave de Indias toque tierra, ese cofre debe desaparecer. No me importa cuánta sangre cueste en el Camino Real, pero ese fraile jamás debe pisar Madrid.
A miles de leguas de allí, ajeno a las órdenes que sellaban su destino, Fray Alonso de Villasegura contemplaba el oleaje del Atlántico desde la cubierta de un galeón, apretando un cofre de caoba contra su pecho y rezando por llegar con vida a las costas de España. No sabía que el viaje que estaba a punto de emprender no solo decidiría el futuro de un Imperio, sino el de dos muchachos que aún dormían bajo el cielo de Sevilla, ajenos a que el barro de la calle y el acero de la nobleza estaban a punto de cruzarse en el camino.
EL VIAJE DEL COFRE LACRADO
Crónica de tres almas y una traición en el Camino Real
El Guadalquivir respiraba hondo aquella mañana de primavera, exhalando un vaho espeso que olía a lodo, a brea y a azahar. La nave de Indias, pesada y cansada tras meses de cruzar el océano, amarraba por fin en los muelles de Sevilla entre el griterío ensordecedor de los marineros, el crujir de las poleas y el lamento de las gaviotas.
De entre el gentío del muelle descendió un hombre de hábito oscuro, rostro curtido por los vientos del Caribe y mirada tan clara como el agua de un pozo. Era Maese Fray Alonso de Villasegura, archivero real. Sus ropas, pulcramente remendadas, aún guardaban la arena de puertos lejanos donde nadie sabía pronunciar su nombre. Bajo el brazo izquierdo, apretado contra el pecho como si le fuera la vida en ello, cargaba un cofre de madera de caoba, sellado con un grueso lacre rojo con las armas de la Corona. En su interior reposaban mapas, testimonios y cartas de navegación que debían ser entregados en mano en la corte de Madrid. Papeles capaces de encender imperios o de hundir linajes.
Al pie de la pasarela aguardaba un joven alto, pulcro, cuyo jubón de seda oscura delataba un origen noble pero sin excesos. Don Íñigo de Valcárcel se mantenía erguido, conteniendo el aliento ante el caos del puerto. Su familia, una casa principal de Castilla, lo había enviado allí para instruirse junto al fraile; querían que aprendiera del mundo real, aquel que no venía en los libros de latín.
—A vuestro servicio, Maese —saludó Íñigo, inclinando la cabeza con una cortesía impecable, aunque sus ojos no pudieron evitar fijarse en el misterioso cofre.
—A mi lado aprenderéis a mirar antes que a hablar, don Íñigo —respondió el clérigo. Su voz era firme, templada en la paciencia de los archivos y los altares—. El mundo que nos espera más allá de estas murallas no se rige por la etiqueta de palacio. ¿Está lista la carreta?
—Espera en la plaza del Altozano, padre. Cruzando el puente.
—Bien. Pongámonos en marcha. El Rey no espera, y los secretos tampoco.
Cruzar el puente de barcas hacia Triana era abandonar la Sevilla monumental y sumergirse en una babilonia de alfareros, gitanos, buscavidas y marineros de fortuna. El bullicio de las carretas y los gritos de los vendedores ambulantes formaban un muro de sonido casi impenetrable.
Fue justo allí, donde el puente se unía a las orillas de Triana, donde el orden del viaje saltó por los aires.
Un chiquillo moreno, delgado y flexible como un junco, zigzagueaba entre los puestos de fruta con la velocidad de un gamo. Martín, vecino de Triana y huérfano desde que tenía uso de razón, corría con el corazón en un puño. No huía esta vez del alguacil gordo por una rosquilla; corría de algo peor. Detrás de él, apartando a empujones a los transeúntes, dos hombres de caras rajadas y capas raídas —rufianes de la peor ralea de las mancebías— le pisaban los talones. Martín llevaba un hatillo apretado contra el pecho. Les había robado algo que no debía, o quizá simplemente se había negado a hacer un trabajo sucio para ellos.
Buscando una escapatoria, el muchacho miró hacia atrás, calculó mal el paso y se estrelló de lleno contra el recio hábito de Fray Alonso.
El impacto lanzó el hatillo de Martín por los suelos, desparramando un pedazo de pan duro y unos arenques. El chico rodó como un gato, pero antes de que pudiera levantarse, el fraile lo sujetó firmemente por el brazo. No con violencia, sino con una autoridad que dejó al pícaro clavado en el sitio.
—¡Por todos los santos, muchacho! —exclamó Fray Alonso, midiéndolo con los ojos—. ¿Es que llevas al mismísimo demonio detrás?
—¡S-suélteme, padre! ¡Que me va la vida! —balbuceó Martín, con los ojos negros desorbitados por el miedo, mirando hacia los dos matones que ya cercaban la posición.
Íñigo, escandalizado por el atropello, dio un paso al frente interponiéndose entre el fraile y los recién llegados, desenvainando instintivamente la pequeña daga de parada que llevaba al cinto. Su educación le dictaba proteger al clérigo, aunque las piernas le temblaran como gelatina.
Los dos rufianes se detuvieron al ver el porte noble de Íñigo y, sobre todo, el hábito del fraile, respetado incluso en los bajos fondos.
—Ese bicho nos ha sisado, monje —masculló el más alto, escupiendo al suelo—. Entréganos al Trianero y aquí no ha pasado nada.
Fray Alonso miró al suelo. Vio los arenques robados, vio el miedo real en los ojos de Martín —un miedo que había visto demasiadas veces en los puertos de Veracruz en niños que aprendían a sobrevivir antes que a rezar— y luego miró a los matones. El clérigo metió la mano libre en su escarcela, sacó una moneda de plata que brilló al sol de la mañana y la arrojó a los pies de los hombres.
—La deuda está pagada. Largo de mi vista antes de que llame a la guardia de la Santa Hermandad —dijo Fray Alonso, con una solemnidad que hizo retroceder a los delincuentes. Los hombres recogieron la moneda y se retiraron refunfuñando entre la multitud.
Martín se quedó de rodillas, jadeando, sin entender por qué un fraile de la Corona y un noble estirado le habían salvado la piel. Íñigo guardó la daga, mirando al chico con una mezcla de superioridad y curiosidad.
—¿Cómo te llamas, mozo? —preguntó Fray Alonso, soltándole por fin el brazo.
—Martín, señor… Martín el Trianero —susurró el chico, tragando saliva y recogiendo sus arenques del suelo.
El fraile miró el horizonte, hacia el camino que se abría hacia el norte, y luego miró la carreta que los esperaba. El cofre seguía seguro bajo su brazo.
—Bien, Martín. Has sido lo bastante rápido como para no dejarte matar, y mi joven pupilo necesita aprender que el mundo no es un salón de cortesía. Te vendrás con nosotros.
—¿Cómo? —saltaron Íñigo y Martín al mismo tiempo.
—¿Yo con ustedes? —añadió el pícaro—. ¿A dónde?
—A Madrid —sentenció Fray Alonso, echándose a andar—. Y veremos si en el camino aprendemos a hacer de ti un hombre de bien, o si tú nos enseñas a nosotros a sobrevivir a las sombras de este reino.
Íñigo miró al cielo, presintiendo que aquel muchacho andrajoso sería un dolor de cabeza constante. Martín, por su parte, miró la carreta con ojos de quien ve un barco pirata a punto de zarpar hacia lo desconocido. El viaje acababa de empezar.
El viaje a pie y carreta por los campos de Andalucía era un suplicio de polvo y sol que aplastaba los ánimos del más templado. Hacía dos días que habían dejado atrás los campos de olivos de Jaén y el paisaje se volvía más árido, anunciando la cercanía de las temidas gargantas de Sierra Morena.
La convivencia a bordo de la carreta era... tensa. Don Íñigo viajaba erguido, esforzándose por mantener la compostura de un Valcárcel a pesar del sudor que le corría por el cuello. A su lado, Martín no paraba quieto; tan pronto colgaba las piernas por el guardabarros como intentaba adivinar, mediante sutiles golpecitos con el nudillo, qué clase de madera y qué grosor tenía el cofre lacrado que Fray Alonso jamás soltaba.
—Si vuelves a poner tus dedos de sastre en el cofre del Maese, te juro por mi honor que te los ato a la trasera de la rueda —masculló Íñigo, harto del traqueteo y del chico.
Martín le dedicó una sonrisa descarada, de esas que enseñaban los dientes.
—¡Válgame, don Limpito! Que solo miraba el sello. Ese color colorao me recuerda a las sandías de Triana. Además, un cofre tan pesado en este camino es como llevar un farol encendido de noche: llama a las polillas. Y las polillas de estos cerros llevan puñales de palmo.
—Silencio los dos —dictó Fray Alonso desde el pescante, sin volverse. Su voz de trueno apagó la disputa—. Se acerca la noche y el cielo amenaza tormenta. Pararemos en la Venta de la Cruz.
La venta era un caserón de piedra basta, pegado al camino, que apestaba a estiércol, guiso de carnero rancio y vino barato. Era el refugio de arrieros, tratantes de ganado y gente de mal asiento. Al entrar el trío, el murmullo de la sala principal cesó por un instante. Un fraile con un cofre real y un joven caballero de buena cuna no eran clientes habituales.
Sentados a una mesa coja, bajo la titilante luz de un candil de sebo, Fray Alonso bendijo la magra cena. Íñigo apenas tocó el guiso, mirando con asco el plato de barro. Martín, en cambio, devoraba como si no hubiera un mañana, pero sus ojos negros no dejaban de escanear la sala.
—Maese —susurró Martín, inclinándose sobre la mesa y bajando la voz—, no miren ahora, pero los tres hombres del rincón, los que juegan a los dados... no son arrieros.
Íñigo hizo ademán de girarse, pero Martín le propinó un sutil pero firme puntapié por debajo de la mesa.
—¡No mires, pasmarote! —ceceó el pícaro—. Tienen las manos demasiado limpias para andar con mulas y llevan las capas cortas, de las que facilitan desenvainar. No le quitan el ojo a vuestro paquete, padre.
Fray Alonso acarició la madera del cofre, oculta a medias bajo su hábito.
—La codicia es una mala consejera en el Camino Real, Martín.
—La codicia corta pescuezos, Maese —replicó Martín, perdiendo por un segundo su tono burlón. Su instinto de la calle olía el peligro a una legua—. Saben quién es usted. O al menos, saben lo que lleva.
A medianoche, la tormenta estalló sobre Sierra Morena. Los truenos retumbaban en los tejados de la venta como cañonazos. En el pequeño jergón del piso de arriba, asignado a los viajeros, nadie dormía.
Un crujido leve en la madera del pasillo alertó a Martín. El chico, acostumbrado a dormir con un ojo abierto en los portales de Sevilla, se incorporó sin hacer el menor ruido. Vio una sombra deslizarse por debajo de la puerta. Alguien estaba manipulando el cerrojo desde fuera con un alambre.
Martín gateó hacia donde dormía Íñigo y le tapó la boca con la mano antes de que el noble gritara.
—Chitón —le susurró al oído—. Ya están aquí. Desenvaina esa aguja tuya.
Íñigo, con el corazón desbocado, asintió y sacó la daga. Al mirar hacia el rincón de Fray Alonso, vio que el monje ya estaba de rodillas, sosteniendo el cofre contra su pecho, con una expresión de serenidad absoluta que infundía más respeto que cualquier espada.
La puerta se abrió con un quejido. Dos de los hombres de la taberna entraron con los rostros cubiertos por pañuelos y sendas navajas de Albacete brillando en la penumbra.
—El cofre, fraile. Entrégalo y vivirás para confesar a otros —siseó uno.
Íñigo, llevado por el impulso y el orgullo de su sangre, dio un paso al frente alzando la daga.
—¡Atrás, malandrines! ¡Soy Don Íñigo de Valcárcel y...!
El matón más grande soltó una carcajada y avanzó para rajar al noble, que se había quedado paralizado al ver la longitud de la navaja enemiga. Íñigo sabía esgrima de salón, pero no sabía cómo parar una puñalada trapera en un cuarto a oscuras.
Pero no contaban con Martín.
El Trianero no se enfrentó a ellos cara a cara. Agarró el pesado jergón de paja donde dormían, y con una agilidad pasmosa, lo empujó con las piernas con todas sus fuerzas contra las rodillas del primer asaltante. El hombre tropezó, perdiendo el equilibrio y cayendo de bruces contra el suelo.
—¡Ahora, hidalgo! ¡Dale con el pomo! —gritó Martín.
Íñigo reaccionó. En lugar de usar la punta, dejó caer el pesado pomo de hierro de su daga directamente sobre la nuca del hombre derribado, dejándolo inconsciente en el acto.
El segundo asaltante, viendo a su compañero en el suelo, arremetió contra Martín, pero el chico esquivó la cuchillada con una pirueta digna de un gato callejero y, cogiendo el candil de metal frío de la mesilla, se lo estampó en los dientes. El hombre retrocedió maldiciendo, con la boca sangrando, justo cuando Fray Alonso se levantaba.
El monje, que resultaba ser mucho más alto y robusto de lo que su hábito sugería, agarró una pesada banqueta de madera de encina y la plantó con fuerza contra el pecho del delincuente, empujándolo fuera de la habitación y rodando pasillo abajo.
La venta se despertó con el escándalo. El segundo asaltante, viendo el plan frustrado y a su compañero atrapado, huyó escaleras abajo perdiéndose en la noche de tormenta.
Cuando el ventero y los criados subieron con antorchas, el primer asaltante ya estaba atado de pies y manos con las cuerdas de la propia carreta, un nudo marinero cortesía de Martín.
Fray Alonso miró a los dos muchachos. Íñigo aún temblaba, con la daga en la mano, mirando sus ropas manchadas de la paja del colchón y el hollín del candil. Martín, con los nudillos pelados, respiraba agitado pero tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—Habéis estado bien, don Íñigo —dijo Martín, dándole un golpe amistoso en el hombro al noble—. Para ser un señorito de ciudad, tenéis buen brazo.
Íñigo miró a Martín. El desprecio que sentía hacia el pícaro se había evaporado. Si no hubiera sido por el jergón y la rapidez del chico, la navaja del delincuente le habría atravesado el jubón.
—Tú... tú tampoco lo has hecho mal, Trianero. Aunque tus artes sean poco ortodoxas.
—En la calle no hay orto... orto-cosas de esas, don Íñigo. Hay vivos y muertos —replicó Martín guiñándole un ojo.
Fray Alonso se acercó a ellos. Colocó una mano en el hombro de Íñigo y otra en el de Martín. El cofre real volvía a estar bajo su brazo, intacto, con el lacre rojo brillando bajo el fuego de las antorchas.
—Hoy habéis aprendido la lección más importante del Camino Real —dijo el clérigo con gravedad—. La fuerza sin astucia es inútil, e Íñigo lo ha comprobado. Pero la astucia sin un propósito noble es solo pillería, y Martín debe entenderlo. Os necesitáis el uno al resto si queremos llegar vivos a Madrid. Porque esto... —Fray Alonso dio un golpe suave sobre la madera del cofre— no eran simples ladrones de caminos. Sabían lo que buscaban. Alguien en Sevilla no quería que este cofre saliera de Andalucía.
Íñigo y Martín se miraron. El viaje ya no era una obligación para el noble ni una vía de escape para el pícaro. Ahora era una cuestión de supervivencia.
El paisaje cambió drásticamente en las jornadas siguientes. Los olivares y las llanuras andaluzas quedaron atrás, sepultados bajo un mar de rocas grises, desfiladeros angostos y pinos que arañaban un cielo plomizo. El Camino Real se estrechaba tanto en algunos tramos que las ruedas de la carreta chirriaban contra las paredes de piedra. A un lado, la roca; al otro, un abismo del que subía el rugido amortiguado del río.
—Dicen en mi barrio —comentó Martín, rompiendo el tenso silencio del mediodía mientras caminaba al lado de la mula para aliviar el peso del carro— que en Despeñaperros los bandoleros no te piden la bolsa; te tiran primero por el tajo y luego bajan a ver qué llevabas en los bolsillos.
—No seas agorero, Martín —replicó Íñigo, aunque instintivamente reajustó el tahalí de su espada. Sus ropas ya no estaban tan pulcras; el polvo del camino se había adueñado de sus botas y el sol le había encendido las mejillas. Había algo más maduro en su porte—. Dios y la Santa Hermandad protegen este paso.
—La Santa Hermandad tarda tres días en llegar a caballo, don Íñigo, y los muertos no tienen tanta paciencia —respondió el pícaro con una mueca.
Fray Alonso detuvo la carreta en un ensanchamiento del desfiladero, justo donde el camino hacía una curva cerrada sobre un puente de piedra medieval. El silencio en el paso era sepulcral, roto solo por el viento que silbaba entre las grietas.
—Apeaos —ordenó el fraile, bajando del pescante con el cofre bajo el brazo—. La mula está fatigada y el puente tiene las maderas gastadas. Cruzaremos a pie, uno a uno.
Fue Martín, con su instinto felino, el primero en notar que algo no encajaba. El viento trajo un olor que no era de pinos ni de tierra mojada. Era estiércol fresco de caballo. Demasiado fresco para un camino supuestamente despejado.
—¡Maese, atrás! —gritó el chico, saltando hacia el fraile.
No terminó de pronunciar la frase cuando una detonación de arcabuz atronó en el desfiladero. El disparo impactó de lleno en el suelo, levantando una nube de astillas y pólvora a escasos centímetros de los pies de Fray Alonso. La mula, asustada, relinchó violentamente y encabritó la carreta, bloqueando el puente.
De las rocas superiores descendieron cuatro hombres armados. No vestían los harapos de los asaltantes de la venta; llevaban cueras de ante, botas militares y sombreros de ala ancha calados hasta los ojos. Tipos disciplinados. Soldados de fortuna.
—Entregad el cofre de la Contratación, Villasegura —dijo el que parecía el líder, un hombre con una profunda cicatriz que le cruzaba la barba, apuntando directamente al pecho del clérigo con una pistola de pedernal—. No tenemos orden de matar a un hombre de Dios, pero si os interponéis, os enterraremos en este barranco.
Íñigo, esta vez sin vacilar, desenvainó la espada de acero toledano que le había regalado su padre. El miedo seguía ahí, pero el orgullo y la lealtad hacia el fraile pesaban más.
—¡Por Santiago y por el Rey! ¡Atrás, traidores! —bramó el joven noble, plantándose en guardia entre el líder de los mercenarios y Fray Alonso.
—Vaya, el cachorrito tiene dientes —se mofó el capitán de la banda, haciendo una seña a sus hombres para que los rodearan.
Fray Alonso miró a Martín de reojo. El pícaro, sabiendo que no tenía nada que hacer en un combate de acero contra espadas, ya se había deslizado cuerpo a tierra, camuflándose entre las ruedas de la carreta y las sombras de las rocas. El monje comprendió la jugada.
—Don Íñigo, mantened la línea —dijo Fray Alonso con una calma que helaba la sangre. Luego, dio un paso atrás, fingiendo tropezar con la madera del puente.
Al hacerlo, el fraile dejó caer el cofre lacrado. El pesado cajón de caoba rodó por el borde del puente de piedra, quedando atrapado en una repisa natural de la roca, tres metros por debajo del camino, justo al borde del precipicio.
—¡Imbécil! ¡Ha tirado el cofre! —gritó uno de los mercenarios, corriendo hacia el borde para mirar abajo.
Esa distracción fue la que Íñigo necesitaba. Con una estocada rápida y limpia, fruto de sus años de lecciones de esgrima, el noble atravesó el hombro del soldado que se había adelantado. El hombre soltó un alarido y cayó hacia atrás, soltando su arma.
El capitán, furioso, amartilló su pistola apuntando a Íñigo. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, una lluvia de piedras gruesas y certeras impactó de lleno en su rostro. Martín, agazapado en la pared del desfiladero como un lagarto, usaba su honda de pastor —la misma con la que cazaba gorriones en el río— con una precisión quirúrgica. Una piedra le rompió la nariz al capitán; otra le dio en la muñeca, haciendo que la pistola se disparara inútilmente hacia el cielo.
—¡Toma esa, cara de cuera! —chilló Martín, cargando otra piedra en la honda—. ¡En Triana tenemos mejor puntería!
Aprovechando el caos, Fray Alonso, demostrando una fuerza física asombrosa para su edad, arremetió contra el tercer mercenario, agarrándolo del jubón y estampándolo contra la pared de piedra del desfiladero, dejándolo sin respiración.
El capitán de los mercenarios, con el rostro cubierto de sangre y viendo que la "misión fácil" se había convertido en una carnicería, sopló un silbato para ordenar la retirada. Los tres hombres que quedaban en pie, cargando con el herido, treparon por las rocas con la rapidez de quienes conocen el terreno, perdiéndose entre los riscos de la sierra.
El desfiladero volvió a quedar en silencio, salvo por el jadeo de los tres viajeros.
Íñigo bajó la espada, con el pecho agitado y los ojos muy abiertos. Había herido a un hombre por primera vez en su vida. Martín bajó de las rocas dando un salto, con la honda aún entre los dedos, y corrió al borde del puente.
—¡El cofre, Maese! Está ahí abajo, atascado entre dos raíces. Si sopla el viento, se va al fondo del río —advirtió el chico.
Fray Alonso se asomó. La repisa era estrecha, inaccesible para un hombre de su envergadura o para el peso de Íñigo.
—Yo bajaré —dijo Martín sin pensarlo—. Soy el más ligero. Atadme una cuerda de la carreta a la cintura.
Íñigo ayudó a asegurar el nudo con manos firmes. Ya no veía a Martín como un estorbo, sino como su salvador.
—Ten cuidado, Trianero. Si te caes, no habrá rezos que te salven.
—Tranquilo, don Íñigo, que mala hierba nunca muere.
Martín se descolgó por el borde del puente. Sus pies buscaron apoyo en las grietas de la roca caliza hasta que llegó a la repisa. Agarró el cofre de caoba con ambas manos. Al moverlo, el impacto contra las rocas y el peso del golpe hicieron que la madera crujiera. El grueso lacre rojo, el sello real que lo protegía, se partió en dos con un chasquido nítido.
La tapa del cofre se abrió un palmo antes de que Martín pudiera evitarlo.
El chico miró instintivamente al interior antes de cerrarlo de golpe. Esperaba ver doblones de oro, joyas de las Indias o mapas con la ubicación de El Dorado. Pero lo que sus ojos negros vieron en esa fracción de segundo lo dejó helado.
No había oro. Había un fajo de cartas atadas con hilo de seda negra, un mapa detallado de la costa de Cádiz y una lista de nombres de grandes nobles de la corte de Madrid, marcada con extrañas anotaciones en los márgenes. Al final del cofre, destacaba una pequeña balanza de plata rota y un documento con el sello personal del mismísimo Virrey de la Nueva España.
—¡Martín! ¿Lo tienes? —gritó Íñigo desde arriba, tirando de la cuerda.
Martín tragó saliva, cerró la tapa con fuerza simulando que nada había pasado y gritó:
—¡Sí! ¡Tirad para arriba, que me entran sudores de ver el río!
Con el esfuerzo de Íñigo y el fraile, Martín subió al puente, abrazando el cofre. Fray Alonso lo tomó de inmediato y, al ver el lacre roto, su mirada clara se clavó en los ojos del muchacho con una intensidad que hizo temblar al pícaro. El monje sabía que Martín había visto el interior.
—Está roto el sello, Maese... por el golpe contra la roca —mintió Martín, bajando la vista por primera vez.
Fray Alonso guardó silencio un largo rato. Pasó sus dedos curtidos sobre la madera agrietada y luego miró a los dos jóvenes. Íñigo limpiaba su espada con un trozo de tela; Martín se frotaba las manos sucias de tierra. Ambos habían arriesgado sus vidas.
—El sello ya no importa —dijo el fraile con voz sombría—. Los hombres que nos han atacado llevan la librea oculta de la casa del Duque de Medina Sidonia. Alguien en la alta nobleza sabe lo que hay aquí dentro. Saben que lo que llevo a Madrid no son riquezas para las arcas del Rey... sino las pruebas de una traición que podría hacer arder toda Andalucía.
Íñigo palideció, comprendiendo de golpe la magnitud del lío en el que su familia lo había metido al enviarlo con el fraile. Martín, por su parte, se dio cuenta de que ya no era un simple pícaro huyendo de un alguacil por un pan duro. Estaba metido hasta el cuello en los secretos más oscuros del Imperio.
—Seguimos —sentenció Fray Alonso, acomodando el cofre envuelto ahora en una manta vieja—. El camino a Madrid ya no es seguro. A partir de aquí, viajaremos de noche.
Dejar atrás Sierra Morena fue como salir de una fortaleza de piedra para entrar en un desierto de tierra roja y horizontes infinitos. Las tierras de La Mancha los recibieron con un viento seco que hacía bailar los trigales como si fueran un mar dorado. Fray Alonso había cumplido su palabra: la carreta avanzaba ahora al amparo de las estrellas, devorando leguas en el silencio de la noche manchega, buscando posada solo cuando el sol empezaba a castigar los campos.
Fue a las afueras de un pueblo de tapial y casas blancas —un lugar que el fraile identificó como Consolación— donde el Camino Real se cruzó con las malas artes de la llanura.
El sol apenas clareaba cuando un hombre plantado en mitad del camino les obligó a detener la mula. Vestía calzones de pana basta, una camisa mugrienta y un sombrero de paja deshilachado. Tenía la piel curtida como el cuero de una bota y unos ojos pequeños y astutos que no dejaban de vigilar la carreta. Apoyado en un largo garrote de encina, el paisano los miró con una sonrisa falsa que enseñaba pocos dientes.
—Buenos días nos dé Dios, señores viajeros —dijo el manchego, bloqueando el paso con el garrote—. Mala hora es esta para andar el camino. La Santa Hermandad ha puesto un portazgo provisional una legua más adelante. Cinco reales por rueda y otros cinco por barba si quieren pasar a tierras de Toledo.
Íñigo, que ya tenía los nervios de punta desde el ataque en el desfiladero, echó mano al cinto.
—¿Un portazgo a estas horas y sin uniforme? ¿Dónde están las escrituras reales de ese cobro, villano?
El paisano dio un golpe seco con el garrote en el suelo, y de entre las pitas del arcén asomaron dos labriegos más, armados con hoces de segar. El timo del portazgo falso era viejo como el mundo: asustar a los viajeros para sacarles los cuartos antes de que llegara la verdadera justicia.
—Las escrituras las tengo en la punta de la vara, señorito —masculló el gañán, dando un paso hacia el pescante de Fray Alonso—. Así que vayan soltando la bolsa o la mula se queda aquí para pagar el peaje.
Fray Alonso frunció el ceño, midiendo la distancia, sabiendo que un altercado allí los retrasaría días enteros. Pero antes de que el fraile pudiera hablar o Íñigo desenvainara, Martín dio un salto limpio desde la parte trasera del carro y aterrizó en el polvo, abriendo los brazos de par en par con una expresión de absoluto asombro en el rostro.
—¡No me lo puedo creer! —chilló Martín, con los ojos como platos—. ¡Por la Virgen de la O y el cachorro de Triana! ¡Si es él! ¡Muchachos, bajad las armas, que estamos en familia!
El paisano del garrote se quedó paralizado, parpadeando con desconfianza. Martín corrió hacia él y, antes de que el hombre pudiera reaccionar, le plantó un sonoro abrazo que casi le tira el sombrero de paja.
—¿Qué dices, muchacho? Quita allá... ¡Que no soy yo! —protestó el manchego, intentando quitárselo de encima con el mango del garrote.
—¡Qué pillo eres, Manué! ¡Cómo sabes despistar, canalla! —exclamó Martín, dándole unas palmadas fortísimas en la espalda mientras le guiñaba un ojo a Íñigo—. ¿Pero cómo te vas a olvidar de mí? ¡Martín, el hijo de la señá Juana, la que te curó la herida del toro en las fiestas de Utrera! ¿Ya no te acuerdas de las noches que pasamos en los corrales de Sevilla, bebiendo mosto y cantando hasta el amanecer? ¡Ay, Manué, qué cambiado estás con esas ropas de gañán, si tú siempre fuiste hombre de chaqueta de pana fina!
El timador manchego miraba a Martín como si le hubiera caído un rayo del cielo. Los otros dos labriegos, confundidos, bajaron las hoces y se miraron entre sí.
—¿Manué? —preguntó uno de los de la hoz—. Pero si este se llama Blas...
—¡Qué Blas ni qué niño muerto! —le cortó Martín con una indignación fingida que merecía un aplauso en los corrales de comedias de Madrid—. ¡Este es Manuel "El Tuerto", el mejor tratante de ganado de toda la Baja Andalucía, que se habrá venido a estas tierras huyendo de la justicia por el asunto de las tres vacas aquellas, a que sí, Manué! —Martín le dio un codazo cómplice en las costillas—. No me digas que ahora te dedicas a cobrar portazgos de mentira a los frailes de la Corona. ¡Con lo devoto que tú eres de la Virgen!
El tal Blas (o Manué, según Martín) estaba completamente descolocado. La labia arrolladora del andaluz le había roto los esquemas. En su lógica de rudo del campo, empezó a dudar de si de verdad había estado en Utrera o si aquel bicho moreno lo conocía de algún negocio turbio del pasado que prefería no recordar frente a sus vecinos.
—Que te digo que te equivocas, mozo... que yo no he pisado Sevilla en mi vida —masculló el paisano, aunque ya sin la chulería de antes y bajando el garrote.
—¡Calla, hombre, no disimules más delante del Maese! —continuó Martín, metiendo la mano en su propio bolsillo raído y sacando dos arenques secos, de los que le quedaban de Sevilla, y un mendrugo de pan duro—. Mira lo que traigo aquí, Manué. Para celebrar el encuentro. Sé que aquí el pescado no abunda. Quédate con esto para tus muchachos, por los viejos tiempos. Y háznos el favor de decirles a esos de la Santa Hermandad de más adelante que somos amigos tuyos, no sea que nos cobren el portazgo de verdad.
El manchego cogió los arenques casi por hipnosis. Miró el pescado, miró a Martín, que le sonreía con toda la picardía del Guadalquivir en los ojos, y luego miró la seriedad de Fray Alonso y el porte peligroso de Íñigo, que ya sostenía la empuñadura de la espada. El timador se dio cuenta de que la situación se le había ido de las manos: si seguía insistiendo, el fraile airearía sus "delitos de Sevilla" y el joven noble le cortaría las manos.
Blas se guardó los arenques en la faja, carraspeó y escupió al suelo para salvar el orgullo.
—Bueno... ya se ve que eres buen muchacho. Puede... puede que me haya confundido de portazgo. Los de la Hermandad se habrán movido hacia el norte. Anda, pasad, pasad antes de que me arrepienta. Y dile a tu madre, la señá Juana, que... que guardo buen recuerdo de los corrales.
—¡Así se habla, Manué! ¡Eres un grande! —gritó Martín, volviendo a la carreta de un salto—. ¡Dios te lo pague con una buena cosecha!
Fray Alonso arreó a la mula con un leve chasquido de las riendas y la carreta volvió a ponerse en marcha, dejando atrás a los tres manchegos que aún se rascaban la cabeza bajo el sol naciente, sin terminar de entender qué demonios acababa de pasar.
Íñigo, que había estado conteniendo el aliento, soltó una carcajada limpia que resonó en la llanura. Guardó la espada y miró al pícaro con una admiración nueva.
—Por los clavos de Cristo, Martín... Te juro que por un momento pensé que de verdad era tu tío o un compadre de tu barrio. ¡Qué arte tienes para mentir!
—No es mentira, don Íñigo, es necesidad —respondió Martín, sentándose en el pescante al lado de Fray Alonso, balanceando los pies descalzos—. A esa gente si le enseñas el acero, te saca la hoz y acabamos todos abonando el trigo de Toledo. Al villano, dale coba y saldrás del aprieto con la bolsa llena y el pellejo sano. ¿A que sí, Maese?
Fray Alonso no se rió, pero la comisura de sus labios dibujó una sutil sonrisa de aprobación. Miró de reojo los nudillos de Martín y luego la carretera que se abría ante ellos.
—San Pablo dijo que hay que hacerse todo para todos para ganar a algunos —comentó el clérigo con su habitual tono doctrinal, aunque esta vez con un deje de ironía—. No sé si vuestras artes habrían complacido al Santo, Martín, pero nos habéis ahorrado sangre y tiempo. La picaresca, cuando se usa para evitar el mal y no para causarlo, roza la virtud de la prudencia.
Martín se infló de orgullo al oír la palabra "virtud" asociada a su nombre por primera vez en su vida. Íñigo le tendió su cantimplora de cuero con agua fresca.
—Bebe, "sobrino de Manué". Te lo has ganado. Pero la próxima vez que veas a un primo tuyo en el camino, avisa antes, que casi me da un síncope.
Los tres rieron, y por primera vez desde que salieron de los muelles de Sevilla, el peso del cofre lacrado pareció un poco más ligero bajo el sol de La Mancha. Madrid estaba cada vez más cerca, y el trío ya no era un grupo de extraños forzados a viajar juntos; eran un equipo.
El viaje continuó devorando leguas bajo el manto protector de la noche manchega. Las llanuras, que de día eran un mar de fuego y espigas, se transformaban al anochecer en un territorio fantasmal de vientos fríos y horizontes infinitos, donde los perfiles de los molinos de viento recortaban el cielo estrellado como gigantes dormidos.
Fray Alonso guiaba a la mula en silencio, con el cofre lacrado siempre a buen recaudo bajo su manta. Íñigo caminaba al lado del carro, estirando las piernas y contemplando la inmensidad del firmamento. Pero Martín, habitualmente propenso a no estarse quieto o a canturrear alguna coplilla de las mancebías de Triana, llevaba horas sentado en la trasera del carro, mirando las ruedas girar sobre el polvo con la vista perdida.
La fogata que encendieron en una vaguada para pasar las horas más oscuras iluminaba sus rostros con un fulgor titilante. Íñigo se acercó a Martín y le ofreció un pedazo de queso que habían comprado en Consuegra.
—Toma, Trianero. Estás más callado que un confesor. ¿Es que te ha sentado mal el aire de Toledo? Ya casi estamos a las puertas de la ciudad imperial.
Martín cogió el queso, pero apenas le dio un mordisco. Sus ojos negros, siempre vivos y chispeantes, reflejaban una tristeza honda, impropia de un chico de su edad.
—No es el aire, don Íñigo —susurró Martín, abrazando sus rodillas y mirando las brasas—. Es que... estaba pensando en Madrid. El Maese dice que en un par de jornadas entregaremos el dichoso cofre en la Corte. Y después de eso, ¿qué?
Íñigo lo miró sin comprender del todo.
—Pues regresaremos con honores. Tú nos has salvado la vida en Sierra Morena y le diste esquinazo a los gañanes. Mi familia te recompensará, y el Maese...
—¿El Maese qué? —interrumpió Martín con una sonrisa amarga—. Él es archivero del Rey. Usted es un noble de buena cuna con un palacio esperándolo en Castilla. Pero yo... yo soy un bicharraco de las orillas del Guadalquivir. Cuando acabe esto, no sé cómo volver a Sevilla. Y si me quedo en Madrid, aquí no tengo nada. Ni una casa, ni una hermana a la que llevarle un pedazo de pan, ni una calleja que me conozca. Volveré a ser el pillo al que persiguen los alguaciles, solo que en una ciudad donde el frío corta como un barbero.
Íñigo se quedó mudo. Por primera vez, comprendió el abismo social que los separaba. Para él, el viaje era una prueba de madurez; para Martín, había sido un paréntesis de luz en una vida de sombras y barro.
Fray Alonso, que parecía ensimismado en sus oraciones al otro lado del fuego, avivó las brasas con un palo. Su voz clara y templada rompió la oscuridad.
—Nadie que camina a mi lado vuelve con las manos vacías, Martín —dijo el clérigo, fijando su mirada en el muchacho—. En Sevilla viste un camino sin salida, pero en este viaje has demostrado tener el ingenio de un estratega y el corazón de un caballero. Las letras se aprenden, la rectitud se cultiva, pero el coraje para proteger a los tuyos es un don del Cielo. No permitiré que vuelvas al fango.
Martín alzó la cabeza, con los ojos empañados por el brillo del fuego y de una emoción contenida. Antes de que pudiera responder, un crujido de cascos de caballo en la lejanía cortó el aire nocturno.
—¡Caballos! —siseo Martín, recuperando el instinto en un parpadeo—. Vienen rápido y son más de dos.
Íñigo apagó la fogata de una patada, esparciendo la tierra sobre las brasas mientras Fray Alonso aseguraba el cofre bajo su hábito. Se agazaparon tras la carreta, conteniendo el aliento. En mitad de la noche manchega, un grupo de jinetes cruzó el Camino Real a escasos metros de su escondite. Llevaban antorchas apagadas para no ser vistos, pero el brillo de sus corazas delataba que no eran simples viajeros. Eran los hombres del Duque, o quizá los espías de la Corte que intentaban interceptarlos antes de llegar a los pasos de Toledo.
—Buscan el carro —murmuró Íñigo, apretando el puño sobre la guarnición de su espada.
—Si seguimos el Camino Real, nos atraparán antes del amanecer —sentenció Fray Alonso—. Hay que desviarse por las veredas de los pastores. Martín, tú tienes ojos de gato de noche. Guíanos.
El pícaro asintió, olvidando su tristeza ante la urgencia del peligro. Olisqueó el viento, observó la inclinación del terreno y guió a la mula por un sendero pedregoso oculto entre matorrales de tomillo y romero. Durante horas, avanzaron a ciegas, esquivando las patrullas enemigas gracias a la astucia del muchacho, que sabía interpretar el vuelo asustado de una abubilla o el crujido de una rama a la distancia.
Cuando las primeras luces del alba comenzaron a teñir de rosa el cielo de Castilla, el paisaje cambió de golpe. Al doblar un recodo del camino, los tres viajeros se detuvieron en seco, sobrecogidos por la estampa que se abría ante sus ojos.
Allí, erguida sobre una colina de roca viva y abrazada por el meandro majestuoso del río Tajo, se alzaba Toledo. Sus murallas de piedra gris, sus torres mudéjares y las imponentes siluetas de sus iglesias y alcázares desafiaban al cielo, envueltas en una bruma matinal que la hacía parecer una ciudad de leyenda.
—Lo hemos logrado... —susurró Íñigo, exhausto pero con una sonrisa de triunfo—. Ahí está la Puerta de Bisagra.
Fray Alonso miró la ciudad imperial y luego se volvió hacia Martín. El chico contemplaba las murallas con una mezcla de temor y asombro. Ya no era el desierto de La Mancha; era la antesala de Madrid, el lugar donde se decidiría el destino del cofre y el de ellos mismos.
—¿Ves esa gran fortaleza, Martín? —preguntó Fray Alonso, señalando las torres que se elevaban sobre la ciudad—. Allí dentro hay archivos que custodian la historia del mundo. Papeles que necesitan hombres despiertos, con ojos rápidos que sepan leer no solo las letras, sino las intenciones de los hombres. Cuando entreguemos el cofre en Madrid, mi primera petición al Consejo de Indias será nombrarte mi asistente y archivero aprendiz oficial. Aprenderás latín, aprenderás leyes y nadie, ningún alguacil en este reino, volverá a llamarte vagabundo.
Martín abrió la boca, mirando al fraile como si le acabara de abrir las puertas del mismísimo paraíso. Miró a Íñigo, que le tendió la mano con una sonrisa franca y de absoluto respeto.
—Parece que vamos a tener que seguir aguantándote, Trianero —bromeó el joven noble—. Pero esta vez, en la biblioteca real.
Martín estrechó la mano de Íñigo con firmeza, y por primera vez en muchas horas, la sonrisa pícara y limpia del niño de Triana volvió a iluminar su rostro moreno. Sevilla quedaba muy atrás, pero ante él se abría un imperio entero por conquistar.
—Arre, Maese —dijo Martín, agarrando las riendas de la mula con energía—. Entremos en Toledo, que el Rey nos espera en Madrid y yo no quiero llegar tarde a mi primer día de escuela.
La carreta reanudó su marcha, descendiendo hacia el puente de Alcántara. Las campanas de Toledo empezaron a repicar, saludando a los tres viajeros que, habiendo salido como extraños de Sevilla, entraban ahora en el corazón del reino unidos como hermanos de sangre y acero.
Madrid los recibió con un cielo de un azul velazqueño, limpio y frío, y un bullicio cortesano que hacía palidecer al de Sevilla. Las calles de la villa y corte estaban inundadas de carruajes dorados, hidalgos de capa negra, pretendientes de Indias y pregoneros.
La carreta de Fray Alonso avanzó fatigosamente subiendo la cuesta de la Vega hasta detenerse ante las imponentes puertas del Real Alcázar. Los tres viajeros, cubiertos por el polvo de cientos de leguas, contrastaban con la seda y los encajes de los guardias de palacio.
Gracias a las credenciales reales de Fray Alonso, el paso les fue franqueado. Íñigo caminaba con la cabeza alta, reconociendo el terreno de su linaje; Martín, en cambio, miraba los tapices y las armaduras con los ojos abiertos como platos, asombrado de que existiera un lugar con tanto oro y tan pocos arenques.
En una cámara privada, iluminada por grandes ventanales que daban al río Manzanares, los aguardaba el mismísimo Conde-Duque de Olivares, valido del Rey, flanqueado por dos secretarios de estado.
Fray Alonso dio un paso al frente y depositó el cofre de caoba sobre la mesa de caoba. El sello de lacre rojo seguía partido, pero la manta vieja lo había protegido del polvo.
—Maese Villasegura —dijo el valido con voz profunda, acariciando la madera del cofre—. Sabíamos de las dificultades de vuestro viaje. Ciertos... "accidentes" en Sierra Morena llegaron a nuestros oídos. Nos temíamos lo peor.
—El camino ha sido largo, Excelencia, y las sombras del reino, densas —respondió el fraile con solemnidad—. Pero la Providencia me bendijo con dos compañeros excepcionales. Sin el acero de Don Íñigo de Valcárcel y la astucia de este mozo, Martín el Trianero, estos documentos estarían hoy en manos del Duque de Medina Sidonia, y la traición de Andalucía consumada.
El Conde-Duque miró a los dos muchachos. Íñigo inclinó la cabeza con la gracia de la alta corte; Martín imitó el gesto, aunque un poco más torpe, pero con una mirada de acero que no se achantó ante el hombre más poderoso del Imperio.
Olivares abrió el cofre, extrajo los papeles amarrados con seda negra y, tras leer las primeras líneas, asintió con una gravedad sombría.
—Habéis salvado a la Corona de una guerra civil, Maese. Pedid lo que queráis para vos y vuestros hombres.
—Para mí, Excelencia, solo pido volver a mis archivos en Toledo, pues la verdad es mi único alimento —dijo Fray Alonso—. Para Don Íñigo, el reconocimiento que su valor merece en la Orden de Santiago. Y para Martín... pido una plaza de archivero aprendiz y una asignación real que le permita vivir con dignidad en la fe y las letras.
El valido sonrió de medio lado.
—Concedido. España necesita menos nobles de salón y más hombres que sepan usar la honda y la cabeza.
Pasaron tres meses. El otoño tiñó de ocre los jardines de Toledo, donde Fray Alonso tenía ahora su cuartel general en la biblioteca del convento de San Juan de los Reyes.
Martín ya no vestía harapos. Llevaba un jubón sencillo pero limpio de paño oscuro, y sus manos, antes expertas en sisar bolsillos, ahora sostenían con soltura la pluma de ave y manejaban el latín con una rapidez que asombraba al propio fraile. Pero Martín no había olvidado su promesa. Con su primer sueldo real y la ayuda de los arrieros que conoció en el camino, mandó traer de Sevilla a lo único que le importaba en el mundo: su hermana pequeña, María.
María, una muchachita de doce años, morena de ojos limpios y sonrisa idéntica a la de su hermano, llegó a Toledo libre por fin del hambre de Triana. Fray Alonso, con su bondad infinita, la aceptó de inmediato como asistente para las tareas de la casa del archivo, dándole un techo seguro.
Una tarde, mientras el sol se ponía tras el Tajo, Don Íñigo de Valcárcel —ahora luciendo con orgullo la cruz roja de Santiago en su pecho— llegó al archivo a caballo para visitar a sus viejos camaradas de ruta.
Al cruzar el patio de los naranjos del convento, Íñigo se detuvo en seco.
María estaba junto a la fuente, recogiendo agua en una tinaja mientras canturreaba una vieja melodía sevillana. El sol de la tarde le daba en el rostro, encendiendo sus ojos negros. Al ver al joven caballero, la muchacha se asustó un poco y soltó una leve reverencia, pero no bajó la mirada; le sostuvo los ojos con la misma valentía pícara que caracterizaba a Martín.
Íñigo, que había bailado con las damas más refinadas y ricas de la corte de Madrid sin pestañear, sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje. Se quitó el sombrero de ala ancha y le devolvió el saludo con una reverencia tan profunda y respetuosa como si estuviera ante la mismísima Reina.
—Buenas tardes os dé Dios, damisela —dijo Íñigo, con la voz rota por una timidez que Martín jamás le había visto en el camino.
Martín, que asomaba por la ventana de la biblioteca con un legajo bajo el brazo, vio la escena y soltó una carcajada limpia que rompió el silencio del patio.
—¡Eh, don Limpito! —gritó Martín desde arriba, con su eterno descaro—. Mirad que mi hermana no entiende de las finuras de Madrid. Si le vais a hablar con palabras de libro, vais a tener que traducírselas yo.
Íñigo miró hacia arriba, rojo como un tomate, pero luego miró a María, que no pudo evitar su primera risa toledana, una risa que sonaba a agua clara.
Fray Alonso se asomó también a la ventana, apoyando sus manos curtidas en el alféizar de piedra. Miró al noble prendado, a la muchacha del río y al pícaro convertido en sabio. El cofre real ya estaba entregado y los secretos del Imperio a salvo, pero la verdadera misión, la que le había encargado el Cielo en el muelle de Sevilla, estaba cumplida. Había convertido a dos muchachos perdidos en hombres de bien, y había unido dos mundos que la tierra separaba pero que el camino había fundido para siempre.
—Entrad, Don Íñigo —dijo el fraile con una sonrisa llena de paz—. Cenad con nosotros. Hoy el guiso no es de carnero rancio, y la compañía es la mejor de todo este reino.
Y así, mientras las campanas de Toledo empezaban a tocar a vísperas, los tres viajeros de Sevilla se reunieron una vez más alrededor de la mesa, listos para empezar, juntos, el viaje más grande de todos: la vida.
FIN

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