Entre Tres Pieles

 

Prólogo

A veces la vida te encuentra cuando más convencida estás de que ya no buscas nada.

Tenía treinta años, un trabajo que me llenaba los días y un piso vacío que se tragaba las noches. Seis años sin una caricia que no fuera mía. Seis años en los que el silencio se había vuelto mi compañero más fiel. De día era Nuria, la farmacéutica serena y profesional. De noche era solo una mujer hambrienta: de contacto, de calor, de sentir que alguien —quien fuera— me deseaba de verdad.

Descargué la aplicación casi sin pensarlo, una noche de guardia en la que el cansancio y la soledad pesaban más de lo habitual. No buscaba amor. Buscaba piel. Buscaba voces que llenaran el vacío. Lo que no imaginaba era que aquella decisión sencilla le llevaría a descubrir no solo placer, sino algo mucho más profundo y complicado.

Porque el deseo, cuando es honesto, abre puertas que no siempre sabemos cerrar.

Conocí a Isabel en esa app. Y con ella llegó todo lo demás: risas, confesiones, cuerpos desnudos bajo el agua, besos que sabían a novedad y a miedo. Con ella descubrí que mi hambre no era solo de sexo, sino de conexión. Y con ella llegó también Luis, el marido en crisis, el hombre que nunca pensé que desearía… hasta que los tres nos encontramos.

Esta es la historia de cómo tres personas rotas y solitarias decidieron intentar algo que la mayoría considera imposible. Es la historia de un deseo que empezó siendo urgente y carnal, y poco a poco se transformó en algo tierno, complicado y profundamente hermoso.

Es mi historia.

La nuestra.

La de tres pieles que aprendieron a acariciarse sin lastimarse.


Entre Tres Pieles

Del deseo solitario al amor que se comparte.

Tenía treinta años y la sensación de que la vida se me estaba escapando entre las manos enguantadas de látex.

De día era Nuria, la farmacéutica eficiente: sonrisa profesional, recomendaciones precisas, recetas rápidas. Pero cuando cerraba la farmacia y llegaba a mi piso vacío, el silencio se volvía ensordecedor. Seis años habían pasado desde que mi última relación terminó. Seis años de cenas para una, series en el sofá y vibradores que ya no conseguían llenar el hueco que sentía en el pecho.

Una noche de viernes, después de una guardia especialmente larga, descargué la aplicación. No era una app de citas cualquiera; estaba pensada para mujeres: amistades, confidencias, quizás algo más. Perfiles de todas las edades. Me creé un nick sencillo: Nuria_30.

Las primeras conversaciones fueron superficiales. Libros, series, recomendaciones de restaurantes. Hasta que apareció Isabel.

Isabel33: Hola, Nuria. Vi que te gusta el yoga. Yo estoy intentando volver después de años de abandono. ¿Alguna recomendación?

A partir de ahí todo fluyó con naturalidad. Teníamos casi la misma edad, sentido del humor parecido y, sobre todo, la misma sensación de vacío. Ella estaba casada, pero llevaba meses en crisis con Luis. Yo estaba sola. Dos mujeres adultas que, sin pretenderlo, empezaron a contarse más de lo que contaban a nadie.

Quedamos para una clase de yoga juntas el siguiente sábado. Cuando la vi en la puerta del estudio, con mallas negras y una coleta alta, sentí un pequeño pellizco en el estómago. Era guapa. Más curvilínea que yo, con una presencia cálida y segura. Sonrió al verme y me dio dos besos.

—Encantada en persona —dijo, y su voz sonó más grave y sensual que por mensaje.

La clase fue intensa. Sudamos, respiramos, estiramos. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban en el espejo, algo se removía dentro de mí. Al terminar, fuimos juntas a los vestuarios.

Estábamos casi solas. Solo se oía el rumor lejano de las duchas y el goteo del agua.

—Necesito una ducha urgente —dijo Isabel quitándose la camiseta sudada sin pudor.

Me quedé un segundo parada. Sus pechos, llenos y pesados, se liberaron del sujetador deportivo. Tenía la piel ligeramente dorada, los pezones grandes y de un rosa oscuro. Su vientre era suave, con una ligera curva femenina, y sus caderas anchas dibujaban una silueta que me resultó hipnóticamente atractiva.

Me quité la ropa con más timidez. Yo era más atlética: cintura estrecha, pechos medianos y firmes, piernas largas y tonificadas por años de correr. Isabel me miró sin disimulo.

—Joder, Nuria… estás muy buena —soltó con una sonrisa pícara.

Sentí que me ardían las mejillas, pero también algo más abajo. Nos metimos en la misma ducha grande, separadas por un metro escaso. El agua caliente caía sobre nosotras.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo ella mientras se enjabonaba el pelo.

—Claro.

—¿Cuánto tiempo llevas sin follar con alguien?

La pregunta me pilló tan desprevenida que me reí, nerviosa.

—Demasiado. Seis años.

Isabel se giró hacia mí. El agua resbalaba por sus pechos. Sus ojos brillaban.

—Yo llevo casi un año con Luis casi sin tocarme. Y… tengo una fantasía que no consigo quitarme de la cabeza.

Se acercó un paso. El vapor nos envolvía.

—¿Cuál? —pregunté con la voz ronca.

—Ver a mi marido follando con otra mujer… mientras yo participo. Dos mujeres para él. Pero últimamente… —bajó la mirada un segundo y luego la clavó en mí— últimamente fantaseo más con la otra mujer que con él.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que lo oiría por encima del ruido del agua. Isabel dio otro paso. Nuestros cuerpos casi se rozaban.

—¿Y tú, Nuria? ¿Alguna vez has estado con una mujer?

—Nunca —susurré.

Ella sonrió suavemente y levantó una mano, apartándome un mechón mojado de la cara.

—¿Quieres probar?

El aire entre nosotras se volvió eléctrico.


Las siguientes semanas se convirtieron en una rutina deliciosamente peligrosa.

Quedábamos dos veces por semana: martes para pilates y sábado para yoga. Al principio eran solo clases y un café rápido después. Pero pronto el café se convirtió en cena, y las cenas en largas conversaciones hasta la madrugada por mensaje. Isabel se había convertido en la primera persona en años con la que sentía que podía ser completamente yo.

Aquella tarde de martes, la sala de pilates estaba casi vacía. Solo éramos nosotras dos y una profesora que hablaba en voz baja. La luz era tenue, cálida. Estábamos haciendo ejercicios de suelo, tumbadas sobre las colchonetas.

—Levanta la pelvis, Nuria. Así… mantén la tensión —indicó la profesora.

Hice el movimiento y sentí la mirada de Isabel sobre mí. Estaba a mi lado, con las piernas abiertas en posición de mariposa, el pecho subiendo y bajando con la respiración. El top deportivo se le había subido un poco, dejando ver la curva inferior de sus pechos y una fina línea de sudor que bajaba hacia su ombligo.

Cuando terminamos la serie, nos quedamos tumbadas de lado, mirándonos. Nuestras rodillas se rozaban.

—Cada vez que te veo hacer ese ejercicio pienso lo mismo —murmuró Isabel con una sonrisa traviesa.

—¿Qué?

—Que tienes un culo increíble. Y que me muero de ganas de tocarlo.

Me reí, pero sentí un calor inmediato entre las piernas. No estaba acostumbrada a que me hablaran tan directo. Con los hombres siempre había sido más… contenido. Con Isabel todo era más natural, más crudo y más húmedo.

Después de la clase fuimos a los vestuarios. Ya era casi una tradición: ducharnos juntas, aunque todavía sin cruzar la línea. Solo miradas. Mucha piel. Mucha tensión.

Isabel se desnudó sin prisa. Esta vez me fijé mejor. Tenía los pechos grandes, pesados, con areolas anchas y oscuras que me resultaban hipnóticas. Su vientre era suave, femenino, con algunas estrías plateadas que le daban un aspecto real y hermoso. Las caderas anchas, el culo redondo y generoso. Entre sus piernas, un triángulo de vello oscuro perfectamente recortado.

Yo me quité la ropa sintiendo su mirada. Mis pechos medianos, más altos y firmes. Mi cintura marcada. Mis piernas largas y delgadas. El pubis completamente depilado, algo que había empezado a hacer desde que chateaba con ella.

—Eres preciosa —dijo Isabel en voz baja—. Tienes un cuerpo de atleta, pero con curvas donde importa.

Nos metimos en la ducha grande del fondo, la que tenía más espacio y menos luz. El agua caliente cayó sobre nosotras. Esta vez nos colocamos más cerca.

—¿Puedo enjabonarte la espalda? —preguntó.

Asentí sin hablar.

Sus manos eran suaves pero firmes. Empezó por los hombros, bajó por la columna, llegó hasta la curva de mi culo. Allí se detuvo un segundo más de lo necesario. Sus dedos se deslizaron por mis nalgas, casi entre ellas. Sentí que se me cortaba la respiración.

—¿Y tú? —pregunté girándome—. ¿No quieres que te enjabone yo?

Isabel sonrió y se dio la vuelta. Tenía la espalda ancha, la cintura estrecha en comparación con sus caderas. Le enjaboné los hombros, la espalda… y me atreví a bajar. Mis manos rodearon sus costillas y subieron hasta rozar la parte lateral de sus pechos. Estaban pesados, calientes. Isabel soltó un suspiro largo.

—Nuria… —susurró—. Llevo semanas fantaseando contigo.

Se giró. Estábamos frente a frente, muy cerca. El agua caía entre nuestros cuerpos. Sus pezones rozaron los míos y sentí una descarga eléctrica directa a mi clítoris.

—Cuéntame —le pedí, con la voz temblorosa.

—Fantaseo con que mi marido nos vea. Con que nos mire mientras tú y yo nos tocamos. Pero sobre todo… fantaseo contigo. Con besarte. Con probarte. Con hacerte correrte en mi boca.

Tragué saliva. Nunca nadie me había hablado así. Nunca había sentido tanto deseo por una mujer.

—¿Y Luis? —pregunté.

—Luis y yo estamos en crisis. Casi no follamos. Y cuando lo hacemos… es mecánico. Él quiere más. Yo quiero más. Pero ahora mismo… —me miró a los ojos— lo que más quiero eres tú.

Sus manos bajaron por mi cintura y se detuvieron en mis caderas. No pasó de ahí, pero la promesa estaba en el aire.

—Nunca he estado con una mujer —confesé en un susurro.

—Lo sé. Y me encanta. Quiero ser la primera.

El silencio solo se rompía por el sonido del agua. Nos miramos durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, Isabel sonrió con ternura y me dio un beso suave en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.

—Todavía no. Quiero que estés segura. Y quiero que cuando pase… sea perfecto.

Salimos de la ducha envueltas en toallas. Mientras nos vestíamos, Isabel me miró con ojos brillantes.

—He estado pensando… Si de verdad quieres ayudarme con Luis, podríamos empezar a hablar con él las tres. Pero solo si tú quieres. No quiero presionarte.

Me mordí el labio. El corazón me latía desbocado.

—Quiero —respondí—. Pero primero… quiero más de esto. De nosotras.

Isabel sonrió con esa mezcla de deseo y cariño que ya empezaba a volverme loca.

—Entonces la próxima clase… no vamos a poder controlarnos.

Y supe, mientras salíamos del gimnasio, que tenía razón.


El sábado llegó cargado de una electricidad que ya no podíamos ignorar.

La clase de yoga fue una tortura deliciosa. Cada postura parecía diseñada para ponernos al límite: la del perro mirando hacia abajo, con las caderas elevadas; la del puente, con el pecho abierto y el vientre expuesto; la de la mariposa, con las piernas abiertas. Isabel y yo colocamos nuestras colchonetas una al lado de la otra, como siempre. Cada vez que la instructora corregía nuestra postura, nuestras miradas se cruzaban y el aire se espesaba.

Al terminar, estábamos sudadas, acaloradas y con la respiración agitada. Apenas hablamos mientras recogíamos. Solo una sonrisa cómplice y el roce intencionado de su mano en mi cintura al salir de la sala.

Los vestuarios estaban casi vacíos. Era tarde y la mayoría ya se había marchado. Elegimos la ducha grande del fondo, la que tenía un banco de azulejos y poca luz. Cerramos la puerta de madera corredera.

Nos desnudamos en silencio, mirándonos. Esta vez no hubo timidez.

Isabel era pura feminidad generosa: pechos pesados y redondos que se movían con cada gesto, areolas anchas y oscuras, pezones ya endurecidos. Su vientre suave mostraba la huella suave de los años, con una ligera curva que bajaba hasta unas caderas anchas y un culo firme y abundante. Entre sus muslos, el vello oscuro recortado enmarcaba unos labios carnosos que ya brillaban de humedad. Sus piernas eran fuertes, con esa carne prieta que invita a agarrar.

Yo, a su lado, me sentía más delgada y atlética: pechos medianos y altos, cintura marcada por el ejercicio, piernas largas y tonificadas. Mi sexo completamente depilado dejaba ver claramente mi excitación: los labios hinchados y brillantes.

—Eres preciosa —susurró Isabel acercándose—. Y hoy no voy a contenerme.

Entramos bajo el agua caliente. El vapor nos envolvió como una cortina. Isabel dio el primer paso. Su mano derecha subió por mi brazo, por mi hombro, hasta mi cuello. Me atrajo hacia ella y nuestros cuerpos se pegaron por primera vez.

El contacto fue eléctrico. Sus pechos pesados presionaron contra los míos, más firmes. Sentí sus pezones duros rozándome. Nuestras barrigas se tocaron. Sus manos bajaron hasta mis caderas y me apretó contra ella.

—Bésame —pedí en un susurro.

Nuestros labios se encontraron. Al principio fue suave, exploratorio. Sus labios eran carnosos y cálidos. Luego el beso se volvió más profundo, hambriento. Su lengua buscó la mía y gemí dentro de su boca. Nunca había besado así a una mujer. Era distinto: más suave, más intenso, más intuitivo.

Bajó una mano entre nosotras y acarició mi pecho derecho, pellizcando suavemente el pezón. Jadeé. Mi propia mano subió hasta uno de sus pechos grandes; era pesado, caliente, perfecto en mi palma. Lo amasé con deseo, sintiendo cómo se endurecía su pezón contra mi mano.

—Dios, Nuria… —murmuró contra mis labios.

Me giró suavemente contra los azulejos fríos. El contraste con el agua caliente me hizo estremecer. Isabel se arrodilló delante de mí. El agua caía sobre su espalda y su pelo. Me miró desde abajo con ojos oscuros de deseo.

—¿Puedo probarte?

Asentí, incapaz de hablar.

Separó mis piernas con suavidad. Sus manos subieron por mis muslos y abrió mis labios con los pulgares. El primer lametazo fue lento, desde abajo hasta mi clítoris. Gemí fuerte y me agarré a su pelo mojado. Isabel no tenía prisa. Me exploró con la lengua: círculos lentos, succiones suaves, pequeños mordiscos. Introdujo un dedo dentro de mí, luego dos, curvándolos justo donde necesitaba.

Nunca había sentido algo así. Su boca era experta, cálida, insistente. El placer subía en oleadas. Mis caderas se movían solas contra su cara. El agua caía sobre nosotras, mezclándose con mis jugos.

—Isabel… me voy a correr —avisé entre jadeos.

—Hazlo. Córrete en mi boca.

El orgasmo me atravesó como un rayo. Grité, apretando su cabeza contra mí mientras mis paredes se contraían alrededor de sus dedos. Fue intenso, largo, diferente a todo lo que había conocido.

Cuando bajé, temblando, la levanté y la besé con urgencia, probándome en sus labios. Ahora era mi turno. La empujé suavemente contra el banco de azulejos y me arrodillé. Su sexo estaba hinchado y empapado. Olía a deseo y a mujer. La probé con timidez al principio, luego con más confianza. Imité lo que ella había hecho: lamí su clítoris, succioné sus labios, introduje dos dedos. Isabel gemía sin control, agarrándome del pelo.

—Así… justo así, cariño. No pares…

Se corrió con fuerza, apretando mis dedos, temblando y soltando un gemido ronco que reverberó en las duchas.

Nos abrazamos bajo el agua, besándonos suavemente ahora, con ternura. El deseo salvaje dio paso a algo más profundo.

Mientras nos vestíamos, Isabel me miró con ojos brillantes.

—No quiero perder a Luis… pero menos aún quiero perderte a ti, Nuria. Esto que acaba de pasar… es especial.

Sonreí, aún con las piernas temblorosas.

—Entonces hagámoslo bien. Hablemos con él. Pero nosotras seguimos siendo esto. Lo que sea que sea.

Isabel me besó una última vez antes de salir del vestuario.

—Esta noche te mando su nick. Y empezamos el juego.

Salí a la calle con el cuerpo saciado y el corazón acelerado. Por primera vez en años, me sentía viva. Y sabía que esto solo era el principio.


Esa misma noche, apenas llegué a casa, recibí el mensaje de Isabel.

Isabel33: Nick de Luis: Luis1975. Está online ahora.

Isabel33: Sé natural. Yo te voy guiando por aquí. Quiero que seas tú quien lo enganche.

Me temblaban las manos cuando abrí la aplicación y busqué su perfil. Luis1975. Foto de un hombre atractivo, moreno, con barba de tres días y mirada intensa. 35 años. Su descripción era breve: “Buscando conexión real en medio del caos”.

Le envié una solicitud de chat. Tardó menos de diez minutos en aceptar.

Nuria_30: Hola, Luis. Soy Nuria. Me dijo una amiga común que quizá te apetecería charlar.

La respuesta llegó casi al instante.

Luis1975: Hola, Nuria. ¿Amiga común? Ahora me has picado la curiosidad.

A partir de ahí, Isabel y yo empezamos a coordinarnos. Ella me mandaba mensajes paralelos mientras yo hablaba con él. Al principio fue ligero: trabajo, gustos, películas. Luis era ingeniero, tenía sentido del humor seco y se notaba que llevaba tiempo sin una conexión de verdad. Me preguntó por mi vida y le conté lo justo: farmacéutica, guardias largas, soledad.

Al cabo de una hora, Isabel me mandó un audio corto:

—Dile que te pones nerviosa cuando hablas con hombres guapos después de tanto tiempo. Sé sincera pero juguetona.

Lo hice. Y funcionó. La conversación subió de tono poco a poco.

Luis1975: ¿Y qué haces cuando esa soledad se pone pesada por las noches?

Nuria_30: Intento no pensar. Aunque últimamente… no siempre lo consigo.

Luis1975: ¿Y cómo lo intentas?

Sonreí con picardía y le mandé a Isabel la captura. Ella respondió enseguida:

Isabel33: Dile que usas la mano… y que últimamente fantaseas con cosas nuevas.

Seguí sus indicaciones. La charla se volvió claramente sexual. Luis respondía con deseo contenido pero evidente. Me contó que con su mujer las cosas estaban frías, que echaba de menos sentir pasión de verdad.

Esa semana nos vimos con Isabel dos veces más. El martes, después de pilates, ya no llegamos ni a la ducha del gimnasio. Fuimos directas a su casa, que estaba a diez minutos.

Apenas cerró la puerta, Isabel me empujó contra la pared del pasillo y me besó con hambre. Sus manos subieron por debajo de mi camiseta, agarrando mis pechos. Yo le bajé las mallas con urgencia. Caímos en el sofá del salón, desnudándonos entre risas y gemidos.

Esta vez fue más salvaje. Isabel se sentó a horcajadas sobre mi cara y yo la devoré mientras ella se frotaba contra mi lengua. Sus pechos grandes se balanceaban encima de mí. Me corrí cuando introdujo dos dedos dentro de mí y succionó mi clítoris con fuerza. Nos corrimos las dos, sudadas y temblando, abrazadas después durante largo rato.

—Cada vez me cuesta más fingir delante de él —me confesó Isabel mientras me acariciaba el pelo—. Pero esto… esto es real, Nuria.

El jueves por la noche tuvimos la primera llamada con Luis.

Estaba sola en mi cama, solo con una camiseta. Isabel estaba en videollamada conmigo, silenciosa, mirándome con ojos brillantes desde la pantalla de mi móvil. Le había dicho a Luis que estaba nerviosa pero excitada.

Su voz era grave y cálida.

—Dime qué llevas puesto, Nuria.

—Solo una camiseta… y nada debajo.

Escuché cómo respiraba más fuerte. Isabel, en silencio, se mordía el labio y se tocaba un pecho por encima de la ropa.

—Quiero que te toques mientras hablamos —dijo Luis.

Deslicé la mano entre mis piernas. Estaba empapada. Isabel se bajó la cremallera de los pantalones y empezó a masturbarse mirándome. Era increíblemente excitante saber que ella estaba allí, participando sin que él lo supiera todavía.

Gemí bajito mientras me acariciaba el clítoris. Luis me hablaba sucio, me decía cómo quería follarme, cómo imaginaba mi boca alrededor de su polla. Isabel se corrió primero, tapándose la boca para no hacer ruido. Yo la seguí poco después, susurrando su nombre en silencio mientras Luis gemía al otro lado del teléfono.

Cuando colgamos, Isabel me llamó enseguida.

—Joder, Nuria… verte así ha sido lo más caliente que he vivido en años. Mañana quiero que hagamos una videollamada los tres.

Me reí, aún con la respiración agitada.

—Vamos paso a paso. Pero sí… quiero más.

Isabel se quedó callada un segundo.

—Nuria… esto empezó como una estrategia para salvar mi matrimonio o vengarme un poco de Luis. Pero cada día que paso contigo… me importa menos él y más tú.

El corazón me dio un vuelco. No supe qué contestar en ese momento. Solo sonreí a la cámara.

—Nos vemos el sábado en yoga. Y después… seguiremos jugando.

Colgué con una mezcla de excitación, miedo y algo nuevo que empezaba a nacer en mi pecho: cariño profundo por Isabel.

El juego había empezado. Y ya no había marcha atrás.


Las semanas siguientes fueron un torbellino de deseo y emociones contradictorias.

Los chats con Luis se volvieron diarios. Al principio seguían siendo Nuria y él solos, pero poco a poco Isabel empezó a aparecer. Primero como “amiga que lee por encima del hombro”, luego como participante activa. Creamos un grupo los tres: NosotrosTres.

Luis1975: ¿De verdad estáis las dos ahí ahora mismo?

Nuria_30: Sí. Y las dos estamos en la cama.

Isabel33: Y bastante mojadas ya solo de imaginarte, cariño.

Las conversaciones subieron de intensidad muy rápido. Luis nos contaba cómo se ponía duro pensando en nosotras dos juntas. Nos pedía fotos (nunca caras, solo cuerpos) y nosotras se las mandábamos: mi mano entre mis piernas, los pechos pesados de Isabel, nuestros cuerpos pegados en un selfie desde el espejo del baño después de yoga.

El sábado después de la clase, ya no fuimos a los vestuarios del gimnasio. Fuimos directas a casa de Isabel.

Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa. Esta vez no hubo preliminares suaves. Isabel me empujó sobre la cama y se subió encima de mí en 69. Su coño empapado cayó sobre mi boca mientras su lengua atacaba mi clítoris con hambre. Nos devoramos mutuamente, gimiendo contra la carne de la otra. Sus pechos grandes se aplastaban contra mi vientre. Yo agarraba sus nalgas generosas, separándolas mientras lamía desde su clítoris hasta su ano. Isabel temblaba y jadeaba.

—Quiero que te corras primero —gruñó contra mi sexo.

Y lo hice. Con fuerza. Gritando contra su coño mientras mis piernas se cerraban alrededor de su cabeza. Ella me siguió segundos después, inundándome la boca con su orgasmo.

Después nos quedamos abrazadas, sudadas y desnudas, acariciándonos con pereza.

—Nuria… —susurró Isabel mientras me besaba el cuello—. Cada vez que follamos me cuesta más fingir con él. Esto que tenemos… es diferente.

La miré a los ojos. Tenía el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas. En ese momento sentí una punzada en el pecho que no era solo deseo.

—Me estoy enamorando de ti —confesé en voz baja, casi con miedo—. No solo es sexo. Eres tú.

Isabel se quedó callada un segundo. Luego me besó con una ternura nueva, profunda.

—Yo también. Esto empezó como una estrategia… pero ya no quiero que sea solo eso.

Esa misma noche tuvimos la primera videollamada a tres.

Estábamos las dos en casa de Isabel, desnudas sobre la cama. Luis estaba en su habitación, también desnudo. Su polla estaba dura y gruesa, visible en la pantalla. Era atractivo: pecho ancho, brazos fuertes, mirada hambrienta.

—Quiero veros tocaros —pidió con voz ronca.

Isabel se colocó detrás de mí, abriéndome las piernas hacia la cámara. Sus pechos presionaban mi espalda. Una mano bajó hasta mi coño y empezó a masturbarme lentamente, separando mis labios para que Luis viera cómo brillaba de excitación.

—Mírala —le dijo Isabel a su marido—. Está empapada pensando en ti… y en mí.

Gemí cuando introdujo dos dedos. Luis se masturbaba mirándonos, respirando fuerte.

—Quiero veros besaros —pidió.

Nos giramos. Isabel me besó profundamente mientras seguía follándome con los dedos. Yo metí la mano entre sus piernas y la masturbe a ella también. Nuestros gemidos llenaban la habitación. Luis no dejaba de hablar: nos decía lo que quería hacernos, cómo quería follar a las dos al mismo tiempo, cómo quería vernos comernos la una a la otra.

Isabel y yo nos corrimos casi a la vez, besándonos y mirándonos a los ojos mientras Luis eyaculaba con un gruñido fuerte.

Cuando la llamada terminó, nos quedamos abrazadas en silencio.

—Ha estado muy caliente —dije.

—Sí… —respondió Isabel, acariciándome el pelo—. Pero lo que más me excita es verte a ti. Verte correrte. Verte mirándome.

Me acurruqué contra sus pechos.

—Quiero que esto funcione. Los tres. Pero sobre todo… no quiero perder lo que tenemos nosotras.

Isabel me besó la frente.

—Ni yo. Vamos a hacer que funcione.

Esa noche dormí en su casa por primera vez. Y mientras ella dormía a mi lado, respirando tranquilamente, me di cuenta de que el centro de todo esto ya no era solo la fantasía del trío.

Era ella.


El sábado siguiente al yoga fue diferente. La clase transcurrió como siempre: cuerpos sudorosos, miradas cargadas, roces “accidentalmente” prolongados. Pero las dos sabíamos que después no iríamos solo a ducharnos. Isabel me había escrito por la mañana: “Hoy ven a casa. Luis tiene guardia hasta tarde. Necesito estar contigo de verdad”.

Apenas entramos por la puerta, el ambiente se cargó. Dejamos las bolsas en el suelo y nos besamos con urgencia contra la pared del pasillo. Sus manos estaban por todas partes: bajo mi camiseta, apretando mis pechos, bajando hasta mi culo. Yo le mordí el labio inferior mientras le quitaba la sudadera.

—Ducha primero —susurró ella con voz ronca—. Quiero sentirte limpia y luego ensuciarte otra vez.

Nos metimos juntas bajo el agua caliente de su baño. Esta vez no hubo exploración tímida. Isabel me empujó suavemente contra los azulejos y se arrodilló. Me levantó una pierna y me devoró con hambre, lamiendo y chupando mi clítoris mientras el agua caía sobre su cara. Me corrí rápido, casi sin aviso, agarrada a su pelo mojado y gimiendo su nombre.

Después me devolvió el favor. La senté en el banco y me metí entre sus piernas generosas. Sus pechos pesados se balanceaban mientras yo la comía con devoción, introduciendo dos dedos y curvándolos justo donde sabía que le gustaba. Cuando se corrió, apretó mis dedos con fuerza y soltó un gemido largo y profundo que me llegó al alma.

Nos secamos y fuimos al salón. Isabel había preparado té y unas velas. Nos tumbamos en el tatami grande que tenía junto al sofá, cubiertas solo con unas toallas que no tardaron en caer.

Estábamos desnudas, abrazadas, piel contra piel. Mi cabeza descansaba sobre sus pechos suaves. Su mano me acariciaba la espalda con lentitud.

—Nuria… —empezó ella en voz baja.

Levanté la mirada. Sus ojos estaban serios, vulnerables.

—Dime.

—Esto empezó de una forma… complicada. Cuando te propuse hablar con Luis, no era solo por la fantasía. Estaba cabreada con él. Llevábamos meses casi sin tocarnos, y sabía que estaba mirando perfiles en apps. Quería… vengarme un poco. Traerle a otra mujer, controlarlo, hacerle sentir lo que yo sentía. Pero luego apareciste tú.

Se quedó callada un momento, acariciándome el pelo.

—Y ahora… ya no pienso en la venganza. Pienso en ti. En cómo me miras. En cómo te corres cuando estoy contigo. En lo bien que me siento cuando duermes a mi lado.

El corazón me latió con fuerza. Me incorporé un poco para mirarla mejor. La luz de las velas bailaba sobre su piel desnuda, sobre sus curvas generosas, sobre sus pechos que subían y bajaban con la respiración.

—Yo también tengo que confesarte algo —dije, con la voz temblorosa—. Empecé esto porque tenía hambre. Hambre de sexo, de contacto, de sentirme deseada después de seis años sola. Pero ya no es solo eso, Isabel. Me estoy enamorando de ti. De verdad. De cómo eres, de cómo me tocas, de cómo me escuchas. No sé qué vamos a hacer con Luis, pero… no quiero perderte.

Isabel me miró con los ojos brillantes. Una lágrima resbaló por su mejilla. Me atrajo hacia ella y me besó. Fue un beso lento, profundo, lleno de emoción. Sus manos recorrieron mi cuerpo con ternura, no solo con deseo.

—Yo también me estoy enamorando de ti —susurró contra mis labios—. Y eso me asusta. Porque esto ya no es solo un juego. Es real.

Nos besamos durante mucho rato, explorándonos con calma. Esta vez no fue sexo salvaje. Fue hacer el amor. Isabel se colocó encima de mí, frotando su sexo contra el mío en movimientos lentos y profundos. Nuestros clítoris se rozaban, nuestros pechos se aplastaban. Nos mirábamos a los ojos mientras el placer subía despacio, inevitable.

—Te quiero dentro de mí —gemí.

Ella introdujo dos dedos y yo metí los míos en ella. Nos masturbamos mutuamente, besándonos, susurrándonos cosas bonitas y sucias al mismo tiempo. Cuando nos corrimos fue casi al unísono, abrazadas con fuerza, temblando y repitiendo el nombre de la otra.

Después nos quedamos entrelazadas sobre el tatami, respirando juntas.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora seguimos. El domingo viene. Vamos a encontrarnos los tres. Pero pase lo que pase con Luis… esto nuestro no se rompe. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondí, besando su cuello.

Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo. Tenía esperanza. Y mucho amor creciendo en el pecho.


Esa mañana de domingo el sol entraba a traición por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre mi piel desnuda. Pero yo no estaba en mi cama. Estaba en la de Isabel, despierta desde hacía rato, observándola dormir a mi lado. Su pecho subía y bajaba con calma, los pechos generosos parcialmente cubiertos por la sábana. Me acerqué y le di un beso suave en el hombro. Ella sonrió sin abrir los ojos y me atrajo contra su cuerpo cálido.

—Buenos días, mi Nuria —susurró.

—Estoy nerviosa —confesé.

—Lo sé. Yo también. Pero vamos a ir despacio. Hoy no se trata solo de sexo. Se trata de nosotros tres.

Desayunamos juntas en la cocina, en ropa interior. Hubo besos lentos, caricias tiernas y alguna risa nerviosa. Me vestí con un vestido ligero, sin nada debajo, tal como ella me había pedido. Isabel llevaba una bata fina que apenas ocultaba sus curvas.

A las once y media sonó el timbre.

Mi corazón se aceleró. Isabel me tomó de la mano y fuimos juntas a abrir.

Luis estaba allí. Más alto de lo que imaginaba, con una presencia sólida. Moreno, barba cuidada, ojos oscuros que se abrieron un poco más al vernos a las dos. Llevaba una botella de vino y una sonrisa insegura.

—Hola —dijo simplemente.

Isabel se acercó primero y le dio un beso en los labios, corto pero cariñoso. Luego me miró y me animó con la mirada.

—Ella es Nuria.

Me acerqué y le di dos besos. Olía bien. Su mano rozó mi cintura un segundo más de lo normal.

Pasamos al salón. La tensión era palpable, pero Isabel, como siempre, tomó las riendas con naturalidad. Sirvió vino, puso música suave y nos sentamos en el sofá grande. Al principio hablamos de cosas banales: mi trabajo en la farmacia, sus guardias, anécdotas del yoga. Poco a poco las miradas se volvieron más largas, las sonrisas más cargadas.

Isabel se colocó entre los dos. Primero besó a Luis, despacio, dejándome ver. Luego se giró hacia mí y me besó con la misma ternura. Sentí la mirada de Luis sobre nosotras. Cuando nos separamos, él tenía los ojos brillantes.

—Sois preciosas juntas —murmuró.

Isabel tomó mi mano y la colocó sobre el muslo de Luis. Yo, con el pulso acelerado, la subí lentamente. Él estaba ya duro bajo los pantalones. Al mismo tiempo, Isabel deslizó su mano bajo mi vestido y acarició mi sexo desnudo y húmedo.

—Está empapada —le dijo a Luis con una sonrisa traviesa.

Él soltó un gemido bajo. Se acercó y me besó por primera vez. Su beso era diferente al de Isabel: más firme, más dominante, pero no agresivo. Mientras nos besábamos, Isabel nos observaba con deseo y algo más… algo tierno.

Nos trasladamos al dormitorio. La luz era suave, filtrada. Nos desnudamos despacio, sin prisas. Primero yo, luego Isabel, luego Luis. Su cuerpo era fuerte, con pecho ancho y una polla gruesa y venosa que se mantenía erguida.

Isabel me tumbó en la cama y se colocó a mi lado. Luis se quedó de rodillas, mirando.

—Quiero que la pruebes primero —le dijo Isabel.

Luis bajó entre mis piernas. Su lengua era hábil, más directa que la de Isabel. Gemí y busqué la mano de ella. Isabel se inclinó y me besó mientras su marido me comía. Sus pechos pesados rozaban mi pecho. Era una sensación abrumadora: la boca de él abajo, la boca de ella arriba, sus manos entrelazadas con las mías.

Luego cambiamos. Isabel se sentó sobre la cara de Luis mientras yo lo masturbaba con la mano. Después me coloqué encima de ella en 69, devorándonos mutuamente mientras Luis nos observaba desde atrás, acariciándonos el culo.

—Quiero veros follar —pidió él con voz ronca.

Isabel se tumbó y yo me senté a horcajadas sobre ella. Nuestros sexos se rozaron, húmedos y calientes. Empezamos a movernos juntas, frotándonos, mirándonos a los ojos. Luis se colocó detrás de mí y acarició mi espalda, besándome el cuello. Sentí su polla dura contra mi culo, pero no entró. Todavía no.

El placer entre Isabel y yo creció rápido. Nos corrimos casi a la vez, abrazadas, besándonos con desesperación. Solo entonces Luis se unió del todo. Primero entró en Isabel mientras yo besaba sus pechos y su boca. Luego pasó a mí, follándome con embestidas profundas y controladas mientras Isabel nos miraba y me acariciaba el clítoris.

Fue intenso, abrumador y extrañamente hermoso. No fue solo sexo. Hubo miradas, caricias compartidas, besos a tres. Cuando Luis se corrió, fue dentro de Isabel, con mi mano agarrando la suya y la de ella.

Después nos quedamos los tres abrazados en la cama, sudorosos y jadeantes. Yo en el medio. Isabel me besaba el hombro con ternura. Luis acariciaba mi cintura.

—Esto ha sido… increíble —susurró él.

Isabel me miró a los ojos por encima de su pecho.

—Sí —dijo suavemente—. Y esto solo es el principio.

Cerré los ojos, sintiendo sus dos cuerpos contra el mío. El miedo había desaparecido. Solo quedaba una cálida sensación de pertenencia.


La mañana siguiente llegó envuelta en una luz suave y perezosa. Desperté entre dos cuerpos. A mi izquierda, Isabel respiraba tranquilamente, con un brazo cruzado sobre mi cintura. A mi derecha, Luis dormía boca arriba, con el pecho subiendo y bajando. Mi cuerpo estaba deliciosamente dolorido: muslos sensibles, labios hinchados, una agradable pesadez entre las piernas.

Me quedé quieta un rato, sintiendo el calor de ambos. El olor a sexo y a piel todavía flotaba en la habitación. Isabel abrió los ojos primero. Me miró con una sonrisa somnolienta y me besó en los labios con ternura, sin importar que Luis estuviera justo al lado.

—Buenos días, mi amor —susurró tan bajito que casi no lo oí.

Ese “mi amor” me llegó directo al pecho. Luis se removió y despertó. Nos miró a las dos y sonrió con algo de timidez.

—Esto es raro… pero raro bueno —dijo con voz ronca.

Los tres nos quedamos un rato en silencio, acariciándonos perezosamente. Isabel trazaba círculos en mi vientre. Luis tenía una mano en mi muslo. No era deseo urgente ahora, sino una intimidad nueva y frágil.

—Necesitamos hablar —dijo Isabel finalmente, incorporándose un poco. Sus pechos pesados se movieron con el gesto—. Antes de que esto siga.

Nos sentamos en la cama, desnudos, con las sábanas revueltas alrededor. Isabel tomó mi mano y también la de Luis.

—Yo empecé esto con… segundas intenciones —confesó mirándolo a él—. Estaba dolida. Celosa. Pensé que trayendo a otra mujer podía recuperar el control o hacerte sentir lo que yo sentía. Pero Nuria… —me miró con ojos brillantes— Nuria lo cambió todo. Lo que siento por ella es real. Muy real.

Luis asintió lentamente, sin parecer sorprendido.

—Lo sé. Os he visto. La forma en que os miráis… no es solo sexo. Y no me molesta. Me excita, sí, pero también me da un poco de miedo. No quiero ser el tercero que sobra.

—No sobras —dije yo, apretando su mano—. Ayer sentí cosas contigo. Me gustó cómo me tocabas, cómo nos mirabas. Pero lo que tengo con Isabel… es distinto. Más profundo. Y quiero que los tres encontremos la forma de que esto funcione sin que nadie salga herido.

Hablamos durante más de una hora. Hubo lágrimas (sobre todo de Isabel), risas nerviosas y alguna punzada de celos sincera. Luis admitió que al principio le había costado ver a su mujer con otra persona, pero que la imagen de nosotras dos juntas era una de las cosas más eróticas que había vivido. Yo confesé que había entrado por pura hambre sexual y que ahora sentía mariposas cuando Isabel me miraba.

—Quiero intentarlo —dijo Luis finalmente—. Una relación de tres. Sin prisas. Con reglas claras. Celos que se hablen, no que se guarden. Y mucho cariño.

Isabel me miró con intensidad.

—Nuria es mi prioridad emocional ahora mismo. Necesito que lo sepas, Luis. Pero te quiero a ti también. Y quiero que sigamos siendo una pareja… solo que ahora somos tres.

Asentí.

—Yo también quiero. Quiero seguir con las dos. Quiero noches como la de ayer… y mañanas como esta.

Sellamos el acuerdo de la forma más natural posible. Isabel me besó primero, largo y profundo. Luego besó a Luis. Yo besé a Luis mientras Isabel nos acariciaba a ambos. El beso se volvió más intenso. Las manos empezaron a recorrer pieles.

Esta vez fue más lento, más consciente. Luis me penetró despacio mientras yo estaba de lado, abrazada a Isabel. Ella me besaba y me tocaba el clítoris al mismo tiempo. Luego Luis entró en Isabel mientras yo la besaba y lamía sus pechos. Nos corrimos los tres, no de forma explosiva, sino en una ola cálida y compartida, abrazados.

Después del segundo round nos duchamos juntos. Entre risas y jabón, el ambiente se volvió ligero y alegre. Prepararon el desayuno los dos mientras yo los observaba desde la barra de la cocina, envuelta en una camiseta de Isabel que me llegaba a medio muslo.

—Esto puede funcionar —dijo Isabel mirándonos a ambos—. Va a ser complicado, pero quiero intentarlo.

—Los tres —añadí yo.

Luis sonrió y nos atrajo a las dos para un abrazo grupal.

—Los tres.

Esa tarde me fui a casa con el cuerpo saciado y el corazón lleno. Por primera vez en años no me sentía sola. Tenía miedo, sí. Pero también mucha ilusión.

Sabía que esto era solo el comienzo de algo complicado y hermoso.


Habían pasado tres meses desde aquel primer domingo que lo cambió todo.

La vida no se había vuelto perfecta de la noche a la mañana, pero había encontrado un nuevo ritmo, más cálido, más vivo. Seguía trabajando en la farmacia, con mis guardias y mis fines de semana a veces solitarios, pero ya no lo estaban. Ahora tenía dos personas esperándome.

Vivía todavía en mi piso, pero pasaba la mayoría de las noches en casa de Isabel y Luis. Habíamos creado reglas sencillas pero importantes: los celos se hablaban en el momento, sin guardarlos; los martes y jueves eran “noches de chicas” solo para Isabel y para mí; los viernes solíamos ser los tres. Y los domingos… los domingos eran sagrados.

Era un domingo de finales de septiembre. El otoño empezaba a asomar en el aire fresco de la mañana, pero dentro de la casa todo era calor.

Desperté en la gran cama que habían comprado para los tres. Estaba en el centro, como casi siempre. A mi izquierda, Isabel dormía abrazada a mi cintura, su pierna sobre la mía y uno de sus pechos pesados descansando contra mi costado. A mi derecha, Luis tenía un brazo cruzado sobre mi pecho, respirando tranquilamente contra mi nuca.

Sonreí. Esto ya no me parecía raro. Me parecía hogar.

Me moví con cuidado y besé primero a Isabel en los labios. Ella abrió los ojos y me devolvió el beso con esa ternura profunda que ya era solo nuestra.

—Buenos días, mi amor —susurró, como cada mañana.

Luego me giré y besé a Luis. Su beso era más firme, más juguetón. Me apretó contra él un momento y sentí su erección matutina contra mi muslo.

—Buenos días a las dos mujeres más hermosas del mundo —murmuró con voz ronca.

Desayunamos en la cocina, los tres en ropa interior. Isabel con una camiseta mía que le quedaba grande y marcaba sus curvas generosas. Yo con una camisa de Luis. Él solo con pantalones de pijama. Hablamos de todo y de nada: de la semana, de un viaje que queríamos hacer los tres a la playa en invierno, de cómo Isabel había empezado a ir a terapia para gestionar sus celos residuales.

—Cada día estoy más segura —dijo ella mirándome—. Al principio tenía miedo de que esto fuera solo una aventura para ti, Nuria. Pero verte aquí, semana tras semana… me has enseñado lo que es querer de verdad.

Puse mi mano sobre la suya.

—Tú me sacaste de la soledad. Y Luis… —lo miré con cariño— tú nos completas. No de la misma forma, pero nos completas.

Después del desayuno fuimos al salón. La luz entraba suave por las ventanas. Isabel puso música lenta y nos tumbamos en la alfombra grande, sobre cojines. Empezamos besándonos los tres, sin prisa. Manos que recorrían cuerpos conocidos pero que todavía descubrían detalles nuevos.

Isabel me quitó la camisa con lentitud, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Sus labios bajaron por mi cuello, por mis pechos, por mi vientre. Luis nos observaba desde atrás, acariciando la espalda de su mujer y la curva de mi culo. Cuando Isabel llegó entre mis piernas y empezó a lamerme con esa devoción que ya conocía tan bien, gemí y busqué la mano de Luis. Él se inclinó y me besó mientras su mujer me devoraba.

—Sois preciosas —susurró contra mi boca.

Luego cambiamos. Me coloqué encima de Isabel en 69. Mientras la comía con ganas, saboreando su humedad dulce y familiar, Luis se colocó detrás de mí y entró despacio en mi coño. La sensación fue abrumadora: la boca de Isabel en mi clítoris, la polla gruesa de Luis llenándome. Me corrí con fuerza, temblando sobre ella.

Después Luis folló a Isabel mientras yo la besaba y le acariciaba los pechos. Verlos juntos ya no me producía celos; me excitaba y me llenaba de cariño. Cuando Luis se corrió dentro de ella, yo bajé y lamí los restos de su orgasmo mezclado con el de él, haciendo que Isabel se corriera una vez más con mi lengua.

Nos quedamos los tres abrazados sobre los cojines, sudorosos y felices. Isabel estaba en el medio ahora. Luis y yo la abrazábamos.

—Hace unos meses pensé que esto era imposible —dijo ella con la voz emocionada—. Creía que solo podía tener una cosa: o mi matrimonio o esta pasión nueva. Y ahora os tengo a los dos. Y sobre todo… te tengo a ti, Nuria.

Me incliné y la besé con todo el amor que sentía.

—Empecé esto hambrienta de sexo —confesé—. Sola después de seis años. Y encontré mucho más. Encontré una familia extraña y hermosa.

Luis nos abrazó más fuerte.

—Vamos a seguir construyendo esto. Con paciencia. Con amor. Y con mucho sexo, claro —añadió riendo.

Esa tarde salimos a pasear los tres por el parque cercano. Caminábamos con Isabel en el medio, cogidas de la mano las dos, y Luis rodeándonos con el brazo. La gente nos miraba a veces con curiosidad, pero a nosotros ya no nos importaba. Éramos discretos en público, pero libres en casa.

Por la noche, después de cenar, volvimos a la cama. Esta vez fue más lento, más romántico. Nos exploramos con calma, susurrando palabras bonitas entre gemidos. Me corrí dos veces más: una con la boca de Isabel mientras Luis me penetraba, y otra mientras los dos me besaban al mismo tiempo, uno en cada pecho.

Cuando terminamos, exhaustos y felices, nos quedamos enredados.

—Te quiero —le dije a Isabel mirándola a los ojos.

—Te quiero —respondió ella.

Luego miré a Luis.

—Y a ti también. De otra forma, pero te quiero.

Él sonrió y nos besó a las dos.

—Los tres —dijo simplemente.

Cerré los ojos, sintiendo sus respiraciones acompasadas. La soledad de aquella farmacéutica de treinta años que descargó una app una noche de viernes parecía un recuerdo lejano. Ahora tenía risas, caricias, discusiones que se resolvían con besos, cuerpos cálidos y, sobre todo, amor.

Un amor en tres.

Y era, sin duda, el más bonito que había conocido nunca.



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