Rumbo al sol muerto.



PRÓLOGO

​El Atlántico Norte no perdona los errores, pero persigue con saña las traiciones. Quienes conocen los Grandes Bancos de Terranova saben que allí el mar no es agua, sino un desierto gris y hostil donde la niebla borra los pecados y el hielo sepulta los secretos.

​En los años ochenta, la pesca de altura no era un oficio; era una guerra silenciosa contra los elementos. Los hombres que se embarcaban en la flota congeladora gallega sabían que pasaban meses borrados de la faz de la tierra, confiando sus vidas a tres únicas certezas: la nobleza del casco de hierro, la pericia de su capitán y la fidelidad de las cartas náuticas que descansaban en la mesa de derrota.

​¿Pero qué ocurre cuando el enemigo no acecha bajo las olas, sino en el puente de mando? ¿Qué pasa cuando quienes deben guiarte te arrancan los ojos, te cortan la voz y te condenan a convertirte en un fantasma flotante en mitad de la nada?

​Esta no es solo la historia de un naufragio. Es la crónica de quince hombres abandonados a su suerte en un ataúd de metal. Una historia de hombres flacos y manos callosas que, cuando lo perdieron todo —el rumbo, el sueldo, la radio y el amparo de las leyes de la tierra—, decidieron que lo único que les quedaba por defender era su propia dignidad. Y para encontrarla, solo les quedó un camino: navegar a ciegas, contrarreloj y con el alma en vilo, hacia donde muere el sol.


Rumbo al sol muerto 

Una historia de traición y supervivencia en los hielos de Terranova.

La niebla de Terranova no era humo; era una mortaja húmeda y helada que se pegaba a los ojos y borraba el mundo más allá de la amura de babor. El Atlántico Norte roncaba con un oleaje pesado, negro como el wolframio. En la sala de derrotas, la única luz provenía de un flexo de luz flexografiada que iluminaba una carta náutica gastada.

Brais Iglesias, vigués de cuarenta y cinco años, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y la codicia, enrollaba con cuidado los mapas del Atlántico Noroeste. A su lado, Manuel López, el jefe de máquinas gaditano, terminaba de meter en un petate de lona los fajos de billetes —marcos alemanes y dólares— envueltos en bolsas plásticas de congelación.

Habían apagado el motor principal hacía una hora simulando una avería en la bomba de inyección. El barco rolaba torpemente, al raso, impulsado solo por el ronroneo monótono del motor auxiliar de estribor.

—¿El chaval está abajo? —preguntó Brais con voz ronca, casi un susurro.

—Santi está en el callejón de las literas, frito —respondió Manuel, limpiándose el sudor de la frente a pesar de los dos grados bajo cero de la estancia—. Le metí dos pastillas de las mías en el café de la guardia. Hasta el amanecer no distingue el cigüeñal de una biela. ¿Has cogido el sextante?

—Está en el saco. Y las dos radiobalizas de emergencia también. Si esos infelices quieren gritar, que griten al viento. En tierra van a tardar una semana entera en echar de menos el reporte de radio. Para entonces, el Mar de Sálvora será un fantasma y nosotros estaremos volando desde San Juan de Terranova hacia Panamá.

Manuel miró de reojo la puerta de madera del puente. Un escalofrío, que no era por el frío ártico, le recorrió la espalda. Pensó por un segundo en los quince hombres que dormían abajo, exhaustos tras catorce horas seguidas limpiando y congelando bacalao en el parque de pesca.

—Brais... —titubeó Manuel, bajando la voz—. Dejarlos aquí, sin cartas, en mayo... Si entra una borrasca del Labrador los va a empujar contra los hielos. Las familias en Vigo, mi mujer en El Puerto... No van a oler un duro de la armadora. Los dejamos en la puta miseria.

Brais se giró despacio. Sus ojos eran tan fríos como el mar que los rodeaba. Agarró a Manuel por la solapa del chaquetón de abrigo.

—Escúchame bien, gaditano. La naviera está en quiebra. Si volvemos a Galicia, la consignataria nos embarga el barco en el muelle, Hacienda me quita la casa de Samil y tú terminas pidiendo en la plaza del Puerto de Santa María. La pesca de esta campaña ya está vendida en negro a un mercante coreano que nos espera a veinte millas de aquí. El dinero está en el petate. Tu nueva vida en Costa Rica tiene seis ceros, Manuel. ¿Quieres bajarte ahora y explicárselo tú a la tripulación? ¿Quieres ir a la cárcel por las deudas?

Manuel tragó saliva. Miró el petate de lona. El dinero pesaba más que la conciencia.

—No —dijo Manuel con la voz temblorosa—. Vámonos. Ya he saboteado el transmisor principal de la radio. He soltado los cables del alternador. Tardarán horas en encontrar el fallo, y cuando lo hagan, no tendrán corriente para transmitir.

—Bien —asintió Brais, apagando el flexo. La oscuridad los devoró—. La lancha de salvamento está lista a sotavento. He metido las cajas de conservas buenas, el café y el coñac. Que se queden con el pescado congelado de la bodega si tienen hambre.

Los dos hombres salieron al alerón del puente con paso sigiloso, esquivando las zonas de la cubierta donde el hielo crujía. El viento del norte traía el graznido lejano de las aves marinas y el crujido del océano. Con la destreza de dos viejos zorros, arriaron la zodiac semirrígida al agua usando los cabrestantes manuales para no hacer ruido.

Minutos después, el motor fueraborda de la lancha cobró vida con un chisporroteo ahogado por la niebla. Se alejaron en la noche, dejando atrás la silueta oscura y silenciosa del Mar de Sálvora. Un gigante de hierro, con quince almas a bordo, flotando a la deriva hacia el olvido.


​A las cinco y media de la mañana, el Atlántico Norte seguía siendo una sopa gris y espesa. Lo único que diferenciaba la noche del día era que la negrura se había transformado en una claridad sucia que apenas dejaba ver la proa del Mar de Sálvora.

​Josetxu se levantó, como cada día desde hacía treinta años, antes de que el sol —si es que existía en Terranova— asomara. Se calzó las botas de goma, se ajustó el delantal mugriento sobre el jersey de lana gorda y encendió un cigarrillo Ducados. Cruzó el pasillo de las literas escuchando los ronquidos exhaustos de los marineros. El ambiente olía a lo de siempre: humedad, sudor, gasoil y la eterna costra de salitre.

​Sin embargo, algo no cuadraba.

​Al pisar el suelo de la cocina, Josetxu no sintió la vibración familiar en las plantas de los pies. El motor principal no roncaba; solo se oía el traqueteo asmático del generador auxiliar. Y el barco rolaba de una manera extraña, blanda, como un tronco muerto en el agua.

​—Maldito Manuel y sus malditas máquinas... —refunfuñó en voz baja, con su marcado acento guipuzcoano—. Otra vez limpiando filtros.

​Josetxu encendió los fogones de la cocina de gas para preparar las tres enormes potas de café que levantaban a la tripulación. A los pocos minutos, Santi, el segundo mecánico —un chaval de Cangas de apenas veinte años—, entró en la cocina arrastrando los pies, con los ojos hinchados y cara de tener la peor resaca de su vida.

​—Buenos días, Josetxu... —balbuceó el chaval, frotándose las sienes—. Me cago en el copón, qué dolor de cabeza. Me he quedado frito en la guardia.

​—Eso es que no estás hecho para este mar, chaval —le vaciló Josetxu, sirviéndole un tazón de café negro como el carbón—. Anda, bebe esto y baja a ayudar a Manuel, que parece que nos hemos quedado tirados. El barco está muerto.

​Santi bebió un sorbo, asintió torpemente y salió hacia la sala de máquinas.

​Josetxu continuó con su rutina. Salió de la cocina hacia la despensa de proa para coger los sacos de pan galleta y el tocino para el almuerzo. Al abrir la puerta de la bodega de víveres, se quedó helado. La luz parpadeante del pasillo iluminó los estantes. Las cajas de conservas de carne, los sacos de patatas nuevos, el café, el azúcar bueno, el embutido... todo había desaparecido. Solo quedaban unos sacos de harina húmeda, arroz partido y un par de ristras de ajos secos.

​—¿Pero qué cojones...? —murmuró Josetxu, sintiendo un vuelco en el estómago.

​En ese momento, un grito desgarrador resonó desde la cubierta superior, apagando el ruido del viento. Era la voz de Santi, el chaval de máquinas, que subía las escaleras de hierro hacia el puente de tres en tres, chillando como un loco.

​—¡No están! ¡No están! ¡El contramaestre! ¡Que baje alguien!

​Josetxu soltó el paño de cocina y corrió hacia el puente de mando. Al llegar, se encontró a Santi temblando, pálido como la cera, y a Antón, el viejo contramaestre gallego, mirando fijamente la mesa de derrota.

​El puente era un cementerio de cables cortados. El cuadro de la radio principal estaba desentrañado, con los cables de cobre colgando como tripas. La pantalla del radar estaba apagada. Pero lo peor estaba sobre la mesa de madera: donde solían estar las cartas náuticas del Gran Banco, solo quedaba una marca de polvo y un cenicero vacío.

​—¿Qué pasa aquí, Antón? —exigió Josetxu, con la voz firme pero el pulso acelerado.

​El contramaestre, un hombre curtido por mil galernas, se giró despacio. Tenía los puños cerrados.

​—El capitán... y el jefe de máquinas. No están en sus camarotes. Sus petates no están.

​—¿Cómo que no están? ¿Han caído al agua? —preguntó Josetxu, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

​—Mira fuera —dijo Antón, señalando con el dedo hacia el alerón de estribor.

​Josetxu salió a la niebla. Los pescantes de la lancha de salvamento rápida colgaban vacíos, con los cabos cortados limpiamente a navaja. No había sido un accidente. No había sido un rescate.

​Santi cayó de rodillas en el suelo del puente, rompiendo a llorar con la cabeza entre las manos.

​—Es culpa mía... El jefe Manuel me dio un café. Sabía raro, me dormí... Sabotearon los alternadores antes de irse. No hay corriente en la radio. No hay mapas. No tenemos posición.

​Josetxu se acercó a la mesa de derrota. Pasó sus dedos callosos por la madera vacía donde antes se decidía el rumbo del barco. Miró por los cristales del puente hacia la inmensidad gris de Terranova. Estaban en mitad del Atlántico Norte, a finales de los años 80, sin radio, sin cartas, sin comida fresca, con quince hombres durmiendo abajo que aún no sabían que sus familias estaban arruinadas y que ellos acaban de ser enterrados vivos en un ataúd de hierro.

​El vasco inspiró fuerte, tiró la colilla del Ducados al suelo y la pisó con la bota. Miró al contramaestre.

​—Antón, despierta a los rapaces. Tenemos que decirles la verdad antes de que el miedo se cebe con ellos. Y que nadie toque al chaval de máquinas —dijo, mirando a Santi—. La culpa no es suya. Es de los cerdos que nos han vendido.

​Luego, Josetxu se dio la vuelta y bajó hacia su cocina. La guerra por la supervivencia acababa de empezar, y el primer frente se iba a librar en los fogones.

​El comedor del Mar de Sálvora era un zulo estrecho, de paredes de chapa verde oliva, bancos corridos atornillados al suelo y un penetrante olor a tabaco rancio y gasoil. Esa mañana, los doce marineros del parque de pesca se amontonaban allí, apretujados hombro con hombro. Algunos aún llevaban los pantalones de hule amarillos manchados de la sangre del bacalao de la víspera; otros estaban en camiseta de tirantes, tiritando por el frío que empezaba a colarse desde las cubiertas.

​En el centro, sobre la mesa de formica, no había platos de comida. Solo un mapa arrugado que el contramaestre Antón había encontrado en el fondo de un cajón del puente: un plano publicitario de la propia armadora que apenas mostraba una silueta de las costas de Canadá y Galicia, sin coordenadas, sin profundidades, sin nada. Un juguete inútil.

​—¡Nos han dejado a la deriva! ¡Ese hijo de perra vigués nos ha vendido! —gritó Lois, un marinero de Moaña con fama de violento, golpeando la mesa con el puño—. ¡Y el gaditano de los cojones le ha ayudado! ¡Santi, tú estabas de guardia, mecagüen el demonio! ¿Cómo coño no oíste la lancha?

​Santi, el segundo mecánico, estaba arrinconado en una esquina del banco, con la mirada perdida y los ojos rojos de tanto llorar.

​—¡Déjalo en paz, Lois! —intervino Antón, el contramaestre, poniéndose en medio—. Ya os lo he dicho. Le metieron somníferos en el termo. Manuel sabía lo que hacía. El cuadro eléctrico está destrozado y el transmisor principal no tiene corriente.

​—¿Y qué coño hacemos ahora? —reclamó Camilo, un marinero veterano, con la voz rota por el pánico—. Estamos en el Gran Banco. Aquí las corrientes te meten directo en la ruta de los icebergs. Sin radio, si entra un temporal del norte, el barco se tumba y nos vamos al fondo con el pescado. ¿Quién coño va a buscarnos si la naviera dice que estamos faenando?

​El pánico empezó a correr por la mesa como la pólvora. Los hombres empezaron a gritarse los unos a los otros, buscando culpables, maldiciendo a sus familias en Galicia que se quedarían sin un duro y acusando al chaval de máquinas de incompetencia. Las manos empezaban a irse a los bolsillos, donde muchos guardaban las navajas de capar el pescado.

¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!

​Un estruendo metálico y ensordecedor acalló las voces. En la puerta del comedor, Josetxu golpeaba con rabia un enorme cucharón de acero contra una pota de hierro fundido. Su enorme silueta bloqueaba la salida. Tenía el rostro serio, imperturbable.

​—¡Ya vale de ladrar como perros asustados! —bramó el vasco, con una voz que retumbó en los mamparos—. Las navajas a los bolsillos o se las traga el que las saque. ¿Es que os habéis vuelto locos?

​El comedor se quedó en un silencio sepulcral, solo roto por el siseo del generador auxiliar.

​—Brais e Inestrillas se han largado, sí —continuó Josetxu, cruzándose de brazos—. Se han llevado los cuartos, las cartas y la comida buena. Son unos cerdos y, si salimos de esta, ya los buscaremos en tierra. Pero aquí la única ley que vale ahora es la del mar. Y si nos empezamos a matar entre nosotros, no va a hacer falta que venga ninguna borrasca a hundirnos. Nos hundiremos solos.

​Lois escupió al suelo, desafiante, aunque bajó el tono.

—¿Y tú qué propones, cocinero? ¿Hacer marmitako de bacalao congelado hasta que nos muramos de frío?

​—Propongo sobrevivir, gallego —le espetó Josetxu mirándole a los ojos—. Antón es el que más sabe de navegación después del capitán. Él tiene el mando ahora. Y tú, Santi —dijo señalando al chaval de máquinas, que levantó la cabeza—, te limpias las lágrimas ahora mismo. Eres el único mecánico que nos queda. Manuel ha saboteado los alternadores, pero tú conoces esas tripas. ¿Puedes darnos corriente para la radio de onda corta? Aunque solo sea para recibir el boletín del tiempo o rascar alguna frecuencia.

​Santi tragó saliva, miró a Josetxu y luego a sus compañeros. El chaval asintió despacio.

—Si consigo puentear las baterías de emergencia de los botes que quedan... igual puedo dar tensión a la radio pequeña. Pero no podré transmitir muy lejos. Apenas unas millas.

​—Pues a trabajar —ordenó Antón, retomando el control gracias al capote del cocinero—. Lois, Camilo, vais con Santi a la sala de máquinas. Le ayudáis en lo que pida. El resto, a revisar los aparejos. Si el barco se mueve a la deriva, tenemos que usar las redes como ancla de capa para frenar el barco y que el viento no nos arrastre hacia el norte.

​Los hombres, aliviados por tener órdenes concretas en las que ocupar la cabeza, empezaron a levantarse y a salir del comedor en silencio.

​Cuando el comedor se vació, solo quedaron Antón y Josetxu. El contramaestre se dejó caer en el banco, tapándose la cara con las manos. Se le veía de repente diez años más viejo.

​—Josetxu... estamos jodidos de verdad —susurró Antón—. He mirado por el ojo de buey del puente. La corriente del Labrador nos está arrastrando hacia el noreste. A unas treinta millas hay un campo de hielos sueltos. Si entramos ahí sin motor principal y sin visibilidad... el hielo nos abrirá el casco como una lata de sardinas.

​Josetxu se apoyó en el marco de la puerta y encendió otro Ducados. Miró la pota vacía.

​—¿Cuánto combustible nos queda para el generador? —preguntó el vasco.

​—Para diez días, quince si racionamos la calefacción y dejamos el barco a oscuras por la noche.

​—Pues diles que apaguen las estufas de los camarotes —dijo Josetxu, exhalando el humo gris—. Que duerman juntos en el comedor para darse calor. Yo voy a inventarme algo con la harina y el arroz. Tenemos comida para un mes si nos apretamos el cinturón, pero el frío nos va a comer vivos antes.

​Josetxu miró hacia el pasillo oscuro. Sabía que la verdadera batalla no sería contra el hielo, sino contra la mente de aquellos quince hombres cuando se dieran cuenta de que nadie, absolutamente nadie, iba a venir a buscarlos.

​El frío en la sala de máquinas del Mar de Sálvora no era el frío de la cubierta; era un frío de hierro y grasa congelada que se metía en los pulmones como agujas. Sin el motor principal en marcha, el inmenso bloque de acero del propulsor diésel se había convertido en un témpano gigante que absorbía todo el calor del barco.

​Santi estaba metido en el hueco detrás del cuadro de distribución eléctrica, iluminado apenas por una linterna que Lois le sujetaba con mano temblorosa. Al chaval de veinte años se le congelaba el aliento en el aire y los dedos, entumecidos, apenas tenían sensibilidad para pelar los cables de cobre con la navaja.

​—Dale la vuelta al tester, Lois... mira si hay aguja —pidió Santi con la voz trémula.

​Lois, el marinero de Moaña, miraba el pequeño aparato de medición. La aguja de los voltios seguía muerta, caída a la izquierda.

​—Nada, chaval. Esto está más seco que la billetera de mi padre —gruñó Lois, cambiando de mano la linterna—. Ese maldito Manuel... Era un bicho, pero sabía de cables. Cortó los puentes del alternador justo donde no se puede soldar. Nos la juró bien.

​—No lo hizo por maldad con nosotros, Lois... —murmuró Santi, conectando dos cables con cinta aislante negra—. Lo hizo para que no pudiéramos avisar a la patrullera canadiense antes de que ellos tocaran tierra. Nos usó de escudo.

​Santi dio un último tirón al cable y se escurrió de entre los hierros, con la cara manchada de hollín y grasa. Tenía los labios morados.

—Sube al puente. Dile a Antón que conecte el interruptor de la radio de emergencia. He puenteado las baterías de los botes de babor. Si hay suerte, tendremos corriente para unos minutos. ¡Corre!

​Mientras Lois subía las escaleras de rejilla a zancadas, Santi se quedó solo en la penumbra de la sala de máquinas. El silencio allí abajo era sepulcral, roto solo por el goteo de la sentina y el crujido del casco contra el agua exterior. Era el sonido de un barco muriendo.

​En el puente, Antón y Josetxu esperaban junto al viejo aparato de radio VHF y la emisora de onda corta. Cuando Lois entró gritando, el contramaestre accionó la palanca de emergencia.

​Un zumbido sordo viajó por los mamparos. La pantalla analógica de la radio parpadeó con una luz anaranjada, débil, como un ojo que se abre a duras penas.

​—¡Tenemos tensión! —exclamó Antón, abalanzándose sobre el micro.

​El contramaestre se pegó el auricular a la oreja y empezó a mover la ruleta de las frecuencias. Lo único que salía del altavoz era un siseo constante, el "ruido blanco" del Atlántico Norte, estática pura provocada por la niebla y la distancia.

​—Securité, Securité, Securité... Aquí buque español Mar de Sálvora. Posición aproximada... Grandes Bancos de Terranova. ¿Hay alguien en el canal? ¿Algún barco a la escucha? Cambio.

​Silencio. Solo estática. Shhhhhhh...

​Antón cambió de canal. Probó el canal 16 de emergencia marítima.

Mayday, Mayday... Aquí pesquero congelador Mar de Sálvora. Solicitamos asistencia. Estamos a la deriva, sin propulsión principal. Quince hombres a bordo. ¿Algún buque en la zona? Cambio.

​Nadie respondía. En los años 80, la radio de un bote de salvamento tenía un alcance de apenas unas pocas millas náuticas si no tenías la antena principal del mástil bien alimentada. Y la antena grande requería una potencia que las baterías gastadas de los botes no podían dar.

​De repente, entre la estática, una voz lejana, distorsionada por el eco de las olas de radio, rompió el siseo. Era una voz metálica que hablaba en inglés con un marcado acento de Terranova.

​—...vessel calling... this is St. John's Coast Guard... signal weak... repeat your position... I repeat, repeat your position... (Buque llamando... aquí la Guardia Costera de San Juan... señal débil... repita su posición...)*

​Antón miró a Josetxu con los ojos abiertos de par en par. ¡Alguien los oía!

—¡Nos escuchan, Josetxu! ¡San Juan! —El contramaestre apretó el botón del micro con desesperación—. ¡San Juan! Aquí Mar de Sálvora. No tenemos cartas náuticas. Repito: no tenemos posición exacta. Estábamos faenando en el límite de la zona exclusiva... unas treinta millas al este del cabo...

​En ese instante, la luz naranja de la radio empezó a parpadear violentamente. El zumbido de los cables se volvió un quejido agudo.

​—¡Antón, rápido! ¡Que se apaga! —advirtió Josetxu.

​—¡Estamos a la deriva! ¡Nos arrastra la corriente del Labrador hacia el norte! ¡Buscadnos! ¡Por el amor de Dios, buscadnos...! —gritó Antón.

¡PUM!

​Un pequeño chispazo saltó detrás del panel de la radio. Un hilillo de humo azulado y con olor a baquelita quemada salió de las ranuras del aparato. La luz naranja se extinguió por completo. La pantalla volvió a quedar negra. El silencio regresó al puente, más denso y pesado que antes.

​Antón soltó el micrófono, que se quedó colgando del cable, balanceándose con el balanceo perezoso del barco. Se volvió hacia Josetxu.

​—¿Crees que habrán copiado el mensaje? —preguntó el contramaestre, con un hilo de voz.

​Josetxu miró por el cristal del puente. Fuera, la niebla empezaba a levantarse ligeramente, empujada por un viento del norte que cada vez soplaba con más fuerza. La temperatura estaba bajando en picado. Al despejarse la bruma, a menos de una milla por la proa, empezaron a recortarse las siluetas blancas, afiladas y monstruosas de los primeros bloques de hielo flotante.

​El vasco metió las manos en los bolsillos del delantal.

​—No lo sé, Antón —dijo con calma gélida—. Pero reza para que lo hayan copiado. Porque la niebla se está yendo... y lo que viene detrás no nos va a gustar.

A las doce del mediodía, el Atlántico Norte se había convertido en un tablero de ajedrez mortal. La niebla se había retirado lo justo para dejar al descubierto lo que el contramaestre tanto temía: el Mar de Sálvora se adentraba de lleno en una "sopa de hielos". No eran los icebergs gigantescos de las postales, sino bloques del tamaño de furgonetas y chalets, duros como el granito, que flotaban al ras del agua, subiendo y bajando con las olas pesadas.

Cada pocos minutos, un quejido sordo recorría el casco de hierro del pesquero.

¡CLANG!... CRRRRRR.

El barco vibraba entero cuando la amura de proa apartaba un bloque. En el interior, cada impacto sonaba como el disparo de un cañón. Abajo, en la cocina, Josetxu ni pestañeaba. Tenía los pies firmes, bien plantados en el suelo de goma antideslizante, aguantando el balanceo mientras amasaba una mezcla grisácea sobre la gran mesa de acero inoxidable.

—¿Qué es esa porquería, vasco? —preguntó Lois, que acababa de entrar a la cocina buscando un poco de calor, con las manos metidas bajo las axilas.

—Harina gruesa con agua de los tanques y un chorro de aceite de las latas de sardinas —respondió Josetxu sin dejar de golpear la masa con los puños—. Pan de galleta. No hay levadura, así que va a salir duro como la suela de mi bota, pero os va a mantener el estómago caliente. Trae la manteca de cerdo que queda en el bote pequeño.

Lois obedeció a regañadientes. El ambiente en el pesquero se estaba volviendo insoportable. Sin calefacción en los camarotes, los hombres se apiñaban en el comedor, tapados con mantas de lana mugrientas, escuchando los golpes del hielo contra las paredes del barco. El miedo se masticaba.

—Los rapaces están perdiendo la cabeza, Josetxu —susurró Lois, arrimándose al calor de los fogones de gas—. El chaval de máquinas dice que una de las planchas de babor está cediendo por los golpes. Si el hierro raja, el agua va a entrar a la sección de congelación y nos iremos abajo en cinco minutos. Los de Cangas quieren arriar los botes de madera que quedan.

Josetxu detuvo sus manos llenas de harina. Miró a Lois fijamente. Sus ojos pequeños y oscuros tenían la autoridad de quien ha visto a hombres más fuertes llorar como niños en el mar de Barents.

—Diles a los de Cangas que si echan esos botes al agua en mitad de este campo de hielo, la marea los triturará contra el casco antes de que puedan encender el motor. Aquí dentro estamos pasando frío, pero el hierro flota. Fuera, durarán diez minutos vivos. Mientras yo tenga gas en estas cocinas, aquí se come y nadie se mueve. ¿Estamos?

Lois bajó la mirada y asintió. Contra el vasco no se discutía.

¡¡BRRRRRRUUUUMMMM!!

Un impacto brutal, mucho más violento que los anteriores, sacudió el Mar de Sálvora. El golpe no vino de proa, sino del costado de babor. La cocina se inclinó violentamente. Las potas salieron despedidas de los fogones y Josetxu cayó de rodillas, golpeándose el hombro contra la mesa metálica.

Desde la cubierta superior llegaron gritos y el sonido de botas corriendo por el pasillo de hierro.

—¡El puente! ¡Antón! —gritó Lois, saliendo disparado de la cocina.

Josetxu se levantó como pudo, ignorando el dolor del hombro, y corrió detrás de él. Al salir a la cubierta de pasillo, el viento helado del Labrador le azotó la cara como un latigazo. El termómetro debía de estar marcando diez grados bajo cero. El aire era tan puro y frío que quemaba al respirar.

Asomado a la barandilla de babor, el contramaestre Antón miraba hacia abajo con la cara desencajada. Un bloque de hielo azulado, del tamaño de un camión, se había encajado justo entre el costado del barco y el estabilizador de la red de arrastre. El pesquero estaba escorado unos cinco grados a babor, atrapado, incapaz de zafarse porque no tenía motor para dar marcha atrás. El hielo empujaba el casco, y el crujido del metal sufriendo bajo la presión era agónico.

—¡Se va a abrir! ¡Nos va a romper las costuras! —chillaba uno de los marineros, señalando la línea de flotación.

—¡Santi! —bramó Antón hacia la escotilla de máquinas—. ¿Cómo está el mamparo de babor? ¿Entra agua?

La cabeza del chaval de máquinas asomó por la escotilla, pálida y sudorosa a pesar del frío.

—¡Está cediendo, Antón! Las cuadernas están revirando hacia dentro. Si el hielo sigue empujando, los remaches van a saltar. ¡Tenemos que volarlo o empujarlo como sea!

—¿Con qué lo vamos a empujar, chiquillo? ¡Que pesa veinte toneladas! —gritó Camilo, al borde del ataque de nervios.

Josetxu llegó al grupo. Miró el bloque congelado, luego la cubierta y por último el enorme cabrestante de popa, las maquinillas que se usaban para izar las redes con toneladas de pescado. El motor auxiliar de estribor seguía funcionando, lo que significaba que los maquinillos tenían presión hidráulica.

—¡Antón! —gritó Josetxu, señalando los cables de acero de las redes—. ¡Pasad los cables de arrastre por el gato de babor! Enganchad los ganchos de acero al hielo, hincadlos en las grietas. Si cobramos con la maquinilla de popa, el cable tirará del bloque hacia atrás y lo meteremos en la hélice. ¡La hélice lo romperá o el tiro lo escupirá por la popa!

Antón miró al vasco. Era una maniobra salvaje, peligrosa. Si el cable de acero de dos pulgadas se tensaba demasiado y se rompía, restallaría contra la cubierta como un látigo, partiendo por la mitad a cualquiera que estuviera allí.

Pero no había otra opción. El hierro del Mar de Sálvora estaba llegando a su límite.

—¡Lois, Camilo, coged las estachas y los ganchos de amura! —ordenó Antón, recuperando la voz de mando—. ¡Al pasamanos! ¡Josetxu, tú a los mandos de la maquinilla hidráulica! ¡Cuidado con el cable!

Los marineros gallegos, espoleados por la adrenalina del peligro de muerte, se lanzaron sobre la cubierta helada, resbalando, desafiando al viento y al hielo que amenazaba con tragárselos.

La vida de quince hombres dependía ahora de un cable de acero, de la pericia de un cocinero vasco a los mandos de una palanca y de la resistencia del viejo casco gallego.


El viento del norte aullaba entre los obenques del Mar de Sálvora con un silbido agudo, como el filo de un cuchillo. La cubierta era una pista de patinaje de salitre congelado. A babor, el monstruo de hielo seguía presionando el casco, arrancando un quejido agónico al metal que resonaba en todo el barco: ¡CRRRRRAAAAAAAK! Como si el esqueleto del pesquero se estuviera partiendo en dos.

—¡Ya está enganchado! ¡Josetxu, dale tiro! ¡Dale tiro, joder! —bramó el contramaestre Antón, con la cara empapada por el agua pulverizada del mar y las manos aferradas a la barandilla.

Lois y Camilo se habían jugado el pellejo asomándose sobre el vacío para clavar el enorme gancho de acero de las redes en una hendidura del bloque de hielo. Ahora, el cable de dos pulgadas corría por la cubierta, tenso como la cuerda de un violín maldito.

Josetxu, parapetado tras la mampara de los mandos de la maquinilla hidráulica, metió presión. La palanca de hierro vibraba bajo sus dedos callosos. El motor auxiliar roncó, inyectando aceite a presión en los pistones del enorme tambor de popa. El cable comenzó a cobrarse, centímetro a centímetro, tragándose la holgura.

¡ZUUUMMMMM!

El cable de acero se estiró tanto que empezó a sudar grasa vieja. Estaba tan tenso que parecía una barra de hierro macizo flotando a treinta centímetros sobre la cubierta de madera. Nadie respiraba. Si ese cable rompía, la fuerza acumulada lo haría restallar con la velocidad del sonido, segando piernas, torsos y cabezas a su paso.

—¡Está moviéndose! —chilló Santi desde la escotilla, con medio cuerpo fuera—. ¡El mamparo está dejando de crujir! ¡Sigue, vasco, sigue!

El inmenso bloque de hielo azulado empezó a pivotar, arrastrado por la fuerza bruta de la maquinilla. El morro del barco cabeceó, liberándose de la presión. Pero el Atlántico Norte tenía sus propios planes. Una ola enorme, pesada y gris, se levantó por la aleta de estribor, levantando la popa del Mar de Sálvora en el aire.

—¡Cuidado! —gritó Antón.

El barco dio un bandazo violento. El bloque de hielo cayó en el seno de la ola y pegó un tirón seco del cable de arrastre.

¡¡CLANG!!

El sonido fue idéntico al disparo de un fusil. Uno de los eslabones del gato de babor no aguantó la tensión y saltó en mil pedazos de hierro incandescente. El cable de acero quedó libre, restallando con una violencia brutal a lo ancho de toda la cubierta de popa, destrozando las cajas de pescado de madera y arrancando las tuberías de ventilación como si fueran de papel.

—¡Al suelo! —bramó Josetxu, tirándose tras la protección de la maquinilla.

El cable pasó a escasos centímetros de la cabeza de Lois, golpeando el mamparo de la cocina con un impacto que abolló la chapa de acero hacia dentro. El silencio volvió a reinar por un segundo, tapado solo por el rugido del viento.

—¡Lois! ¡Camilo! —gritó Antón, arrastrándose por la cubierta.

Lois estaba de rodillas, sordo por el estruendo, con un corte sangrante en la mejilla provocado por una esquirla de madera, pero vivo. Camilo, un poco más allá, se abrazaba a una bita de amarre, pálido como un muerto, pero ileso. El cable había destrozado el hielo al zafarse; los restos del bloque pasaron flotando por la popa, alejándose en la marea gris.

Habían salvado el casco, pero el precio había sido alto. La cubierta de popa estaba arrasada.

Antes de que nadie pudiera celebrar haber salvado la piel, la puerta del puente de mando se abrió de golpe. Juan, el marinero que se había quedado arriba vigilando el horizonte por si la Guardia Costera canadiense aparecía, bajó las escaleras saltándose los peldaños, con la cara desencajada por el terror.

—¡Antón! ¡Josetxu! ¡Subid al puente! —chillaba el marinero, señalando hacia el norte—. ¡Tenéis que ver esto! ¡Venid arriba ya!

El contramaestre y el vasco corrieron hacia el puente, seguidos por Santi y Lois, que se limpiaba la sangre de la cara con la manga del jersey. Al entrar en el puente, el frío era casi el mismo que fuera debido a un cristal que se había agrietado con el impacto del cable.

Juan señaló con el dedo tembloroso a través del parabrisas delantero.

La niebla se había disipado por completo en esa dirección, empujada por el frente ártico. Frente a ellos, a no más de tres millas de distancia, el océano pacífico y gris terminaba en seco. Una muralla blanca, compacta, colosal, se extendía de este a oeste cubriendo todo el horizonte. No eran bloques sueltos. Era la banquisa. El frente del hiel continental que bajaba desde el norte de Terranova, una masa impenetrable de kilómetros de hielo macizo.

Y el Mar de Sálvora, impulsado por la implacable corriente del Labrador y sin motor principal, se dirigía en línea recta hacia ella a una velocidad de tres nudos.

—Nos va a aplastar —susurró Camilo, que acababa de subir, dejándose caer contra la mesa de derrota vacía—. Si el barco choca contra la banquisa a la deriva, nos va a empotrar contra el hielo y quedaremos atrapados para siempre. Moriremos congelados en mitad del invierno.

Antón miró a Josetxu. Las manos del contramaestre temblaban tanto que no era capaz de sujetar el binóculo. El vasco cogió los prismáticos, se los pegó a los ojos y ajustó la lente. La muralla de hielo se veía nítida, amenazante, con picos afilados que reflejaban una luz gris y fantasmal.

Estaban a menos de una hora del impacto. Y en la radio rota solo quedaba el siseo de la estática. No había barcos. No había guardacostas. Solo quince hombres metidos en una caja de hierro con rumbo directo al muro helado.

Josetxu bajó los prismáticos. Su rostro, habitualmente duro, se tensó aún más. Miró al chaval de máquinas.

—Santi —dijo el vasco con una calma que daba miedo—. Olvídate de los cables de la radio. Baja a la sala de máquinas ahora mismo.

—¿A hacer qué, Josetxu? Si el alternador está muerto...

—No me importa el alternador —le interrumpió el vasco, agarrándolo por los hombros—. Manuel saboteó la inyección del motor principal, ¿verdad? Pues vas a bajar ahí abajo con Lois, con Camilo y con todo el que haga falta. Vais a desmontar esa maldita bomba pieza por pieza en la oscuridad si hace falta. Porque o ese motor ruge en los próximos cuarenta y cinco minutos... o este barco va a ser nuestra tumba.


​Abajo, en la sala de máquinas, el ambiente era una pesadilla. El olor a gasoil derramado y a aceite quemado era tan denso que mareaba. Ya no quedaba luz eléctrica; el generador auxiliar había empezado a fallar, asfixiado por el frío, y solo las luces amarillentas de tres linternas de petaca enfocaban el bloque del motor principal, un monstruoso propulsor diésel de seis cilindros que parecía un tótem de hierro muerto.

​Santi estaba encaramado a la culata del segundo cilindro, con las piernas abiertas para mantener el equilibrio contra el balanceo del barco. Tenía los brazos metidos hasta el codo en el sistema de inyección, cubierto de grasa negra.

​—¡Lois, la llave fija del catorce! ¡Rápido, joder! —gritó el chaval, con la voz rota por la urgencia.

​Lois, abajo, entre los tubos de la sentina, le pasó la herramienta. Tenía la cara empapada, no por el calor, sino por el sudor frío del pánico. Cada diez segundos miraba hacia el techo de chapa. Sabía que ahí arriba, en el mundo exterior, la muralla de hielo de la banquisa ya debía de recortarse monstruosa sobre la proa.

​—¿Qué tiene, Santi? ¿Qué le hizo el malnacido de Manuel? —preguntó Lois, iluminando la pieza con la linterna.

​—El cabrón... —Santi escupió un chorro de saliva mezclada con gasoil—. No rompió nada. Sabía que si rompía algo mecánicamente, lo veríamos enseguida. Lo que hizo fue peor. Desmontó los empujadores de las válvulas de combustible y les dio la vuelta. Las montó al revés. Físicamente encajan, pero obstruyen el retorno. En cuanto el motor intenta arrancar, la presión sube, el muelle se bloquea y el motor se ahoga. Es de una maldad milimétrica. Si no conoces este motor al detalle, te puedes pasar tres semanas buscando la avería.

​—¿Y puedes arreglarlo? —La voz de Antón, el contramaestre, resonó desde la escala de hierro. Había bajado del puente porque la tensión arriba era insoportable—. Santi, la banquisa está a menos de una milla. El mar está cambiando de color, el agua se está quedando quieta porque el hielo frena el oleaje. Nos queda un cuarto de hora antes de tocar el muro.

​Santi no respondió. Le temblaban las manos por el frío y la presión. Intentó encajar el tercer empujador en su posición correcta, pero el metal, contraído por las temperaturas bajo cero, no quería entrar en el cilindro.

​—No entra... —balbuceó el chaval, al borde de las lágrimas, golpeando el hierro con la palma de la mano—. ¡No entra! Está congelado, el ajuste es de micras... si lo fuerzo, rajo la camisa y adiós al motor.

​—Quítate, chaval —dijo una voz grave a sus espaldas.

​Josetxu acababa de bajar por la escala. En las manos no traía herramientas, sino un soplete de fontanero de gas propano que utilizaba en la cocina para quemar las plumas de las aves y una lata de manteca de cerdo caliente.

​—Calor, Santi. Al hierro del norte hay que hablarle con calor —dijo el vasco, encendiendo el soplete con un chasquido.

​Una llama azul y ruidosa iluminó la penumbra de la sala de máquinas. Josetxu, con pulso de cirujano, pasó la llama a una distancia prudencial del bloque de cilindros, calentando el alojamiento. El metal empezó a sudar la humedad congelada, brillando bajo la luz de las linternas.

​—Ahora, dale con la manteca al vástago. Que resbale —ordenó Josetxu.

​Santi embadurnó la pieza de acero con la grasa caliente. Con los dedos temblando, volvió a presentar el empujador en el orificio. Esta vez, el metal dilató lo justo. Con un leve suspiro metálico (¡clack!), la pieza entró hasta el fondo, encajando a la perfección.

​—¡Entró! —chilló Santi—. ¡Vamos, Lois, aprieta los espárragos del culatín! ¡Antón, sube al puente y prepárate para abrir el aire de arranque!

​Arriba, en el puente, el silencio era espectral. Camilo y los demás marineros estaban pegados a los cristales, mudos. La banquisa ya no era una línea en el horizonte; era un acantilado de hielo blanco y azulado de diez metros de altura que se alzaba justo delante de la proa. El agua a su alrededor estaba cubierta por una costra de hielo joven, "panqueques" que crujían al paso del casco. El Mar de Sálvora avanzaba por inercia, directo al choque. El olor a hielo, un olor rancio y helado, se colaba por las rendijas.

​—¡Estamos encima! ¡Nos damos! —gritó Camilo, tapándose los ojos.

​En ese instante, Antón entró al puente como una exhalación y se agarró a la gran palanca del aire comprimido, el sistema que usaban los barcos viejos para mover los pistones y arrancar el motor diésel.

​—¡Va por vosotros, rapaces! —bramó el contramaestre, tirando de la palanca con todas sus fuerzas.

​Un tremendo siseo de aire a alta presión recorrió las tuberías del barco. ¡PFFFSHHHHHHHHHHH!

​Abajo, el motor dio una vuelta pesada. Los pistones crujieron. Hubo un amago, un estornudo de humo negro que salió por la chimenea de popa, pero el motor se volvió a parar. El barco dio un bandazo. La proa tocó el primer saliente de la banquisa con un crujido espantoso que hizo saltar los remaches de la cubierta de proa.

​—¡Otra vez, Antón! ¡Dale otra vez! —gritó Josetxu desde la escala.

​Antón volvió a empujar la palanca. El aire comprimido golpeó de nuevo los cilindros. El cigüeñal giró. Hubo un latigazo, una detonación que hizo temblar hasta el último tornillo del Mar de Sálvora.

¡¡TA-TA-TA-TA-TA-TA!!

​El motor principal cobró vida. El rugido sordo, rítmico y poderoso del diésel de seis cilindros inundó el barco. Las planchas del suelo vibraron, las luces del puente se encendieron de golpe con toda su intensidad, disipando la penumbra. El barco estaba vivo.

​—¡Engancha la reductora, Antón! ¡Atrás todo! ¡Dale atrás todo! —aulló Lois desde el pasillo.

​Antón agarró el telemando del puente y tiró de la palanca hacia la posición de "Atrás Toda". En la popa, la enorme hélice de bronce comenzó a girar, batiendo el agua helada, generando un torbellino de espuma blanca y trozos de hielo triturados.

​El barco se detuvo en seco, rozando la muralla blanca. Durante unos segundos que parecieron siglos, la fuerza del motor luchó contra la corriente del Labrador que empujaba el barco hacia el muro. El casco de hierro crujía, aprisionado. Pero el diésel gallego, parido para los peores mares, demostró su nobleza.

​Lentamente, centímetro a centímetro, la proa del Mar de Sálvora empezó a separarse del acantilado de hielo. El pesquero comenzó a recular, alejándose de la trampa mortal de la banquisa, ganando aguas abiertas en mitad de la tormenta gris.

​En el puente, los marineros rompieron a llorar y a abrazarse, gritando como locos. Abajo, en la sala de máquinas, Santi se dejó caer sentado sobre el suelo cubierto de grasa, agotado, con el rostro oculto entre las manos.

​Josetxu se le acercó, le puso una mano enorme sobre el hombro mojado y le tendió un Ducados arrugado.

​—Buen trabajo, chaval. Has demostrado que eres el jefe de máquinas de este barco. Ahora, limpiaos esa grasa. El motor funciona, pero seguimos sin cartas y sin saber a dónde cojones ir. Voy a preparar ese pan. Hoy nos hemos librado del hielo, pero mañana seguiremos teniendo hambre.

​Navegar hacia donde muere el sol suena hermoso en las canciones de los puertos, pero en el Atlántico Norte, en los años 80, era una locura que rozaba el suicidio.

​Llevaban cuatro días con sus cuatro noches. Cuatro días donde el Mar de Sálvora avanzaba cojeando a medio gas para racionar el combustible, devorando las pocas toneladas de gasoil que quedaban en los tanques del doble fondo. Sin cartas náuticas, el puente se había convertido en un templo de silencio y miedo. Ya nadie hablaba de las deudas, ni del capitán Brais, ni de las familias en Vigo. Todo se reducía a una aguja de compás magnético que apuntaba testarudamente al oeste y a las miradas fijas en el horizonte.

​—Ahí va otra vez —murmuró Paquiño, pegando la frente al cristal agrietado del puente.

​Toda la guardia se giró hacia el oeste. A través de la bruma sucia de la tarde, el sol aparecía como un disco de oro pálido y frío, hundiéndose en el mar embravecido. Era su única guía. Paquiño, un chaval menudo de Cambados que apenas levantaba la voz, había sido el que convenció a Antón. "Mi abuelo decía que el mar es una autopista con dos direcciones, contramaestre. Si la corriente nos tiró al norte, la tierra firme tiene que estar a la izquierda de la caída del sol. Solo hay que seguir la luz antes de que se apague".

​Todos habían aceptado el plan de Paquiño. No porque tuvieran fe, sino porque no les quedaba otra cosa a la que agarrarse. Pero la esperanza es un combustible que se agota antes que el gasoil.

​—Si para mañana a mediodía no avistamos tierra o una plataforma petrolífera, habrá que parar el motor —dijo Antón, con los ojos hundidos en unas ojeras negras como el carbón—. Nos quedan apenas dos mil litros. Si el motor se apaga definitivamente, nos quedaremos sin la dinamo de Santi. Nos quedaremos a oscuras. Y esta noche entra otra borrasca.

​Josetxu entró al puente con una bandeja de hierro. Traía los trozos del pan de galleta que había horneado: duros, con motas de hollín, pero calientes. Repartió los pedazos en silencio. Los hombres masticaban como autómatas, con la mirada perdida en el agua negra. El miedo ya no era una respuesta exagerada; era un estado de ánimo constante, un frío invisible que se les metía en los huesos. La jugada de Paquiño parecía haber salido mal. Estaban en mitad de ninguna parte, navegando hacia el vacío.

​—¡Antón! —gritó de pronto Camilo desde el alerón de babor, con la voz rota, señalando hacia el sur—. ¡Una luz! ¡Cago en dios, una luz!

​El contramaestre soltó el trozo de pan y se pegó al cristal. Josetxu aguzó la vista.

​Entre las olas pesadas, a unas dos millas de distancia, una silueta gris y masiva cortaba el agua. No era un pesquero. Era un buque enorme, de proa alta y casco reforzado, con una imponente banda roja y blanca pintada en el costado. En su puente, una potente luz halógena comenzó a parpadear, barriendo la superficie del océano hasta dar de lleno contra el casco oxidado del Mar de Sálvora.

¡UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUH!

​La sirena del buque extranjero bramó en mitad de la tarde, un sonido grave y ensordecedor que rompió el maleficio del aislamiento.

​—¡Es un guardacostas! —chilló Paquiño, saltando y golpeando el mamparo—. ¡Un guardacostas canadiense! ¡Nos han visto, joder, nos han visto!

​El enorme barco maniobró con una elegancia asombrosa, poniéndose a sotavento del pesquero gallego para protegerlo del oleaje. A través de los altavoces de cubierta del buque canadiense, una voz potente en un español masticado y con acento quebequés retumbó sobre el ruido del mar:

​—¿Atención, pesquero español Mar de Sálvora? Aquí buque de la Guardia Costera de Canadá. Teníamos su alerta de emergencia de hace cuatro días. Los barcos de la zona os estaban buscando. Mantengan el rumbo, vamos a proceder al remolque.

​En el puente del Mar de Sálvora, la tensión acumulada durante días estalló en un clamor de lágrimas, risas histéricas y abrazos. Lois se dejó caer en el suelo, llorando como un niño, tapándose la cara con las manos sucias de grasa. Paquiño miraba al oeste, donde el sol terminaba de ocultarse, con una sonrisa triunfal dibujada en el rostro. Su jugada, la vieja lógica de los viejos marineros de Cambados, los había salvado.

​Josetxu miró al contramaestre Antón, que respiraba aliviado por primera vez en una semana, apoyado en la rueda del timón. El vasco sacó su último Ducados del paquete, lo encendió y exhaló el humo despacio. El peligro del mar había terminado; el motor diésel seguía roncando fielmente abajo, y la proa ya estaba asegurada.

​Sin embargo, Josetxu miró hacia el muelle lejano que les esperaba en San Juan de Terranova. Sabía que la odisea en el agua terminaba allí, pero en tierra les esperaba otra batalla igual de dura: estaban en un país extranjero, sin un duro, con un barco embargado y un capitán traidor que ya debía de estar disfrutando de su fortuna bajo el sol del Caribe.

​—Lo hemos conseguido, vasco —dijo Antón, con los ojos empañados, poniéndole una mano en el hombro—. Estamos vivos.

​—Sí, Antón —respondió Josetxu, mirando la silueta del guardacostas canadiense—. Estamos vivos. Ahora viene lo difícil: volver a casa.


El puerto de San Juan de Terranova en el invierno de 1985 era un paisaje de grúas oxidadas, almacenes de madera gris y un mar espeso que parecía congelarse en los bordes del muelle. El Mar de Sálvora estaba amarrado en el Muelle 17, un rincón apartado donde las autoridades portuarias arrinconaban a los barcos con problemas. Con el motor principal apagado definitivamente para no gastar el último suspiro de gasoil, el pesquero gallego se había convertido en un bloque de hielo flotante. Los mamparos sudaban una escarcha fina y el único refugio de los quince hombres seguía siendo el comedor, calentado apenas por una estufa eléctrica que les habían prestado desde tierra.

La embajada española les había dado largas; la armadora viguesa se había declarado en quiebra técnica y el juez canadiense había ordenado el embargo preventivo del buque. Estaban legalmente atrapados: si abandonaban el barco, perdían el derecho a reclamar sus salarios (más de diez meses de campaña perdidos); si se quedaban, se congelaban.

¡PAM, PAM!

Dos golpes secos en la borda rompieron el silencio del mediodía. Lois subió la escala corriendo y regresó al comedor acompañado por dos hombres embozados en pesados chaquetones de cuadros rojos y negros. Uno de ellos era un tipo enorme, de barba canosa y manos como palas: Sean McKenzie, el representante local del sindicato de estibadores e inspectores de la ITF (Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte).

Detrás de ellos, dos jóvenes de la Cruz Roja canadiense cargaban con cajas de cartón llenas de víveres.

—Good day, boys —saludó Sean, quitándose los guantes de lana y frotándose las manos junto a la estufa—. Traemos carbón para la cocina, patatas, carne de reno y leche en polvo. El sindicato ha presionado al puerto; no os van a cortar el agua potable de la toma del muelle. Al menos esta semana.

Josetxu salió de la cocina con una cafetera humeante. Su inglés era rudimentario, aprendido a base de descargar pescado en puertos de medio mundo, pero se entendía a la perfección con Sean.

—Gracias, Sean. Si no es por vosotros, aquí comemos las ratas —dijo el vasco, sirviéndole un tazón de café caliente—. ¿Hay noticias del juzgado?

El sindicalista canadiense suspiró, el vapor de su aliento flotando en el comedor. Miró a los marineros gallegos, que lo observaban con ojos hambrientos de esperanza.

—El abogado del sindicato ha presentado la demanda de embargo ejecutivo. Queremos subastar el barco para pagaros las nóminas y los billetes de avión a Vigo. Pero Brais Iglesias y Manuel López hicieron bien el trabajo legal. El Mar de Sálvora está registrado bajo una bandera de conveniencia de un paraíso fiscal del Caribe. La empresa dueña es una sociedad fantasma con sede en Panamá. El juez dice que rastrear los fondos va a llevar meses. Quizás un año.

Un murmullo de indignación y desesperación recorrió la mesa.

—¿Un año? —gritó Camilo, poniéndose en pie—. ¡Mi mujer no tiene para pagar el alquiler en el Berbés! ¡Tengo tres hijos,McKenzie! ¡Nosotros no hemos robado a nadie, solo hemos pescado!

—¡Ese cerdo de Brais estará dándose la vida padre y nosotros aquí como mendigos! —bramó Lois, golpeando la formica—. ¡Vamos al consulado, Antón! ¡Que nos paguen el billete el gobierno!

—Si os vais, el barco queda desamparado —advirtió Sean con firmeza, mirando a Antón—. La ley internacional es clara: si la tripulación abandona el buque embargado, la naviera fantasma puede recuperarlo sin pagar un dólar de deuda mediante una maniobra de rescate legal. El barco es vuestra única garantía. Si os bajáis, Manuel y Brais ganan. Se quedan con el dinero de la campaña y con el barco.

Antón, el contramaestre, miró a sus hombres. Estaban flacos, con las barbas crecidas y la ropa sucia. El cansancio del mar había sido duro, pero el cansancio de la injusticia en tierra los estaba destruyendo por dentro. El chaval de máquinas, Santi, miraba el suelo en silencio.

Josetxu dejó la cafetera sobre la mesa con un golpe seco.

—Nadie se baja del barco —dijo el vasco. Su voz no admitía réplica. Miró a los marineros uno a uno—. Hemos sobrevivido a la banquisa de Terranova guiándonos por el sol de Paquiño. No nos vamos a rendir ahora ante unos papeles de Panamá. Si hay que quedarse aquí a pasar el invierno en este muelle, nos quedamos. Sean y los canadienses nos dan comida. Yo haré que esa comida sepa a Galicia. Pero esos dos hijos de perra no se van a quedar con nuestro sudor.

Paquiño levantó la cabeza, con los ojos brillando de rabia.

—El vasco tiene razón. Si nos vamos con las manos vacías, ¿con qué cara miramos a nuestras familias? Yo me quedo. Que se congele el puerto si quiere.

Uno a uno, los marineros gallegos empezaron a asentir. La solidaridad de los estibadores canadienses, que cada mañana les pitaban desde las grúas en señal de respeto, y la comida que la Cruz Roja les llevaba, se convirtieron en su trinchera.

Esa noche, Josetxu cocinó un estofado con la carne de reno canadiense, patatas y un sofrito de ajos que aún le quedaba. El comedor del Mar de Sálvora volvió a oler a hogar en mitad del frío de Terranova. Sabían que la batalla legal sería larga y gris, una guerra de desgaste contra un enemigo invisible que estaba a miles de kilómetros, disfrutando del dinero robado. Pero en el Muelle 17, la tripulación del pesquero gallego acababa de firmar un pacto no escrito: el barco no se movía, y ellos tampoco.


La noche del 12 de noviembre de 1985 cayó sobre San Juan de Terranova con una ventisca helada que cubrió el Muelle 17 de una capa de nieve fina y resbaladiza. A bordo del Mar de Sálvora, la tripulación dormía apiñada en el comedor. Solo Lois y el viejo contramaestre Antón hacían la guardia en el puente, abrigados con mantas, vigilando el puerto a oscuras.

A las dos de la mañana, un ruido sordo hizo que Lois aguzara el oído. No era el crujido habitual del hielo. Era el ronroneo ahogado de un remolcador local que se aproximaba con las luces de posición apagadas.

Desde el muelle, media docena de hombres embozados, liderados por un turbio capitán mercenario canadiense llamado Vance —contratado en la sombra por los hombres de Brais—, saltaron sobre la cubierta de proa portando cizallas y barras de hierro. Llevaban un documento notarial falso de Panamá que los autorizaba a "tomar posesión" del buque.

—¡Antón! ¡Que nos abordan! —rugió Lois, agarrando una barra de acero de las maquinillas.

El grito despertó al barco entero en segundos.

—¡Al pasillo! ¡Nadie entra en este barco! —bramó Josetxu, saliendo de la cocina con su enorme cucharón de hierro fundido en una mano y una pesada hachuela de cortar carne en la otra.

El choque en la cubierta de babor fue brutal. Los mercenarios de Vance intentaron reventar la puerta de la superestructura, pero se toparon con un muro de marineros gallegos enfurecidos. Lois tiró al suelo al primer asaltante de un palancazo, mientras Josetxu, con una fuerza descomunal, arrinconó al mismísimo Vance contra la barandilla.

—¡Este barco es nuestro sueldo, desgraciado! —le gritó el vasco en la cara, bloqueando su barra de hierro.

Mientras la pelea estallaba en la cubierta bajo la ventisca, ajeno al ruido, Santi bajaba con una linterna a los dobles fondos de la bodega de congelación. Llevaba días preocupado por si el impacto contra la banquisa había abierto una vía de agua imperceptible. El chaval se arrastró por el angosto pasillo de las tuberías de refrigeración, retirando unas planchas de aislamiento de corcho que vibraban de forma extraña.

Al quitar la tercera plancha, la luz de su linterna no enfocó el doble casco de hierro. Enfocó un hueco hermético, minuciosamente soldado, que Manuel y el capitán habían construido en secreto. Dentro, ordenados en fardos de plástico negro sellados al vacío, había decenas de paquetes rectangulares.

Santi frunció el ceño, rasgó uno de los fardos con su navaja y metió el dedo en un polvo blanco y fino. Lo probó con la punta de la lengua. Se le durmió al instante.

—Madre de Dios... —susurró el chaval, con el corazón dándole un vuelco—. No eran las deudas del bacalao. Eran narcotraficantes.

Arriba, las sirenas de la policía de San Juan comenzaron a aullar en el muelle. Sean McKenzie, el sindicalista de la ITF, había sido alertado por un vigilante del puerto y había llamado a las autoridades. Varias patrulleras de la Policía Montada entraron derrapando en el Muelle 17 con las luces rojas y azules parpadeando en la nieve. Los agentes subieron a bordo con las armas reglamentarias en la mano.

—¡Al suelo! ¡Todos al suelo! —ordenaron en inglés.

Vance y sus matones, atrapados en flagrante delito de asalto y con documentos falsificados, tiraron las armas. La policía los esposó sobre la cubierta helada. Cuando el sargento canadiense se giró hacia Antón y Josetxu para exigirles explicaciones, la escotilla de la bodega se abrió.

Santi subió a la cubierta, pálido como un fantasma, arrastrando uno de los fardos negros rajados. Lo tiró a los pies del sargento de policía y del sindicalista Sean. El polvo blanco brilló bajo los focos de las patrulleras.

—No busquen más papeles de Panamá —dijo Santi, temblando por el frío y la adrenalina—. Miren lo que el capitán Brais escondía bajo el pescado.

Sean McKenzie miró el fardo, miró a Antón y sonrió con una mueca de triunfo.

—Muchachos... se acabó el juego de la espera. Con esto, el Gobierno Federal de Canadá va a intervenir mañana mismo. Vuestro capitán acaba de meterse con la Interpol.


La Sala 4 del Tribunal Federal de San Juan de Terranova estaba revestida de madera de roble oscuro, alta y severa. Fuera, la nieve golpeaba con fuerza los ventanales; dentro, el silencio se rompía únicamente por el siseo de la calefacción. Los quince marineros del Mar de Sálvora ocupaban los bancos de los testigos. Iban vestidos con las mejores ropas que el sindicato de estibadores les había podido conseguir: camisas limpias y chaquetas que les quedaban algo grandes, pero llevaban el rostro bien afeitado y la cabeza alta.

En el estrado opuesto, un estirado abogado canadiense, pagado con fondos opacos desde una cuenta de Panamá, apuraba sus últimos argumentos para intentar anular el embargo del barco.

—Señoría —alegó el letrado, ajustándose las gafas—, el hallazgo del contrabando en la bodega demuestra que el buque está sujeto a una investigación criminal federal. Mis clientes, la corporación Naviera del Caribe S.A., son los primeros sorprendidos y exigen la devolución del activo. Los marineros son meros empleados de una empresa extinta; no tienen derecho real sobre el casco. Deben ser deportados y dejar que la ley internacional actúe.

Sean McKenzie, sentado junto a Antón, apretó los dientes. El juez, un hombre anciano de mirada cansada llamado Arthur Vance, miró por encima de sus lentes y clavó sus ojos en el contramaestre gallego.

—Señor Antón Regueiro —dijo el juez a través del intérprete—. Su sindicato ha presentado una serie de documentos personales antes de que dicte sentencia. ¿Quiere declarar algo antes de que tome una decisión?

Antón miró a Josetxu, que le asintió con la cabeza desde el banco. El viejo lobo de mar se levantó despacio. Sus manos, agrietadas por cuarenta años de salitre, sostenían un fajo de sobres azules y arrugados. Cartas que el sindicato de estibadores canadienses había logrado traer desde Vigo en el último vuelo postal de la Cruz Roja.

—Señoría —dijo Antón, con la voz firme pero cargada de una emoción contenida—. Yo no sé de leyes de Panamá, ni de banderas de conveniencia, ni de las cuentas corrientes que ese malnacido de Brais Iglesias tiene en los bancos. Yo solo sé de trabajo. Mis hombres llevan diez meses sin enviar un dólar a sus casas. Mientras nosotros nos congelábamos persiguiendo el bacalao para llenar esa bodega, nuestras familias sobrevivían pidiendo fiado en las tiendas del barrio de O Berbés y Cangas.

Antón abrió el primer sobre azul. Su mano tembló ligeramente.

—Esta carta es de Carmen, la mujer de Camilo, que está ahí sentado. Le cuenta que la dueña del piso los echa a la calle el mes que viene porque no pueden pagar el alquiler. Esta otra es de la madre de Santi, el chaval que nos salvó la vida arreglando el motor en el hielo. Le dice que su padre está enfermo y no tienen para las medicinas... Señoría, nosotros no sabíamos qué había debajo del hielo de la bodega. Nosotros solo somos marineros. Defendimos ese barco con las uñas de unos matones porque ese hierro es el pan de nuestros hijos. Si usted nos quita el barco, nos quita la vida.

Un silencio sepulcral inundó la sala. El abogado de Panamá bajó la mirada, incapaz de sostener los ojos llenos de lágrimas de Camilo y de los marineros más jóvenes. El juez Vance miró las cartas azules sobre su mesa. Pasó un largo minuto en el que solo se oyó el viento helado del exterior.

El juez golpeó el mazo de madera con una fuerza que resonó como un trueno.

—Este tribunal —sentenció el juez Vance, con voz grave y severa— no va a permitir que las argucias legales de una corporación fantasma amparen la esclavitud moderna en suelo canadiense. El hallazgo de la sustancia ilegal invalida cualquier reclamación de la naviera panameña por delito de lesa majestad y fraude internacional. Declaro el embargo ejecutivo definitivo del buque Mar de Sálvora. Se ordena su subasta exprés inmediata por la vía de urgencia humanitaria. Los beneficios de la venta irán destinados, en primer lugar, al pago íntegro de los salarios devengados de la tripulación y a sus billetes de repatriación. Caso cerrado.

—¡SIII! —gritó Lois, saltando del banco.

Los marineros rompieron a llorar, abrazándose a Josetxu, que mantenía una sonrisa de orgullo y alivio mientras le daba un fuerte apretón de manos a un emocionado Sean McKenzie. La justicia de la tierra, por fin, se parecía a la del mar.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de la nieve de Terranova, el sol de la tarde caía a plomo sobre una lujosa terraza de Puerto Limón, en Costa Rica.

Brais Iglesias, vistiendo una camisa de lino blanco y con un vaso de ron con hielo en la mano, miraba el mar Caribe desde la barandilla de su chalet privado. A su lado, Manuel López, el jefe de máquinas gaditano, fumaba un puro con gesto nervioso, mirando constantemente la calle.

—Te lo dije, Brais... —masulló Manuel, dándole un trago a su bebida—. El contacto de Nueva York me ha llamado. El asalto al muelle salió mal. Los canadienses han trincado a la gente de Vance. Y lo peor... el chaval de máquinas encontró el "fletán blanco" del doble fondo. La policía federal lo sabe todo.

Brais se giró despacio, con una sonrisa fría que ya no ocultaba el miedo.

—¿Y qué vas a hacer, Manuel? ¿Volver al Puerto de Santa María a entregarte? Aquí el dinero está seguro, las cuentas de Panamá no las toca nadie. Disfruta del ron y cállate. A esos infelices gallegos los deportarán con lo puesto y el barco se pudrirá en el muelle. Nosotros ya hemos ganado.

En ese instante, el sonido de varios neumáticos derrapando sobre la grava del jardín delantero rompió la calma tropical.

Brais soltó el vaso de ron, que se hizo añicos contra el suelo de terrazo. Manuel se puso en pie, pálido bajo su bronceado.

Cuatro todoterrenos negros, sin distintivos, bloquearon la salida del chalet. De ellos bajaron agentes de la Policía Judicial costarricense acompañados por dos hombres con trajes oscuros y placas de la Interpol. Armados con fusiles de asalto, rodearon la terraza en segundos.

—¡Brais Iglesias! ¡Manuel López! —bramó el oficial al mando a través de un megáfono—. Quedan detenidos bajo una orden de arresto internacional de la corte federal de Canadá por narcotráfico, abandono de buque con peligro para la vida y fraude financiero. ¡Manos a la cabeza y al suelo ahora mismo!

Manuel dejó caer el puro, temblando, y se arrodilló con las manos en alto. Brais miró el horizonte del Caribe, el mar azul que una vez dominó y que ahora lo entregaba a la justicia. Mientras los agentes le ponían las esposas de acero, apretándole las muñecas, el capitán traidor supo que su nueva vida de lujo se había convertido, exactamente igual que el barco que abandonó, en una tumba de hierro.


El aeropuerto de Peinador, en Vigo, estaba envuelto en esa lluvia fina, persistente y mansa que los gallegos llaman orballo. Era finales de noviembre. A través de los cristales de la terminal de llegadas, el paisaje gris de la ría se sentía, por primera vez en casi un año, como un abrazo cálido y no como una amenaza.

Una multitud de mujeres con pañuelos a la cabeza, niños con abrigos de lana y viejos marineros jubilados se agolpaba tras la línea de seguridad. Llevaban pancartas hechas a mano, banderas gallegas y pancartas del sindicato de marineros. La noticia de la subasta del Mar de Sálvora y la captura del capitán narcotraficante había abierto los telediarios nacionales. Los rapaces de Terranova ya no eran los invisibles del mar; eran héroes.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, el primero en cruzar fue el contramaestre Antón, cargando con su viejo petate de lona. Detrás de él venían Lois, Camilo, el joven Santi con una sonrisa limpia en la cara, Paquiño y el resto de la tripulación. Llevaban los bolsillos llenos con los cheques de la naviera canadiense que había comprado el buque, cobrados hasta la última peseta, y los billetes pagados.

El estallido de gritos, llantos y aplausos inundó la terminal. Carmen, la mujer de Camilo, se arrojó a sus brazos llorando, mientras sus tres hijos se colgaban de las piernas de su padre. La madre de Santi abrazó al chaval como si temiera que fuera a disolverse si lo soltaba, dándole las gracias a Dios entre susurros.

Un poco apartado del revuelo, con las manos metidas en los bolsillos de su viejo chaquetón y un cigarrillo Ducados apagado en los labios, Josetxu observaba la escena. El cocinero vasco llevaba su inseparable petate al hombro. Había cumplido su palabra: los había devuelto a todos vivos y con el pan de sus hijos en los bolsillos.

Antón se zafó del abrazo de su familia por un momento y se acercó al vasco. Tenía los ojos empañados.

—¿Qué vas a hacer ahora, Josetxu? —preguntó el contramaestre, tendiéndole la mano—. Hay un par de armadores en el Berbés que están armando un arrastrero para el Gran Sol. Si quieres, les digo que el mejor cocinero del Cantábrico busca plaza.

Josetxu miró la mano del viejo contramaestre y se la estrechó con fuerza, una fuerza que casi le hace crujir los huesos. Luego, miró a los marineros que se abrazaban a los suyos en mitad de la terminal.

—No, Antón —dijo el vasco con una media sonrisa, clavando el Ducados entre sus dientes—. Creo que le he cogido el gusto a la tierra firme por un tiempo. Me voy para Pasajes. Hay una taberna cerca del muelle que necesita un buen rancho y un cocinero que sepa escuchar historias de miedo sin asustarse.

Santi y Lois se acercaron corriendo al oírlo. El chaval de máquinas, con los ojos brillantes, le plantó cara al gigante vasco.

—Si vuelves a embarcar, Josetxu... me avisas. Yo solo bajo a una sala de máquinas si tú estás arriba en los fogones.

—Y yo te ayudo a pelar las patatas si hace falta, vasco —añadió Lois, dándole una palmada en el hombro que sonó como un cañonazo.

Josetxu soltó una carcajada limpia, de esas que limpian los pulmones después de tanta niebla y tanto gasoil. Recogió su petate, se ajustó la gorra de lana y dio media vuelta hacia la salida de la terminal, donde el aire de Galicia olía a marisma, a pinos húmedos y a libertad.

—Anda, idos con vuestras familias —les gritó el vasco sin volverse, levantando un brazo robusto a modo de despedida—. Y no os gastéis todos los cuartos en la primera taberna, ¡que os ha costado mucha sangre ganarlos!

Los marineros lo vieron alejarse bajo el orballo de Vigo, con su paso pesado y firme, el paso de un hombre que había domado a la banquisa de Terranova con una pota de hierro y un soplete de propano.

El Mar de Sálvora se había quedado atrás, amarrado en un muelle canadiense con una nueva bandera y un nuevo nombre. El capitán Brais e Inestrillas esperaban su juicio en una celda oscura que ningún sol tropical podría calentar. Pero allí, en el aeropuerto de Peinador, la historia del barco gallego que fue abandonado a la deriva terminaba de la única forma en que las historias de la mar deben terminar: con los hombres en casa, las mesas llenas y la dignidad intacta.


CONTRAPORTADA

RUMBO AL SOL MUERTO

Una historia de traición y supervivencia en los hielos de Terranova.

SINOPSIS:

Mayo de 1985. El Mar de Sálvora, un arrastrero congelador vigués, faena en las gélidas aguas de Terranova con la bodega llena. Una noche de niebla cerrada, el capitán Brais Iglesias y el jefe de máquinas Manuel López sabotean los sistemas del barco y huyen en la lancha de salvamento con las cartas náuticas, las radiobalizas y el dinero de la campaña, rumbo a un paraíso fiscal sin extradición.

A la mañana siguiente, quince marineros despiertan a la deriva, sin posición y sin comunicación con el mundo. Liderados por el indomable cocinero vasco Josetxu y el viejo contramaestre Antón, la tripulación iniciará una lucha desesperada contra el frente ártico, el hambre y la locura. Pero el verdadero peligro aguarda en el doble fondo de la bodega, donde el capitán escondía un secreto mucho más letal que el bacalao... un secreto por el que alguien está dispuesto a matar.

DETRÁS DE LA FICCIÓN: LA HISTORIA REAL

La semilla de esta novela nació de una injusticia real que conmovió al mundo marítimo: la historia del Sea Condor.

En la primavera de 2021, este remolcador de apoyo quedó varado e inactivo en el muelle de El Puerto de Santa María (Cádiz). Su capitán y el ingeniero jefe abandonaron el buque de noche en una lancha, dejando atrás una enorme deuda salarial y atrapados a bordo a tres marineros birmanos en una situación de absoluta desprotección. Sin recursos, confinados en aguas de la Bahía de Cádiz, aquellos tres marineros subsistieron durante meses gracias a la ayuda humanitaria local y al sindicato de transportes, hasta que la justicia logró su repatriación a finales de ese año. El barco, a día de hoy, sigue allí como un gigante dormido y olvidado.

Rumbo al sol muerto traslada el alma de aquel vergonzoso abandono a la hostilidad mítica de los Grandes Bancos en los años ochenta. Esta novela es un homenaje de ficción a todos los invisibles del mar; un viaje donde la realidad y la literatura se funden para demostrar que, a veces, la mayor de las fantasías se queda corta ante la inmensidad del coraje humano.

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